[TV] Animación japonesa; entre las mesas de juego y las consecuencias de la guerra

Televisión

Hace unas semanas, recién regresado de mi pequeña escapada de mitad de agosto por tierras germanohelvéticas, hicimos una reunión de amigos y conocidos donde se habló de muchísimas cosas. Y hubo alguien que me confesó que seguía este Cuaderno de ruta aunque yo no lo sabía, ni me lo podía imaginar. Así se lo dije. Aparentemente, aunque hemos mantenido siempre una relación cordial, no somos amigos cercanos, pero sí que nos caemos bien, nunca hemos tenido muchos intereses en común. Pero me sorprendió porque me empezó a hablar de su afición a la animación y a la historieta japonesa. Exclusivamente japonesa; o sea que él dirá siempre “anime” y “manga”. Y echaba de menos que hablase de estos temas recientemente.

Estación de Omuroninnaji - Kioto

Si algo tienen en común los países centroeuropeos en los que se inspira la ambientación de una de las series de hoy, y Japón, país de origen de las series, es la importancia del ferrocarril. Que tiene un papel protagonista en alguno de los episodios y aventuras de Violet Evergarden.

Con lo del “manga”, es decir, la historieta, le dije que acababa de comprar un libro que tenía buena pinta. Han pasado semanas y no lo he terminado. No está mal, pero es durillo, y últimamente no tengo la cabeza para historias demasiado intensas. Lo terminaré. En unos días. Pero con respecto al “anime”, la animación, le comenté que en las plataformas de vídeo bajo demanda a las que accedo, no encontraba en estos momentos nada que me atrajese. Lo más adecuado para un público adulto ya lo había visto, o lo había abandonado por falta de interés, y lo demás me parecían productos excesivamente para adolescentes y, por lo tanto, con alguna excepción, difícilmente digeribles. A lo que contestó recomendándome dos series, que estando específicamente dirigidas al mundo adolescente, dijo que podían sorprenderme. Que les diera una oportunidad. Ambas en Netflix.

La primera, Kakegurui [賭ケグルイ] (algo así como “jugador compulsivo”), trata sobre un instituto privado donde se establece un sistema de castas basado en la habilidad o la fortuna en los juegos de apuestas. No me atrevo a decir “de azar”, porque todo el mundo hace trampas. Lo sorprendente de la serie, es que tratándose de adolescentes, hay momentos en que la trama trata cuestiones muy para adultos. Aunque sin ser demasiado explícitos, se plantean los abusos sexuales de los miembros de castas superiores hacia los de las inferiores, aparte de otro tipo de abusos y humillaciones. Y se juega sin complejos con el suicidio como aliciente durante el juego. Esto, sin contar la trama de poder económico y político que subyace. La cuestión es que me ha dejado un tanto sorprendido. Finalmente, los temas son bastante adultos, pero todavía no sé muy bien en qué medida critica o enaltece lo en ella nos muestran. Entra en esa nebulosa ética que a veces he observado en producciones niponas, que me desconcierta, especialmente cuando va dirigido a adolescentes. Sensaciones extrañas. No sabría recomendarlo del todo.

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El segundo, Violet Evergarden, sí que me ha sorprendido positivamente. A este estreno de Netflix, sí que me había asomado modestamente, pero no llegué a terminar de ver ni el primer capítulo cuando lo pusieron en la programación. Pero aunque con una premisa extraña, me pareció que era una de esas producciones excesivamente floridas y barrocas, potencialmente cursis, destinadas a un público femenino muy jovencito. Pero llegando en una segunda oportunidad me encontré con una trama y unos temas más serios de lo que pensaba. La protagonista de la serie es una adolescente; le suponemos unos catorce años, aunque el tiempo que pasa durante la serie no está bien definido, pero hay que suponer que la dejamos ya convertida en una joven adulta. Encontrada huérfana y abandonada durante su infancia, es “regalada” por un oficial de la marina a su hermano, oficial del ejército, para que la use como arma en el conflicto que se viene encima a este país imaginario. Y empieza la serie con la adolescente convaleciente, habiendo perdido sus dos brazos, sustituidos por unos de carácter robótico, desconcertada y sin futuro. Un antiguo militar que ha montado una empresa de reparto de cartas redactadas por su equipo de “muñecas de recuerdos automáticos” bajo encargo, se hace cargo de ella y le ofrece trabajo. Al final, trabajará escribiendo cartas para personas que no saben escribir, o no saben redactar y expresar sus sentimientos, en las condiciones más diversas. Mientras, intentará comprender que pasó en ese final de la guerra que tiene tan confuso.

La serie, a lo tonto modorro, trata temas más serios de los que parece. Ambientada en un continente y un país ficticio, pero evidentemente inspirados por la Europa central del siglo XIX, con una guerra inspirada en la del 14-18. Hay algunas discronías, como la capacidad de elaborar complejos elementos prostéticos y algunos otros dispositivos tecnológicamente avanzados. De forma sutil, flirtea con el steampunk y el cyberpunk, sin entrar de lleno en estos géneros. Pero plantea varios temas importante.

