[TV] Cosas de series; ronda de comedias románticas surcoreanas

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Después de pensármelo muy bien, porque tenía dos opciones para una entrada televisiva, he decidido “airear” mis últimos guilty pleasures surcoreanos. Que han llegado en forma de comedias románticas. Siempre con su puntito dramático claro. Realmente otros géneros en series de televisión de aquellas latitudes cada vez me apetecen menos. El “objetivo” de apuntarse a estas series es el de no pensar en nada, pasar un rato entretenido y después, si te he visto no me acuerdo. Aunque ha veces sí.

Démonos un paseo por el centro de Seul para una entrada tan centrada en Corea del Sur.

La serie que vi en agosto es Saikojiman gwaenchana [사이코지만 괜찮아, Es una psicópata, pero está bien] que en occidente podemos ver con el título en inglés de It’s okay to not be okay o Está bien no estar bien. Menos agresivos que la traducción del original coreano. La cosa va de una escritora de cuentos infantiles (Ye-ji Seo) que va por el mundo con un trastorno de personalidad antisocial. Lo que muchas veces se llama “psicópata” o “sociópata”. Aunque esta no llega al extremo de ir matando gente. Guapísima, estilosa, con dinero,… pero insensible e insorportable. Por otro lado, tenemos a un enfermero (Soo-hyun Kim) que va por el mundo haciendo trabajos temporales y cuidando de su hermano mayor (Jeong-se Oh), que padece un trastorno del espectro autista. Y llega un día en que las vidas de estas personas, junto con las de otra enfermera amiga del anterior (Gyuyoung Park) y colada por él. Y todo se pondrá patas arriba para todos, y acabarán relacionándose en el entorno de un hospital psiquiátrico alejado de Seul. Sin contar con que sus vidas ya se cruzaron en la infancia, con un terrible secreto que se cierne sobre ellos. Para que os hagáis idea de la popularidad de la serie y sus intérpretes, en estos momentos 4.205 votantes en IMDb le otorgan una puntuación media de 9 sobre 10. Ha habido algún momento, recién estrenada en Netflix y solo vista en Corea del Sur en el que esa puntuación media estaba en 9,2. Serie buenrollista que intenta normalizar los problemas de salud mental, carece de rigor alguno sobre sus características y copia de un montón de fuentes para componer un pastiche que pese a todo resulta muy divertido. Muy divertido. Especialmente gracias al buen trabajo de la protagonista que, además de guapa y estilosa, muchísimo emplazamiento de producto en estas series, está que se sale. Con muchos de los defectos innatos a la comedia romántica surcoreana, sobresale sobre casi todo lo que he visto y realmente puede ser recomendable. Creo que últimamente el nivel de las producciones para Netflix de esa nacionalidad va mejorando.

A continuación, en septiembre, se estrenó Uri, Saranghaesseulkka [우리, 사랑했을까 Nosotros, te amamos], titulado en este lado del mndo en inglés como Was it love? o en castellano como ¿Era amor? Y aquí tenemos a una madre soltera de 37 años (Ji-Hyo Song) con una hija de 14 años a la que ha dedicado su vida desde que se vio obligada a dejar la universidad por el embarazo. Y con un sueño, ser productora de cine. Pero por el desfalco de su jefe en la productora, se ve en apuros económicos, cuando se encuentra rodeada de tres hombres de aquella época, su antiguo novio de quien se separó de malos modos, su buen amigo, actualmente actor, y un conocido más joven, a quien animó a seguir una carrera de profesor, y que actualmente es el profesor de su hija. Y a estos hay que añadir un prestamista con pintas de mafioso, pero que curiosamente parece dispuesto a echarle un cable. Dos misterios son la base de la serie. ¿Quién es el padre de la niña, probablemente uno de los cuatro? ¿Con quién se quedará al final? Hay otros misterios o intrigas secundarias que animan episodios concretos, permitiendo estirar hasta los dieciséis episodios una premisa que no da para tanto. Es entretenida, también se basa en el buen trabajo de su protagonista femenina, aunque no llega a los niveles de la anterior. Es recomendable, exclusivamente, como guilty pleasure. Sin más.

[TV] Cosas de series; de hospitales va la cosa

Televisión

Tres series en Filmin y las tres tienen en común que se desarrollan en hospitales. Los hospitales están, tristemente, de moda. De que sean capaces de aguantar los embates de la pandemia de covid-19 depende que las poblaciones tenga libertad de acción o de movimientos o no. Si colapsan, todos encerrados. Así de dependientes somos de las estructuras del estado del bienestar, tan vapuleadas en las últimas décadas por el dogma del liberalismo más atroz. Pero vamos a ellas. Tres, o quizá dos, series en un entorno sanitario

Charité es el nombre, tan francés, de uno de los más célebres hospitales de Alemania y Europa. Enorme hospital cuyas dependencias se pueden ver desde el S-bahn cuando te desplazas en uno de sus trenes entre las estaciones de Berlin-Friedrichstrasse y Berlin-Hauptbanhof. Es un monstruo enorme. Y también es el título de una serie de televisión alemana de seis episodios que nos cuenta las peripecias de este hospital a finales del siglo XIX, cuando en sus salas realizaron sus trabajos destacados médicos e investigadores como Virchow, Koch, Ehrlich o Behring. Probablemente, a buena parte de la gente, son nombres que dirán poco. Pero son gente que hizo grandes avances en el ámbito de la medicina y la fisiología en su época que fueron configurando las características de la medicina moderna. Cualquier estudiante de medicina, hasta el más cenutrio, que los hay, ha escuchado sus nombres. La serie dramatiza algunos de los hechos de estos médicos e investigadores, desde la visión de una enfermera de ficción (Alicia von Rittberg) que se supone que pasó por allí en aquellos años entre el final del reinado del kaiser Guillermo I y los primeros años del de su nieto, el infame Guillermo II. Producción realizada con gran presupuesto, fue un gran éxito en su país y otros países de Europa. Y yo me lo pasé bastante bien. Quizá porque por mi profesión sentía mucha curiosidad por el trabajo de estas gentes. Curioso lugar Alemania, donde alterna el genio científico y artístico, cultural en general, con los nacionalismo bárbaros, violentos y racistas que ya conocemos.

Tenía la cosa de, o fotografías de Berlín o de París. Como realmente la Charité está en el centro de Berlín, mientras que el ficticio hospital Poincaré esta en una localidad de la periferia parisina, he optado por la capital alemana.

