[TV/Cine en el aire] Drama de época coreano combinado con drama rural buenrollista

Televisión

Ya he comentado en varias ocasiones que lo de ver dramas románticos coreanos era algo que ya me estaba cansando. Como curiosidad durante un tiempo ha sido curioso, pero son producciones lastradas por la repetición de estereotipos, unos guiones atroces, e interpretaciones poco cuidadas. Aunque eventualmente hay alguna excepción honrosa, especialmente a esto último.

En estas estábamos cuando Netflix anuncia en verano la emisión de Mr. Sunshine, semana a semana, dos episodios por semana, aunque al final apretó el acelerador, de un drama de época ubicado entre finales del siglo XIX y el principio del siglo XX. Fue la decadencia del reino ermitaño de Joseon (léase, más o menos, “chosón”), que produjo un estancamiento en el país que lo dejó sometido a las agresiones colonialistas de otros países. Resumiendo, si la Primera guerra sino-japonesa conllevó que el país se convirtiera en un protectorado de Japón en 1895, la Guerra Ruso-japonesa acabó definitivamente con la poca independencia que le quedaba en 1905, cuando pasó a ser anexionado al Imperio del Sol Naciente como colonia, hasta 1945, periodo durante el cual sufrió todo tipo de abusos, de esos que hacen que a uno le pueda interesar la cultura japonesa, pero que se queda muy lejos de la admiración o de la simpatía. Por el bárbaro comportamiento con la población coreana, llena de racismo y xenofobia, y especialmente, porque nunca ha habido una disculpa clara y unas compensaciones claras por esos abusos. El pueblo japonés es muy cortés y educado. Pero eso lo mismo sirve para mantener relaciones civilizadas entre personas, como para mantener barreras que prevengan el conocimiento mutuo y el intercambio.

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La fortaleza y el palacio de Suwon es el entorno que me ha parecido más adecuado para ilustrar esta entrada sobre una serie de época coreana.

En este ambiente histórico se desarrolla el drama, en el que los protagonistas son una joven noble coreana que perdió a sus padres activistas por un país independiente asesinados en Japón, y que se ha unido al Ejército virtuoso, una guerrilla de resistencia a los invasores. Esta joven está interpretada por Kim Tae-Ri, una de las protagonistas de Ah-ga-ssi, excelente drama erótico que pudimos ver hace unos años. Y que realmente podemos decir que es una actriz, a pesar de su juventud, que está a un nivel superior a lo que se ve habitualmente en las series coreanas. Además de ser una chica realmente guapa.

Le da la réplica Byung-Hun Lee que interpreta a un oficial de infantería de marina estadounidense que es destinado al consulado de este país en Hanseong, nombre que recibía en ese momento la ciudad de Seul. Este oficial huyo de su país en su infancia habiendo nacido siervo, perseguido para ser asesinado junto a toda su familia. Y por las artes de un clérigo se integró y prospero en la sociedad norteamericana… improbable… pero bueno. Hay otros protagonistas un escalón por debajo de estos. Un cabecilla de la yakuza (Yoo Yeon-Seok), la dueña de un hotel viuda de un japonés (Kim Min-Jung, uno de los personajes más interesantes y atractivos) y el prometido de la joven noble (Byun Yo-han).

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He de decir que el nivel de la interpretación del drama es bastante bueno, sólo lastrado por las debilidades del guion; menores que en otros dramas coreanos, pero presentes. El diseño de producción de la serie es de buen nivel, aunque el nivel técnico del rodaje, especialmente en su iluminación y fotografía, es muy de televisión, más efectista que efectivo.

El principal problema de la serie es que, si conoces la historia real, no puede acabar con final feliz. Lo sabes desde un principio, salvo que se saquen de la manga alternativas históricas poco creíbles. Se portan. De los cinco protagonistas sólo se salva uno, que no diré quién es para dejar un poco de emoción. Otro problema es el de los maniqueísmos. Lo malos japoneses son malos de opereta. De los de serie B que se ríen haciendo “muaaajajaja” mientras ponen caras aviesas. Poca sutileza aquí.

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En su 24 episodios, la serie es bastante razonable,… pero con baches enormes debido a una excesiva duración y a unos guiones que no siempre están a la altura.

Como curiosidad, en el viaje de ida a Taiwán, encontré en la oferta de películas del avión una película protagonizada por Kim Tae-Ri, Little Forest, y me la vi. Es una película reciente, estrenada este año, aunque desconozco si existe alguna posibilidad de que llegue a las pantallas españolas. Probablemente ninguna. Está basada en un manga japonés, y la verdad es que es una película muy sencillita, un año en la vida de un joven en crisis, que realmente es muy agradable de ver. En un ambiente rural, es una película buenrollista, que trata al espectador con inteligencia, no suministrando respuesta a todas las preguntas, dejando que cada cual se forme su propia historia. Y sobretodo, realmente demuestra que esta chica, Kim Tae-Ri, es una actriz muy respetable… y está mona aun sin excesivos maquillajes ni perifollos.

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[TV] Atípicos, neurotípicos y estereotipados

Televisión

No voy a entrar a valorar seriamente una serie de animación japonesa, Jūshinki Pandōra [重神機パンドーラ], que Netflix presentó recientemente. Producción chinojaponesa, con un título occidental de lo más vulgar, Last Hope. Es la típica de monstruos que amenazan la humanidad, que los hace frente en un mundo postapocalípitico donde se mantienen algunas ciudades tecnológicamente avanzadas, usando robots tripulados más o menos grandes, más o menos armado, más o menos voladores. No tan tosco como Mazinger Z, pero descendiente conceptual. Cometen la banalidad de utilizar el “apellido” “cuántico” para cualquier cosa, lo que desde hace décadas es signo de mala escritura en ciencia ficción. Cuando quieres dar un aura misteriosa pero científica a algo, le llamas “cuántico/a”  y ya todo vale. Sólo cuando algún episodio se sale de su esquema habitual, con más sutileza argumental, la serie presenta algún interés.

