[TV] Cosas de series; batiburrillo de cosas asiáticas

Televisión

Se me han acumulado en pocos días un montón de series y otras producciones televisivas a comentar. Y no sabía muy bien en qué orden y como organizarlas. Antes de seguir tomando otras decisiones, he decidido quitarme de encima esta semana lo que tenía pendiente procedente de Asia. Algunos ya sabréis que tengo la mala costumbre de engancharme a infames series coreanas… pero hay alguna cosa más.

Con una mezcla de producciones rodadas entre Japón y Corea del Sur, aunque una de ellas sea americana, tenía que elegir por poner fotos de uno de los dos países. He optado por algunas vistas en blanco y negro de Osaka en Japón.

Cuando me suscribí a Netflix, una de las primeras cosas que vi, como curiosidad, fue una serie japonesa que se titulaba Shin’ya shokudō [深夜食堂], también conocida como Midnight Diner, hace ya tres años de eso. Una serie simpática, con episodios de corta duración, sobre un pequeño restaurante nocturno, del tipo de los que se pueden encontrar en Omoide Yokocho en Shinjuku. Aunque sin la invasión de turistas. En cada episodio se desvelan los avatares de alguno de los clientes, y aprendemos a preparar el plato que más le gusta. No tiene muchas pretensiones, es buenrollista y ocasionalmente presenta casos de interés humano. Recientemente pusieron en su catálogo la segunda temporada, que sigue en el mismo tono. Y es igualmente razonablemente recomendable.

Durante un buen montón de semanas, a un ritmo de uno o dos episodios cada una, hemos podido ver, procedente de Corea del Sur, Vagabond [배가본드]. Serie de conspiranoias, servicios secretos, guerras industriales, corrupción política, en la que un especialista de cine y profesor de taekwondo (Seung-gi Lee) se alía con una joven y pardilla agente (Suzy Bae) de los servicios de inteligencia para desentrañar el misterio de un accidente de aviación en el que muere el sobrino del especialista. En dieciséis episodios desarrolla una trama innecesariamente compleja y rebuscada, para dejar un final abierto, tan mal planteado, que no ha contentado a nadie. Tiene momentos muy entretenidos por el camino, y los protagonistas, eso sí, son muy guapos. Desde luego, la chica protagonista, que viene del mundo de las idols del K-pop, es una chica muy muy guapa. Y poco más, aunque quizá con el tiempo pueda actuar de forma más convincente.

También durante varias semanas, a un ritmo de dos por semana, procedente del mismo país asiático, hemos podido ver Dongbaek-kkot pil muryeop [ 백꽃 필 무렵], con el título internacional, o sea, en inglés, When the Camellia Blooms. Compleja, y a la vez simplona, comedia romántica que mezcla los amoríos de una madre soltera muy mona (Hyo-Jin Kong) con un policía local no muy inteligente (Ha-Neul Kang), pero muy buena persona, con diversos dramas familiares, y una trama en torno a un asesino en serie. Desarrollada en veinte episodios, no es que le hayan sobrado los cuatro por encima de los dieciséis habituales… es que lo que cuenta se puede contar en un par de horas. Típico guilty pleasure en el que te das cuenta de que se podría haber hecho un producto razonable, que buena parte de los intérpretes tienen capacidades interpretativas muy por encima de lo que se les pide, pero que no da casi nada de sí por las propias autolimitaciones del formato que se autoimponen los coreanos. No especialmente recomendable.

Y finalmente, en Netflix han estrenado el documental de una hora de duración Enter the Anime. Bajo la premisa de que la directora y presentadora del documental, Alex Burunova, quiere profundizar en un género, la animación japonesa, cuyas características diferenciadoras quiere conocer, vamos conociendo a una serie de productores de animadores, directores y productores nipones, que van contando los distintos estilos de la animación del País del Sol Naciente. Podría estar muy bien, y de hecho no está mal; pero al final te quedas con la impresión de que más que nada es un producto de autopromoción de las series de animación de la cadena.

[Televisión] Cosas de series; lo que nos viene de oriente

Televisión

Una de las ventajas de plataformas de vídeo bajo demanda como Netflix es que están recogiendo producciones procedentes de muchos países del mundo. Hemos visto algún largometraje español, alguna serie británica, una curiosa e interesante distopía juvenil brasileña, intrigas políticas argentinas,… Todo tipo de cosas.

Algunas de las más curiosas surgen en Extremo Oriente. Bien sea como producciones propias o como adquisiciones de películas o series de otras cadenas. Es cierto que en de estos países se abusa de tres géneros, y muchas veces con resultados que no encajan con los gustos fuera de su terreno original: el romántico, el adolescente (variante del anterior en muchas ocasiones) y los dibujos animados más o menos fantásticos. Algún intento hay de navegar por el género histórico… He ido probando alguna cosa, aunque me haya quedado con poco. Se trata de conjugar una serie de factores para que me quede con una serie. Que me guste lo suficiente y me entretenga, que me aporte algo en el conocimiento de la sociedad de la que procede más allá de los tópicos, que no tenga un público objetivo demográficamente tan seleccionado que me resulte absurda su visión,… En el último mes y medio he visto las primeras temporadas de tres series muy distintas procedentes de Extremo Oriente.

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Series sobre la gente corriente en los países del extremo oriente asiático… pues gente corriente en las calles de Tokio.