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La guerra, su horror, su futillidad, y las consecuencias que puede generar en los niños, especialmente si se ven obligados a formar parte activa de la misma.

Los escritores por encargo, un oficio o servicio que se prestaba en tiempos pasados, con una parte importante de la población iletrada y que pagaba por que alguien escribiera sus cartas a partir de los datos o sentimientos que les iban expresando. Tema curioso, cuando estamos en una sociedad que ha abandonado el género epistolar, potencialmente rico en conceptos y temas, por el mensaje breve, rápido, instantáneo, utilitario y muy pobre en forma y contenidos.

Independientemente de que sepamos leer o escribir, la capacidad para expresar sentimientos de forma elaborada y compleja. Habiendo abandonado las formas de escrituras que van más allá de unos pocos caracteres de ordenador, la incapacidad para ordenar nuestros sentimientos y trasladarlos a una declaración oral o escrita a otra persona, que vaya más allá de unas cuantas frases hechas. Y que en la serie se plantea no sólo para los campesinos y trabajadores sin educación, sino también para príncipes y eruditos. Indudablemente también establece una correlación entre la deshumanización del hecho bélico y la pérdida en la capacidad de sentir y la transmisión de sentimientos.

La soledad y la necesidad de afecto, la necesidad de pertenencia a un grupo que vaya más allá de lo funcional o estructural, en el que haya vínculos emocionales, a ser posible positivos.

La identidad personal; lo que realmente somos frente a lo que los otros o la sociedad dicen que somos o el papel que nos asignan.

No puedo asegurar que el estilo y las formas de esta serie sea para todos los públicos. Pero indudablemente no es una serie banal, ni mucho menos. Lleva contenido. Y desde ese punto de vista puede ser recomendable. Su público objetivo estará entre quienes tienen entre los 12 y 18 años. Pero no tiene porqué atragantar a los más adultos, si salvan los aspectos formales más superficiales, que rozan en alguna ocasión lo cursi. Está basada en una serie de novelas o relatos cortos que ha alcanzado cierto éxito en Japón. Desconozco si habrá una segunda temporada. Campo hay, y parece que está abierta esa posibilidad.

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[Cine] Campeones (2018)

Deporte

Campeones (2018; 41/20180909)

Vamos a pasar el mal trago cuanto antes. Que esta es de esas películas que cuando sales del cine te encuentras relativamente satisfecho, pero conforme va pasando el tiempo le vas viendo, no las costuras, los costurones del tejido cinematográfico que la conforman y llega un momento que hasta te cabrea que te hayan “engañado” para ir a verla a esa matinal de domingo, que por lo demás fue muy agradable.

Dirigida por Javier Fesser, un director que siempre me ha resultado un poco irregular y poco claro en sus intenciones, leo en alguna entrevista o artículo, he perdido la referencia, que la idea le vino de un escándalo del deporte de discapacitados español en 2000. Un escándalo con el equipo de baloncesto para discapacitados intelectuales en los Juegos Paralímpicos de Sidney 200, que se menciona muy brevemente en la película, que ni de lejos es un tema de la misma, y que lo cierto es que no debió tener mucha repercusión en la prensa. No es difícil encontrar referencias sobre el tema en internet; no es fácil encontrar personas que recuerden el hecho. Un hecho que a mí me ha hecho sentir, una vez más, la vergüenza de ser español. De pertenecer a un país donde la corrupción esté tan a la orden del día y esté tan tolerada políticamente, socialmente o informativamente.

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Por poner algo, pondré algunas fotos que tengo por ahí relacionadas con el deporte…

Pero Fesser va a lo fácil. Tras los primeros compases de la película, ya puedes sentir la confianza de que sabes qué va a pasar y cómo va a terminar. No hay la menor duda, y las previsiones se confirman sistemáticamente. Incluso la “emocionante” escena del partido final que se supone pone en tensión al público, provocó que sin ponernos de acuerdo, cuatro de las seis personas que ibamos juntas a ver la película exclamáramos flemáticamente y sin nerviosismo alguno “No va a entrar”, con las risas colectivas de los seis, no precisamente a favor de lo que sucedía en la pantalla. Fesser se busca un guion de manual, sin complicaciones, de telefilme para la siesta después de comer, y confía en que los chascarrillos a desarrollar con el reparto de discapacitados intelectuales, va a despertar la compasión y el beneplácito del respetable. Que estando en el país que estamos, se lo otorga sin muchos problemas. Al fin y al cabo, así gustan las cosas a los españoles. Sin conflictos reales, con happy ends totalmente previsibles, y sin que nos amarguen el domingo con los problemas reales.