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No tengo fotos que se me ocurran especialmente adecuadas para la entra de hoy; pero algunas fotos del Festival Asalto 2018, que siempre se preocupa por la integración y la diversidad en la sociedad, nos valdrán. Si el domingo os enseñaba fotos tomadas con película en blanco y negro, hoy serán fotos digitales en color.

Así que vamos con lo realmente interesante de esta semana, la segunda temporada de Atypical, que ha pasado de 8 a 10 episodios, de media hora de duración, que ya adelanto me han sabido a poco. La primera temporada fue un poco de presentación y, aunque nos adelantaron algunos conflictos y algunas tramas interesantes, dejaba la sensación de no haberse metido a fondo en la historia. Sí que nos dejaron algunas claves, girando las tramas alrededor de Keir Gilchrist, su protagonista, que interpreta a un adolescente con un trastorno del espectro autista, pero altamente funcional, así como de su familia, la tesis es que estas personas no serían enfermos, sino variantes atípicas de la normalidad, que necesitarían la ayuda y la solidaridad de su entorno para poder funcionar en una sociedad pensada o diseñada por y para las personas denominadas neurotípicas.

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Aunque por mi profesión pueda tener una opinión mejor informada que la población general sobre estas cuestiones, estando lejos de ser un especialista, lo cierto es que no me voy a meter en ese jardín y no entraré en valorar la plausibilidad científica de las situaciones presentadas. Asumiré mi ración de suspensión temporal de la incredulidad, como ante cualquier relato de ficción, y me centraré en el hecho de que en esta segunda temporada nos hemos encontrado con un intérpretes, de por sí de buen nivel, bien asentados, y una tramas más interesantes y mejor llevadas. Ambos padres, interpretados por Jennifer Jason Leigh y Michael Rapaport, son dos valores seguros, que cumplen bien. Se confirma que la chica que hace de hermana, Brigette Lundy-Paine, es una potente robaescenas, que ha rato me recuerda a Brie Larson en United States of Tara. Con una diferencia; Larson era realmente un adolescente interpretando a una adolescente, mientras que Lundy-Paine está a mitad de la década de los ventitantos interpretando a una chica que cumple 16 años.

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Hay algún pero… Bueno, hay situaciones forzadas por culpa de lo “políticamente correcto”. Se fuerza la diversidad racial/étnica. El personaje de la psicóloga de origen asiático tenía importancia en la primera temporada, pero en la actual da la impresión de que está ahí para mantener la cuota. Lo mismo que la nueva amiga de las sesiones de terapia que es afroamericana. Y han forzado una salida del armario de uno de los personajes protagonistas, que tampoco sé si tiene mucho que ver con lo importante. Que además de que se veía venir, no sé si aporta mucho al tema central. En cualquier caso, la introducción de lo que últimamente vienen siendo nuevos estereotipos presentes en las series de televisión tampoco hace daño excesivamente a la serie en su conjunto. Serie que, como he dicho, me parece muy entretenida, y que me ha sabido a poco en esta temporada.

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[TV] El lenguaje de las flores con acento mejicano

Televisión

Hoy voy a dedicar principalmente mi recomendación televisiva a una reciente producción mejicana para Netflix que ciertamente me ha dejado muy buen sabor de boca. Pero he notado también una omisión reciente… y la quiero subsanar. A principios de agosto terminé de ver la segunda temporada de G.L.O.W., las entrañables mujeres de la lucha libre americana. Esta es una serie que, detrás de su horrible estética ochentera y de su tema aparentemente banal, desgrana una interesante historia de relaciones humanas entre gente de esos que a los anglosajones les encanta llamar loosers, literalmente “perdedores”, pero que los hispanohablantes, por los menos los de este lado del Atlántico, llamaríamos pringados o pardillos. Con una duración ajustada en sus episodios, unos guiones muy bien pensados, unas interpretaciones de muy muy buen nivel, esta comedia con tintes dramáticos es probablemente una de las mejores opciones que ofrece hoy en día Netflix, una plataforma que, desgraciadamente, está evolucionando más al terreno de la fantasía, el terror y los misterios paranormales de lo que desearía.

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Las flores son muy bellas, pero suelen atraer a seres muy peligros. Pican y muerden… pues de eso va la serie mejicano de hoy, más o menos.

Pero vamos con otra de las agradables sorpresas de esta plataforma de vídeo bajo demandas. Que no es otra que La casa de las flores, producción que nos llega desde Méjico, y que ha sorprendido por varios motivos. Con un reparto notablemente sólido en su capacidad interpretativas, al frente del cual encontramos a Verónica Castro, una de esas reinas de los culebrones que aterrizaron en España en los años 80, encontramos una comedia ágil, que resuelve en 13 episodios de 30 minutos un argumento absolutamente de culebrón, de esos que tienen más de 150 o 200 episodios. Con todos sus elementos, una familia diversa, amoríos, traiciones, glamour, hijos secretos, ambiciones por el poder, la cárcel… de todo. Pero también una producción con muchas ganas de reírse de sí misma, de parodiar a todos esos culebrones, pero sin hacer sangre.

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El comienzo me resultó un poco preocupante. La narración de la historia por parte de una muerta, recuerda demasiado a otras series. Luego te das cuenta de que nos es una copia/plagio, sino que es precisamente un elemento más a parodiar, a introducir en el cóctel de tópicos y lugares comunes, para crear una idea original. Políticamente incorrecta, pero con inteligencia, no deja de poner en solfa una sociedad “bienpensante” y “educada” pero machista, intolerante a la diversidad social, sexual, racial, a los discapacitados… que critica todos aquellos “defectos” que no saben ver en sí mismos. A ratos algo “almodovariana” tiene señas de identidad propias. Y si bien no es un producto perfecto, tiene algún que otro altibajo, el conjunto te deja un excelente sabor de boca.

Como decía, además de la idea original, la alegre mezcla de elementos conocidos en otras producciones, y un excelente diseño de producción, cuenta con la baza de un excelente nivel de interpretaciones. Me he quedado encantado con esa Paulina (Cecilia Suárez), que con la cadencia de su hablar ha protagonizado algunos momentos casi sublimes. O la presencia del español Paco León, un actor que no es especialmente de mi gusto y simpatía, y que sin embargo está fenomenal como “marido” de la anterior.