Tal fue el éxito de de la serie, que su productores se animaron con una segunda temporada o una segunda serie. Creo que para los alemanes es una segunda temporada, mientras que en otros países aparece como una serie distinta, Charité at war/Charité en guerra. Ciertamente, tiene en común el estar ambientada en el mismo hospital, el tener unos protagonistas ficticios, pero con unos personajes secundarios (o no tan secundarios) que fueron reales, personajes históricos, un alto nivel de producción y seis episodios de duración. La diferencia… pues que saltamos de finales del siglo XIX a los tres últimos años de la Segunda Guerra Mundial. A esas alturas, el nazismo alemán había realizado tantos desmanes que ya no es posible encontrar una pléyade de figuras históricas de la medicina del mismo nivel que en la anterior, aunque las hay, tanto dignas como infames. Porque entre medias, encontramos las políticas de eugenesia, de exterminio y los fanatismos que el nazismo despertó entre la población alemana, personal sanitario incluido. Menos curiosa que la anterior, desde ciertos puntos de vista es más interesante. IMDb nos habla ya de una tercera serie… ¿quizá con la Charité en manos de la RDA en tiempos de la guerra fría? Probablemente.

Y mientras tanto, buceando también por el catálogo de Filmin me encuentro con una recomendación, Hippocrate, del director francés Thomas Lilti, y que ya presentó en 2014 un largometraje con el mismo título y con unos temas de fondo similares. En el largometraje, que también se puede ver en Filmin, Lilti entraba en la tradición del cine francés comprometido socialmente presentando los problemas de la sanidad pública francesa desde el punto de vista del joven titulado (Vincent Lacoste) que se incorpora como interno, lo que en España llamaríamos residente o MIR, a un hospital de la periferia parisina. En la serie, también acompañamos a una chica, Alyson (Alice Belaïdi), en su incorporación como interna al servicio de medicina interna de otro hospital de la periferia parisina. Pero en su primer día se encuentra con que toda la plantilla de médicos titulares del servicio ha sido puesta en cuarentena por su exposición a un virus de origen desconocido en uno de los pacientes, que ha fallecido. Y ella junto con otros dos internos residentes más, más veteranos, y un anatomo patólogo que trabaja en el hospital habitualmente haciendo autopsias clínicas, tienen que apechugar con todo el servicio de medicina interna. He visto alguna que otra burrada de gestión en los hospitales públicos españoles. Incluso me ha tocado participar, a la fuerza ahorcan, en alguna de ellas a lo largo de mi vida profesional. Pero como esta ninguna. Conste. El caso es que al igual que la película, Lilti aprovecha para hacer una crítica de las deficiencias de la sanidad pública en su país, al mismo tiempo que aprovecha los ocho episodios de los que consta la serie para sacarse de la manga algunas tramas personales más o menos conseguidas, y entre las que destaca la melodramática que afecta a Chloé, la interna residente más veterana interpretada por la guapísima Louise Bourgoin, que se pasa de edad para el papel que le dan, por muy estupenda que esté. Aunque se manifiesta como una excelente actriz, en el mejor papel que le haya visto yo hasta el momento. No está mal la serie, pero tiene altibajos y momentos cuestionables, que ponen duramente a prueba mi “suspensión temporal de la incredulidad”. Cosas de trabajar o haber trabajado en el medio. Parece que estaba previsto el rodaje de una nueva temporada a partir de enero de 2020 y durante seis meses… así que con la crisis del coronavirus… a saber en que situación está.

[TV] Cosas de series; entre hermanos anda el juego

Televisión

Dejaremos algunas series vistas previamente relacionadas con el mundo de los hospitales para la semana que viene, para unirlas a otra que estoy terminando de ver. Así que las dos que comentaré hoy tienen en común son, de algún modo, “hermanos/as”. No comentaré demasiado sobre las comillas para no destripar demasiado…

Hago yo mi particular viaje al pasado con unas cuantas fotos en blanco y negro de los Países Bajos en 1993.

The Umbrella Academy va por su segunda temporada. Lo cierto es que la primera de ellas no me entusiasmó. Y no tenía muy claro si iba a darle su segunda oportunidad. Pero en un mes de agosto poco lucido en la cartelera seriéfila, le di una oportunidad. Y he de decir que no me arrepiento, que la segunda temporada me ha entretenido bastante más que la primera. Con los personajes ya definidos y presentados, atascados en el tiempo, en 1963, en Dallas, en los días previos al atentado contra John F. Kennedy, y con una nueva amenaza apocalíptica. Así que la serie pierdo menos el tiempo, y directamente presenta una trama razonablemente bien armada, que no se lía ante la complejidad de dar oportunidades al coral reparto de de la serie. Tiene algunos momentos incluso brillantes. Y un final satisfactorio, abierto a nuevas aventuras. Este grupo de hermanos “no biológicos”, consiguen un buen nivel mezclando la acción, el drama, la comedia,… el entretenimiento en general. Bien. El único pero que le veo es que veo bien al conjunto del reparto… menos a su miembro con más renombre. Me parece que Ellen Page está muy lejos de lo que prometía cuando empezó a destacar en el panorama actoral (tengo que volver a ver Hard Candy). A seguir.

Teenage bounty hunters, en castellano titulada “Dos balas muy perdidas”, es una serie… absolutamente intrascendente. Ni siquiera es realmente una buena serie. Tampoco es mala ni nada de eso. Normalita. Pero es divertida; es muy entretenida. Dos mellizas adolescentes de la sociedad acomodada de Atlanta, blancas, cristianas de familia republicana, lo cual en EE.UU. significa prácticamente lo contrario que en España, familias muy conservadoras, y con una relación muy próxima entre sí nos introducen en su particular mundo. Especialmente, cuando para pagar los destrozos que le han ocasionado a un vehículo de motor de su padre, comienzan a trabajar ayudando a un cazarrecompensas, bajo la tapadera de trabajar en un garito de yogur helado. Pero la parte buena de la serie es que funciona como una total parodia de esa sociedad conservadora blanca, la que vota a Trump, la racista, la cristiana fundamentalista, la que niega el cambio climático, la de la pureza y la virginidad hasta el matrimonio, la de las familias perfectas con sonrisa “profidén”… todo ello puesto en solfa mientras seguimos las aventuras de las dos mellizas. Quizá lo que le falta a la serie es un poquito más de mala leche, y un trabajo actoral más sólido. Las dos protagonistas (Maddie Phillips y Anjelica Bette Fellini) son suficientes, físicamente están bien adaptadas a sus papeles, pero andan un poco justas de nivel interpretativo. Ideal para las vacaciones. Sin complicaciones.

