Ayer presentaba la cámara, hoy os muestro algunas de las fotos que he hecho con ella hasta el momento. En el enlace, los detalles técnicos.













Ayer presentaba la cámara, hoy os muestro algunas de las fotos que he hecho con ella hasta el momento. En el enlace, los detalles técnicos.













Una nueva cámara ha llegado a mi colección, de una marca no representada en la misma a pesar de su solera en el mundo de la fotografía. Hoy la presento en sociedad. A ver si mañana tengo ocasión de enseñaros algunas de las primeras fotos que he hecho con ella.


Además del tradicional enlace a mis recomendaciones fotográficas semanales, unas cuantas fotografías de hace dos semanas, cuando dimos un paseo por Zaragoza para ver las exposiciones de PHotoEspaña en nuestra ciudad.
Origen: Recomendaciones semanales – del 9 al 16 de julio de 2017 – Fotografía y otras artes visuales.









Esta semana he recuperado el ímpetu lector… creo. Aunque abandonando el libro de Coetzee que ya mencioné hace unos días. He comenzado otro, difícil, pero que parece que avanza y progresa adecuadamente. Mientras, recordé que en uno de mis últimos viajes leí algo, ciencia ficción, que todavía no sé si calificar como un relato corto largo, como una novela corta.
Lo adquirí en una de esas promociones que hay en Amazon… bueno en realidad se puede comprar en estos momentos por un céntimo menos de un euro. Ahora se promociona como el más vendido en ciencia ficción en español durante no sé cuantitas semanas. Con ese precio, francamente es un dato que dice muy poco sobre la aceptación real del libro entre el público. No lo he visto reseñado muy a menudo por ahí. En cualquier caso, su autor es Rubén Azorín, y su intención es introducirnos en la ciencia ficción dura, pero con una historia que a priori he de reconocer que es bastante original. Aunque más propia de un relato corto que de una novela. Lo digo por mis dudas en el primer párrafo. No importa su longitud real.
La cosa empieza cuando un cosmonauta, que es como llaman los rusos, anteriormente soviéticos, a los astronautas, regresa con una sonda espacial al cosmódromo desde el que partió en misión por el sistema solar en una cápsula (dale con traducir «pod» por «vaina», incluso cuando no es una traducción porque está escrito en español), una sonda teledirigida en la que es único pasajero, que no tripulante, porque no interviene en su viaje. Además, va dormido. El caso es que cuando despierta se encuentra con que el cosmódromo está desierto. Y con órdenes expresas de no salir al exterior. Empieza ahí una odisea personal de soledad y paranoia, cuando empieza a notar que tal vez no está solo.
He de reconocer que la trama me pareció bastante interesante, que me leí esta obra corta de un tirón en un viaje en avión, y que lo único que siento es que quizá está un poco estirada de longitud para lo que cuenta, así como que el final puede resultar confuso si no se presta atención al detalle. No está mal. No sé todavía si le daré nuevas oportunidades al autor, pero no está mal.

Paisajes de aspecto fantástico para la extraña historia de hoy. Después de la tarde haciendo pruebas con el filtro infrarrojo, hoy he estado haciendo paisajes de verdad. Cerquita de casa, en el soto de Cantalobos.
Hoy ha tocado un artículo muy técnico sobre fotografía, que podéis leer siguiendo el enlace. Un tocho. Pero os dejo por lo menos una foto realizada con filtro infrarrojo.

Fotos de la visita que hicimos hace ya casi dos meses con José Garrido, fotógrafo del Museo de Zaragoza, a su entorno de trabajo, algunos miembros de la Asociación de Fotógrafos de Zaragoza (AFZ). En el enlace a continuación lo explico más despacio.





