Llevo varias semanas que, por distintos motivos, no he hablado de mis recomendaciones fotográficas. Hoy quería hacerlo. Aunque voy un poco justo de tiempo. Y además, me despertado más tarde que de costumbre. El «pote caliente» chino que comimos ayer, aun con su picante, no me ha impedido dormir bien. Así que vamos allá, con agilidad. Como fotos acompañantes, algunas más del rollo del que hablaba el jueves. Una tarde con luz privilegiada.
Hace unos días nos daban la noticia de que el fotógrafo japonés Kishin Shinoyama (1940 – 2024) había fallecido. Lo leí en PetaPixel primero, pero hasta Yoko Ono se hacía eco de la noticia en su cuenta de Twitter. Y es que casi nadie hablaba del conjunto de su obra. Todos contaban que era el responsable de las fotos de algunos de los álbumes de John Lennon y Yoko Ono. Yo he hablado de él, y era mucho más. Especialmente por sus fotografías de desnudos, realizados con gran angular con mucha aproximación y con las proporciones distorsionadas por ello. También con alguna polémica, por las edades de algunas de sus modelos, en la adolescencia. Tuvo una larga e interesante trayectoria como fotógrafo.
Robert Frank es uno de los fotógrafos de referencia del siglo XX, especialmente en Estados Unidos. Aunque nació suizo. Algunas de sus obras, The Americans, se consideran absolutamente fundamentales. En Oldskull nos han recordado al fotógrafo y nos han hablado de un curioso experimento suyo, ir fotografiando las calles de la ciudad montado en un autobús urbano, con la ventanilla abierta, mientras hace su recorrido. No deja de tener su punto de genialidad.
La neoyorquina, que creció en Argentina, Alessandra Sanguinetti es especialmente conocida por el seguimiento fotográfico de un par de amigas argentinas a las que conoció cuando eran poco más que unas niñas, unas preadolescentes, pero que ha seguido fotografiando incluso de jóvenes adultas, alguna de ellas madre ya. Pero tiene otras obras, y en Magnum Photos nos han hablado de sus fotografías en blanco y negro inspiradas por el invierno en Wisconsin.
Cerraré con una artículo en The Picture Show, un blog fotográfico de la NPR, la cadena de emisoras de radio públicas de Estados Unidos, en el que nos muestran el trabajo colectivo de los fotógrafos de emisora. Fotógrafos muchas veces desconocidos de la mayor parte de los aficionados a la fotografía, no digamos del gran público, que trabajan para las emisoras de la cadena, y que documentan la vida y los acontecimientos de sus entornos. Me ha parecido estupendo. Y un reconocimiento a los muchos fotógrafos que hacen su trabajo documentando el mundo con honestidad y sin alaracas.
Todo el mundo alaba la belleza de las fotografías otoñales y de sus colores. Generalmente refiriéndose a los colores de las hojas de los árboles caducifolios con sus tonos ocres. Con una variedad entre los amarillos y ocres amarillo y los rojos y ocres rojos, son fotografías que gustan mucho. Y que en nuestras latitudes, con nuestra flora y con nuestras condiciones climáticas son raras. Muy raras. Lo cierto es que, en la mayor parte de los valles del sur de Europa, los árboles caducifolios no llegan a alcanzar esa riqueza cromática propia de los bosques de latitudes más frías, o en las montañas. En Zaragoza, no es infrecuente que a lo que las hojas verdes empiecen a amarillear, el tiempo empeore, llegue alguna borrasca con abundante cierzo, el viento del noroeste dominante, y caigan. Del verde al suelo sin apenas transición por esa famosa gama de colores ocres. Y con lo benignos que están siendo los otoños últimamente,… esta mañana, desde mi puesto de trabajo, veía los plátanos de sombra del hospital psiquiátrico al otro lado de la avenida, y estaban todavía con hojas, aunque ciertamente ocres. Y paseando recientemente por el Ebro, aun había árboles, a principios de enero, con hojas verdes.
