Durante bastantes años fui lector habitual de los libros de la escritora belga Amélie Nothomb. Escritora muy prolífica, que venía a publicar un libro al año, generalmente novelas no muy extensas, pero muy diversas, su estilo me atraía bastante. Pero en un momento dado, mis gustos se ampliaron y se diversificaron, o se desplazaron a otros escritores, aunque el año pasado leí algo de ella. En cualquier caso, la mayor parte de lo que he leído de ella fue antes de empezar a comentar mis lecturas en el Cuaderno de ruta.
Metafísica de los tubos, lo leí en castellano y por eso aquí pongo el título traducido, fue de los primeros que leí. Y tengo el recuerdo de lo extraño que me pareció al principio. Aunque es uno de los que luego ha ido recuperando prestigio en la memoria. Metafísica, el pensamiento y el debate filosófico sobre la naturaleza de la existencia, la realidad y el ser, aplicada a un bebé, al que la autora compara con un tubo que por un extremo ingiere alimentos y por el otro excreta… pues ya sabéis. Y a partir de ahí un recuerdo y recorrido por los (supuestos) primeros años de vida de la autora en Japón, del que dice que es su país natal, con especial referencia a la mujer japonesa que la cuidó esos años. Y eso es lo que nos trasladan a la animación las directoras, francesa y belga, Liane-Cho Han Jin Kuang y MaÏlys Vallade. Primer largometraje en la dirección, aunque ambas tienen previa experiencia en la animación.
Para empezar, una cuestión. La historia esta inspirada en la infancia de Nothomb, y la autora a veces ha jugado a dejar creer que es biográfica. Pero consta que no nació en Kobe, donde su padre estaría destinado como diplomático belga, sino que nació en una población próxima a Bruselas. Hay otras novelas de la autora presuntamente autobiográficas, algunas muy buenas, pero que deben considerarse como ficción aunque estén inspiradas en sus experiencias vitales. Dicho lo cual, Kuang y Vallade hacen un trabajo maravilloso, lleno de sensibilidad, a la hora de trasladar de forma bastante fiel el relato de Nothomb a la animación.
La película, al igual que la novela, explora el significado del ser, y de ahí lo de la metafísica. Ser un ser humano, con capacidad de expresarse, de pensar y de sentir, quizá no en este orden, desde tierna infancia. Pertenecer a un lugar; alguien me dijo una vez que uno no es de donde nace, es de donde tiene la familia y los seres queridos. Y por ahí podemos coger la afirmación de Nothomb de considerarse japonesa, porque cuando adquirió conciencia de sí mismos es el país donde vivía. También es una reflexión de lo que significa ser familia, especialmente por la relación que la niña mantiene con su cuidadora, con quien llega a tener más afinidad que con su diplomático padre, su atareada madre pianista, y sus hermanos más mayores que van a lo suyo.
Me sorprendió muy gratamente esta película. No esperaba tanto. Y de hecho, al principio no teníamos interés en ella. Pero ante las elogiosas críticas fuimos a la sala de cine, y nunca me alegraré tanto. Una película que además crece en el recuerdo. Y que considero altamente recomendable. Casi imprescindible.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Yo, de las criaturas que ponen huevos, que son muchas, las que prefiero son los pequeño dinosaurios aviares.
La semana pasada, para los más frikis del grupo de cinéfilos al que pertenezco, apareció una posibilidad que decidimos aprovechar. Una película de animación de hace 40 años, dirigida por Mamoru Oshii, un prestigioso director de animación japonés, con no pocos éxitos de esos que los fans acaban denominando «película de culto», aunque a veces los fans abusen del término o no sepan muy bien que significa. Quizá su película más conocida sea Ghost in the shell. Que yo no he visto. Debería buscar donde verla. La versión de animación. No la de acción real de hace unos años, que me dejó un tanto frío.
Se ha denominado a la película de hoy de muchas formas. Cine experimental. Animación de arte y ensayo. Animación (o cine) filosófica(o). Incluso cine religioso. Una joven se desplaza por un mundo asolado, de aspecto posapocalíptico. Y en un momento dado encuentra un gigantesco huevo, que asume es el huevo de un ángel, y que desea proteger. En paralelo, un joven militar que recorre el mismo mundo con un arma, una especie de ballesta en forma de cruz, aunque creo que es otra cosa, y descubre a la chica en una gris e inhóspita ciudad. La sigue. Y en un momento dado se une a ella y viaja con ella. Y ante todo, desea saber qué contiene el huevo.
Desde el punto de vista de la realización, la película tiene una realización de primerísimo orden. Con una ilustración extraordinariamente expresiva, nos sumerge en un universo lleno de misterio y metáforas. Apenas hay diálogos. Es una película eminentemente visual, que muestra el virtuosismo de Oshii y su equipo de animadores a la hora de concebir este mundo extraño y dotarlo de vida. Pero… Sí, pero. La película es muy críptica en su historia y en sus significados. La calificación de «película religiosa» se justifica por las diversas referencias a los textos sagrados cristianos. Un relato del diluvio universal y del arca de Noé, aunque con el final modificado. La imagen de la chica que protege el huevo bajo sus ropajes, ofreciendo el aspecto de una joven virgen gestante. Las referencias a los ángeles. Y otros diversos apuntes, como el mero hecho de que estemos en un mundo que parece que ha sufrido una situación apocalíptica y está, potencialmente, moribundo. Pero en ningún momento me quedó claro a mí dónde va a parar la película, o la tesis que plantea, o de qué nos quiere hablar. En un momento dado, me dio la impresión de que la película, bellamente realizada, está tan hueca como el huevo.
Es difícil dar una impresión final o una recomendación sobre la película, que sólo ha estado una semana en cartelera, en una nueva versión restaurada o remasterizada, no sé muy bien, en alta resolución 4K. Creo que sólo es apta para aquellos que está dispuestos a arriesgar. A conocer cosas distintas. O al cine no como medio de entretenimiento, sino como pura expresión artística, aunque como ya sabemos, especialmente en el arte moderno y contemporáneo, no siempre acabemos por entender el mensaje que nos traslada la obra artística. Así que, ni recomiendo ni dejo de recomendar.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En las calles de Suwon.
