El verano, las horas centrales del día, es un buen momento para la fotografía en el espectro del infrarrojo. Los cielos profundos, los paisajes de vegetación con un blanco casi níveo. Imágenes contrastadas. Y que se pueden hacer a las horas en las que habitualmente se desaconseja hacer fotografías, por la dureza y la mala calidad de la luz. Esto es lo que hice hace un par de domingos.
No me refiero a una chica o una mujer japonesa, sino a una película fotográfica. Una «desaparecida» en combate, que ha resurgido de sus cenizas en una fábrica británica. Lo explico someramente en El regreso de la Fujifilm Neopan 100 Acros… II.
Las fotos pueden tener algún defecto, porque cometí alguna torpeza durante el revelado y se velaron parcialmente. No era mi tarde.
Si hace unos días hablaba de un soleado paseo en el último domingo de mayo, «armado» con una cámara de formato medio y un rollo de película en blanco y negro de formato medio, las de hoy son más representativas del mes de junio, más fresquito y con frecuencia de nubes, e incluso algún chaparrón, que estamos teniendo.
En el baúl de los recuerdos de mi madre no falta una especie muy curiosa; la de los programas de cine, postales de actores y actrices, u otras cuestiones relacionadas con el mundo del espectáculo y la diversión de la triste posguerra española. Pero ninguna sociedad, por triste que sea de forma intrínseca estructural, puede pasar sin sus momentos de evasión. Y el cine fue probablemente el medio de pasar alguna tarde de domingo escapándose de las realidades cotidianas. De forma no muy distinta a lo que sucede hoy en día, aunque los escapismos se hayan diversificado en forma de televisión, internet, deportes de masas y otros. Algunos de estos también existían o apuntaban maneras en los años 40 y 50 del siglo XX.
Lo que me llama la atención es la existencia en el baúl de fotografías de personas disfrutando de los placeres del esquí, hechas un pincel, con los estilizados modelos de la época. Aunque la familia de mi madre, antes de la guerra, tenía sus posibles y probablemente disfrutaban de cierto «nivel» en las relaciones sociales, lo cierto es que la salida del conflicto bélico (in)civil les dejó muy mal parados económicamente. No entraremos en ello, no merece la pena ahora. Así que lo de disfrutar del esquí en las estaciones catalanas más antiguas, como La Molina, donde parece estar hecha la foto de la señora o señorita desconocida, no entraba dentro de sus posibilidades. Hoy en día la práctica del esquí no es barata, pero se ha convertido en un entretenimiento invernal mucho más común. En aquella época estaba reservado a determinado nivel socioeconómico.
Tuve que asentarme yo profesional y económicamente para que alguien de la familia pudiera disfrutar de la nieve en los Pirineos o en los Alpes. Disfrute que ya no es posible por culpa de un fisura en mi menisco interno derecho. Que se le va a hacer.
Si el mes de junio de 2020 está siendo bastante más fresquito de lo que esperábamos en Zaragoza, el último domingo de mayo fue un día soleado y agradable. Camisetas y pantalones cortos o bermudas para disfrutar de lo poco que nos queda de primavera en los tiempos del nuevo coronavirus. Así que cogí una cámara, algo de película y salí a pasear y hacer fotos. Por mis recorridos tradicionales de paseo en la ciudad, que en los tres últimos meses no he podido apenas visitar.
Llego al ecuador de esta serie de entradas nostálgicas, llego a la sexta de doce que tengo planificadas, todas ellas a partir de las fotos que hice con mi Hasselblad a una parte del contenido del baúl de los recuerdos familiar, que es lo mismo que decir el baúl de los recuerdos de mi madre, durante uno de los fines de semana del confinamiento por la covid-19. Ahora ya estamos mucho más libres. Todavía existen algunas restricciones y estamos obligados a llevar las mascarillas en determinados entornos y situaciones. La principal restricción ha sido siempre la movilidad, que ahora, en Aragón tenemos limitada a no poder salir de la comunidad autónoma. Pero paseamos libremente. Nos tomamos nuestras cervezas. Y quedamos incluso a cenar. Todavía no podemos ir al cine. O no como nos gustaría. Este sábado pasado quedé con unos amigos en una terraza en el parque lineal que recorre las orillas del Ebro en Zaragoza, a la altura de la avenida de Ranillas, a la que recientemente cambiaron el nombre por el de un político, ex-alcalde de la ciudad por un rebote, no especialmente brillante, pero que como ya ha muerto… pues ya no se puede criticar, parece. Qué manía la de ponerles nombre de político a las calles… no me gusta, da igual el signo político que representen. El caso es que cuando me dirigía hacía allí, hubo una tormenta, y al cruzar el punte de la Almozara, hubo esto.
