[Cine] Öndög (El huevo del dinosaurio) (2019)

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Öndög (2019; 13/20200218)

En idioma mongol, uno de esos idiomas o familia de idiomas que nos parece remoto, y desde luego totalmente inescrutable, pero que luego resulta que hablan un buen puñado de gente, muchos más de los que creemos, öndög significa huevo. Sin dinosaurio. Lo del lagarto terrible es un añadido de la distribuidora porque los del huevo no les parecería comercial. Que conste que sale un huevo de dinosaurio. Fósil. Claro.

No he visitado Mongolia. Me gustaría. Tal vez saliendo desde Moscú, primero en el Transiberiano, hasta “poco” después de Irkutsk, y luego en el Transmongoliano hasta Ulán Bator, o quizá algo más allá. En fin… tierras elevadas, escasamente pobladas, frías en invierno y cálientes en verano, esteparias en ocasiones, y con dinosaurios… visite Teruel.

Hace unos meses, me dio por comentar aquí y allá, entre la familia, entre las compañeras de trabajo, entre diversos grupos de amigos, que había visto una película surcoreana en el cine que estaba muy bien. No la obra maestra que algunos dicen ahora ver, pero que realmente estaba muy bien. Se me quedaba la cara de haba viendo las caras de pena con las que me miraban pensando algo así como “pobre chico, no tendrá mejores cosas que hacer que ver una película coreana…” Ahora, muchos de esos, se han hecho expertos en cine coreano después de ver aquella película, porque en Hollywood le han dado un premio. Y me siguen mirando con cara de pena cuando les digo, lo que decía hace unos meses, que está muy bien, pero no que no me parece una obra maestra. Que en algunos puntos se le ven las costuras. Claro que es “una obra maestra”. Si la han visto todos, en un alarde de intelectualismo cinematográfico… siendo coreana,… cómo no va a ser “una obra maestra”. Entonces a mí se me ocurre decir que un año antes se pudo ver una película japonesa que discutía las consecuencias de la sociedad capitalista en determinados sectores de la sociedad a la vez que reflexionaba sobre el significado del concepto de familia, que estaba mejor. Y entonces, sus miradas de pena se dirigen hacia el teléfono, tentados de llamar a las urgencias de salud mental. Pero qué dice este… qué habla de una película japonesa. Si la buena es coreana.

Pues ahora imagino si cuento en voz alta que me he ido a ver, sin que nadie me obligue, una película mongola, dirigida por el chino Wang Quanan. Ya partimos de un hecho. En castellano, “mongol” suele ser usado más como insulto que como gentilicio. Aunque curiosamente, es el único gentilicio que recuerdo que rima con “español”. Cosas extrañas de nuestro idioma. Luego viene el tema de los “listos”. Y si son de internet, más “listos” todavía, que se entusiasman diciendo que es el “fargo” mongol. Sí, Fargo, como la de los hermanos Coen. Es que sale una pradera inabarcable, hace frío y hay un crimen. Hasta ahí, el parecido. No hay nieve. La protagonista no es policía. El crimen no supone ningún misterio ni importa un rábano. Lo que realmente es… pues es una película de amor y desamor, de crecimiento personal, y de mujeres… lo siento, voy a decir la palabra,… empoderadas. Aunque no bajo los cánones y los clichés del mundo occidental.

No os voy a resumir el argumento. Si os queréis enterar, os vais a verla. Que merece la pena. Que nadie se acordará del nombre de sus intérpretes, pero lo hacen también como los que sirven para vender entradas de cine o ropa del Corte Inglés. O mejor. Y está bellamente rodada. Aunque lo tengo que reconocer, el conjunto… me dejó un poco frío al final. Aun así, me parece muy recomendable. Eso sí, si no queréis que os miren con cara de pena, luego no contéis que la habéis visto. Salvo que le den un premio en forma de eunuco dorado. Entonces sí. Ya pasaréis a ser respetables.

Valoración

  • Dirección: ****
  • Interpretación: ****
  • Valoración subjetiva: ***

[Recomendaciones fotográficas] Un variado en unos tiempo de poca atención

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Que últimamente estoy muy liado y tengo mi cabeza muy dispersa, o muy concentrada en cosas que no son las que realmente me importan, se nota en muchas cosas. Que no me concentro en la lectura. Que veo menos series, o no me centro mucho en si mi interesan o no. Que hace 10 días que tengo un carrete para revelar y no encuentro tiempo para ello, incluso si ayer me pasé la mañana echando una mano en el revelado de carretes de otros. Que no encontramos un momento para suspender “oficialmente” nuestro programado viaje a China, no por miedo al coronavirus, sino por miedo a las restricciones de movimientos que se les ocurran a las autoridades chinas. Y porque no consigo hacer selecciones semanales de recomendaciones fotográficas tan coherentes como antes. Pero bueno, algo hay…

Otro signo de que voy poco centrado, es que hace ya unos días que tengo este carrete de Kodak ColorPlus 200 expuesto a través de un Carl Zeiss Jena Tessar 50/2,7 DDR y a aún no he encontrado momento para revisarlo a conciencia y comentarlo.

