Una de las primeras cosas que tiene que saber cómo gestionar el fotógrafo, sea profesional, aficionado o casual, es la luz. La luz es fundamental para obtener una fotografía. Muchas veces es más importante la calidad de la luz que la cantidad de luz. Mucha luz puede ser malo si la forma en que se despliega sobre la escena o el sujeto es inadecuada a los objetivos del fotógrafo. Poca luz puede estar bien… pero la que haya, tiene que llegar en cantidad suficiente, y sin pasarse, a nuestro material sensible. Es el «precio justo».
La luz es energía. Y energía necesitamos cotidianamente para conseguir nuestros objetivos. Tengamos mucha o tengamos poca. Tenga un carácter físico o psicológico. O social… cuando dependemos de la colaboración de otros. En cualquier caso, también muchas veces es mejor tener una cantidad energía limitada, pero de buena calidad, eficiente, bien dirigida, bien aprovechada, pero mucha y dispersa… que se disemina y se pierde, y se desaprovecha. Y tampoco debemos agotarla. Debemos aplicar la justa. Y si no somos capaces de ello. Cambiar de objetivos. Pero si mucha de la energía del mundo físico se nos pierde en forma de calor, en los rozamientos, en vencer las inercias,… cuanta energía de lo cotidiano se nos pierde en las inercias de las estructuras que nos rodean, en los roces que las personas que nos obstaculizan… pero es lo que hay. Y después de seis días sin ir a trabajar, qué mal me sienta el roce con esas personas que tanto nos obstaculizan. Será por eso que hoy he medido con mucho cuidado los esfuerzos… No me apetece que las cosas me queden oscuras.
No he recopilado muchas cosas esta semana. Fundamentalmente por falta de tiempo. O porque he dedicado mucho de mi tiempo a otras cosas. Buena parte de las tardes se me han quedado reducidas a la nada en lo que se refiere a sentarme un poquito, aunque solo fueran 20 minutos, delante de la pantalla del ordenador a navegar por internet. Ni siquiera he podido avanzar mucho con mis fotos del libro de fotos del sur de Francia, ahora que ya me ha llegado impreso el de Múnich y otras ciudades bávaras. Así que, más por necesidad que por virtud, seré breve.
Las hojas de los ginkgos en Zaragoza se están poniendo feas directamente desde el color verde, sin transición por el bonito e intenso color amarillo que adquieren en otoño. Será porque con las temperaturas que tenemos, no se puede llamar otoño a lo que tenemos encima. No sé. Ayer estuve caminando un rato por la luz del atardecer.
En Lenscratch han estado de Polaroid Week. Semana dedicada a la fotografía sobre polaroids. Es curioso. Aunque el sistema que ha dado continuidad a la fotografía instantánea, el que no dejó de fabricarse en los últimos 20 años, es el Instax de Fujifilm, nunca me he encontrado con artistas que lo usen. Los habrá, sin duda. Pero no me constan. Algunos podrán decir que es por el tamaño. Pero… la Instax Wide tiene la misma superficie útil que una polaroid tradicional. Pero no es cuadrada… claro. O quizá sea las diferencias del soporte. O tal vez porque no está insertada en la cultura popular de la misma forma que las polaroids, que ya atrajeron a artistas del popart y del posmodernismo hace tres o cuatro décadas. Lo que sea.
En cualquier caso… lo publicado… es suficientemente diverso como para que algunas cosas me atraigan y otras no. Por ejemplo, me ha gustado la entrada de ayer sábado dedicada a Selwhyn Sthaddeus “Polo Silk” Terrell, que lleve fotografiando la cultura y la sociedad negra de Nueva Orleans desde hace más de tres décadas. Me ha llamado la atención especialmente que algunas de las fotos que se muestran son en formato Spectra, no son cuadradas, que lamentablemente ya no está disponible. Tengo una cámara para este formato polaroid, llamado Image System en Europa, y daba una calidad muy superior a las infinitas variantes de las Polaroid 600.
También me han gustado los dípticos, trípticos y polípticos de Rachel Portesi, utilizando diversos formatos de fotografía instantánea. desde el típico formato cuadrado de las Polaroid 600/SX-70 hasta las grandes copias de las Polaorid 8×10 (pulgadas; o sea 20×25 cm). Viendo algunas de las fotografías, especialmente las más antiguas, lamentas la desaparición de algunos de los formatos y sistemas que ya no están entre nosotros y que daban unas estéticas estupendas, y una calidad muy superior a lo que nos ha quedado.
