[Nostalgia] ¿Cuál fue tu primer hogar? – Ciudad jardín

nostalgia

Cuando eres un niño, tu primer hogar es donde viven tus padres, donde vive tu familia. Para una elevada proporción de las personas. Aunque a lo largo de la historia ha habido, hay y seguirá habiendo excepciones, generalmente por causas nefastas; pérdida de los progenitores, abandonos, guerras, catástrofes, y otras que en estos momentos no se me ocurren. Conocí a alguien que no sufrió, en teoría, ninguna de las anteriores, pero que siempre nos contaba que su primer hogar fue la casa de sus abuelos. No la de sus padres. No puedo, ni quiero, entrar en esa historia. Tampoco es alegre, precisamente. El caso es que yo siempre creí que tuve claro cuál fue mi primer hogar. Mis primeros recuerdos son de un primer piso en la calle López Landa número 4, en el barrio de Torrero de Zaragoza. Pero mis padres siempre me dijeron que, durante unos meses, y hasta que les entregaron las llaves de este diminuto piso, el primero que compraron, vivimos de alquiler en el entresuelo del número 1 de la misma calle.

Y ahí quedó la cosa… hasta que un tiempo después de morir mi padre, hace muy poquitos años, empecé a remover los papeles y las fotografías del baúl de los recuerdos familiar. Y me encontré con el documento que veis a continuación, en compañía de una foto que me realizaron en Foto Madrid, en aquella época en la popularmente conocida como calle San Gil, aunque su nombre oficial era y es calle Don Jaime I. Estas fotos nos las hacían gratis, por una promoción cuando comprabas algo que no recuerdo qué decía mi madre qué era. Todavía existe el estudio fotográfico. Pero desde hace muchos años se encuentra al final de la calle Tomás Bretón, cerca de la avenida de Valencia.

Según mi Cartilla de puericultura, expedida por la Jefatura Provincial de Sanidad de Zaragoza con fecha 6 de julio de 1963, con el número 9.614, y donde consta mi registro de vacunas durante mis dos primeros años de vida, mi domicilio en aquel momento era la calle de Pedro López de Luna, en la Ciudad Jardín de Zaragoza. A apenas ocho minutos caminando del lugar donde trabajo ahora.

Siempre supe, desde que tengo recuerdos, que mi madre vivió en la Ciudad Jardín. Y cuando pasábamos por allí, a visitar a su amiga Filo, o a mi tía Pilarín, me mostraba la casa, que nunca conseguía recordar de una vez para otra. Las ciudades jardín fue un movimiento urbanístico de principios del siglo XX, que trataba de humanizar el hábitat de los seres humanos, tan brutalmente degradado por la revolución industrial, sin que estuviese fuera del alcance de las clases trabajadoras. La de Zaragoza es una idea de las fuerzas de izquierda durante la Segunda República y a ella debemos también el haber disfrutado de una línea de trolebuses de dos pisos, de aspecto absolutamente británico, incluso con el volante a la derecha, durante un tiempo. Ya que las ciudades jardines eran periféricas y debían contar con un buen y limpio medio de transporte para llevar a los trabajadores al centro de la ciudad o a sus lugares de trabajo.

Hoy en día está integrada en una ciudad que ha crecido mucho desde que se construyó. Es agradable paseare entre sus calles. Muchas de las casitas, parcelas que hemos llamado tradicionalmente en Zaragoza, eran de construcción regular, al fin y al cabo se concibió para clases trabajadoras y el gasto fue el justo, pero se han rehabilitado. Está considerada como BIC (bien de interés cultural), lo que permite su preservación, a salvo de la especulación urbanística. A veces pienso que me hubiera gustado vivir allí. Pero tampoco fui infeliz en Torrero, durante algo más de cuatro años, en otro fenómeno urbanístico característico en esta ocasión de la posguerra civil. La viviendas de protección oficial, también de construcción regular, pero en esta ocasión tirando a mala, que el régimen dictatorial construyó para las clases obreras. Y que se ven por los barrios socioculturalmente más modestos de la ciudad.

[Nostalgia] Fotografías escolares

Fotografía

Estos días atrás, por diversos motivos, quizá porque el ambiente extraño derivado de la epidemia de covid-19 las favorecen, han surgido diversas conversaciones sobre los tiempos en que estudiábamos. En la universidad, en nuestra adolescencia, en el colegio de pequeñitos… Recordamos con más frecuencia a personas que teníamos olvidadas. Cuando hace unas semanas llevé a cabo este miniproyecto de reunir en imágenes con la Hasselblad algunos objetos y fotografías del baúl de los recuerdos familiar, también tiré de mis álbumes fotográficos de infancia, adolescencia y juventud.

