20 Million Miles to Earth (1957)

Cine

20 Million Miles to Earth (1957) 12 de agosto de 2006

En las sosas tardes del puente de agosto en Zaragoza, una buena opción es asomarse a ver qué echan en la Filmoteca. Y me encuentro con un ciclo de ciencia ficción, cuya programación es de lo más heterogénea, yendo desde películas de serie B o Z de los años 50, hasta la inconmensurable Blade Runner (para la semana que viene). Opto en estos momentos por una de las primeras.

La ciencia ficción cinematográfica en los EE.UU. en los años 50 estaba caracterizada por dosis elevadas de imaginación, de incomprensión por los impresionantes avances científicos de la primera mitad del siglo XX y de buenas intenciones. Quizá las más emblemáticas, para mí, fuesen Forbiden Planet y The Day The Earth Stood Still. La primera, dándole vueltas al psiconálisis, en una especie de interpretación moderna del viejo pensamiento de Goya; “el sueño de la razón produce monstruos”. La segunda, con un pacifismo ingenuo y bienintencionado, que poco puedo hacer para evitar las desastrosas consecuencias bélicas de la guerra fría.

La película que hoy nos ocupa es mucho más simple, y no alcanza el nivel de las anteriores. Básicamente es un King Kong de origen venusiano (no nos narran los hecho que suceden en Venus, nos los cuentan someramente en el curso de la acción), donde en lugar de gorila encontramos un reptil humanoide, y en lugar de Nueva York, paseamos por Roma persiguiendo al monstruo de turno. El guion en ocasiones nos parece de opereta, y la realización es elemental, aunque determinados planos por el Coliseo de Roma nos permite suponer que el director no es del todo un iletrado cinematográfico.

No vamos a poner nota a este filme. Uno va, lo ve, se divierte y aprende un poco de historia del cine. La gente lo pasó bien. Algunos entraron en la hilaridad ante el cartón-piedra, los básicos diálogos, o la simplicidad de las situaciones. Quizá no se den cuenta que muchas de las modernas películas con maravillosos efectos especiales estén igual de vacías, pero no nos damos cuenta. Hubo espectadores a los que se notaba una molestia ante esta hilaridad gratuita, y la falta de respeto ante un género que cumplió su misión en su momento. En fin, que por apenas 3 euros, uno pasa la tarde de verano entretenido y curioso, alejado por un rato del mundanal ruido.

Una puesta de sol desde el Alto de Alcubierre en los Monegros no deja de ser una especie de ventana al Universo; el Alto de Alcubierre está en la provincia de Huesca, el paisaje que vemos pertenece a la provincia de Zaragoza