[TV] Cosas de series; de sexo y de Perry Mason

Televisión

Yo no recuerdo a Perry Mason. Recuerdo a Ironside, pero no a Perry Mason. Cuando lo echaron por la televisión española, en blanco y negro, y que no siempre sintonizaba bien, yo debía ser demasiado pequeñito. Al de la silla de ruedas, sí. Si los mezclo, se debe a una cosa. A mi madre le gustaba ver Ironside, empezó a verse en España cuando yo tenía cuatro años, porque era el mismo que Perry Mason, que se emitió en España por primera vez hasta antes de cumplir yo los cuatro años. Esto explica mis recuerdos de uno y mi ausencia de recuerdos del otro.

Ya que hay una serie danesa, nos daremos una vuelta por Copenhague. No me importaría darme un paseo por la capital danesa. Especialmente por algunos de sus parques y museos. Pero no sé que tal está la cosa. Igual miro a ver.

Pero Perry Mason ha vuelto. En HBO. En los años 60, los abogados y los detectives americanos de televisión eran impecables. Perfectos. No se despeinaban ni para sacudir al villano. Como los médicos, que también eran impecables. Era una época de héroes inmaculados, “como dios manda”. La versión norteamericana del héroe de la época; como la triste España de Franco tenía su propia versión en forma de tebeos de Roberto Alzázar y Pedrín. Nunca me compraron en casa estos tebeos. Pero los leía en casa de mi primo Alfonso. Pero en esta época de pandemias, falsas verdades, presidentes canallas y héroes de pacotilla, Perry Mason (Matthew Rhys) no es perfecto. Es borrachín. Está separado de su mujer y no siempre cumple con sus deberes como padre. Pendenciero y mal hablado, reparte bofetadas y le dan unas cuantas. Menos mal que ahí está Della Street (Juliet Rylance) para meterle en vereda. Claro que, en los años sesenta, Della Street nunca hubiera sido lesbiana. Ni Perry Mason hubiera acabado teniendo como ayudante a un investigador privado afroamericano. Pero en esencia, de eso va la primera temporada de la nueva versión de Mason. De cómo este se transforma de ser un investigador de mala muerte a un abogado defensor de las causas perdidas. Y no está nada mal. Nada mal. Sobretodo porque el reparto es muy bueno, con Rhys a la cabeza, y salvan hasta las eventuales debilidades del guion. Que alguna hay. No muchas, pero alguna. No he llegado a entender en ningún momento cuándo narices ha estudiado derecho el protagonista. Aunque aprueba el examen para el ejercicio como abogado.

Sex es una serie danesa. Y sí. Hay alguna escena que otra de sexo y algún que otro desnudo. Pero realmente, este serie de seis episodios que no llegan cada uno a la media hora no va realmente de sexo. Sí, pero no. Es de una chica joven de 22 años (Asta Kamma August) que vive con su novio. Y con buen rollo, pero, de un tiempo a esta parte, con poco rollo. Los conocemos cuando consuelan a una amiga de su reciente ruptura. Pero entre el poco rollo, y los tejos que le tira otra joven a la protagonista, esta se hace un lío… y se le lía la vida. También nos presentan una Dinamarca estupenda, con diversidad racial y sexual y todas esas cosas. Como si no supiéramos que los daneses, como buen pueblo germánico, tira más bien a racista. Como el resto de la humanidad, ya puestos. No está mal. Tiene sus cosas. Y se ve pronto. Lo puedes hacer en Filmin.

[TV] Cosas de series; familias, fantasmas y finlandeses

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Tres series de tres nacionalidades distintas con temas distintos y tonos distintos.

Desde Corea del Sur, entre la comedia y el drama, nos ha llegado en Netflix una serie de 12 episodios de una hora, más breve de lo habitual, de tono buenrollista sobrenatural. Ssang-gab pocha [쌍갑포차, puesto de comidas], teatralmente traducido al castellano como La terraza mística. Una aspirante a chamán que se suicidó por mal de amores y tras la muerte de su madre 500 años atrás, cumple como condena la obligación de ayudar a 100.000 personas a resolver sus rencores en vida. Pero le han puesto en el cielo un ultimatum, y si no termina antes de una fecha dada, irá al infierno del olvido. En esto, se encuentran con un joven que es capaz de hacer que la gente hable de sus secretos más íntimos cuando lo tocan. Por lo que pueden colaborar. Pero todo se complicará y se enredará, y los secretos de 500 años atrás saldrán a la luz… típico culebrón coreano. Que resulta simpático porque tiene unos protagonistas, con Hwang Jeong-eum a la cabeza como protagonista femenina y absoluta, que tienen un cierto carisma. Funciona mejor como comedia que cuando cae en el drama. Por lo demás, anecdótico.

La serie británica tiene entre sus localizaciones los acantilados de creta del Canal de la Mancha, cerca de Dover. No tengo fotos de por allí. Las más próximas es en la costa en Margate, no muy lejos de allí.

Desde Inglaterra, Flesh and blood también se mueve entre la comedia y el drama. Con un solvente reparto de intérpretes británico, conocemos una familia de tres hermanos, dos chicas y un chico, y su madre recientemente viuda, que vive sola en un lugar costero muy agradable, con una vecina, un tanto plasta al lado. La madre liga con un tipo, y los hijos empiezan a tener reacciones diversas, al mismo tiempo que vamos descubriendo sus propios problemas vitales y de relación. Finalmente acabamos en una intriga en la que nada es lo que aparenta, pero tampoco sabemos qué apariencias pueden ser reales o no, llegando a un falso final “feliz”. Hay mejores series británicas, pero se deja ver y es entretenida. Y quizá le falte algo de “mala leche”, de cinismo, para acabar de ser la comedia negra a la que aspira pero que no llega. Se puede ver en Filmin.