Cuando llegaba la primavera, el tiempo era más seguro y podíamos estar en el patio del colegio con menos avatares climatológicos, llegaba el momento en el que en el colegio nos hacía la foto del curso. Desde que entré en el colegio a los 4 años hasta que los abandoné a los 17, tuve anualmente una fotografía similar a las que veis a continuación. Supongo que algo así sucederá con muchos de vosotros, no importa la edad que tengáis. No conservo todas las fotos. No sé porqué o cómo se perdieron muchas de ellas, justos las de los años intermedios. Tengo las de los dos años de educación infantil, las que veis abajo, y algunas de mis años de bachiller (en aquellos tiempos unificado y polivalente). Pero me faltan las de cuando tenía 10, 11, 12 años y otros…

He escogido los años de educación infantil. Hice dos. Por el caos administrativo en el que sumió al colegio el padre rector que había en 1967, fui admitido un año antes de los establecido oficialmente, con cuatro años, cuando la admisión debía hacerse en el año en que se cumplían los cinco años. Aunque aproveché el año plenamente, al igual que mis compañeros un año mayores, no me dejaron progresar, y tuve que repetir el curso para integrarme en mi promoción. Ese segundo año, los que estábamos en la misma situación, nos agruparon en la misma clase “Infantiles – A”, mientras que los que entraron nuevos estaban en la otra en “Infantiles – B”. Los pasamos muy bien. Nos lo sabíamos todo. Así que eramos los más graciosos y los que mejor se lo pasaban de todo el colegio, porque íbamos a lo nuestro. Durante unos pocos años, aquel grupo alcanzó cierta celebridad, hasta que el efecto se diluyó con el tiempo. Como digo, fue divertido. O ese el recuerdo que tengo. Después fue distinto.

[Nostalgia] Familia nuclear

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En el baúl de los recuerdos de mi madre no es difícil encontrar fotografías de los miembros de su familia nuclear. Bien de la que tenía cuando era soltera, aunque estas fotografías son dispersas y diversas, fruto sin duda de la situación en la que vivieron durante la guerra civil y en la posguerra inmediata (eso, otro día, si es que resulta pertinente), bien de la que formó cuando se casó. Pero lo curioso es como entre las fotos, y sin ningún orden aparente, aparecen documentos u objetos, que algún significado debieron tener para ella. ¿Por qué un pequeño volumen, una pequeña biografía de Ana Frank aparece dentro del baul entre las fotografías, y no estaba en los estantes de los muebles librería? Imposible de saber.

En principio, la familia nuclear de madre, según las definiciones sociológicas de este concepto fuimos cuatro personas; el matrimonio formado por ella y mi padre, después llegué yo y finalmente mi hermana. Tenía yo nueve años cuando nació mi hermana, y mi madre una edad en la que ya no esperaba más retoños. Que no fuera esperada no impidió que mi hermana fuera muy bien recibida. Realmente fue una familia más alegre después de su nacimiento, más bulliciosa. Pero da igual lo que digan los sociólogos. Es inevitable considerar que en nuestra familia nuclear había un quinto miembro. “La” Pilarín, mi tía. Hermana de mi madre. En algún momento la gente empezó a referirse a ella como Pili. Pero para los de toda la vida… Pilarín. Que sufrió una meningitis bacteriana en su niñez, que le acabó dejando unas secuelas, que llevaron a su institucionalización de por vida en algún momento de la posguerra. Pero nunca quedó abandonada. Y siempre fue una presencia en nuestras vidas. Hasta el día que murió ya muy mayor, y sobreviendo bastantes años a su hermana, mi madre. Y por eso está incluida, con todo merecimiento, en la entrada nostálgica de hoy.

[Nostalgia] La “Viking” y las vacaciones en Benicarló

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Ya anuncié/comenté hace unos días que, con la ayuda de mi Hasselblad 500CM y un rollo de Ilford Delta 400, me sumergí durante los días de Semana Santa en el baúl de los recuerdos de mi madre. Oficialmente, el baúl de los recuerdos familiar, pero el sesgo hacia las cosas de mi madre es demasiado evidente, siendo además la persona que se preocupaba más de él. Aunque yo de vez en cuando también me sumergía en el baúl, especialmente durante mi adolescencia, y le hacía preguntas. El problema es que no siempre quería o le gustaba hablar de todo. Y también que nunca nos dedicamos a documentar cada una de las fotografías y de los objetos que en el se encuentran, por lo que algunos han perdido sentido desde que nos falta ella. Haré varias paradas, en ningún orden en especial, de lo que me llamó la atención en el baúl.

