Cine – The death of Robin Hood (2026)

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Fotografías realizadas en Warwick y su castillo, Inglaterra. Tambien en versión Substack.

The death of Robin Hood (2026; 28/20260707)

Ya adelanto algo. De alguna forma, voy a la contra de la opinión de muchos en mi valoración de esta película. Creo que está muy bien realizada. Creo que tiene unas interpretaciones excelentes. Tanto por parte de su protagonista prinicipal, un envejecido Robin Hood interpretado por Hugh Jackman, como por su coprotagonista femenina, Jodie Comer, que aporta sutileza y elegancia a un personaje que llena la pantalla sin arredrarse ante la presencia de Jackman.

No es la primera vez que se revisa el mito de Robin Hood, trasladando la acción a la madurez, casi entrando en la vejez, del popular héroe inglés. Sean Connery y Audrey Hepburn nos ofrecieron hace 50 años una revisión otoñal de los populares personajes de Robin de Locksley y Maid Marian. Hay que advertir también que no existen versiones únicas o “verdaderas” de este personaje. Que si bien ciertas novelas del siglo XIX, así como las adaptaciones cinematográficas del siglo XX han hecho que determinadas versiones se hayan hecho más populares, no son las únicas. Es decir, lo único común al personaje es que fue un forajido, un fuera de la ley. De por vida o circunstancialmente, según las versiones. Y en el imaginario popular, se fue convirtiendo en un héroe, que lucha contra el poderoso y favorece al desfavorecido. Pero esto son leyendas y cuentos populares.

Si olvidamos al personaje heroico más popular en las últimas décadas, el noble sajón que protege al pueblo sajón de los malvados invasores normandos, siendo fiel a Ricardo I Corazón de León que… paradójicamente… fue uno de los invasores normandos, hijo de Guillermo el Conquistador y Leonor de Aquitania, el personaje sobre el que se pudieron basarse las leyendas pudo ser… cualquiera, o varios, o nadie en particular. Y con ello juega la película. Con un héroe en el imaginario popular, pero un ladrón y asesino cruel para sus víctimas y sus descendientes.

En el momento en que empieza la película dirigida por Michael Sarnoski, un 1247 muy posterior a la época de Ricardo I y Juan sin Tierra, tenemos dos versiones del personaje. El que vive en la memoria del pueblo, y el forajido que vive escondido en los páramos, siempre en peligro de ser asesinado por un agraviado. Cuando es requerido por su viejo amigo, Little John (Bill Skarsgård), que cambió su identidad y se estableció como granjero, cuando es atacado y su familia secuestrada. Tras una dura lucha, malherido, es llevado a una isla con un monasterio, donde una priora (Comer), gestiona una comunidad de sanación autosuficiente. Pero allí hay secretos que se guardan, y que quizá no deban ser revelados.

La película ha sido muy criticada por su violencia, dura y muy explícita. Y es así. Es brusca, potencialmente desagradable. Pero Sarnoski opta por no dejar a dudas de quién es su Robin Hood. El “real” frente al idealizado de las leyendas populares. Y eso permite establecer un marco de dura realidad que, en mi opinión, da mucho más sentido al camino de sanación que se establece en compañía de la joven priora. En esta segunda fase de la película, la que realmente es fundamental y reveladora, es donde contemplamos el procedo de profundizar en la psicología de los personajes y en la catarsis que estos sufren. Una segunda fase de la película donde los intérpretes se luce y la película se podría calificar como bella. Con el reparto a buen nivel, especialmente, como ya he sugerido, Jodie Comer.

No tengo prejuicios sobre el autor por no haber visto sus películas de superhéroes que no me interesan, con alguna de las cuales han comparado el personajes. Comparaciones que, en lo que sé, no tocan, por lo que son los personajes. Juzgo la película por lo que vi. Y me parece una reflexión muy interesante sobre las leyendas populares, el concepto de héroe y el imaginario colectivo. Quizá peque la película demasiado de cebarse en esa imagen de la edad media fría, brumosa, áspera… lo cual contrasta con la realidad de que fue una época de especial bonanza y tiempo templado en Europa. Pero esto son cuestiones secundarias. También me ha recordado a cierto libro que leí no hace tanto de Kazuo Ishiguro, en el que se le daba la vuelta al mito artúrico. También una subversión del héroe popular que también me hizo pensar. Así que la verdad es que disfruté al película, y su recuerdo no ha disminuido lo más mínimo con el tiempo.

Valoración:

Dirección: ****

Interpretación: ****

Valoración subjetiva: ****

[Cine] Nosferatu (2024)

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Nosferatu (2024; 01/20250102)

El segundo día del año nos dirigimos a las salas de cine por primera vez en este 2025. Un principio de año en el que nos cuesta mucho encontrar películas que nos motiven. El género de terror, además, y especialmente la historia de Drácula, tampoco han sido nunca de mis favoritas. Quizá la versión más interesante de todas fue una bastante irreverente con la propia mítica del personaje. Bueno… no. La versión más interesante es el nosferatu original de Murnau. Y quizá debamos empezar por entender ese nosferatu original, para entender el actual. Y escribo nosferatu con minúscula y en cursivo, porque sería una palabra de un idioma extranjero, rumano, que significa no muerto. Aunque no está claro que en rumano exista tal palabra y no sea una mera invención literaria, que aparecía ya en la novela de Bram Stoker. Dicen. No la he leído.

