Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Un acontecimiento astronómico familiar, pero siempre bello, la puesta de Sol .
Cuando hace unos días comentaba Le Petit Prince y decía que estaba considerando como muy probable que siguiese releyendo libros que son «clásicos» para mí, independientemente de si lo son para otras personas o para los «eruditos», realmente no pensaba que hoy estaría ya comentando otra de esas relecturas. De hecho, ya comenté que me quedaban algunos libros por comentar de los que leí en el 2025. Y después se añadió el primero de los 2026. Pero el segundo del 2026 es una de esas relecturas. Y tras terminarla hace un par de día, decidí que tenía que comentarla ya. Ahora me explico.
En su momento, os hablé de la experiencia de volver la película de Kubrick, 2001: A Space Odyssey. Realmente, esa experiencia me marcó mucho más de lo que esperaba. Yo nunca he «sufrido» eso que se da en llamar síndrome de Stendhal, conjunto de síntomas vasovagales y cognitivoemocionales que se dan cuando se siente una fuente impresión ante una obra de arte u otros conceptos sublimes del saber humano. Algunos psiquiatras lo han estudiado y lo han descrito, pero en estos momentos no está oficialmente incluido en las clasificaciones de enfermedades más reconocidas y utilizadas en medicina. Pero sus síntomas se asocian con frecuencia a los trastornos de ansiedad o de pánico, y estaría ahí incluido. En cualquier caso… a mí no se me ha dado. Pero reconozco que la contemplación de determinadas obras de arte, lugares del mundo, o conocimientos del saber humano, no sólo en las artes y las humanidades, también en las ciencias, me han impresionado y han modificado mi forma de entender algunas cosas. Pero sin síntomas vasovagales. Y esta visualización de la película de Kubrick me afectó. Positivamente. Me hizo recuperar las motivaciones por las que soy aficionado irredento al arte cinematográfico desde mi infancia, incluso si Hollywood y las plataformas de contenidos se empeñan con denuedo en evitarlo. Y una de las derivadas de esa sensación es que decidí volver a leer el libro, la novela, que Arthur C. Clarke publicó unos meses después del estreno de la película. A finales de 1968. Meses antes de que el ser humano pisase por primera vez la Luna. Pero en plena carrera espacial entre los imperios dominantes de la época, el USAmericano y el Soviético.

La historia que cuenta Clarke en el libro es muy similar a la que cuenta Kubrick en su película, de la que Clarke, al fin y al cabo, fue coguionista. Se dice con frecuencia que la película está basada en la novela de Clarke. Y no es así. La película es un proyecto original conjunto de Kubrick y Clarke, según creo a iniciativa del primero, aunque sería el segundo el que propondría inspirarse en uno de sus relatos cortos. Clarke trabajó simultáneamente en ambos proyectos, pero la película se estrenó antes de la publicación de la novela. Varios meses antes. Y presenta diferencias. Algunas más importantes que otras.
Algunas de las diferencias son cosméticas y no entraré en ellas. Entre las esenciales, considero que la película es una obra más filosófica. Aunque se da por hecho la existencia de una civilización extraterrestre que interviene en la evolución de la especie humana, no hay un debate sobre esta civilización. Simplemente es el macguffin que permite plantear la naturaleza y las consecuencias de esta evolución. Inicialmente biológica, como la de cualquier otra especie, pero después también cultural, por la capacidad del ser humano de comunicar conceptos complejos y de conservar memoria del pasado, así como ser capaz de prever el futuro, hasta cierto punto. Si la película empieza con el salto del simio a los primeros eslabones de la humanidad, el final simboliza el nacimiento de una nueva especia, un Homo stellaris, como tantos autores han especulado. Un concepto muy en auge en los años 60 como consecuencia de la carrera espacial que he mencionado. Cuando el salto del ser humano al espacio exterior se percibía como inmediato. El libro especula menos sobre el concepto de evolución, aunque esté ahí, y se enfoca más sobre la existencia de especies inteligentes de ámbito galáctico, consecuencia de diversos saltos evolutivos. Y el punto en el que el ser humano se encuentra en una disyuntiva que puede llevar, o no, a seguir avanzando en ese camino, dentro de un experimento de ámbito también galáctico.
