Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están, más completas y sin palabras, en Fotos en serie. Nunca recuerdo si la ciudad que revientan a bombazos atómicos en una de las series de hoy es Los Ángeles o San Francisco… da igual. Sólo tengo fotos de San Francisco.
En primer lugar, aunque no voy a hacer un comentario muy extenso, ya llegará el momento. Hace unos años vi el primer episodio de la serie de Apple TV Slow Horses. Tenía buena pinta,… pero luego no llegué a encontrar momento para seguir viéndola. En estos últimos años, cuando la serie ya lleva completadas cinco temporadas de seis episodios cada una, y está anunciadas dos temporadas más, hay una opinión unánime de crítica y público de que la serie es excelente. Así que le estoy dando una segunda oportunidad. He visto ya los seis episodios de la primera temporada y he empezado con la segunda. Y me está encantando. Es muy buena. Una especie de parodia del Smiley de John LeCarre, con mucha ironía y mala baba. Cuando llegue el momento, probablemente cuando me haya puesto al día con lo emitido hasta el momento, ya le dedicaré más tiempo al comentario y la opinión. Pero muy recomendable. Aunque tenga menos claro si mantiene el tono paródico de la primera temporada. Ya os lo contaré cuando sea.
Y hemos podido ver la segunda temporada de Fallout en Amazon Prime Video. Ya sabéis la serie posapocalíptica basada en un videojuego, protagonizada por Ella Purnell, Aaron Moten, Walton Goggins y Kyle MacLachlan entre otros muchos, puesto que es una serie muy coral, con elementos y ambientes muy diversos, en ese lejano oeste norteamericano en el que la civilización ha saltado por los aires por el arte y la gracia de los intereses económicos y políticos bastardos. Crítica social y política a los poderes fácticos que asaltan en estos tiempos las instituciones del estado de derecho en Estados Unidos,… y en muchos otros sitios, de formas más descaradas o menos.
Mi relación con esta serie es peculiar. Reconozco que pierdo el hilo con facilidad de todas las tramas que se narran y de sus interrelaciones. Pero me da igual. Simplemente voy viendo lo que pasa ante mis ojos por la pantalla del televisor a la espera de los grandes momentos. Porque de eso va. Esas tramas, más o menos retorcidas, más o menos claras u oscuras, con más acción o con menos, con sus ironías o con sus dramas, van llevando por el camino a momentos televisivos estupendos que hace que merezca la pena el recorrido. Eso sí no me preguntéis en qué punto está la cosa o que os cuente de forma organizada lo que ha pasado hasta el momento. Seré totalmente incapaz. Creo que en su conjunto, la segunda temporada ha sido mejor. Al menos, sus momentos cumbre han sido mejores que los de la primera, mientras que los momentos de transición no han sido peores. Seguiré viéndola. Seguiré sin enterarme de lo que está pasando en su conjunto. Pero me lo seguiré pasando bien cuando lleguen los momentos adecuados. Y ya está.
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Cuando me recomendaron Mobland/Tierra de mafiosos, según prefiráis el título en inglés original, yo la he visto en versión original, o lo prefiráis en castellano, me llamaron la atención dos cosas. La elevadísima valoración de la serie tanto entre el público como entre la crítica, así como el impresionante reparto de la misma, fundamentalmente británico e irlandés, uno de esos repartos que sabes que siempre está bien. Con este reparto, en el peor de los casos la cosa va bien. Cuando el material lo permite y están inspirados, con oficio para dar, vender y arrasar, son insuperables. Así qué… había que verla.
Aunque… la serie tenia un pequeño gran inconveniente. Para mí. No necesariamente, o seguramente no, para otros. Es una serie sobre mafias y mafiosos. Y este es un género que, por muy brillante que sea la realización y la interpretación, me suele cansar enseguida. No obstante, arriesgué. Creo que he tardado cuatro o cinco meses en ver los diez episodios de aproximadamente 50 minutos de los que consta la serie. Viendo un par de episodios. Pensando, ¡jo, qué bien lo hacen, qué buena que es! Descansando unas semanas… viendo otros dos episodios… ¡mira que son buenos estos actores. Nuevo descanso de varias semanas. Otros dos episodios,… ¡anda, si sale Jordi Molla! Haciendo de mejicano… pero si es catalán… y el acento que tiene quizá no sea muy catalán, pero seguro que no es mejicano, acento estándar castellano, el llamado «neutro», el de los presentadores de los telediarios… (al menos en la versión original, en la que de vez en cuando suelta una parrafada en español). Descanso por Navidad, y en dos tirones más de otros dos episodios cada uno… terminé de ver la serie. Es lo que soy cuando veo una de mafiosos. Y no tengo remedio. Por buena que sea la serie.
Y la serie es muy buena. Con Tom Hardy, como protagonista número uno, el principal sicario de confianza de los Harrigan, unos mafiosos liderados por Pierce Brosnan y Helen Mirren, casado con Joanne Froggatt, y buen amigo de Paddy Considine, el hijo menor de Brosnan y Mirren. Que están locos. Especialmente Mirren. Y el «nietísimo», «hijo» de Considine y Lara Pulver, que es otro loco destalentado (Anson Boon), que en una juerga se carga al hijo de Geoff Bell, que es el líder de otra banda de mafiosos, lo cual da lugar a la guerra entre ambas bandas. Una de esas guerras entre mafiosos donde no te puedes fiar de nadie, todo el mundo juega con las cartas marcadas, y la sorpresa surge cuando menos te lo esperas.
La serie es realmente muy buena. Como ya digo, el reparto está insuperable. Son muy buenos. Todos. Todos los que he mencionado, y los muchos que me he dejado en el tintero, porque el reparto es amplio, muy coral, a pesar de que el punto de vista principal de la narración es el de Hardy. Sin duda de lo mejor que he visto en los últimos años, y con una fama muy muy merecida. Lo único es… que a mí, las de mafiosos, me cansan enseguida. Realmente, mi interés por estos temas, es muy limitado. Es lo que hay. Habrá segunda temporada. Porque ya están rodando. ¿La veré? Ya veré. Mi apetencia es escasa por el tema, pero… ¡son tan buenos actuando esta gente!
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están, más completas y sin palabras, en Fotos en serie. De mis localizaciones fuera de Corea en la serie de hoy, mi favorita es Kamakura, y allí nos vamos fotográficamente hablando.
Si cuando escribía mi anterior entrada televisiva en estas páginas comentaba que estaba en mis últimos días de suscripción a Netflix, en estos momentos ya hace una semana que vivo sin acceso a la mencionada plataforma de contenidos, y sin que la haya echado de menos en absoluto. Ni lo más mínimo. Pero es justo hacer un último recordatorio por uno de los fenómenos más curiosos que he vivido con ella. Se trata de las series surcoreanas. Esas series que empezaron siendo fundamentalmente guilty pleasures, placeres inconfesables, con argumentos y guiones bastante flojos, con interpretaciones irregulares, con personajes estereotipados, repletas de publicidad mediante emplazamiento de producto hasta resultar absolutamente ridículas y risibles, y que a pesar de todo me resultaban tremendamente divertidas, a ratos adictivas, especialmente para no pensar en nada y relajarme los fines de semana.
En honor a la verdad, ha habido algunas series que han merecido ser vistas por méritos propios. Que estaban bien hechas, bien interpretadas y con historias interesantes. He podido apreciar que, cuando se les da la oportunidad, muchos de esos actores y actrices pueden ser excelentes intérpretes, que los argumentos y los guiones no siempre se lo han permitido. Y además, la calidad de las series ha aumentado mucho desde que empecé a verlas en 2016, hasta la fecha. Pero también ha sucedido otra cosa. Y es que poco a poco me han ido cansando, y con frecuencia en el último año he visto algún episodio y luego las he abandonado por el déjà vu constante. Son cansinos a la hora de repetir argumentos, caracteres, situaciones, haciendo de estas series producciones muy predecibles. Uno de los motivos por los que al final tampoco han ayudado para mantener la suscripción. Especialmente, porque en otras plataformas han empezado a emitirse series similares que no están mal.