Pero los colores del otoño no son sólo los de las hojas de los árboles. Son los de los atardeceres, más prolongados, con una luz suave y matizada que dura más tiempo, con la luz del sol poniente reflejándose sobre la parte inferior de las nubes con mayor o menor intensidad, luz que a su vez es reenviada al paisaje que adquiere unos tonos agradables. Si a eso sumas esas temperaturas más benignas, es el tiempo ideal para hacer fotos. Como las del rollo de película negativa en color que comento en Paisaje en naturaleza urbana con teleobjetivo – Canon EOS 3 con EF 70-210 mm f3.5-4.5 USM y Fujifilm 200, y del que traigo aquí unos ejemplos. Además, como el atardecer sucede mucho antes que en verano, aun te da tiempo a volver a casa, cambiarte y salir a disfrutar de la velada del sábado con los amigos. En verano, o una cosa o la otra. Las dos… difícil. Así que ya sabéis. En otoño, los sábados por la tarde, sacudiros la pereza y la modorra y salid a disfrutar del paisaje. Incluso del urbano.
El miércoles de la semana pasada os hablaba de mis actividades fotografiando aves durante las fiestas navideñas. Pero ha habido más. Como consecuencia de los ciclos de desgaste y, hasta cierto punto, obsolescencia, de las cámaras fotográficas digitales, ha tocado hacer cambios significativos en el equipo después de casi seis años desde los últimos en el mismo sentido. Os hablo más despacio de ello en Renovando equipo para una buena temporada – Panasonic Lumix G9 Mark II.
Aunque el equipo fotográfico micro cuatro tercios llegó a mí como la mejor solución para disfrutar de la fotografía en mis viajes, en el último año y medio, y como consecuencia de mi pertenencia a ASAFONA Asociación aragonesa de fotógrafos de naturaleza, se ha despertado en mí el deseo de hacer más fotografía en este ámbito. Especialmente en la macrofotografía y en la fotografía de aves. Sin una ambición excesiva. Simplemente como algo de lo que se puede disfrutar durante mis caminatas, eligiendo las zonas verdes de Zaragoza para el ejercicio conveniente y necesario para mantener un buen nivel de salud. Y eso ha influido en la elección del equipo. Espero ofrecer con el tiempo más ejemplos de este tipo de fotografía. Aunque de momento estoy muy lejos del nivel de los compañeros de la asociación que se dedican preferencialmente a esa dimensión de la práctica fotográfica.
Me gusta pasear la ciudad. Elegir, aproximadamente, sin compromisos, un poco a lo flâneur un zona por donde ir, y ver la ciudad con distintas luces, en distintos momentos días, con distinto paisaje humano. Y llevar conmigo siempre una cámara fotográfica que me permita reflejar en imágenes el ambiente del momento y el lugar. Es también un buen ejercicio fotográfico. Un buen entrenamiento para «mantenerse en forma» cuando los motivos a fotografiar sean menos cotidianos, más especiales, y queramos, necesitemos que las fotos «salgan bien».
Pero no siempre me apetece llevar una de las cámaras más versátiles y capaces. Porque generalmente son más grandes, pesadas, conspicuas… o, simplemente, interfieran con los pensamientos que me acompañan en los paseo. Por eso sigo aficionado a las cámaras compactas, de buena calidad, que pueden pasear conmigo en el bolsillo del chaquetón, o en un pequeño bolso colgado en bandolera. Y hacer fotos cuando venga bien. Como estas que hice a principios de noviembre del año pasado. Si queréis saber más de las cuestiones técnicas, podéis visitar Sensibilidad media en cámara compacta – Olympus mju-II con Lomography Color Negative 100.
En estos días he visto varios artículos en distintos medios hablando del petirrojo como «el pájaro de la Navidad». Me da la impresión de que todos ellos han tirado de la misma fuente, algún artículo, probablemente en inglés, que hablaba de este tema… y, ale, para qué vamos a pensar si nos dan el tema intrascendente y navideño ya servido. Pues eso… algo propio de los británicos trasladado a España porque sí. Es cierto que los petirrojos, familiarizados y confiados, hasta cierto punto, con el ser humano, se acercan más a los asentamientos urbanos en época navideña, cuando la comida en el campo es más escasa. Un petirrojo forma parte de las aves que he estado fotografiando durante esta Navidad.
Petirrojo (Erithacus rubecula) en la arboleda de Macanaz. En el encabezamiento, un mito (Aegithalos caudatus).