Francesca Woodman es una fotógrafa de la que he hablado en diversas ocasiones. E, independientemente de que esté de moda, lo cierto es que conforme voy entrando en su obra, cada vez me dice más cosas. Quizá por ello he seleccionado un artículo de Feature Shoot que nos habla de las fotografías de la fotógrafa que ayudan a conformar un retrato sobre la artista. Tanto las que ella dejó sobre sí misma, como las que el fotógrafo George Lange, amigo suyo y poseedor de obra de Woodman puede aportar. En un tiempo en el que abundan los autorretratos y retratos banales y vanidosos, resulta refrescante mirar a los años 70 y comprobar que es un género que puede adquirir notable profundidad e introspección.

La última versión de Little Women no ha rascado gran cosa en la temporada de premios. Vestuarios y esas cosas. Y lo cierto es que la película está bastante bien, tiene alguna gran interpretación que ha pasado más desapercibida de lo que sería justo, y lo único que le falta es un poco de atrevimiento de la directora para ser más rompedora y directa en su mensaje. No está mal fotografiada. En Emulsive publicaron hace unos días un artículo sobre el trabajo del fotógrafo Wilson Webb (instagram), fotógrafo de rodaje que, saliéndose de lo habitual, el uso de la fotografía digital, se lleva también sus Hasselblad XPan y Mamiya 7II con una provisión de películas Ilford al rodaje, y ha realizado una serie de retratos del reparto usando la técnica del colodión húmedo, devolviendo a los personajes a la época en la que se basan. Lo cual,… me parece estupendo.

Oscar en fotos siempre es una página interesante, inspiradora y altamente informativa. Y recientemente publicó una galería y minibiografía del fotógrafo fiestero por excelencia, aunque su mirada hacia las fiestas de las clases privilegiadas contengan no poco sentido crítico. Se trata de Larry Fink, y hace mucho tiempo que me gusta.

Y tres recomendaciones menores, pero interesantes:

[Libro] Tokyo Ueno Station

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Oí hablar de este libro hace unas semanas. Escrito en japonés por una zainichi, Yu Miri, una mujer nacida en Japón de nacionalidad coreana, surcoreana, también hay zainichi norcoreanos, muy complejo lo de los coreanos que estaban en Japón al final de la guerra mundial, que es escritora, y que se expresa en sus novelas en japonés. Lo normal si tienes 51 años y por mucho que tengas una nacionalidad llevas toda tu vida viviendo en un país con otro idioma que es el que utilizas todos los días desde que naciste. Supongo.

Fotos recientes, de hace cinco días, del parque Ueno y alrededores. Con muchos de los lugares descritos en la novela que os traigo hoy.

El caso es que leí hablar muy bien de esta novela, que no está publicada en castellano, por lo que me he ido directamente a la versión en inglés, cuya versión en libro electrónico tiene un precio muy asequible.

El protagonista de la novela es Kazu, un hombre japonés, que nació en 1933, el mismo año que el emperador Akihito, en el trono cuando se escribió la novela, ya no es así porque abdicó este mismo año en su hijo. Y que ahora, siendo ya un anciano, vive como una persona sin techo, sin domicilio fijo, en el Parque Ueno, al lado de la populosa estación de ferrocarril del mismo nombre.

La novela es una mezcla de pasajes sobre la vida cotidiana de las personas sin techo en el parque, con las tribulaciones propias de tal modo de vida, con los recuerdos que rememora, a lo largo de su vida. Su infancia, los años de la guerra, su matrimonio y su familia, que vive en la prefectura de Fukushima, su trabajo alejado de esta durante décadas, el nacimiento de su primer hijo, que nació el mismo día que el actual emperador Naruhito, los juegos olímpicos de 1964, las consecuencias para los sin techo de los que se aproximan en 2020, los tiempos de inestabilidad política, los de crisis financiera, las desgracias que suceden en la familia, como pueden suceder en otras, el tsunami de 2011, las circunstancias que le llevan a vivir sin hogar y desarraigado…

