Philip José Farmer y su mundo del río, y otras sagas de la ciencia ficción

Literatura

Avalancha de entradas y artículos en internet anunciando la muerte de Philip José Farmer, escritor norteamericano que dedicó la mayor parte de su obra a la ciencia ficción y a la fantasía.

En algún momento entre 1981 y 1987 leí la saga de El Mundo del Río (mejor miráis el enlace a la versión inglesa del artículo). No he vuelto a leer nada más del autor. Eso quiere decir dos cosas. Como en muchas sagas de la ciencia ficción, el comienzo es muy bueno e incluso brillante, en este caso, el primer libro de la serie, A vuestros cuerpos dispersos. Y por ello, tienes ganas de saber más y vas leyendo el resto de los libros. Que desgraciadamente, no son tan brillantes. Y terminas de leerlos para ver en que queda todo. Pero ya no te quedan ganas de repetir con el autor. No te fías.

Son muchas las alabanzas que he leído del autor con motivo de su muerte… pero me temo que no podré comprobar por mí mismo si son ciertas. Es lo que hay.

Este fenómeno pasa con otras series de la ciencia ficción. Un ejemplo clásico es la saga de la Fundación de Isaac Asimov. Los dos primeros libros de la serie, Fundación y Fundación e Imperio, están muy bien. Pero ya el tercer libro, Segunda Fundación,… pues no está mal, pero no es lo mismo.  Todo lo publicado posteriormente relacionado con la saga me parece un monumental pestiño, y leerlo, una pérdida de tiempo. No incluyo en el pestiño las novelas de Elijah Baley y R. Daneel Olivaw. Son razonablemente entretenidas. Por lo menos las dos primeras, Bóvedas de acero y El sol desnudo. Las siguientes flojean un poco.

Qué se puede decir de la saga de Dune, escrita por Frank Herbert. La primera novela, Dune, es estupenda. Todo lo demás, un soporífero aburrimiento pseudofilosófico que es capaz de dormir hasta un camello. Una lástima. La idea original es buena.

En los últimos años, con la exhibición en cines de la película correspondiente, se reactivo la afición a la Guía del autoestopista galáctico del inefable Douglas Adams. Aunque no es de mis favoritas, reconozco que el libro original e inicial es muy entretenido. Te diviertes. Pero después ya… Nunca he conseguido terminar de leer el tercero de la saga.

En otro tono distinto, podemos comentar a la saga de las nubes Omega, de Jack McDevitt. Un autor no tan conocido y más reciente. Combina una escritura ágil, propia del género de aventuras, con cierto rigor científico que lo acerca a la ciencia ficción dura. Procura “no derogar” muchas leyes de la física, aunque tratándose de una space opera es “inevitable” que se invente los viajes a mayor velocidad que la luz. Es que si no la acción podría convertirse en inacción, dadas las distancias y la duración de los viajes a velocidades sub-luz. Es una saga que empieza muy bien, pero que estira más de la cuenta. La ventaja es que las novelas se pueden leer por separado sin mayor problema, aunque la última, Cauldron, que me parece muy floja intenta resolver de una vez por todas el enigma de las nubes. Pero Las máquinas de Dios y Deepsix son bastante entretenidas.

Podría comentar otras sagas en las que sucede algo parecido. No pretendo que las que he comentado sean representativas. Sólo las que se me han ocurrido en el momento, las que tengo más presentes en la memoria por una u otra razón… ahora se me viene a la memoria la maravillosa Cita con Rama, de Arthur C. Clarke, una de mis novelas favoritas de la cienca ficción, y lo aburridísimas que fueron sus superfluas continuaciones.

También sucede lo mismo con las sagas cinematográficas (por ejemplo, Star Wars y su deleznable segunda trilogía; en realidad la decadencia comenzó cuando aparecio en pantalla el primer ewok). O incluso las sagas cinematográfico-literarias (quién les mandaría hacer continuaciones a 2001, una odisea del espacio).