Pero aún hubo una última serie surcoreana que he podido ver. Una serie de 12 episodios que se estrenó el 16 de enero, y que me ha dado tiempo a ver completa antes de la finalización de la suscripción. Una serie que, podríamos decir, incluso me apetecía ver desde que la anunciaron, por su actriz protagonista, una de las que ha resultado ser de mis favoritas de las de esa nacionalidad. Quizá no sea la mejor, o la que tiene más oficio. Pero tiene su encanto propio. La serie es I sarang tongyeok doenayo? [이 사랑 통역 되나요?] frase en coreano que significa más o menos lo mismo que el título de la serie en inglés/castellano, Can this love be translated?/¿Cómo se traduce este amor?. Una serie con ciertas pretensiones, con rodaje en varios países fuera de Corea del Sur, como Canadá e Italia.
La serie es creación de dos hermanas, Hong Jeong-eun y Hong Mi-ran, que fueron también las responsables de otras tres series que pude ver en Netflix. Una de ellas, A korean odyssey, es una mera anécdota en lo que se refiere a mi apreciación. Entretenida, pero sin más. Uno de los muchos placeres culpables que he mencionado. Pero las otras dos me gustaron bastante y las disfruté, ambas con un tono sobrenatural, pero muy distintas. Una fue la romántica Hotel del Luna. A estas hermanas nadie les explicó que la Luna en español, portugués o italiano, posibles procedencias del título, tiene género gramatical femenino, y debería haberse titulado Hotel de la Luna. En catalán, además, es parecido, pero Luna es Lluna. Una de esas cutredades que están en todas las series surcoreanas y que forman parte de su «encanto»,… por llamarlo de alguna forma. Por lo demás, muy entretenida. Y otra fue la épica, y también romántica Alchemy of souls. Una de las más divertidas series surcoreanas que he visto. Y en cuya segunda temporada era protagonista femenina, en la primera sólo era un personaje recurrente, Go Youn-jung, que también es protagonista de la serie que traigo hoy aquí, y que fue el motivo por el que me apeteció verla.
Go Youn-jung fue también la protagonistas de Resident Playbook, la divertida dramedia médica, sobre cuatro residentes de primer año de obstetricia y ginecología, secuela de Hospital Playlist, series que estan entre mis favoritas de las producidas en el país asiático, y que he visto dos veces. Y me pareció que lo hacía muy bien, y que era una de las salsas de la serie, con la colaboración de los buenos guiones y el resto del reparto. El caso es que está al frente del reparto de la serie actual, en la que es una actriz con escasa fortuna en su trabajo y en las relaciones románticas, y que salta al estrellato cuando tiene un accidente que la deja en coma al final del rodaje de una película de zombis, película que tiene un gran éxito y que la catapulta a la fama cuando sale del coma. Esto la llevará a ser protagonista de un programa de telerrealidad con viajes y posibles romances con un actor japonés (Sôta Fukushi), mientras comienza una titubeante y compleja relación con el traductor de la serie (Kim Seon-ho), el otro protagonista de la serie.
Sinceramente, no es una serie tan redonda como las que he mencionado con anterioridad salvo la tontá de la odisea coreana, que me pareció floja. Pero no está mal. Y sobretodo, tiene una virtud, y es que va de menos a más. Dijéramos que a los personajes les cuesta encontrar el tono y la química entre ellos. O a los creadores de la serie les costó encontrar el punto entre comedia, drama y romance adecuados para que la serie funcionara. Que conste que está muy bien valorada por los votantes de IMDb. En cualquier caso, una buena despedida para las series coreanas de Netflix, y una razonable recomendación para quienes sigan suscritos a la plataforma. Y hasta aquí os podía contar. Ya no tengo más series de Netflix que comentar. Al menos, por un tiempo que presumo laaaaaaargo.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están, más completas y sin palabras, en Fotos en serie. No he estado en ninguna ciudad pequeña en Georgia. Y con lo antipáticos que se están poniendo los USAmericanos, no me apetece viajar a ese país. Pero estuve en Sausalito. Una ciudad pequeña en California. Tendrá que valer para ilustrar esta entrada.
Hoy, o quizá mañana, es mi último día con acceso a Netflix. Curiosamente, en este último mes en el que ya había tomado la decisión de suspender mi suscripción de casi 10 años de duración a la plataforma de contenidos más exitosa, me he sentido interesado por algunas series… pero no han sido bastantes ni lo suficientemente interesantes para hacerme reconsiderar mi decisión. Pero más allá de eso, los seis episodios de la serie que os traigo hoy aquí, seis episodios que duran entre los 39 y los 47 minutos, muy asequibles, muy dinámica, reconozco que me divirtieron bastante. Fue una recomendación de una compañera de trabajo que fundamentalmente apreció su sorprendente final. Yo diría sin embargo que el final me parece lo de menos, aunque sí que es una sorpresa, sino que el ambiente y el recorrido, un tanto descacharrados, fueron lo que más me divirtió.
His & hers es una policiaca que se mueve entre la acción, el romance y la comedia negra. Nos traslada a una ciudad pequeña del estado de Georgia, donde la oficina del sheriff del condado descubre el cadáver de una mujer en el bosque. El caso lo llevará el detective más veterano de ese departamento policial (Jon Bernthal), junto con una detective novata más joven (Sunita Mani). Y para una cadena televisión de Atlanta cubrirá el caso su mujer (Tessa Thompson), desparecida durante un año tras la muerte de su hija. Pero la resolución del caso no será fácil. El detective y la periodista tienen muchas cuentas pendientes. La mujer asesinada formaba parte de las amigas de la periodista en el instituto. Un grupito de amigas con secretos que no han salido a la luz. Y en el que seguirán apareciendo víctimas, perpetradas por lo que parece un asesino en serie.
Lo mencionado antes. La resolución de la serie, que no del caso policial, es sorprendente; pero lo divertido es el camino. Porque en esta ciudad pequeña, que existe en realidad, al norte del estado de Georgia, todo el mundo parece una catástrofe. El detective está en conflicto de intereses constantemente por sus propios intereses, por su relación con su esposa, de la que lleva separado un año, pero todavía casado, por sus aventuras con algunas de las mujeres implicadas en el caso, por su relación con su hermana (Marin Ireland) y su suegra (Crystal Fox). Lo cual causará la desconfianza de su compañera, que empezará a investigar por su cuenta, generando de paso más caos. Y la compleja relación de la periodista con sus antiguas «amigas», y su rivalidad con la rubia «barbie» (Rebecca Rittenhouse) que la sustituyó en su ausencia y que se quedó su prestigioso puesto. Y cuyo marido, un mazas (Pablo Schreiber), será el cámara con el que la periodista se irá a cubrir la noticia, y la cama de la habitación del hotel.
Lo fundamental de la serie no es tanto la resolución del misterio, sino el caos que se irá generando como una bola de nieve conforme avanza el caso y se producen nuevas muertes. Queda claro que nada es lo que parece. Y lo bueno es que la serie se mueve con ritmo, y con un argumento y unos guiones que funcionan muy bien, aunque no pretendan nunca hacer de esta serie una obra de arte. Es divertimento puro y duro. Y bien interpretado. El reparto es muy coral, y su calidad es variable, pero los personajes fundamentales funcionan bien, hacen un buen trabajo. Fundamentalmente, a pesar de su discreta apariencia, me lo pasé muy bien con los mejores momentos de Sunita Mani, como esa detective joven e inexperta, pero muy inquisitiva y (quizá) rigurosa, frente al veterano superior, que se cree más importante porque una vez fue detective de homicidios en Atlanta, pero que no hace más que meter la pata constantemente. Yo me he divertido. Bastante. Probablemente, dentro de un tiempo me habré olvidado de la serie. Pero estuvo bien mientras duró. Y eso ya me vale.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están, más completas y sin palabras, en Fotos en serie. Entre Londres y Japón, vuelvo a Londrés, por en la capital he estado y en Yokohama no.