Subí la foto a una red social, donde tuvo un cierto éxito. A pesar de que la subí con un texto que yo suponía irónico sobre los tópicos que hacen que una foto tenga éxito en las redes sociales. Y que la mayor parte de las ocasiones no tiene que ver con la calidad. Para quienes no conozcan Zaragoza, las vistas del río Ebro y la basílica del Pilar son dos tópico, topiquísimos, en las fotos y la imaginería de la ciudad. De esas imágenes que reconocemos inmediatamente, que algunos se les enternece el alma y se les elevan los sentimientos… y a otros nos resultan más cansinas y empalagosas. Y si ya tiene un arco iris… pues no te digo. Bueno,… la principal respuesta fue de quienes gustan de estos topicazos. Aunque la foto no es especialmente buena. Tiene claros problemas de equilibro en la composición.
Pero claro… a veces pensamos que esto es algo de ahora. Cuando en realidad llevamos haciendo lo mismo, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor rapidez, dependiendo de los medio técnicos desde más de un siglo. No tienen tantos años las fotos que muestro a continuación. Ninguna de las dos fotos está claramente fechada. La del grupo de personas, a quienes no conozco, correspondería a los años 40. Mientras que la que es conceptualmente similar a mi foto, el río y la basílica con cielo nublado desde otro puente, podría ser de los años 30. Como se puede apreciar, faltan las dos torres traseras, y no se aprecian, es cierto que están muy lejos, las obras de las torres traseras, que no comenzaron hasta 1950, terminando en 1961. En Zaragoza, cuando algo tarda mucho en completarse es «la obra del Pilar», que transcurrieron desde 1681 a 1961… 280 años…
A las fotografías del Pilar desde el puente de Hierro o puente del Pilar, que es su nombre oficial, acompaña un fotografía de mi madre en una fiesta de disfraces en fecha no determinada. Es la tercera de pie, empezando por la izquierda… o por la derecha. Tampoco tengo referencias sobre el año de la foto, ni conocemos al resto de los que allí aparecen. Mi madre vivió durante bastantes años durante la posguerra inmediata en Barcelona, pero no podemos situar exactamente si la foto se hizo en la ciudad catalana, o si se hizo ya una vez de regreso en Zaragoza.
En fin, os dejo con otra foto tomada el sábado por la tarde, un poco mejor equilibrada en su composición, con mejor luz, y que recoge mejor la información de cómo era la tarde.
Indudablemente, una de las cuestiones que más acaparado los espacios dedicados a la actualidad, y también en las páginas dedicadas a la fotografía, es el asesinato por parte de policías de otra persona afroamericana. Cuestión especialmente desagradable, más todavía de lo habitual, por la actitud de la policía ante las justificadas protestas y por el envalentonamiento de los grupos racistas en determinados lugares. Supongo que muchos policías americanos están con los grupos racistas y fascistas. Y me temo que no sólo en Estados Unidos. Pero muchas de las referencias históricas en fotografía en la lucha por el respeto, los derechos civiles y la igualdad jurídica y social ya han ido apareciendo en estas páginas, así que no me extenderé por todas ellas. Por cierto, hay quienes se quejan del uso y abuso de los términos «fascismo» y «fascista» para denominar a muchas derechas populistas. Yo sugiero acudir a este ensayo de Umberto Eco, sobre el ur-fascismo, y quizá comprobarán que desgraciadamente no se abusa de estos términos.
Ya tenemos libertad de caminar cuando y por dónde queramos. También, desde mañana, para movernos en coche por toda la comunidad autónoma de residencia. Por lo menos en Aragón. A ver si para el fin de semana que viene pienso algo, ahora que tengo el coche recién revisado, con ruedas y batería nuevas, y otras cositas.
Y ahora, vamos a otros temas. Por ejemplo, otra recurrente de estas páginas es Francesca Woodman. Tal es la popularidad que ha adquirido una fotógrafa que hace casi 40 años que falleció, que no dejo de volver a ella por dos motivos. Porque muchas de sus fotografías y series me gustan mucho y porque, a pesar de ello, no es fácil de comprender. La exposición que pudimos visitar el año pasado en Madrid puso su granito de arena en este proceso de comprensión de la obra fotográfica de Woodman. Y el reciente artículo de Cartier-Bresson no es un reloj, que es mi recomendación de hoy, también.
