Cuando en el ámbito de la fotografía se nos «vende» una película fotográfica, o un objetivo fotográfico, o cualquier otro aparato o accesorio con la «virtud» de que tiene «carácter»… algunos nos echamos a temblar. Sencillamente… tiene defectos. Pero aplicando el viejo dicho de «hacer de la necesidad virtud»,… pues les llamamos «carácter» en lugar de defectos o debilidades, y publicitamos la increíble oportunidad de aprovechar ese «carácter» para potenciar la «creatividad».
Alguna vez lo he hablado de las ópticas. Los grandes defensores de los objetivos fotográficos de antaño utilizan el argumento de que tienen «carácter». Es decir, que sus aberraciones son notorias. O que, pensados como estaban para un medio como la película fotográfica tradicional, cuando los usamos con un medio más exigente como los sensores digitales de alta resolución, con muchos megapíxeles, se les ven las goteras. Pero incluso hoy en día, hay quien fabrica nuevos objetivos con «carácter» con precios excesivos en ocasiones, los incluye en el epígrafe de «objetivos creativos» y a vender. Es lo que hay.
Con las películas fotográficas pasa lo mismo. Tres emulsiones que han salido al mercado en el último año y medio vienen con granos como balones de playa de Nivea, con baja fidelidad de los colores, con escasa nitidez,… pero son «películas creativas», cuestan lo mismo o más que las de toda la vida, que cada vez son más difíciles de encontrar… y a vender. y no negaré que si conoces las limitaciones del material no hay motivo por el que no puedas conseguir fotografías interesantes. Pero creo que primero hay que saber usar las películas «no creativas», con colores más fieles, nítidas, polivalentes, sacarles partido y aprender bien con ellas. Como la película con la que he hecho las fotos que podéis encontrar aquí y en Colores naturales en película negativa en color – Olympus mju-II con Kodak Gold 200.
Pues sip. Hoy es uno de esos numerosísimos «Días Mundiales de Algo» y, en concreto, el Día Mundial de la Fotografía. Alguien eligió este día por ser el aniversario de la presentación de la patente del daguerrotipo por Daguerre, o algo así. Lo que hace que me deje un poquito frío, porque Daguerre fue un aprovechado, no me cae especialmente bien, porque hubo otras personas importantes en el nacimiento de la fotografía, al fin y al cabo el daguerrotipo fue un callejón sin salida, y las cosas fueron por otro lado, y porque al fin y al cabo este día es por capricho de un individuo que a nivel privado promovió la celebración. Pero bueno… la fotografía es mi afición, a diversos niveles. Porqué no celebrarla. Y lo haré adelantando, de alguna manera, la entrada que iba mañana sustituyendo a mis habituales recomendaciones fotográficas. Y es que en el fin de semana laaaaargo pasado que pasamos en Estocolmo, tuve ocasión de escaparme a visitar a centros culturales que me gustan, relacionados con la fotografía.
Para mí, un imprescindible en Estocolmo es Fotografiska Museet. Este estupendo museo, o centro cultural, como queráis verlo, dedicado a la fotografía, siempre me ha gustado y me ha deparado excelentes experiencias. Buenas y significativas exposiciones, bien comisariadas. Siempre interesantes. En esta ocasión, la principal de ellas fue la retrospectiva póstuma dedicada al fotógrafo alemán Peter Lindbergh, fotógrafo que se hizo especialmente popular en los años 90 por sus fotografías de las «supermodelos», tan de moda en aquellos momentos, así como los retratos de otras celebridades. Casi siempre en blanco y negro, he de reconocer la maestría de Lindbergh con este medio. Algunas de sus fotografías son simplemente fenomenales. Aunque al mismo momento, no me convencen otras, creo que han quedado desfasadas. Hasta las narices de que para «hacer interesante» a una mujer, una modelo, hasta que fotografiarla fumando. Algo muy copiado por muchos aficionados al retrato, especialmente de mujeres guapas, aun en la actualidad. ¿De verdad creéis que para que parezca que una mujer, o un hombre, tengan mucha personalidad y carácter tienen que estar fumando? ¿Una adicción que como tal esclaviza físicamente y psicológicamente a la persona? Es decir, lo contrario a tener una personalidad y una carácter fuerte e independiente. Estéticas que ya resultan casposas.