Cualquiera que visite este Cuaderno de ruta sabe que soy consumidor habitual de productos de la cultura japonesa, una cultura que me estimula mucho, un país que me fascina, como muestra que esté recién llegado del segundo viaje por el mismo. Y hay que estar muy motivado para chuparse las interminables horas de viaje en avión sobre Siberia. Pero no soy acrítico. Así como hay muchos “japonistas” que todo lo que viene del País del Sol Naciente les parece bien, yo encuentro elementos maravillosos en su cultura mezclados con otros que me producen repelús, estupor y, en algún caso horror. En Japón hay una de las brechas de género de las más amplias de los países desarrollados, probablemente superada sólo por Corea del Sur, y peor que algunas economía no desarrolladas o de países con bajo nivel democrático. Japón es uno de los países con mayor maltrato infantil. Hay fenómenos relacionados con el consumo de cultura que me horripilan en cuanto a la soledad de la gente, o la retorcida expresión de la sexualidad en la sociedad japonesa. Y bueno… otros aspectos que no sabría expresar muy bien aunque haya leído sobre ellos.

Yu Miri, recuerdo que en Asia lo habitual es que el apellido vaya delante, hace un repaso crítico de la historia de Japón en el siglo XX. Uno de los problemas que tradicionalmente ha tenido Japón ha sido su cerrazón al extranjero. Y las minorías dentro del país no suelen tener buenas perspectivas. Yu, como coreana, es conocedora de esa situación. No hace del protagonista de la novela uno de estas minoría, pero de alguna forma sí que habla del tema, al situarlo como descendiente de un grupo de inmigrantes 150 años atrás de una región japonesa a otra. Con creencias basadas en distintas sectas de las religiones que pulular por el país, específicamente del budismo, y que sufren cierta grado de discriminación en su destino, que se extiende durante décadas.

La novela va desvelando las claves de quién es Kazu y porqué vive como vive muy parsimoniosamente. Durante buena parte de ella lo ves como un trabajador, sufrido, de los que a base de esfuerzo levantaron la economía japonesa de posguerra hasta niveles inesperados. Y no acabas de entender cómo acabó viviendo entre cartones en parque de Tokio. Pero poco a poco va desvelando los golpes que nos da la vida, y que en algunas personas son absolutamente devastadores. Hay momento duros en la novela, que sin ser larga, tarde mis días en leerla, porque sentía la necesidad de parar tras leer alguno de sus pasajes, que no voy a desvelar. Pero que nos habla de la capacidad o incapacidad para asumir o no asumir los infortunios personales de cada cual, y del apoyo o falta de apoyo que la sociedad aporta cuando estos llegan.

Cuando la leí, poco antes de viajar esta segunda vez a Japón, no recordaba si habíamos visitado en 2014 el parque Ueno, donde vive la comunidad de personas sin hogar en la que se encuentra Kazu. Yo pensaba que no. La amiga con la que visité Japón en 2014, y también ahora en 2019, me dijo que sí. Ella también leyó el libro más o menos al mismo tiempo. Comprobamos hace cinco días que sí, que habíamos estado. Que el Museo Nacional de Tokio está en el parque Ueno, pero en su parte norte. Y lo que describe la novela está en su parte sur. Estos días atrás hemos estado alojados en un ryokan en Akasuka, por lo que hemos pasado con frecuencia por la estación de Ueno, a sólo tres paradas de metro de la de Asakusa, y por la que pasa la línea JR Yamanote, línea de ferrocarril local que te distribuye por toda la ciudad y que está incluida en el Japan Rail Pass, por lo que es una opción popular para los turistas que tienen este documento, porque abarata los desplazamientos por la ciudad. Y uno de esos días, el primero que estuvimos en Tokio, al atardecer, visitamos el parque.

No se ve ninguna colonia de personas sin techo. Desconozco si forma parte de la ficción de la novela o si ha sido “limpiada” por las autoridades. Este tipo de colonias suelen ser “limpiadas” por los político en ocasiones especiales; hay un capítulo sobre eso en el libro. Y en este 2019, en estos momentos, se está disputando la Copa del Mundo de Rugby en Japón, y al año que viene los Juegos Olímpicos. Así que todo tiene que estar limpito y reluciente, como si no pasase nada. Guardemos las pelusas y el polvo debajo de la alfombra, donde siguen estando, pero no se ven. Por lo demás, reconocimos y visitamos muchos de los lugares descritos en el libro.

La novela es muy buena. Dura y triste en muchas ocasiones, pero muy buena. No está en castellano, pero si os defendéis con el inglés, creo que también está disponible en francés, os la recomiendo vivamente. Y espero que alguna editorial se anime a publicarla en castellano.