Todo el mundo alaba la belleza de las fotografías otoñales y de sus colores. Generalmente refiriéndose a los colores de las hojas de los árboles caducifolios con sus tonos ocres. Con una variedad entre los amarillos y ocres amarillo y los rojos y ocres rojos, son fotografías que gustan mucho. Y que en nuestras latitudes, con nuestra flora y con nuestras condiciones climáticas son raras. Muy raras. Lo cierto es que, en la mayor parte de los valles del sur de Europa, los árboles caducifolios no llegan a alcanzar esa riqueza cromática propia de los bosques de latitudes más frías, o en las montañas. En Zaragoza, no es infrecuente que a lo que las hojas verdes empiecen a amarillear, el tiempo empeore, llegue alguna borrasca con abundante cierzo, el viento del noroeste dominante, y caigan. Del verde al suelo sin apenas transición por esa famosa gama de colores ocres. Y con lo benignos que están siendo los otoños últimamente,… esta mañana, desde mi puesto de trabajo, veía los plátanos de sombra del hospital psiquiátrico al otro lado de la avenida, y estaban todavía con hojas, aunque ciertamente ocres. Y paseando recientemente por el Ebro, aun había árboles, a principios de enero, con hojas verdes.
Pero los colores del otoño no son sólo los de las hojas de los árboles. Son los de los atardeceres, más prolongados, con una luz suave y matizada que dura más tiempo, con la luz del sol poniente reflejándose sobre la parte inferior de las nubes con mayor o menor intensidad, luz que a su vez es reenviada al paisaje que adquiere unos tonos agradables. Si a eso sumas esas temperaturas más benignas, es el tiempo ideal para hacer fotos. Como las del rollo de película negativa en color que comento en Paisaje en naturaleza urbana con teleobjetivo – Canon EOS 3 con EF 70-210 mm f3.5-4.5 USM y Fujifilm 200, y del que traigo aquí unos ejemplos. Además, como el atardecer sucede mucho antes que en verano, aun te da tiempo a volver a casa, cambiarte y salir a disfrutar de la velada del sábado con los amigos. En verano, o una cosa o la otra. Las dos… difícil. Así que ya sabéis. En otoño, los sábados por la tarde, sacudiros la pereza y la modorra y salid a disfrutar del paisaje. Incluso del urbano.
Me gusta pasear la ciudad. Elegir, aproximadamente, sin compromisos, un poco a lo flâneur un zona por donde ir, y ver la ciudad con distintas luces, en distintos momentos días, con distinto paisaje humano. Y llevar conmigo siempre una cámara fotográfica que me permita reflejar en imágenes el ambiente del momento y el lugar. Es también un buen ejercicio fotográfico. Un buen entrenamiento para «mantenerse en forma» cuando los motivos a fotografiar sean menos cotidianos, más especiales, y queramos, necesitemos que las fotos «salgan bien».
Pero no siempre me apetece llevar una de las cámaras más versátiles y capaces. Porque generalmente son más grandes, pesadas, conspicuas… o, simplemente, interfieran con los pensamientos que me acompañan en los paseo. Por eso sigo aficionado a las cámaras compactas, de buena calidad, que pueden pasear conmigo en el bolsillo del chaquetón, o en un pequeño bolso colgado en bandolera. Y hacer fotos cuando venga bien. Como estas que hice a principios de noviembre del año pasado. Si queréis saber más de las cuestiones técnicas, podéis visitar Sensibilidad media en cámara compacta – Olympus mju-II con Lomography Color Negative 100.