Las polaroids en blanco y negro de Nathan Pearce son curiosas, pero no tienen el nivel de los dos anteriores. Aunque tienen una virtud innegable; son una fuente de inspiración para cualquiera que tenga una cámara básica instantánea de las que puedan funcionar todavía por disponer de película compatible o por ser nuevas, y quiera sacarle un poco de rendimiento. El resto de los días son artistas que utilizan las pequeñas copias fotográficas para intervenir sobre ellas con técnicas mixtas o alteraciones físicas o químicas, a veces con más sentido, otras con menos.
Por último, el lugar al que les gustaría ir buena parte de los fotógrafos documentales que en el mundo existen, si no todos, es Corea del Norte. Precisamente por que es difícil ir y conseguir permiso para hacer fotos. Lo que pasa es que los que van… todos trae fotos parecidas o de las mismas cosas, y acabas no distinguiendo a unos de otros. En Feature Shoot han recopilado la obra de cinco de los fotógrafos que han tenido la oportunidad de visitar el autárquico país oriental, la única monarquía inspirada por Marx y Lenin que se conoce abiertamente… aunque no me atrevo a decir que haya sido estrictamente la única. La de China no es hereditaria… pero no me atrevo a decir que las intrigas del régimen, por lo que hemos visto en los últimos días, fueran muy distintas de las de los palacios de las antiguas dinastías imperiales. ¿Cuáles me han llamado la atención?
Quizá las de Dieter Leistner, ya fallecido comparando escenas «similares» de las dos Coreas. Si es más o menos tendenciosos, vete tú a saber. Pero en algunos de los pares es ingenioso. Siempre hay que considerar las de Carl de Keyzer, que siempre incluyen no poca ironía y sátira del régimen, aunque él diga que no es su intención. Y también, por su atención al pequeño, pero importante, detalle, especialmente cuando ese detalle da humanidad a la foto, las de Tariq Zaidi, que creo que es el que mejor se acerca a la humanidad de este triste país.
Ahora no se lee tanto el concepto en los medios fotográficos. Probablemente por la omnipresencia de los teléfonos móviles «inteligentes», provistos de cámara fotográficas y de vídeo razonablemente competentes. Aunque no sea cierto que su calidad sea similar a la de las cámaras fotográficas o de vídeo dedicadas exclusivamente a esa tarea. Pero da igual… para la mayor parte de las personas es suficiente. Y son muchos los que aprovechan la cámara de su teléfono móvil para tomar notas. Sin escribir nada, simplemente hacen la foto o toman un pequeño clip de vídeo y les sirve como recordatorio, como idea a guardar o con el fin que consideren oportuno.
Pero hace 30 años, momento en el que las cámaras compactas, hoy prácticamente desaparecidas, se habían popularizado mucho, para los fotógrafos profesionales o aficionados avanzados tenían un interés distinto que para la mayor parte de la gente. La gente compraba sus cámaras compactas para sus fotos de recuerdo. Y las quería sin complicaciones. «Cámara para tontos decían», aunque yo nunca he visto una cámara para tontos. Pero sí algunos tontos con cámara. Por compleja que esta sea. Quienes se dedicaban a la fotografía por necesidad o por gusto, usaban las pequeñas cámaras para tomar notas fotográficas. Para recoger ideas sobre la luz, las texturas, los temas, la composición… que luego pudieran servir cuando utilizaban el equipo «de reglamento».
Desde 1992 o así, yo también he usado las cámaras compactas con ese fin. Y hoy en día, he hecho evolucionar el concepto. Siempre llevo una cámara en la mochila urbanita. Compacta o no. Da igual. Cuando me surge algo, le hago una foto. A veces digital, pero muchas veces con película tradicional. En el artículo Los 40 mm y nueva opción para revelados – Canon EOS 650 con Kodak Ektar 100, del cual he extraído las fotos que aquí veis, hablo un poco de la óptica que me gusta usar para ese fin. Y lo recomiendo a todos los amantes de la fotografía. Tomad notas fotográficas. Aunque sea con el teléfono móvil. Pero con una cámara dedicada es más divertido.