Y desde Finlandia, vía Netflix, nos llega la segunda temporada de Deadwind, nombre que le han dado internacionalmente a este policíaco nórdico, que en su país de origen se titula Karppi, el nombre de su protagonista femenina, interpretada con solvencia por Pihla Viitala. No sé si lo comenté ya en su momento, pero es una respuesta finesa clara a series similares danesas o suecas. Todas ellas con una protagonista femenina y policía. La primera temporada me pareció interesante, pero nunca tuve muy claro que volviese a ella en una segunda temporada. Pero lo cierto es que esta segunda temporada la he visto muy a gusto. Quizá por estar familiarizado ya con los personajes, porque estos han alcanzado mayor complicidad entre sí, o porque consiguen condensar una buena trama policial en ocho episodios en lugar de los doce de la primera temporada. No me importaría ver una tercera temporada.

[TV] Cosas de series; pecadores, adolescentes mortales y Japón que se hunde

Televisión

En nuestra exploración de la animación japonesa apta para preadolescentes, me topo con una serie con una premisa de esas tan catastróficas que gusta en el País del Sol Naciente. Basado en un novela de 1973 que parece que gozó de cierta popularidad en su momento, Nihon Chinbotsu 2020 [日本沈没, Japón se hunde 2020] nos lleva a seguir a un par de hermanos que junto con su familia y otros amigos y gentes que se encuentran, intentan salvarse de un desastre geológico que va a llevar a la desaparición del archipiélago nipón por culpa de su localizazión en la confluencia de varias placas tectónicas. La serie me ha dejado sentimientos diversos. Tiene momentos muy buenos, y otros,… no tanto, e incluso panfletarios. Lo que sí me ha encantado es la canción de presentación, con la voz de Ōnuki Taeko y la música y el piano de Sakamoto Ryūichi.

En Netflix hemos tenido la tercera temporada de The sinner, la serie en la que acompañamos al veterano policía Harry Ambrose interpretado por Bill Pullman. Como en temporadas anteriores, en frente ha tenido un contrincante altamente conflictuado, interpretado por Matt Bomer, un profesor de instituto privado, casado a la espera de un hijo, que se ve involucrado en la muerte de un antiguo compañero de universidad. Bomer queda muy lejos de sus tiempos simpáticos y ligeros como ladrón de guante blanco. Y aunque hace un buen trabajo, no siempre está a la misma altura que los antagonistas de las dos primeras temporadas. No obstante, sigue siendo una buena serie, que puede engancharte, especialmente por las excelentes interpretaciones de conjunto, y por centrarse más en los aspectos psicológicos que en el “quién lo hizo”, que queda al descubierto casi desde el principio.

Las localizaciones de “Hanna” son muy variadas, principalmente por toda Europa. En esta temporada, Barcelona ha tenido bastante protagonismo. No sé cómo van a hacer estas series tan internacionales para sacar adelante sus temporadas futuras con el panorama que nos presenta la covid-19.

Y en Amazon Prime Video hemos tenido la segunda temporada de Hanna, la letal adolescente a la fuga de la organización que la ha convertido en una máquina de matar. Basada en una de las películas que lanzaron a la fama a Saoirse Ronan, no pensaba que me fuera a enganchar a esta serie. Pero lo cierto es que está razonablemente bien hecha. Y aunque no pasa de un entretenimiento de espías y asesinos, entretener, entretiene. Además de la protagonista, que cumple, Esme Creed-Miles, se agradece el buen trabajo de Mireille Enos y Dermot Mulroney. El segunda temporada cierra sus tramas, pero deja paso a otras posibilidades, y a una situación éticamente confusa, que puede ser interesante de explorar en una tercera temporada. Aunque después, no sé si quedará mucha tela que rascar.

[TV] Cosas de series; mujeres “asesinas” y trenes postapocalíticos

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En la colaboración que llevamos adelante con nuestros amigos con hija preadolescente para localizar las mejores series de animación, especialmente japonesa, me topo con un extraño producto, Happy Sugar Life, que me deja anonadado. Con estética muy sweet y kawaii (かわいい), me enfrento, porque soy incapaz de dejar de ver los 12 episodios en Amazon Prime Video, con un extraña serie que en el fondo es una historia de terror motivada por relaciones enfermizas. Maltrato infantil, violencia de género, abuso de menores, asesinatos, abusos en el medio laboral, sociópatas de la violencia, tanto infligida como sufrida,… disfrazados de historia de amor inocente entre una adolescente de 17 años y una niña de 7. O así. Todavía no he salido de mi asombro. Algo extraño pasa con la mentalidad de los nipones para que surjan historias como estas. Pero vamos a lo “más normal”.

Trenes de todo tipo para ilustrar esta entrada, claro. Ninguno tan gélido y cruel como el “Rompenieves”.

En HBO nos han ofrecido una extremadamente entretenida comedia bajo la forma de Why women kill. ¿Por qué las mujeres matan? ¿Qué os habéis imaginado? ¿Que después de cómo he comenzado nos íbamos a ir por caminos tranquilos y pacíficos? Tres historias separadas por décadas entre sí, de tres mujeres que con sus maridos/parejas vivieron en la misma casa, casi mansión, de Los Ángeles. Beth Ann (Ginnifer Goodwin) es un ama de casa de principios de los años sesenta del siglo XX, perfecta para lo que se esperaba en la época, que de la noche a la mañana descubre que su marido le es infiel con una camarera. Ambos arrastran el trauma de una hija pequeña muerta. Simone (Lucy Liu) vive en los años 80, con glamour y alto nivel social, cuando descubre que su marido británico es homosexual, en vísperas de la boda de su hija, producto de otro matrimonio anterior. Taylor (Kirby Howell-Baptiste) es una abogada progresista y de éxito de la actualidad, casada con un guionista que está atravesando un bache creativo, con el que tiene un matrimonio abierto, en el que ambos tienen relaciones con otras personas, hasta que una de ellas, una atractiva mujer, Jade (Alexandra Daddario), se les cuela en la casa y en la cama común. A partir de aquí, los acontecimientos se descontrolarán en las vidas de estas mujeres hasta llegar a un momento clave en el que alguien morirá. Por supuesto, pasarán muchas cosas y poco habrá de previsible en los desenlaces de cada historia. Pero las historias están contadas con gran dinamismo, imbricando las unas en las otras con gran habilidad, y con unas interpretaciones estupendas. Es muy divertida, visualmente muy atractiva, y con buenos guiones. Es muy recomendable. Parece que habrá segunda temporada, inevitablemente con nuevas protagonistas. Espero que tengan el mismo acierto en la selección del reparto y en los guiones. Las tres historias son divertidas, pero mi corazoncito se va con la que protagoniza Lucy Liu, a pesar de la horrenda estética ochentera, eso está claro, y de la aparente escabechina en forma de cirugía plástica que “luce” Lucy en su rostro. No tan claro. Ella afirma que nunca se ha operado ¡¡¡???. Pero a lo que importa, lo hace fenomenal, te olvidas de esos tontos detalles, y es la que más te emociona finalmente.