Como viene sucediendo en los últimos años, la fotografía con película fotográfica tradicional es un componente importante, esencial diría yo, en la práctica de mi afición a la fotografía. Recientemente he procedido a renovar, dentro de mis ciclos de aproximadamente seis años de duración, una parte de mi equipo fotográfico digital, y ponerse con las pejigueras de las n-cientas opciones de los menús de configuración de la máquina es una pesadez. Hasta que dejas a punto la cámara… es desesperante. Y eso que son cámaras excelentes. Con una cámara para película tradicional, especialmente las de cierta época y ergonomía, el ponerse a hacer fotos como si la hubieras tenido es inmediato. E inmediatamente te centras en la foto, y no en el chisme. Por mucho que pueda ser un placer utilizarlo. Estos días he estado haciendo algunas fotos con la veterana Leica CL y su Summicron-C 40 mm f2 y, aunque no he revelado todavía el rollo, la concentración que aplicas a la foto es mucho mayor, porque la cámara no se interpone en el proceso. ¡Qué pocas cosas necesitamos para ser felices al hacer una foto!
Dentro de unos días me contradeciré, cuando comente mi emergente afición a la fotografía de aves… pero bueno. El año fotográfico en lo que se refiere a la película tradicional se caracteriza, por lo menos para mí, en que han aparecido en que como respuesta a la reducción de oferta disponible de película para negativos en color, y su monopolio casi absoluto por Kodak, cuyas películas se venden bajo su marca y bajo muchas otras, han aparecido iniciativas para aumentar la diversidad. En Alemania, en el Reino Unido, con esfuerzos para desarrollar nuevas emulsiones, o para fabricar algunas viejunas. Y también la iniciativa de diversas gentes por el mundo para reenvasar en carretes estándar de 35 mm las largas bobinas de película cinematográfica o técnica, más o menos modificadas, más o menos intacta. Y yo he probado en diversas ocasiones estas iniciativas, con distinto grado de éxito.
Y por supuesto, como podéis ver entre los párrafos anteriores, no he descuidado la fotografía instantánea, tanto en su versión Polaroid como en su versión Fujifilm Instax. Con un veredicto claro. La Instax es una película muy superior, pero sus cámaras son una porquería, mientras que Polaroid tiene una pelicula que es una mierda, pero que luce mucho mejor porque tiene mayores dimensiones. Ya lo dice el saber popular, «ande o no ande que sea burra grande».
Antes de hacer un rapaso mes a mes del año os recordaré que mi actividad en fotografía instantánea la podéis encontrar en @carlos.carreter.instant, y que el resto de actividad fotográfica con película tradicional está en @carlosenplata. Y que suelo comentar mis experiencias fotográficas, tanto las exitosas como los fracasos en El viaje fotográfico de Carlos.
Enero – La película Lomography Potsdam Kino 100 es una de las películas en blanco y negro que más uso. Esta película, que en realidad es una Orwo UN54, película cinematográfica ISO 100, reenvasada por Lomography, no es la mejor del mercado, pero tiene un rendimiento tonal con el que me siento muy cómodo. Cámara, Leica M6 con Summicron-C 40 mm f2.Febrero – A finales de 2022 me hice con un par de rollos de Cinestill 50D, otra película reenvasada, procedente de las películas cinematográficas de Eastman Kodak. Me apetecía una película negativa en color de grano muy fino; pero los halos rojizos como consecuencia de la falta de capa antihalo me molestan con cierta frecuencia. Cámara, Leica M6 con Elmar-C 90 mm f2.8.Marzo – Una de las grandes alegrías del año fue recuperar la Plaubel Makina 67, la bonita cámara japonesa con óptica Nikon para formato medio de 6×7. Película, Lomography Color Negative 800.Abril – A finales de abril suelo celebrar el Día Mundial de la Fotografía Estenopeica (Woldwide Pinhole Photography Day). Este años con una