Llevo varias semanas en las que no redacto una entrada con recomendaciones fotográficas cuando llega el domingo. Por las vacaciones recientes, principalmente, que me rompieron un poco los ritmos y rutinas semanales. Pero eso no quiere decir que no haya marcado artículos interesantes en la red de redes, de los cuales, algunos, los traigo hoy aquí.
Bonsais en el Museo de Zaragoza
Recientemente, esta misma semana, me entero por Exit-express de la concesión del Premio Nacional de Fotografía 2022 a Cristóbal Hara. La trayectoria de estos premios es caótica, desde mi punto de vista. No se aprecian criterios claros en su concesión. A veces da la impresión de que se conceden a una trayectoria profesional, cuando el fotógrafo ya tiene años… y para algunos es desconocido, ha caído en el olvido salvo de los poco entendidos que se mantienen al día. Hasta cierto punto, me parece el caso de Hara, que recuerdo de tiempo atrás, pero que hacía tiempo que no me venía a la memoria. Fotógrafo documentalista, con afición al pequeño detalle, al acento particular dentro del evento general. No voy a entrar en quien se merece o no estos premios… pero sí tengo claro que sí que merece la pena recordar a este fotógrafo. No parece tener presencia en redes sociales o página propia en internet. Ni siquiera se habla de él en Wikipedia. El enlace que le he puesto es a la obra que tiene entre sus fondos el Reina Sofía.
Bonsais en el Museo de Zaragoza
En Blind-Magazine encontré hace unos días un artículo dedicado a otra veterana fotógrafa documental, Jane Evelyn Atwood. Con frecuencia a dirigido su mirada hacia la marginalidad; prostitución, niños ciegos, el corredor de la muerte… Una buena parte de su trabajo más significativo, o que le dio proyección, fue realizado en Francia en los años 70 del siglo XX, en blanco y negro, muy clásico. Pero su estilo no se ha mantenido inmutable, aunque sí su espíritu, y usó el color para documentar las duras consecuencias del sida en la década de los 80. Otra fotógrafa que hay que conocer.
Ya he hablado en ocasiones del matrimonio de artistas, Alex Webb y Rebecca Norris-Web, de estilos muy distintos, él es más documental, ella es poeta en origen. En Lenscratch nos hablan de su último trabajo conjunto, realizado en tiempos de pandemia, en una zona residencial y vacacional costera de Nueva Inglaterra. Fotografías llenas de simbolismo sobre lo paisajes externos e internos que nos rodean, y cómo cambian de significado en tiempos difíciles.
Bonsais en el Museo de Zaragoza
También he hablado en ocasiones de la fotografía de la japonesa Chieko Shiraishi, cuya obra por medios fotoquímicos sobre los que interviene profundamente, de forma muy plástica, en blanco y negro, otorga a sus fotografías una aspecto pictorialista muy personal, cargado de expresión. En su último trabajo Shimakage 島影, sombras de islas, adopta un estilo oscuro, en el que cuesta diferenciar los detalles, cuando va recorriendo las costas de su país buscando esas pequeñas islas que las salpican, muchas de ellas habitadas, entre lo natural y lo urbanizado. Lo hemos visto en Pen-online.
Además, un par de fotógrafas cuyas fotografía simplemente me han gustado, incluso si no siempre he sido capaz de captar el mensaje o el tema que las reúne. Quizá no sea necesario. En Booooooom, me gustaron las fotografías de Alana Celii. Y no recuerdo exactamente donde, creo que fue en alguna entrada de Instagram que no recordé marcar, me gustó el trabajo de la rumana Mari Calai. Creo que son dos autoras que reservo para conocer más despacio más adelante, y encontrar el hilo conductor que mueve sus obras.
Durante un verano de fuertes calores, han sido relativamente numerosas las entradas que he ilustrado con fotografías realizadas los sábados y domingos a horas muy tempranas. Todos los sábados intento caminar un mínimo de dos horas, 11 o 12 kilómetros, si es posible más. Pero cuando el calor aprieta, hay que madrugar para disfrutar de la caminata, evitando el calor. Pero no sólo camino en los días en los que no se trabaja, desde unos cuantos meses, camino en la madrugada todos los días.