Pero no ha sido el único. He renovado algunos elementos de mi equipo fotográfico. En mi blog especializado ya he hablado de uno de ellos, un objetivo de focal variable, teleobjetivo de cierto alcance, con el que he estado fotografiando algunas aves los días de las fiestas navideñas en los que no he tenido que ir a trabajar y ha hecho un tiempo razonablemente bueno. Me considero todavía muy bisoño, falto de práctica y técnica, en esto de la fotografía de aves. Especialmente cuando se trata de pequeños pájaros, inquietos y volanderos. Pero algunas cositas he conseguido y os las quería dejar puestas aquí.
Garza real (Ardea cinerea).Andarríos (Actitis hypoleucos).Polla de agua o gallineta (Gallinula chloropus).Tórtola (Streptopelia decaocto).Cormorán grande (Phalacrocorax carbo).Grajilla (Coloeus monedula)Zorzal (Turdus philomelus) y torcaz (Columba palumbus).Herrerillo (Cyanistes caeruleus).
Es el 17º día de Nochevieja en el que presento mis 12 fotos para los 12 meses del año que se va. Más mi saludo personal en el encabezado.
Como de costumbre, no he buscado fotos representativas. Aunque alguna hay. Ni que fuesen las “mejores” fotos de cada mes, signifique lo que signifique eso. Simplemente, pequeños momentos, emociones, cosas que pasaron, o simplemente una foto que me había pasado desapercibida en su momento… Este año, son todas digitales. Porque he vuelto a usar más este medio fotográfico cuando no estoy de viaje. Pero realmente, eso es algo que importa poco. Y en la entrada de ayer se pudo ver el equivalente a esta entrada, pero basada en la fotografía con película tradicional.
Y aquí van. Sin pies de foto explicativos. Simplemente, el mes en que fueron hechas las fotos. En esta ocasión, sólo una por mes.
Como viene sucediendo en los últimos años, la fotografía con película fotográfica tradicional es un componente importante, esencial diría yo, en la práctica de mi afición a la fotografía. Recientemente he procedido a renovar, dentro de mis ciclos de aproximadamente seis años de duración, una parte de mi equipo fotográfico digital, y ponerse con las pejigueras de las n-cientas opciones de los menús de configuración de la máquina es una pesadez. Hasta que dejas a punto la cámara… es desesperante. Y eso que son cámaras excelentes. Con una cámara para película tradicional, especialmente las de cierta época y ergonomía, el ponerse a hacer fotos como si la hubieras tenido es inmediato. E inmediatamente te centras en la foto, y no en el chisme. Por mucho que pueda ser un placer utilizarlo. Estos días he estado haciendo algunas fotos con la veterana Leica CL y su Summicron-C 40 mm f2 y, aunque no he revelado todavía el rollo, la concentración que aplicas a la foto es mucho mayor, porque la cámara no se interpone en el proceso. ¡Qué pocas cosas necesitamos para ser felices al hacer una foto!
Dentro de unos días me contradeciré, cuando comente mi emergente afición a la fotografía de aves… pero bueno. El año fotográfico en lo que se refiere a la película tradicional se caracteriza, por lo menos para mí, en que han aparecido en que como respuesta a la reducción de oferta disponible de película para negativos en color, y su monopolio casi absoluto por Kodak, cuyas películas se venden bajo su marca y bajo muchas otras, han aparecido iniciativas para aumentar la diversidad. En Alemania, en el Reino Unido, con esfuerzos para desarrollar nuevas emulsiones, o para fabricar algunas viejunas. Y también la iniciativa de diversas gentes por el mundo para reenvasar en carretes estándar de 35 mm las largas bobinas de película cinematográfica o técnica, más o menos modificadas, más o menos intacta. Y yo he probado en diversas ocasiones estas iniciativas, con distinto grado de éxito.
Y por supuesto, como podéis ver entre los párrafos anteriores, no he descuidado la fotografía instantánea, tanto en su versión Polaroid como en su versión Fujifilm Instax. Con un veredicto claro. La Instax es una película muy superior, pero sus cámaras son una porquería, mientras que Polaroid tiene una pelicula que es una mierda, pero que luce mucho mejor porque tiene mayores dimensiones. Ya lo dice el saber popular, «ande o no ande que sea burra grande».