Después de la película taiwanesa que comenté hace unos días, seguimos en Asia. Y seguiremos aún un tiempo más de una forma u otra. Ya veréis. En esta ocasión nos vamos a Corea del Sur, de la mano de Park Chan-wook, uno de los directores más interesantes y veteranos del cine de ese país, del que he visto varias películas en pantalla grande, algunas me gustaron mucho como esta, esta y esta, y otras menos, como esta. Y otras que he visto en la pequeña pantalla, como el resto de película de la Trilogía de la venganza. Si a estos antecedentes sumas que el reparto principal, intérpretes que he visto en otras película y series coreanas, es bastante interesante… había que ir a verla.
La película sigue las andanzas de un hombre que lleva 25 años trabajando en una empresa papelera (Lee Byung-hun), que está satisfecho con su vida, con su casa, con su familia, se lleva muy bien con su esposa (Son Ye-jin) con la que, a pesar del paso del tiempo, mantiene la pasión y las ganas de estar juntos, y que de la noche a la mañana se encuentra despedido y en la calle, cuando la empresa es comparada por una multinacional. Y le va a costar mucho mucho mucho volver a encontrar otro trabajo, especialmente en el sector del papel, que es de lo que sabe. Siendo su única opción un puesto de trabajo en una nueva planta papelera, debe vencer a sus rivales por el puesto. Y lo hará de la forma más expeditiva posible. Eliminándolos, físicamente, de la competición,… y de la faz de la Tierra.
Comedia negra, negrísima, sobre un individuo que pierde el norte cuando las cosas se ponen adversas y entra en una espiral de despropósitos, en la que colaboran de forma voluntaria e involuntaria las gentes que le rodean, o con la que se topa, empezando por su propia esposa. Ácida crítica al mundo empresarial moderno, al desprecio por la persona, devaluada al nivel de mero recurso prescindible, a las inteligencias artificiales y al ímpetu de poseer y aparentar para simbolizar el éxito en una sociedad donde ha que competir «a muerte». He leído varias reseñas en la que la comparaban con el gran éxito del cine coreano reciente, la oscarizada Parásitos. Sin embargo, son dos películas, fenomenalmente hechas e interpretadas ambas, pero con un tono muy distinto. Aquella era un drama, por no decir una tragedia, disfrazada de comedia. Esta, como ya he dicho, es pura comedia negra. Y con un mensaje que, si lo miras bien, es bastante desesperanzado.
Ya he mencionado el buen trabajo actoral, y hay que reconocer que la realización está a la altura de lo esperable en un director como Park. Pero dicho esto, he de reconocer que a mí me dejó al final un poco más frío de lo que pensaba. No os equivoquéis. La disfruté y la considero recomendable. Pero sin embargo, quizá esa otra con la que es comparada y que sin embargo es muy distinta, ha elevado de tal forma las expectativas… que… bueno, satisfación = (expectativas cumplidas)/(expectativas depositadas). Pero bueno… no os quedéis solo con mi opinión, id a verla y comprobadlo vosotros mismos. Y por favor, ¡dejad de tener prejuicios por el hecho de que es una película asiática! ¡Y vedlas en versión original, si queréis apreciar el producto auténtico sin adulterar!
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En las animadas calles de Taipéi.
Esta película, que fuimos a ver en parte por casualidad, en parte por curiosidad, ha resultado ser una de las sorpresas cinematográficas más agradables de la temporada. Dirigida por Shih-Ching Tsou, guionista y directora taiwanesa, pero que ha trabajado habitualmente en Estados Unidos, de donde tiene también la nacionalidad, fue presentada por Taiwán como candidata a mejor película en lengua no inglesa a los Oscar, alcanzando la lista corta de candidatos, pero no la lista definitiva de cinco películas que optan al premio. Muy buenas tienen que ser las otras…
Tsou nos lleva a las calles de Taipéi, donde una madre soltera (Janel Tsai) con dos hijas, una de unos 20 años (Ma Shih-Yuan), la otra de 5 ó 6 (Nina Ye), de distintos padres, llega para instalarse en la capital taiwanesa, abrir un puesto de comidas en uno de los típicos night markets de la ciudad e intentar salir adelante como buenamente pueda. Aquí se encontrarán con distintos problemas. Los relacionados con los pagos de los alquileres, los relacionados con los problemas con los familiares, los relacionados con los problemas de los romances, los problemas con las relaciones entre las tres mujeres… Y la más pequeña, que acaba de empezar su escolarización, los relacionados con el hecho de que es zurda, y su abuelo, un carca de mucho cuidado, le cuenta que no debe usar la mano izquierda porque es la mano del diablo.
Aunque Tsou dedica tiempo a las tres protagonistas de la película, los principales puntos de vista que escoge son los de las dos hermanas, alternando las áspera realidades de la mayor, una chica inteligente y atractiva, pero cuya trayectoria quedó trastocada por algún hecho en su adolescencia del que sólo sabremos hacia el final de la película, y la juguetona (que no despreocupada) realidad de la menor. Con el fin de aportar subjetividad a la filmación, con el fin de introducirnos dentro del mundo de estas mujeres, la película está rodada con teléfonos móviles, cuyo gran angular obliga a rodar muy próximos al intérprete. A veces encima de él en la práctica. También ha servido para poder rodar en las populosas calles taiwanesas sin que las personas de alrededor supieran que allí se estaba rodando una película. Dicho lo cual, tanto la fotografía como el sonido son brillantes, muy buenos. El equipo de la película tenía claro lo que quería consegir en lo visual y en lo sonoro, y lo consiguen con muy buena nota.