Cuando en mayo del año pasado comencé un cambio de hábitos profundo que me ha permitido perder muchos de los kilos de peso que me sobraban y mejorar mi forma física, además de ordenar y disminuir mis comidas, también procuré aumentar el número de kilómetros diarios caminados. Y si a eso sumas lo incómodo que resulta ir en el transporte público urbano con la mascarilla puesta, algo que ya no tiene sentido cuando no existen otras medidas de alejamiento social acompañantes, los incentivos para desplazarme por la ciudad caminando son altas. Por ello, voy y vengo al trabajo caminando. Unos 3800 metros a primera hora de la mañana. Y cuando salgo a primeras horas de la tarde, como aprovecho para hacer compras u otros recados, entre 4000 y 4500 metros. Es decir, aseguro que de lunes a viernes camino alrededor de ocho kilómetros. A 120 pasos el minuto, 100 metros al minuto, son 9600 paso a buen ritmo de seis kilómetros a la hora. Esto es cardiosaludable.
La única cuestión es que, mientras en verano esas madrugadas son agradables, porque todavía no hace calor, pero ya hay luz, y es muy agradable, desde que llegó septiembre son recorridos a primera hora de la mañana que se hacen en la oscuridad. Por lo tanto, ya no puedo detenerme un instante de vez en cuando a realizar una foto aprovechando una composición o unas condiciones de luz que me llaman la atención en un momento dado.
Ayer por la tarde, ya noche, en medio del caos por la fiestas del Pilar, llegué a casa después de una escapada de unos días a Bilbao, con excursiones a diversos puntos localizados en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Viaje en tren desde Zaragoza a Bilbao, lento… un recorrido impropio del país que pretendemos ser y en la época en la que pretendemos estar. Más si tenemos en cuenta que parte de ese recorrido no sirve simplemente para comunicar estas dos ciudades, si no también Bilbao con Madrid o Barcelona. Pero también usando el tren para desplazarnos por las cercanías de Bilbao, estos simpáticos trenes Euskotren, en la red de vía de ancho métrico que antiguamente pertenecía a FEVE (actualmente Renfe Cercanías AM) y que se transfirió al Gobierno Vasco en las líneas que circulaban íntegramente por su territorio.
El motivo del viaje… bueno, de las cuatro personas que hemos ido, una de ellas tenía algo que hacer por trabajo una de las mañanas que hemos estado en Bilbao. El resto hemos ido por turismo y escapando de las fiestas del Pilar de Zaragoza. Momento del año en el que los zaragozanos están encantados de vivir en el caos, y sufrir unos servicios tercermundistas y, además, más caros. Los puntos fuertes del viaje eran dos. En Bilbao, visitar el Museo Guggenheim. Yo estuve en noviembre del año 2000, tres años después de su inauguración… pero no había mucho que visitar en su interior. Era cosa de ver el edificio y poco más. En esta ocasión, aun con la mala suerte de que estaban sustituyendo la exposición de uno de los pisos (tercera vez que me pasa en un museo en el último mes), pudimos ver bastante arte contemporáneo.
Por supuesto hubo tiempo de sobras para recorrer otras zonas y monumentos de la ciudad vasca. Una ciudad por la que nunca he sentido mucha atracción. Aparte de que siempre he sentido una sensación de grisura en el ambiente, cuando la he visitado, me parece que tiene una disposición caótica y con un limitado interés. Demasiado desordenada probablemente por el rápido crecimiento que acompañó la revolución industrial y épocas posteriores de urbanización poco planificada. No es la única ciudad a la que le pasó esto. No obstante tiene sus cosas interesantes y zonas paseables. Especialmente cuando la capa de nubes se va y deja pasar algún que otro rayo de sol. Cosa que no nos ha pasado hasta las 11 de la mañana como pronto.
Sí que pretendimos acercarnos a lo que es las orillas de la ría y el puerto, pero no teníamos una planificación muy buena, perdimos mucho tiempo y no sacamos tanto en claro como pensábamos. Pero culpa nuestra por no prepararlo mejor. Fue muy agradable la visita al puente de Vizcaya, puente transbordador entre Portugalete y Getxo, mal llamado puente colgante, que son otra cosa. Es Patrimonio Mundial según la Unesco.
El segundo entorno objetivo que teníamos, y que nos habían recomendado diversas personas, era el entorno de la Reserva Mundial de la Biosfera de Urdaibai, otra de las cualificaciones que otorga la Unesco. Es una amplia zona en la ría y estuario del río Oka y afluentes, que combina medio natural y explotación humana diversa. Se accede desde Bilbao con cierta facilidad con la línea de Euskotren que lleva a Gernika y Bermeo, o con diversas líneas de autobús. El primero de los días que le dedicamos nos llegamos en tren hasta Bermeo, para luego retornar caminando hasta Axpe pasando por Mundaka y otros lugares. Está es una de las zonas más próximas al mar.