Un peculiar restaurante nocturno en Tokio

Se puede encontrar como “Midnight Diner: Stories of Tokyo”; el título original en japonés es 深夜食堂 (Shinya Shokudō), que viene a significar algo así como “casa de comidas nocturna”,… creo. En su primera temporada se trata una serie de 10 episodios de corta duración, unos 20 minutos, que se desarrollan en el entorno de un pequeño restaurante económico en el centro de Tokio, donde el restaurante ofrece únicamente un plato en la carta, aunque puede preparar cualquier cosa que le pidan siempre que disponga de los ingredientes. Cada episodio lleva el título de un plato que es el que prefiere el personaje protagonista de ese episodio.

Son pequeñas historias sobre las relaciones humanas. Hay varios que son sobre las relaciones románticas o de pareja. Amores y desamores. Pero también hay relaciones de familia, laborales, de amistad… con protagonistas que van cambiando, aunque hay un grupo de fieles que actua como coro cómico que proporciona un desaogo a los dramas de los personajes centrales de cada entrega.

Sencillo en su producción, sin más pretensiones, es no obstante una serie bien hecha y más que digna en su desarrollo. Y sirve para comprender un poco mejor las escalas de valores de los nipones.

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Cinco estudiantes (o no) en Seul

Desde Corea del Sur, con el título internacional “Hello My Twenties” o “Age of Youth”, nos llega 청춘시대 (Cheongchunsidae). La primera temporada son 12 episodios de casi una hora de duración cada uno que nos llevan a un piso de estudiantes en Seul. Cinco jóvenes entre los 20 y 28 años según dicen, aunque parece que de modo informal los coreanos cuentan los años de forma distinta a los occidentales, y sus edades entre nosotros estaría entre los 19 y los 26 o 27 años. Nuevamente nos encontramos con una de las motivaciones principales para ver estas series, la de conocer un poco más las peculiaridades de la cultura local.

Las cinco jóvenes son estudiantes, aparentemente. Los perfiles son muy distintos. La más joven es una recién llegada de una región rural, que llega despistada y tímida. Las dos siguientes en edad son pizpiretas y alegres, aunque una de ellas está colgada de un novio potencial maltratador, mientras que la otra no consigue atraer a ningún chico a pesar de ser bastante mona. La cuarta es la alta, guapa, con mundo, y en realidad no es estudiante, aunque sus compañeras no lo saben. Y la quinta, la mayor, es una callada joven que se desloma a trabajar pluriempleada para pagarse unos estudios que le cuesta mucho ir sacando a delante.

En el episodio inicial, la joven pizpireta sin novio asegura ser capaz de ver fantasmas, espíritus de fallecidos, y anuncia que hay uno en la entrada del apartamente. Lo que no sabe es que varias de sus compañeras arrastran muertos y misterios en sus vidas… pasados, presentes o potencialmente futuros.

A pesar de esta premisa, la serie no es de fantasia o fenómenos paranormales. Es de relaciones puramente terrestres, en la que se irán destapando los problemas que atenazan a cada una de ellas. Familiares, de violencia de género, sentimientos de culpa, mentiras compulsivas, acoso laboral, prostitución, el difícil acceso al mundo del trabajo… Novios posibles, probables o imposibles. El primer episodio estuvo a punto de echarme para atrás, pensando en que sería una simple serie romanticona. Pero la serie trata temás con más profundidad, como habréis podido ver en la lista anterior. Muchas veces te descolocan, por los giros de la trama,… o porque no asumes o conoces los valores y costumbres de los coreanos. Y cosas que aquí pueden ser normales, allí pueden causar conflicto o se moralmente escandalosas. Y al final coges cariño a las cinco guapas compañeras de piso. Porque eso sí, monas son.

Una curiosidad que me ha merecido la pena.

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La “justicia” de los vencedores

Me sorprendió encontrar en catálogo este título, Tokyo Trial, no por su tema, sino porque del grupo de entidades que la producen, la principal es la televisión pública japonesa. Y trata un tema delicado. De la misma forma que al final de la Segunda Guerra Mundial en Europa se produjeron los juicios de Núremberg para depurar las responsabilidades de los jerarcas alemanes por sus crímenes durante la guerra, en Tokio, bajo el mandato del general MacCarthur, se montó un tribunal internacional para ejercer la misma tarea sobre los jerarcas japoneses.

Estamos pues ante una serie con un reparto internacional, sobre los jueces que formaron este tribunal internacional, en la que se mezclan imágenes rodadas con actores actuales, con las de archivo de la época de los juicios. Unos juicios en los que algunos de los jueces pusieron en duda los fundamentos jurídicos puestos encima de la mesa. De hecho, el punto de vista principal en la serie es el del juez holandés, que al final emitió un voto particular sobre las sentencias. No voy a entrar en un comentario detallado de los dilemas que plantea esta producción de cuatro episodios de tres cuartos de hora de duración. Pero básicamente se centran en torno a la legitimidad de la guerra como medio de ejercer la política exterior de un país, la asimetría entre los países de occidente y oriente, colonizadores y colonos en muchas ocasiones, a la hora de establecer relaciones de influencia y de poder, o el hecho de que potenciales actuaciones de los vencedores no se llevasen a los tribunales a pesar de que estaban revestidas también de mucho sufrimiento y muerte entre poblaciones civiles.

No es una serie para el lucimiento interpretativo, para mostrar las virtudes dramáticas de un guion, o para sacar pecho con las excelencias de una producción. Es una serie para inducir a la reflexión, y que intenta ponerse en una posición, si no equidistante, al menos ecuánime ante los dilemas que se plantean. No está mal.

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