Buena parte del peso de la película lo llevan los intérpretes. Todo el reparto. No solo el trío femenino protagonista. La mayor parte de los secundarios tienen su importancia. No hay personajes superfluos. Y lo hacen realmente muy bien. Mucho se ha hablado de lo bien que lo hace la pequeña Nina Ye, candidata a diversos premios en diversos festivales. Pero creo que a la que más hay que destacar es Ma Shih-Yuan, joven actriz de ventipocos años, que dota a su personaje de extraordinaria credibilidad, sensibilidad y profundidad. Es el auténtico travesaño que soporta buena parte del edificio interpretativo de la película, con algunas de las escenas más trascendentes del filme.
Tsou dirige en solitario, pero comparte la autoría del guion con Sean Baker, director estadounidense en alza, que destacó no hace mucho con una película ganadora de cinco Oscars importantes que la hicieron la ganadora de la edición de 2025. De él he visto un par de películas más, en dos de las cuales colaboró como guionista la directora de la película que comento hoy. Es decir, no es una mera película de una cinematografía exótica, que se ve con curiosidad por ese exotismo y tal. Es una película taiwanesa, pero realizada con el apoyo de la industria norteamericana, aunque sea desde sus sectores más independientes, y con intención de conseguir la atención global. Y yo creo que lo consigue y muy bien. Con ese tono a caballo entre el drama y la comedia, entre la angustia de la supervivencia y la esperanza de un futuro quizá no tan malo, entre los batacazos y la capacidad para superarse y remontar, con las revelaciones sorprendentes que nos cambian las coordenadas de la película por completo cuando pensábamos que ya la teníamos controlada y que era totalmente previsible… pero no.
Quizá no sea una obra maestra. Pero quizá eso no sea importante, porque lo más probable es que sea una obra imprescindible. Y si no es una obra maestra… quizá no le falte tanto, y quizá sea mucho más interesante que muchas obras maestras. La considero totalmente recomendable. Aunque no la va a ver mucha gente. En muchos países se estrenó directamente en Netflix este otoño pasado. Pero no en España. No sería la primera película interesante que se estrena en la plataforma, pero no llega a la sucursal española de la misma. No es algo que ya me importe, dado que ya no estoy abonado. Pero sería una pena que esta película, que poco va a durar en las salas comerciales, no esté al alcance de más potenciales espectadores.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. De las tres localizaciones de la película, elijo París. En una puesta de sol desde el Centro Pompidou.
Esta película, dirigida por Jim Jarmusch, me había llamado la atención desde que se anunció su estreno, aunque daba la impresión de que estaba pasando relativamente desapercibida en cartelera. Sin embargo, los horarios de la sesión en versión original impidieron que fuéramos a verla hasta que, repentinamente, cambiaron y se me puso a tiro en un horario más asequible para mis posibilidades del momento. Jarmusch ha dirigido película que en su momento me parecieron interesantes, y el reparto era llamativo. Así que, por qué no. Hace tiempo que soy consciente que las tendencias populares en cine no tienen nada que ver con la calidad de las películas.
La película se divide en tres partes, tres historias no relacionadas entre sí argumentalmente, aunque sí por su temática. La familia.
Father: Dos hermanos, él (Adam Driver) y ella (Mayim Bialik) viajan juntos para realizar una visita a su padre (Tom Waits) que vive en algún lugar entre los bosques y lagos de Nueva Inglaterra o un sitio similar, y con quien se ven poco. Ella apenas trata con el padre. Él habla de vez en cuando y le presta dinero para sus apaños domésticos. Cuando se encuentran, apenas tienen de qué hablar. Y uno tiene desde el principio que las cosas no son como parecen.
Mother: Una escritora ya mayor (Charlotte Rampling) prepara la visita anual de sus hijas, la mayor (Cate Blanchett) y la menor (Vicky Krieps), para tomar el té. La mayor llega con ganas de agradar y de demostrar que todo va bien, pendiente de la aprobación de la madre. La menor acude por rutina, se presenta como triunfadora de forma casual, aunque no, y se siente desapegada de todo. La sensación es de cordialidad/cortesía fingidas.
Sister/Brother: Dos hermanos, ella (Indya Moore) y él (Luka Sabbat), se reúnen para recoger las cosas del apartamento parisino donde vivían sus padres, una pareja multirracial que ha fallecido en un accidente, y a los que se sentían unidos y queridos, aunque, como descubrirán, ni siquiera estaban realmente casados. Ambos tienen buena sintonía y rememoran sus recuerdos y sentimientos más queridos.
Jarmusch lanza una mirada sarcástica a las relaciones familiares «convencionales» en las dos primeras historias. Familias bien, cuyos miembros tienen «éxito» en su vida, pero que se manifiestan distantes, sin apegos. En ambas falta uno de los cónyuges. En el primer caso, claramente, el que cohesionaba la familia. Las relaciones son formales, pero con sensación de hipocresía. La tercera historia, sin embargo, es una historia de una relación fluida, de confianza, la única en la que los personajes que dialogan no son blancos, anglosajones de familia bien. Es una familia poco convencional. Incluso de hábitos poco recomendables. Pero hay afecto. Y sinceridad. Claramente, un alegato no falto de humor, contra lo convencional, las buenas maneras, la hipocresía en las relaciones. Todas las historias tienen algunos puntos comunes que las unen, el agua, el te, los patinadores en monopatín, los coches que funcionan mejor o peor… pero con tonos distintos unos de otros.
Correctamente interpretados por un elenco con mucho oficio, las dos primeras historias hay que observarlas en clave casi de parodia. Las personas que desfilan ante nuestros ojos, si no son ridículas en sí mismas, hacen cosas ridículas o se muestran ridículas en la situación en la que son presentados. Y constantemente aparecen elementos que, quizá no provocarán una carcajada en el espectador, pero sí una sonrisa irónica amplia. La tercera es una historia similar en apariencia, pero muy diferente en el fondo. Relaciones naturales, orgánicas, sinceras. Amor fraternal, y añoranza de los progenitores perdidos y de los secretos que se llevaron a la tumba sobre su relación.