La primera es en Benicarló. Para quien no se cosque, Benicarló es una ciudad costera en la provincia de Castellón, que en los años 60 empezó a despertar al turismo. Con una playa muy modesta en tamaño, la del Morrongo, quizá no admitiese tantos veraneantes como otros lugares de la costa. Pero no faltábamos quienes nos alojábamos en las viviendas sociales de los pescadores que, durante los meses de verano se trasladaban a vivir en casas de la familia más alejadas del puerto de la playa, dejándonos las más privilegiadas desde el punto de vista del turista, a los veraneantes. Se formó una pequeña comunidad de estos que convergíamos en la playa y en el puerto. La cámara familiar de aquella época era un sencilla, barata y elemantal “Viking” que, a pesar de su exóticamente nórdico nombre, era de fabricación nacional. La usaba sobretodo mi padre. No se daba muy buena maña. Siempre nos quejábamos de que cortaba las cabezas. Nunca pilló del todo el concepto de “error de paralelismo” entre lo que veía el visor directo de la cámara y lo que veía el objetivo de la misma. Todavía la tengo. Algún día le pondré un rollo de película. A ver qué tal.

Las últimas vacaciones en Benicarló siendo niño fueron en 1971. Al año siguiente nació mi hermana y empezó la época de los campings. Volvimos cuando tenía 19 años… pero no fue lo mismo. Y luego… esas ya son otras historias.

[Nostalgia] El bául de los recuerdos de mi madre y las viejas cámaras familiares

Fotografía

En los días de Semana Santa decidí dedicar tiempo a realizar un ejercicio de nostalgia aprovechando los contenidos del baúl de los recuerdos que conservaba y mantenía mi madre. Muchos de ellos soy capaz de interpretar, pero otros lamentablemente no. Y hoy en día ya no queda nadie de esa generación que nos pueda ayudar. En fin. Los datos técnicos fotográficos de este ejercicio están en Buscando en el baúl de los recuerdos con la Hasselblad 500CM + Ilford Delta 400 Professional.

Lo que de ahí salió,… ya lo iré contando en estas páginas poco a poco.

El baúl de los recuerdos y dos de las cámaras familiares de mi infancia y adolescencia.

[Libro] La casa de las bellas durmientes

Literatura

Para mucha gente, cuando se habla de leer un libro de un autor japonés, se piensa en libros de naturaleza más o menos exótica, que se basan en tradiciones o creencias que a muchos fascinan pero que resultan inaprensibles por su carácter misteriosos o casi esotérico, y con una mentalidad extraña y ajena. Y por lo tanto, pocos se atreven a introducirse en la lectura de una literatura tan rica. Algunos problemas tiene, de los que hablaré un poquito más adelante… pero bueno. Poco a poco, eso va cambiando. Muchos fenómenos culturales llegan en estos momentos sin problemas a España desde Japón. Cada vez son más frecuentes los estrenos cinematográficos de esa nacionalidad, y no sólo reservados a las películas de animación. No es infrecuente ver grupos de jóvenes en la sección de “manga” de algunas librerías. Así como la existencia de aficionados, también entre los más jóvenes, al pop japones, j-pop como le suelen llamar, o disfrazarse de sus personajes de ficción favoritos, cosplay le dicen, del japinglés “kosupure [コスプレ]” que no es otra cosa que la contracción de “costume play”, actuación con disfraces. Por lo tanto, entre algunos de estos muchos jóvenes, la literatura japonesa también va entrando, lo cual se nota en la presencia de títulos de este origen en las librerías, reales o virtuales.

A poco más de dos semanas de volver a dirigir nuestros pasos y nuestras miradas hacia el País del Sol Naciente. Intentando buscar un mix del Japón más moderno y cosmopolita, y del más tradicional y espiritual. Veremos qué tal nos queda. Bien, supongo. Es difícil equivocarse con un país así.

Pero seamos claros, aunque existan diferencias formales, y teniendo en cuentas que hablan preferentemente de sus propios conflictos sociales, muchas de las novelas contemporáneas niponas no dejan de hablar de temas que son comunes a gentes de todo el mundo. De verdad, que el salto cultural no es tan grande, y ni mucho menos abordable por una inteligencia normal con ganas de conocer un poco de mundo. Pero tenemos excepciones. De lo que he leído de autores japoneses, y ya empiezo a tener un cierto bagage que me sitúa por encima de casi todos mis conciudadanos, los hay más complejos, más apegados a la cultura más ancestral y tradicional de aquel país. Y entre estos está Kawabata Yasunari, el primer Premio Nobel japonés de literatura, el segundo Premio Nobel asiático en esa disciplina tras Tagore.