Antes de hacer un rapaso mes a mes del año os recordaré que mi actividad en fotografía instantánea la podéis encontrar en @carlos.carreter.instant, y que el resto de actividad fotográfica con película tradicional está en @carlosenplata. Y que suelo comentar mis experiencias fotográficas, tanto las exitosas como los fracasos en El viaje fotográfico de Carlos.
Enero – La película Lomography Potsdam Kino 100 es una de las películas en blanco y negro que más uso. Esta película, que en realidad es una Orwo UN54, película cinematográfica ISO 100, reenvasada por Lomography, no es la mejor del mercado, pero tiene un rendimiento tonal con el que me siento muy cómodo. Cámara, Leica M6 con Summicron-C 40 mm f2.Febrero – A finales de 2022 me hice con un par de rollos de Cinestill 50D, otra película reenvasada, procedente de las películas cinematográficas de Eastman Kodak. Me apetecía una película negativa en color de grano muy fino; pero los halos rojizos como consecuencia de la falta de capa antihalo me molestan con cierta frecuencia. Cámara, Leica M6 con Elmar-C 90 mm f2.8.Marzo – Una de las grandes alegrías del año fue recuperar la Plaubel Makina 67, la bonita cámara japonesa con óptica Nikon para formato medio de 6×7. Película, Lomography Color Negative 800.Abril – A finales de abril suelo celebrar el Día Mundial de la Fotografía Estenopeica (Woldwide Pinhole Photography Day). Este años con una Holga PWC 120 y un rollo de Ilford Delta 400.Mayo – Otro rollo de Ilford Delta 400 para paisaje del entorno suburbano de Zaragoza, con la Plaubel Makina 67.Junio – La Orwo Wolfen NC500 es una de las alternativas al imperio de Kodak en la película negativa en color. Mucho grano, baja saturación y colores fríos. Poca nitidez, a pesar de usar el muy nítido Canon EF 40 mm f2.8 STM con aperturas medias sobre la Canon EOS 650. También se vende como Lomochrome Color ’92, que probé en el mes de julio con la Canon EOS 650 calzada con el EF 85 mm f1.8 USM, como podéis ver en el encabezado.Julio – Intento de recuperar una Canon Autoboy TELE QD que me remitieron desde Francia por no usar. Abandonada durante más de 20 años. Tenía la esperanza de que fuera bien, por aprovechar un decente objetivo 40 mm f2.8, transformable en 70 mm f4.9, aunque esto me interesase menos, por la avería de mi Leica Minilux. Pero la cámara está tocada y funciona de forma irregular. Al menos, a final de año recuperé la Mininlux. Película, Kodak Ektar 100.Agosto – La Adox Color Mission es una de las películas en desarrollo, y cuyas versiones «beta» son comercializadas para financiar el desarrollo de una versión definitiva de emulsión para negativos en color. He usado ya varios rollos en los dos últimos años, y en determinadas circunstancias lo paso bien con ella. Pero muy inmadura todavía. Cámara, Minox 35 GT-E.Septiembre – Algo que generó ilusión entre los aficionados a la película fotográfica fue que Kodak decidió comercializar la Kodak Gold 200 en formato 120. Lo cual me parece muy bien, aunque hubiese preferido, por mayor polivalencia, la Ultra Max 400. El grano se nota menos en formato medio. Cámara, Fujifilm GS645S Wide 60.Octubre – Unos tipos de Valencia empezaron a comercializar hacia el mes de septiembre la Kodak Aerocolor IV, película técnica para fotografía aérea con sensibilidad nominal ISO 125, que se fabrica en bobinas o rollos por metros, reenvasada bajo la marca 1Hundred Film. Me lo pasé bien con ella en un paseo fotográfico usando la Leica M6 calzada con el Zeiss Planar 50 mm f2 ZMNoviembre – Había usado previamente las películas Lomography para negativos en color, pero nunca la Lomography Color Negative 100. Así que le di una oportunidad. Y la saqué a pasear montada en la Olympus mju-II. Dicen que es una Kodak Color Plus 200. No sé… dicen. No va mal para un uso general con buena luz.Diciembre – Uno de los acontecimientos del año fue el anuncio de Harman de una película negativa en color. Son los fabricantes de las prestigiadas películas Ilford en blanco y negro. Pero por temas de derechos de marca, no pueden llamar a sus productos en color «Ilford» y por ello la venderán como «Harman». La Harman Phoenix 200 es una versión «beta», en desarrollo, comercializada para financiar ulteriores desarrollos, como la Color Mission. Muy contrastada, con poca latitud, con grano como pelotas de nivea, y no demasiado nítida. Les queda mucho por hacer. En Barcelona, con Canon EOS 650 y Tamron 35 mm f1.8.
