Por fin (relativamente) solo

Viajes

Aquellos que sigáis con cierta asiduidad este Cuaderno de ruta, sabréis que hace unos días viajé a Italia por trabajo, y me tomé un par de días libres para visitar la ciudad de Venecia. Venecia es muy bonita, pero uno de los problemas que tiene es que está llena de gente. De turistas. En algunos momentos, en algunos lugares, me llegó a resultar agobiante. Lo cual no es bueno cuando lo que te apetecete es relajarte un poco.

Así que en algún momento decidí huir un poco, y siendo ya por la tarde cogí el vaporetto a las islas de Murano y Burano. En Murano aún encontré cierto lío de gente, pero en Burano y, sobretodo, en el vaporetto de vuelta a Venecia, encontré la calma que me apetecía. Y se refleja en el aspecto de las fotografías de esa hora de la tarde, entre las siete y media y las ocho y media, en que realicé la travesía. Os dejo unas fotos, al atardecer en la Laguna Veneta.

Abandonando Burano

Última parada antes de salir de Burano.

Solitario vaporetto

Solo en la cubierta, los pocos viajeros que me
acompañaban iban sentados en el interior.

Puesta de sol entre las nubes en la Laguna Veneta

Intensos colores en la puesta de sol.

Cabina del vaporetto

Pareciera que hasta el piloto está ausente.

Amarras del vaporetto

Todavía se adivina lejos la ciudad de Venecia.

Faro

Última parada antes de Venecia, el Faro de Murano.

(Todas las imagenes: Pentax K10D con
SMC-DA 21/3,2, SMC-A 50/2, SMC-A 100/4 Macro)

Último día y medio en Venecia y vuelta a la dura realidad

Viajes

En el segundo día de mi estancia en Venecia, me armo de valor, pienso en que no queda más remedio, y me encamino a la plaza de San Marcos, donde si de algo estoy seguro es de que estará hasta arriba de gente. En un momento dado me planteo que la única forma de apreciar los detalles de los monumentos es fijándome en los dibujos que alguna artista confundida entre la multitud hace.

Pero bueno, en una mañana con nubes y claros, uno se arma de paciencia y buen humor, y va viendo los distintos hitos de la plaza. Uno de los momentos mejores es subir al Campanile, por la bella vista que se aprecia desde lo alto, que dará lugar a bonitas panorámicas,… cuando encuentre un rato para revelarlas.

Después de visitar la plaza, otra obligación, la de visitar el palacio ducal. Siempre me ha llamado la atención esa costumbre que tienen los turistas de tirar monedas a los pozos. Aunque estén tapados por una rejilla y no caigan al agua. Un poco absurdo. Pero mejor nos centramos en la visita, con las bellas estancias del gobierno de la antigua República de Venecia, y las vistas hacia la Catedral. A la salida, como es de rigor, foto de las góndolas en primer término, con vistas de San Giorgio Maggiore.

Tras la visita a los monumentos principales, decido alejarme del follón de las multitudes y tras comer en una cuca trattoria poco frecuentada por turistas, me dedico a callejear en dirección a San Zanipolo, entre Largos con sus puestos de venta, recoletos rincones entre los canales, con lluvia incluida, y alguna sorpresa en la rotulación de las calles. Y no, los venecianos no rotulan sus calles en español. Pero en su dialecto particular, no llaman a sus callejones vías, sino calles, como en estos lares.

Finalmente, visita a San Zanipolo (o de forma más precisa San Giovanni y San Paolo), último hito callejero antes de dirigirme a la Fundamenta Nuove con el fin de embarcarme en un vaporetto para visitar algunas islas en la Laguna Veneta.

En una tarde, nublada, con chubasquillos suaves de vez en cuando, me dirijo a Murano, donde paseo entre las factorías de vídriro y las múltiples tiendas con productos… de diverso gusto… unos monos y otros no. En cualquier caso, aprovecho para comprar algún detalle.