Snowpiercer es el título de una película del director surcoreano Bong Joonho, el mismo que dirigió el gran éxito del pasado año que arrebató el Oscar a los sospechosos habituales. He visto esta película en dos ocasiones, y es de las que mejoran en mi apreciación en la segunda pasada. Tiene miga. Está bien hecha. El director es un tipo competente, y sabe extraer petróleo de su reparto, que no estaba nada mal. Nada mal. Hace unos meses nos enteramos que Netflix tiene preparada una serie que transcurre el mismo universo, también llamada Snowpiercer. Recordemos que ambas proceden del universo de una historietas francesas, Le Transpierceneige. No queda claro si es una precuela de la película, o si estamos en una historia alternativa inspirada por el mismo universo. Sólo sabemos que a la lucha de clases que mueve la película, con la rebelión de la “cola” del tren contra el poder establecido en la locomotora, la serie se lanza con un caso policíaco que pone en contacto a los dos protagonistas de la serie, el detective de policía que se coló en el tren y vive en la “cola” (Daveed Diggs) y la jefa del servicio de asuntos generales (Jennifer Connelly), portavoz del todopoderoso Wilford. Dado que transcurre en un mundo congelado, con la Tierra en un episodio “bola de nieve”, quizá suene irónico decir que la serie me ha dejado un poco frío. No está ni de lejos a la altura de la película de Bong Joonho. Las interpretaciones son funcionales y no brillantes. Esperaba más de Connelly. Y los guiones no acaban de acoplar con brío e interés la historia del conjunto. Tiene momentos buenos, pero también tiene bajones e inconsistencias. Probablemente caeré en la tentación de ver la segunda temporada que supongo que llegará,… pero por los pelos.

[TV] Cosas de series; terror y ci-fi mística desde Japón

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Se supone que hoy tendría que ser plenamente oriental, con una serie coreana y dos japonesas. Y así será. Pero sin la serie coreana. Esta serie de organizaciones secretas, supersoldados de laboratorio y malos malísimos malos es tan lamentable que no merece la pena que pierda el tiempo con ella.

Cuando vi que estrenaban en Netflix la miniserie japonesa JU-ON: Origins, con sólo seis episodios de media hora escasa de duración, no me planteé mucho de qué podía ir. Como llevo desde octubre siguiendo un curso de japonés en Duolingo, decidí que vendría bien para hacer oído en un idioma que realmente se me está haciendo muy muy muy muy muy cuesta arriba. Y como nunca he sido aficionado especialmente al género de terror, y menos a las sagas de terror, no tenía ni idea de que esto era una secuela o precuela, no sé muy bien qué, creo que lo segundo, de una de esas sagas de origen japonés, aunque de las que también se hacen versiones americanas. La cosa va de una casa en Tokio, cuyos moradores acaban sufriendo tremendas desgracias; muertes, violaciones, etc. Bueno… no está mal hecha. Pero sinceramente, en la trama de estas cosas me parece que nada tiene ni pies ni revés, que las “reglas” del universos que generan son tan laxas que todo vale y todo se justifica. Como son sólo, como ya he dicho, seis episodios de apenas media hora… pues los vi. Y ya está. Un producto bien hecho y perfectamente olvidable.

Un paseo por Tokio para una entrada televisiva con sabor nipón.

Con más interés afronte la visualización de una serie que muchos sitúan ya entre los clásicos de la animación japonesa. Se trata de Shin Seiki Evangerion [新世紀エヴァンゲリオン, Neon Genesis Evangelion], una serie que a priori no me había interesado aunque hace ya un tiempo que estaba disponible en Netflix, porque a mi esto de los mechas, los robots gigantes tipo Mazinger Z, nunca me ha hecho especial gracia. Sin embargo, hace unas semanas leí un artículo que hablaba de sus virtudes, y decidí darle una oportunidad. La serie la vi hasta el final. Sus 26 episodios. Más dos películas que sirvieron para dar un final alternativo al original de la serie, que no gustó a muchos seguidores; Shin seiki Evangerion Gekijō-ban: Shi to Shinsei [新世紀エヴァンゲリオン 劇場版 DEATH & REBIRTH シト新生, Neon Genesis Evangelion: Death & Rebirth, versión Evangelion: Death (True)] + Shin Seiki Evangerion Gekijō-ban [新世紀エヴァンゲリオン劇場版, The end of Evangelion]. Estas películas son liosas, por que de la que he puesto en primer lugar hay varias versiones y se hicieron después de la segunda que he puesto. Pero yo las he indicado en el orden en que creo que deben verse.

Varias cosas me sorprenden de esta serie. Muy positivamente, el expresionismo gráfico de la serie, el manejo del color y de los escenarios, que me parecen muy interesantes estética y narrativamente hablando, a un nivel muy alto. Muy extrañamente, la mezcla de elementos que conjugan; la afición a los robots gigantes tripulados con humanos, más los miedos a las catástrofes, especialmente si acaban con una nube en forma de hongo, y la mezcla de elementos cabalísticos, judíos, cristianos y de vete tú a saber que otras religiones, sacados totalmente fuera de contexto y de su significado original. Y menos me extrañan las habituales subtramas propios de los dramas adolescentes, que chocan con las elevadas pretensiones conceptuales de la serie, mezcladas con no pocas, aunque moderadas, dosis de fan service. De carácter presuntamente erótico, me refiero. Aunque siempre me dejan un poco “raro” las formas que tienen los nipones de plantear estas cosas… creo que algo esta muy alterado en la sexualidad de los súbditos del trono del Crisantemo… mucho más que en el resto del mundo, que ya es decir. Y a todo lo anterior,… por si fuera poco, la cantidad de traumas psicológicos, trastornos de la personalidad o psicosis que lucen los protagonistas… que pueden hacer las delicias a los más fanáticos aficionados al psicoanálisis y otras pseudociencias similares.