En junio de 2021 me di una vuelta para visitar el show que monta el Ayuntamiento de Zaragoza en los últimos años, Zaragoza Florece, en el Parque Grande de la ciudad. Una cosa de poner muchas macetas y muchas flores. Por aquello de que a primeros de junio es primavera, aunque últimamente parece que es más bien verano. No en 2021, que además de un pandemia, aquel día teníamos un nublado. Pero la cámara, la bonita Leica Minilux, que llevaba se estropeó. Aunque dos años y medio después… volvió a funcionar. Simplemente con cambiarle la pila. Que en aquel momento no estaba agotada. ¡Sorpresa! Las fotos que hice las he podido revelar. Tienen cosas raras. Lo comento en La “últimas fotos” de la cámara que “se estropeó” – Leica Minilux con Kodak Ultra Max 400. Aquí os dejo algunas fotos de aquel carrete.
Lo más curioso es que esta «epidemia» de recuperaciones espontáneas puede que se esté extendiendo en casa. La también bonita, y chiquita, Olympus mju-II, que en sus buenos tiempos, en los años 90 del siglo XX, me acompañaba con frecuencia a esquiar, por estar protegida contra polvo y salpicaduras, hace fotos, pero al llegar al final de carrete, no rebobina. Y lo que pasa con la electrónica, no tiene manivela para rebobinado automático. Por lo que sólo puedo hacer un rollo y, luego, en casa, sacarlo y rebobinarlo a oscuras antes de revelarlo. Así que no me la puedo llevar de viaje, como hice en ocasiones, porque si se me termina el rollo durante el día, no puedo poner otro hasta llegar al hotel y quedarme a oscuras. Un rollo. Pero el lunes, la estaba usando mientras paseaba por la ribera del Ebro en Zaragoza, y se acabó. La recogí. Pero al llegar a casa, me encontré con que al parece se había rebobinado sola.
¿Otra recuperación espontánea? Los que somos de ciencias sabemos que «a propósito de un caso» no se demuestra nada. La cosa se tiene que confirmar. Tiene que seguir pasando en un futuro, antes de que podamos certificar la recuperación de la cámara. Y os contaré. De momento, el lunes mandaré a revelar los últimos rollos de negativos en color que he hecho con ambas cámaras, para confirmar que todo va bien. Esperemos.
En los últimos domingos, el espacio dedicado a las recomendaciones fotográficas se lo han llevado los libros y algunas exposiciones. Así que se me han acumulado un buen número de las que encuentro por internet. He reducido a poco más de media docena, que comentaré de forma muy ligera. Será las últimas de este año, porque probablemente la entrada del próximo domingo tendrá otro tono, como corresponde tradicionalmente en este Cuaderno de ruta a los 31 de diciembre. En cuanto a las fotos acompañantes, hace poquito hablé del rollo de película que hice en varios viajes con una cámara Olympus Pen EE3, de medio formato (17 x 24 mm). Pues bien, también había algunas fotos realizadas en Zaragoza.
Joel Meyerowitz es uno de mis fotógrafos favoritos. Y uno de los defensores del color como medio de expresión fotográfico, frente a quienes defienden el blanco y negro como más propio de la fotografía artística, o incluso como de la documental más pura. Yo estoy con Meyerowitz. En Blind Magazine nos hablan de esto, y confrontan una serie de fotografías de Meyerowitz sobre un mismo lugar y motivo, unas tomadas en blanco y negro, otras en color. Interesante.
Parece muy lejano el tiempo en que había dos Alemanias. Mucho sea escrito y mostrado sobre la desaparecida Alemania Oriental, que cada vez es más difícil de reconocer en las ciudades que lo fueron. Por eso quizá me ha parecido interesante el artículo en Another Magazine que nos muestra las fotografías de la fotógrafa Evelyn Richter mostrándonos lo cotidiano de aquel país que no debería haber sido y ya no es, pero fue.