Ya he comentado en alguna ocasión que estoy terminando mi suscripción a Netflix. Tengo pagado «el mes» hasta el 3 de febrero incluido. Luego, adiós a la primera plataforma a la que me suscribí, después de casi diez años. Y es que últimamente me costaba encontrar opciones. Es curioso que en este mes he encontrado algunas cosas majas que me han tenido muy entretenido. Y una de ellas ha sido el anime que comento hoy. Un anime que no entrará entre mis favoritos por diversos motivos. Algunos de los cuales los comprenderéis al leer esta entrada. La cosa es que el anime ha sido uno de los puntos fuertes de Netflix. Oye… que tiene todo el catálogo de Ghibli. En las fiestas de fin de año me vi varias de las películas del estudio. Las que no entran en el ámbito de la plataforma. Bueno, tres de ellas y Kiki… la brujita con su escoba y su gato.
Pero aquí y allí, Netflix ha querido jugar en la primera división de la liga de las series de animación japonesa, con producciones que a priori prometían mucho, a veces lo han conseguido y otras no, cuidadas en su realización, con una animación de buen nivel, sin cutredades, con buen desarrollo del diseño de caracteres, con cuidados fondos y ambientaciones, limitando las escenas estáticas, siempre más baratas de producir y que plagan otros productos menores. Vamos… que Netflix ha querido ir desde hace años a por lo bueno. Y estas cualidades las muestra también Prism Rondo [プリズム輪舞曲], conocida en inglés castellano como Love through a prism/El amor a través de un prisma. Las aventuras de una joven de veinte años japonesa, hija de una familia de comerciantes de Yokohama, que se va a Londres seis meses, quien sabe si prorrogables, a estudiar arte. Pintura al óleo. En una prestigiosa (y ficticia) academia de arte.
Que a los aficionados al anime les ha gustado está claro. Puntuación de 8.3/10 en IMDb, 8.56/10 en MyAnimeList, la tercera más alta de las series y temporadas que se estrenaron en enero. Y es que, como ya he dicho, la serie está muy bien hecha. Tiene bastante ritmo. Tiene personajes que gustarán a su demográfico objetivo, las chicas. Tiene sus emociones. Claro. Yo no pertenezco a su demográfico objetivo. Y tengo la mala costumbre de sacarle punta a todo. La acción se sitúa en los primeros años del siglo XX, según se nos dice en el primer episodio. Por el aspecto de algunas indumentarias dirías que no muy al principio. En la segunda década, probablemente. Aunque la mezcolanza de indumentarias en algunos momentos resulta mareante. En algunos momentos muy concretos parece que están en la corte de Luis XIV, y en otros en la época de Jane Austen. Pero no. El devenir de la historia nos situará en 1914. Aunque en un Londres que parece estar en una perpetua primavera. Si el final de los seis meses de la chica en Londres coincide con el asesinato del archiduque austriaco en Sarajevo, que sucedió a finales de junio, cuando llega a Londres tiene que ser diciembre de 1913… pero hace buen tiempo. Durante los seis meses. Qué cosas. Londres. Un Londres completamente industrializado, el del smog. Y las feas fábricas. En perpetua y colorida primavera.
Sí. Ya podéis suponer que el rigor no es de rigor en esta producción. Porque lo que nos va a contar la serie es el romance de la joven burguesa japonesa con el hijo de un miembro de la alta aristocracia inglesa. El hijo joven y rebelde (pero no mucho), huérfano de madre desde la infancia, pero con un padre, un duque que, según la historia «hace honor a su rango poniéndose al servicio de su patria desde los más altos ideales como corresponde a la nobleza». Entrecomillo no porque sea una cita literal, sino porque me parece que es una estupidez como un piano de grande. Siempre se ha hablado de que la visión de los países del Asia oriental en Occidente está estereotipada y no se suele corresponder con la realidad, con visiones muy críticas en la actualidad por parte de muchos. Pero es que la visión de los nipones sobre determinados elementos de la cultura occidental no es menos estereotipada. Y a mí me ha estado chirriando constantemente, y hace que no pueda compartir esas magnas puntuaciones de los aficionados. Sí… un 8/10 en la realización… pero, ¿en el conjunto? ¿Un 6/10? Y sin embargo, tenía momentos en que me parecía muy entretenida. Simplemente conque hubiesen cuidado la verosimilitud de la historia, ya me merecería una valoración bastante alta. Otra cuestión. 1914. En Italia, los futuristas. En Alemania, los expresionistas. En Francia y en todas partes, los posimpresionistas hacen ya furor. Y estos aspirantes a artistas del momento, ¿pintando paisajitos, retratitos y bodegoncitos como si estuvieran en pleno neoclasicismo o principios del romanticismo? Inverosímil también.
Terminaré comentando una cuestión. Las historia, aunque original, no adapta ningún material previo, es de la creadora de una de las series de manga más conocidas de Japón, que ha sido adaptada en su país y a varios otros países asiáticos en forma de animación y series de acción real, y de la que yo vi, en Netflix, su versión de acción real surcoreana. La serie me pareció tremenda. En el mal sentido. Una chica de clase media que va a un colegio de élite donde es maltratada por un grupo de machotes de familias adineradas, con la aquiescencia y la admiración del resto del colegio. Y a pesar de todo la chica y el cabecilla de estos matones tienen un romance. Desde muchos punto de vista, nauseabundo. Quizá la versión original japonesa tenga matices que la adecenten. Pero, sinceramente, no me he atrevido a comprobarlo. Así que no se podría pedir mucho rigor en la creadora de este tipo de productos. Es lo que hay. Excelente producción, con problemas, que los más jóvenes y desconocedores de la historia y la realidad tal vez desconozcan, y acaben adquiriendo un mensaje sesgado, no fiable, y peligroso.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están, más completas y sin palabras, en Fotos en serie. Hoy, o me tenía que ir a Nueva York o a Londres. Me he ido a Londres, al primer viaje que hice con una cámara digital.
La whodunit es un género que parece que no pasa de moda nunca. Utilizo el género femenino para un término de origen inglés, y por lo tanto sin género gramatical aparente, porque siempre lo he asociado a las novelas. La novela whodunit. Y por extensión también podría valer para la película whodunit o la serie de televisión whodunit. Por si alguien no se cosca, whodunit sería la contracción de la interrogativa inglesa Who has/had done it? ¿Quien lo ha hecho/lo hizo? No debe confundirse con el suspense, a veces conocido como thriller. Suspense está incorporado al castellano, vale decir también suspenso, aun siendo de origen inglés/francés; thriller no, aunque hay quien propone castellanizarlos como tríler. En el suspense, quién hizo lo que quiera que se hiciese importa mucho menos. A veces nada. A veces incluso lo sabemos desde el principio. Lo fundamental es acompañar al héroe (a veces antihéroe) en el camino tortuoso de las consecuencias de lo que se hizo, se hace o se hará. Eso lo explicaba muy bien Hitchcock en sus conversaciones con Truffaut.
La cuestión es que pareció a algunos que la whodunit era cosa del pasado, modas de antaño, representadas principalmente en la literatura más popular por las novelas de Agatha Christie. Novelas que en su mayor parte tenían/tienen estructuras muy similares, aunque hay honrosas excepciones que suelen ser las más interesantes. Existen otras variantes del género detectivesco que tienen otros objetivos. El género negro suele tener que ver más con el suspense y con poner de manifiesto las más bajas pasiones del ser humano que con el misterio detectivesco y la curiosidad por descubrir al asesino. Hercule Poirot se codea con la clase alta, muchas veces aristocráticos. Philip Marlowe se relacionaba con los gángsteres y las mujeres disipadas… eso sí, hermosas como Lauren Bacall. Bacall protagonizó películas tanto con Marlowe como con Poirot, por eso. El caso es que la whodunit sigue presente en el cine o en las series de televisión.
