Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Un lugar para alimentar alguna que otra filia es el mercado de Portobello Road en Londres..
Las palabras que terminan con el sufijo –filia son de dos tipos. Están aquellas que nos hablan de aficiones o prácticas perfectamente honorables, que agrupan gentes con gustos similares, y muchas veces son parte respetable de la cultura de la comunidad. La colombofilia nos habla de la cría de palomas mensajeras y sus competiciones. La halterofilia de la práctica deportiva del levantamiento de peso. La cinefilia es eso que me lleva a las salas de cine casi todas las semanas. Son francófilos aquellos que valoran y estudian la cultura francesa. En ocasiones va como prefijo, como en filatelia, para los amantes y coleccionistas de los sellos de correos. O los filántropos, a quienes se les supone, si no son demasiado esnobs un amor generoso por sus semejantes humanos por el mero hecho de serlo. Pero también están aquellas que denotan perversiones o incluso enfermedades, mal aceptadas por la moral de las sociedades humanas. A veces incluso cuando son inofensivas, si bien poco agradables. Ya veces son enfermedades propiamente dichas. No entraré en el detalle de lo que son la pedofilia, coprofilia, hemofilia… Cuando estudié medicina legal y psiquiatría en la facultad de medicina me hablaron de las parafilias, aficiones sexuales… «extrañas», por decirlo de alguna forma que cuando eran manifestación de alguna enfermedad llegaban a ser trastornos parafílicos. Antaño las parafilias se llamaban perversiones; hoy en día, no necesariamente son tales.

Y os preguntaréis, ¿a qué viene todo eso? Pues porque esta novela corta de Carlos María Dominguez, escritor argentino radicado en Uruguay, nos habla de la bibliofilia. El amor por los libros. Pero tanto nos muestra cómo puede ser una afición perfectamente razonable, si no un poco obsesiva; pero también una obsesión perversa capaz de destrozar la psique de una persona. Comienza la novelita cuando una profesora de letras londinense muere atropellada mientras leía por la calle un libro de una edición especial de uno de sus autores favoritos. Su colega que la va a sustituir encuentra un paquete que ha recibido la profesora y que no ha llegado a abrir. Lo dirige un argentino que conoció la profesora en un congreso, y es un extraño libro lleno de tierra y restos de hormigón. El colega de la profesora cruzará el charco, irá a la Argentina y luego a Uruguay para dar con el remitente del libro, descubriendo que cayó presa de un delirió bibliófilo fatal.
Este es uno de esos libros que ha crecido en la memoria desde que lo terminé de leer en la primera semana de enero. Fue el primer libro que leí en este 2026, un libro corto, entretenido, que me animase a leer más libros. Ya he comentado que, en estos últimos años, sufro de vez en cuando parones, bloqueos, en mi habitual afición e instinto lector. El amor a la lectura es una herencia que recibí fundamentalmente de mi madre, y me molestaría mucho perderla. Yo también son bibliófilo, pero no en el mismo sentido que en el desdichado protagonista y morador de la casa de papel del título. Casa de papel que nada tiene que ver con esa serie televisiva del mismo título que tanto he terminado por aborrecer por lo tramposo de su propuesta ideológica y ética. A mi me gustan los libros en cuanto a contenido, y menos, considerablemente menos en cuanto a continente. Sí. Hay libros físicos, especialmente los de fotografía, los ilustrados, bien editados, bien encuadernados, bien presentados, bellamente publicados, que soy capaz de apreciar. Pero para la mayor parte de los libros, lo que me interesa es lo que nos dicen, lo que nos cuentan, lo que nos proponen, lo que nos enseñan. Y eso me da igual que venga en cartoné, en libro de bolsillo, o en forma de bytes en un lector electrónico de plástico con circuitos integrados. La literatura es arte conceptual sobre las cualidades más bellas del lenguaje, una de las grandes bendiciones de la tan maldita especia humana. Pero respeto a los bibliófilos del papel… salvo cuando se vuelve obsesión. Por lo demás, he disfrutado bastante de la lectura del libro.