Vuelvo a embarcarme, esta vez con destino a Burano, con sus casitas pintadas de vivo colores, que resaltan con el suave sol del atardecer, una vez desaparecidas las nubes que han incordiado buena parte del día. Parece que a estas horas los turistas se han ido, y la isla está tranquila. En la terraza de algún bar, unos ancianos del lugar, entonan canciones tradicionales, especialmente motivados por los vinos del lugar,… o de algún otro lugar. Eso sí, producen el arrobamiento de un par de turistas americanos que siente que por fin han dado con la quintaesencia del ser italiano o veneciano. Pues bueno,… si eso les hace felices. En cualquier caso, la escena es divertida. Especialmente cuando uno de los ancianos, todavía más motivado por el vino o la cerveza, comienza a declarar su amor por la californiana de mediana edad, que no acaba de pescar el exacto significado de los “i love you”.

Vuelta con el vaporetto a la ciudad, lo que permite disfrutar del atardecer en la Laguna Veneta en todo su esplendor. Está muy bien.

Después de cenar algo, con la noche ya cerrada, me acerco al Puente de Rialto, hasta ahora ignorado. Será la última visita del día, al mismo tiempo que la primera visita del día siguiente. Es el último día, y tengo tres horas para dar una vuelta antes de coger el vaporetto en dirección al aeropuerto.

Tras la visita al Puente de Rialto, vuelta a callejear que es lo más divertido de la ciudad. Unas máscaras, alguna bonita iglesia de fachadas de marmol blanco, nuevos rincones recoletos entre los canales.

Finalmente, llego no sin problemas, tras perderme un par de veces en el laberinto de callejuelas y canalillos, al Arsenal, donde hago las últimas fotos en plan turístico.

Para el aeropuerto cojo el vaporetto rápido, más caro, pero que me permitirá comer algo antes de meterme en la maraña de facturaciones, control de pasaporte y embarque que suelen ser los aeropuertos italianos. Sólo vamos dos pasajeros en el vaporetto, aparte del piloto, un asiático y yo. El asiático va preocupado por los botes que da el vaporetto, más rápido que los habituales, al cruzar las olas que provocan en la laguna las otras embarcaciones. Yo voy preocupado porque en los 40 minutos que dura la travesía, el piloto va más preocupado de hablar por el telefonino que de pilotar el barco. Pero al final, llegamos con bien.

Y aquí acaba la historia. Una escapada tranquila, casi relajada (salvo por las multitudes en algún momento), que ha merecido, y que ha sido reflejada con mi Pentax K10, con SMC-DA 21/3,2, SMC-A 50/2 y SMC-A 100/4 Macro, con el apoyo de mi Fujifilm Finepix F10.

Todas las entradas de este viaje, se han reunido en un artículo único en mi página De viaje con la cámara al hombro.

Venecia con buen tiempo, muchos turistas… pero da igual

Viajes

Finalmente, fuera trabajo y bienvenidas unas mini-vacaciones de dos días. Y aprovechando que el Adriático pasa por Trieste, me vengo a Venecia a pasear un poco. De momento, no va mal. El hotel es aceptable. Está bien arreglado, es caro como todos en esta ciudad, y tiene vistas a un canal. Vamos que como haya una acqua alta, me ahogo porque me entra el agua del canal.

En fin, ya se sabe que esta ciudad va de canales, góndolas y palacios en las orillas de los canales, y a los que se llega con las góndolas. O con lo que se quiera que navegue. Y puestos a navegar, en cualquiera de los innumerables vaporettos que surcan arriba y abajo el gran canal. En eso consiste el turismo en Venecia. Y tener cuidado de no caerse al canal, claro.

Lo de los palacios me impresiona mucho. Sí, por bonitos también. Pero ahora no estaba pensando en eso. Estaba en que no ganarán para pintura. Por que con esta humedad, no habrá techo que no se desconche. Pero bueno. Son bonitos. Y es la gracia de los canales. Porque si en vez de palacios hubiera chabolas, ya veríamos quien venía de visita a ver esta ciudad.

También hay un considerable número de museos. Ayer visité dos. La Gallería dell’Academia, que no está nada mal, y la siempre cuca Fundación Peggy Guggenheim. Claro que Miss Peggy debía ser una cochina,… porque vaya obscenidad de esculturas que se compraba.