Por ello, me sentí mucho más atraído por la exposición dedicada a Diana Markosian. Emigrada a Estados Unidos en la infancia desde Rusia, poco después del derrumbe de la Unión Soviética, cuya madre se había divorciado del padre, y se casó por vía postal con un norteamericano mucho mayor. Markosian, en la exposición, reconstruye desde su perspectiva y experiencia la vivencia de abandonar su revuelto país por un supuesto paraíso, representado por la serie Santa Bárbara, la primera serie americana que pudieron ver los rusos. Un paraíso con no pocos ingredientes de un infierno. Además, pude contemplar los divertidos, e irónicos, desnudos de AdeY (instagram), con la crítica implícita y explícita a la censura en las redes sociales, especialmente Instagram. Un artista que permanece en el anonimato. Pero muy interesante. Y también las obras del sueco Alexander Wessely, que combinan escultura, iluminación y fotografía. Muy bien, en general.
Después, tras desplazarme en uno de los transbordadores que unen las islas que conforman Estocolmo, fui desde Gamla Stan hasta Skeppsholmen para volver a visitar el Moderna Museet, museo de arte moderno y contemporáneo, uno de los museos más interesantes de la capital sueca. La ventaja de los museos de arte moderno sobre los clásicos de bellas artes es que rotan con frecuencia las obras en exposición, y cada vez que los visitas es como si fueran un museo distinto en su contenido. La pena es que suele haber siempre una exposición temporal de un artista significativo, pero ese espacio estaba cerrado en la actualidad, supongo que esperando próximas exposiciones. Bueno… siempre es agradable visitar el Moderna Museet que siempre incluye también obra fotográfica en sus exposiciones. Estocolmo es una ciudad dinámica, moderna y culta, y estos museos o centro culturales siempre están muy animados. Una visita, como digo, imprescindible si te gusta el arte y la fotografía.
… el calor de estos días, ¿qué es pues? Salí hacia Estocolmo el jueves de la semana pasada con temperaturas relativamente altas. Y los que se quedaron en Zaragoza me iban diciendo que hacía mucho calor. Llegué el martes… y sigue haciendo mucho calor. Con temperaturas nocturnas más altas de lo que habíamos tenido en todo el verano hasta este momento, «olas de calor» incluidas. Y ahora… nos dice que llega una nueva «ola de calor». Es decir, en lugar de los 39 ºC de estos días tendremos 40 o 41 ºC de máxima. Y en lugar de los 24 ºC de mínima, tendremos… 24 ºC de mínima… ¡¡¡???
Bueno. Simplemente, es verano. Y los veranos cada vez son más cálidos. Ya circula la broma esa desde hace unos años. Ya sabéis… «Alégrate y disfruta, que este será el verano más fresquito del resto de tu vida». En cualquier caso, desde los peores momentos de la pandemia, ya he cogido la costumbre durante el verano de salir a caminar muy pronto por la mañana. Porque el resto del día no apetece, y no es plan estar apoltronado todo el día, salvo cuando hay que ir a trabajar o quedas en algún lugar fresquito a tomar algo con unos amigos. Cada vez menos en terrazas y cada vez más en interiores con aire acondicionado. En cualquier caso, ese el plan, madrugar, pasear cuando la temperatura es más agradable, salir sólo para ir al cine o a tomar algo, e intentar hacer alguna foto. Como las que aquí os presento y de las que podéis saber más en Caminar en verano a primera hora de la mañana – Pentax MX con SMC-M 40 mm f2.8 y Adox Color Mission.