El caso es que, si bien el párrafo anterior implica no poca crítica poco positiva hacia la serie, reconozco que los elementos positivos son suficientes para recomendarla a los aficionados a la animación. Aunque eso sí… yo nunca he entendido porque se dice que va dirigida a adolescentes. La mayor parte de ellos no tienen ni la sexta parte de los referentes culturales para entender nada de lo que se dice. Aunque igual es que nadie pretende que lo hagan. Difícil de valorar es.

[TV] Cosas de series; conflictos raciales-sociales y extrañas monarquías asiáticas

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Retomo mis comentarios televisivos con dos series que acabé de ver ya hace unos días. Con tonos muy muy muy distintos, una de origen estadounidense y la otra el enésimo drama romántico surcoreano de trama fantástica, a ratos delirante.

The King: Eternal monarch, o en su título original Deo King: Yeongwonui Gunju [더 킹: 영원의 군주], es el típico drama romántico surcoreano con trama fantástica, más o menos delirante en ocasiones, como ya he dicho, que se desarrolla en 16 episodios de 70 minutos. Los protagonistas de la serie viven en dos universos paralelos. Ella, inspectora de policía (Kim Go-Eun), en una República de Corea que tiene todo el aspecto de la Corea del Sur que conocemos todos. Él, rey de una monarquía constitucional (Lee Min-ho) en un Reino de Corea que abarca toda la península, sin divisiones norte-sur, y con similar grado de desarrollo económico y social. Lo de “monarquía constitucional” es un decir, puesto que determinadas “leyes” o actitudes son más propias de un tirano absoluto que de otra cosa. Pero eso sí, muy buena persona, y con un villano malísimo, malísimo, malísimo, que quiere hacerse con el poder absoluto en ese y, probablemente, en todo universo conocido. No voy a entrar mucho en la trama… que el melodrama romántico al uso, con momentos de comedia y otros de tragedia, y que en muchos momentos no tiene ni pies ni revés. Los personajes principales, eso sí, caen simpáticos, y el propio absurdo del conjunto la convierte en un “placer culpable” de los que he hablado de vez en cuando.

Una de las diferencia entre las coreas del k-drama de turno es que la capital de la Corea monárquica está en Busan. Y la madre de la primera ministra, una mala pécora traicionera de mucho cuidado, es una modesta vendedora de pescado, supongo que en Jagalchi… como esta señora de la foto.

Little fires everywhere es un drama engarzado plenamente en el debate sobre el racismo en los Estados Unidos, añadiendo además otras consideraciones sobre las condiciones o injusticias debidas a las clases sociales o a la inmigración. Una trama basada en la novela del mismo título de la escritora norteamericana de padres chinos hongkoneses Celeste Ng. La novela se sitúa en una población de Ohio, real, donde vivió la escritora en su adolescencia, en los años 90 del siglo XX, en un entorno de clase media alta, que presumen de un alto nivel de tolerancia e integración racial. Hasta que llega a la ciudad una artista afroamericana (Kerry Washington), madre soltera con una hija adolescente, y modo de vida semibohemio, con abundantes cambios de domicilio. Allí entrará en relación con una madre de familia (Reese Witherspoon), blanca, periodista a tiempo parcial, madre de cuatro adolescentes, con la que comenzará una extraña relación que mezcla el alquiler de un domicilio, el trabajo en el hogar de esta última y el comienzo de una supuesta amistad que pronto se complicará. Especialmente cuando ambas partes se impliquen en un caso de custodio de una niña de origen chino, y empiecen a salir a la luz los secretos de las familias, mientras los retoños adolescentes de ambas empiezan a manifestar problemas propios, vinculados a las actitudes de sus madres. El principal atractivo de la serie es el trabajo actoral, tanto de protagonistas como el resto del reparto, mientras que la trama está bien en general, quizá con algunos excesos de melodrama, y alguna irregularidad en el desarrollo de la historia. Tiene momentos muy buenos y otros de bajón, con una gestión de las historias presentes y pasadas que nos es mala, pero sí mejorable. Se puede ver y recomendar en general, pero creo que se podría haber hecho un mejor trabajo. No sé si el problema está en los guionistas o en el material de base. No creo que haya más entregas. Desde mi punto de vista, no es necesario.

[TV] Cosas de series; el amor, el tiempo y el bien contra el mal

Televisión

Esta semana voy con tres series en lugar de la dos habituales. Por un momento pensé en dedicarle una entrada exclusiva a la única española… pero creo que tampoco hay que darle tanta importancia. En el fondo, la única de animación que presento, con sus notables defectos, me parece mucho más interesante. Aunque probablemente, dada una muestra suficiente amplia de televidentes, me encontraría en abrumadura minoría. Pero es que soy así de raro.

Love life es un intento amable de hablar de forma realista de la vida de relación de una joven neoyorquina mediante una serie a caballo entre la comedia y el drama. Visible en HBO y realizada aparentemente para mayor gloria de su protagonista, Anna Kendrick, que también es productora ejecutiva, nos cuenta durante 10 episodios la vida de Darby, la joven a quien encarna, desde que está recién salida de la universidad hasta que es una profesional establecida en Nueva York. Durante este tiempo, mantendrá relaciones con una serie de hombres, al mismo tiempo que tendrá su relación con sus amistades. La temporada termina cuando encuentra al definitivo. Paradojicamente, es la relación contada con menos detalle. Sería como algo a caballo entre Girls y Sex and the city, pero sin las extravagancias o excesos de las protagonistas de estas dos últimas en unos u otros sentidos. La serie es amable, buen rollista, no hace sangre con nadie, políticamente correcta… y quizá por eso, aunque se deja ver bien, en episodios de 30 minutos, tampoco genera excesivos entusiasmos. Entiendo que seguirá en el futuro, pero con nuevas protagonistas en cada temporada. Kendrick lo hace razonablemente bien, pero siempre te queda la sensación de que te interesa más la vida de la gente que le rodea que la de su personaje. Se puede ver.

Uno de los temas más divertidos para mí del Ministerio del Tiempo es que tuviera una prisión en el castillo de Loarre… veamos unas vistas de tan bella construcción románica.