Una de las más divertidas whodunits que nos ofrece la televisión en estos tiempos es Only murders in the building. La comedia detectivesca que ha llegado a la quinta temporada, con el quinto asesinato/s, implicando en esta ocasión a peligrosos ricachones, y con pullas divertidas con las inteligencias artificiales, en forma de conserjes robotizados. La fórmula de la serie ya no sorprende como al principio. Ese trío de investigadores aficionados formado por Steve Martin, Martin Short y Selena Gomez, rodeados por una diversidad de secundarios y artistas invitados de gran solvencia, es una fórmula de garantía para pasar un rato agradable. Con humor, con alguna gotita de drama de vez en cuando, con su punto de crítica social, y con un edificio de apartamentos en Nueva York como cuarto protagonista, que a punto ha estado de desaparecer en esta ocasión para convertirse en… bueno… tendréis que verla vosotros. En cualquier caso, una agradable actualización moderna del género.
Mucho menos moderna y actualizada, salvo algún detalle que comentaré, es la versión televisiva de Agatha Christie’s Seven dials. Una más de las adaptaciones al cine o televisión de una de las novelas de la «Reina del Crimen» menos apreciada por la crítica. En origen, una novela perteneciente a la serie del superintendente Battle (Martin Freeman), una serie muy cortita, de sólo dos novelas, de las que esta historia es la segunda. Supongo que al ser poco apreciada en su momento y ser considerada un trabajo alimenticio por la propia escritora… no tuvo más recorrido. Anda… como si no tuvieran un carácter puramente alimenticio la mayor parte de las muchas obras de la británica. No he leído la novela original. Ni tengo la intención, si os he decir la verdad. Venía muy publicitada la serie, y a priori no me interesaba mucho. Pero siendo solo tres episodios, se ve en un pispás. Por lo que he comprobado, la serie tiene una premisa general y una serie de personajes en común con la novela, pero con algunos cambios.
El principal es que no es el mencionado Battle el protagonista de la fiesta, sino Lady Eileen «Bundle» Brent (Mia McKenna-Bruce), una dinámica veinteañera, heredera de un marquesado, pero marquesado venido a menos desde la muerte de su padre, y con el agravante de que el hermano mayor murió en la guerra. La Gran Guerra. La del 14-18. Que la trama sucede en los felices 20, en tiempos de charlestón. Y todo comienza cuando asesinan al simpático tipo que se le iba a declarar y con el que, probablemente, porque iba a contestar «sí», se iba a casar. Y así se convierte en una detective aficionada ante la indignación de que declaren la muerte como suicidio. Y no voy a contar mucho más. Otras diferencias es que en la novela la que está muerta es la madre, que aquí está bien viva (Helena Bonham Carter), y tiene un papel más destacado de lo que aparenta. Y que al final la protagonista no se compromete a casarse con nadie… porque el pretendiente en la novela es otro. Que no la palma.
Y… bueno. La serie está bien hecha, pero no tiene mucho interés ni mucha miga. El insistir como protagonista en la serie probablemente responde al deseo de alinearse con lo políticamente correcto. Hay cosas curiosas… parece ser que en la novela se describe a «Bundle» Brent como…
As a child she was «long-legged» and «impish», growing into a “tall, dark” adult with an “attractive boyish face”
Cuando era niña, era «de piernas largas» y «traviesa», y se convirtió en una adulta «alta y morena» con un «atractivo rostro infantil».
La actriz de la serie mide 1 metro 52 centímetros, no especialmente delgada, sí que puede tener un rostro juvenil, redondito, y sobre el color del pelo… más bien castaña. Aunque a saber. Con esto de los tintes… Vamos. Que se han tomado todo tipo de libertades. Y con un final que deja abierta la posibilidad de secuelas del personaje en un futuro, que ya no serían adaptaciones de novelas de Christie, porque esta no escribió ninguna secuela. Los dos personajes principales sí que aparecen en una novela previa, que queda fuera del canon de la serie televisiva, porque implicaría que han perdido la memoria o algo así, porque ya deberían conocerse. Y al menos la chica no tiene ni idea de quién es el policía. Todo esto es poco importante, porque dudo que vea ninguna secuela, incluso si Netflix la encarga. Porque esta es una de las series con las que estoy despidiendo mi suscripción a la plataforma. Además, parece que al público, ni a la crítica, les está entusiasmando esta miniserie, que es mucho ruido y pocas nueces.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están comentadas desde el punto de vista de la técnica fotográfica en Fotos en serie. Hablando del País Vasco, hace algo más de tres año en la ría de Mundaka.
Echarle la culpa de que haya decidido cancelar mi suscripción a Netflix a una serie española protagonizada por Elena Anaya, Imanol Arias y Emma Suárez sería una estupidez por mi parte. Pero decir que ha sido la gota que colma el vaso,… o la que colma una bañera, no. Ayer por la noche, cuando ya estaba acostado, desde la aplicación de la tableta que me informaba que mi suscripción está activa desde marzo de 2016, es decir, desde 10 años menos dos meses, realicé las operaciones oportunas, que no son muy complejas para darme de baja. Es algo que llevaba pensando desde hace tiempo, y que al terminar de ver Innato, serie española sobre asesinos en serie psicópatas, decidí ejecutar.
Sobre la serie… no hay mucho que decir. Un asesino en serie (Arias), un psicópata como es calificado, sale de la cárcel tras veinticinco años cumpliendo condena. Antiguo bombero, asesinó a tres personas incinerándolas. Su hija (Anaya), una adolescente (Celia Lopera; Joana Vilapuig en sus veintitantos) en aquellos tiempos, cambió de identidad, estudio psicología y tiene una vida y una familia normalizadas, y no quiere saber de su padre. Mientras, coincidiendo con la excarcelación, se produce un crimen con las mismas características. Y con un detalle. El muerto fue un policía implicado en la detención del asesino. Es el principal sospechoso. Pero no hay pruebas. Al frente de la investigación una policía (Suárez), que ya estuvo implicada en los crímenes 25 años antes (Aura Garrido).
Elena Anaya se dio a conocer en un par de película estrenadas en 1996, hace 30 años. Las dos bien, pero muy especialmente aquella adolescente llena de desparpajo que aparecía en la ópera prima como director de largometrajes de León de Aranoa. Una película que para mí sigue siendo lo mejor del director. En aquellos momentos, Emma Suárez e Imanol Arias eran ya intérpretes conocidos y respetados. Muchas veces, suficiente reclamo para ir a ver una película. Si a final de 1996 me dicen que si quiero ver una película o una serie protagonizada por los tres, hubiese sido el primero en acudir a verla. Así de claro. Nunca hubiera pensado que pudiera acabar una serie en la que salen los tres y que acabara diciendo que lo que menos que me ha convencido ha sido la interpretación. No son los únicos culpables. Y creo que hay un problema fundamental en la serie de planteamiento y dirección. Los guiones son manifiestamente mejorables. Y algunos de los intérpretes de soporte, incluso alguno con peso en la trama como el hijo/nieto de dos de los protagonistas, me ha parecido especialmente flojo en algunos momentos. Pero creo que la serie en su conjunto pincha en muchos aspectos. Si he cargado la tinta en los intérpretes es porque fueron los que me arrastraron a ver la serie.
No insistiré más en ella. Pero durante su visualización llegué a una conclusión. La oferta actual de Netflix me da más «disgustos» y aburrimientos que otra cosa. Su especialización en el «terror», «fantástico», «sobrenatural» ya es algo que me tira para atrás. Sus constantes estrenos cinematográficos suelen ser producciones de escasa calidad. Meros consumos pasivos en sus mejores condiciones, con sólo un par de producciones al año con cierto prestigio. Llegó un momento en que las principales recomendaciones que me ofrece la plataforma son los dramas coreanos o japoneses, que en estos diez años he visto con una mezcla de curiosidad y placer culpable, pero que ya me producido un profundo cansancio, y alguna que otra animación japonesa. Pero, ¿cuántas veces voy a volver las películas de Studio Ghibli? En el último mes y medio he empezado seis o siete y los he abandonado todos. Y otros estrenos que voy buscando no me llaman la atención. Es una plataforma con una personalidad y una oferta muy distinta que la que me suscribí. Y llevaba mucho tiempo planteándome si merecía la pena seguir suscrito. Y la serie que hoy comento, sin ser especialmente más catastrófica que otras, aunque francamente mediocre ha sido la que ha desencadenado la decisión. Punto final.
