[Cine – in memoriam] Un ángel vuelve al cielo; Bruno Ganz (1941 – 2019)

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Este ha sido un fin de semana extraño. Lo quería haber dedicado a la fotografía. Tanto tomando fotografías, como comentando hoy algunas recomendaciones fotográficas. Pero una serie de factores se han conjurado en contra. Ayer… mi despiste. Por la mañana, quise capturar aves en el Ebro con una cámara digital, y me dejé la tarjeta de memoria de la cámara en casa. Por la tarde, quise fotografiar el paisaje del atardecer con película diapositiva, y el carrete desapareció del macuto. Literalmente. Lo introduje en su interior en casa, y cuando llegué al lugar previsto, al ir a ponerlo en la cámara, no estaba. Misterios de la vida.

El Berlín que sobrevolaba el ángel Damiel, y en el que se enamoraba de la trapecista Marion, ya ha desaparecido, su fisionomía ha cambiado en gran medida, aunque quedan restos aquí y allá de aquella ciudad dividida, en la que algunas de sus zonas más populosas en la actualidad se veían desoladas por la artificial separación provocada por las guerras y la política.

Lo que pensaba hacer hoy ya ni lo cuento. Pero desde que por la noche de ayer recibí una cierta noticia, nada ha sido como lo previsto. Eso sí. Me he escapado un momento al cine a una película matinal. Que una vez más confirma que Hollywood es un extraño rey Midas. Con una gran capacidad de convertir en excrementos cinematográficos lo que toca, mientras que cuando llegan a taquilla, estos se convierten en oro para los empresarios dele negocio. Ya os cuento otro día.

Porque a todo esta serie de catastróficas desdichas se suma la noticia de que ha fallecido Bruno Ganz (1941 – 2019). Un actor que me es familiar desde que vi mi primera película de Wim Wenders en un cineclub universitario. Pero que para buena parte de la prensa parece que sólo ha existido desde que encarnó a un odioso dictador hace quince años. Popular desde entonces por ese papel y por los memes sin mesura que han poblado y poblarán internet llenándolo de contenido sin sentido, para mí sin embargó será siempre el ángel que prefirió perder sus alas y su armadura a cambio de sufrir los pesares de la carne mortal y terrenal, pero también la dulzura del amor de una bella trapecista. Yo también me enamoré de aquella trapecista, que también abandonó este valle de lágrimas, demasiado joven.

No era alemán, como muchos pensaba. Suizo, de Zúrich, donde nació y murió. Trabajó en el teatro y en otras artes escénicas, prestando su buen hacer interpretativo al mundo de la música. Y en el cine, trabajó con algunos de los grandes directores europeos. También alguno americano. Trabajó mucho… y vano sería ahora enumerar sus interpretaciones. Pero ha estado activo hasta hace bien poco. Deja algún trabajo póstumo, todavía sin estrenar. Y en los últimos tiempos lo hemos podido ver en dos trabajos muy distintos. Tirando de vis cómica, en una farsa de carácter político y sobre las relaciones humanas, que siendo una película británica excelente pasó por las carteleras españolas sin hacer mucho ruido. Y recientemente, interpretando a un mefistofélico Virgilio, acompañando a los infiernos a un asesino en serie, en un desasosegante drama, poco comercial, pero que también atesora calidad, de un cierto director danés, siempre inquietante.

Es ley de vida que, cuando llegamos a ciertas edades, nuestra probabilidad de morir va siendo mayor, hasta que no podemos eludir los dados del destino y termina nuestra travesía por este mundo. Pero 77 años saben a poco hoy en día. En cualquier caso, Bruno, que la tierra te sea leve. Y como siempre digo, si ha de existir otra vida después de esta, la única que se me ocurre que me interese es aquella que nos reúna a todas las gentes del cine con los que amamos el séptimo arte. Todas las demás… cada vez me interesan menos.

[Cine – in memoriam] Isao Takahata (1935 – 2018)

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Corría el año 1975, el dictador todavía no había fallecido, y llegaba a las pantallas española un serie de dibujos animados, 52 episodios, aunque a mí se me hizo eterna, que marcaría a toda una generación de españoles. Se trataba de Heidi [アルプスの少女ハイジ Arupusu no Shōjo Haiji (literalmente, La niña de los Alpes, Heidi)]. Aquella serie nos familiarizó con aquellos personajes de aspecto aniñado y de ojos enormes, muy esquemáticos en su concepción, aunque inconfundibles, que suelen aparecer con frecuencia en la animación japonesa. Después, con un estilo similar, pero con unas dosis de melodrama muy aumentadas, llegó Marco [母をたずねて三千里 Haha wo tazunete sanzenri (algo así como Tres mil leguas en busca de mi mamá)].

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Pasearemos entre los templos y santuarios de Nikko mientras despedimos a Takahata-san, deseando que siga imaginando bellas películas de animación en el más allá, si ello fuese posible.

En aquellos momentos no eramos conscientes, pero detras de aquellas series que tanto impactaron en la sociedad española estaba la imaginación, las ideas y el equipo de animadores de Takahata Isao (como he dicho recientemente, intento respetar el orden de los nombres en Japón y otros países, con el nombre de familia o apellido en primer lugar, y el nombre otorgado en segundo lugar). Recientemente nos ha abandonado, a la edad de 82 años. Aunque menos conocido en occidente que el genial Miyazaki Hayao, fue junto a este uno de los pilares del Studio Ghibli, fuente de obras maestras de la animación nipona y mundial. Obras que adquieren un carácter universal por sus temas y por su capacidad de llegar y penetrar en la sensibilidad de los espectadores.

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Cinco fueron las películas que Takahata dirigió para Ghibli, aunque participó en otras varias como productor o en diversos papeles. Las que más recuerdo son la impresionente película antibélica La tumba de las luciérnagas [火垂るの墓 Hotaru no Haka], una película tan hermosa como tremenda, que nunca me he atrevido a ver por segunda vez. Algún día osaré enfrentarme a la tristeza que destila. Probablemente, una película merecedora de estar entre las diez mejores películas de animación de todos los tiempos. También me encantó, aunque no disfrutó de tanto éxito comercial, la imaginativa El cuento de la princesa Kaguya [かぐや姫の物語 Kaguya-hime no Monogatari]. O lo que he disfrutado siempre con la tranquila sencillez nostálgica de Recuerdos del ayer [おもひでぽろぽろ Omohide poro poro]. Sin desmerecer a otras notables producciones de las que fue artífice.

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Recientemente he comenzado a revisar toda la filmografía del Studio Ghibli. Por ello, aunque últimamente no me llamaba la atención la escritura de obituarios, sí que me ha apetecido recordar a Takahata. Quizá por ser menos conocido que Miyazaki, pero indudablemente un cineasta al que debemos mucho los amantes del buen cine en general, y de la animación en particular. Y espero que esté con muchos otros en el cielo de las gentes del cine. Como digo siempre, si existe un cielo despues de la muerte, que sea el de las gentes del cine. Otros… no creo que merezcan la pena.

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