Todos los años a principios de junio se recuerda la masacre de Tiananmen en Pekín, deleznable y sangrienta demostración de la auténtica naturaleza del régimen de la República Popular China, que parece ser admirado por la gestión de la crisis epidémica reciente en su territorio, tan «buena» (espooooiler… no ha sido buena ni de lejos). En Magnum Photos le han dedicado un artículo estos días atrás, a través de las fotografías de Stuart Franklin, especialmente la del hombre solitario con una bolsas que detuvo, momentáneamente, la columna de carros blindados. Pero hubo muchas más fotos. Sirva para recordar que un fascismo no tiene porqué estar liderado sólo por las derechas populistas; los partidos comunistas también se las han apañado muy bien a lo largo de la historia para recoger las esencias de ese fascismo original del que hablaba Eco.
Por cierto, Magnum Photos ha iniciado estos días atrás algo que llama #Flow o #MagnumFlow… y que explica de formas complicadas y elevadas… Bueno, después de darle varias vueltas, parece más que nada un blog con noticias de actualidad, con la ilustración gráfica de los fotógrafos de la agencia. Eso sí, menciona a la covid-19 y otros términos de moda para explicar lo que es. Realmente parece que puede ser interesante de seguir.
Para finalizar, algo más relajante. En Photography of China nos han presentado los bellos paisajes de Mongolia del fotógrafo suizo Marc Progrin, en todo tipo de situaciones, de estaciones, y entorno, desde la estepa a las montañas. Me han gustado, oye. Que ganas de volver a viajar…
Es simplemente eso. Lo que dice el título. Tenía que comprobar que una de mis cámaras más antiguas y queridas, una Leica IIIf de 1951, funcionaba correctamente. Así que una mañana de lluvia, camino del trabajo, le puse un rollo de película y fui haciendo fotos. Y la cámara funcionó correctamente. Los detalles técnicos los tenéis en Algún problema, ya resuelto, con Leica IIIf + Ilford FP4 Plus 125 a IE 400.
Cuando eres un niño, tu primer hogar es donde viven tus padres, donde vive tu familia. Para una elevada proporción de las personas. Aunque a lo largo de la historia ha habido, hay y seguirá habiendo excepciones, generalmente por causas nefastas; pérdida de los progenitores, abandonos, guerras, catástrofes, y otras que en estos momentos no se me ocurren. Conocí a alguien que no sufrió, en teoría, ninguna de las anteriores, pero que siempre nos contaba que su primer hogar fue la casa de sus abuelos. No la de sus padres. No puedo, ni quiero, entrar en esa historia. Tampoco es alegre, precisamente. El caso es que yo siempre creí que tuve claro cuál fue mi primer hogar. Mis primeros recuerdos son de un primer piso en la calle López Landa número 4, en el barrio de Torrero de Zaragoza. Pero mis padres siempre me dijeron que, durante unos meses, y hasta que les entregaron las llaves de este diminuto piso, el primero que compraron, vivimos de alquiler en el entresuelo del número 1 de la misma calle.
Y ahí quedó la cosa… hasta que un tiempo después de morir mi padre, hace muy poquitos años, empecé a remover los papeles y las fotografías del baúl de los recuerdos familiar. Y me encontré con el documento que veis a continuación, en compañía de una foto que me realizaron en Foto Madrid, en aquella época en la popularmente conocida como calle San Gil, aunque su nombre oficial era y es calle Don Jaime I. Estas fotos nos las hacían gratis, por una promoción cuando comprabas algo que no recuerdo qué decía mi madre qué era. Todavía existe el estudio fotográfico. Pero desde hace muchos años se encuentra al final de la calle Tomás Bretón, cerca de la avenida de Valencia.
Según mi Cartilla de puericultura, expedida por la Jefatura Provincial de Sanidad de Zaragoza con fecha 6 de julio de 1963, con el número 9.614, y donde consta mi registro de vacunas durante mis dos primeros años de vida, mi domicilio en aquel momento era la calle de Pedro López de Luna, en la Ciudad Jardín de Zaragoza. A apenas ocho minutos caminando del lugar donde trabajo ahora.
Siempre supe, desde que tengo recuerdos, que mi madre vivió en la Ciudad Jardín. Y cuando pasábamos por allí, a visitar a su amiga Filo, o a mi tía Pilarín, me mostraba la casa, que nunca conseguía recordar de una vez para otra. Las ciudades jardín fue un movimiento urbanístico de principios del siglo XX, que trataba de humanizar el hábitat de los seres humanos, tan brutalmente degradado por la revolución industrial, sin que estuviese fuera del alcance de las clases trabajadoras. La de Zaragoza es una idea de las fuerzas de izquierda durante la Segunda República y a ella debemos también el haber disfrutado de una línea de trolebuses de dos pisos, de aspecto absolutamente británico, incluso con el volante a la derecha, durante un tiempo. Ya que las ciudades jardines eran periféricas y debían contar con un buen y limpio medio de transporte para llevar a los trabajadores al centro de la ciudad o a sus lugares de trabajo.