Globalmente considerada, hay que reconocer la excelente factura y las excelentes interpretaciones de todos los que en ella participan. Pero en lo que se refiere al balance final… pues la tesis expuesta, aunque mostrada con gracia y oficio, tampoco tiene mucho más que rascar. Y es que al final, es una simplificación sobre los tipos de familias o sobre las formas en que estas se relacionan, mucho más diversa que lo que aquí se muestra. Se deja ver, sí. Incluso puede ser recomendable, también. Pero tampoco es de los trabajos más destacados del director.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En dos ocasiones he pasado por Stratford-upon-Avon, la patria del Bardo. Estas fotos son de la segunda.
Probablemente, por las expectativas levantadas por la prensa y la crítica especialidad, la última película de la directora Chloé Zhao era una de las más esperadas de esta temporada. O del año. Del 2025, aunque nos haya llegado a España en enero de 2026. Es cierto que los comentarios de los primeros artículos en los que se le daba por segura ganadora de un Oscar se han enfriado por el ímpetu de otra película de gran éxito el año pasado. La tercera de las que aparecen en el enlace. Pero a pesar de ello, y teniendo en cuenta el interesante reparto de la película, yo tenía muchas ganas de verla.
Zhao nos traslada a la última década del siglo XVI, a la relación entre William Shakespeare (Paul Mescal) con la que sería su esposa, Anne (o Agnes) (Jessie Buckley), a cómo forman su familia, a como es su relación en la que la mayor parte del tiempo viven separados, uno en Londres, la otra en Stratford-upon-Avon, y a como acaban teniendo, a pesar de ello, tres hijos, de los cuales uno, Hamnet (Jacobi Jupe), varón. Y cómo este niño va a fallecer en una de las periódicas epidemias de peste que asolaron Europa, e Inglaterra en particular, en aquellos tiempos.
No podemos afirmar que los hechos que suceden en pantalla fueran reales. De hecho, con toda probabilidad, no. Es una ficción construida a partir de unos hechos. Con quien se casó el dramaturgo, cuantos hijos tuvo, cuándo y cómo murió su hijo varón, el hecho real de que principalmente vivieron separados. Esto ha dado a muchas especulaciones. Se llevaron mal; en otra película ganadora de un Oscar, también bastante ficticia, Anne era la «mala» implícita de la función. O se llevaron bien, especialmente porque cada uno vivió libremente en donde prefirió. Ni una cosa ni otra. Hamlet fue inspirado por la muerte del niño Hamnet. Al principio de la película se nos avisa que son dos grafías para un mismo nombre. Quizá hasta lo pronunciasen de forma muy similar. O no lo fue. Ha habido estudiosos que lo afirmaron y estudiosos que lo negaron. En realidad, todo lo anterior da igual.
Creo que la forma correcta de enfrentarse a la película, si es que hay un única forma correcta de hacerlo, que probablemente no sea así, es asumir la historia libres de prejuicios. Como si Shakespeare no fuera Shakespeare. Simplemente, una reflexión sobre como un padre y una madre afrontan el duelo de la pérdida de un hijo. Un hecho, por cierto, mucho más traumático en estos tiempos que en aquellos. Para los ingleses de aquella época era un hecho que periódicamente llegaban olas epidémicas de peste en las que morían el 50 % de los enfermos, el 20-25 % de la población. Y a seguir. La muerte de un hijo era un hecho habitual. Y seguramente se afrontaría con escepticismo y resignación. Pero eso da igual. La película es un estudio, artístico, libre, de la forma en que unos padres afrontan la dolorosa muerte de un hijo.
La película es hermosa. Es poética. Tiene incluso su punto de realismo fantástico. Se reivindican las distintas formas de ser de los dos cónyuges como formas complementarias de ser. Aunque unidas, primero en el amor mutuo, luego en el amor a los hijos, finalmente en el duelo. Las imágenes son hermosas, el sonido es hermoso. Y, fundamentalmente, las interpretaciones son grandes. Grandísimas. Especialmente la de Jessie Buckley, una actriz que hace tiempo que vengo apreciando muy favorablemente, y que realiza una de las más maravillosas interpretaciones que he visto en mucho tiempo, probablemente de las mejor de las que he visto a lo largo de mi vida. Si no la premian con el Oscar, que dinamiten la famosa Academia.
Película grande. Imprescindible. Difícil de comparar con esa su gran rival. Con la que me lo pasé muy bien, y que también es muy buena película. Pero creo que es superior. Creo que es la mejor película que he visto de un año a esta parte. Porque además tiene otra cosa. Es una película que ha ido creciendo en mi memoria. Que, sin volver a verla, me dejó lo suficientemente impresionado para que me vengan detalles a la memoria que hacen que todavía me parezca mejor que cuando salí del cine. La interpretación de Buckley es antológica, una obra maestra. La película,… quizá no, pero casi.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Un paseo por la High Line en Nueva York.
Un comentario rápido de esta película que vimos la semana pasada. Será rápido porque tengo poco tiempo, pero no quiero dejar pasar la oportunidad, porque estos días corro el riesgo de dejar pendientes demasiadas cosas por comentar. Así que vamos con ella. Dirigida por Mary Bronstein, de quien no recuerdo haber visto nada, y protagonizada de forma casi absoluta por Rose Byrne, es una película que probablemente es mejor de lo que la disfruté. Quizá no la vi en el momento y con el estado de ánimo de ánimo.
Una mujer (Byrne) casada, con un marido que está siempre ausente, y con una hija enferma, se encuentra de repente en la situación de tener que abandonar su hogar cuando una inundación sucede en el piso de arriba y se hunde el techo y se inunda a su vez su piso. Alojada con la hija en un motel, se encuentra con la impotencia de que los contratistas que han de arreglar el piso no trabajan. Y psicóloga de profesión, atiende en su consulta a una serie de pacientes que le incrementan constantemente su nivel de estrés. Hasta tal punto que se encuentra en un momento al borde del pánico.