Recomendable. Francamente, muy recomendable.

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[TV] Animación japonesa; entre las mesas de juego y las consecuencias de la guerra

Televisión

Hace unas semanas, recién regresado de mi pequeña escapada de mitad de agosto por tierras germanohelvéticas, hicimos una reunión de amigos y conocidos donde se habló de muchísimas cosas. Y hubo alguien que me confesó que seguía este Cuaderno de ruta aunque yo no lo sabía, ni me lo podía imaginar. Así se lo dije. Aparentemente, aunque hemos mantenido siempre una relación cordial, no somos amigos cercanos, pero sí que nos caemos bien, nunca hemos tenido muchos intereses en común. Pero me sorprendió porque me empezó a hablar de su afición a la animación y a la historieta japonesa. Exclusivamente japonesa; o sea que él dirá siempre “anime” y “manga”. Y echaba de menos que hablase de estos temas recientemente.

Estación de Omuroninnaji - Kioto

Si algo tienen en común los países centroeuropeos en los que se inspira la ambientación de una de las series de hoy, y Japón, país de origen de las series, es la importancia del ferrocarril. Que tiene un papel protagonista en alguno de los episodios y aventuras de Violet Evergarden.

Con lo del “manga”, es decir, la historieta, le dije que acababa de comprar un libro que tenía buena pinta. Han pasado semanas y no lo he terminado. No está mal, pero es durillo, y últimamente no tengo la cabeza para historias demasiado intensas. Lo terminaré. En unos días. Pero con respecto al “anime”, la animación, le comenté que en las plataformas de vídeo bajo demanda a las que accedo, no encontraba en estos momentos nada que me atrajese. Lo más adecuado para un público adulto ya lo había visto, o lo había abandonado por falta de interés, y lo demás me parecían productos excesivamente para adolescentes y, por lo tanto, con alguna excepción, difícilmente digeribles. A lo que contestó recomendándome dos series, que estando específicamente dirigidas al mundo adolescente, dijo que podían sorprenderme. Que les diera una oportunidad. Ambas en Netflix.

La primera, Kakegurui [賭ケグルイ] (algo así como “jugador compulsivo”), trata sobre un instituto privado donde se establece un sistema de castas basado en la habilidad o la fortuna en los juegos de apuestas. No me atrevo a decir “de azar”, porque todo el mundo hace trampas. Lo sorprendente de la serie, es que tratándose de adolescentes, hay momentos en que la trama trata cuestiones muy para adultos. Aunque sin ser demasiado explícitos, se plantean los abusos sexuales de los miembros de castas superiores hacia los de las inferiores, aparte de otro tipo de abusos y humillaciones. Y se juega sin complejos con el suicidio como aliciente durante el juego. Esto, sin contar la trama de poder económico y político que subyace. La cuestión es que me ha dejado un tanto sorprendido. Finalmente, los temas son bastante adultos, pero todavía no sé muy bien en qué medida critica o enaltece lo en ella nos muestran. Entra en esa nebulosa ética que a veces he observado en producciones niponas, que me desconcierta, especialmente cuando va dirigido a adolescentes. Sensaciones extrañas. No sabría recomendarlo del todo.

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El segundo, Violet Evergarden, sí que me ha sorprendido positivamente. A este estreno de Netflix, sí que me había asomado modestamente, pero no llegué a terminar de ver ni el primer capítulo cuando lo pusieron en la programación. Pero aunque con una premisa extraña, me pareció que era una de esas producciones excesivamente floridas y barrocas, potencialmente cursis, destinadas a un público femenino muy jovencito. Pero llegando en una segunda oportunidad me encontré con una trama y unos temas más serios de lo que pensaba. La protagonista de la serie es una adolescente; le suponemos unos catorce años, aunque el tiempo que pasa durante la serie no está bien definido, pero hay que suponer que la dejamos ya convertida en una joven adulta. Encontrada huérfana y abandonada durante su infancia, es “regalada” por un oficial de la marina a su hermano, oficial del ejército, para que la use como arma en el conflicto que se viene encima a este país imaginario. Y empieza la serie con la adolescente convaleciente, habiendo perdido sus dos brazos, sustituidos por unos de carácter robótico, desconcertada y sin futuro. Un antiguo militar que ha montado una empresa de reparto de cartas redactadas por su equipo de “muñecas de recuerdos automáticos” bajo encargo, se hace cargo de ella y le ofrece trabajo. Al final, trabajará escribiendo cartas para personas que no saben escribir, o no saben redactar y expresar sus sentimientos, en las condiciones más diversas. Mientras, intentará comprender que pasó en ese final de la guerra que tiene tan confuso.

La serie, a lo tonto modorro, trata temas más serios de los que parece. Ambientada en un continente y un país ficticio, pero evidentemente inspirados por la Europa central del siglo XIX, con una guerra inspirada en la del 14-18. Hay algunas discronías, como la capacidad de elaborar complejos elementos prostéticos y algunos otros dispositivos tecnológicamente avanzados. De forma sutil, flirtea con el steampunk y el cyberpunk, sin entrar de lleno en estos géneros. Pero plantea varios temas importante.

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La guerra, su horror, su futillidad, y las consecuencias que puede generar en los niños, especialmente si se ven obligados a formar parte activa de la misma.

Los escritores por encargo, un oficio o servicio que se prestaba en tiempos pasados, con una parte importante de la población iletrada y que pagaba por que alguien escribiera sus cartas a partir de los datos o sentimientos que les iban expresando. Tema curioso, cuando estamos en una sociedad que ha abandonado el género epistolar, potencialmente rico en conceptos y temas, por el mensaje breve, rápido, instantáneo, utilitario y muy pobre en forma y contenidos.

Independientemente de que sepamos leer o escribir, la capacidad para expresar sentimientos de forma elaborada y compleja. Habiendo abandonado las formas de escrituras que van más allá de unos pocos caracteres de ordenador, la incapacidad para ordenar nuestros sentimientos y trasladarlos a una declaración oral o escrita a otra persona, que vaya más allá de unas cuantas frases hechas. Y que en la serie se plantea no sólo para los campesinos y trabajadores sin educación, sino también para príncipes y eruditos. Indudablemente también establece una correlación entre la deshumanización del hecho bélico y la pérdida en la capacidad de sentir y la transmisión de sentimientos.