No conocía, o no recordaba, al fotógrafo documentalista Frank Stewart. Pero en Blind Magazine nos lo han recordado recientemente. Fotógrafo afroamericano, dirigió su mirada hacia la cultura y el mundo de los negros en Estados Unidos, con especial dedicación al mundo del jazz. Me ha parecido interesante.
Está de moda en España y sus comunidades autónomas rescatar del olvido a las fotoreporteras de hace unas década, y que aparentemente habían quedado olvidadas, y ahora de nuevo se las reconoce y homenajea. En Clavoardiendo nos han hablado de Isabel Azkarate que cubre el cupo vasco de este fenómeno. Aunque creo que Azkarate podría ser poco conocida, pero no olvidada.
No sé dónde encontré la recomendación para este fotógrafo, pero me gustan mucho las fotografías de plantas de Ichigo Sugawara. Y también el resto de las fotografías con otros temas. Japonés, de Sapporo, ya veterano, no lo conocía. y en la medida en que ha fotografía en su Hokkaido natal… eso siempre supone un plus.
Ya son diversos los fotógrafos que apuntan sus objetivos hacia las consecuencias de la crisis climática global. En Lens Culture nos han mostrado las fotografías de otro fotógrafo japonés, Shunta Kimura, esta vez en los paisajes de la ya de por sí empobrecida Bangladesh. Me han gustado mucho. Usa una Mamiya RZ67 con películas Kodak Portra, probablemente sobreexpuestas. Bonita estética.
Hoy tenía intención comentar una serie de recomendaciones fotográficas que había ido reuniendo en los últimos tiempos. Pero ando con menos tiempo disponible del que pensaba. Así que voy a comentar unos libritos que compré ayer. Ayer fue un día atareado… en parte. La tarde-noche fue un éxito, porque en una de estas típicas cenas de Navidad que organizan los grupos de amigos, con uno de estos grupos conseguimos estar TODOS. Cosa que no conseguíamos desde hace muchos muchos años. Muy muy agradable, con un estupendo ambiente, donde lo único que desentonó, aunque a la larga no importó, es que el restaurante en el que estuvimos, agradable en nuestra experiencia, ayer estaba en modo «navidad» y tuvo un nivel de servicio apreciablemente inferior. Bueno… mi salmón estaba muy rico. Y los entrantes y la degustación de tartas del final también. Y por la mañana estuve haciendo recados. Y estos me llevaron al Salón del Cómic de Zaragoza que se celebra este fin de semana,… un momentito que…
… esto es… hice un fotografía instantánea a una «cosplayer» que se prestó a posar,… bueno, fui allí, compré algunas cosas, entre ellas un libro que me hizo mucha ilusión y que espero comentar dentro de unos días, si consigo centrarme en su lectura. Y luego fui a la escuela de fotografía Spectrum, donde había una liquidación de libros y antiguos catálogos de la antigua galería del mismo nombre, y un puesto con libros de fotografía con descuento de la Librería Antígona. Y cogí un par de cositas que os comentaré ahora. Las fotografías que acompañan también son de ayer. Rescaté un veterano Ricoh XR Rikenon 135 mm f2.8 que compré de segunda mano hace más 30 años en un taller de reparaciones fotográficas de Zaragoza hace tiempo desaparecido y que luego nunca usé mucho… porque esa focal nunca me ha resultado cómoda. Tiene una bayoneta K, compatible con la de Pentax, lo compré para mi Pentax P30N, hace mucho tiempo vendida para financiar la Pentax MX, y lo enganché con un adaptador a la Canon EOS RP. Y estoy alucinado con los resultado. Aunque es complicado atinar el enfoque.
La primera de ellas fue el catálogo de una exposición de Bernard Plossu que se celebró hace ya más de 15 años en Zaragoza. Plossu es un fotógrafo que me resulta especialmente querido. Cuando hace unos 30 años, después de comprarme mi primera cámara réflex en 1989 y hacer mis pinitos durante unos años, empecé a interesarme por la fotografía como una de las bellas artes, a comprar revistas y algún libro, y a visitar exposiciones. Y en una de estas me encontré a Plossu, fotógrafo viajero por excelencia, y me encantó y me llegó. Entonces entendí plenamente lo que significa que te guste la fotografía. Y desde entonces, el fotógrafo que fotografía fiel a su Nikkormat y a su 50 mm es uno de mis referente. Este sencillo catálogo, Los jardines del polvo, que se vendía por 2 euros, son fotografías de paisajes áridos, desérticos o casi desérticos, en blanco y negro, y en el que contrastan los realizados en el Oeste americano con su sucedáneo de las tierras áridas y desiertos de Almería. Sencillo, pero bien.