Bronstein plantea los retos de la mujer casada, madre de familia y profesional, actual, de este primer cuarto del siglo XXI, que se encuentra sometida a una serie de presiones constantes para desempeñar de forma correcta sus múltiples roles, con menor nivel de tolerancia al fallo que el que se permite a otras mujeres que no asumen los múltiples roles, o a los hombres en general. Tal es la tesis. Pero lo hace llevándola al extremo, cuando todos los problemas se exacerban y se convierten en una hipérbole. Alguien ha definido la película como Rose Byrne con una ataque de ansiedad crónico.
El principal triunfo de la película, que está correctamente realizada y dirigida con ritmo, porque la situación demanda además un ritmo rápido, es la interpretación de Byrne. Una actriz que en su momento pensé que iba a dar más de sí, pero que ha mantenido una carrera constante y consistente, pero más discreta de lo que yo hubiera imaginado. Realiza su labor con algo más que oficio y consistencia, es lo mejor del largometraje. No obstante, si se planteó la película como una plataforma para el Oscar como he leído por ahí, difícil lo va a tener tras la interpretación que vi en la película que comentaré dentro de pocos días.
Globalmente considerada, es una película correcta, pero que a mí me abrumó en el exceso. Quizá esa hiperbolización de los problemas «resta» validez al planteamiento de la historia. Entrecomillo el «resta» porque estoy de acuerdo que a la mujer que pretende mantener una actividad profesional y conciliarla con una vida familiar se le exige mucho más que a los hombres en la misma situación, o a las mujeres que optan por una cosa o la otra. Pero cuando llevas las cosas al extremo corres el riesgo de que parezca que las cosas no son así. Pasarse de frenada. De todos modos, es razonablemente recomendable.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. París en blanco y negro, con una sencilla cámara de formato medio de los años 50 del siglo XX, unos años anterior a la película que hoy traigo a estas páginas.
Comentaba hace unos días la última película estrenada de Richar Linklater, en la que se nos cuenta cómo fue el rodaje de la ópera prima como largometraje de Jean-Luc Godard. Y una semana después del estreno de esa película se produce el reestreno en salas de cine de la película cuyo rodaje recreaba, y que inmediatamente, o cuando pudimos, fuimos a ver. Porque aunque es película que había visto varias veces en la pantalla del televisor de mi salón, o de algún que otro televisor, nunca había tenido ocasión de verla en pantalla grande, que yo recuerde. ¿Pude haberla visto en algún cineclub en mis años de universidad? E intentado hacer memoria,… pero no me viene ningún recuerdo. Motivo por el que la he incluido en mi base de datos de películas, con el número 4 de 2026.
Nos dicen diversas fuentes que la película partió de un guion o de una historia de Claude Chabrol y François Truffaut, que Godard modificó. Los tres aparecen en los créditos en IMDb. Pero la película de Linklater nos dejaba claro que Godard no fue fiel a ningún texto, y que los propios autores o el equipo de rodaje no sabían muy bien qué iban a rodar en cada sesión. La historia, esa huida de un individuo que se mueve por los bajos fondos (Jean-Paul Belmondo) tras matar a uno de los policías que le iba a cuestionar por el exceso de velocidad, cuando se desplazaba de la Costa Azul a París en un coche robado. Y a su llegada a París, mientras la policía le busca y va cerrando el cerco, su relación con la joven aspirante a periodista neoyorquina (Jean Seberg), y la búsqueda de un dinero que le permita huir del lío en el que se ha metido.
El argumento, o similar, lo podemos encontrar a lo largo de la historia del cine en numerosos títulos, unos más afortunados que otros. La forma de trasladarlo a la pantalla, las formas, y los fondos, no. Obra personalísima y rompedora de Godard que en su primer largometraje rompe las reglas del juego cinematográfico. Cine guerrilla. Nada de permisos. Nada de ensayos. Improvisaciones, tanto propias del director como de los intérpretes. Nos contaba Linklater que el plano de Seberg con el que se cierra la película fue una improvisación que cambió por completo el final de la película. Y que Godard aceptó.
Sesenta y cinco años largos más tarde, no voy a decir que esta película sea para todos. El lenguaje del cine siguió evolucionando. Y en algunos momentos entró en regresión. Si esta y otras películas de la época, especialmente del cine europeo, aunque también en otras cinematográfias, incluso la USAmericana, fueron una cumbre de cine de autor y en libertad, estamos ahora en una época en que el dominio del cine comercial estadounidense ha roto con todo tipo de libertades, como sucede en otros campos distintos del cine, buscando fórmulas de generar dinero sin más interés que plantear una pirotecnia que lleve a la gente a consumir como descosidos palomitas adocenados ante una pantalla de cine llenas de explosiones y efectos visuales generados por ordenador, y con historias estándares que se repiten una y otra vez, sacadas de un manual que parece pensado para eliminar la originalidad, el pensamiento y la creatividad. Nunca tanta gente se ha llamado a sí misma creativos, mientras «crean» obras que son todas idénticas.
¿Es recomendable la película? Si sientes algo de respeto por el cine, es obligatoria. Incluso, como es mi caso, si no es una de tus favoritas. Porque si me obligasen a realizar una lista de mis 10 o 20 película favoritas, probablemente no estaría. Pero hay que verla. Incluso más de una vez. Incluso si no siempre se comprende. Si para ti el cine es una mera excusa para pasar el rato comiendo palomitas… mejor quédate en casa y ve cualquier tontada que programen en una plataforma de contenidos en línea. Lo que sea. Da igual. No importa una u otra cosas. Salvo excepciones honradas, todo da igual, todo es lo mismo. El capital manda.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En las calles de Tokio.