La novela de hoy es una novela corta. La narración de la noches que el protagonista de la misma pasa en la casa de las bellas durmientes. Un lugar clandestino donde hombres ya ancianos, incapaces de consumar sus deseos sexuales, pasan la noche acostados junto a una joven profundamente dormida, sumida en un sueño inducido por potentes fármacos, a merced de un hombre que no la puede penetrar con su sexo, pero que sí puede hacer otras muchas cosas. Hay un cierto pacto entre los “caballeros” que pasan la noche con las jóvenes. Pero el protagonista del relato es mayor, mas no tan anciano o decrépito como para que no se sienta impulsado a consumar una relación física que se supone que no debe/puede hacer. Y con la narración de las noches, tenemos los recuerdos que surgen de sus relaciones con otras mujeres de su pasado. Incluidas su mujer y sus hijas. Y el sorprendente desenlace.

Es una novela corta, que se lee bien, pero que desconcierta. Que no se puede cometer el error de leer de una forma excesivamente rápida, porque te pierdes muchos matices. Y esta sí que es una de esas novelas que has de leer asumiendo que el “aquí y ahora” del relato, una persona de entre 65 y 70 años en 1961 en el Japón que apenas sale de la posguerra mundial, es muy distinto en valores y concepción, al “aquí y ahora” del lector occidental contemporáneo. En momentos horroriza lo que se nos cuenta, en momentos seduce, en momentos cautiva la poesía de determinados momentos,… en momentos sientes pena por ese hombre, que ve cerca la muerte, y que recorre con su mente su pasado.

Indudablemente, una de las noveles breves más bellas e interesantes que he leído en mucho tiempo, al mismo tiempo que una novela que difícilmente te deja acomodarte en su lectura, difícilmente deja que tu conciencia esté tranquila. Especialmente, para quienes pensamos que la prostitución es una lacra social, símbolo supremo de la cultura de la violación, sobre la que nunca culparemos a las mujeres, sino a quienes se benefician de la actividad de una forma u otra, y a no pocos clientes que colaboran a mantener un sistema abominable.

[Cine] Roma (2018) y una apostilla [Too All Boys I’ve Loved Before (2018)]

Cine

Roma (2018; 59/20181221)

La última película del mejicano Alfonso Cuarón, un gran director, uno de los mejores de nuestros tiempos, eso ya no cabe duda, está en boca de todos. Por diversos motivos. He dicho, y lo digo convencido, uno de los mejores directores contemporáneos, incluso si no siempre me gustan sus películas. Pero así son las cosas. En esta ocasión había dos cuestiones a priori que condicionaban la visualización de esta película, en la que vuelve a sus raíces mejicanas. La crítica se ha rendido a la película de forma incondicional, con unos niveles de aplauso por aclamación casi desusados. Lo cual eleva mucho las expectativas del espectador. La segunda es la polémica de los estrenos directos en la plataformas de vídeo bajo demanda. En esta ocasión, hubo una disposición de los responsables de la película para estrenar en cines, pero con la negativa de Netflix de retrasar su estreno en su plataforma televisiva. La película ha conseguido un estreno limitado en salas, lo que le permitirá optar a determinados premios cinematográficos, pero en muchas ciudades no la hemos podido ver en pantalla grande.

Ante esto tengo que decir dos cosas. Los distribuidores y exhibidores de cine, al menos los españoles, hace tiempo que hacen cosas que no sé si realmente les permiten atraer espectadores al cine, pero que realmente molestan a los amantes del cine. Que no son los mismos que la mayoría de los espectadores. No voy a desgranar ahora esta cuestión… pero cada vez me molestan más las políticas de distribución y exhibición del cine en España, con numerosos atentados hacia el producto artístico, cuando merece este nombre. Pero parecen estar más interesados en atiborrar al público de palomitas grasientas y con toneladas de sal a precio de oro, que en fomentar el amor por el séptimo arte.

La segunda cosa es que es una pena no poder ver esta película en una sala con pantalla grande y en buenas condiciones. Es una película de cine, no de televisión. Su imagen, un blanco y negro de alto nivel iluminado por el propio Cuarón, y su sonido, son matizados, sutiles, y especialmente este último es más difícil de apreciarlo en el ambiente más ruidoso de un domicilio particular. Yo hubiera pagado, sin dudarlo, una entrada por ver esta película a pesar de disponer de ella gracias a la suscripción a Netflix.