Holga PWC 120 y un rollo de Ilford Delta 400.Mayo – Otro rollo de Ilford Delta 400 para paisaje del entorno suburbano de Zaragoza, con la Plaubel Makina 67.Junio – La Orwo Wolfen NC500 es una de las alternativas al imperio de Kodak en la película negativa en color. Mucho grano, baja saturación y colores fríos. Poca nitidez, a pesar de usar el muy nítido Canon EF 40 mm f2.8 STM con aperturas medias sobre la Canon EOS 650. También se vende como Lomochrome Color ’92, que probé en el mes de julio con la Canon EOS 650 calzada con el EF 85 mm f1.8 USM, como podéis ver en el encabezado.Julio – Intento de recuperar una Canon Autoboy TELE QD que me remitieron desde Francia por no usar. Abandonada durante más de 20 años. Tenía la esperanza de que fuera bien, por aprovechar un decente objetivo 40 mm f2.8, transformable en 70 mm f4.9, aunque esto me interesase menos, por la avería de mi Leica Minilux. Pero la cámara está tocada y funciona de forma irregular. Al menos, a final de año recuperé la Mininlux. Película, Kodak Ektar 100.Agosto – La Adox Color Mission es una de las películas en desarrollo, y cuyas versiones «beta» son comercializadas para financiar el desarrollo de una versión definitiva de emulsión para negativos en color. He usado ya varios rollos en los dos últimos años, y en determinadas circunstancias lo paso bien con ella. Pero muy inmadura todavía. Cámara, Minox 35 GT-E.Septiembre – Algo que generó ilusión entre los aficionados a la película fotográfica fue que Kodak decidió comercializar la Kodak Gold 200 en formato 120. Lo cual me parece muy bien, aunque hubiese preferido, por mayor polivalencia, la Ultra Max 400. El grano se nota menos en formato medio. Cámara, Fujifilm GS645S Wide 60.Octubre – Unos tipos de Valencia empezaron a comercializar hacia el mes de septiembre la Kodak Aerocolor IV, película técnica para fotografía aérea con sensibilidad nominal ISO 125, que se fabrica en bobinas o rollos por metros, reenvasada bajo la marca 1Hundred Film. Me lo pasé bien con ella en un paseo fotográfico usando la Leica M6 calzada con el Zeiss Planar 50 mm f2 ZMNoviembre – Había usado previamente las películas Lomography para negativos en color, pero nunca la Lomography Color Negative 100. Así que le di una oportunidad. Y la saqué a pasear montada en la Olympus mju-II. Dicen que es una Kodak Color Plus 200. No sé… dicen. No va mal para un uso general con buena luz.Diciembre – Uno de los acontecimientos del año fue el anuncio de Harman de una película negativa en color. Son los fabricantes de las prestigiadas películas Ilford en blanco y negro. Pero por temas de derechos de marca, no pueden llamar a sus productos en color «Ilford» y por ello la venderán como «Harman». La Harman Phoenix 200 es una versión «beta», en desarrollo, comercializada para financiar ulteriores desarrollos, como la Color Mission. Muy contrastada, con poca latitud, con grano como pelotas de nivea, y no demasiado nítida. Les queda mucho por hacer. En Barcelona, con Canon EOS 650 y Tamron 35 mm f1.8.
Es la última entrada de viajes en el día de los que he realizado últimamente. Y probablemente del año, aunque vete tú a saber si me escapo a algún sitio estos días que tengo fiesta. Ya veremos, que dijo un ciego a otro ciego. En cualquier caso, en Calatayud, a principio de mes, como ya os conté, pero esta vez con película fotográfica. Las cuestiones de técnica fotográfica de las fotos las tenéis en En Calatayud con un película de siempre – Leica M6 con Kodak Ultra Max 400. Aquí os dejo algunas fotos.
La pena es que fuimos al Salón del Cómic demasiado pronto, y sólo encontramos una cosplayer para pedirle que posara. Los que se disfrazan en estas cosas no madrugan. Y suelen estar por la tarde. Pero por la tarde teníamos otros compromisos. Y además es un agobio de gente. Así que esto es lo que hay. Por lo demás, lo pasamos bien.