Vamos con un comentario al que creo que es el cuarto largometraje en solitario del director Nacho Vigalondo. A veces tengo una sensación… que desde mi punto de vista, Vigalondo se convierta en el nuevo Amenábar. Sí. Amenábar hice un primer largometraje que me encantó y después… la tendencia ha sido a dejarme relativamente frío con sus propuestas. Eso sí, pose… no le falta. Me pregunto si con Vigalondo me puede pasar algo parecido. Sus «cronocrímenes» me parecieron una propuesta sumamente interesante y bien llevada, pero a partir de ahí… Pero eso sí, coba ya le dan. Y fíjate… con financiación internacional y fichando a alguna estrella de postín. Amenábar lo hizo con Nicole Kidman para su película de fantasmas; Vigalondo ha fichado a Anne Hathaway para su película de monstruos.

En la película de hoy, los monstruos amenazan con destruir Seul… pero no nos engañemos. A los «godzillas» les gusta destruir Tokio. Antes de que lo consigan, vamos a darnos un paseo por Shibuya, aunque sea bajo la lluvia.
De entrada, la película nos lleva a un prólogo en Seul, donde en un parque donde una niña busca su muñeca, de repente aparece como de la nada un monstruo gigantesco y aterrador. A partir de ahí, la cosa va de una mujer, Hathaway, claro, que ha perdido su trabajo y se dedica a fiestear y darle al «drinking» para desesperación de su estirado y repollo novio (Dan Stevens). En una de sus discusiones, la chica deja Nueva York y se pira a su pueblo. Y allí se encuentra con Oscar (Jason Sudeikis) un antiguo novio de la infancia con quien reconecta, y empieza a trabajar para él en su bar. Y de repente vuelven a aparecer monstruos en Seul… y Gloria, que así se llama la «prota», se da cuenta que de alguna forma su vida y las apariciones de los monstruos están conectadas.
Vamos a ver, la idea de Vigalondo, partir de unos monstruos tipo «godzilla» para contarnos unas historias sobre gente perdida en su vida y sobre la complejidad de las relaciones humanas, suena bien. Original. De alguna forma, la cosa debería funcionar. No quiero ser muy explícito para no chafar la película a quien vaya a verla. Pero el caso es que el cóctel sólo funciona a ratos, de modo irregular. Por algún motivo, probablemente por una definición de caracteres un tanto pobre, quizá demasiado preocupado el director por afinar las partes «monstruosas», los que allí estábamos viendo la película en la matinal del domingo, no empatizamos con los personajes. Y si no conectas y te importan los caracteres principales… la cosa no funciona del todo bien.

Hay que reconocer que tuvimos que ver la versión doblada al castellano, la única que ha llegado a nuestra cartelera. Y eso es una catástrofe. Las voces no casan, no sé que manía tienen de doblar a las chicas siempre con voces de pito además, y la traducción de los textos en inglés notas perfectamente que son forzados, mediocres. Son diálogos con expresiones carentes de naturalidad, por su excesiva fidelidad al original. Pero aun descontando este factor… qué se yo. A Hathaway le hemos visto trabajar mucho mejor en papeles que puede ser del mismo tenor. Y eso que aparece como productora ejecutiva del filme. Se podría haber esmerado un poco más.

La película no es ninguna catástrofe. Seguro que hay muchas cosas peores que ver en cartelera en estos momentos. Pero no termina de funcionar, o por lo menos no lo hizo para quienes estábamos en esa sesión matinal. No sé. Quizá tengo prejuicios, aunque no fui el único en pensar así. Pero quizá ciertamente la carrera de Vigalondo está tomando realmente paralelismos con Amenábar. Y este creo que está sobrevalorado, nunca ha sido santo de mi devoción. Qué se le va a hacer.
Valoración

La entrada de esta semana, me salga más o menos larga, más o menos corta, va a estar dedicada a una única serie. Una serie que me ha parecido de lo mejor, más auténtico y más original en los últimos tiempos…. o en mucho tiempo. Se trata de The Leftovers, una serie que nos ha acompañado en los últimos tres años, con tres temporadas que suman un total de 28 episodios. Dos de diez y una de ocho.
La serie, como muchas en los últimos tiempos, comienza con un misterio aparentemente inexplicable. O inexplicado. Un 2% de la población mundial, un 14 de octubre, desaparece. Sin dejar ni rastro de sus personas. Desvanecidos. Un 2% son mucha gente. Si tal cosa sucediese, todo el mundo conocería a alguién que se desvanece. Pero la serie nunca va de los que desaparecen. Su propio título lo índica. «The leftovers», los supervivientes, pero también los restos, los que se quedan atrás. Los residuos. Aunque sean la mayor parte de la población.