En cuanto a la película… no apta para quienes consideran las películas de la Marvel el no va más del séptimo arte. Está en las antípodas. Estamos en una película del tipo, “un año en la vida de…”. Un corte en la realidad. No hay propiamente planteamiento, nudo y desenlace, el esquema tradicional del canon narrativo occidental, aunque cada vez encontramos más excepciones. Y la posibilidad de asomarnos a otras culturas para experimentar otras opciones. En esta ocasión, seguimos a una familia de clase media mejicana entre el verano de 1970 y el de 1971. Centrado el foco sobre una criada indígena, mixteca, de veintipocos años. Que lleva su drama particular cuando queda embaraza de un tipo que no quiere saber nada de ella ni del bebé. Pero de fondo tenemos también las vicisitudes de una familia “ideal” que quizá no sea tan ideal.

Película de reivindicación de las personas de raíces indígenas, pero también una película de reivindicación de las mujeres de toda clase social en el profundo y arraigado machismo de la sociedad mejicana. Todo ello aderezado por una realización primorosa, con planos y movimientos de cámara tranquilos pero de elevado contenido artístico y conceptual, y por la interpretación más que notable de la novata Yalitza Aparicio y en la que hay que destacar también el papel, secundario en teoría, pero fundamental, de Marina de Tavira como señora de la casa. Por la edad de Cuarón, funcionará también como ejercicio de nostalgia, ya que estaría en su niñez en la época en la que transcurren los hechos, con toda la agitación social y política del país en aquella época.

La recomendación es simple. Si tienes Netflix, no sé, no entiendo, no comprendo por qué no la has visto todavía. Y si no lo tienes, y no te interesa, cógete el mes de prueba gratis para verla. Y luego haz lo que te convenga con la suscripción. ¿Está claro?

Valoración

  • Dirección: *****
  • Interpretación: ****
  • Valoración subjetiva: *****

Apostilla: To All Boys I’ve Loved Before (2018)

To All Boys I’ve Loved Before (2018; 60/20180826)

Leo el otro día que esta película se ha convertido en uno de los grandes éxitos de Netflix. Es de las más vistas, y de las más revisionadas. Es decir, que además de ser vista por mucha gente, hay mucha de esta gente que la vuelve a ver. Hay que decir que yo la vi en agosto. Pero luego no encontré momento para comentarla. Es un producto claramente dirigido al público juvenil, relaizado por Susan Johnson, y protagonizado por una dinámica y simpática Lana Condor. Fue más noticia en su momento por el protagonismo de una chica norteamericana de origen asiático y no europeo, que por otras cualidades. Es una comedia romántica que se deja ver bastante bien. Pero esta sí que es un producto que se puede disfrutar tranquilamente en casa, no la hubiera visto en una sala de cine. No me hubiese molestado. Aunque ambas películas que comento hoy comparte su estreno en una plataforma de vídeo bajo demanda, son dos productos claramente distintos. No obstante, la voy a incluir entre mis estrenos del año para el resumen que haga dentro de unos días.

Valoración

  • Dirección: ***
  • Interpretación: ***
  • Valoración subjetiva: ***

[Cine en TV] Flavors of Youth – International Edition (2018)

Cine

Flavors of Youth – International Edition (2018; 38/20180807)

Aunque es un estreno en Netflix, por su característica de largometraje novedoso, y teniendo en cuenta las nuevas formas de acceder a las películas cinematográficas, la voy a considerar entre los estrenos del año. También es cierto que por otra parte, configurada esta película como tres relatos cortos, relacionados en el tema, pero no argumentalmente, se puede ver, y de hecho yo la he visto así, como una miniserie de tres episodios. Da igual. El caso es que estamos ante una producción de animación con tres directores, dos chinos, Haoling Li y Xiaoxing Yi, y uno japonés, Yoshitaka Takeuchi, que ha sido vendida por la cadena de cine y vídeo bajo demanda como de los responsables de alguno de los grandes éxitos recientes de la animación japonesa.

No he visitado ninguna de las tres ciudades chinas que aparecen en la película; así que, de las dos que he visitado, he escogido Macao para ilustrar la entrada, porque es la que más me transmite la sensación de nostalgia de la película.

Es decir, nos venden esta producción como prima hermana del Kimi no na wa de Makoto Shinkai. Veamos la realidad. La película es una coproducción. Por un lado, la productora de las películas de Shinkai, siendo el productor jefe Noritaka Kawaguchi, que ha estado involucrado en tareas de producción en las películas del prestigioso director japonés de animación. Pero por otro lado, hay una productora china involucrada. Y la acción de las tres historias de las que consta la película transcurre en tres grandes ciudades chinas, con personajes chinos. Y está la cuestión del idioma original de la película.