Pongámonos un poco irónicos. Hasta los años finales del siglo XX, el formato de negativo fotográfico de 24 x 36 mm era denominado por algunos sectores de la industria fotográfica como «estándar», por ser el más común, aunque había una gran variedad de estándares según el tamaño de la película y del negativo. Pero también fue llamado por muchos formato pequeño o miniatura. Realmente, mucho más pequeño los del formato medio (6 x 4,5 cm, 6 x 6 cm, 6 x 9 cm, entre otros), y no digamos si lo comparamos con el formato grande (12.7 x 10 cm, 18 x 13 cm, 25 x 20 cm y más). Pero como había también formatos más pequeños, estos fueron llamados en muchas ocasiones formatos subminiatura (más pequeños que el miniatura). Pensemos en los 17 x 13 mm que ofrecían las cámaras para cartuchos de formato 110, o los 11 x 8 mm de las cámaras espías de Minox y sus copias. Y gozó de cierta popularidad el llamado «medio formato» (en inglés half frame, que sería la mitad del encuadre; no confundir con el medium format, que sería el formato medio, mencionado ya, mucho más grande). Tenía la ventaja de que usaba la misma película de 35 mm, en los mismos carretes, que el formato más popular, pero era la mitad de tamaño (un poquito menos en realidad, 17 x 24 mm), por lo que hacías el doble de fotos con el mismo carrete. Eso sí, con una pérdida de calidad, poco apreciable en los tamaños de copia fotográfica habituales. Una de estás cámara me la llevé en las recientes excursiones al Parque Geológico de Aliaga, a Calatayud y a Barcelona, de las que ya os hablé hace unos días.
En varias ocasiones me han preguntado, especialmente personas que visitan mi Instagram dedicado a la fotografía con película fotográfica tradicional, por qué repito con frecuencia la visita a los mismos lugares. La mayor parte de las fotografías que aparecen en esa cuenta proceden de lo cotidiano. Ir de un lado a otro de la ciudad. Bien porque paseas, porque disfrutas de tu ocio haciendo ejercicio, y de paso, también, ejercitando la afición fotográfica, bien porque siempre conviene llevar una cámara encima, un bloc de notas fotográfico, cuando te desplazas para ir a trabajar, para ir a comprar… para lo que sea. Y es cierto. Son lugares cotidianos. Mil veces visitados. Y mil veces fotografiados. Es lo que hay.
No soy el único aficionado al a fotografía/fotógrafo que tiene esa costumbre de volver una y otra vez sobre los mismos temas. Muchos fotógrafos, más sabios, hábiles y expresivos que yo, lo recomiendan también. Las fotografías que acompañan esta entrada, por ejemplo, sobre las que hablo desde un punto de vista técnico en Paisaje urbano con colores poco saturados – Minox 35 GT-E con Orwo Wolfen NC500. Cuando terminan mis vacaciones de principios de otoño, a partir de la tercera semana de otoño, visitó estos lugares, donde normalmente encuentro escenas y colores que se adecúan muy bien al ambiente otoñal.
Conocemos el (hasta cierto punto) mito de los colores del otoño. Y le llamo mito, porque esos majestuosos paisajes de colores rojizos y ocres no son propios de estas latitudes. Estas latitudes austeras, áridas, presentan especies de árboles de hoja caduca que amarillean, pero pocas veces llegan a mostrar sus hojas ocres o con rojos profundos. Aunque ahora veo por la ventana unos plátanos de sombra con unos bonitos tonos ocres profundos. Con esas hojas amarillentas, propias de chopos, olmos, algún álamo… cuando llega el cierzo, con sus primeras ráfagas fuertes, las tira al suelo, y adiós a los colores del otoño. En las montañas, puede. Pero en el valle… pues no tanto. Pero no dejo de explorar el paisaje. Urbano, las más de las veces. Con distintos medios, digital o película fotográfica, de colores saturados, vivos, o matizados, tenues, como en esta ocasión. Porque es la forma de entender el paisaje. Porque es la forma en que, cuando llegue ante nosotros esos paisajes majestuosos que todos imaginamos y deseamos visitar, sepamos qué hacer con ellos. Fotográficamente hablando, claro. En otros aspectos, lo mejor qué podemos hacer con ellos es dejarlos como están. No intervenir y estropearos, aunque el impacto del ser humano sobre el paisaje sea inevitable, en mayor o menor medida.