La soledad y la necesidad de afecto, la necesidad de pertenencia a un grupo que vaya más allá de lo funcional o estructural, en el que haya vínculos emocionales, a ser posible positivos.

La identidad personal; lo que realmente somos frente a lo que los otros o la sociedad dicen que somos o el papel que nos asignan.

No puedo asegurar que el estilo y las formas de esta serie sea para todos los públicos. Pero indudablemente no es una serie banal, ni mucho menos. Lleva contenido. Y desde ese punto de vista puede ser recomendable. Su público objetivo estará entre quienes tienen entre los 12 y 18 años. Pero no tiene porqué atragantar a los más adultos, si salvan los aspectos formales más superficiales, que rozan en alguna ocasión lo cursi. Está basada en una serie de novelas o relatos cortos que ha alcanzado cierto éxito en Japón. Desconozco si habrá una segunda temporada. Campo hay, y parece que está abierta esa posibilidad.

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[TV] Lo que pudo haber sido y no fue, versión japonesa

Televisión

No me extenderé mucho en esta entrada televisiva. Últimamente ando con cierta desmotivación con el medio, le dedico menos tiempo, y de forma un poco errática. Por ello, de vez en cuando, acabo preso de anécdotas como la serie que me ocupa hoy. En castellano la han titulado El Comité de Podría-Haber-Tenido-Sexo, y variantes de esta idea se encuentran en otros idiomas occidentales. En japonés, es Yareta Kamo Iinkai [やれたかも委員会], cuya traducción parece ser algo así como El comité del pudo haber sido.

En el tren de la línea Chuo - Tokio

Aunque las situaciones presentadas son diversas, casi siempre son gente joven, al menos cuando sucedió la “oportunidad” que relatan, y de ambiente urbano, predominantemente tokiota.

¿Y qué pudo haber sido? El título en castellano es el más explícito al respecto. Aunque también el más reduccionista. Reduce la complejidad de los procesos de atracción y de relación entre personas al deseo sexual. Y la serie es más sutil y más compleja que todo eso. Con la excusa de presentar el caso ante un “comité” de tres personas, dos hombre y una mujer, se nos cuenta la historia de una persona que conoció a otra en circunstancias muy diversas, y en la que se le presentó una situación en la que la persona pensó que podría haber tenido una ocasión de mantener relaciones sexuales con la otra persona, pero no se materializaron. Claro. La cuestión es que sólo conocemos el punto de vista de la persona cuyo recuerdo, más o menos nostálgico, ha permanecido como una oportunidad perdida. No conocemos el punto de vista de la otra persona, cuya posición adopta el comité. Y por otro lado, la cosa es más compleja. Aunque el momento que se debate es aquel en el que pudo haber o no relaciones sexuales, pero en muchos de los casos presentados, los sentimientos puestos en juego eran más amplios o complejos. Y por lo tanto, estamos ante la cuestión que probablemente a muchos se nos puede presentar sobre si pudimos ir a más o no con aquellas persona que conocimos, y que evidentemente nos atrajo. A mí me ha hecho pensar si no hubiera podido presentar un par de casos ante el “comité”. Es bastante menos superficial de lo que el título en castellano sugiere. Al mismo tiempo, la serie no renuncia al humor, siendo respetuosa con los aspectos dramáticos de algunos de los casos.

De los ocho episodios, en siete es un hombre quien presenta su caso. En todos, en una primera instancia, los dos varones del comité “votan” a favor del “pudo ser”, mientras que la única mujer “vota” a favor del “no pudo ser”. Dejaré en suspenso cómo es la votación del caso del último episodio, el único presentado por una mujer.

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La serie forma parte de esas producciones japonesas más o menos pintorescas. Se ve en un plis plas. Al fin y al cabo, ocho episodios de 25 minutos cada uno, son algo más de tres horas de duración total. Hay un noveno episodio que funciona a modo de falso making of. Y que ciertamente aporta poco.

Los casos tienen un interés diverso. Hay algunos muy entretenidos y que tienen un interés cierto. Otros te dan más igual. Por lo que hay cierta irregularidad. Y el nivel de interpretación es diverso. En el trío de miembros del comité, tenemos la “debilidad” de que la mujer es una chica joven muy guapa pero con unas capacidades interpretativas muy limitadas. Parece que viene de uno de esos grupos musicales formado por unas cuantas decenas de adolescentes y jóvenes que denominan idols [アイドル; Aidoru]. Entre las actrices invitadas en los distintos episodios, también tiran de este fenómeno, especialmente cuando son chicas muy guapas, pero más que de las idols musicales, de las del papel couché, Gravure Idol [グラビアアイドル; Gurabia Aidoru], cuya función principal parece ser la de salir muy ligeras de ropa en revistas, aunque no desnudas. Con alguna excepción, en la que todos son actores y actrices de verdad, esto lastra un tanto la serie, empujando a la baja la calidad de la misma.

Una curiosidad, con algún momento interesante, apta para rellenar algún momento tonto a lo largo del día, pero con un interés global muy limitado.

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[TV] Disenchantment no es Futurama… una pena

Televisión

El anuncio hace un tiempo de que Matt Groening iba a colocar una serie de animación en Netflix me puso en su momento de un desusado buen humor televisivo. Groening es responsable de dos grandes series de animación de los últimos 30 años. La que todo el mundo conoce y de la que todo el mundo ha hablado en algún momento, The Simpsons. Y luego está la buena, menos conocida, pero desde mi punto de vista más afinada y conseguida, Futurama. Pero el género de la “ciencia ficción” tira para atrás, cosa de los prejuicios humanos, a mucha gente. Y ellos se lo pierden, porque la mayoría de las veces, incluso cuando adopta la forma de parodia, la ciencia ficción no va de lo que creen que va, va de ellos mismos. Va de la realidad; es un instrumento excelente para la reflexión y la crítica.

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Las princesas de los cuentos y las leyendas viven en castillos, como el de Loarre sobre estas líneas, o el de Zafra en el encabezado.

