Doloroso reconocimiento

sociedad

Sábado por la mañana. De forma totalmente sorpresiva, son las diez menos cuarto cuando asomo al mundo. Normalmente, por tarde que me acueste, es difícil que me den más allá de las ocho y media. Pues, mejor. Desayuno. Abro el iMac, y me dispongo a ver qué noticias hay por el mundo. Con moderación, hoy no pongo la radio. Me pongo un poco de musiquita portuguesa. Esa hipnótica Canção do mar, cantada por Dulce Pontes, que tan adecuadamente impregnaba la película Primal Fear (Las dos caras de la verdad en España, As Duas Faces de um Crime en Portugal). Me gusta. Mucho. Tengo que conocer alguna versión de Amália Rodrigues.

A lo que voy. Como siempre, “hojeo” con tranquilidad el blog del ElPais.com. Y como siempre, de lo que más ilusión me hace es la viñeta de Ramón. Hoy sigue con su campaña contra las caras, ineficientes e insolidarias bombillas tradicionales. La de filamento incandescente; aquellas que cuya invención se atribuyó Edison, aunque haya otros candidatos a tal honor (esto ha pasado con varios inventos edisonianos; una garrapata el tío, con muy buenos abogados). Una ruina para la biosfera.

Pero lo triste es que pillo la gracia a la viñeta por los pelos. Hace referencia a un programa de la televisión, de esos que son mitad reality, mitad promoción de nuevas estrellas, mitad morro de los productores y las televisiones (sí, ya sé que me han salido tres mitades; quitad la que menos os convenza). Y el tema es que yo no he visto nunca ese programa. Pero que haya comprendido el chiste indica hasta que punto los telebodrios nos impregnan. Hasta que punto, las conversaciones de café, o de cervecita, son malgastadas en cuestiones absolutamente prescindibles. Y mientras tantas cosas sobre las que comunicarnos y sobre las que nunca hablamos.

Luces y sombras en el Mercado Medieval, en los alrededores de la Plaza de San Bruno de Zaragoza