A mediados de octubre, más bien hacia finales, AFZ Fotógrafos de Zaragoza convocó un paseo fotográfico por la zona del antiguo recinto de la Expo 2008, la exposición internacional que tantas ilusiones despertó en la ciudad de Zaragoza, pero que vino seguida de una resaca áspera por la crisis financiera y la recesión que apareció coincidentemente. Las fotografías sobre película tradicional que hice en ese paseo las comentó en Un paseo fotográfico con película – Leica M6 con 1Hundred Film. Y algunas de ellas las podéis ver aquí.
Pasar por la ribera del Ebro atravesando el recinto de la exposición internacional es algo bastante agradable. Me gusta hacerlo de vez en cuando. Es cierto que no lo tengo precisamente cerca de casa… pero bueno. De vez en cuando cojo el autobús de la línea 23, bajo en uno u otro extremo del puente de la Almozara, y camino hasta el puente del Tercer Milenio o, si tengo tiempo, llego hasta allí y luego vuelvo hacia atrás hasta alguna otra parada de la misma línea de autobús que me deja en casa. Muy agradable.
El problema es que comprobar la cantidad de edificios de aquel magno evento que siguen vacíos, desocupados. Muchos de ellos los llamados «cacahuetes», por su perfil vistos desde arriba. O la mole inútil de la Torre del Agua, por ejemplo, pensada para albergar una única escultura que a mí nunca me gustó. Me pone triste. Qué poca planificación práctica,… o qué mala es,… o qué mal se ajustan las expectativas de futuro,… o qué poco les importa a los que toman las decisiones. En fin… dejémoslo ahí. Y aun habría alguna otra cosa que me pondría más triste en este «magno» espacio.
A lo largo de la vida conoces gentes, te llevas bien (o no) con estas gentes, cultivas amistades… pero luego, sigues caminos divergentes y dejas de verte. Eventualmente, recuperas algunas de estas amistades. Bueno… no es que las recuperes. No las perdiste. Simplemente quedaron en pausa, y en un momento dado, con alguna excusa, o por algún evento, vuelven a ponerse en marcha. También hay gente a la que pierdes definitivamente. Por la distancia física. O lo que es peor, por un distanciamiento emocional, o en los valores que en un momento creísteis tener en común. Y que tal vez no existieron.
Pero no es el caso que nos ocupa hoy. Las fotos que os muestro hoy fueron la excusa para volver a retomar la amistad con una persona a la que conozco desde hace más de tres décadas. Una buena persona. Sobre las fotos, podéis saber más en Paisaje industrial en formato medio – Plaubel Makina 67 con Lomography Potsdam Kino 100. Mientras tanto, con este buen amigo, intentaremos no volver a perder el contacto como ha sucedido en los últimos 12 años. Más, teniendo una afición en común que nos une, aparte de otras cosas, que todavía nos unen más.
Por otro lado, cuando hicimos la foto de los tres cilindros blancos con el paso de peatones en el primer plano, se nos acercó un individuo aplaudiéndonos. Asumió sin más preguntas que estábamos fotografiando los grafitis con el fin de denunciarlos a la «autoridad competente», que de ese modo castigaría duramente a los perpetradores de los grafitis. Nos miramos mutuamente mi amigo y yo, le deseamos un buen día, y nos alejamos discretamente del lugar sin aclarar nuestras verdaderas intenciones… que seguro que no hubiera entendido. Las de hacer fotos por el gusto de hacer fotos.