Hace unos días me llamó la atención la llegada a la cartelera de esta película dirigida por la japonesa Hikari, con un reparto mayoritariamente japonés, salvo el protagonista… y en parte una de las actrices de reparto. Y cuya historia, por lo que se ve en el cartel anunciador transcurría en Tokio. No sabíamos gran cosa de este largometraje, pero nos picó la curiosidad. Y de lo que nos enteramos es que la acogida no había sido mala, ni por parte de la crítica, ni por parte del público. Aunque ya suponemos que no va a ser un fenómeno de masas precisamente.
Phillip (Brendan Fraser) es un actor norteamericano que lleva siete años viviendo en Tokio. Llegó para rodar unos comerciales y se quedó. Pero en los últimos tiempos le cuesta encontrar trabajo. Obviamente, para un actor caucásico las ofertas de trabajo en Japón son muy concretas y limitadas. En un momento dado le llega una oferta de parte del dueño (Takehiro Hira) de una empresa muy particular. Se dedican a impersonar familiares, novios, amantes, amigos, compañeros de trabajo… lo que sea,… ficticios en la vida de las personas con el fin que les convenga. Aunque a Phillip la cosa no le convence mucho, le parece mentir, accede a trabajar con ellos. Y dos de sus trabajos, el de padre de una niña de origen mixto (Shannon Mahina Gorman) que ha sido criada exclusivamente por su madre japonesa, y el de entrevistador de un viejo actor retirado (Akira Emoto), le llevarán a involucrarse en la vida de estas gentes más de lo que pensaba. Porque a veces es difícil separar ficción y realidad.
Irremediablemente, la película tiene un sabor que recuerda a las película de Hirokazu Koreeda. Koreeda ha realizado numerosas películas en las que ha reflexionado sobre el concepto de familia, y ha representado en sus películas todo tipo de familias, de muy distintos tipos. Algunas más «reales» que otras. Y un poco sobre eso va la cosa. Qué significan la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los amantes. Cómo nos relacionamos. En qué medida somos honestos con ellos. Qué posición ocupan en nuestra vida. Cómo nos presentamos ante ellos, en qué medida nos escondemos de ellos. ¿Acaso no somos todos algo «actores» en nuestras relaciones con otras personas impersonando la persona que ellos creen que somos o quieren que seamos? Sobre ello nos habla la película. Pero también sobre la empatía y sobre la capacidad de relacionarnos de forma auténtica, incluso en situaciones de ficción.
Realizada de forma correctamente en lo técnico y en la dirección, la película se sostiene principalmente por la interpretación de los actores. Fraser está muy bien, emanando con su corpachón abundantes dosis de simpatía y empatía. Pero el resto también colaboran. La niña resulta bastante auténtica. El anciano actor tiene momentos entrañables. Y el conjunto del reparto está muy entonado. Pero la reflexión global que se nos propone se queda un poquito corta, un poco más superficial de lo que podría haber sido. Quizá por la dispersión de tramas. De las tramas de las personas que contratan a los peculiares actores de esta peculiar empresa. Que debe afrontarse a sus propios dilemas éticos.
Globalmente considerada, la película es recomendable. Se puede ver bien. Va un poquito de más a menos. Con un comienzo progresivo pero potente, pero para hacerse poco a poco previsible en su desarrollo y conclusiones. No obstante, yo lo pasé bien.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. París en blanco y negro, claro; qué otras fotos podría poner .
Domingo tonto que nos vamos al cine a ver la segunda película de Richard Linklater que se estrena en la cartelera española en pocas semanas. Siendo un cineasta que habitualmente me resulta atractivo, la película que vimos de él recientemente nos dejo un poco fríos. En ella hacía homenaje a una de las figuras claves de la música popular estadounidense del siglo XX. En esta ocasión vamos con otro homenaje. A uno de los movimientos cinematográficos más influyentes también del siglo pasado. La nouvelle vague francesa, ese momento maravilloso a finales de los años cincuenta en el que los críticos y escritores de cine de Cahiers de Cinéma deciden que ya vale de hablar y se ponen a hacer. A hacer películas. Y empiezan a debutar creando algunas de las películas más influyentes y maravillosas de la historia del cine.
Y para ello, Linklater se va a Francia, y rueda en francés, en blanco y negro y en formato académico, y con los medios justos, con película en blanco y negro, Kodak Double-X e Ilford HP5 Plus. La película relata el rodaje de Á bout de souffle, primer largometraje de Jean-Luc Godard (Guillaume Marbeck), a partir de unos textos de Chabrol y Truffaut. Fue uno de los últimos de aquellos creadores en estrenar un largometraje, aunque había hecho ya algún corto previamente. En alguno había contado con un desconocido Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin), con el que vuelve a contar, lanzándolo al estrellato. De la misma forma que consigue contratar a la norteamericana Jean Seberg (Zoey Deutch), que ya se había hecho un nombre con Bonjour, Tristesse y Joan of Arc, ambas dirigidas por Otto Preminger. El rodaje, en 20 días, en modo de guerrilla, y sin apenas guion, se convertirá en una leyenda de la historia del cine. Como lo será la película, conocida en España como Al final de la escapada, o Sin aliento en otros países de habla hispana.
Los primeros compases de la película no invitan a concentrarse. Linklater quiere homenajear y recordar a mucha gente, y constantemente van saliendo en pantalla aquellos intérpretes que personifican a figuras claves de aquellos tiempos; directores, guionistas, productores, directores de fotografía, intérpretes, responsables de vestuario,… Y esto distrae en esos primeros momentos hasta que poco a poco se acerca el momento de empezar el rodaje. Y a partir de ese momento, la película es muy divertida. Es muy divertida, porque las cosas que pasaron en el rodaje fueron divertidas. Es divertida la incapacidad para entender las intenciones de Godard por parte de Seberg, que venía de saltar a la fama con un director tan preciso y controlador, tan germánico, como Preminger. Que conste que tiene cosas estupendas en su filmografía. Muy estupendas. Y que me cae bien, que fue uno de los primeros directores en ignorar las directrices de la «caza de brujas» en Hollywood. No llegó a ganar un Oscar, pero fue tres veces candidato. Es divertida la tensión entre el productor, que quiere las cosas claras, y el director que gusta del caos. Es divertido ver a Belmondo y al director de fotografía, Raoul Coutard (Matthieu Penchinat), aceptar las cosas como vienen, con una mezcla de pasotismo y estoicismo. Es divertida por un montón de detalles, y porque Linklater es un buen director y sabe reproducir un ambiente y un estilo que nos traslada a aquellos años 1959 y 1960 cuando se gestó la película.