La otra jornada fue para visitar la marisma de Urdaibai con el Urdaibai Bird Center, una lugar preparado para el estudio y observación de las aves locales y de migratorias que en distintas épocas del año se pueden encontrar. Cuando fuimos nosotros no había mucha actividad, pero nos gustó. Y desde ahí empezamos a caminar hacia Gernika.
Camino de Gernika recorrimos el tramo superior, lleno de marismas o zonas inundables, se camina sobre pasarelas de madera, de la cuenca del Oka. Nos llegamos hasta Forua, donde hay restos romanos interesantes. Y finalmente llegamos a Gernika, donde pudimos ver con mayor claridad, haciéndole fotos, una bonita garza. No precisamente en un lugar silencioso y silvestre, sino en medio del casco urbano, con ruido de camiones, trenes y demás. Cosas que pasan. También había algún cormorán.
Gernika es un lugar interesante de visitar, pero con el problema de que es utilizado con fines muy propagandísticos por las ideologías nacionalistas dominantes en esa comunidad autónoma, que son muy poco rigurosas históricamente hablando, basando sus afirmaciones más en mitos que en otras cosas. Lo cual te deja un sabor de boca raro cuando visitas lugares que merecerían una interpretación más ajustada a la historia, haciéndolas más universalmente interesantes. Pero está bien.
Finalmente, un pequeño comentario sobre los aspectos fotográficos. Además de la pequeña Minox 35 GT-E que me suelo llevar con película negativa en blanco y negro, para la fotografía en color, digital, he optado por la Canono EOS RP con el equipo básico que me llevé el año pasado a Copenhague. Es un equipo eficaz y muy portátil, aunque prefiero habitualmente el Olympus micro cuatro tercios. Pero como quería llevarme para alguna ocasión un teleobjetivo potente… pues era la única opción. Lo he usado poco… el teleobjetivo. Pero lo he usado.
Si sólo tuviéramos un ojo nuestro campo de visión tendría unos límites circulares. Como nuestra visión es binocular, se alarga el eje horizontal y es más bien elíptico. Pero desde luego no es cuadrado, como las fotografías que nos suministran nuestras cámaras, o como la mayoría de los cuadros que vemos en los museos, galerías de arte o, quien sabe, colgados en el salón de la casa de alguien. Las fotos y los cuadros no representan nuestra visión, prácticamente nunca. Más bien, vemos el mundo con ellos como a través de una ventana.
Lo curioso es que nuestras cámara fotográficas, más bien los objetivos, los sistemas ópticos a través de los cuales entra la luz, también proyectan su imagen de forma circular. Sin unos límites del todo nítidos, aunque razonablemente diferenciados. Tal es así que la cámara de cajón Kodak de 1888, la primera destinada al gran público, llevaba incorporado un rollo de película que ofrecía 100 negativos… redondos. Y las copias que entregaban una vez revelada la película también eran redondas. Remitir la cámara a Kodak para revelar, obtener las copias y que te la devolvieran nuevamente cargada costaba 10 dólares. Lo cual era un montón de dinero para la época. El lema de la cámara Kodak era You Press the Button, We Do the Rest (Tú pulsas el botón, nosotros hacemos el resto).
Hoy en día no es fácil encontrar sistemas que hagan fotos redondas. Desde luego, ninguno digital. Pero en película fotoquímica, tenemos las Polaroid Color Round Frame, que nos devuelven aquellas sensaciones. A mí me gustan, como las del cartucho del que hablo en Paisajes redondos al amanecer – Polaroid Supercolor 635 con Polaroid Color Round Frame.
Sobre este viaje a la comarca del Jiloca, en la provincia de Teruel, ya comenté hace unos días con las fotografías digitales en color. Hoy… esta tarde la cabeza me está matando. Y aunque parece que se va a pasando con un analgésico, no tengo muchas ganas de enrollarme. Así que os dejo unas fotos echas el mismo día con película tradicional para negativos en blanco y negro. Si queréis sabe más, visitad Caminando por la comarca del Jiloca – Canon EOS 650 con Lomography Potsdam Kino 100.