En los últimos tiempos veo menos televisión que ese máximo que se produjo en los años entorno a la pandemia. Tengo otras cosas que hacer. Y tengo otras dos suscripciones que me compensan más. Amazon Prime Video viene con la suscripción a los envíos gratis del gigante de la venta a distancia por internet. Y aunque su catálogo no es mucho mejor,… pues está ahí. Para rellenar horas de entretenimiento. Es un gasto que ya tengo hecho. No me supone mayor problema. Y luego está Apple TV+, que con el conjunto de servicios que tengo de la marca de la manzana (almacenamiento en la nube, música, etc), tampoco me supone un importante gasto mensual. Y aunque la oferta de esta plataforma es bastante más reducida, su calidad promedio es bastante más alta. Especialmente en series. Si calculo el coste aplicable a estos servicios, la suma de ambos es menor que la suscripción a Netflix. Y tengo oferta suficiente para entretenerme. Son habas contadas. El valor añadido a mi vida por la suscripción a Netflix es ridículo en relación al coste. Fuera. Adiós. ¡Sayonara, baby!
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están comentadas desde el punto de vista de la técnica fotográfica en Fotos en serie. Un paseo por el campus de la facultad de medicina y hospital de la Charité en Berlín. Bastante más agradable que el «hoyo» donde trabajan los protagonistas de la serie de hoy.
Cuando yo era niño, los médicos de las películas eran perfectos. Vestidos y peinados de forma impecable, ya fuera Marcus Welby, como médico de familia al estilo antiguo de toda la vida, o el doctor Joe Gannon, como infalible cirujano en un gran hospital, eran perfectos en todos los aspectos de su vida. Sí… había algunos conflictos, diversas formas de hacer que generaban el conflicto de la serie, pero todos los médicos eran gente dedicada, pulcra, de apariencia impecable. Y las enfermeras… eficientes. Ese es el adjetivo más habitual de la enfermera de aquellas series. Siempre estrictamente a las órdenes del médico perfecto, ejecutaba el tratamiento y cuidaba de los pacientes con una alto grado de precisión y eficiencia. Al fin y al cabo, los asesores médicos de aquellas seres se solicitaban a la muy poderosa A. M. A. (American Medical Association). Y si los productores no dejaban a los médicos en buen lugar, acordes al prestigio de la profesión, no colaboraban y ejercían presión en contra. Las cosas eran así. Y como la mayoría de las asociaciones profesionales médicas, véanse los colegios oficiales en España, es considerablemente conservadora y, en algunas cuestiones, retrógrada.
Pero poco a poco, en la ficción televisiva comenzaron a aparecer discrepancias sobre el modelo «oficial» tradicional. No he visto muchas series médicas. Quizá más de las que era mi intención, pero durante muchos años las evitaba… porque bastante tenía ya sobre el tema con mi entorno laboral. Pero algunas fueron obligadas. ¿Se puede afirmar que las aventuras de Joel Fleischman en un lejano pueblo de Alaska es una serie médica? Quizá no. Quizá sí. Pero no era convencional. Y quizá la primera ruptura, al menos en parte, con el paradigma fue ER, que si bien mantenía al médico como protagonista «heroico» de un servicio de urgencias razonablemente realista, hablaba también de los problemas inherentes a este tipo de servicios, al estrés, a los conflictos, a la falta de recursos… y otras cuestiones. Claro… también llegó el modelo de serie médica en el que lo que pasa en el centro hospitalario se diferencia poco de lo que pasa en un instituto de bachillerato mixto, entre dimes y diretes, amoríos, rencores… y alguna que otra catástrofe en cada temporada, durante más de veinte. O una versión cómica y paródica, pero inteligente, de lo que es un médico residente. Entre otras cosas. No mencionaré las versiones españolas de estas series porque me da un sonrojo, una vergüenza ajena, casi insoportable por los engendros que se han producido, tuvieran o no éxito.
Tengo mis criterios propios para juzgar estas series, distintos del telespectador general. Soy del gremio. Y aunque no con una actividad profesional convencional para lo que se entiende en un médico, con suficiente conocimiento de causa. Y en estas estábamos cuando en una reunión de trabajo, muy seria, con temas de fondo, alguien habló y recomendó algunos episodios de una serie reciente, que yo no había visto por no estar suscrito a la plataforma de turno… y porque ya he dicho que, salvo excepciones, no suelo seguir las series médicas. Se trata de The Pitt, una serie muy premiada en los Emmy, más otros premios y candidaturas más o menos prestigiosos. Y tal me la pusieron que, durante mis recientes festivos por Navidad y Año Nuevo, me hice una especie de maratón y me vi los quince episodios que constituyen la primera temporada. Como dato, la segunda temporada vuelve el próximo jueves 8 de enero. Y de entrada me hizo gracia una cosa. El protagonista es Noah Wyle, que apareció en 254 de los 331 episodios de ER, el que más presencia tuvo en la serie. Desde que era un estudiante, hasta convertirse en un médico hecho y derecho y experimentado.
La estructura de la serie es original. Generalmente, en este tipo de series, se tiende a una trama continua que abarca días o semanas o meses, o bien cada episodio es un turno de trabajo o unos pocos en el que pasan cosas con una trama central y otras secundarias en paralelo. Vamos a las peculiaridades de esta serie que transcurre en el servicio de urgencias de un hospital de Pittsburg, lo que participa en el juego de palabras del título de la serie, que es homófono con la palabra pit, fosa o mina, o, coloquialmente, el servicio de urgencias de una hospital. Los quince episodios abarcan el turno de día en estas urgencias hospitalarias, empezando a las 7:00 de la mañana. Cada episodio es lo que sucede durante una hora. No rodado en tiempo real, exactamente, pero casi. Aunque el turno dura 12 horas, por motivos que no desvelaré se prolonga… y llegamos a los quince episodios. También se da la circunstancia de que es el primer día de trabajo para nuevos médicos residentes de primer (les llaman internos en EE. UU.) y segundo años y para un par de estudiantes de los últimos años de sus estudios médicos
Evidentemente, en un periodo de tiempo según la cronología interna de la serie tan corto, las tramas de cada episodio no son autoconclusivas. Algunas, especialmente las que afectan a las relaciones entre los profesionales, se extienden durante toda la serie. La referidas a los pacientes se extienden en varios episodios más o menos según el caso. Y existen tramas secundarias que suceden puntualmente en el desarrollo de un episodio. Pero van surgiendo temas. Además de la tensión dramática que impulsa la acción, con varios macguffins para el coral reparto, hay situaciones en los que la serie hace pedagogía; la voluntades o directrices anticipadas del paciente, la donación de órganos, la importancia de la vacunación, los modelos de gestión de los centros sanitarios y sus consecuencias, el abuso de sustancias en pacientes y profesionales, diversos dilemas éticos, las formas de llevar a cabo la comunicación médico-paciente, el equilibrio en urgencias entre dedicación al paciente y la necesidad de cerrar casos para atender a nuevos paciente,… una diversidad de ellos. En general, el tono de la serie es «progresista»,… desde el punto de vista de los Estados Unidos, que en estos momentos están en un retroceso social, político y ético de décadas. ¿O no veis la prensa y las noticias?