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Mientras, de los responsables del escándalo del año 2000, los tribunales, esos figuras con toca que nos han tocado en suerte, sentencian en 2013, que sólo hay un culpable, que ha de pagar una multa. Los diez jugadores que participaron sin ser discapacitados parece que no tuvieron responsabilidad alguna. El equipo técnico que estuvo allí y no denunció, tampoco. El equipo de médicos y psicólogos que certifican la condición de los deportistas,… nada. Aquí no ha pasado nada. Contamos una historia buenrollista, confiamos en unos cuantos chistes con mejor o peor fortuna, nos enbolsamos la recaudación de los españolitos que quieren vivir un cuento de hadas sin dar la cara a la realidad, y encima tenemos el morro de presentarnos a los Oscar. Quienes, si tienen todavía un mínimo de seriedad, ignorarán supinamente la propuesta española. Y con razón. Demos aprobado a los esforzados intérpretes de la película por lo que ponen de su parte. Proclamemos la necesidad de una integración real, sin paternalismos, de los discapacitados de todo tipo en la sociedad española. Y todos los demás, incluidos el resto de los 46 millones de españoles,… suspenso

Valoración

  • Dirección: **
  • Interpretación: ***
  • Valoración subjetiva: **

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[Recomendación fotográfica] Morath y Woodman, dos estilos, dos conceptos y dos referentes

Fotografía

En el mundo de la fotografía se dan, sin duda, las mismas brechas entre personas de distinto sexo que en cualquier otro sector artístico, productivo, o como lo queramos considerar. Hoy, desde que esta mañana he decidido no leer en el autobús urbano el libro que comencé hace unos días, y en su lugar he estado leyendo las noticias en el teléfono móvil, llevo dándole vueltas a cómo se entiende el equilibrio entre las personas de distinto sexo, y si llevamos el mejor camino. El tema tenía que ver con el deporte. Pero como no he llegado a ninguna conclusión clara… no sé si en algún momento hablaré de ello o no. Pero preocupado estoy sobre la futura evolución de la sociedad en estos aspectos.

Como decía, en la fotografía se dan las brechas. Recientemente surgió el movimiento en redes sociales #nosinfotografas, a imagen y semejanza del #nosinmujeres en otros ámbitos, para reclamar la presencia de las fotógrafas en distintos ámbitos de la sociedad. Pero además de la baja representación de las numerosas profesionales o aficionadas que existen, está también la distinta valoración de los temas o enfoques que adoptan. Ahí también se pueden apreciar discriminaciones. Quizá por eso hoy he traído a estas páginas dos fotógrafas. Una que siempre me ha gustado, otra cuya obra se ha revalorizado mucho últimamente, aunque desgraciadamente ella nunca podrá disfrutarlo.

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A principios de agosto descubrí que tenía una cámara, la Pentax MX, cargada con un carrete en color, luego supe que era un Kodak Portra 400, y no me acordaba para qué la había cargado… terminé el carrete con algunas fotos y lo mandé a revelar. Y ya me acordé… pero sin continuidad, las fotos han quedado un poco anecdóticas. Os dejo aquí algunas.

Inge Morath es desde hace unos años una de mis fotógrafas favoritas. Y no me refiero sólo a favorita entre las mujeres fotógrafas, sino favorita entre todos los fotógrafos, todos los sexos mezclados. Morath fue una fotógrafa austriaca que llegó a la fotografía después de la guerra mundial y a través del periodismo. Al principio escribía, luego fue adoptando el lenguaje de la fotografía para expresarse. Fue por lo tanto una fotógrafa documental fundamentalmente.

Sin embargo, recientemente nos han recordado en Magnum Photos uno de sus trabajos, de 1962, que hoy no dudaríamos de calificar como de fotografía conceptual. Fue una colaboración con el caricaturista e ilustrador norteamericano de origen rumano, Saul Steinberg. Un trabajo conjunto en el que Steinberg comenzó a diseñar una máscaras, sencillas, realizadas con bolsas de papel sobre las que dibujaba unos rostros con diferentes expresiones, y con las que posaban ante Morath, primero él, después otras personas, en situaciones cotidianas, habituales, que quedaban totalmente puestas en cuestión por la presencia de las máscaras y la expresión que en cada una de ellas se presenta. Una profunda reflexión sobre la identidad, proveniente de dos inmigrantes centroeuropeos con residencia en Manhattan. Algunas de las fotografías de la serie me parecen simplemente geniales. Y en su conjunto, me parece que está llena de significados y cuestionamientos sobre la sociedad del momento. Impresionante.

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Francesca Woodman fue una fotógrafa nacida 25 años después que Morath. Y esta no fue inmigrante, sino norteamericana de nacimiento, criada en una familia de artistas y creadores. Desde muy joven empezó a utilizar la cámara de fotos para plasmar los conceptos que le preocupaban, muchas veces dirigiendo el objetivo hacia sí misma, en autorretratos en los que se presenta como ella mismo o como otras personas, muchas veces despojada de todo camuflaje, desnudad, muchas veces en entorno desolados. Murió joven. Afectada por alguna enfermedad mental, se suicidó con sólo 23 años. Durante mucho tiempo su obra quedó en el olvido, pero en los últimos años ha comenzado a ser muy valorada, se han publicado libros sobre ella, y los museos de arte contemporáneo y de fotografía se han lanzado a comprar obra de la fotógrafa, así como no pocos particulares.

En Cartier-Bresson no es un reloj han dedicado recientemente un artículo a la artista con abundancia de material gráfico y audiovisual para mejor comprender su obra. También hace un par de años largos, Oscar Colorado elaboró un informe especial sobre la fotógrafa, que también ayuda y mucho a comprender la obra de la joven malograda artista.