Así que si con la familia de color amarillo Groening se situaba en la época contemporánea, y con Bender y compañía nos llevaba a un futuro improbable y a las estrellas, con Disenchantment nos traslada a una edad media mágica y fantástica, propia de los cuentos, los mitos y las leyendas. Con princesas, elfos, caballeros, reyes, reinas, príncipes, gigantes y otros seres mitológicos, y hasta algún que otro diablillo.

Lo que pasa es que Bean, acortado y familiar para Tiabeanie, o “judía/alubia/frijol” en español, es una princesa adolescente descarada, maleducada, juerguista, borrachina, de las que gusta de cerrar las tabernas, cuyo padre, el rey de Dreamland (Utopía en la versión española) quiere meter en vereda casándola con un príncipe encantador, con poco éxito. Porque parece que estos reinos de cuento venidos a menos, no quedan príncipes realmente encantadores, y porque Tiabeanie “Bean” no está por la labor. Y en estas estamos cuando se junta con Elfo (así es en el original), un elfo (elv en el original) que quiere conocer mundo y que es un pedazo de pan, y con Luci, un diablo venido para tentar a Bean, y que todo el mundo confunde con un gato que habla. Y a partir de aquí, con este trío, cualquier cosa puede pasar.

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El de Peracense…

Y lo que pasan son una serie de aventuras que no alcanzar a llevar el ritmo ni la mala leche intríseca a las anteriores obras de Groening. Un estilo de animación que se supone fundamentalmente crítico, ácidamente irónico, políticamente incorrecto para criticar los incorrecto en política y en la sociedad, se queda en unos destellos de estas características que apenas bastan para saciar el hambre de ingenio y diálogos brillantes que algunos estábamos esperando.

De momento, ha sido una primera temporada de 10 episodios de unos 24 minutos cada uno, que ha finalizado con un monumental cliffhanger. Sólo en los últimos episodios, cuando los argumentos se han serializado, hemos podido ver las notables posibilidades de la serie. Que de momento son eso, posibilidades. Tendremos que ver si sigue, probablemente, por donde sigue, y si debemos considerar esta primera temporada como una mera presentación de personajes y escenario. Pero de momento está por debajo de las expectativas depositadas en ella. Sin ser ninguna catástrofe, ni mucho menos. Esperaremos. Confiaremos.

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… o el de Uncastillo. Todos ellos en Aragón, menos el de Zafra, que está en Westeros… digo en Castilla-La Mancha.

[TV] La ciudad secreta; autoritarismos a la australiana… o de otros países

Televisión

Yo creo que en estos momentos, para la mayor parte del mundo, Australia es uno de esos países que se asume democráticos y civilizados. Como los países nórdicos, como Canadá, como Nueva Zelanda y algunos más. Sin dudas. Uno de esos sitios donde se vive bien y esas cosas. Aunque supongo que como dice el refrán, en todas partes cuecen habas. Es decir, que su sistema político y social tendrá sus goteras. El asunto de los aborígenes, por ejemplo, es de los que primero se me ocurren. Los anglosajones siempre han tratado peor a los aborígenes cuando se han apropiado de un territorio; peor que los latinos, aunque nos llevemos las leyendas negras.

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Sinceramente, lo que pase en Canberra me preocupa sólo hasta cierto punto; lo que más me preocupa es lo que pasa en las instituciones del Estado en Madrid… que en los últimos años no han desprendido excesiva confianza que digamos. Y no se perciben muchos signos de cambio, porque en este país hay cosas que no son de siglas políticas, sino de cultura global ciudadana.

De hecho, conforme escribía el párrafo anterior, me ha dado por consultar el listado actualizado del Democracy Index de The Economist, y Australia está en el octavo puesto de todos los países del mundo. Por delante, tiene Noruega, Islandia, Suecia, Nueva Zelanda, Dinamarca, Canadá, Irlanda (andaba yo fino en mis suposiciones, aunque lo de Irlanda me sorprende un pelín), completando por detrás la decena líder en democracia Finlandia y Suiza. Efectivamente, yo que he viajado a todos menos a los del hemisferio sur, son países estupendos, aunque a todos les veo alguna gotera. España, con 8,08 puntos, está en el puesto 19 de la clasificación, y es el último de la lista de los que se consideran democracias plenas. Si baja a 8,00 puntos o menos, empezará a considerarse una democracia imperfecta. Como EE.UU., Italia, Francia, Portugal,… Y en la clasificación estábamos en 8,30 puntos,… hemos perdido colchón. Vamos en retroceso. Podríamos decir que tenemos un armazón jurídico e institucional bastante bueno, pero que lo ejercitamos regular. Los diez primeros clasificados están por encima de 9,00 puntos. El máximo es 10. Noruega tiene un 9,87. Australia, que es la que nos ocupa hoy, 9,09.

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Pues bien, pese a todo, en Netflix podemos encontrar una miniserie australiana de seis episodios The Secret City’s, la acción transcurre mayormente en Canberra, la habitualmente ignorada capital australiana; y si me llamó la atención fue porque la protagonizaba Anna Torv, que tan buen recuerdo nos dejó en Fringe. Y parte de la premisa de que un escenario de confrontación entre EE.UU. y la República Popular China es la excusa de un sector del gobierno australiano para promover una reforma legal que aumenta la capacidad del ejecutivo para suspender los derechos de los ciudadanos y para amordazar a la prensa. Torv hace de periodista testaruda y constante.

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En los tiempos que corren hemos visto que este tipo de legislaciones han empezado a proliferar con mayor o menor intensidad en distintos países. Estados Unidos y Reino Unido entre los presuntamente democráticos, con leyes antiterroristas. España también lleva lo suyo con cierta ley mordaza. Las bases de estas reformas legales, como sucede en esta ficción, es la de infundir el miedo entre la población, curiosamente en algunos de los países más seguros del mundo, para justificar estas leyes en nombre de la “seguridad”. Supongo que la entrada en vigor de la ley mordaza española es uno de los factores que ha llevado a un descenso en la puntuación en nuestro Democracy Index, junto con la tolerancia a la corrupción y otras cosillas como esta.