¿Cuál es mi impresión general de la serie? Positiva. Aunque quizá no tan entusiasta como otras opiniones. Puntúa 8.9 de promedio entre los votantes de IMDb, con abundancia de elogios entre la crítica especializada. Ciertamente la calidad de la producción, la realización y la interpretación de la serie es muy alta. Pero yo no me pondría en niveles de valoración tan elevados. Siendo muy recomendable, que lo es, tengo la intención de ver la segunda temporada de alguna forma, no es perfecta. Sus debates éticos son menos profundos de lo que parecen. Los conflictos entre profesionales traspasan el drama para situarse en varias ocasiones en el melodrama. Y en el exceso. El conjunto de lo que pasa en las quince horas es tan excesivo, que llega un momento que abotarga un poco la experiencia. Especialmente si ves los quince episodios en pocos días. Me cuentan que la intención inicial es que fuera una secuela directa de ER, que el personaje de Wyle fuera el mismo que en aquella serie. Pero las dudas sobre los derechos sobre la misma hizo que se optara por crear una secuela «espiritual». Creo que son dos series que, aunque tratan de lo mismo, son distintas. Yo me apunté a ER cuando ya habían pasado varias temporadas. hacia la séptima temporada o así. No recuerdo exactamente. pero en general, sigo prefiriendo aquella serie, ya que conseguí empatizar más con aquellos personajes que con los de la actual. Pero bueno… lo dicho. Recomendable. Juzgadla vosotros mismos.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están comentadas desde el punto de vista de la técnica fotográfica en Fotos en serie. Últimas horas de la tarde y primeras de la noche en Bilbao; donde de alguna forma acaba en un momento dado nuestra protagonista de hoy.
Muy probablemente, Apple TV+ está realizando algunas de las series más estimulantes de la actualidad. Especialmente en el ámbito de la ciencia ficción y las distopías. Si ya es un evento largamente esperado las nuevas temporadas de Severance, hay otras varias, aunque yo no haya visto todas, que merecen el aplauso de crítica y público. No mucho público, porque de las plataformas de contenidos que existen en la actualidad no es de las que tengan más número de suscriptores. Pero globalmente estos reciben un plus de calidad. Y en esas estamos cuando llega en el último trimestre del año una de las más sorprendentes e interesantes; Pluribus.
La serie venía precedida de cierta expectación puesto que su creador y uno de los productores es Vince Gilligan. Si os vais al enlace y comprobáis en que otras series ha participado, lo entenderéis. Aunque son series que, por mucha calidad que tengan, a mí nunca me habían enganchado. Cosas mías. En cualquier caso, si sumas estos antecedentes con la premisa original, desde luego tenía que probar a ver. Y probé y me quedé. Es una de las series con las que mejor me lo he pasado este año. Una vez más, la buena ciencia ficción es aquellas que nos habla, no de marcianos o aventuras interestelares y cosas de esas, sino de nosotros mismos. De la naturaleza, de las fortalezas y debilidades del ser humano. Aunque para hacerlo incluya marcianos, o aventuras interestelares, o cosas de esas.
La premisa de la serie que he mencionado… Mmmmm… Pluribus procede de uno de los lemas de los Estados Unidos, E pluribus unum. O en castellano, De muchos, uno. Originalmente hace referencia a la naturaleza federal de los Estados Unidos en el momento de su independencia del Reino Unido. A partir de las treces colonias de la costa atlántica de Norteamérica que se rebelaron, se conformó un único y fuerte país, que ganó su independencia. Pero se ha aplicado en otros contextos. No se va mucho filosóficamente del lema belga, L’union fait la force; la unión hace la fuerza. Lo curioso es que parece que la frase original en latín, hacía referencia a una receta de cocina, indicando que un determinado plato resulta mejor o más exquisito que el conjunto de sus ingredientes por separado. Qué cosas no.
La cosa es que, en un planeta Tierra muy similar al nuestro, se recibe en un momento dado una señal de radio potente y claramente extraterrestre, que es descifrada, comprobándose que se trata del código en bases púricas y pirimidínicas de una secuencia de ARN. El ARN, ácido ribonucleico, tiene distintas funciones en la biología de las células vivas, pero en algunos casos, especialmente en virus, es el código genético de los mismos. En las células procariotas y eucariotas, el código genético viene codificado en el ADN, ácido desoxirribonucleico. Y claro, en lugar de desconfiar y tomar extremas precauciones, alguien monta la mencionada cadena de ARN y da lugar a una infección vírica que se extiende por todo el mundo y cuyos efectos, aparte de matar a unos cuantos millones que reaccionan mal a la infección, es que hace que todos los seres humanos del planeta queden integrados en un única mente colmena, perdiendo su individualidad. Afirmando que nunca han sido tan felices. Toma ya distopía sin necesidad de un dictador.
Pero hay trece personas no afectadas. Que reaccionan de forma muy distinta. Puesto que los «otros» están dispuestos a satisfacer sus intereses, alguno (Samba Schutte) decide llevar adelante una vida hedonista de placeres. Parece que la mente colmena, muy ética en determinados aspectos, no mata animales o plantas para alimentarse, lo cual es un obvio problema de subsistencia a medio y largo plazo, no tiene inconvenientes en prostituir a algunas de sus miembros al servicio del individuo. Qué cosas. Otros de los trece, quieren integrarse en la mente colmena. Pero hay dos que no, y que quiere resistirse y revertir la situación. Una de ellas, una americana de Nuevo Méjico (Rhea Seehorn), la protagonista, además está muy cabreada porque uno de los muertos en el proceso de infección es su pareja, su esposa. Aunque algunas de sus percepciones se modificaran cuando conozca a una mujer (Karolina Wydra) que actúa como interlocutora, y por la que se sentirá atraída. El otro es un paraguayo (Carlos-Manuel Vesga), con una actitud casi paranoica. Y a partir de este punto de partida, cualquier cosa puede pasar.
Lo primero que hay que considerar es que los creadores de la serie, inspirándose en diversos clásicos de la ciencia ficción, en lo que se producen invasiones de cuerpos por entes extraterrestres, o situaciones posapocalípticas con un único superviviente, consiguen hacer un producto realmente original. A partir de ahí, los temas que trata la serie son diversos unos más claros que otros, y algunos susceptibles a la interpretación del televidente. Puede ser una situación muy abierta, no siempre dirigida por los creadores. Obviamente, en lo inicial está el duelo y la ira por lo perdido por parte de la protagonista, que mueve sus primeras reacciones y motiva sus principales decisiones. Matizadas por otras cuestiones como es la necesidad de interacción humana, la difícil carga de la soledad, incluso en una mujer tan ferozmente individualista como es esta escritora de Albuquerque.
Por otro lado, como ya he mencionado, estamos ante una sociedad tremendamente distópica. No hay dictadores, no hay sufrimiento, aparentemente existe la felicidad, pero no hay individuo y no existe la libertad. Las acciones vienen determinadas por el deseo de los lejanos creadores del virus, a 640 años-luz de distancia, de crear una única mente biológica. Al cabo, el objetivo final de la nueva situación es desarrollar las nuevas herramientas para seguir propagando el virus por la galaxia, por el universo. El fin del individuo y del libre albedrío, suponiendo que desde el punto de vista físico este exista. Una mente colectiva que se presenta como ética, pero que dará suficientes muestras de que el fin justifica los medios para llegar a su objetivo final. Muchos pueden ver en ese virus una metáfora de los distintos regímenes o ideologías políticas que pretenden negar la individualidad del ser humano, o incluso podría verse como una metáfora de la inteligencia artificial que llegaría a suplantar y suprimir la toma de decisiones por parte de los individuos. Como digo, es muy susceptible a interpretaciones.
Todo lo anterior viene apoyado por una realización impecable, unos guiones milimetrados y por unas interpretaciones más que notables. La serie tiene garantizada una segunda temporada. Y como en muchas de estas producciones, la primera temporada es un establecimiento de la situación. Lo que venga a continuación es la autentica lucha, en este caso entre dos individuos, muy dispares entre sí, contra la mente colmena en que se ha convertido el resto de la humanidad. Y los últimos minutos del noveno y último episodio son una declaración de principios de que, a partir de ahora, todo vale. Altamente recomendable.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están comentadas desde el punto de vista de la técnica fotográfica en Fotos en serie. El santuario de Futami Okitama con las rocas Meoto Iwa, en Ise.