La puesta de sol me ha pillado paseando por las orillas del Canal de la Giudecca. Todas las fachadas iluminadas por un sol que no ha aguantado mucho, porque unos nubarrones lo han ocultado prematuramente. De momento, sin mayores consecuencias.

Así que me he ido hacia el Campo Santa Margherita, donde me he tomado tranquilamente un spritz, y después me he ido a cenar. Antes de irse al hotel un paseíto. El primer paso por la Piazza de San Marco, donde pequeños grupos de músicos actuaban como reclamo para las carísimas terrazas de la plaza.

Y esto es todo por ahora. Probablemente, el resto de la estancia en Venecia os la cuente ya llegado a Zaragoza. Hasta la próxima.

Por fin Trieste con sol

Viajes

Ayer, por fin salió el sol en Trieste. Con lo que la cara de la ciudad méjoro notablemente. La mañana la pasamos en nuestras reuniones de trabajo. Pero aun encontramos un momento para hacernos una fotillo los que íbamos desde Aragón con el simpático Marco. No el que fue a buscar a su mamá; otro mucho más divertido.

Elemento importante a considerar en nuestra estancia, la trattoria en la que medio por azar medio por propia voluntad, hemos ido a cenar sistemáticamente todas las nochas, haciéndonos buenos amigos del tipo que la lleva, y que nos ha ofrecido unas insalatas, unos risottos, una pasta, y unos pesci fritti o al griglio, absolutamente excelentes.

Por supuesto, como vengo diciendo desde hace años, si en una ciudad hay tranvías, esa ciudad me suele gustar. Y Trieste, pasado los primeros grises y húmedos momentos, me ha resultado una ciudad destartalada pero agradable. Y tan competente como cualquier otra ciudad italiana a la hora de ofrecer sus salumerie con sus quesos, sus pastas, sus setas, sus… mmmmmmm, que bueno.

El lugar más emblemático es la Piazza della Unitá d’Italia, con edificios magníficos como el antiguo palacio del gobierno de Trieste. Esta ciudad fue un estado independiente durante siete u ocho años tras la Segunda Guerra Mundial. También conviene acercarse del mar a la hora del atardecer, ya que el ambiente es magnífico.

Por el interior de la ciudad, encontraréis otras atracciones; sencillas pero coquetas, como el teatro romano. Cuestión de darse un paseo, sin muchas prisas, y disfrutando.

Ahora he llegado ya a Venecia, donde todo será muy bonito, pero lleno de gente y de follón. En fin. Ya os contaré. Ahora saldré a comer algo y a dar un laaaaaaaargo paseo hasta la noche.

Estoy en Trieste, trabajando (o reunido, vamos) y llueve… mucho

Viajes

Pues eso, que ayer salí de Zaragoza en dirección a Trieste. Hasta hoy no he podido informar de la cuestión, pero bueno aquí estoy. Como el tiempo es malo, y me he pegado casi todo el día reunido, pocas fotos hay. Pero algo es algo y menos es nada.

Salí de Madrid, de la temida T4, que no resultó para tanto. Es grande. Y todo está lejos. Pero por lo demás, despejada y con poco follón.

En Venecia, notas el caos al que tienden los italianos, pero como llegamos puntuales y el transporte en autobús a Mestre fue bien, a la hora prevista estaba en la bulliciosa estación de esta ciudad satélite de Venecia para coger el tren hacia Trieste. Como de costumbre, los trenes italianos tienen ese aspecto cutre indefinible, pero hay muchos, y no van mal… para ser regionales.

Desde que llegué a Trieste, el tiempo ha estado muy nublado y hoy ha llovido todo el día. Ayer lunes, por la noche aún me dio para tomar alguna toma nocturna de la Piazza dell’Unitá d’Italia.

Hoy, todo el día reunido. El entorno del lugar donde nos encontramos, perteneciente a la administración pública de salud del lugar, es muy agradable, pero tan apenas me ha dado tiempo a tomar ninguna imagen. Y además, no sé si lo he dicho, todo el día lloviendo. A ver si mañana os puedo contar algo más.