El viernes pasado me cogí un día de fiesta. Me quedan bastantes todavía de este año, y hemos entrado ya en el último tercio del año. No teniendo urgencias laborales para ese día… decidí prolongar el fin de semana. Y tras hablarlo con un viejo amigo con el que he reconectado recientemente, le propuse ir de exploración. Los campos de cultivo, la vega del río Jiloca a su paso por la comarca del Jiloca en la provincia de Teruel, hace tiempo que despierta mi curiosidad de cara a posibles fotografías de paisaje, especialmente de cara al otoño, cuando los colores sean más agradables. Pero una cosa es lo que ves al pasar con un coche o desde un punto determinado, y otra cosa es el continuo a lo largo de la comarca.
La idea me viene rondando de los dos años consecutivos que en el mes de octubre acudimos a fotografiar la flor del azafrán (y aquí, y aquí). Entonces me di cuenta que a lo largo de la cuenca del Jiloca, en las inmediaciones del curso del río, existían estas posibilidades paisajísticas. Pero antes de ir con todo el equipo, opté por explorar. Investigando rutas, encontré lo que es la Etapa 5 de la GR 160 Camino del Cid, entre Calamocha y Monreal del Campo. Esta denominación es confusa, porque también se denomina quinta etapa de la GR 160 a un tramo del sendero que discurre por la provincia de Burgos. O eso me encuentro al buscar en Google. En cualquier caso, si buscáis en Wikiloc encontraréis descripciones de la ruta que hicimos nosotros. Está razonablemente señalizada. Otra cosa es que sea el recorrido más interesante que se pueda hacer entre el punto inicial y el punto final.
Nos desplazamos hasta Calamocha en tren. Es la primera vez, que yo recuerde, que cojo el tren en la línea Zaragoza – Teruel – Valencia, cuya fama no es muy buena. Salida de Miraflores a las ocho de la mañana, con llegada a Calamocha a las diez,… más el retraso de un cuarto de hora. Lo cierto es que, en el recorrido que hicimos, el estado de la línea es correcto o bueno, y el único problema que tiene es que entre Cariñena y Calamocha, la línea es muy sinuosa y el tren no puede avanzar a gran velocidad. También que, desde que sale de su estación de partida en Miraflores hasta que enfila el valle del río Hueva en dirección sur se da una vuelta alrededor de la ciudad que le lleva un tiempo. Recorrimos caminando 22 kilómetros pasando por los núcleos de población de Calamocha, inicio del recorrido, El Poyo del Cid, Fuentes Claras, Caminreal, Torrijo del Campo y llegada a Monreal del Campo. Tan apenas nos detuvimos en los núcleos de población, salvo para comer alguna pieza de fruta y beber algo fresco, porque teníamos pensado regresar en el tren que para en Monreal del Campo cerca de las tres y media de la tarde. Nos sobraron 25 minutos,… más el retraso de un cuarto de hora.
El comienzo de la ruta, entre Calamocha y El Poyo del Cid, discurre paralelo o aprovechando una vía verde del antiguo Ferrocarril Central de Aragón en su recorrido entre Calatayud y Caminreal, donde confluía con la línea que venía de Zaragoza y seguir a Teruel y Valencia. Se supone que esta línea formaba parte de lo que luego se llamó el Santander – Mediterráneo, que nunca llegó a tener una continuidad total. Se aprecian los edificios de la estación de Calamocha y algunos taludes, trincheras y puentecillos. Después del Poyo, sigue por caminos rurales que comunican los núcleos de población mencionados con los campos de cultivo en la vega del Jiloca. Todo muy bien hasta que después de salir de Torrijo del Campo, en un bifurcación donde encontramos uno de los típicos peirones de la provincia de Teruel, el camino nos dirige a cruzar las vías del ferrocarril en activo, recorriendo el lado sur de la vía hasta Monreal, en un tramo de unos cuatro kilómetros de escaso o nulo interés. Deberíamos haber seguido por el camino asfaltado que une Torrijo con Monreal. Pero supongo que la GR 160 lo evita por el paso de vehículos motorizados. Pero paisajísticamente es más interesante que el secarral por el que transcurre oficialmente la GR.
Algo después de las tres y media de la tarde montamos en el tren de regreso, que sólo tardó una hora y tres cuartos, por ser un semidirecto que hace menos paradas. Y que procedía, para nuestra sorpresa, de Cartagena. Desconocíamos que hubiera una conexión directa en tren desde Zaragoza a Murcia y Cartagena. Quizá la aprovechemos algún día. Aunque el recorrido dura muchas horas. El tren venía lleno. Sin problemas porque habíamos sacado billete con reserva con antelación. Supongo que al ser viernes, había mucha gente regresando a pasar el fin de semana a sus hogares o los de sus familias.