Como todos los años desde hace más de un cuarto de siglo, en los sofocantes días del verano ibérico se celebra PHotoESPAÑA, el principal festival fotográfico de la península. No hablo sólo de España, porque también hay actividades del festival en Portugal, aunque el nombre del festival sólo hace referencia al país grandote de la península. En rachas, he asistido en bastantes ocasiones a las principales exposiciones que el festival presenta en Madrid, la sede principal del festival. En rachas, porque asistí varios años consecutivos durante los primeros años del festival, luego dejé de ir, y en los 2010 volví a ser asiduo. Pero ahora, vuelvo a ser renuente a visitar la capital. Entre el calor agobiante y los demenciales precios del tren de alta velocidad si no programas el viaje con mucha antelación… Tengo otras cosas más interesante en las que gastar 110 euros de viaje en tren. Pero siempre nos quedan las exposiciones en Zaragoza, que viene siendo sede secundaria del festival desde hace unos años.
He visitado cuatro de las seis exposiciones que hay programadas. Una se me escapó. Había programadas dos exposiciones relacionadas con el centenario de la Real Sociedad Fotográfica de Zaragoza, una en el Palacio de los Morlanes, que ya terminó, y no pude acercarme a verla, y otra en el Museo de Zaragoza, que sí que visité hace unos días. La ya terminada parece que recogía fotografías que simbolizan la historial de la Fotográfica, como simplifican sus socios el rimbombante nombre de la sociedad, mientras que la del museo son fotografías contemporáneas de los socios actuales. Una exposición en la que es posible encontrar fotografías muy interesantes, pero que es demasiado heterogénea e irregular. Lo que sucede con las exposiciones colectivas de las asociaciones fotográficas es que no hay una selección crítica de las obras. Por no despreciar a nadie, se aceptan fotos de todos los que presentan obras, pero no todas están al mismo nivel. Y creo que en esta exposición les pasa algo de esto. Y en el marco en que se celebra, y vinculada al festival, creo que tendrían que haber sido algo más selectivos. Pero bien, oye. Que hay gente que trabaja muy bien en la Fotográfica.
La primera exposición que vi fue la de Rosa Muñoz en los antiguos depósitos de agua del Parque Pignatelli. Titulada Lugares en movimiento, la fotógrafa trabaja con el color, la forma geométrica, la luz y el movimiento. Imágenes proyectadas, abstractas en muchas ocasiones, a caballo entre la abstracción y la figuración en otras, aunque partiendo de lugares, de arquitecturas, que se descomponen, se deconstruyen, adquieren nuevas formas y nuevos significados. Es una exposición en la que es más complejo entrar, porque siempre es más complejo compartir el código del mensaje del artista cuando la abstracción entra en juego, pero que si le das una oportunidad puede resultar bastante más satisfactoria de lo que parece en un principio.
Ha sido tradicional en la relación entre Zaragoza y PHotoESPAÑA que se reserve la Lonja para la exposición con más tirón popular de las que se presentan en la ciudad. Y este año con mayor razón porque se presenta una retrospectiva de la obra fotográfica del recientemente fallecido director de cine nacido en Huesca, Carlos Saura. Mucho se presume en esta tierra de que Saura es un cineasta aragonés. Ciertamente Aragón ha dado al mundo una diversidad de gentes del mundo del cine muy interesantes. Pero la propia exposición nos habla de un Saura que, a lo largo de su recorrido como fotógrafo, y como cineasta también, ha sido un ciudadano del mundo, que trasciende mucho los localismos reduccionistas, sin desdeñar nunca el dirigir la mirada hacia lo básico, hacia el pueblo, hacia los lugares de siempre, hacia las raíces.
Conocía desde hace tiempo la obra fotográfica de Saura, al igual que he visto muchas de sus películas, y hace mucho que descubrí la calidad artística y la excelente, profunda y aguda visión del artista que es. Con una cámara cinematográfica o con una cámara fotográfica, ambas actúan de forma complementaria, sin competir entre sí. Una visión directa, sin tapujos, con un mensaje directo sobre lo que se contempla y se siente. Dejando bastante libertad al espectador para que analice desde su punto de vista la realidad que se ofrece. Imprescindible.