Bueno. Pues estas son la recomendaciones de hoy. Dejando claro que en estas páginas si contamos con las personas de todos los sexos.

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[Libro] El corazón helado

Literatura

Con este libro de Almudena Grandes me pasó una cuestión curiosa. Hace mucho que lo adquirí, en una de las ofertas que periódicamente aparecen en Amazon, en septiembre del año pasado. Si el precio habitual en edición electrónica sobrepasa los nueve euros, a mí me costó algo menos de dos. Pero luego, dada su gran extensión, más de 900 páginas en la edición de árboles muertos, me dio pereza y empecé a demorarlo.

Paradójicamente, a final de la primavera pasada, me dejaron otra novela de la misma escritora, y la leí antes que la que tenía en espera desde meses antes. El caso es que eso me incentivó para afrontar la lectura de esta novela. Como ya comenté en su momento, Grandes es una escritora que me cae bien, pero cuyas novelas no siempre me enganchan o me acaban de convencer. Escribe bien, pero sus historias… no sé como decirlo, pero tienen mejor planteamiento que desenlace, en mi humilde opinión.

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La abuela de la protagonista fue de un pueblo de la provincia de Teruel, en la sierra de Albarracín, cuyo nombre no se desvela porque se niega a mencionarlo; tal fue la barbarie de la guerra en esos lugares.

El evidente homenaje a los versos de Antonio Machado que se nos presenta en el título ya hace evidente que Grandes nos va a llevar de nuevo, de uno modo u otro a la nefanda guerra civil que asoló nuestro país, y de la que aun hoy todavía sufrimos sus consecuencias. Por un momento creí que al igual que la novela que leí en junio, también pertenecería a la serie de Episodios de una guerra interminable. Pero no. Esa serie comienza con una novela en 2010, y esta es la inmediatamente anterior de 2007… pero podría entrar, la verdad.

Quizá la gran diferencia es que, aunque con constantes saltos atrás en el argumento que nos llevan a la historia en el pasado de dos familias españolas, Grandes parte de una historia presente, cuando dos descendientes de esas familias, en sus treintaitantos o cuarenta años, ella, de familia republicana, él, de familia que medró con el franquismo, se conocen e inician una relación que les va a llevar a descubrir mucho sobre de donde vienen.

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Si hemos de ser sinceros, la dos Españas que es enfrentan en esta novela no es la progresista frente a la carpetovetónica, las izquierdas contra las derechas, la democrática frente a la tiránica, o como lo quiera ver cada uno. Porque Machado dio por sobreentendidas en su poema cuales eran las dos Españas, pero luego algunos hemos tenido la sensación de que el número de dimensiones en este país capaces de matar los sentimientos de un españolito cualquiera es bastante más que dos. En esta ocasión las dos Españas que se confrontan son la de los honrados que van con la cara por delante frente al aprovechado, al chaquetero, al arribista que se arrima al poder y al sol que más calienta. Que carece de ideología, porque lo único que le mueve es el interés personal. La España de los empresarios de la construcción y similares que son amigos de quien toque. Aunque durante décadas tocasen los militares, los obispos y otros poderes fácticos y fascistas. Pero bueno, ahora no le hacen ascos a otras ideologías más “progresistas” si les viene bien.

Nuevamente me ha pasado el mismo fenómeno que con otras obras de la autora. El planteamiento inicial despierta mi interés, vivamente. E incluso el desarrollo de los saltos atrás al pasado lo mantiene durante la mayor parte de la larguíiiiiiiiisima novela. Porque ahí si que le veo un problema a esta obra. Que es larga, pero sin necesidad. En algún momento tengo la sensación de que estoy volviendo a leer algo ya leído, que se me plantea una reflexión que ya se ha dado, que algunas ideas o conceptos se mueven en círculos constantemente sin un avance claro.

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Esto lastra especialmente la historia actual. La de la relación entre Raquel Fernández y Álvaro Carrión. Una relación que, una vez que empieza, acompañada de demasiados lugares comunes desde mi punto de vista, avanza en círculos y de una forma un tanto inverosímil. De hecho, llega un momento que pierdes la empatía con este par, y empieza a darte igual lo que les pase. Mientras, se olvida de desarrollar en fondo y forma, aunque se le dedique algún capítulo, al verdadero personaje del corazón helado que da título a la obra, y que, eso sí, permite a la novela obtener un cierre más digno que lo que el romance entre los dos presuntos protagonistas hace presagiar.

Tiene cosas buenas la novela; hay episodios de la historia de los Fernández muy interesantes. Y en la vida del Carrión fallecido, también hay momentos que tienen su miga. El capítulo dedicado a sus aventuras en Rusia es notable. En general, puede resultar del agrado de algunos lectores. Pero para mí, hay algo que falla en el desarrollo y que hace que no acaba de dejar un sabor de boca del todo agradable. En fin. A lo peor es que el raro soy yo.