En conjunto, el recorrido realmente tiene algunas buenas oportunidades, especialmente para atardeceres de otoño en los cuales se podrá hacer la misma combinación ferroviaria, pero regresando en el tren que pasa por Monreal del Campo cerca de las siete y media de la tarde, con paradas intermedias, suponemos que alguna de ellas facultativa, en Torrijo del Campo y Caminreal-Fuentes Claras, además de Calamocha, claro está. Fue una jornada agradable en la que afortunadamente no hizo mucho calor. Fotos realizadas con la Fujifilm GFX 50R y el GF 50 mm. Debería haberme llevado la Olympus OM-D E-M5 Mark III con un objetivo zoom o varios objetivos sencillos. Más ligera, e igualmente eficaz para documentar lo que me interesaba. Con película fotográfica tradicional, ya os contaré otro día.
En los últimos tiempo, parece que está de moda morirse. Bueno, en realidad, es una actividad humana que no ha perdido vigencia nunca. Y que cuando se moda a lo bruto, ya saben,… guerras, epidemias, hambrunas,… pues es especialmente desagradable. Pero claro, en una sociedad humana en la que las desigualdades son una constante, también a la hora de morirse hay diferencias. Fíjense ustedes la que se monta si se muere una reina de Inglaterra y demás territorios del Reino Unido y la Mancomunidad de Naciones (la famosa Commonwealth). Quien dijo que estábamos en crisis. Si se nos muere la momia multimillonaria y coronada, el estado tira la casa por la ventana, mientras que otros mueren en la indigencia y el olvido. El caso es que la semana pasada estuvo también nutrido de otros obituarios, de gentes que, en mi humilde parecer, son más respetables que la momia de los Windsor, previamente Sajonia-Coburgo-Gotha hasta que el abuelo Jorge de la momia, cambió de apellido por haber entrado en guerra con su primo Guillermo, el de Berlín, y quedaba mal tener un apellido tan rebuscado y alemán.
Uno de los finados reciente fue el fotógrafo William Klein (1926 – 2022), nacido en Nueva York y fallecido en París. Nacido el mismo año que la momia de los Windsor, mira tú qué casualidad. En un momento dado de su vida adquirió la nacionalidad francesa, tras quedarse a vivir en el país vecino tras ser licenciado del ejército yanqui tras la Segunda Guerra Mundial. Conozco la magnífica y poderosa obra de Klein desde hace muchos años, prácticamente desde que comencé a interesarme por la fotografía en todos sus aspectos. Pero no hay nada como una buena exposición para que te enganches definitivamente a la obra de un artista. Y esa exposición, en el caso de Klein, la visité en el año 2012, un diálogo fotográfico con el japonés Daidō Moriyama en la Tate Modern Gallery, una de las mejores exposiciones sobre fotografía que he visitado en mi vida. También fue director de cine, aunque poco comercial, y con muchos cortos y documentales en su haber. Como curiosidad, tiene una aparición en el corto La jetée de Chris Marker, como «un hombre que viene del futuro».
Y también se nos ha ido, muy mayor también, el director de cine francés Jean Luc Godard (1930 – 2022) [en IMDb]. Fue uno de los exponentes más importantes de la Nouvelle vague del cine francés, muy influyente a nivel internacional. Y he de decir que de aquella generación de cineastas galos, probablemente sea mi favorito junto con Éric Rohmer y, quizá, Alain Resnais. Sí, por encima de Truffaut, que también goza de mis simpatías. No me considero especialista en el cine de Godard. Su filmografía es tremendamente extensa, ya que abarca seis décadas largas, entre 1955 y 2018, siendo bastane prolífico. En IMDb le acreditan 131 títulos entre largometrajes, cortometrajes, anuncios, televisión, etcétera. Pero sí que le he visto sus títulos más emblemáticos, sirviéndome para enamorarme de Jean Seberg, o de Anna Karina en más de una ocasión. Tengo serias dudas que los mejores directores de cine actuales dejen en mí el poso que dejaron estos directores franceses, a los que anómalamente en un momento dado de mi vida, temprano, y que para siempre estorbaron mis gustos cinematográficos, alejándome del común de los mortales y convirtiéndome en «un raro». Cosas que pasan.