Así que como vemos, una serie muy pertinente. Que no es la octava maravilla, pero se deja ver bastante bien. Y tiene el aliciente de ver a Anna Torv, que es buena actriz, así como otros intérpretes australianos, pocos conocidos en estas latitudes, que no están mal. Y de paso nos enteramos mejor de Canberra es la capital australiana y cómo es.

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[TV] Crónicas de un pueblo a la coreana

Televisión

Antes de pasar durante unos días al modo “sólo fotos”, una entrada televisiva. En las últimas ocasiones en qué comenté alguna serie de ese placer vicioso y culpable en que se han convertido las series orientales, las coreanas en concreto, que emiten en Netflix, ya dije que estaba un tanto cansado del esquema repetitivo de la/os comedias/dramas románticos del país oriental. Todos ellos cortados por el mismo patrón. Así que me dije que me iba a negar a caer en la misma trampa. Por lo menos durante un tiempo. Y parecía que me iba a olvidar de las series coreanas.

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Entorno agrícola, campos y paisajes de montaña, y una pequeña comunidad rural de personajes que bordean el friquismo agrorural.

En estas estábamos cuando me encontré con un artículo que hablaba de lo interesantes que eran. No recuerdo el enlace, lo siento. Pero el caso es que recomendaba algunas que, según decían, se salían de los caminos trillados mencionados en el párrafo anterior. Entre ellas, nos hablaban de un drama familiar, Heaven’s Garden en su título internacional, Cheonsangui Hwawon [천상의 화원-곰배령], que ponían muy bien. Algo que contrasté con otros sitios antes de meterme con esta producción de nada menos que 30 episodios de una hora larga de duración.

El comienzo era relativamente prometedor. Una mujer se refugia con sus dos hijas en casa de su padre en un pequeño pueblo, cuando su marido es ingresado en presión por irregularidades financieras en su negocio. De las dos niñas, una, la mayor, es hija del marido con una relación anterior. Y la mujer lleva extrañada de su padre desde que se casó, puesto que este no aprobó el matrimonio. Se planteaba por lo tanto un drama a múltiples bandas que podía ser interesante. Y así fue durante algunos episodios. Pero luego…

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La serie se convierte progresivamente en una versión coreana de aquellas Crónicas de un pueblo con las que el tardofranquismo intentó adoctrinar a los españoles atados a la única televisión que podía ver. Un lugar cuasi idílico, donde los vecinos tenían algunos problemas, algunos conflictos, pero que el buenismo de los valores tradicionales superaban cualquier problema. Democracia orgánica y verticalidad social. Pues este pueblecito coreano en las montañas que parece que pasa la mayor parte del año nevado, parece regirse por los mismos principios; eso sí, triunfando en la difícil economía de mercado a base de comercializar mermelada de cebolla y bayas coloradas y cebolla liofilizada en polvo (¡?)

Entre medias, el drama familiar, en el que la mujer protagonista arrastra consigo las consecuencias de haber tomado la decisión de divorciarse, y con ello haber roto el matrimonio con un tipo que, lo mires por donde lo mires, es un gilipollas de mucho cuidado. Una lección hasta el último minuto de la serie de cuál es el “papel de la mujer” en el mundo ideal de quien quiera que haya ideado semejante producto carpetovetónico, o su equivalente coreano, en la segunda década del siglo XXI. Como para causar un infarto del disgusto a cualquier persona con una sensibilidad mínimamente feminista o cuando menos defensora de la igualdad de derechos y ante la ley entre las personas de distinto sexo.

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No sé muy bien por qué aguanté hasta el final. Quizá con la esperanza de que en algún momento recuperarían el tino y al final devolverían un poco de modernidad al contenido y las tesis de la serie. Pero no. Esta mantiene el rumbo al pasado y al retroceso social sin desfallecer, al mismo tiempo que se pierde en tonterías argumentales que le dan un final casi berlanguiano, pero si en el tono crítico y mordaz del buen don Luis.

Pensaréis que he aprendido la lección y que he desterrado para siempre o durante una buena temporada las producciones del país oriental. Pero no… que estoy con una producción histórica que puede que me devuelva la confianza en las capacidades televisivas de un país que en el cine para pantalla grande ha demostrado buen hacer. De entrada, la protagonista es una de las de una de las películas más celebrada de los últimos años procedentes de Corea del Sur. Y eso supone un aumento de nivel interpretativo muy considerable.

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[TV] Nada como un buen bosque para revolver un pequeño pueblo…

Televisión

Hoy será en la televisión, y el pueblo en cuestión, en el norte de Francia, en los bosques de las Ardenas cerca de la frontera francesa. Pero dentro de unos días,… no sé cuando podrá ser, será en un libro, en una novela. También francesa.

Vamos con la historia televisiva. La forêt (El bosque, en castellano), una miniserie francesa, en la que desparecen tres adolescentes de las cuales una aparece violada y asesinada en el bosque. Y las otras… un misterio. Con un nuevo jefe de gendarmes en el pueblo, un pueblo al que no faltan misterios entre sus habitantes. Incluso antecedentes de asesinatos de jóvenes y mujeres jóvenes asesinadas algunas décadas atrás. En fin, todos los ingredientes habituales de este tipo de producciones, que podríamos denominar el “género negro se va de turismo rural“.

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No tengo fotos de las Ardenas francesas, pero alguien me ha recordado hoy el Quercy, que también tiene bosques, es bonito y muy rural. Y francés. Beaulieu, Castelnau, Rocamadour, Brantôme… Bueno este último igual era Perigord. Pero en el valle del Dordoña también.

Hay una diversidad de estas producciones. En USAmérica, en el Reino Unido, en el Nordic Noir escandinavo,… yo creo que incluso en España ha habido alguna de estas. Y por supuesto en Francia, que pese a ser un país avanzado tecnológicamente, no deja de tener un país profundo, de una ruralidad tremenda, bastante conservador, que al mismo tiempo que da muestras de gran belleza paisajística y en sus pequeñas poblaciones, da un poco de miedo. Porque nunca sabes si sus habitantes son descendientes de la resistence o de los colaboracionistas del ocupante nazi. Aunque la historia oficial gabacha prácticamente niegue esta última, al mismo tiempo que un elevado porcentaje de franceses se alejan de los postulados de la ilustración y la revolución y se entregan en brazos de la familia Le Pen, o similares.

