Para finalizar, un paseo por alguna ciudad francófona; Friburgo y Neuchâtel

Viajes

Ayer fue el último día del viaje. Por la mañana me despedí en la estación de Berna de mis compañeros de andanzas. Mientras ellos cogían un Cisalpino con destino al otro lado de los Alpes, yo pillaba un tren hacía Friburgo. Una mona ciudad situada a media hora de Berna, y donde para variar, se habla mayoritariamente francés. Mucho más cómodo para mí, la verdad, el hablar a la gente en su idioma natal, y no depender los dos de un tercer idioma, aunque sea uno tan extendido como el del imperio, el inglés. La ciudad vieja, situada en un recodo del río Sarine, es realmente bonita y muy agradable para pasear.

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Una estatua llorosa me recibe nada más bajar del tren en Frinburgo.

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En la catedral de Friburgo encontramos en las cristaleras las escenas de sado-maso que tanto gustan a los católicos.

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La calle de las esposas fieles y los maridos modélicos... dime de lo que presumes y te diré de qué careces.

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Como algunos ya sabíamos, aunque en España se ignora bastante, el Camino de Santiago es algo que se extiende por todo el continente y no sólo entre Roncesvalles y Santiago.

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Recoleta la ciudad antigua de Friburgo, ¿verdad?

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Y para finalizar la visita a Friburgo, un funicular que nos sube hasta la estación.

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Una como ésta está en el museo del transporte de Lucerna; aquí están en exposición en la estación de Friburgo, pero pintadas de rojo en vez de verde.

Tras pasar la mañana en Friburgo, cogí un tren hacia Neuchâtel, también perteneciente a la Suiza francófona. También una ciudad muy mona, situada junto a un gran lago, aunque el paseo por su orilla me tocó bajo un nublado y un vientecillo fresco. Pero previamente había paseado por su bonito y colorido casco antiguo, y había subido al conjunto formado por el castillo, actualmente sede del gobierno cantonal, y una colegiata aneja.

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Unos pasean, otros leen, en las tranquilas calles de Neuchâtel.

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El castillo de Neuchâtel, sede del gobierno cantonal.

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Altar mayor de la colegiata de Neuchâtel.

Hacia las cinco de la tarde cogí un tren de vuelta a Berna, había que hacer alguna compra de última hora, y si el tiempo no lo impedía dar una última vuelta por Berna, por algunos de los lugares que en la primera visita nos pillaron con lluvia y que ahora podían estar soleado.

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El oso, emblema de la ciudad de Berna, lo podemos encontrar hasta en el azud del río Aare.

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En el mismo lugar donde en ese momento tomaban el sol los adolescentes, días atrás caía el diluvio.

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Y antes de irme, un paseo entre las policromadas fuentes bernesas.

Y ya, a las nueve de la noche, tren de vuelta. Pero eso ya es otra historia… y será contada en otra ocasión.

Dejamos la montaña, y nos vamos a la capital, o así, a Berna quiero decir

Viajes

Ayer por la noche, aún hubo alguna cosa interesante antes de cenar, paseando por Zermatt. La primera es que, oh sorpresa, el Cervino mostró por un instante su cumbre soleada por el sol del atardecer. No me pillo con la mejor cámara para inmortalizar el suceso, pero algo es algo. Después  visité el cementerio de los alpinistas muertos en las montañas de los alrededores.  Jo, qué cantidad de ingleses la han palmado por aquí. Y finalmente, después de cenar, me encontré con un coro de estos que hacen gorgoritos tipo tirolés. Pero sin el gorro con la pluma.

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La cima soleada del Cervino asoma entre jirones de nubes.

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Tumbas de los alpinistas muertos subiendo o bajando las cimas de los Alpes en los alrededores de Zermatt.

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Pues cantaban bien los veteranos miembros de este coro.

Hoy ya he cogido el tren de vuelta a Berna, la presunta capital del país. Digo presunta porque aquí no se toman muy en serio estas cosas. Esque estan muy descentralizados, ellos. Y sin que pase nada, oiga. La principal atracción es el conjunto de calles formado por la Marktgasse y sus continuaciones por ambos extremos. Tiene un par de torres con sus relojes y esas cosas, y hay un montón de estatuas policromadas con diversos motivos que alegran el ambiente. Es peligrosa, te puede atropellar un autobús, o un trolebús, o el tranvía, o te puedes caer a una zanja con agua. ¡Y eso que son peatonales!

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Un amenazador tranvía enfila por la Marktgasse de Berna.

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Si no mueres atropellado, caes en alguna zanja.

También hemos visto que en las paredes de las casas hay todo tipo de cosas entretenidas. Desde marcianos de videojuegos a señoritas que leen atentamente en posiciones que a nosotros no nos han parecido del todo recomendables. ¡Y encima fumando!

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¡Un marcianito! ¡De los de antaño! Bip, bip, bip...

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No creáis, no, que no estaba a ras de suelo; igual era un tercero o un cuarto piso.

Después, hemos subido a la rosaleda, donde además de rosas, que no parecen rosas en ocasiones, hemos contemplado las vistas del casco antiguo de Berna que se encuentra en un meandro del río Aare. Mientras, se empezaba a organizar una buena tormenta. ¿Caería?

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Dicen que esta flor de la rosaleda de Berna es una rosa; pues bueno, es bonita.

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Un amor con vistas... a Berna; y con nubarrones en el horizonte.

Pues sí. Y de lo lindo. Esto nos ha tenido un rato entretenidos buscando donde guarecernos. Menos mal que Berna está lleno de calles porticadas. Estos suizos, que lo tienen todo previsto. Hasta las tormentas. En una de estas, hemos caído junto a un escaparate, donde había un objeto del deseo.

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Los porticos de la Jurgensgasse con sus cucas tiendas.

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Un grupo de turistas prepara sus paraguas para defenderse de la lluvia.

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La lluvia es demasiado fuerte, y las calles y plazas se quedan vacías.

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Una Olympus E-P1, recién salida; en España no se ven. Detrás una Leica... que en realidad es igual que la cámara que ha hecho la foto, pero en pijo.

Una vez finalizada, a salido un ratito el sol, por lo que hemos vuelto a dar otra vueltecica, antes de cenar algo e irnos al hotel. A descansar un rato. Por cierto, que estamos en la última planta… ¡y hace calor!

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Tras la tempestad viene la calma, y se aprecian mejor los policromados de las figuras en las calles de Berna.