Hoy en día está integrada en una ciudad que ha crecido mucho desde que se construyó. Es agradable paseare entre sus calles. Muchas de las casitas, parcelas que hemos llamado tradicionalmente en Zaragoza, eran de construcción regular, al fin y al cabo se concibió para clases trabajadoras y el gasto fue el justo, pero se han rehabilitado. Está considerada como BIC (bien de interés cultural), lo que permite su preservación, a salvo de la especulación urbanística. A veces pienso que me hubiera gustado vivir allí. Pero tampoco fui infeliz en Torrero, durante algo más de cuatro años, en otro fenómeno urbanístico característico en esta ocasión de la posguerra civil. La viviendas de protección oficial, también de construcción regular, pero en esta ocasión tirando a mala, que el régimen dictatorial construyó para las clases obreras. Y que se ven por los barrios socioculturalmente más modestos de la ciudad.
Dos fotografías tomadas durante mis idas y venidas a trabajar caminando durante la crisis del covid-19. Entre ambos esquinas, se encuentra aquel que fue mi primer hogar. Cuando hice las fotos no pensé en que iba a escribir esta entrada, no recordaba cual fue el número de la calle donde viví… y no tengo una foto del inmueble.
Pasada el ansia paseante de mucha gente en los primeros momentos del desconfinamiento, cuando entramos en la fase 1 de la llamada «desescalada» en el regreso a la «nueva normalidad» (cómo odio todo este lenguaje), salir a caminar un domingo a las siete y media de la mañana vuelve a ser una actividad tranquila, solitaria y segura. Hasta el punto en que ya me animé a salir con una aparatosa Hasselblad a hacer fotos.
Estos días atrás, por diversos motivos, quizá porque el ambiente extraño derivado de la epidemia de covid-19 las favorecen, han surgido diversas conversaciones sobre los tiempos en que estudiábamos. En la universidad, en nuestra adolescencia, en el colegio de pequeñitos… Recordamos con más frecuencia a personas que teníamos olvidadas. Cuando hace unas semanas llevé a cabo este miniproyecto de reunir en imágenes con la Hasselblad algunos objetos y fotografías del baúl de los recuerdos familiar, también tiré de mis álbumes fotográficos de infancia, adolescencia y juventud.
Cuando llegaba la primavera, el tiempo era más seguro y podíamos estar en el patio del colegio con menos avatares climatológicos, llegaba el momento en el que en el colegio nos hacía la foto del curso. Desde que entré en el colegio a los 4 años hasta que los abandoné a los 17, tuve anualmente una fotografía similar a las que veis a continuación. Supongo que algo así sucederá con muchos de vosotros, no importa la edad que tengáis. No conservo todas las fotos. No sé porqué o cómo se perdieron muchas de ellas, justos las de los años intermedios. Tengo las de los dos años de educación infantil, las que veis abajo, y algunas de mis años de bachiller (en aquellos tiempos unificado y polivalente). Pero me faltan las de cuando tenía 10, 11, 12 años y otros…
He escogido los años de educación infantil. Hice dos. Por el caos administrativo en el que sumió al colegio el padre rector que había en 1967, fui admitido un año antes de los establecido oficialmente, con cuatro años, cuando la admisión debía hacerse en el año en que se cumplían los cinco años. Aunque aproveché el año plenamente, al igual que mis compañeros un año mayores, no me dejaron progresar, y tuve que repetir el curso para integrarme en mi promoción. Ese segundo año, los que estábamos en la misma situación, nos agruparon en la misma clase «Infantiles – A», mientras que los que entraron nuevos estaban en la otra en «Infantiles – B». Los pasamos muy bien. Nos lo sabíamos todo. Así que eramos los más graciosos y los que mejor se lo pasaban de todo el colegio, porque íbamos a lo nuestro. Durante unos pocos años, aquel grupo alcanzó cierta celebridad, hasta que el efecto se diluyó con el tiempo. Como digo, fue divertido. O ese el recuerdo que tengo. Después fue distinto.
De las ocho semanas que va a tener este improvisado proyecto de fotografía en tiempos de la pandemia de coronavirus, llegamos al rollo y las fotos correspondientes a la semana séptima. Que coincidió en el final del mes de abril. Cuánto se escuchó en aquellos días aquel verso de una canción de Joaquín Sabina…
¿Quién me ha robado el mes de abril?
Joaquín Sabina, canción del mismo título
También es la primera semana en la que las fotos se han realizado fundamentalmente a primera hora de la mañana, cuando amanece. Antes hacía frío, o llovía, o estaba muy oscuro. Ahora es la hora del día con (potencialmente) mejor luz, con temperatura más agradable para caminar (habitualmente), y con más tranquilidad en las calles (casi siempre).