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No está mal. Pero tampoco pasará a la historia de la televisión. Se deja ver. Pero si no lo ves tampoco pasa nada. Yo la he visto. Y tampoco me ha pasado nada. Aunque me entretuve. Vive la France! Por cierto, se me olvidaba, está en Netflix, donde si buscas “el bosque” aparecen hasta tres producciones distintas. Originales con los título ¿eh?

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[TV] Irremediablemente enganchado al Imperio del Sol Pasivo-Agresivo

Televisión

Las cosas están como están. En los últimos tiempo he disminuido considerablemente la cantidad de televisión que veo. Lo que es lo mismo que decir que veo menos series de televisión. Va a resultar complicado en un futuro próximo ese ritmo de comentar una o dos a la semana. Imposible. No me da tiempo a ver una temporada de entre 10 y 13 episodios en siete días. Con un episodio al día como mucho… imposible.

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Un paseíto fotográfico por Japón, para una entrada sobre un programa nipón.

Pero esta semana apareció, como estaba previsto, la tercera tanda de episodios de Terrace House: Opening New Doors. Ya he comentado en otras ocasiones por qué alguien que, como yo, siempre he sido incapaz de ver o soportar la telerrealidad, de repente me engancho a esta tontada nipona. Básicamente, la capacidad de hacer televisión sobre nada, sobre la vida corriente y moliente, esperando los momentos sublimes en los que el carácter pasivo-agresivo de los japoneses, obligado por sus estrictas costumbres de cortesía y relación social, nos ofrecen destellos de humanidad que, convenientemente sazonados por el panel de comentaristas, causan nuestro disfrute.

No nos engañemos. Los japoneses no son ni mejores ni peores que los españoles o cualquier otra nacionalidad. En el fondo todos somos muy similares, son las formas las que permiten un tipo de programa probablemente impensable en nuestro país, o en la mayor parte del mundo occidental. Donde por lo tanto, la telerrealidad se convierte en algo artificioso, inverosímil y chabacano.

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En una ocasión, alguien me criticó mi calificación de pasivo-agresivo por el comportamiento de los participantes de este programa. Yo creo que lo es. Me explicaré. Como punto de partida podéis ver lo que dice la wikipedia, aunque no puedo asegurar que sea la mejor fuente sobre este tipo de comportamiento, si bien a mí me parece razonable. Si partimos de la base de que es un comportamiento que se fomenta cuando alguien quiere oponer resistencia a un elemento de autoridad en las relaciones interpersonales, tenemos que considerar que el complejo sistema de relaciones de cortesía japonés, con multiplicidad de fórmulas de respeto, con jerarquías, con una idea de base de que nunca ofender, ejerce como elemento de autoridad no unipersonal, pero que domina las relaciones. Por lo tanto, cuando en la convivencia cotidiana se producen en las bonitas casas del programas los inevitables roces, desacuerdos o enfrentamientos, estos no se resuelven habitualmente por la vía de la confrontación directa, del diálogo directo. A veces sí, porque hay una variabilidad en las personalidades de los participantes. Pero muchas no. Las diferencias de edad, de condición social, de carácter nos llevan a esas reacciones de pasividad ante los elementos agresivos que con frecuencia triunfan contra todo pronóstico, siendo el agresivo, el morrudo, el vago el que tiene que salir por piernas.

Es complejo. No soy psicólogo y tal vez no lo estoy explicando bien. Mis disculpas. Aceptaré con humildad cualquier reprimenda de alguien mejor formado en esta materia si me la razona. Pero hay elementos claros sobre esto que son los que dan valor a este programa. Que lo diferencian de las chorradas que mueven masas en las televisiones occidentales y que a mí me dejan absolutamente frío o me producen rechazo. En fin. Es cuestión de verlo. Por otro lado, es un programa de telerrealidad. Que nadie espere más tampoco.

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[TV – Series] The Expanse,… el sistema solar en guerra

Televisión

Justo el día en que la leyes de la mecánica celeste determinan que nuestra Luna va a quedar ensombrecida y ruborizada por la impertinente interposición de la Tierra entre el satélite y el llamado astro rey, Sol, que no es más que una estrella más, vulgar y corriente, de clase espectral G2, como muchas muchas muchísimas que hay en nuestra galaxia y no digamos en el universo, me animo a comentar la temporada tercera de The Expanse. La expansión.

Casi con toda seguridad la mejor space opera, actual de la televisión. No es que haya muchas más. Pero alguna hay, y esta es una producción bastante interesante que ha ido ganando en interés con el tiempo. Y esta temporada, además, ha estado dividida en dos partes, cada una de las cuales ha tenido su dinámica propia y sus logros. El caso es que estoy lo suficiente enganchado a las aventuras de la tripulación de la Rocinante, antigua MRCN Tachi, como para que incluso haya empezado recientemente a leer las novelas de James S. A. Corey, seudónimo conjunto de los escritores norteamericanos Daniel Abraham y Ty Franck, con la primera de la saga, El despertar del Leviatán. Aun me falta bastante para terminarla, pero ya adelanto que es una novela más simpática y entretenida que brillante.

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En el Parc des Deux Rives (parque de las dos orillas) en Estrasburgo hay representado un sistema solar a escala, con los planetas exteriores, más allá del cinturón de asteroides, muy separados unos de otros…

Si la semana pasada hablábamos del miedo de los seres humanos a las inteligencias no humanas, refiriéndonos a la singularidad tecnológica o inteligencia que surge a partir de las creaciones de los propios humanos, en esta ocasión el miedo o el peligro procede de las inteligencias alienígenas. O incluso de la existencia de una vida alienígena que, con inteligencia o sin ella, tal y como la definimos, pueda ser una amenaza para la especie humana. Porque quien te dice que a una especie alienígena hipotética se le puedan aplicar los mismos caracteres que a la psique humana. Vulgar antropomorfismo del que a duras penas nos deshacemos. El caso es que, aunque de momento no hay señales que indiquen que vivamos en un vecindario estelar plagado de vida y civilizaciones alienígenas, el tema ha sido motivo de cierta preocupación desde el siglo XX y hasta nuestros días.