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[Música] Mama don’t take my kodachrome away

Música

Me enteraba a través de una noticia de la NPR en su blog es miércoles 5 de septiembre. Después de más de 60 años escribiendo música, Paul Simon, con 76 años de edad, ha anunciado que va a dejar de hacerlo. Recientemente ha presentado su último álbum de estudio, In the blue light, que hoy mismo, esta mañana, he visto en mi lista de novedades en Apple Music. Y es lo que he escuchado mientras desayunaba y repasaba la actualidad en las noticias y en las redes sociales que se han ido acumulando desde ayer por la tarde.

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Bueno,… Paul Simon no es neoyorquino… es del otro lado del Hudson. De Newark. Pero supongo que uno piensa en la Gran Manzana cuando escucha alguna de sus canciones.

No son canciones nuevas, pero sí nuevos arreglos y nuevas colaboraciones con músicos de gran nivel; músicos procedentes de la música clásica y del jazza. Quizá no sea la mejor del álbum, pero por algún motivo, la que me ha hecho abandonar lo que hacía y ponerme a escuchar activamente ha sido René and Georgette Magritte with Their Dog After the War. Quizá no sea casualidad, como aficionado a la fotografía que soy, que la canción esté inspirada en una fotografía que el fotógrafo Lothar Wolleh realizó del pintor surrealista y su esposa. ¿Tomadas después de la guerra? En un sentido amplio… bastante después del final de la guerra mundial.

Quizá sí que sea de lo mejor del álbum.

Cinco álbumes de estudio junto con Art Garfunkel, primero como Tom & Jerry, después ya más universalmente conocidos como Simon & Garfunkel. Catorce álbumes en solitario o con colaboraciones diversas. La banda sonora de una película. Un musical de Broadway.

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Cuando yo era jovencito, manejaba un presupuesto personal muy escaso. Por lo que el acto de comprar un disco era un acto trascendente, muy pensado. Del que nunca me arrepentí fue de comprar el Graceland, que escuché en bucle durante meses, absolutamente anonadado de la fusión entre el folk norteamericano y los ritmos sudafricanos.

Aunque en los últimos tiempos lo que suena en mis auriculares y en mis altavoces es el jazz y la bossa nova, en ocasiones algo de pop independiente muy muy muy muy seleccionado, y en general poco conocido, de diversas partes del mundo, sin duda la música de Paul Simon forma parte destacada de la banda sonora de mi vida, y por ello quiero traerlo a estas páginas, y dedicarle esta entrada dominical, siempre más reposada y pensada que las que aparecen entre semana.

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Y finalmente, como aficionado a la fotografía, cómo no terminar recordando una de sus canciones más emblemáticas, que lleva como título el nombre de esa película diapositiva, epítome de la fotografía norteamericana de buena parte del siglo XX, que es Kodachrome. Cuanto la añoraremos; la película fotográfica y la música de Paul Simon. Aunque de ambas nos quedan muestras suficientes para seguir disfrutándolas durante años.

[Cine] La novia del desierto (2017)

Cine

La novia del desierto (2017; 40/20180904)

Seguimos con la sensación de las últimas semanas, de la mayor parte del verano, de que últimamente no merece mucho la pena el esfuerzo de acercarse a la salas de cine, que lo que ofrecen no aporta gran cosa a lo que ya hemos visto o podemos recuperar tranquilamente en los aparatos de televisión de nuestras casas. Probablemente la “crisis de fe” en el séptimo arte más profunda que haya tenido en mi vida. Pero aun así, nos obligamos a salir una tarde al cine. Por vernos, por hablar un poco entre nosotros, y de paso intentar salvar esta “crisis”.

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Hace años que llevo explorando fotográficamente la idea de que para encontrar una desolación del paisaje que acompaña la del alma humana no es necesario perderse en un desierto o una pampa remota como nuestros protagonistas de hoy; que ese lugar indeterminado donde la ciudad se convierte en eso que llamamos el campo, puede valer perfectamente. Y al mismo tiempo, no carecer de cierta belleza.

Una historia mínima, producción chilenoargentina dirigida por Cecilia Atán y Valeria Pivato, primer largometraje para ambas, aunque llevan su trayectoria en otros oficios del cine, que es protagonizada por dos veteranos, Paulina García y Claudio Rissi.

Es la enésima historia de enamoramientos otoñales, que es como se llaman cuando afectan a personas de cierta edad, no vamos a decir cual para no ofender a nadie, que no es mi intención, especialmente cuando son emparejamientos improbables. Y que nos llega, tampoco esto es novedad, de los países hispanohablantes del otro lado del Atlántico. Como es el caso de una mujer nacida en Chile pero que lleva treinta y cinco años, desde los 20, al servicio de una familia porteña que ahora le da puerta y le ofrece trabajo a 1200 kilómetros de donde ha hecho su vida, y un hombre sin un hogar definido, que se dedica a vender de forma ambulante lo que la gente quiera comprar en una de esas regiones bellamente desoladas que encontramos en la inmensidad argentina.

