Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Medio fotograma con blanco y negro, un rollo de Ilford FP4 Plus, y filtro amarillo para mejorar el contraste.
He enfocado el enlace del encabezado a la finalidad de cargar un rollo de película para negativos en blanco y negro de sensibilidad media en una cámara de medio fotograma. Básicamente, se trata de tener una configuración que, llevada de forma continua en la mochila o bolsa con la que te mueves por la ciudad, en tus quehaceres o en tus paseos, te permite hacer fotografías cuando hay un sujeto o unas condiciones de luz que te llamen la atención.
Si llevas una cámara de medio fotograma, es porque te cunde más. Más de 72 fotografías frente a las 36 o 37 de las cámaras compactas de fotograma completo. Recordemos, el fotograma completo, tal y como lo imaginó Oskar Barnack para su primera Leitz Camera (LeiCa), tiene unas dimensiones de 36 x 24 mm. Al medio fotograma llegamos cuando dividimos en dos el anterior, aproximadamente, con unas dimensiones de 17 x 24 mm.
Un formato no muy alejado del fotograma estándar cinematográfico de principios del siglo XX. Aunque el llamado formato académico (por la Academia de las artes y las ciencias cinematográficas de Hollywood, los de los Oscar), se determinase en 1932 en 16 x 22 mm, para ajustar la banda de sonido. En el mundo del cine se habla de un paso de cuatro perforaciones, el medio fotograma de la película, y de ocho perforaciones, el fotograma completo. Aunque hay otras variantes. Especialmente con tres perforaciones. Vaya… he acabado hablando más de cine que de fotografía. Las dos artes visuales me gustan, claro. Y la cinematografía no deja de ser fotografía en movimiento.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Algunas notas tomadas con la Sony ZV-1 mientras visitábamos la exposiciones.
Como tantos años, este 2025 también me he desplazado un día a Madrid para ver algunas de las exposiciones del festival de fotografía PhotoEspaña. Y eso que me daba un poco de pereza. Mucho calor en Madrid en verano, y más desde que los veranos en España se está convirtiendo en verdaderos infiernos. Lo cierto es que en los días previos no tuve mucho tiempo para revisar la programación de exposiciones, y tal vez podríamos haber echo un recorrido un poco más vistoso. O simplemente, la edición de este año no es tan vistosa como la de otros años.
Habías exposiciones de dos de mis fotógrafos favoritos, todavía vivitos y coleando, pero octogenarios o nonagenarios. En Colón, en el la salas de exposiciones de Teatro Fernán Gómez, una exposición dedicada al viaje por Europa que hizo un joven Joel Meyerowitz entre 1966 y 1967, con Vivian, su primera esposa. Viaje durante el cual estuvo varios meses apalancado en Málaga, donde trabó amistad con una familia gitana, de donde salió una experiencia y unas fotografías muy interesantes. En Fundación Canal, una retrospectiva dedicada a Duane Michals que me recordó mucha a otra similar que vi en Barcelona hace unos años, y que me resultó menos novedosa. Una retrospectiva de Meyerowitz vi hace unos años en Viena, pero no dedicaba tanto espacio ni tanta profundidad a su experiencia europea, aunque fue cuando me convertí en un fan de sus fotografías.
En la galería Fernández-Braso se expone la última serie de Judith Prat, Aquella niebla, este silencio. Después de sus Brujas, la fotógrafa de Altorricón se fija en el comercio de esclavos y en los restos de esclavitud que quedaban en el muy disminuido imperio español durante el siglo XIX, a pesar del tratado firmado con el Reino Unido a principios de ese siglo para terminar con este infame negocio. Pero con el que algunas familias españolas siguieron enriqueciéndose durante décadas. Es sabido que en Cuba todavía hubo esclavos durante ese siglo. Me gustó. Me traje el catálogo.
Me supo a poco la exposición en la Serrería Belga de fondos de la colección Helga de Alvear, con una selección de fotografías de fotógrafos alemanes vinculados a la Escuela de Dúseldorf, unos fotógrafos que mantuvieron vivo el espíritu del movimiento de la Nueva Objetividad de entreguerras, y que conectan también con el espíritu del a Nuevas Topografías y su paisaje alterado por el ser humano, movimiento más americano. Con Bern y Hilla Becher al frente, y con nombres tan importantes como Candida Hoffer, Axel Hütte, Thomas Ruff o Andreas Gursky, entre otros, me supo a poco porque en 2008 pude visitar un exposición sobre este grupo mucho más amplia y profunda en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de París. Pero es interesante y la sala de exposiciones muy agradable.
