[Historia / televisión] 37 días para declarar la guerra

Historia, Televisión

Ya he comentado en alguna ocasión con distintos motivos que este año se cumple el 100º aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Con frecuencia eclipsada por la segunda, cuya memoria está mucho más impresa en el imaginario colectivo del mundo actual, fue una guerra atroz por sí misma. Y desde muchos puntos de vista, muy difícil de explicar. Una guerra que a no benefició a nadie en realidad, que produjo una ingente cantidad de muertos y destrucción, y que condicionó el devenir del siglo XX de modos muy negativos.

En mi sección de televisión, ya he comentado un par de producciones británicas que se han estrenado este año para reflexionar sobre el comienzo y la oportunidad de la guerra. Una bajo la forma de documental, sobre el papel de las monarquías en este embrollo, y otra, en forma de documental y debate televisivo, sobre la conveniencia de que el Reino Unido entrase en el conflicto o incluso sobre las “bondades” de una victoria alemana caso que los británicos se hubieran declarado neutrales.

A partir de ahora, a todas aquellas noticias que tengan que ver con este conflicto les dedicaré entradas exclusivas. Creo que puede merecer la pena recordar apropiadamente aquella sinrazón.

Cambio de la guardia a caballo - Londres

Los ingleses se presentan a sí mismos como un pueblo de comerciantes y no de guerreros. Lo cual es contradictorio con su historia reciente con respecto a la Primera Guerra Mundial, repleta de guerras coloniales, no sólo contra los indígenas sino también contra otros colonos. De los primeros campos de concentración para civiles fueron los que montaron en las guerras contra los boers.

En esta ocasión entramos en el terreno de la “ficción”. O más bien del documental teatralizado. Porque la intención de los productores de la miniserie 37 days fue la de ser rigurosos con toda la documentación existente sobre los días que transcurrieron desde que se produjo el asesinato de los archiduques de Austria en Sarajevo hasta que el Reino Unido declaró formalmente la guerra al reich alemán el 4 de agosto de 2014. Pero el formato es el de una serie de ficción basada sobre hechos reales. El punto de vista del hombre corriente, el que luego acabaría sufriendo en las trincheras está representado por dos jóvenes funcionarios, uno trabajando en el Foreign Office británico bajo la dirección Sir Edward Grey (Ian McDiarmid), principal personaje de la historia, y el otro en la cancillería alemana, ocupada en aquel momento por Theobald von Bethmann-Hollweg (Ludger Pistor). Otros personajes importantes son el kaiser alemán Guillermo II (Rainer Sellien), el primer ministro inglés Asquith (Tim Pigott-Smith), el jefe del estado mayor alemán Moltke el joven (Bernhard Schütz), entre otros muchos personajes históricos que van apareciendo.

Palacio de Westminster

En aquella época, temían más una guerra en Irlanda que en el continente. Paradójicamente, la serie está rodada en Irlanda, en la parte que ha sufrido violencias constantes durante el siglo XX como consecuencia de la extraña descolonización de la isla.

El punto central de la miniserie es el conjunto de circunstancias que llevaron a que el Reino Unido, poco deseoso según se presenta en entrar en una guerra continental, acabó por declarar la guerra al Imperio Alemán como consecuencia de la invasión de Bélgica, pequeño país creado tras las guerras napoleónicas, y que mediante un complejo sistema de tratados, tenía garantizada su supervivencia por los grandes potencias, entre las cuales, Prusia (después el Imperio Alemán), el Reino UnidoFrancia. Para llegar a este punto, la serie navega durante tres horas en tres episodios por las complejidades de un período de la historia, poco más de un mes, en el que no faltó la confusión, las informaciones contradictorias, a veces involutariamente, a veces intencionalmente ambiguas, y con intereses muy diversos sobre el resultado final de la crisis que desencadenaron los asesinatos de Sarajevo.

En la serie se pone de manifiesto principalmente, como gran “villano”, la incapacidad política de Guillermo II y el deseo de los militares alemanes de aprovechar el momento en que todavía se siente superiores para establecer un statu quo en Europa favorable a sus intereses, con el miedo en el cuerpo de un fortalecimiento futuro militar tanto de Rusia como de una rencorosa Francia, dolida por la derrota de 1871. Por otro lado, surge una crítica al complejo sistema de alianzas y compromisos generados en los años anteriores, en los que no se midió correctamente el efecto dominó que llevó a la conflagración general a partir de lo que parecía un problema local en los Balcanes, asociado a la decadencia de la monarquía de los Habsburgo.

A pesar de la complejidad argumental asociada al intento de ser fieles a la serie, esta está muy bien realizada y goza de interpretaciones de gran nivel, permitiéndonos comprobar que el “malvado Palpatine” es capaz de ofrecernos otros registros, tan interesantes o más que el que le dio la fama. Por mi parte, no puedo más que sentir una profunda envidia, ya que no me parece que las televisiones españolas sean capaces de semejantes ejercicios de excelencia y rigor televisivo, combinados con la información, la pedagogía y con el entretenimiento de la ficción.

Puerta de Brandemburgo

Eso sí, oficialmente en la serie, los militaristas sólo son los alemanes, dominados por la cultura prusiana. Indudablemente lo eran. Pero no los únicos. Aquella guerra mundial fue una catástrofe colectiva, una sinrazón del autodenominado, con poco motivo, mundo civilizado.