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Película que se deja ver especialmente por el excelente trabajo actoral, para una realización correcta, pero sin más. Que a veces abusa un poco de los efectos ópticos de vete tú a saber que objetivos han colocado delante de las cámaras, para aislar, desenfocar, o simplemente emborronar la escena. Película con mensaje optimista, aunque con exceso de santería al final. Se deja ver sin problemas, se puede recomendar.

Valoración

  • Dirección: ***
  • Interpretación: ****
  • Valoración subjetiva: ***

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[CineFoto] Aprendiendo a ver fotos con “Smoke”

Fotografía

La entrada de hoy me la inspira una anotación en Facebook, donde se recomienda una entrada del blog Cartier-Bresson no es un reloj.

No sé si una película como Smoke se podría rodar hoy en día. El protagonista Auggie (Harvey Keitel) regenta un estanco. Y fuma. Sin ser el villano de la película, en una película donde no hay villanos. Hace mucho que esta película forma parte de mi colección de películas cinematográficas con una relación temática, mayor o menor, con la fotografía. Es una de las mejores de la colección. Es una de las películas a las que más cariño tengo de todas las que he visto en mi vida. Dirigida por Wayne Wang, y el literato Paul Auster, sobre guion de este último, está llena de humanidad y buen rollo en el mejor de los sentidos de la frase.

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Viajamos a Nueva York, donde se rodó la película.

El caso es que hay una escena estupenda en el que Auggie conversa con el escritor Paul Benjamin (William Hurt), mostrándole las fotografías que cotidianamente toma a las ocho de la mañana con su cámara, en la puerta de su estanco. Todas aparentemente iguales, pero todas esencialmente distintas. Y una reflexión sobre el cambio y el paso del tiempo. Y sobre la necesidad de observar detenidamente las fotos, de “leerlas”, en contra de la tendencia de visión apresurada y superficial, que se ha exacerbado con la popularización de los dispositivos electrónicos personales y portables con cámara incluida.

 

20130927-_9270500.jpgPor cierto, al final de la película se cuenta cómo Auggie consiguió su cámara, en forma de “cuento de navidad”, cuento que es transcrito por el personaje del escritor Paul Benjamin, que sirve una especie de trasunto de Paul Auster. Incluso Auster tiene publicado un libro que se titula Cuento de navidad de Auggie Wren. He decidido leerlo.

Pero os dejo aquí el final de la película. Lamentablemente, doblada. Se pierde mucho con los doblajes. De verdad.

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[TV] Lo que pudo haber sido y no fue, versión japonesa

Televisión

No me extenderé mucho en esta entrada televisiva. Últimamente ando con cierta desmotivación con el medio, le dedico menos tiempo, y de forma un poco errática. Por ello, de vez en cuando, acabo preso de anécdotas como la serie que me ocupa hoy. En castellano la han titulado El Comité de Podría-Haber-Tenido-Sexo, y variantes de esta idea se encuentran en otros idiomas occidentales. En japonés, es Yareta Kamo Iinkai [やれたかも委員会], cuya traducción parece ser algo así como El comité del pudo haber sido.

En el tren de la línea Chuo - Tokio

Aunque las situaciones presentadas son diversas, casi siempre son gente joven, al menos cuando sucedió la “oportunidad” que relatan, y de ambiente urbano, predominantemente tokiota.

¿Y qué pudo haber sido? El título en castellano es el más explícito al respecto. Aunque también el más reduccionista. Reduce la complejidad de los procesos de atracción y de relación entre personas al deseo sexual. Y la serie es más sutil y más compleja que todo eso. Con la excusa de presentar el caso ante un “comité” de tres personas, dos hombre y una mujer, se nos cuenta la historia de una persona que conoció a otra en circunstancias muy diversas, y en la que se le presentó una situación en la que la persona pensó que podría haber tenido una ocasión de mantener relaciones sexuales con la otra persona, pero no se materializaron. Claro. La cuestión es que sólo conocemos el punto de vista de la persona cuyo recuerdo, más o menos nostálgico, ha permanecido como una oportunidad perdida. No conocemos el punto de vista de la otra persona, cuya posición adopta el comité. Y por otro lado, la cosa es más compleja. Aunque el momento que se debate es aquel en el que pudo haber o no relaciones sexuales, pero en muchos de los casos presentados, los sentimientos puestos en juego eran más amplios o complejos. Y por lo tanto, estamos ante la cuestión que probablemente a muchos se nos puede presentar sobre si pudimos ir a más o no con aquellas persona que conocimos, y que evidentemente nos atrajo. A mí me ha hecho pensar si no hubiera podido presentar un par de casos ante el “comité”. Es bastante menos superficial de lo que el título en castellano sugiere. Al mismo tiempo, la serie no renuncia al humor, siendo respetuosa con los aspectos dramáticos de algunos de los casos.

De los ocho episodios, en siete es un hombre quien presenta su caso. En todos, en una primera instancia, los dos varones del comité “votan” a favor del “pudo ser”, mientras que la única mujer “vota” a favor del “no pudo ser”. Dejaré en suspenso cómo es la votación del caso del último episodio, el único presentado por una mujer.