… y cuanto más pan echamos, mejores ratos pasamos.»
Anónimo
Esta era la cancioncilla que cantábamos de adolescentes y hacíamos, más que el pato, el ganso. Parece como un pasatiempo nacional que si hay un curso de agua, o estanque, la gente, especialmente los mayores o quienes pasean con niños, se dedique a alimentar con sobras o con pan a las aves como patos y gansos. También están los que alimentaban con granos a las palomas en las más céntricas plazas de la ciudad. Las cuales, con el alimento fácil y asegurado, acaban por convertirse en una plaga para la propia ciudad.
Y la tendencia no parece cambiar. Cuando decido hacer ejercicio, caminando un buen rato y a buen ritmo, varias de mis rutas habituales discurren a orillas del Canal Imperial de Aragón. Y no es infrecuente encontrar rincones llenos de basura y excrementos de las aves por ser los lugares donde las gentes se dedican a alimentarlas. Cuando uno viaja por el resto de Europa, lo habitual es que encuentre avisos a la población informando que eso es algo que bajo ningún concepto se debe hacer. Por varias razones. Dos ya las he mencionado; por motivos higiénicos, para evitar acúmulos de desechos, y para evitar que estos animales se conviertan en plagas. En el caso de las palomas, con sus corrosivos excrementos, generan cuantiosos daños. Trabajé en hospital en Huesca que, cuando se producían tormentas torrenciales, el agua que caía sobre el tejado arrastraba estos desechos, que atascaban las bajantes de desagüe y producía eventualmente peligrosos desbordamientos que afectaban a las áreas de hospitalización donde estaban los enfermos.
Pero estos usos también afectan negativamente a las aves, ya que los alimentos que se les proporcionan en esta actividad lúdica están desequilibrados para sus necesidades. Y además de que pueden convertirse en plaga por su mayor capacidad para reproducirse, también pueden enfermar o transmitir enfermedades. Recuerdo los avisos que había a orillas del Ródano cuando desaguaba el lago Lemán en Ginebra: «No alimenten a las aves; son lo suficiente listas como para buscarse la alimentación que necesitan por su cuenta». Y los ginebrinos, respetaban estas señales. Aquí, el ayuntamiento de la ciudad, ni siquiera se cosca de que conviene incluir estas advertencias. Algún día aprenderemos. Quizá. Tal vez.
Surgió a conversación este fin de semana mientras tomaba algo fresco en un terraza con unas buenas gentes. A mucha gente, los cementerios les producen repelús. La palabra repelús no existe meramente en el lenguaje coloquial como eufemismo de miedo o temor más o menos supersticioso, como yo pensaba. En el diccionario de la Real Academia Española aparece la palabra repelús como «temor indefinido o repugnancia que inspira algo». Sin embargo, dos de los presentes arqueábamos las cejas ante este repelús.
Mi padre trabajó de marmolista en un taller de su propiedad a medias con un socio y buen amigo durante tres décadas. Algo más que buen amigo; familia de la mejor. Previamente había ejercido la profesión como asalariado para otros. Y aunque preferían otros trabajos, relacionados con los complementos para muebles o las obras de baños y cocinas, de vez en cuando les encargaban y hacían lápidas para los nichos del cementerio. Y más de una vez en mi infancia subí con ellos mientras colocaban las lápidas. En ese rato, como niño que era, jugaba entre las tumbas sin mayor problema. Nunca, ninguno de los tranquilos y pacíficos residentes del lugar, me causo ningún tipo de problemas. Ni me dirigieron la palabra. Ni de niño sentí yo repelús alguno por el lugar.
Ese repelús, irracional, se extiende a otras gentes e instituciones. Por ejemplo, los hospitales psiquiátricos y las personas con trastornos mentales graves. Fue lo que desencadenó la conversación. El paso junto a la terraza de una persona con uno de estos problemas de salud, que saludó, y yo le contesté. Y se quedó mirando un rato sonriente. Lo cual… probablemente generó el repelús de alguno de los presentes. Injustificado repelús. También me habitué a su presencia desde muy niño. Tampoco he entendido nunca este repelús, también irracional. Y que nos cierra la posibilidad de algo importante y necesario; la solidaridad y el apoyo a estas personas. Una pena lo de los miedos irracionales.