H.G. Wells y su guerra contra los marcianos llevada varias veces al cine y televisión, y que causó el “famoso” pánico de la retransmisión radiofónica de Orson Welles. Toda la neurosis de los avistamientos de platillos volantes tras la Segunda Guerra Mundial, y las teorías conspiranoicas del Área 51 y similares. Las múltiples imaginaciones que la literatura de anticipación ha realizado del primer contacto con una inteligencia alienígena. Alguna de ellas muy pesimista, como la teoría del bosque oscuro que comentaba hace unos meses a propósito de una celebrada trilogía de un escritor chino. El proyecto SETI, para buscar hombrecillos verdes a través del análisis de las señales recibidas por los radiotelescopios. Incluso algún destacado científico ha hecho hincapié en la conveniencia de NO buscar hombrecillos verdes, que podrían tener mala leche… o directamente provocar un choque cultural, en los que siempre sale perdiendo la cultura más atrasada tecnológicamente.

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… y los planetas interiores, entre el Sol y el cinturón de asteroides, muy cerquita unos de otros.

Pero si en la expansión de la humanidad por el Sistema Solar surge el problema del contacto con la vida alienígena, tema que ha cobrado una especial relevancia y trascendencia en la segunda mitad de esta tercera temporada, no deja de reflejar de fondo las miserias de la política y las relaciones sociales humanas. Esa lucha por la hegemonía en el sistema solar entre la potencia antigua, la Tierra representada por las Naciones Unidas, y la potencia emergente, la República Congresual de Marte, con las discriminadas y poco consideradas colonias del cinturón de asteroides y los planetas exteriores como pringaos de la función, no deja de representar situaciones similares en nuestra sociedad actual, cuando sólo una docena de hombres han caminado sobre un astro distinto de la Tierra, la Luna que se eclipsará esta noche, y unas cuantas decenas han estado en órbita alrededor del planeta.

Bueno. Pues muy entretenido oye. Tal es, que me llevé un disgusto cuando oí que Syfy no iba a renovar una cuarta temporada. Muchos esperaron que fuese Netflix que emite con posterioridad la serie por todo el mundo, retomase la producción, que no debe ser de las más baratas de la televisión. Pero no,… ha sido Amazon Studios la que ha recogido el desafío. Pues nada… A por ello.

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Y luego ya cruzas la pasarela y estás en otra galaxia, la Germánica Galaxia.

[TV – Series] Humans,… una vez más

Televisión

Tercera temporada ya para esta adaptación británica de una serie sueca, Äkta Människor, que se quedó en sólo dos temporadas. Lo cierto es que la serie británica coincidió argumentalmente en cierta medida en su primera temporada con la serie sueca, pero a partir de ahí siguen líneas diferenciadas. Aunque ambas series tratan básicamente de lo mismo, el aspecto no es el mismo. Los robots humanoides suecos tenían más aspecto de muñecos que sus homólogos británicos, otorgando un tono distinto a la serie sueca.

En cualquier caso, el tema de ambas series es un clásico; el advenimiento de la singularidad tecnológica, con el añadido de que lo hace en forma de seres con un aspecto casi indistinguible del ser humano. En algún caso se confunde con otros temas. Asimov lo hacía. En sus novelas sobre robots hablaba con frecuencia del síndrome de Frankenstein, a la hora de plantear el rechazo de los seres humanos hacia sus criaturas inteligentes. Pero el monstruo de Frankenstein, o el mito judío del Gólem, trata más bien del ser humano como creador de vida suplantando a un dios creador. Por extensión, este síndrome reflejaría el miedo del ser humano a las consecuencias de la ciencia, un miedo muy propio de eras como el romanticismo o la posmodernidad, que paradójicamente son épocas de gran impulso tecnológico para la humanidad.

Carlos Carreter

Un paseo un sábado cualquiera por los mercadillos de Portobello Road nos convencerá más que nada de la diversidad de la sociedad británica, que algunos quieren negar o revertir… los del Brexit y similares.

Pero con el miedo a la singularidad tecnológica de lo que se trata es del miedo a otras criaturas igualmente inteligentes. La otra variante a este miedo sería la confrontación con una civilización alienígena. Es decir, o nos cagamos de miedo por unos seres inteligentes ajenos a nosotros y nuestro miedo, o a unos seres inteligentes creados por nosotros mismos. Y con ello viene también otra cuestión; la definición de humanidad. Así se plantea en muchas ocasiones, aunque yo estoy en desacuerdo. Un robot, por inteligente que sea y por similar que lo hagamos en su aspecto externo, nunca será un ser humano,… porque no será un individuo de la especie o especies biológicas que tienen las características de humano. El debate es sobre su condición de persona, con sus dimensiones intelectivas, volitivas, creativas o emocionales. Podremos discutir lo que queramos, pero tengo la sensación de que hasta que no nos encontremos de forma efectiva con una de ellas… difícil saber cómo ser ese encuentro.

Carlos Carreter

En cualquier caso, la serie que aquí nos ocupa dio un paso adelante al final de la segunda temporada otorgando la autoconciencia a un número de muy amplio de robots humanoides. Y en su tercera temporada hemos estado contemplando las consecuencias de ese hecho. Tanto las inmediatas, como las que se puede producir a largo plazo. Y lo que se plantea es un escenario de una sociedad confrontacional, la británica. Lo cual no está lejos de las actitudes xenófobas que en esa sociedad se está percibiendo actualmente. La serie plantea que distintos países adoptan distintas posturas, en todos los extremos, de la tolerancia absoluta a la intolerancia extrema. La ciencia ficción suele comportarse como espejo de las realidades humanas. Y como ya he mencionado, esta serie británica se está desarrollando en el Reino Unido del Brexit, de la xenofobia y rechazo a los refugiados y de las renovadas tensiones internas entre británicos étnicamente anglosajones y los que lo son procedentes de las antiguas colonias.

Serie recomendable. Sigue estando muy valorada en general. Y gustará por su buen nivel de producción, argumental, filosófico e interpretativo.

Carlos Carreter