Uno diría que en una película de animación la cuestión del doblaje frente al idioma original de la película es una cuestión menor, frente a cuando se plantea esta cuestión en películas de acción real. Yo no estoy del todo de acuerdo. Al fin y al cabo, el texto original del guion está en un idioma, y a partir de ahí lo que devienen son traducciones, que pueden estar más o menos acertadas. Así que yo siempre soy partidario de la versión original, por ser la obra original sin adulterar. Independiente de mi grado de comprensión del idioma. Que yo, en mandarín o en japonés, estoy más bien flojo. Eufemismo, para significar que son idiomas ininteligibles para mí.

La película la podemos encontrar con información de dos formas. O viene con el título original de Si shi qingchun (肆式青春) [Cuatro estilos de juventud] en chino mandarin, o Shikioriori (詩季織々) [Poema de las estaciones tejidas unidas] en japonés, o con el título en inglés para la versión internacional. De las tres historias, las primera, , y la tercera, , están dirigidas y escritas por su directores chinos. La segunda, , esta dirigida por el director nipón y escrita también por un guionista japonés, Naruki Nagakawa. Así que a saber cuál es su idioma original. En IMDb aparece el chino mandarín, en Netflix aparece el japonés, sin opción al anterior. Vedla como creáis oportuno o podáis.

Aunque vendida a la estela de Kimi no na wa, lo cierto es que el estilo profundamente melancólico de las tres historias, está mucho más emparentado con las películas anteriores de Shinkai, como Koto no ha no niwa [El jardín de las palabras] o 5 centímetros por segundo [Byôsoku 5 senchimêtoru]. En concreto, la última de las tres historias Shànghǎi liàn (上海恋) [Amor en Shanghai] debe mucho en su argumento a esta última; la separación de dos enamorados que nunca llegan a confesarse su amor en el instituto, y la dificultad para que sus vidas converjan de nuevo.

Las tres historias se encuentran localizadas en tres grandes ciudades chinas distintas, y su elemento común es la nostalgia hacia tiempos mejores. Lo cual es llamativo, porque los protagonistas son gente muy joven. Ya se puede deducir que la tercera se localiza en Shanghái. La primera, Xiàngyáng zǎocān (向阳早餐) [Un desayuno al sol], tiene como protagonista a un joven asalariado en Pekín. La segunda, Xiǎo xiǎoshí zhuāng xiù (小小时装秀) [Un pequeño desfile de modas], nos habla de dos hermanas que viven en Cantón, la mayor, una modelo que ha comenzado su decadencia, la menor, una joven diseñadora de roja.

Globalmente me parece una producción que merece la pena que los aficionados a la animación le den una oportunidad. Quiero avisar que cuando la vi… me pareció que eran argumentos y situaciones muy manidas, demasiado a la estela del cine de Shinkai, y me dejó un tanto decepcionado. Además, su presentación artística, aunque correcta, no tiene el virtuosismo al que nos tiene (mal)acostumbrados el director japonés u otras productoras niponas como Studio Ghibli. Pero he de decir que el recuerdo de la película, conforme pasan los días, me resulta agradable. Con los dos primeros episodios como los que más crecen en mi memoria. Evidentemente, el tercero resuena demasiado como una nueva versión de aquella maravillosa velocidad de los pétalos de sakura al caer.

Valoración

  • Dirección: ***
  • Interpretación: ***
  • Valoración subjetiva: ***

[Cine] Haha to kuraseba [母と暮せば] (2015)

Cine

Haha to kuraseba (母と暮せば, 2016; 252017 – 0706)

No entiendo a los distribuidores y exhibidores de cine españoles. De verdad que no. Desde luego, cualquier martingala que nos cuenten sobre lo que se preocupan de fomentar, difundir y defender el cine es una milonga. Su verdadera preocupación es vender toneladas de palomitas cargadas de sal y grasa y acompañadas de litros de azúcar líquida con burbujitas.

Parque de la Paz - Hiroshima

Cuando visitamos Japón, no pasamos por Nagasaki, situada al sur del país en la isla de Kyushu. Pero sí visitamos Hiroshima, la otra ciudad bárbaramente bombardeada por los norteamericanos con su engendro atómico. De ahí proceden las fotos que acompañan la entrada de hoy.

En las últimas semanas han llegado a las pantallas españolas, con distinta suerte, las dos últimas propuestas del director japonés Yôji Yamada. Una, la pudimos ver hace unas semanas y la comentamos en estas páginas. Curiosamente, con posterioridad, llegó la anterior película del director, una película de 2015, que por haber llegado a EE.UU. el año pasado, fue la propuesta de Japón para la última edición de los Oscar. Con poco éxito porque no llegó al corte final de cinco candidatas. Pero vamos, todo indicaba que era una película de mayor porte y calado que la comedia familiar comentada. Pues bien… si en algún momento se ha exhibido en Zaragoza… no nos enteramos. Aunque en algún sitio de España se ha debido estrenar porque en algunos medios mencionaron el hecho. Bajo el título en castellano de “Nagasaki; recuerdos de mi hijo”. Parece que a finales de mayo.

