[In memoriam / cine] Maximilian Schell y Philip Seymour Hoffman

Cine

Hoy me parece que voy a tener que hacer un esfuerzo para ir sacando adelante las muchas entradas que tengo pendientes, y que ya ocupan ampliamente los siete días de esta semana, más  o menos. Y es que aunque hoy iba a ser un breve y poco comprometido comentarios sobre el comienzo de cierto campeonato de rugby, la actualidad en el mundo del cine se impone.

Cuando muere alguien del mundo del cine, como Maximilian Schell (1930 – 2014), a una edad avanzada y prácticamente retirado de su actividad profesional, sentimos pena, le dedicamos nuestro recuerdo, volvemos a ver alguna de las películas que interpretó a modo de homenaje, Judgement at Nuremberg (Vencedores y vencidos) serán, y le dedicamos unas palabras, sean escritas como aquí, o en las tertulias con los amigos aficionados también al cine. Pero sentimos también la alegría de haber disfrutado de la vida profesional de una persona que nos ha ofrecido algo que ha hecho de este mundo y de nuestras vidas un mundo mejor, o al menos más llevadero. Nos ha ayudado a vivir esas vidas que por nuestras propias limitaciones no llegaremos a vivir sin la ayuda de la ficción. Podemos celebrar la vida de esa persona. Podemos celebrar que la hemos conocido y disfrutado. Es una despedida melancólico, pero teñida también de un punto de alegría por sentir que ha sido de la que todos hemos podido participar un poco. Y nos queda la esperanza de que se haya reunido con tantos otros en el cielo de las gentes del cine y quienes amamos el séptimo arte, el único cielo que de existir algo más allá de esta vida imagino que puede merecer la pena.

Las vías del tren atraviesan la huerta de Las Fuentes

Unas imágenes crepusculares en torno a una línea ferroviaria me han parecido apropiadas para un final de camino como los que comento hoy.

Pero a veces la realidad del mundo nos golpea de forma inmisericorde. Porque detrás de la parte pública de las vidas de las gentes del cine hay otra parte, privada, en la que no nos metemos, o por lo menos algunos no nos gusta meternos y respetamos en su privacidad, que puede que esas vidas plenas dedicadas a enriquecer la experiencia del colectivo humano se  vean truncadas prematuramente. Como parece que ha sucedido con Philip Seymour Hoffman (1967 – 2014). En los últimos años, la presencia de este intérprete en el reparto de un filme, las más de las veces como secundario, ha bastado para decidir que era la película que había que ver esa semana. Un intérprete de una calidad excepcional, de una madurez actoral como pocas, con una versatilidad que ya quisieran para sí mismos muchas de las vacas sagradas del séptimo arte a las que vemos en muchas ocasiones hacer el memo de forma escandalosa por motivos puramente alimenticios. Hoffman no ha sido un actor guapo, esbelto, fornido. Ni héroe romántico, ni héroe de acción. Muchas veces el hombre corriente. O mejor dicho, de aspecto corriente. Pero que con sus interpretaciones y la excelente selección de sus proyectos nos ha ayudados a diseccionar y comprender mejor al naturaleza humana. Tratándose de una actor de reparto en la mayor parte de las ocasiones, mi primer recuerdo nítido del actor es aquella desasosegante Happiness, que machacaba en su conjunto los mitos sobre las bondades de la vida común y la clase media. Sin embargo, esta carrera que parecía en estos momentos tan prometedora para un futuro brillante se ha visto truncada con sólo 46 años de edad. Porque parece que la riqueza de tu trabajo y la fama a veces no bastan. Y quienes nos suministran a todos unas vidas extras a la que nos ha tocada vivir, necesitan escapar de la suya tirando de jeringuilla. Parece que el consumo de sustancias tóxicas estaría detrás del fallecimiento del actor. Esto sí que nos deja realmente tristes, sin fácil consuelo. Llenos de incomprensión. No sé muy bien qué película tendría que volver para recordar al actor. No Happiness; ya veremos. Pero confío que la entrada al cielo de las gentes del cine no este condicionada por los estúpidos y falsos motivos maniqueos que condicionan la entrada a otros cielos que nos proponen tantos falsos predicadores, y que pueda disfrutar en ese cielo, el único al que me gustaría llegar después de esta vida, de la paz que aquí parece no haber encontrado.

Ocaso

Eso sí, este ocaso esta procesado con un poquito más de energía de lo que estoy acostumbrado, y no sé si me acaba de convencer, aunque esté más a la moda con lo que se lleva por ahí…

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