En resumen, sirva esta entrada para homenajear y recordar al difunto Farmer, y para lanzar un ruego a los escritores de ciencia ficción. Cuando tengan una idea genial, se la piensan, la desarrollan, escriben su librito… y ¡ale!, a pensar en otra cosa. Ya sabemos que hay que comer, y para eso hay que ganar dinero, y que lo de las sagas es una forma fácil… pero por favor, no nos aburran.

Para no aburrirnos, una imagen de carnaval.

Hortzmuga - Super Plast

Hortzmuga, Super Plast, en el Carnaval infantil 2009, Zaragoza - Canon EOS 40D; EF 200/2,8L USM

Lecturas de vacaciones; algo serio y algo “menos serio”

Literatura

Siempre las vacaciones son un buen momento para leer. Incluso cuando uno se va de viaje con el correspondiente ajetreo de los desplazamientos y las visitas, es posible encontrar momentos para enfrascarse en la lectura de buenos libros.

Es mi costumbre llevarme dos libros a los viajes, en formato de bolsillo, y al menos uno de ellos procuro que esté relacionado de alguna forma, directa o indirectamente, con el destino del viaje. Con esta filosofía, a mi reciente viaje por Munich y alrededores me he llevado un clásico del siglo XX de la literatura alemana. No es otro que Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque. Como segunda opción, he optado por algo menos trascendente, en concreto El restaurante del fin del mundo de Douglas Adams.

Hacía tiempo que quería leer algo de Remarque, de quien conocía su obra por las adaptaciones al cine de algunas de sus novelas. En concreto, la interesante Tiempo de amar, tiempo de morir (el título original de la novela es Tiempo de vivir, tiempo de morir, pero ya se sabe que las cosas del cine…), la floja adaptación Arco de triunfo, y la más que interesante y temprana adaptación Sin novedad en el frente. Me encontré en una librería una versión de bolsillo de esta última novela, y me dije… “para el viaje a Munich”.

No diré otra cosa más que me la merendé en el viaje de ida. En un día. Es una novela poco extensa, que con gran acierto va narrando diversos episodios en la vida de un soldado reservista alemán de apenas 20 años cuando comienza el relato, durante la Primera Guerra Mundial. El estilo es directo y claro tanto en la narración de la acción como en las descripciones de las personas y los ambientes. Pero sobretodo, es claro y directo en sus opiniones y en sus sentimientos puestos en boca del soldado protagonista. Remarque participó también como soldado en esa contienda, y se ve que sabe de lo que escribe. La novela es una de las piezas fundamentales de la literatura antibelicista, ya que expone sin ambages el sinsentido de la guerra. Pero también es una obrá básicamente antimilitarista, al describir la deshumanización y la alienación del soldado en una estructura, la militar, donde todo lleva a la eliminación de la personalidad del individuo que si no no podría enfrentar la idea de la muerte en un acto tan absurdo e irracional como la guerra. Después de leerlo, creo que es un imprescindible. Absolutamente recomendable.

El otro libro, al que le dediqué algunos ratos esporádicos del resto de las vacaciones, es la continuación de la acción narrada en La guía del autoestopista galáctico. No sé muy bien porque la elegi, porque la obra original que continúa me divirtió pero no me entusiasmó. Siempre he bordeado el friquismo en los temas de ciencia ficción, pero siempre he conservado un punto de escepticismo y de racionalidad que me ha impedido caer en “el vicio”. Reconozco que el cachondeo sobre los vogones, el 42, o el campo de improbabilidad me divierten mucho… y que quedé enamorado de Trillian en su adaptación cinematográfica… pero, tampoco esta novela nunca me pareció para tanto (la película me parece incluso bastante fallida).

La cuestión es que, tal vez por las bajas expectativas, esta continuación me ha parecido divertida y entretenida. No entraré en mucho detalle. Humor absurdo basado sobre diversas teorías científicas reales o hipotéticas, que sirve al interés del autor por criticar los comportamientos más estandarizados de la especie humana, y en especial de eso que se ha dado en llamar “la clase media”. Bueno. Para los que gusten de un poco de ciencia ficción entretenida, recomendable. Los que no, que lean otra cosa.

La imagen de hoy, una belicosa escultura en la Frauenkirche de Munich, Alemania.

Frauenkirche

(Pentax K10D, SMC-DA 40/2,8)