Cuando vimos la primera temporada del Ministerio del Tiempo, muchos tuvimos la sensación de que se abría una amplia oportunidad para el géneros cifi-fantástico en la televisión española, aunque también algunos reconocimos que no dejaba de arrastrar algunos de los lastres que afectan a la producciones nacionales en general. Algunos ejemplos. Interpretaciones no siempre a la altura de las circunstancias, donde valían más los secundarios que los protagonistas. Toques aquí y allá de la casposidad propia de la españolada, más propia de cierto landismo-ozorismo, más que de la más interesante escuela del dúo Berlanga-Azcona. Excesiva duración de los episodios; los malditos 70 minutos. No abrazar con suficiente interés los mecanismos del género del viaje en el tiempo, para pararse en una anecdótica y poco profunda visión de la historia de nuestro país. La consecuencia es que tuvimos una serie que durante tres temporadas daba constantemente alguna de cal y muchas de arena. La cuarta temporada ha mejorado algo. Ha abrazado mejor las consecuencias del género al que presuntamente pertenece; aunque demasiado tímidamente, ha buceado más en las paradojas y consecuencias del viaje en el tiempo. Ha disminuido algo la duración de los episodios, no mucho, pero mejorando la agilidad del relato. Y quizá el nivel interpretativo ha sido algo superior. Por lo menos a ratos. Todavía sobra anecdotario histórico que sigue siendo más superficial que las ínfulas que se dan sus creadores,… pero está ¿en el buen camino? Nunca se sabe. Cuatro temporadas son muchas para una serie de este tipo, y no creo que aguante muchas más. A lo que alcancen el tono,… terminará. Una serie sobrevalorada por muchos, que tiene buenas ideas y una ejecución francamente mejorable.

Terminamos con una serie de animación japonesa. En esa búsqueda de animación recomendable para preadolescentes y adolescentes de la que ya os he hablado, me encuentro con una serie con un tono realmente adulto. Muy adulto. Con algún episodio que resulta incluso estremecedor por la violencia real e implícita y por los conceptos que maneja. Se puede ver en Amazon Prime Video y se trata de Babylon [バビロン]. Adaptación de tres novelas de un autor japonés llamado Mado Nozaki, nos lleva a un Tokio alternativo a cuyo costado crece una nueva ciudad que sirve para experimentar novedades legislativas y organizativas de la sociedad japonesa. Y en ese entorno, un fiscal, de nombre Seisaki Zen [正崎善] empieza a investigar unos asesinatos en el entorno de una industria farmacéutica, en una trama que irá creciendo hasta convertirse en una reflexión sobre el suicidio y sobre la naturaleza del bien y del mal. El nombre del fiscal, Zen [善], se escribe con el carácter que significa bondad. La serie dista mucho de ser perfecta. De hecho tiene ciertos problemas de ritmo. Los tres libros están muy marcados en los 12 episodios, episodios 1-3, episodios 4-7, episodios 8-12. El arco central es el más notable y culmina con un episodio, el séptimo que es antológico y estremecedor. Desgraciadamente, la continuación es morosa y un poco desentonada. Así como en occidente hay problemas para interpretar y representar correctamente las sociedades orientales, en la viceversa sucede lo mismo. Y eso hace que la trama de esa tercera parte chirríe hasta llegar a sus dos últimos episodios, donde se entona para tener un final realmente brillante. Los conceptos filosóficos y éticos que maneja y cómo los maneja son discutibles, desconozco el material original literario, pero confunde el suicidio en general, con los distintos tipos de suicidio y los marcos legales en los que se manejan. Pero en general, tiene momentos suficientemente buenos, incluso alguno brillante, como para que merezca la pena. Te quedas con ganas de ver más y saber más de la principal antagonista del héroe, Magase Ai (曲世愛), que representa la maldad por excelencia. Paradójicamente, su nombre, Ai [愛], significa amor. Pero reconozco que responde a necesidades del relato la dosificación de sus apariciones.

[TV] Cosas de series; amables médicos coreanos y “absurdos” militares espaciales

Televisión

A pesar de que el viernes me tomé un día de fiesta, que me tendría que haber permitido esponjar mi tiempo el fin de semana, pudiendo hacer más cosas en estos tres días, lo cierto es que he estado tan liado que ni el sábado ni el domingo he escrito nada en este Cuaderno de ruta, a pesar de que tenía temas para ello. Bueno. Hoy tampoco ando sobrado de tiempo, así que voy a lo fácil, como la mayor parte de los lunes. Televisión.

Hoy también nos vamos a Corea del Sur, fotográficamente hablando, a Dondaemun y sus modernos edificios dedicados al mundo del diseño.

En no muchos días me merendé la que parece ser primera temporada de Hospital Playlist [Seulgiroun Euisasaenghal, 슬기로운 의사생활]. Nada que ver el título “internacional”, o sea, en inglés, con el título original en coreano que vendría a significar algo así como vida de doctor/es sabio/s. Frente a lo que es costumbre en la series coreanas que llevan el sello Netflix, no tiene 16 episodio sino 12. Y todo indica que es una primera temporada a la que seguirán otras. La mayor parte de las ocasiones, las series surcoreanas de Netflix son dramas en una única temporada. La serie es amable y simpática, y tiene un reparto en el que no falta gente que interpreta con razonable solvencia. Los guiones son simplones, pero no chirriantes, y salvo el exceso de histrionismo de los pacientes y sus familiares cuando se les comunica una grave enfermedad o se les dice que ya están curados,… la verdad es que tenemos el típico drama médica con toques de comedia, pero con muy buenos sentimientos. La historia gira en torno a cinco cirujanos de distintas especialidades que trabajan en un mismo hospital y que son amigos desde los tiempos de universidad. Y que además los domingos quedan a tocar música (hay tenemos la excusa para lo de la “playlist”). Cuatro mozos y una moza, en sus treintaymuchos casi cuarenta. Parecería sexista, lo cual no es raro en el conservadurismo habitual de las series coreanas, pero lo cierto es que los personajes femeninos suelen estar un paso por delante en madurez y resolutividad de sus compañeros masculinos. Tanto para la protagonista (Jeon Mi Do) como algunos de los secundarios (la residente interpretada por Shin Hyon Bin). Una serie que arrastra algunos de los problemas habituales de las series coreanas, pero que supera la media de la mayor parte de ellas y se deja ver con agrado. Y además es capaz de reírse de sí misma. Por ejemplo, Jeon Mi Do ha realizado la mayor parte de su carrera como cantante de musicales, y con muy buena voz, mientras que dentro del grupo de amigos, cuando se juntan hacer música,… canta de pena. Convencido estoy de que seguiré viéndola cuando lleguen temporadas futuras. Eso sí,… si en House M.D. siempre sospechaban del lupus, aunque nunca fuera, creo que no ha habido ningún episodio en esta serie en la que no haya habido un caso de hepatocarcinoma. Estos surcoreanos van a tener que vigilar su afición al soju.