Apoyada por una más que notables interpretaciones que hacen que realmente veas a los personajes y no a los actores, la película es un canto a la libertad creativa en el cine en particular y en el arte en general, que contrasta con las soluciones formulaicas que imperan en la creación actual, donde todo tiene un manual o una solución que seguramente está en algún video de Youtube donde te dicen cómo lo tienes que hacer para tener éxito… y para hacer exactamente lo mismo que hacen todos los demás. La historia de una película y de un movimiento de gran influencia en lo formal, pero que no tiene su reflejo en la influencia en cómo los creadores actuales afrontan su proceso creativo. Te das cuenta hasta qué punto, todas esas soluciones que se nos ofrecen en la red de redes no son más que una colección de recetas que limitan más que impulsan la creatividad personal… de todos esos que se denominan a sí mismo «creativos». Viva el cine… aunque difícilmente la industria del cine pueda en estos momentos dar paso a otra generación de oro como aquellos franceses que por encima de cualquier cosa amaban el cine.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Nos vamos a Japón, a Kamakura, para ilustrar la entrada de hoy.
No ha empezado fuerte cinematográficamente este año. Una mezcla de circunstancias, en las que no voy a entrar, me han mantenido alejado de las salas de cine. A ver si la cosa mejora con los estrenos de mañana viernes. De todos modos, con la llegada del nuevo año hubo un estreno de animación japonesa en Netflix que tenía marcado para ver. Una película que llegaba con buenas críticas y bien valorada por los espectadores de su país. En pocos otros países se había podido ver antes del estreno en la plataforma de contenidos. Dirigida por Kenji Iwaisawa, veamos lo que da de sí este drama de superación en el ámbito del deporte de competición.
La película está basada en una serie de manga, no demasiado extensa. Sólo cinco volúmenes (tankōbon) para recopilar todos sus capítulos, que fueron publicados entre 2018 y 2019. Poco en comparación con algunas de las series más conocidas del manga, que se van pubicando durante años. La historia se centra en una serie de atletas, especializados en las carreras de velocidad, específicamente en los 100 metros lisos, de donde viene el título del manga y de la película. Seguimos a dos de los protagonistas desde que son niños y empiezan a destacar en los deportes del colegio, y conforme avanzan en su vida, se van cruzando o encontrando otros atletas. La historia se sigue hasta que el protagonista principal, ya adulto, decide que va siendo hora de retirarse, pero antes tendrá que correr una última prueba con el que fue su amigo de la infancia y su principal rival durante años.
En lo positivo, hay que decir que es una animación de muy buen nivel, muy expresiva. Que se sale de las fórmulas trilladas de la animación japonesa, para mostrarnos unos personajes que evolucionan físicamente conforme avanzan en su edad. Con frecuencia, los personajes adolescentes y adultos jóvenes del anime tienen un aspecto demasiado aniñado, especialmente las chicas/mujeres. Y la representación del esfuerzo y de las tribulaciones de los personajes está muy bien representada.
Sin embargo, creo que la historia tiene un ritmo inconsistente. Creo que, por corta que sea la serie de manga, es complejo meter los 42 episodios o capítulos que recopilan los cinco volúmenes en los 106 minutos que oficialmente dura el largometraje. Resta los títulos de crédito y probablemente se queda en 100 minutos. Las primeras etapas de los personajes están bien hiladas, desde la niñez hasta el instituto. La parte relativa al club de atletismo del instituto, cuando interaccionan dos de los personajes con las dos chicas que formaban el club inicialmente, está bastante bien. Y da variedad y más riqueza a la narración. Y sin necesidad de romances forzados que, además, no vienen al caso. Mientras, el resto de las partes, más centradas en los chicos y en sus competiciones, me resultan menos atractivas, menos ricas en su descripción del entorno.
Por lo tanto, aunque bien hecho, mi valoración final de este aime no es tan positiva. Es una película de animación correcta, que se puede ver sin ningún problema, salvo que el tema no te interese especialmente. Pero creo que hubiese hecho falta un esfuerzo más importante en el guion a la hora de adaptar la historia, dejarse de tantas carreras, y entrar más en la psicología y en las interacciones de los personajes. O haber hecho una serie de animación, en lugar de condensar la historia en esos 100 minutos. Pero, como ya he dicho, se deja ver.
En el año 2024 he registrada como vistas 60 películas de estreno a lo largo del año. La primera fue el 2 de enero y la última en el 29 de diciembre. De esas 60 películas, vi 44 en salas de cine, mientras que las restantes 14 fueron estrenos directos en plataformas en línea y un «estreno» a bordo de un avión intercontinental. Algunas de estas últimas tuvieron un estreno simbólico en salas de cines, de unos pocos días, generalmente una semana, con un número de sesiones limitado. Si es posible las veo en sala grande porque, sinceramente, aunque lo vaya a tener disponible en la televisión una o dos semanas más tarde, prefiero ver el cine en pantalla grande. Pero cada vez lo ponen más difícil. Como suele suceder, la inmensa mayoría de los estrenos que he visto en plataformas corresponden a Netflix, 12 películas, mientras que he visto una en Amazon Prime Video y dos en AppleTV+. Las fotografías acompañantes son las últimas que he hice en 2025… por lo menos con cámara digital.