Me llamó la atención que se incluyera como sede de una exposición la vieja fábrica de La Zaragoza, cervecera local, dominante en Aragón, aunque en ocasiones también me la he encontrado fuera de la comunidad autónoma. Una fábrica que ha sido una constante histórica en el barrio de San José, donde he vivido la mayor parte de mi vida, aunque ahora la producción se haya trasladado a unas modernas instalaciones en la carretera de Castellón. La exposición, Gigantes: espacios, memoria y tiempo, es una selección de fotografías de fotógrafos premiados con el Premio Nacional de Fotografía. Con 120 años de antigüedad, la idea de que la antigua fábrica fuese sede de eventos culturales me sonó bien. Aunque desconocía que tuviese un espacio apropiado para la celebración de las exposiciones. Había visitado anteriormente la fábrica. Cuando era estudiante y estaba en plena actividad, y más recientemente, en las visitas guiadas que organizan para explicar la producción de cerveza. Y no tiene. Quizá podría tener, pero no tiene un espacio adecuado. La exposición consiste en una fotografías murales que se distribuyen por los muros exteriores de la fábrica. Tanto los que dan a los patios como los que dan a las calles exteriores. De hecho, dado que suelo pasar con frecuencia por la calle María Moliner de Zaragoza, ya había visto prácticamente la mitad de las fotografías de la exposición.
No es una forma que me agrade de ver una exposición de fotografía. No cabe el acercamiento íntimo a las obras. Que además son dispersas en tema y formas. Y encima te cobran cuatro euros por una actividad que más parece de autopromoción de la fábrica que de enriquecimiento cultural. Me da igual que te inviten luego a tomar una cerveza sin coste añadido, porque no se puede decir que sea «gratis». De hecho, es probable que pudieran sacar más rendimiento dejando el acceso libre, y el bar abierto a tomarse una cervecita. Entraría más gente, muchos picarían y probablemente acabarían recaudando más. De esta forma, tres personas contándome a mí vi en esa tarde haciendo la visita a la exposición. Había otro grupo más numeroso que visitaban la fábrica. No me convenció la cosa. Sinceramente. Un destello más del cutrerío con el que con frecuencia se desempeñan los empresarios aragoneses.
No me queda más que mencionar que hay una sexta exposición en la sala de exposiciones de la Torre DKV de la fotógrafa Greta Alfaro. Pero no sé si la veré. Me queda muy a desmano. Y el año pasado que fui ex profeso a una hora en la que se suponía que estaba abierta, no lo estaba, y encima la única persona que había fue un guarda de seguridad malencarado que se negó a suministrarnos ninguna información. Así que… ya veremos.
Hace unas semanas, hacia mediados de junio, hice una caminata amplia que incluyo algunas zonas de la ciudad, en el entorno de la avenida de Cataluña de Zaragoza, que hacía décadas que no recorría. Las fotografías que hice se comentan en Desde Alemania (creo) una nueva película – Canon EOS 650 con Orwo Wolfen NC500. Pero sobre lo que aquí quiero reflexionar brevemente es sobre los recuerdos, siempre menos claros y más confusos de lo que creemos, y el retorno a otras épocas.
En mi caminar por la ciudad, hay amplias zonas de la ciudad, y entre ellas en torno a la larguísima avenida de Cataluña de Zaragoza, que pateo con frecuencia. Pero hay un tramo de esta avenida que cuando era muy jovencito, niño o preadolescente, visitaba con cierta frecuencia, cosas familiares, que ahora tan apenas piso. Entre el barrio de la Jota y el río Gállego. Una zona entre suburbial, industrial y agrícola, con una organización del terreno escasamente definida en su conjunto. No creo que hace cuarenta o cincuenta años estuviese mejor definida, pero a mí me lo parecía. Había alguna zona industrial, pero la mayor parte eran terrenos agrícolas, salvo en el eje de la avenida, avenida que se continuaba, y se continúa, con la carretera nacional N-II, la radial que une Madrid con Barcelona pasando por Zaragoza. En ese eje, el ambiente era más propio de un pueblo que de la quinta ciudad más poblada de España. Ahora… está un poco dejado. Y tienen un aspecto desangelado que no era el que recordaba cuando nos llegábamos hasta allí con el trolebús del Gállego. En fin, el tiempo pasa. Algunas cosas mejoran, otras no. Pero pocas permanecen realmente inalteradas. Si es que alguna lo hace.