Space force es una comedia de situación con Steve CarellJohn Malkovich al frente del reparto, que busca hacer mofa y befa de la pretensión del innombrable presidente actual de los Estados Unidos. Y lo consigue. Carell es el general al mando de la recién creado fuerza espacial, y Malkovich el jefe científico civil. Carell representa el absurdo continuo del pensamiento militar, aunque por sí mismo, o ayudado por Malkovich y otros personajes, con frecuencia acaba tomando la decisión correcta. O la menos incorrecta. Malkovich es la voz de la razón frente a la sinrazón de la lógica militar, aunque a veces se vea arrastrado por la misma. La serie empieza floja. De hecho, en los primeros episodios pensé en abandonar. He decir que Steve Carell nunca ha sido santo de mi devoción. Pero va mejorando y eventualmente nos brinda algún momento estupendo e incluso brillante. Tendremos que ver cómo evoluciona. Yo estoy dispuesto a darle una segunda oportunidad. Por supuesto, no habla sólo de la guerra en el espacio o del absurdo de la guerra en general. También nos habla de amistad, relaciones, paternidad, y otros muchos temás “menores” (esto es irónico claro), frente a las tontadas de los militaristas.

[TV] Cosas de series; diccionarios y jazz

Televisión

Tenía mis dudas de qué contenido incluir en la entrada televisiva de esta semana. Podía hablar de dos series occidentales, dejando para la semana que viene otras dos orientales, o viceversa. Podía separar en dramas y comedias, independientemente de su origen. También estaba la posibilidad de diferenciar entre con música o sin música. O entre series de episodios cortitos y episodios largos. Al final… me voy al orden en el que terminé de verlas. Primero las que hace más tiempo que terminé de ver. Aunque todas, menos una de las cuatro, fueron en pocos días.

Un poco de animación japonesa. Me he dado en esta temporada pasada en la que hemos revisado series de anime para los retoños de nuestros amigos, que el catálogo de Amazon Prime Video tiene algunas series más dirigidas para el público adulto que Netflix. Y en ello estoy. Aunque no sé muy bien cómo definir el público diana de la de hoy. Quizá para todos los públicos. Fune wo amu [舟を編む, tejer un barco], presentada con el título “internacional”, o sea, en inglés, The great passage, es una curiosa serie de 11 episodios basada en un novela en la que se narra el proceso de elaboración de un diccionario. En principio, parece una premisa poco glamurosa, poco intensa. Durante décadas, todos hemos tenido nuestro diccionario en casa, también en el trabajo, sin contar con los que usábamos para traducciones entre idiomas. Y el de latín para el bachillerato. Pero hoy en día, incluso en las fechas en las que se estrenó esta serie, 2016, ya no usamos el diccionario en papel. Tenemos herramientas en internet que nos permiten la consulta de términos de forma muy diversa. Diccionarios de acceso inmediato y de actualización continua, sean de forma más oficial, como el de la RAE, o más colaborativa, como el Wikcionario.

En París, donde transcurre “The Eddy”… aunque las fotos sean del París de hace 30 años.

El título original de esta serie y el título en inglés están relacionados. La metáfora presente en la serie es la de un diccionario como un barco que permite navegar con seguridad en el océano de las palabras. El nombre que le dan al diccionario, daitokai [大渡海], se traduciría como la gran travesía marítima, insistiendo en la metáfora. Pero al mismo tiempo vamos fijándonos en cómo transcurren las vidas de los profesionales de la editorial que trabajan en el diccionario, como se enamoran, como tienen hijos, como les da la vida alguna bofetada… de alguna forma, presenciamos lo que es la gran travesía vital de estas gentes. Y ahí es donde se queda un poco floja la serie. Es un serie simpática, agradable de ver, muy buen rollista, pero se queda corta a la hora de profundizar un poco más en las vidas de estas personas, que al fin y al cabo es lo que humaniza y da interés a una historia que no es una historia, sino seguir durante una década o más las vidas de gentes corrientes, pero muy humanas.

Hace unas semanas, un montón de medios nos hablaban de que lo nuevo de Damien Chazelle para Netflix, recordándonos todos su oscar por Lalaland, y su candidatura al mismo por Whiplash, película que también se llevó tres oscar en otras categorías. Y por supuesto, nos avisaron de que la cosa iba de jazz. The Eddy es el título de la serie, el nombre del local de jazz en París donde transcurre una buena parte de la acción y el nombre de la banda de jazz residente en el mismo, y que lidera Elliot Udo (André Holland), pianista de éxito venido a menos, con problemas familiares, que intenta sacar la empresa adelante. Lo cierto es que Chazelle no es el creador de la serie. Dirige los dos primeros episodios de esta miniserie de ocho, de aproximadamente una hora de duración cada uno. Y Netflix, muy exigente con la calidad formal de sus producciones, tienen que verse bien, le permite incluso rodarlas con película fotoquímica en 16 mm. Lo cual les da un tono muy especial. No permitieron más. La serie tiene un gran atractivo en su reparto, en el que destacan varios nombres del cine europeo, como la polaca Joanna Kulig, o la joven promesa nortemericana Amandla Stenberg. Hay otros intérpretes menos conocidos, que trabajan a buen nivel. Y parte del reparto son músicos profesionales, que no desentonan actoralemente. Otro atractivo, si te gusta ese tipo de música, es el jazz. Para mí, es un atractivo. Pero fracasa en centrarse en algo. Quiere abarcar muchos campos sin desarrollar ninguno del todo bien. ¿Es un drama familiar? ¿Es un drama musical? ¿Es un drama policiaco? ¿Es un drama sobre mafias criminales? ¡¡Todo ello en ocho episodios?? Se deja ver, y tiene momentos muy buenos, pero sientes que se queda cojo por muchas patas. Finalmente resulta más un ejercicio de estilo que una historia del todo trabajada. Esta presentada como miniserie, es decir, producto cerrado. Pero el final es muy abierto. Muy abierto. Quizá se quisieron curar en salud por lo atípico de la propuesta, pero ¿quizá estén dispuestos a seguir si funciona bien en la plataforma? Ni idea.