Supongamos que Hamburgo, u alguna de las otras ciudades hanseáticas del mar del Norte o el Báltico en Alemania, sea una inspiración para la ficticia Wismar de «Nosferatu»…

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Pero vamos con Murnau. Y su época. Y su país. Porque no nos olvidemos que para valorar la obra de arte, la obra creativa, nos tenemos que situar en el hic et nunc, literalmente el aquí y ahora, es decir, el tiempo y el lugar en el que surge y es creada. Alemania. 1922. Poco más de tres años tras el final de la guerra mundial que arruinó al país. Con el expresionismo en su apogeo. Murnau quiere utilizar a Drácula para hablar de cosas. Cosas que importan. Pero no quiere negociar derechos y no quiere ser fiel a algunas cosas del original literario. No hay conde Drácula, hay conde Orlok. No viaja a Londres, sino a la ficticia y portuaria ciudad alemana de Wismar. No acaba con la tripulación de la goleta, son las ratas que le acompañan con la peste en su sangre. El mundo acaba de pasar, no solo una cruenta guerra, sino una costosa (en vidas) pandemia de gripe, que todavía está dando sus últimos coletazos, sus últimas ondas epidémicas, en 1920. Y Alemania, la República de Weimar, se encuentra convulsa, con tensiones políticas, al mismo tiempo que una ola de liberación cultural y de costumbres sacude el país, con cambios en los roles de las clases, de los sexos, de las instituciones, de los artistas,… Y además tenía poco dinero. Y haciendo de la necesidad virtud, surge una obra de arte de ese expresionismo cinematográfico alemán, donde los cambios en la historia, por sutiles que parezcan, por el argumentos es «casi» clavado al del original de Stoker, son fundamentales para reinterpretar las metáforas que acompañan a la película.

De la misma forma que el Drácula original ha sido reinterpretado o vuelto a adaptar en numerosas ocasiones, con mayor o menor éxito, también el nosferatu de Murnau ha sufrido este proceso. Quizá no en la misma medida, pero sí apreciablemente. Sin contar los híbridos de ambas versiones, como considero yo la versión de Herzog, que vi en su momento, en la que se conservan los nombres de los personajes de la novela de Stoker, mientras que se ambienta en la ficticia Wismar de Murnau. Y en esta ocasión ha sido el turno para Robert Eggers, un director que se ha puesto de moda con sus inquietantes historias que atraen a tanta gente, y a quien le reconozco una gran habilidad para la puesta en escena, pero menos habilidad a la hora de conseguir que me interesen sus historias. Eggers se mantiene fiel al guion de Henrik Galeen, que firmó el de la película de Murnau, pero altera los aspectos visuales y trabaja a fondo con los personajes para darles su propia visión.

Y aquí es donde empiezan, para mí, los problemas, aunque me ponga a la contra del éxito de crítica y público que parece estar teniendo la película. Su alto nivel de diseño de producción y sus aspectos visuales, son indudablemente de primer nivel. Una de las representaciones más auténticas de lo que imagino yo de la historia, situada en la primera mitad del siglo XIX, y con la asociación con la muerte, la enfermedad y la putrefacción que tiene el personaje principal (Bill Skarsgård), el nosferatu. Hasta ahí, es decir, el primer acto de la película, el viaje de Hutter (Nicholas Hoult) a los Cárpatos, sin problemas. Aunque empiezan a chirriarme algunas cosas, como esos gitanos tan tópicos, o como esa lady godiva transilvana, y absolutamente gratuita, sin mucho sentido. Pero cuando toca regresar a la ficticia Wismar… las cosas empiezan a no convencerme. Para empezar, por las interpretaciones excesivas, histriónicas en ocasiones, de Ellen Hutter (Lily-Rose Depp) y, especialmente, del trasunto de Van Helsing, el doctor von Franz (Willem Dafoe), cuya verborrea sin sentido me saca por completo de la película. Comienzan a producirse numerosos diálogos que me resultan absolutamente ridículos. ¡Bendita sea la versión muda de Murnau! Llega un momento en que, lejos de generarme terror o inquietud, empieza a producirme cierto grado de (involuntaria) hilaridad. De la mala. De la que no toca. A lo que llegamos al último acto y desenlace de la película,… estoy totalmente fuera de ella.

Algo necesario cuando afrontamos un relato de ficción, es que el espectador o lector entre en un estado de renuncia voluntaria a su incredulidad. Especialmente fundamental en un relato mucha dosis de fantasía. Pero para que esta renuncia se mantenga, la obra debe mantener una cierta coherencia interna. No incluir elementos o recursos argumentales que chirríen, para impedir que el lector/espectador abandone ese estado de incredulidad. Desgraciadamente, el cine actual acusa una exagerada verborrea. Entra en explicaciones sin sentido, generalmente acompañadas de interpretaciones vacuas. A mí me expulsa con facilidad de la ficción que se desarrolla ante mis ojos. Es uno de los elementos principales de mi aversión a los superhéroes.

La falta de economía de medios, no conceder al espectador un razonable nivel de inteligencia, por lo que parece necesario explicarle todo, nos lleva a película demasiado largas, prolijas y que a mí no me convencen. Indudablemente, a los fanes de este tipo de historias, es muy probable que les entusiasme. Pero a mí,… el enfoque de Eggers no me funciona. Y de repente, por mucho esfuerzo de producción y puesta en escena que haya, unas interpretaciones más normalitas de lo que nos están vendiendo, y además exageradas, y una forma de contar de la historia con muchos elementos que me sobran… pues no. Salí molesto del cine. La verdad.

Valoración

Dirección: ****
Interpretación: ***
Valoración subjetiva: **