El título de la entrada ya lo dice todo. Estamos llegando a las últimas semanas de diciembre, hoy es el solsticio de invierno, por lo que termina el otoño, y con él, el último trimestre del año en lo que a programación televisiva se refiere también llega a su fin. Y el anime, la animación japonesa, suele organizar sus temporadas siguiendo los trimestres. Es cierto que hay temporadas que duran dos trimestres. O eventualmente alguna serie tiene una temporada cortita, o que empieza a mitad de trimestre para luego prolongarse por otro trimestre entero. Pero lo habitual, entre diez y trece episodios, por lo que las temporadas de diez a doce episodios han ido terminando en su mayoría, y las de trece, o de doce que se han saltado alguna semana, irán terminando la semana que viene.
No hay sido una temporada en la que hay encontrado grandes emociones. Series que me hayan enganchado de forma absoluta. Recomendaciones de las de «no te lo puedes perder». Nop. Hay algunos géneros que en los dos últimos años me han cansado. Como los isekai, ya sabéis, esos en el que el protagonista es trasladado a otro mundo, o las herederas de dragones y mazmorras… que con alguna honrosa excepción son todas demasiado similares como para que me interese el género durante mucho tiempo. Y lo que abunda también es el de grupos de amigos en su vida cotidiana, instituto, trabajo, aficiónese, deportes, que hablan de relaciones de amistad, eventualmente románticas, con algún punto de diferenciación entre ellas, aunque con esquemas muy similares. Estas, aunque también se repiten en sus tópicos más que el pepino de la ensalada, por algún motivo no me importa seguir viéndolas.
Pero vamos a mencionar alguna curiosidad. Por ejemplo, Let’s play: Quest-darake no my lifees una serie que he visto más por curiosidad que por su interés neto. La verdad es que es flojita. Pero lo curioso es que es una serie de animación japonesa que adapta una historieta publicada inicialmente en internet, una webtoon, de una autora estadounidense, y la localización de la acción es Los Ángeles, o algo parecido. No conozco la obra original en cómic, pero tengo la sensación de que no está conseguida la adaptación. Y desde luego no está siendo muy valorada. Pretende profundizar en algún tema serio como la inseguridad social, la depresión, el estrés… hay apuntes de romance… pero ninguna de estos temas se trata con profundidad ni plantea un análisis mínima serio.
Es curiosa también una serie de amores y romances entre robots humanoides, Towa no yūgure [永久のユウグレ, algo así como crepúsculo eterno], e incluso tríos con algún ser humano incluido. Una serie de ambiente posapocalíptico, en el que los pocos humanos restantes tras una catástrofe mundial que enfrentó a inteligencias artificiales con los seres humanos, con un muy costosa victoria de estos últimos ayudados por los robots humanoides, se han ido organizando en sociedades organizadas reducidas con un nivel de desarrollo tecnológico inferior. Prometía más, pero se ha ido desinflando en una serie de tramas enrevesadas y con algún deus ex-machina que otro que no me gustan. Tampoco me ha convencido. En ingles/español la encontramos con los títulos Dusk beyond the end of The World/Yūgure. Aunque lo del título de la versión en español, no lo tengo claro.
Con la que me lo he pasado bien en bastantes ocasiones es con Saigo ni hitotsu dake onegai shitemo yoroshii deshou ka [最後にひとつだけお願いしてもよろしいでしょうか, toma ya título largo que viene a significar ¿puedo pedirte un último favor si te parece bien? ], en inglés May I ask one final thing?, muy similar, pero más corto. Es un isekai. Pero no lo parece. Porque la única que ha sido trasladada del mundo nuestro actual a un mundo de una época imprecisa donde existe la magia es la mala. Los principales protagonistas están en su propio mundo. La gracia es que la protagonista, una joven de la nobleza, comprometida con un príncipe, que la trata bastante mal, con desprecio, es finalmente rechazada por este, y ella decide prescindir de sus buenos modales y educación para dedicarse a acabar con los corruptos y enemigos del reino a puñetazos, mientras comienza una relación con el otro príncipe el bueno. Lo de los puñetazos en una coña tremenda. Claramente tiene su punto de parodia, que la hace divertida. La gente la puntúa alto. Para mí, va de más a menos, porque pasado el efecto de los primeros episodios de ver a una noble pija y mona dedicándose a dar puñetazos a diestro y siniestro, la cosa pierde un poco de interés. Pero es entretenida. Pero ya lo digo, sin tomársela en serio, más bien como la parodia que me parece que es.
Y de momento no voy a comentar más. Otras las dejo para cuando lleguen al final las que quedan pendientes.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están comentadas desde el punto de vista de la técnica fotográfica en Fotos en serie. En la bahía de San Francisco, una mañana con algo de niebla..
En estas últimas semanas he terminado de ver las segundas temporadas de dos comedias de Netflix, que me resultan agradables de ver. Aunque hay una que me gusta mucho más que la otra… que quizá está empezando a cargarme un poquito en algunas cuestiones, aunque sigo pasándolo bien. Son comedias que se ven rápido porque tienen unos 30 minutos por episodio. Algo más en alguna ocasión, ya que al no depender de los cortes publicitarios programados de las cadenas de televisión tradicionales, muestran cierta libertad con la duración de cada episodio. Es algo que se empieza a ver con frecuencia. Ya no sé si llamar a estas series comedias de situación. Los episodios tienden a ser cortos, pero creo que el espíritu de estas series no es el mismo que las sitcom clásicas. No sé. Creo que sí que son comedias de situación, pero actualizadas y modernas, alejándose de aquellas de realiza con múltiples cámaras y risas enlatadas.
La primera que vi fue la segunda temporada de Nobody wants this, protagonizada por Kristen Bell y Adam Brody, una podcaster sin religión alguna y un rabino judío, que ligan, y comienzan una relación en la que tendrán que salvar las diferencias entre sus muy distintos entornos y escalas de valores. En general, y en un tono de comedia, con algún toque de drama aquí y allá, vemos como progresa la relación y como van encajando una con el otro, llegan a términos medios o aceptación de las singularidades del otro. Recordemos que a su alrededor hay otros familiares o amistades, que tienen sus propios problemas de relaciones y parejas, que aportan o condicionan a la pareja principal. Si la primera temporada nos presentaba la situación y el comienzo de la relación, en esta segunda temporada los problemas van haciéndose más profundos, y las soluciones a los mismos no pueden ser de compromiso. En mi opinión ha estado un peldaño por debajo de la anterior, porque el desenlace a la crisis de final de temporada ha tenido una resolución excesivamente rápida y poco satisfactoria. Y porque queriéndose mover en lo políticamente correcto, comete errores típicos de lo políticamente correcto, como es la equidistancia entre valores distintos, que no siempre se pueden admitir como equidistantes.
En un tono muy distinto tenemos a un estupendo Ted Danson, representando a un profesor universitario jubilado en San Francisco que, triste y aburrido tras quedar viudo, empieza a colaborar como infiltrado con una agencia de detectives llevada por una inteligente y dedicada investigadora privada (Lilah Richcreek Estrada), en A man on the inside. En esta ocasión, en lugar de infiltrarse en una residencia de personas mayores, lo hace en una pequeña universidad privada, principalmente orientada hacia las letras y humanidades, con problemas de monetario, y que tiene miedo de perder la importante donación de un multimillonario (Gary Cole) por los ataques de agentes desconocidos, opuestos a los extremos capitalistas del individuo. En la serie se mantienen algunos fijos de la anterior, como la hija del protagonista (Mary Elizabeth Ellis), pero también la directora de la residencia de la primera temporada (Stephanie Beatriz), que tiene unos escarceos con la investigadora, de evidente resonancia romántica, pero que son desaprovechados en general, a pesar de la química que tienen en pantalla. Quizá en la tercera temporada. Y aparece un potencial interés romántico para el protagonista (Mary Steenburgen), que genera bastante diversión.
