Fotografías realizadas en el entorno de Regent’s Park y Primrose Hill en Londres, que aparecen con frecuencia en la serie. También disponible en Substack.
No soy muy dado al género de espías. Soy consciente que hay cosas muy interesantes, tanto en literatura como en el cine y televisión. Aunque estos dos últimos medios beben de los libros con frecuencia en este género. Pero reconozco que de vez en cuando se encuentran cosas estupendas en él. Ahora no me pondré a enumerar, pero hay unas cuantas que me gustan. Aunque generalmente son las que se salen de los caminos más trillados y del tópico.

Cuando en 2022 Apple TV estrenó Slow Horses vi el primero episodio. La serie me atrajo más por su reparto y por su británica factura que por el tema en sí mismo. El problema es que ese primer episodio y medio que vi no eran representativos necesariamente de la serie. Sí. Estaban bien hechos, bien interpretados… pero a priori no me interesó mucho. Y no seguí. La abandoné, sin apenas darle una oportunidad.
Cuando en enero decidí cancelar mi suscripción a Netflix, empecé a revisar los catálogos de las plataformas que me quedaban. Y me volví a encontrar con esta serie, que a estas alturas había acumulado cinco temporadas y un total de treinta episodios. Cada temporada una adaptación de uno de los libros sobre este universo del escritor británico Mick Herron. Y con unas valoraciones acumuladas, tanto de la crítica como del público, más que impresionantes. Consenso general sobre la calidad de la serie. Para muchos una de las mejores del momento.

Así que decidí que al menos tenía que terminar una temporada antes de decidir si le daba de nuevo carpetazo o no. Al fin y al cabo son temporadas de sólo seis episodios, que duran menos de una hora, muchas veces más cerca de los 40 o 45 minutos que de los 60. Las aventuras, o más bien desventuras, de los desechos del MI5, el servicio secreto británico de protección nacional, capitaneados por el cutre y borracho interpretado magistralmente por Gary Oldman, mientras juega a un peculiar tira y afloja con la número 2 del servicio secreto interpretada, no menos magistralmente por Kristin Scott Thomas.
Porque, claro está, siendo una serie británica, uno de sus principales activos es la impecable interpretación de unos actores y actrices con oficio para dar y vender. Pero a eso hay que añadir el tono de la serie. El tono y los impecables guiones. La serie es una sátira del género. El personaje que interpreta Oldman no puede dejar de recordar al famoso Smiley de John Le Carré. Pero siendo una sátira, y pensando que podría tener un tono de comedia por los desastres en los que se ven involucrados los agentes de la ciénaga, mantiene un tono de drama, cuando no de tragedia, salpicado de vez en cuando de un humor irónico y ácido. Lo que decía. El tono de la serie es fundamental en su atractivo.

Unos desastrosos agentes que al cabo terminan por resolver cada una de las crisis. A veces incluso a pesar de ellos. Pero a los que nunca se les reconocerá el mérito. Porque toda organización “seria” necesita a quién cargarle el muerto de los desastres que son más propios de la propia organización y de sus líderes que de esos agentes desastrados. El extremo llega en la quinta temporada con ese número 1 interpretado por el inolvidable Gaius Baltar (James Callis) de Battlestar Galactica, el epítome de la designación absurda de los liderazgos de las organizaciones cuando están condicionada por la política.
Si a todo lo anterior sumamos las importantes dosis de crítica social y política que, aunque aplican principalmente al decadente Reino Unido que tan tristes espectáculos ha ofrecido en los últimos quince años, se puede extender a cualquier otro país de la Europa occidental y sus derivados en otros continentes, tenemos una serie que, efectivamente, es de lo mejor que hay en estos momentos, me atrevería a decir que imprescindible. Y un ejemplo más de que, en general, Apple TV intenta apostar más por la calidad que por la cantidad. Y eso está bien.





























