Por esas causas y azares, tuvimos la oportunidad de asistir a un pase privado. Y la aprovechamos.

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A muchos sorprendió la elección de Nagasaki, por sus fuertes vínculos tradicionales con occidente. Es la ciudad con mayor proporción de católicos en Japón, cosa que se pone de manifiesto en el filme. Los personajes principales lo son.

Yamada nos lleva al principio de la película a la mañana 9 de agosto de 1945 en Nagasaki. A la casa de la viuda Fukuhara (Sayuri Yoshinaga), comadrona del barrio, que vive con su hijo más joven, Koji (Kazunari Ninomiya), que estudia medicina en la facultad de esa ciudad, que se dirige a sus clases. El hijo mayor de la viuda ha muerto en la guerra, en las Filipinas. Conocemos también a la joven Machiko (Haru Kuroki), la novia de Koji. Pero por si alguien no se ha percatado, ese día, los norteamericanos dejaron caer la segunda bomba atómica sobre la ciudad japonesa. Muy cerca de donde estudia Koji. Tres años más tarde, encontramos a las dos mujeres viviendo con su mutuo apoyo y el de algunos vecinos, dolientes por la muerte de Koji, e incapaces de seguir adelante. Pero el espíritu de Koji empezará a aparecerse a su madre.

Yamada vuelve a copiar el estilo de su maestro Yasujirô Ozu, como ya ha hecho en otras películas. Con una fotografía que imita el color de los primeros tiempos del cine en color en el país del Sol Naciente, nos ofrece una serena reflexión sobre el duelo ante la ausencia del ser querido y sobre la necesidad de seguir adelante en la vida, cuando ello es posible. La presencia del espíritu de Koji no deja de ser un recurso argumental para simbolizar esa incapacidad en la amable viuda. Por otra parte, hace tiempo que aprendimos en el cine que cuando un espíritu se relaciona con un ser vivo, para que puedan reunirse y estar juntos, el final necesariamente debe ser triste.

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Aunque nunca he entendido en qué medida el hecho de que la población no fuese católica o cristiana la haría “más merecedora” de sufrir semejante aberración bélica. Suponiendo que hubiese algún tipo de hecho bélico o militar que no fuese aberrante por sí mismo.

La historia es mínima. Pero Yamada se toma su tiempo en contarlo, llevándolo hasta más de dos horas de duración, lo cual me parece excesivo, especialmente cuando poco a poco se va viendo que una vez establecidos los principales hechos que invitan a la reflexión, son habas contadas. Pero afortunadamente contamos con las excelentes y elegantes interpretaciones de los protagonistas y secundarios del filme. Lo cual nos permite llegar hasta ese dilatado final sin demasiados agobios.

La película se deja ver. Peca de unas fuertes dosis de conservadurismo moral, que puede ser o no apropiado, aunque sí concordante con la época y el lugar de los hecho. Y está correctamente hecha y resuelta. Aunque no alcance a emocionarnos tanto como otras películas con este cariz. Por cierto, el título original japonés significa “Vivir con mi madre”. Y la música es de Ryuichi Sakamoto.

Valoración

  • Dirección: ***
  • Interpretación: ****
  • Valoración subjetiva: ***

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En cualquier caso, deseemos que nunca volvamos a ver semejante “espectáculo”. Aunque seguimos presenciando en las noticias constantes agresiones a las poblaciones civiles por parte de ejércitos de todo tipo. “Salvajes” o “civilizados”.

[Libro] La nostalgie heureuse

Literatura

En los últimos años es casi como un rito de primavera, leer el último libro de la belga Amélie Nothomb. Es esta una de las escritoras más mediáticas en lengua francesa, sus novelas suelen ser éxitos de ventas, pero también recibe críticas de diverso tipo por esa condición de uso y abuso de los medios. Y también porque unas cuantas de sus novelas pasan por autobiográficas… aunque en realidad están basadas en sus vivencias personales, y no necesariamente estén comprometidas con la veracidad de los hechos. Para algunos esto ya nos vale, para otros lo consideran una especie de engaño.

A mi me gusta. Tiene el buen gusto de escribir sus novelas de una extensión ajustada, y me da la oportunidad de leer en francés. Un francés culto, que me obliga con cierta frecuencia a tirar de diccionario, pero no difícil de leer. Directo y claro. Un estilo de escritura que me gusta independientemente del idioma en el que se practique.