Esta serie me ha divertido más que la anterior, y de hecho me he visto su segunda temporada en pocas tardes. También es cierto que es mucho menos arriesgada en los temas que trata, y eso hace que lo tenga más fácil. Pero es de las que te pone de buen humor, de las que hasta el «culpable» es de los buenos, y hay sus motivos, y quien queda castigado es otro, realmente malo, aunque no sea el culpable. Pero lo que hace que la serie sea especialmente apreciable no está en las tramas sino en la simpatía del reparto, y el ingenio de los guiones, que hace que sea una serie dinámica y divertida.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta están comentadas desde el punto de vista de la técnica fotográfica en Fotos en serie. Los alrededores del Palacio Real en Madrid, que no es donde vive el rey de España. Pero una de las cuestiones menos claras de aquel 23-F es cuál fue el papel del JuanCar en todo aquello en realidad, y más sabiendo como sabemos ahora que no todo en él ha sido trigo limpio nunca, aunque nadie lo vaya a juzgar nunca por nada. Cosas de esta «democracia».
El 23 de febrero de 1981 yo estaba estudiando C. O. U. …. o sencillamente COU. Acrónimo de «curso de orientación universitaria». No se en qué medida es equivalente al 2º de bachillerato actual, que se estudia a la misma edad, y al final se realiza la prueba de acceso a la universidad, la selectividad de entonces, la EBAU de hoy en día… o EVAU, o PAU… como narices lo quieran llamar. En aquellos momentos nos daba la sensación de que el COU era otra cosa. Yo había estudiado desde infantil hasta 3º de BUP, el bachillerato de entonces, en el mismo colegio, privado subvencionado, regentado por una orden religiosa, como era de esperar en aquellos tiempos. Y sigue siendo en los actuales, aunque siendo un estado laico cabría esperar otras situaciones. En COU, para amortiguar gastos, nos juntaban a los alumnos de seis centros educativos similares, tres de chicos y tres de chicas. Así que por primera vez, era mixto. Lo cual estaba muy bien desde una diversidad de puntos de vista.
En las primeras semanas de aquel mes de febrero había hecho bastante frío, recuerdo las fuentes del paseo de la Constitución congeladas (creo recordar que ya se llamaba así y no con su antiguo nombre franquista). Pero el día 23 de febrero de aquel 1981 salió un buen día. Muy agradable. Y después de terminar las clases a las seis de la tarde, con al que compramos para merendar, un grupo de chicos y chicas, compañeros de curso, nos quedamos zascandileando en la plaza de los Sitios (estoy convencido que ya se llamaba así no con su antiguo nombre falangista). Y cuando empezó a caer la tarde cerca de las siete de la tarde fuimos desfilando hacia nuestras casas. Durante buen trecho del camino acompañado de un par de compañeros/as. Mi sorpresa fue que cuando llegué a casa, cerca de las siete y media de la tarde, con tiempo de sobra para cenar, cosa que hacíamos hacia las ocho y cuarto u ocho y media, cuando llegaba mi padre de trabajar del taller, mi padre estaba ya en casa y me echó una bronca por haber estado por ahí. No entendí nada; no había hecho nada fuera de lo habitual. Mi madre se dio cuenta enseguida que yo no tenía ni idea de porqué era todo aquello y, calmadamente me explicó que unos guardias civiles había entrado en el Congreso de los Diputados y se habían liado a tiros con las pinturas del techo del hemiciclo. Lo mejor es que no hubiera habido tiros. Pero puestos a haberlos, mejor con las pinturas que no con los diputados. Del mal el menos.
No entraré a detallar lo que dio de sí en conversaciones, debates y especulaciones durante el tiempo que pasó entre el fracasado golpe militar y las elecciones de octubre de 1982, cuando ganó el PSOE por primera vez y los temas de debate sociopolíticos evolucionaron. Lo que más recuerdo es algo que quizá no tenga mucha importancia. En aquellos tiempos, teníamos compañeros que se declaraban abiertamente fascistas/franquistas y que solían adoptar aires bravucones y en alguna ocasión hasta amenazadores. Y después del 23-F cambiaron de actitud y todo fu un «pelillos a la mar», aquí no ha pasado nada, todos amigos. Nunca me he fiado de aquellos, y en la medida de lo posible los expulsé de mi vida. Convencido de que si las cosas cambiasen, volvería a la chulería y a la bravuconería. Años atrás, alguno tuvo la osadía de preguntarme que por qué me mostraba siempre tan distante y «poco sociable». Qué cosas.
En 2010 compré el libro Anatomía de un instante de Javier Cercas. Un libro que suele aparecer calificado como novela histórica, pero que a mí siempre me pareció siempre un ensayo especulativo que aunaba lo que se conocía del intento del golpe de estado, y de sus previos durante la transición de la dictadura a la democracia, con un cierto grado de especulación, especulación bien informada, plausible de los hechos que nunca llegamos a saber del todo, de lo que algunos implicados principales o secundarios callaron. En aquellos momentos faltaba muy poco para que se cumplieran tres décadas desde los hechos, tiempo de sobra para empezar a mirar con cierta perspectiva. Si no fuera porque ya empezaban los principios indicios de un resurgimiento de las ideas fascistas en el país. Lo cual embrolla cualquier debate sereno que se quiera hacer. Pero ya digo que nunca lo consideré una novela. Una ficcionalización de unos hechos históricos. Pero es así como se presenta hoy en día aquel libro. El libro me gustó. Lo leí con ganas. Me enteré de muchas cosas que ignoraba. Y me abrí a la interpretación de los hechos de formas que no había pensado. No entraré ahora en los detalles, pero esa visión de Alfonso Armada de sí mismo como un De Gaulle español, que iba a dar un golpe de timón en el titubeante régimen democrático español, al estilo del golpe militar de 1958 en Francia que instaló al héroe de la guerra mundial en la presidencia de la república, y que instauró la constitución de la Quinta República, una de las causas, no la única, que hace que la República Francesa sea clasificada como una democracia defectuosa y no como una democracia plena. Eso buscaban algunos golpistas, al parecer. Claro que,… al aliarse con unos brutos fanáticos que fusilan a las pinturas del hemiciclo a la primera de cambio,… resulta difícil creerse lo del «golpe blando». Pero bueno, hay muchas otras cosas que hacen interesante el libro. Tanto por los hechos constatados de los que habla como por la especulación bien informada que nos plantea.
Recientemente se estrenó en Movistar Plus la serie del mismo nombre, Anatomía de un instante, basada en la «novela» de Cercas. Yo no estoy a esa plataforma de contenidos, pero he hecho por que alguien me permitiera verla. Y es una serie que está bien hecha, con rigor. Con buenas interpretaciones… aunque es difícil tragarse las caracterizaciones de personajes históricos con los que has estado familiarizado desde muy jovencito a través de la radio y la televisión, y otros medios de comunicación. Pero consideremos que sin esos prejuicios, están bien. Es recomendable. Tiene cuatro episodios que oscilan, si no recuerdo mal, entre los 40 y los 55 minutos, más o menos. Cuatro episodios que son cuatro de las cinco partes en las que se divide la novela, descontando el prólogo/epílogo. Son las partes dedicadas a Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado, los tres miembros del parlamento que no se echaron al suelo, y que fueron sacados del hemiciclo en un momento dado, y la parte dedicada a los golpistas y a lo hechos de la tarde-noche-madrugada del 23 y 24 de febrero. La cosa es que me falta un episodio que se dedique, como la primera parte del libro, a lo que en este se llama la placenta del golpe. Todos aquellos elementos que incubaron la intentona golpista. Y que me parece que tienen más trascendencia que algunas de las cosas que se cuentan en los otros capítulos o en la serie. Algunas cuestiones se intercalan entre los episodios emitidos… pero como de pasada. Es lo único que le reprocho a la serie. La falta de un quinto episodio… o de un primer episodio, que nos hable de otros protagonistas de aquellos tiempos que influyeron en lo que allí pasó. Se estrena esta serie pocos años después del cuarenta aniversario de aquellos hechos. Y no dejo de hacerme una pregunta preocupante, ¿en qué situación se encontrará España para conmemorar dentro de unos añitos el cincuentenario? Porque hay muchas cosas que preocupan. Nunca ha dejado de ser de interés lo que entonces sucedió, y hoy en día menos que nunca.