De menor trascendencia, en el Museo de Romanticismo, donde acabamos por error, vemos una curiosa exposición en la que se mezclan las fotografías de una señora del siglo XIX, Adelaida Martínez-Corera, no las que hizo ella, sino las de su entorno familiar, de amistades y profesional, y algunos documentos de la época, con reconstrucciones visuales de lo que sería la época generadas por aprendizaje automatizado… o lo que por ahí llaman «inteligencia artificial». Como digo, una curiosidad. Y más ganas le teníamos a la exposición de fotografías y dibujos de Dora Maar en el Museo Lázaro Galdiano. Pero siendo fotos tomadas por la fotógrafa en una estancia en Barcelona, y algunos dibujos de sus amigos artistas… se queda lejos de lo que la obra en su conjunto de Maar merece. Y hasta aquí puedo contar.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Una cámara de juguete, la Safari Indiana Jones, con un rollo de Ilford FP4 Plus y un flash barato de Amazon.
Hace unas semanas, la Asociación de Fotógrafos de Zaragoza AFZ realizó un taller de iluminación con flash en colaboración con la escuela de fotografía Centro de la Imagen de Zaragoza. No tenía pensado en asistir. Pero con la suspensión del viaje a China, y hasta que salí de viaje a Sicilia como alternativa, tuve unos días en los que no tenía nada planeado, y me apunté. Lo cierto es que no había hablado de él todavía… y aprovecho que he decidido hablar de las cuestiones técnicas de la toma fotográfica en el Substack de Carlos en Plata. El enlace al artículo, en la introducción.
Pero a estas actividades, además del equipo «serio», para el aprendizaje, me gusta llevar alguna otra cosa que, sin salirse del espíritu de la actividad, aporte un poquito de sentido lúdico y simpatía a las horas en que estamos juntos haciendo el taller. Sin que nos desvíe de la finalidad principal del mismo. Y me llevé la Cámara Safari Indiana Jones, una cámara de plástico, casi de juguete, cargada con película fotográfica en blanco y negro y un flash barato y sencillo que compré hace unos años. Y que a pesar de su sencillez, sirve para hacer cosas. Bien.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Excursión de muy caluroso sábado a Ochagavía y Sos del Rey Católico con Sony ZV-1.
Surge a mitad de semana la posibilidad de hacer una excursión en el día a algún lugar más fresquito que el infierno en el que se está convirtiendo Zaragoza últimamente. Yo no tengo claro que vaya a haber lugares más fresquitos en la península en ese sábado 21 de junio, solsticio de verano del año 2025, y me siendo algo perezoso. Pero acepto. Tras diversas diversas deliberaciones ponemos rumbo a Ochagavía, en los Pirineos navarros, en su parte más oriental. Como de camino a esta bonita localidad navarra pasamos por Sos del Rey Católico, dentro de Aragón, que todavía es más vistosa, y hace tiempo que no la visitamos, decidimos que a la tarde pararemos un rato a recorrer el casco urbano medieval de la población donde nació Fernando II de Aragón y… no sé muy bien que lugar ocupa en la cuenta de los monarcas castellanos de donde también fue rey.
Por la mañana, recorrimos el casco urbano de Ochagavía. Previamente habías parado a hacer unas fotos a la ermita de Santa María del Campo en Navascués. En seguida empezó a subir la temperatura, en general fue soportable. Quizá porque sólo llegó a temperatura que empezaron a ser muy poco confortables cuando ya nos dirigíamos a comer. Y que el recorrido circular que hicimos a la ermita de Muskilda lo hicimos empezando la subida al principio del mismo, dejando para la vuelta, con más calor, un recorrido en bajada, que en muchos tramos transcurría entre la umbría de los bosques de hayas.
Tras dar cuenta de las viandas, entre las que se contaban unos ricos choricillos a la sidra y unos chuletones, acompañados por sidra fresquita, salimos a la calle… y casi nos da algo porque la temperatura había llegado a los 35/36 ºC… en los Pirineos occidentales… cuando la previsión era de máximas entre 30/32 ºC.