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La serie forma parte de esas producciones japonesas más o menos pintorescas. Se ve en un plis plas. Al fin y al cabo, ocho episodios de 25 minutos cada uno, son algo más de tres horas de duración total. Hay un noveno episodio que funciona a modo de falso making of. Y que ciertamente aporta poco.

Los casos tienen un interés diverso. Hay algunos muy entretenidos y que tienen un interés cierto. Otros te dan más igual. Por lo que hay cierta irregularidad. Y el nivel de interpretación es diverso. En el trío de miembros del comité, tenemos la “debilidad” de que la mujer es una chica joven muy guapa pero con unas capacidades interpretativas muy limitadas. Parece que viene de uno de esos grupos musicales formado por unas cuantas decenas de adolescentes y jóvenes que denominan idols [アイドル; Aidoru]. Entre las actrices invitadas en los distintos episodios, también tiran de este fenómeno, especialmente cuando son chicas muy guapas, pero más que de las idols musicales, de las del papel couché, Gravure Idol [グラビアアイドル; Gurabia Aidoru], cuya función principal parece ser la de salir muy ligeras de ropa en revistas, aunque no desnudas. Con alguna excepción, en la que todos son actores y actrices de verdad, esto lastra un tanto la serie, empujando a la baja la calidad de la misma.

Una curiosidad, con algún momento interesante, apta para rellenar algún momento tonto a lo largo del día, pero con un interés global muy limitado.

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[Fotos] Finalmente, el objetivo soviético va bien

Fotografía

El viernes pasado os mostraba unas fotografías realizadas con un objetivo de fabricación soviética de 1965 que no tenía claro si funcionaba bien o no. Algunas fotos dejaban que desear en su calidad. Pero fueron tomadas sobre una cámara digital, montado con adaptadores. Ahora ya he tenido ocasión de hacer fotografías con un carrete de película para blanco y negro, en la cámara que le corresponde. Los detalles técnicos en

MIR-1 37/2,8 M39 – Un objetivo para la Zenit 3M (II).

Os dejo unas poquitas fotos realizadas con esta óptica en un paseo mañanero de domingo.

[Recomendación fotográfica] La profesora Hila Becher, y dos fotógrafos japoneses

Fotografía

No puedo sustraerme a seguir trayendo a estas páginas los vídeos dedicados a fotógrafos del Museo de arte moderno de San Francisco (SFMoMA). Me parecen demasiado interesantes, divulgativos y pedagógicos, todo a un tiempo, como para no compartirlos. Por mensaje privado me ha llegado alguna crítica, no necesariamente en el mejor de los tonos, por “centrarme” en recursos en idioma inglés. No conozco ningún canal en Youtube de un museo que publique vídeos en castellano con la calidad y la profundidad de las del SFMoMA y algunos otros en inglés. Si alguien los conoce, agradeceré que me los comunique.

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Como tengo fotos recientes de Alemania, y como Fridrichshafen también ha tenido en su historia su importancia industrial, aunque lejos del área de recorrido fotográfico de Hilla Becher, de quien hablo más adelante, me parecen un complemento fotográfico razonable para esta entrada.

Esto sucede con todo tipo de recursos fotográfico. Soy seguidor habitual del canal de Youtube de Thomas Heaton, fotógrafo paisajista británico, radicado en el norte de Inglaterra. De Inglaterra no es lo mismo que de la Gran Bretaña. Es inglés, no escocés. Es ameno, es vistoso, es buen fotógrafo y es pedagógico en todo lo que se refiere a la fotografía de paisaje. Y honesto, en el sentido que de vez en cuando la caga y lo cuenta. Por supuesto, está interesado en ganarse la vida, y queda claro que vende sus fotos, organiza talleres y viajes fotográficos, y otros productos, de los que habla en sus vídeos, pero de forma natural, y siempre aportando valor añadido, no mera publicidad. Ayer estuve viendo un vídeo de un canal en español de un fotógrafo también dedicado al paisaje, que no mencionaré, que nos hablaba de cómo ajustar la cámara para fotografiar paisajes. Lo primero que hizo fue vender sus cursos. Y luego hizo un repaso más bien trotero por cosas elementales escribiendo en una pantalla en blanco. La diferencia es brutal. No aprecié nada incorrecto, pero a mitad de vídeo estaba aburrido y lo apagué. Pues eso. Que hay cuando se hacen las cosas bien, también pongo cosas en castellano.

Por ejemplo, en muchas ocasiones he recomendado los artículos de Óscar Colorado, mejicano, sobre fotógrafos. Escribe con profundidad y con abundancia de ejemplos. Durante un tiempo ha estado inactivo por sus deberes académicos. Pero parece que vuelve a estar activo. Recientemente, ha actualizado un artículo sobre el fotógrafo mejicano Nacho López. Y es muy recomendable. Pues eso. Cuando hay calidad, si me entero, lo pongo.

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Vamos a por los vídeos del SFMoMa. Porque uno de ellos es de una entrevista a Hilla Becher, que junto a su marido Bernd, ya fallecido, fueron las almas e impulsores de la llamada escuela de Dusseldorf de fotografía, y que tanto han influido en determinado estilo de fotografía documental en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. Una figura de esta relevancia hay que conocerla. Independiente de que sus colecciones de fotografías del tejido industrial de la Alemania occidental te interesa más o menos. Aquí va.