Me llegaron el miércoles de la semana pasada las fotos reveladas de los rollos de película para negativos en color del mes de junio. Las fotografías que muestro aquí proceden de uno de ellos, y podéis conocer más cosas de las mismas en Tarde de tormentas – Canon EOS 100 con Sigma 28 mm f1.8. Estas fotografías las hice a principios del mes de junio, poco después de volver de las vacaciones y del viaje a San Francisco. Y menos mal que la luz de la tarde era agradable para fotografiar. Porque tenía la mente en blanco, fotográficamente hablando.
Me pasa siempre. Cuando uno va de viaje, a lugares nuevos, desconocidos, que suelen tener interés por motivos diversos, si no no iríamos, existe mucha motivación para hacer fotografías. Todo nos llama la atención. Todo es diferente. Especialmente si viajamos al extranjero, y a culturas que se diferencia más que menos de la nuestra. Y vuelves saturado de imágenes. Y vuelves a tu realidad habitual. A los paisajes miles de veces recorridos, vistos y contemplados. A las mismas calles. A las mismas gentes. A las mismas situaciones. Cuentan los buenos fotógrafos que la oportunidad fotográfica siempre está ahí. Pero para quienes somos modestos aficionados… nos cuesta. Y hay que obligarse a coger la cámara y caminar buscando esas oportunidades. Hay que entrenar. No es fácil. Quienes creen que la fotografía es sencilla… Es sencillo hacer una foto. Pero… ¿hacer una fotografía que tenga un mínimo de significado? No tanto. Y cada día me cuesta más. Cuanto más sé, más soy consciente de las cosas que no funcionan.
Hoy al mediodía, mientras comía, he visto un breve documental de 20 o 25 minutos sobre la hipótesis de un derrumbe del régimen dictatorial totalitario de Corea del Norte. Todo indica que la política de absoluto aislamiento que ha seguido el país tras el comienzo de la pandemia ha conllevado la insuficiencia de alimentos y lleva a la población a una nueva hambruna de las que periódicamente asuelan el país. Que eso no es más que una excusa para limitar la llegada de informaciones desde sus vecinos del sur del a península coreana, los cuales, viven en la miseria, dominados por EE.UU., especialmente los productos de cultura popular como la música, las películas o las teleseries. Y que la magra clase media del país está sufriendo también las consecuencias, lo cual puede llevar a una desestabilización del régimen, cosa que no se ha producido cuando las hambrunas han afectado a la inmensa mayoría de campesinos y obreros poco cualificados. Casualmente, esta semana, el 27 de julio, fue el 70º aniversario del Acuerdo de Panmunjom, por el que se declaraba el armisticio en la durísima guerra que había comenzado tres años atrás, y que se venía negociando desde hacía dos años, cuando ya se había producido la estabilización de los frentes y la dificultad para que cualquiera de los dos bandos pudiera conseguir una victoria rápida y segura sobre el otro. Los dos países siguen en alto en fuego, pero nunca han dado por terminado el estado de guerra entre ambos. La agencia Magnum Photos nos mostraba en su cuenta de Instagram ese 27 de julio las fotografías del suizo Werner Bischof, realizadas en 1951 y 1952. Llaman la atención muchas cosas… muy terrible esa guerra… pero la hipocresía de la guerra… el lado de los «buenos» llamaba a los campos de concentración donde recluía a los prisioneros chinos y norcoreanos «campos de reeducación». La dialéctica propia de los regímenes totalitarios adoptada por los «demócratas». Claro está que Corea del Sur no tuvo una constitución razonablemente democrática hasta 1987.
Dos de los fotógrafos de hoy tienen relación con Suiza, por lo que ilustraré la entrada con estos paisajes del monte Pilatus en Lucerna, realizados con Leica M2, Zeiss Biogon C 35 mm f2.8 y Kodak Tri-X 400.
Rineke Dijkstra es una fotógrafa muy reconocida que adquirió fama y el respeto como artista por su mirada a la adolescencia, llena de comprensión y humanidad. En Aperture nos han mostrado recientemente cómo la neerlandesa sigue con líneas de trabajo similares, pero mirando más hacia la infancia o la época prepuberal, manteniendo su estilo, depurado, elegante, directo, estéticamente cuidado. Y humano.
