[TV] La oscuridad del alma humana en Red Riding, y el vicio de los placeres culpables

Televisión

Hoy voy a comentar una miniserie de la BBC, poco conocida pero notable, y a reflexionar sobre eso que los anglosajones llaman los “guilty pleasures”, los placeres culpables. Entrada variopinta, pero así son las cosas.

Red Riding

Esta es una serie de tres capítulos, cada uno de ellos un auténtico largometraje en torno a los 100 minutos de duración, relacionados entre sí, y que adaptan al formato fílmico el llamado Red Riding Quartet del escritor británico David Peace. Esta es una serie de cuatro novelas, que han sido trasladadas a los tres largometrajes que se titulan:

Red Riding: In the Year of Our Lord 1974

Red Riding: In the Year of Our Lord 1980

Red Riding: In the Year of Our Lord 1983

En España se han podido ver en diversos canales de Canal+, aunque yo los gravé directamente de Canal+ Xtra, en versión original subtitulada en castellano.

La acción se sitúa en el condado de West Yorkshire, equivalente más o menos al antiguo West Riding del antiguo condado de Yorkshire. En torno a la ciudad de Leeds. Con el transfondo de una serie de asesinatos en serie, algunos ficiticios  relacionados con prácticas pedófilas, y otros reales relacionados con los asesinatos de prostitutas, vamos siguiendo los acontecimientos a lo largo de una década en torno al departamento de policía y otros personajes notables del condado. Los protagonistas de cada episodio son diversos. Un joven periodista (Andrew Garfield) que se traslada al norte procedente del sur de Inglaterra y se pone a investigar una serie de crímenes pedófilos. Un policía ajeno al departamento de policía del condado (Paddy Considine) traído para investigar los crímenes del destripador de Yorkshire. Un policía del departamento (David Morrissey) y un abogado hijo de un policía del departamento (Mark Addy) insatisfechos con la resolución del crimen de los asesinatos pedófilos.

Pero los protagonistas reales son el conjunto de personajes que constituyen el fondo de la acción y que forman una gran trama de corrupción policial y económica en el condado. Torturas a los presos, protección de poderosos, reparto de beneficios entre policías, abusos sexuales, todo está a la orden del día en la corrupta comisaría de la West Yorkshire Constabulary. La serie es una feroz crítica a un sistema social, policial, y económico que favorece esta corrupción y los desmanes de los corruptos. Te deja con el cuerpo y con el alma hecho unos zorros.

Los tres largometrajes son de una factura técnica impecable. Como curiosidad, se rodaron con técnicas muy distintas. El primero en película tradicional de 16 mm y formato 16:9, el segundo en película de 35 mm con formato anamórfico para dar el cinematográfico 2,35:1, y el tercero con las modernas cámaras de cine digital Red One y formato también 2,35:1. Las realizaciones me parecieron impecables. No sólo para televisión, sino como cine en general.

Pero como de costumbre en las producciones británicas, buena parte del peso y del mérito se la llevan los intérpretes. Y así encontramos con excelentes interpretaciones a actores y actrices como Sean Bean, Rebecca Hall (con lo sosa que me pareció en cierta película de Woody Allen, y aquí está impresionante)Peter Mullan, por destacar a algunos que me han llamado especialmente la atención sin desmerecer al resto.

Una serie dura. Difícil de ver por los temas y las acciones desarrollados. Pero de primerísima calidad, que no dudo en recomendar a los amantes de la buena televisión y del buen cine.

York

La ciudad de York, que da nombre al condado de West Yorkshire aunque no está en él, en 1989, sólo 4 ó 5 años después del final de la acción en la serie (Pentax P30N, probablemente con SMC-A 50/2).

“Guilty pleasures” de temporada

Los placeres culpables. Aquellas cosas que nos hacen sentir bien, que nos gustan, pero que no nos atrevemos a confesar en público. No me refiero a crímenes o actos éticamente reprobables ni nada de eso. Me refiero a cosas más pequeñas. Cotidianas. Por ejemplo, a comerte un bombón cuando sabes que te sobran unos kilitos ahí donde más se notan. A sintonizar Kiss FM en el coche cuando siempre has presumido de ser de los de Radio 3. A ponerte Canal+ cuando llegas a las 2 de la madrugada la noche del viernes al sábado y aparece una de esas películas que oficialmente nunca ves. A lo que sea que se supone que alguien como tú no hace, pero te encanta hacer. Por lo menos de vez en cuando. Y con las teleseries pasa lo mismo.

Hace un par de semanas, un par de amigos, casados el uno contra la otra o viceversa, pero razonablemente felices, reconocían que veían con pasión una teleserie de vampiros adolescentes a las que estaba enganchada su hija también en la edad del pavo. Y yo, tengo que reconocer para mi vergüenza, que nunca he dejado de ver Anatomía de Grey, esa estúpida serie en el que actores de 40 años interpretan a médicos residentes de 30 que corretean por los ascensores de un hospital comportándose como adolescentes de 15 años. Sé que son malos actores, sé que son argumentos ridículos, se que es una serie absurda. Pero nunca he dejado de verla. Mea culpa.

Y con las nuevas series de esta temporada, por un momento pensé que podría tener un nuevo guilty pleasure. Se trata de Pan Am. Ambientada en principios de los sesenta, nos cuenta las peripecias de cuatro guapas azafatas de la simbólica, y arruinada y desaparecido línea aérea, compañía de bandera oficiosa de los EE.UU. También salen pilotos, interpretados por absurdamente jóvenes actores teniendo en cuenta el tipo de aviones que se suponen que vuelan. Pero a quien le importan los pilotos. Así que nuevamente tenemos algunos componentes de un placer culpable. Chicas guapas, situaciones kitsch, marujeo, etc. Prometía. Hasta que he visto el tercer capítulo que sitúa la acción en el discurso del Ich bin ein Berliner de J.F.K. en el Berlín de la guerra fría. La cosa ha sido tan aberrante, que me llevaría una larga extensión de texto contarlo todo. De vergüenza ajena. Supongo que tendré que buscar nuevos placeres culpables televisivos. Se admiten sugerencias.

Puerta de Brandemburgo

Un "soldado soviético" con aspecto poco aterrador, no como en la guerra fría, intenta sacarle la pasta a un turista en 2007 posando para sus fotos (Pentax *ist DS, SMC-A 100/4 Macro).