Un tema común y que, más allá de algunas diferencias argumentales, se trata de forma similar es el de la inteligencia artificial representada por HAL 9000. Inteligencia que entra en conflicto ético entre las instrucciones recibidas, el objetivo de la misión y su relación con seres humanos ignorantes del alcance de la misma. Y que siendo incapaz de hipocresía como el ser humano, sin mecanismo de defensa del yo como los adquiridos por la inteligencia biológica a lo largo de milenios y milenios, acaba entrando en una espiral de errores intencionados o no que llevan a la crisis argumental de la novela. He de decir que tanto me gusta la variante argumental de la película como la del libro. Y desconozco que aspectos prácticos de la realización de la película llevaron a que fuese diferente. Aunque como ya he dicho, equivalente en la práctica.

Y luego está la cuestión de que la Discovery-1 viaja a Júpiter en la película, mientras que en el libro llega hasta Saturno y hasta quedar aparcada en órbita de Jápeto, la luna del gigante anillado, con extraña órbita y fuertes diferencias de albedo entre uno y otro hemisferio, que son ingeniosamente aprovechadas por Clarke para dotar de simbolismo al cuerpo celeste. Como curiosidad, la parte sur del hemisferio más brillante se denomina Saragossa Terra (tierra de Zaragoza, mi ciudad), ya que estos accidentes geológicos del satélite tienen una nomenclatura extraída del Cantar de Roldan, en la que Zaragoza tiene un cierto papel de importancia en la trama. La verdad es que siempre me ha gusto mucho esta variante del argumento. Junto con las que le acompañan. El encuentro con el asteroide, el impulso usando la asistencia gravitatoria de Júpiter para alcanzar la órbita de Saturno, la maniobra de frenado usando la asistencia gravitatoria de este último, y el encuentro con Japeto… qué bella anticipación a lo que con posterioridad ha venido sucediendo con las diversas sondas que se han enviado a los diversos confines del Sistema Solar y más allá. Pero también entiendo que en la película se simplificase la historia… que se podría haber hecho eterna, sin aportar nada esencial a la historia. Es la diferencia entre las formas narrativas en cine y en literatura.
Me hacen gracia algunas ideas que aparecen en la novela de Clarke basadas en los conocimientos científicos de la época. Aunque la novela ha aguantado muy muy bien el paso del tiempo. Mucho mejor que otras de los años 60. Hay varias, en las que no voy a entrar por no extenderme demasiado. Pero hay una que me ha hecho mucha gracia. Asegura Clarke en el texto que las muestras recogidas en la Luna confirmaron que el satélite terrestre no tiene el mismo origen que el planeta y que debió formarse en otra región del Sistema Solar, siendo capturado por la Tierra un tiempo después. Por el uso de esta idea en otras obras de los años 60 y de principios de los 70, esta hipótesis debía ser la más popular en aquel momento. Lo cierto es que el análisis de las muestras recogidas en la Luna por las misiones Apollo llevaron a la hipótesis contraria. Hoy en día se considera como más probable que la Luna sea el resultado del impacto de un cuerpo celeste del tamaño de Marte contra una proto-Tierra más pequeña que la actual, formados en la misma órbita alrededor del Sol y que colisionaron. El cuerpo pequeño alcanzó al mayor, formándose la Luna como resultado de los escombros que quedaron alrededor del planeta Tierra tras la colisión. La hipótesis se había planteado ya en 1946, pero no se hizo caso de ella, hasta que el análisis de las muestras lunares la puso de moda, se relanzo a mediados de los años 70 y la aupó como preferida en los años 80 del siglo XX. Pero cuando Clarke escribió la novela… pues no.
La novela de Clarke no es la mejor de las que le he leído. Probablemente, Cita con Rama sea mi preferida. Y hay otras como Cánticos de la lejana Tierra, que me resultan más emotivas. Pero está muy bien, y la considero muy recomendable. Me lo he pasado muy bien. Y me he dado cuenta que el conocimiento acumulado a lo largo de mi vida en diversas áreas de la ciencia y las humanidades me ha hecho disfrutar de la novela mucho más que cuando la leí en la adolescencia o en mi juventud temprana. Sin duda. Uno se da cuenta con el tiempo que la madurez tiene sus ventajas a la hora de leer obras de cierto calado. Y esta es una de estas.