Conocí hace tiempo el minucioso y paciente trabajo del japonés Sohei Nishino, que realiza dioramas fotográficos, mapas, de ciudades enteras a base de miles de fotogramas extraídos de las hojas de contacto de los carretes que expone con su cámara fotográfica para película tradicional. Y en el canal celebran su reciente exploración de la ciudad de San Francisco. Impresionante el proceso de planificación, creación y elaboración de los mapas. Ya lo conocía. Lo lleva haciendo desde 2004.

La última de las fotógrafas que traigo hoy, también japonesa, quizá sea menos vistosa. Pero a mí me ha gustado su trabajo. Se trata de Asako Narahashi. Y también se dedica al paisaje en sus diversas formas. Pero el trabajo que más llama la atención es cuando en el mar adopta el punto de vista del animal marino que flota en la superficie, un punto de vista distinto del que los seres humanos adoptamos habitualmente.

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[Libro] Sueño profundo

Literatura

Banana Yoshimoto es una de las escritoras más activas y más leídas en Japón. O por lo menos eso nos parece desde occidente, donde es una de las escritoras o escritores nipones que más llega a las librerías. No sé si se lee mucho o poco, pero llega. Y no a través de pequeñas editoriales que arriesgan con literaturas ignoradas por las grandes, sino a través de Tusquets Editores, editorial en la órbita del Grupo Planeta, y que también publica al escritor japonés favorito en occidente por excelencia, Murakami. Por cierto, por si alguien no lo tiene claro, Banana es un pseudónimo, el nombre real de la escritora es Mahoko, Mahoko Yoshimoto.

Toshogu - Nikko

Acompaño la entrada de hoy con unas imágenes de los santuarios y bosques de Nikko, una de las jornadas más bellas de aquel viaje a Japón que menciono en el texto.

Como he dicho Yoshimoto es una escritora activa, relativamente prolífica. Hasta la fecha había leído una de sus novelas. Una novela que me mantuvo el interés y cuya lectura consideré positiva, aunque con algún pero. La leí en la primavera de 2014, unos meses antes de viajar al País del Sol Naciente, un poco como preparación mental del viaje, como otras cosas leí o vi en aquellos meses, un poco atribulados por cuestiones familiares. Lo que hace que aunque el viaje lo recuerde muy vivamente, aquellas lecturas han quedado un poco más difuminadas en la memoria. Sí que me quedé con la idea de que tenía que leer algo mas de la autora. Y recientemente me prestaron este libro de relatos. Con posibilidad de nuevos préstamos futuros, de esta y otros autores japoneses.

Tres relatos con dos elementos en común. El sueño, la necesidad de consumir el tiempo durmiendo, y la pérdida, el duelo, ante la persona que nos falta. Los personajes son mujeres, jóvenes. Terako, que sufre la ausencia de una de sus mejores amigas, que se ha suicidado, mientras mantiene una relación con un hombre casado, que sufre la ausencia de una mujer en estado vegetativo. Fumi, que camino de la alcoholismo, sufre la ausencia de una mujer con la que batalló amargamente por el amor de un hombre, a quien sin embargo no echa en falta. Y Shibami, cuyo hermano murió, que además tiene que sostener el duelo de su prima Mari, que estuvo fuertemente enamorada del joven.

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Las situaciones son diversas. Las interrelaciones de los personajes de cada relato, complejas. Pero Yoshimoto imprime una unidad de estilo y tema al conjunto que hace que los tres relatos se complementen y constituyan una reflexión muy potente sobre el duelo, sobre la ausencia del otro, y cómo nos afecta. Es curioso que en los días en los que leí este libro, escrito por Banana Yoshimoto a finales de los años 80 del siglo XX, coincidiera con la visión de una película, japonesa también, que lidiaba con el duelo y la ausencia del ser querido asimismo. Y que no está muy alejada en el tiempo del libro que hoy nos ocupa.

Me han gustado estos relatos. Tengo una sensación de mayor satisfacción que con el libro anterior de la autora. Me parece bastante recomendable, especialmente si uno quiere salirse un poco de historias de relaciones excesivamente banales o estandarizadas que pueblan los éxitos de ventas en las librerías habituales.

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[Fotos] Alemania y Suiza con una cámara para película tradicional

Fotografía, Viajes

Normalmente, cuando viajo llevo una o dos cámara digitales. Y en ocasiones, como complemento, llevo alguna cámara para película tradicional. Generalmente compactas. En alguna ocasión, alguna de un solo uso. En mi reciente escapada a Constanza, y las excursiones que desde allí hicimos por el sur de Alemania y los cantones vecinos de Suiza, ha sido al revés. He usado como cámara principal una cámara para película tradicional y película en blanco y negro, y la digital ha servido de apoyo. Los detalles técnicos os los cuento en

De viaje con una Leica M2 y un 35 mm

Aquí os dejo algunas fotografías del viaje realizadas con esta cámara.