Y en el puesto de Antígona me encontré con un libro de Miguel Trillo, fotógrafo gaditano que se hizo un nombre fotografiando en los años 80 a los jóvenes de la movida madrileña, en su diversidad de tribus urbanas o, simplemente, en su colorida diversidad, reacción indudable a las décadas de dictadura gris, monótona. Cuando hace unos años se celebró una exposición de este fotógrafo en el Centro de Historias de Zaragoza, me gustó su estilo directo y franco. Retratos de las personas tal y cual son, si aderezos ni engaños, delante de una pared, puerta, o lo que sea que le sirva de fondo, con un flash directo, pero bien gestionado, y en los que se respeta a la persona fotografiada sin prejuicios, permitiendo que se vea y se sienta tal como es. Y ayer me encontré este Parejas y placeres, editado en 2008 por la galería H2O de Barcelona, en la que los sujetos no son individuos, sino parejas. Con un estilo similar al que he comentado, aunque con más diversidad de situaciones, hay no pocas realizadas más a la luz del día y con luz natural, son parejas de todo tipo y estilos haciendo lo suyo. Creo que es el tercer libro que tengo de Trillo, y bienvenido es a mi biblioteca.
En varias ocasiones me han preguntado, especialmente personas que visitan mi Instagram dedicado a la fotografía con película fotográfica tradicional, por qué repito con frecuencia la visita a los mismos lugares. La mayor parte de las fotografías que aparecen en esa cuenta proceden de lo cotidiano. Ir de un lado a otro de la ciudad. Bien porque paseas, porque disfrutas de tu ocio haciendo ejercicio, y de paso, también, ejercitando la afición fotográfica, bien porque siempre conviene llevar una cámara encima, un bloc de notas fotográfico, cuando te desplazas para ir a trabajar, para ir a comprar… para lo que sea. Y es cierto. Son lugares cotidianos. Mil veces visitados. Y mil veces fotografiados. Es lo que hay.
No soy el único aficionado al a fotografía/fotógrafo que tiene esa costumbre de volver una y otra vez sobre los mismos temas. Muchos fotógrafos, más sabios, hábiles y expresivos que yo, lo recomiendan también. Las fotografías que acompañan esta entrada, por ejemplo, sobre las que hablo desde un punto de vista técnico en Paisaje urbano con colores poco saturados – Minox 35 GT-E con Orwo Wolfen NC500. Cuando terminan mis vacaciones de principios de otoño, a partir de la tercera semana de otoño, visitó estos lugares, donde normalmente encuentro escenas y colores que se adecúan muy bien al ambiente otoñal.
Conocemos el (hasta cierto punto) mito de los colores del otoño. Y le llamo mito, porque esos majestuosos paisajes de colores rojizos y ocres no son propios de estas latitudes. Estas latitudes austeras, áridas, presentan especies de árboles de hoja caduca que amarillean, pero pocas veces llegan a mostrar sus hojas ocres o con rojos profundos. Aunque ahora veo por la ventana unos plátanos de sombra con unos bonitos tonos ocres profundos. Con esas hojas amarillentas, propias de chopos, olmos, algún álamo… cuando llega el cierzo, con sus primeras ráfagas fuertes, las tira al suelo, y adiós a los colores del otoño. En las montañas, puede. Pero en el valle… pues no tanto. Pero no dejo de explorar el paisaje. Urbano, las más de las veces. Con distintos medios, digital o película fotográfica, de colores saturados, vivos, o matizados, tenues, como en esta ocasión. Porque es la forma de entender el paisaje. Porque es la forma en que, cuando llegue ante nosotros esos paisajes majestuosos que todos imaginamos y deseamos visitar, sepamos qué hacer con ellos. Fotográficamente hablando, claro. En otros aspectos, lo mejor qué podemos hacer con ellos es dejarlos como están. No intervenir y estropearos, aunque el impacto del ser humano sobre el paisaje sea inevitable, en mayor o menor medida.