Las películas que tengo registradas en mi base de datos desde el 28 de diciembre de 1997 hasta la fecha son un total de 1695. Con un promedio de unas 60.5 películas de estreno vistas al año, incluyendo también estrenos de antaño que se reestrenan en pantalla grande, cuando nunca vi previamente esa película en salas de cine. Para todas las películas que veo incluyo cuatro valoraciones: dirección, interpretación, subjetiva y global. Para conocer los criterios por los que valoro las tres primeras, visitad la explicación correspondiente. La valoración global es el resultado de aplicar una fórmula matemática de mi invención:
Global = (Subjetiva*3 + Dirección*2 + Interpretación)/6
–
Por supuesto, el dar más peso a unos elementos que a otros es algo totalmente personal. Pero es que si incluyo algo que se llama “valoración subjetiva” en la fórmula, pues es lo que podéis esperar; una valoración personal e intrasferible, aunque motivada, de lo que más me gusta. Que no necesariamente tiene que ser lo que le guste a otros. No hago crítica cinematográfica; solo comparto lo que veo y lo que me parece.
Hay otra cuestión. Si se contrasta la lista que ofrezco en la entrada de hoy con las valoraciones de cada una de las películas en el momento en que las vi y las comenté, pueden no ser iguales. Aunque este año sí lo son. La valoración personal de una película cambia con el tiempo. También puede suceder que visionados posteriores, por ejemplo en vídeo o televisión, hagan cambiar esa valoración.
La valoración media ha sido de 3.34 puntos; la cuarta más alta de estos 27 años completos, pero con pocas diferencias con lo que sucede en los últimos años. La variabilidad en las puntuaciones ha sido la más baja de los 27 años completos. Es decir, suelo tener relativa buena intuición a la hora de evitar malas películas, aunque de vez en cuando me coma alguna de la que esperaba algo más y, al final, me resulta estomagante. En general, los estrenos directos en plataforma tienen puntuaciones inferiores. Siempre digo que voy a ver menos de estos, pero siempre caigo en alguna tarde-noche de aburrimiento. Y he evitado determinados estrenos en plataformas, con lo que antes me arriesgaba. Lo cierto es que me cuesta ponerme a ver largometrajes en la televisión.
Como digo habitualmente, podríamos decir que no selecciono mal las películas que voy a ver. Y como he mencionado en otras ocasiones, el rechazo a ir por sistema a ver determinados blockbusters, me ahorra películas malas. Por ejemplo, evito en líneas generales el cine de superhéroes. Que sistemáticamente… no me gustan. Por supuesto, como viene siendo norma en los últimos años, todas las películas han sido visto en versión original. Aunque la salas no siempre nos lo ponen fácil, por los horarios, por el número reducido de sesiones en versión original, por el escaso número de días en cartelera, no concebimos ya una película doblada. Nos suena horrible. Y no hemos visto algunas películas interesantes porque se nos han escapado. Es lo que hay.
¿Existen diferencias de calidad entre los distintos proveedores? Veamos una tabla.
Proveedor de películas
Número de películas vistas
Puntuación Global Media
Puntuación Subjetiva Media
Salas de cine
44
3.49
3.20
Netflix
12
2.94
2.92
Amazon Prime Video
1
4.00
4.00
Apple TV+
1
2.08
2.00
Totales
60*
3,34
3.13
(*) Sí, suman 59. Recuerdo que hay una que consideré «estreno», que vi en un desplazamiento en avión intercontinental. Y que valoré muy bien
Creo que las cosas están claras. Somos muy cuidadosos con lo que elegimos ir a ver al cine. Y suelen ser películas sobre las que nos hemos informado, y que garantizan un mínimo de calidad. Y a partir de ahí lo que sea. Mientras que lo que veo en plataforma, en muchas ocasiones son meros actos de divertimento en los que arriesgas más. Al fin y al cabo, la suscripción mensual la tienes pagadas. Pero hay que decir una cosa. Algunas de las mejores películas de las plataformas tienen un estreno limitado en cines, y si podemos vamos a verlas en pantalla grande, por lo que esos «puntos» extra que podía tener se quedan en las salas de cine.
Por cierto, no está incluida en la estadística, porque ya la habíamos visto en pantalla grande en varias ocasiones. Pero quizá uno de los momentos mejores y más emocionantes fue volver a ver en pantalla muy grande 2001, a space odyssey, proyectada a partir de una copia sobre película de 70 mm de época. Un verdadero síndrome de Stendhal cinematográfico en algunos momentos. Y mira por dónde, he localizado la vez anterior que vimos esta película en salas. Que no hace tanto como pensaba.
A continuación, las diez películas que más he valorado. He tenido que excluir la que lidera la clasificación, porque es un reestrenó de una película de 1992 de animación japonesa, una maravilla. No son 10. Son 12, porque hay puntuaciones repetidas. Este año sí que han entrado en la clasificación la tienen una puntuación global de 4.00, el mínimo para entrar en la lista.
Cosas que me llaman la atención. La primera es que hacía muchos años que no incluía tantas películas nortemericanas tan a gusto. En los últimos años me sentía despegado del cine que venía de Hollywood, e incluso del cine independiente norteamericano. Pero este año, las películas que hay en esta lista selecta son películas que realmente me llegaron muy adentro. Y llama la atención de que una de ellas sea una película de terror, pero que me encantó. me gustó mucho. Aunque está empatada en puntuación con la favorita de la temporada de premios, he de decir que la he colocado por delante intencionalmente. Llama la atención la inclusión de tres películas nórdicas. Y también son tres películas excelente. Y quizá llame la atención que este año no han llegado a la cartelera tantas propuestas desde Japón, que se solían colar en estos puestos altos. Pero ha sido por falta de oferta en la pantalla grande y no de calidad.
Y creo que con esto lo dejaré estar ya este año. Un saludo y mucho cine. Nos vemos en las salas de cine… suponiendo que el lamentable sistema de distribución y exhibición en salas no siga maltratando el cine de calidad y en versión original, como viene sucediendo últimamente.