Inmediatamente nos metimos en el coche con aire acondicionado y nos dirigimos a Sos del Rey Católico. Donde hacía niveles de calor similares, pero las estrechas y umbrías calles de su casco histórico medieval aliviaban notablemente el paseo. Eso sí, tras visitar el palacio de Sada, lugar donde quedó registrado el nacimiento del Rey Católico, nos encontramos que se habían cerrado las nubes y amenazaba tormenta. Así que terminamos la visita y nos volvimos a Zaragoza, que al fin y al cabo eran ya las ocho de la tarde.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Comprobando un apaño que no funcionó en la Olympus mju-II con un rollo de Kentmere Pan 100.
Esta entrada, y estas fotografías, tienen poca miga que contar. Tiene que ver con la cámara, mi Olympus mju-II. Una cámara a la que le tengo mucho cariño, pero que uso mucho menos de lo que me gustaría por que no funciona del todo bien. Quise comprobar un sábado por la mañana si un apaño del que me hablaron paliaba el asunto, y salí a pasear con un rollo de película en blanco y negro. El más barato que encontré.
El apaño no funcionó. Así que supongo que seguiré usándola poco. Pero por lo menos me quedaron las fotos de ese sábado por la mañana. Que sin ser nada del otro mundo, tampoco quedaron mal. Al fin y al cabo, es mi costumbre salir a caminar siempre con una cámara fotgráfica a mano.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Segunda prueba de mi nuevo objetivo Tamron 90 mm macro (de segunda mano en realidad), con un cuerpo de cámara que le es natural, Canon EOS 5D Mark II.
Ya os introducía hace unos días en mis ganas de tener un objetivo apto de forma nativa para macrofotografía, sin aditivos, que además se defendiera también en el ámbito de la fotografía de uso general, como pueda ser el paisaje o el retrato. Hoy me voy a introducir más en el territorio macro, utilizándolo a la escala de reproducción máxima 1:1. El terreno que le es natural, independientemente de que también dé excelentes resultados en otros ámbitos de la fotografía.
Eso sí, la cámara que le es natural, en la que se puede montar sin necesidad de adaptadores, ya tiene unos años. Estamos hablando de una cámara que compré hace quince años, y que salió al mercado hace diecisiete o dieciocho. Ha evolucionado mucho la tecnología desde entonces. Y sin embargo, como decía alguien hace poco de este modelo, si hubo numerosas portadas de Vogue y revistas hechas con esta cámara, si rodaron todo un episodio de House M.D. con varias cámaras de este modelo,… ¿por qué no será todavía apto para ser utilizado con ventaja para obtener bellas imágenes? Os puedo asegurar que sus 21 megapíxeles son más que capaces de ello. Lo único que hay que tener es la habilidad y los conocimientos para hacer esas fotos.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Excursión mañanera de sábado a riglos con Canon EOS RP y objetivos Tamron 35 mm y 90 mm macro.
Este sábado por la mañana se mezclaron dos cuestiones que condicionaron lo que hicimos en esa calurosa mañana. Aunque quizá no tan calurosa como otras de la semana. Por un lado, yo seguí con ganas de ir probando las posibilidades y limites de mi nuevo objetivo, de segunda mano, del que ya os mostré fotografías en algún momento. Por otro lado, me propusieron “reestrenar” el “Canfranero”, nombre popular que se da a los trenes que unen Zaragoza con la población pirenaica fronteriza con Francia, Canfranc. Un lugar donde tiempo atrás se podía enlazar con los ferrocarriles franceses y así viajar por el mundo, pero que hace ya unas cuantas décadas en que ese enlace se rompió. Mucho se reivindica al respecto, poco se consigue. El caso es que, aunque yo no le veía mucho sentido, acepté acompañar a unos amigos a dar un paseo por Riglos, yendo en el tren que sale a primera hora de la mañana de Zaragoza hacia Canfranc, y volviendo en el que llega a la capital aragonesa al mediodia. O sea, poco más de hora y media de paso al pie de los famosos mallos de Riglos.