Entre los muchos y diversos fotógrafos japoneses, uno de los que siempre me han gustado es Masao Yamamoto (Instagram). Tengo algún libro con su obra. Pero últimamente lo tenía un tanto olvidado. Con un estilo minimalista, muy en la línea estética de la que hablaba Junichiro Tanizaki en su Elogio de la sombra, es uno de los artistas más reconocidos en el ámbito de la fotografía japonesa. Y en Oldskull nos lo han recordado.
En más de una ocasión he hablado de la vinculación frecuente de las gentes del cine con la fotografía. Por supuesto, no es infrecuente que los directores de cine o los directores de fotografía se sirvan de la fotografía fija, tanto como expresión artística o como herramienta auxiliar a su trabajo creador como cineastas. Hoy mismo, esta mañana, hemos estado viendo una exposición con fotografías del director Carlos Saura de la que espero hablaros dentro de unos días, tal vez el domingo que viene. En el blog de Leica nos han hablado de las fotografías de Yul Brynner, famoso actor que actuaba con la cabeza rapada, y que se llevaba su Leica a los rodajes, o a sus citas con el famoseo artístico y cultural de su época. Y nos ha legado un cuerpo de obra fotográfico notable tanto por su valor documental como por su calidad expresiva. Nació en Rusia, en Vladivostok en 1920. De padre ruso, con antecedentes europeos y mongoles, y madre supuestamente gitana de la Besarabia. Por lo que sus facciones exóticas, que alimentó con el rapado de cabeza, le dieron mucho juego a la hora de elegir papeles. Se nacionalizó estadounidense en 1943, pero cambió de nacionalidad en 1965 para pasar a ser suizo, como alguno de sus antepasados. Qué vidas. Dicen que inspiró al profesor parapléjico de los mutantes de la Marvel.
Todos los años, hay una época entre finales de mayo y finales de julio en que me gusta llevar una cámara a mano cuando voy a trabajar a primera hora de la mañana. Voy caminando, son casi 40 minutos de recorrido. Y suele haber una luz estupenda en esa época del año. Por lo que puede caer alguna foto maja. Pero dura menos de lo que parece.
Recientemente adquirí un nuevo objetivo para fotografía digital. Y pensé en probarlo en estas caminatas mañaneras. Los datos de la prueba los podéis encontrar en Un supergranangular a buen precio – Canon RF 16 mm f2.8 STM. El caso es que las mañanas se acorta más deprisa de lo que pensaba. La cantidad de luz para hacer fotografías a esas horas de la mañana es bastante menor de la que pensaba. Ha sido suficiente, más siendo un gran angular relativamente luminoso. Pero otras pruebas que he aprovechado para hacer, de las que hablaré más adelante, con longitudes focales más largas y sensibilidades más limitadas… ha costado sacarlas adelante. Eso quiere decir que en nada estaré volviendo a caminar con luz crepuscular cada mañana a trabajar. De hecho, la primera parte del trayecto, ya es luz crepuscular. Qué pena. Si viviéramos con el sol… habría mucha más luz. Pero en este país, preferimos vivir con un jet-lag permanente con nuestro sistema horario. Qué se le va a hacer.
Hace algo más de dos semanas una tormenta dejó caer en Zaragoza una enorme cantidad de agua en un periodo de tiempo corto. No hubo víctimas. Pero hubo preocupación por las inundaciones y por los torrentes que se formaron en alguna zona de la ciudad. Uno de esos lugares es el llamado barranco de la Muerte, no muy lejos de donde vivo caminando, y que ahora está ocupado por unas vías públicas de alta capacidad para la circulación urbana. Me di una vuelta un par de días más tarde para comprender mejor lo qué paso y lo que pudo pasar. En una ciudad de clima árido, donde cada vez es más rara la lluvia, no estamos preparados para estos eventos climatológicos.
