Fotografías de Sidabuzhou, templo budista en el Palacio de Verano de Pekín, a imagen y semejanza de los monasterios tibetanos. Disponible también en Substack.
Hace unos meses me hice el propósito de volver a leer libros que ya leí tiempo ha, y que en estos momentos muchos consideran clásicos. De modo absoluto, o en términos relativos, en su género. También decidí leer por primera vez algunos libros con esa consideración, pero que por algún motivo nunca leí hasta el momento. Aunque con alguno de estos he pinchado estruenduosamente… contra todo pronóstico, por el carácter aventurero de la historia. Y de jovencito, preadolescente o adolescente, disfrutaba con Mark Twain.

Pero vamos con otro de estos libros. Que me pareció apropiado para tenerlo a mano durante el viaje a China. Y cuya adaptación cinematográfica dirigida por Capra me marcó cuando era también muy jovencito. Puede que incluso más que cuando leía los libros de Twain. Se trata de la historia de aventuras que, desde la pluma del británico James Hilton, descubrió al mundo el mítico Valle de la Luna y la lamasería de Shangri-La (nota: siempre había utilizado la palabra “lamasterio” para estos lugares, monasterios de lamas, pero parece que lo admitido en el diccionario de la RAE y que se usa en el libro es lamasería… palabra que el ordenador me dice que no existe).
Shangri-la es una revisión de un mito tradicional de la cultura occidental, la Fuente de la eterna juventud, un motivo que aparece también en un diversidad de obras literarias o de ficción audiovisual. Pero actualizado con las modas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX en las que las sociedad occidental se vio atraída por el mundo, excesivamente idealizado, de la espiritualidad de los lamas budistas del Himalaya. Unido a la apariencia de inaccesibilidad absoluta de la gran cadena montañosa.

Tanto en la novela original como en la película de Capra, Conway, diplomático británico, desencantado con un mundo en crisis con amenazas constantes de guerras, huye de la ficticia ciudad de Baskul, donde hay una revuelta, con un pequeño grupo de refugiados. En la novela, Baskul está en Afganistán, mientras que en la película está en China. Los cuatro años que transcurren entre la publicación de la una y el estreno de la otra modifican el panorama de conflictos políticos y bélicos del mundo, lo cual probablemente justifica el cambio. Junto con el hecho de que el libro sea británico, y para los británicos era significativo un lugar oscuro dentro de las fronteras del imperio, mientras que la película es producto de Hollywood, y para los norteamericanos era más atractivo hablar de China.
En cualquier caso, en ambos casos son secuestrados, se estrellan en los Himalayas (cadena de los montes Kunlun en la novela, que están “cerca” pero no pertenecen a los Himalayas), el piloto secuestrado muere, y son rescatado por los habitantes del Valle de la Luna, escondido lugar regido por la benevolente teocracia de Shangri-La. Un lugar de moderada felicidad, donde la vida se prolonga, libre del estrés propio del mundo moderno.

Hay algunas diferencia entre la historia literaria y la película de Capra. Que volví a ver tras regresar del viaje de China. Es una película que, ajustando las expectativas a las coordenadas de lugar y tiempo de cuando se realizó, sigue siendo una aventura disfrutable. Aunque ingenua. Y con un romance que no aparece en el original. Pero el mensaje general y la trama principal son las mismas. Lo pasé bien leyendo la novela… aunque en diversos momentos peca de ingenua, lo cual viene equilibrado por la lucidez de Milton en los primeros años 30 cuando aventuró la calamidades que se avecinaban al final de esa década y en los años 40. En su conjunto es una lectura agradable, aunque, pese a su popularidad en los países anglófonos, no la consideraría yo entre las grandes obras del siglo XX.

















