El paseo fue agradable, pero a la vuelta se dio una situación un poco absurda desde mi punto de vista. Ayer, aprovechando la reapertura de la línea ferroviaria, una asociación de amigos del ferrocarril puso un tren charter formado por coches históricos en la vía, en una excursión entre Zaragoza y Canfranc. Lo cual me parece muy bien. Hay que preservar elementos de la historia industrial del país y disfrutarlo. Pero lo que no entiendo es que el tren de línea, con gente que viaja por muchos motivos, también por trabajo o por exigencias y compromisos personales y familiares, algunos con enlaces en Zaragoza a otros puntos de la geografía, perdiera entre 20 y 30 minutos en la estación de Ayerbe esperando al tren charter. Con lo que la revisora empezó a decirles que corrían el riesgo de no poder realizar sus enlaces en Zaragoza. Eso es algo que nunca debería suceder. Una persona que vivi en Zaragoza tienes muchas posibilidades para desplazarse a Madrid, Barcelona u otras ciudades. Pero alguien que vive en los Pirineos, en Jaca, en Sabiñánigo y sus comarcas… no. No se le puede causar este trastorno. Los que deben esperar y estar obligados son los que viajan por capricho y placer. Una catástrofe la gestión ferroviaria española si lo pensamos bien.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Una nueva denominación entre las película para negativos en color, expuesta con Pentax Spotmatic y un Tessar 50 mm de la antigua Alemania oriental.
Después de volver de las vacaciones de Semana Santa, en los fines de semana siguientes, decidí continuar con mi exploración de los núcleos de población, barrios rurales o pueblos, del área metropolitana de Zaragoza. Y cogí el tren a primera hora de la mañana un sábado para llegar hasta Casetas. El entorno de la estación lo conozco relativamente bien… pero poco más. ¡
En esta ocasión, además de alguna cámara digital, me llevé un cámara de película de 35 mm con un rollo película para negativos en color. Una de estas nuevas denominaciones que están basadas en el reenvase de rollos de película cinematográfica sin el remjet antihalo para hacerlas compatibles con los procesos de revelados habituales para fotografía en color.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Primera prueba de mi nuevo objetivo Tamron 90 mm macro (de segunda mano en realidad), adaptado a una cámara digital de formato medio.
Llevaba ya un tiempo dándole vueltas a la cabeza de adquirir un objetivo macro en condiciones, de buenas prestaciones ópticas, sólido, con cierta versatilidad a la hora de usarlo para otras disciplinas que no sean la macrofotografía. Apto tanto para digital como película fotográfica. Que se pueda usar en distintas cámaras. Y que me costara una cantidad razonable de dinero, muy razonable. O de una marca china si es nuevo, o de segunda mano si es de marca más prestigiosa.
Ya lo tengo. Y estas son las primeras fotos que hice con él. No son macrofotografía. Un par de ellas son fotos de aproximación a motivos florales. Pero nada más. En Alagón. Cerca de Zaragoza. Madrugamos para ir en tren a primera hora de la mañana. Y vimos salir el sol en la propia estación del tren al llegar. Luego nos dimos un largo paseo por el pueblo hasta que pasase un tren de regreso a Zaragoza. Y bien, oye.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Un adelanto de fotografías realizados con un «nuevo» objetivo (comprado de segunda mano) del que hablaré pronto.
Esta semana tampoco tengo muchos marcadores… pero aún me da para comentar la obra de cuatro fotógrafos. Que me han parecido muy interesantes. Uno es uno de mis fotógrafos favoritos, del que ya he hablado en otras ocasiones. Los otros tres son una recomendación de FlakPhoto, lo cual es raro, porque los fotógrafos que recomienda esta gente sólo me llaman la atención de Pascuas a Ramos.
La obra de Masahisa Fukase está profundamente vinculada a su mujer. Buena parte de su obra cuando vivía con Yoko está dedicada a ella, y buena parte de la que hizo después de su divorcio está vinculada al duelo por la pérdida. Y la pena es que Fukase permaneció en coma durante veinte de sus 78 años, los últimos veinte antes de morir. Quien sabe por dónde podría haber ido. En AnOther Magazine nos han hablado precisamente de Yoko, la que fue su mujer, y de las fotografías que le hizo. Posadas o espontáneas. Retratos o desnudos. En el estudio, en la intimidad del hogar, o en la playa de vacaciones. El caso es que la imagen que tenemos de Yoko Miyoshi a través de las fotografías de Fukase es de una mujer de extraordinaria vitalidad de la que no podríamos enamorar cualquiera. Me gustaría conseguir el libro recién publicado con fotografías de Yoko… pero sólo lo encuentro en sitios japoneses. A ver como me las apaño.
De los fotógrafos recomendados en FlakPhoto, la primera es Anna Schneider, una nortemericana que reside en el norte de California y que se centra en los paisajes forestales de los Estados Unidos, incluyendo también retratos de las gentes que viven y habitan en estas regiones. Los paisajes me gustan. Los retratos no están mal. Y el tono general de la obra de Schneider me sugiere cosas, o me invita a fotografiar de una determinada forma.
