[Fotocomentario] Caminar en la madrugada

Fotografía

Durante un verano de fuertes calores, han sido relativamente numerosas las entradas que he ilustrado con fotografías realizadas los sábados y domingos a horas muy tempranas. Todos los sábados intento caminar un mínimo de dos horas, 11 o 12 kilómetros, si es posible más. Pero cuando el calor aprieta, hay que madrugar para disfrutar de la caminata, evitando el calor. Pero no sólo camino en los días en los que no se trabaja, desde unos cuantos meses, camino en la madrugada todos los días.

Cuando en mayo del año pasado comencé un cambio de hábitos profundo que me ha permitido perder muchos de los kilos de peso que me sobraban y mejorar mi forma física, además de ordenar y disminuir mis comidas, también procuré aumentar el número de kilómetros diarios caminados. Y si a eso sumas lo incómodo que resulta ir en el transporte público urbano con la mascarilla puesta, algo que ya no tiene sentido cuando no existen otras medidas de alejamiento social acompañantes, los incentivos para desplazarme por la ciudad caminando son altas. Por ello, voy y vengo al trabajo caminando. Unos 3800 metros a primera hora de la mañana. Y cuando salgo a primeras horas de la tarde, como aprovecho para hacer compras u otros recados, entre 4000 y 4500 metros. Es decir, aseguro que de lunes a viernes camino alrededor de ocho kilómetros. A 120 pasos el minuto, 100 metros al minuto, son 9600 paso a buen ritmo de seis kilómetros a la hora. Esto es cardiosaludable.

La única cuestión es que, mientras en verano esas madrugadas son agradables, porque todavía no hace calor, pero ya hay luz, y es muy agradable, desde que llegó septiembre son recorridos a primera hora de la mañana que se hacen en la oscuridad. Por lo tanto, ya no puedo detenerme un instante de vez en cuando a realizar una foto aprovechando una composición o unas condiciones de luz que me llaman la atención en un momento dado.

Como sucedía en la primera quincena de agosto, a la que corresponden bastantes de las fotografías del rollo de película fotográfica que comento en En verano también hay días o momentos con luz escasa – Fujifilm GS645S Wide 60 con Kodak Portra 400.

[Arte y salud] 34 ºC

Arte, Cultura

Desde hace unos años, los primeros domingos de mes, cuando los museos municipales son gratis, teníamos la costumbre de visitar uno de ellos por la mañana y luego tomar un aperitivo antes de volver a casa a comer. Eventualmente, algún pequeño grupo de amigos comíamos fuera. Bien porque el aperitivo contenía una suficiente cantidad de picoteo, que hacía innecesaria una comida formal al mediodía, bien porque nos buscábamos algún sitio tranquilo para comer mientras conversábamos.

La última vez que lo hicimos fue el domingo 1 de marzo, día en el que, como teníamos visitantes de fuera de la ciudad con niños, escogimos el Museo del Fuego y los Bomberos, también aquí. Pero no habíamos vuelto. Primero por el confinamiento impuesto por la epidemia de covid-19. Luego,… porque no hemos vuelto a coincidir en la posibilidad de retomar nuestras agradables rutinas del pasado. Una pena.

Ayer me di una buena caminata en compañía de una buena amiga. Como hice fotos, ya os contaré. Pero a lo tonto modorro, caminamos durante más de 18 kilometros, según he calculado en Google Maps. Así que hoy me lo iba a tomar con tranquilidad. No obstante, no quería apoltronarme en casa. Así que he pensado en bajar al Museo Pablo Gargallo, que abre los domingos a las 10 de la mañana. Bajando pronto, caminando, sin calor, te evitas el encontrarte mucha gente. En los domingo de entrada gratis, solía acudir bastante gente, pero para mí es una incertidumbre lo que hace esa gente ahora. Y el museo ha establecido un límite en el tercio del aforo habitual autorizado. Así que yendo pronto, para llegar poco después de la hora de apertura, suponía que no tendría ningún problema de acceso.

Efectivamente. He llegado poco antes de las diez y cuarto de la mañana. Y aunque las terrazas cercanas estaban muy concurridas de gente desayunando, en el museo, sin contarme a mí, he visto a cuatro empleadas municipales y una visitante. Nada más. Al llegar, una de las empleadas se ha acercado con una «pistola»… que he supuesto era un termómetro. Me ha sorprendido esta práctica como control de acceso de personas infectadas; yo la suponía totalmente desacreditada. Pero parece que está en vigor en las instalaciones municipales. Con un tono cordial, he supuesto que con una sonrisa por la expresión de los ojos, por la mascarilla no veía el gesto en la boca del a empleada, me ha dicho: «34 ºC». He tenido que contenerme para no echarme a reír. Le hecho un comentario sobre la inutilidad de la medida, aunque sin extenderme mucho; aunque también le hecho comprender que ella estaba haciendo el trabajo que le habían encomendado y mi respeto hacia ella.

Si realmente mi temperatura corporal hubiese sido en ese momento 34 ºC… hubiera significado que estaba en hipotermia. No grave. Pero probablemente con síntomas. Torpeza al hablar, escalofrío, cierta descoordinación en los movimientos. La realidad, supongo, es que mi temperatura corporal real estaría en algún punto algo por encima de los 36 ºC. Como venía de la calle, mi piel se encontraba refrescada por el viento fresco que soplaba a esas horas de la mañana. Como he bajado caminando a un ritmo garboso, una fina película de sudor cubría alguna partes de mi cuerpo, y al evaporarse, colaboraba a bajar más la temperatura de mi piel. Con un cierto impacto en mi temperatura corporal, lo cierto es que el paseo ha sido muy agradable, pero ni de lejos para llegar a la temperatura que la empleada municipal ha encontrado tan satisfactoria.

Vamos al mundo real. Si un enfermo de covid-19 está enfermo con fiebre… no tiene ganas para ir a visitar un museo. Nada le obliga y no va. Y si es asintomático, no tiene fiebre y la medida de control es absurda. Además, si suponemos esa diferencia de dos grados entre la temperatura interna de la persona y la de la piel de la frente… una persona con 38,5 ºC podría dar en la «pistola» sólo 36,5 ºC. Y si en lugar de ser un acto de ocio, fuese una obligación… pues es conocido que en los viajes a Asia, cuando se sabe que hay controles de temperatura en el aeropuerto, los viajeros experimentados se toman su comprimido de paracetamol o ibuprofeno 30 o 45 minutos antes del aterrizaje. Incluso lo ofrecen a otros viajeros, para evitar problemas a todos si uno sólo de ellos da una temperatura alta.

Como digo, una medida, la de tomar la temperatura con una de estas «pistolitas», que yo daba por totalmente desacreditada. Lo que no han hecho, algo que sí es una medida adecuada, es ofrecerme un gel o líquido hidroalcohólico para higienizar las manos. Y recordarme evitar tocar nada o acercarme a otros visitantes. Esas medidas sí que son correctas. Como no estábamos más que dos visitante, educados, que no hemos tocado nada… poco problema. Yo he disfrutado, como de costumbre, porque es un museo que me gusta mucho, de la cultura que hoy primer domingo de agosto me ofrece gratuitamente el ayuntamiento de Zaragoza. Y eso está muy bien.

En la plaza de San Felipe y adyacentes se pueden ver fotografías de la iniciativa #desdemibalcón de PhotoEspaña 2020.