Como digo, algunas de sus novelas son directamente ficciones. Por ejemplo, el año pasado tocó una modernización y actualización del cuento de Barba Azul. Claramente en el campo de la ficción. Pero este año toca una novela de tintes autobiográficos. Comentaré más adelante lo de los “tintes autobiográficos”

La nostalgie heureuse
Amélie Nothomb
Albin Michel, 2013
Versión electrónica

Hoy, claro está, viajaremos a Japón como Nothomb. Esta vez no a los entornos más vistosos y pintorescos.

Hoy, claro está, viajaremos a Japón como Nothomb. Esta vez no a los entornos más vistosos y pintorescos.

En el año 2012, la escritora participó en el rodaje de un reportaje o documental que sobre su relación con Japón realizó una cadena de televisión francesa. Aproximadamente un año después del terremoto del 11 de marzo de 2011, la escritora viaja a Japón con un equipo de la televisión. Allí visitará Kobe, la ciudad en la que vivió sus primeros años de su vida, y se reencontrará con su vieja niñera japonesa, a quien considera como una segunda madre. También visitará la zona afectada por el seísmo de un año antes, y se reunirá en Tokio con el hombre con quien vivió una historia de amor en su juventud, con quien siente que no cerró correctamente aquella etapa de su vida de la que habló en su novela Ni d’Ève, ni d’Adam.

La forma de la novela es la de una narración en primera persona de las experiencias y sentimientos de la escritora durante este viaje a Japón. Un viaje donde surgirá el concepto de “nostalgia feliz” que da título al libro. Para los occidentales el término “nostalgia” implica un sentimiento melancólico, al que difícilmente se le puede aplicar el apellido “feliz” ya que es un dolor (-algia es un sufijo que significa dolor) psicológico por la ausencia de algo o de alguien, por la patria o el terruño perdidos, o por un pasado idílico o idealizado que no volverá. Pero tal y como se nos explica en el texto, para los japoneses existe un término que expresa la felicidad o la alegría que una persona puede sentir al recordar esos momentos perdidos felices y que se atesoran en la memoria. También implica la superación de la idealización de ese Japón de la infancia y la juventud de la escritora, para dar paso a algo nuevo más real y más engarzado como su mundo actual.

Fotografías las de hoy principalmente de Kioto, ciudad que también visita la escritora en su recorrido documental de remembranza.

Fotografías las de hoy principalmente de Kioto, ciudad que también visita la escritora en su recorrido documental de remembranza.

Pero la propia escritora, en el texto nos habla de que está escribiendo una novela; “roman” es el término francés que usa claramente. Por lo tanto tenemos que asumir que estamos en parte, mayor o menor, ante una obra de ficción basada en sus propias experiencias y que engrana con novelas anteriores, que también presentan tintes autobiográficos, como Métaphysique des tubes, la ya mencionada Ni d’Ève, ni d’Adam, y la sumamente crítica y dura, aunque no carente de humor, Stupeur et tremblements. Todas ellas localizadas en el Japón de sus recuerdos y sus vivencias. Hay quienes no aceptan el juego de la escritora. El “hacer pasar” como autobiográficos y “reales” lo narrado en estas novelas. Pero yo prefiero entrar en ese juego, aportar a la lectura un sentido de escepticismo que por otra parte me es natural, centrarme en el relato y en las ideas detrás de él, importándome menos, o nada, cuáles son las auténticas vivencias y sentimientos de la escritora. Que yo supongo no alejados de lo expuesto, aunque su fidelidad a los hechos sea puesta en duda por otros más enterados que yo.

Para mí, al aceptar plenamente el término “novela” acepto las libertades que se haya querido tomar, sean pocas o muchas, lo importante de esta obra es la reflexión sobre la añoranza de un pasado idealizado, que puede afectarnos a todos en mayor o menor medida según la intensidad de las vivencias. Personalmente, sin entrar en detalles, sufro con cierta frecuencia o en determinados momentos algunos ataques de nostalgia por determinadas vivencias del pasado. La oportunidad de darle la vuelta a esas vivencias, convertir esas memorias en algo positivo, en algo que mereció la pena ser vivido aunque terminase, pero sin que me condicione mi yo actual, mi presente, ni mi futuro, es una reflexión que me vale y que acepto. No voy a decir que sea la novela que más me haya gustado de Nothomb. Pero a mí, personalmente, aunque mi vida ha sido muy distinta a la de la autora, me vale y me aporta. Por lo tanto, ha sido una novela de la que he disfrutado y que me alegro de haber leído. Aunque me sobre el momento “revelación mística” sobre los Himalayas…

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Pero no a los vistosos templos de la antigua capital nipona, sino a las calles con los tópicos que podemos encontrar en cualquier ciudad japonesa.