Durante el paseo tomé algunas fotografías. Sus detalles técnicos los podéis conocer en Conociendo mejor la nueva película ortocromática – Fujifilm GS645S Wide 60 con Foma Ortho 400. Sin embargo, estas fotografías no pretenden analizar el lugar, su topografía, o las consecuencias. Son simplemente una exploración de entorno. Un entorno que he visto cambiar a lo largo de mi vida, y sigue cambiando cotidianamente. Algunas veces para bien… otras no. Siempre me ha interesado la mutación constante a la que está sometido el paisaje alterado por el ser humano, aunque a la mayor parte de la gente le pase desapercibido este cambio. Lo cierto es que últimamente, la dirección de estos cambios, me pone de un humor pesimista. Mmmmmmm… no sé si siempre está justificado, pero es así.
Hoy no tenía suficientes recomendaciones fotográficas para dedicarles la entrada del domingo como de costumbre. También ha sido un fin de semana raro. Pero agradable… salvo la cosa electoral, que aun ha de verse como termina. Tengo la sensación de que cenaré algo, veré un rato la tele, leeré un poquito de la cuarta entrega de L’ombre du chardon de Aki Shimazaki, y dejaré para mañana el enterarme de ese final. El caso es que por un «error», fuimos a la matinal del sábado para ver una película que íbamos a ver hoy, y he acabado viendo otra película en la matinal del domingo que no tenía previsto ver… al menos todavía.
Ayer sábado, mientras hacíamos un pequeño almuerzo antes de meternos durante tres horas en la sala de cine, comentábamos las cosas que habían pasado en los últimos cuatro o cinco años. Un brunch llaman los modernos, creyendo que es algo que inventaron los neoyorquinos, como si los españoles no hubiésemos inventado desde tiempo inmemorable el almuerzo de media mañana, a caballo entre el desayuno y la comida del mediodía. Mucho más adelantados y civilizados que los neoyorquinos los países ribereños del Mediterráneo en el asunto del buen vivir. Pero bueno,… nos pusimos nostálgicos.
Hace tres años, a finales de julio de 2020 vivíamos en una especie de pesimismo existencial por culpa de un virus que dejaron suelto los chinos. Que conste que las gentes de china me caen bien. Sus dirigentes, más bien no. No sé si la pandemia podría haberse evitado. Pero seguro que empeoró por la falta de libertad de expresión y de información impuesta por los autócratas del gigante asiático. El caso es que teníamos la sensación de que nuestra vida había quedado interrumpida, y no sabíamos cómo y cuándo podríamos reemprenderla.
Tres o cuatro semanas más tarde conseguía, aprovechando la tregua epidémica veraniega, montarme un viaje semiimprovisado, por mi cuenta, sólo, a la isla de la Palma. No sabéis cuánto bien me hizo aquel viaje, que de alguna forma fue el inicio de algunos cambios en mi vida posteriores, en general positivos. Creo. Y además hice fotos muy majas, especialmente con la Pentax MX un 50 mm f1.4 y unos rollos de película Ilford XP2 Super que, sin embargo, revisito con poca frecuencia.
Hoy lo he hecho. Y os dejo en esta entrada algunas de aquellas fotos. Un viaje sin masas, con aeropuertos casi vacíos, con hoteles donde te trataba como un rey simplemente por haber ido. Y donde disfrutabas de los paisajes volcánicos y marinos sin los agobios de las muchedumbre. Tampoco imaginaba que aquellos lugares, una año y un mes más tarde, se harían famosos mundialmente durante meses por la erupción en las faldas de Cumbre Vieja, que se puede ver en una de las fotos que aquí os dejo. En el encabezado. En fin. Me despido, que quiero hacer alguna cosa más antes de cenar.
A final de junio, recibí una cámara desde Francia, que no había sido usada desde algún momento entre el año 2001 y 2003. Una cámara sencilla, sin complicaciones, pero que podría ser divertido usar cuando uno sale a pasear o caminar. Los detalles en Una cámara olvidada durante 20 años o más – Canon Autoboy Tele QD con Ilford Delta 100. El caso es que cuando la probé, fotografié cada escena dos veces, con el encuadre más abierto, focal de 40 mm, o con el encuadre más cerrado, focal de 70 mm. Supongo que a cada cual les gustarán más unas u otras.