El segundo es Arnaud Teicher, un francés que vive y trabaja en el sur de Francia, y que centra su trabajo principalmente en la montaña, abundante en estas regiones francesas. Su mirada de todas formas no se dirige hacia la paisajes majestuosos y vírgenes. Se centra principalmente en la montaña como entorno donde el ser humano vive y trabaja. E impacta, de forma importante en el paisaje. Por ejemplo, tiene una serie dedicada a los incendios forestales. U otra dedicada al impacto de la pujanza demográfica de determinadas comarcas próximas a las montañas. Me ha parecido muy interesante dentro de ese tema general, que tanto me atrae, el paisaje alterado por el ser humano.
Finalmente, el también norteamericano Paul Stapp se centra en el paisaje urbano. El cual fotografía con cámara de gran formato, buscando las formas geométricas, y desprovisto de seres humanos, aunque obviamente su presencia se percibe por todos los lados. Por la propia naturaleza de lo que es una ciudad, pero también porque siempre hay restos de que ahí ha habido alguien haciendo cosas. También me ha parecido inspirador.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. La Olympus Trip 35, una cámara sencilla, con la Acros II, una película que me gusta, pero compleja.
Como explico en el enlace de la introducción, las fotos de hoy no dejan de proceder de un «experimento» que no fue bien. Pero a pesar de ello, finalmente, las fotografías sí que quedaron bien. O por lo menos a mí me convence el rendimiento de la imagen que la película y su revelado ofrecen. Que no está mal. El experimento lo quise hace en Utebo, donde hice alguna foto, pocas, y renuncié. O quedaron mal.
Otra cosa son las fotos realizadas a muy primera hora de la mañana, al amanecer, con las que terminé el rollo de película unas semanas más tarde. A pesar de que los motivos pueden estar ya muy vistos en estas páginas, encontré muchas oportunidades, o muchas sugerencias, de cara a utilizar la misma combinación de material sensible y revelador en un futuro. Ya veremos. Que ahora entramos en una época, con luz dura y demasiado brillante, el verano, que no es la más sugerente que se nos ofrece a lo largo del año. ¿Tendré que ir pensando en conseguir algo de película con sensibilidad extendida al infrarrojo? Puede.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Hoy un adelanto del comentario sobre las fotografías realizadas con película fotográfica en el viaje a Sicilia. En el mercado de Ballarò de Palermo.
No he recopilado muchos enlaces sobre recomendaciones fotográficas esta semana. Una mezcla de «he visto pocas cosas que me interesen» y «no he tenido mucho tiempo para buscar cosas que me interesen». Pero a pesar de todo he decidido redactar la entrada aunque sea sólo con un par de cosas.
Se acerca PhotoEspaña 2025. Intentaré escaparme algún día a Madrid, entre semana si es posible, a ver algunas exposiciones. Creo que hay algunas muy interesantes. De momento, en Clavoardiendo (y otros medios) nos informaron de la exposición de Judith Prat «Aquella niebla, este silencio» en una galería madrileña dentro de la sección Festival Off del festival. La comprometida fotógrafa de Altorricón, tras su muy interesante trabajo sobre la «brujería» en las tierras pirenaicas, nos habla en esta ocasión del pasado esclavista de nuestro país. Un pasado del que se habla poco, incluso si hasta muy avanzado el siglo XIX todavía existían esclavos en la isla de Cuba. Tengo ganas de ver cómo nos lo cuenta la fotógrafa.
En otro orden de cosas, Tomasz Trzebiatowski desde su boletín cotidiano PhotoSnack nos recomienda la obra del norteamericano Matthew Moore, cuyo último trabajo explora los paisajes de los países de la Europa oriental en los que quedan huellas de su pasado comunista. El trabajo de Moore con frecuencia busca en el paisaje las huellas de acontecimientos del pasado, reflejados o no en la historia oficial, pero que han marcado sociedades y culturas en mayo o menor medida. Una variante de la corriente de fotografía que busca analizar el paisaje alterado por el ser humano, que desde hace años tanto me interesa. Y que de alguna forma me ha influido en la forma en que me acerco yo mismo a la fotografía del paisaje, en la que no rehuyo las señales de la ocupación y la actividad humana, frente a aquellos que buscan el paisaje prístino e inmaculado… que tanto dudo que exista en la mayor parte del mundo.