En ausencia de fotografías de los entornos donde transcurre la serie, me voy a revisitar las fotos de las islas Lofoten, cuyo procesado llevo de forma muy lenta. A pesar de la espectacularidad del paisaje, no acabé de sentirme cómodo con las circunstancias de la luz y de las tomas… uiggggg… ¡Qué importante es la luz en nuestra vida! No sólo la cantidad sino la calidad.
El desvanecimiento de ese 2% de las personas es un monumental y gigantesco macguffin. Como descubrirá pronto cualquier persona con un mínimo de cultura cinematográfica. Frente a la dinámica establecida en series predecesoras, como la «maldita» Lost, como espectadores no sentimos necesidad alguna de explicar ese suceso. Y eso le otorga, tanto a la serie como al espectador que la ve, de una libertad y de una serenidad incalculables. Nos podemos centrar en lo importante. Conocer mejor a los que quedan, es decir, conocer mejor a la especie humana, conocernos mejor a nossotros mismos, a partir de la respuesta que damos al duelo por la pérdida. Pérdida que puede ser abrumadora, como puede ser el caso de Nora (Carrie Coon), el personaje más fuerte, más potente, más rico de la serie, y que sin embargo va a ser más incapaz de seguir adelante ante el duelo que cualquier otro. Carrie Coon ha sido, sin duda alguna, el gran hallazgo interpretativo en una serie donde todo el reparto funciona en un nivel muy alto. Pero puede ser también esperanzadora. Puede fomentar nuestras creencias irracionales, o hacernos caminar por el escepticismo más absoluto. Puede inducirnos a querer vivir con mayor intensidad o a darlo todo por banal, por perdido. Todas son reacciones humanas, que simplemente son llevadas hasta el extremo, que es la forma en somos más conscientes de ellas.

Si ya es algo que habíamos descubierto en las dos primeras temporadas, se pone de manifiesto en la aparentemente loca o surrealista tercera temporada. Paradójicamente, encuentro que esta última temporada es de una coherencia absoluta, permitiendo a los personajes claves que cada uno encuentre su camino, su explicación, su sentido, que son distintos. Una temporada en tono cataclísmico, una temporada de promesas apocalípticas, de diluvios que llegarán. A pesar del distinto tono, el hecho de que transcurra mayoritariamente en Australia, donde se refugian nuestros protagonistas, me hace pensar constantemente en aquella fundamental película sobre el destino final de la humanidad marcada por los miedos de la guerra fría. Pero frente a la invisible y ominosa «lluvia» de aquella, que sabemos que tarde o temprano llegará al continente oceánico, la lluvia de The Leftovers es un diluvio tradicional. Omnipresentes en religiones y mitologías de todo el mundo. Y es que estos diluvios al uso, frente al sentido catastrofista y punitivo del que alguna religiones les dotan, tienen un significado más importante de limpieza y renacimiento.

Pero para otras personas la serie tiene otra lectura, me lo hizo ver mi hermana, que aunque tarde se enganchó con pasión a la historia. Eternos románticos, lo que surge como elemento principal es la historia de amor en Nora y Kevin (Justin Theroux), los dos personajes clave de la historia. Y no voy a contradecirles. Principio y final de esta última temporada están dedicados a sus «libros», a sus historias. Pero como historia de amor, por intensa que sea, es amarga. Muy amarga. Por mucho que algunos vean en su final un final «feliz». Pero quien soy yo, para contradecirles. Al fin y al cabo, yo soy de los escépticos. Profundamente escéptico. Que no es lo mismo que deseperanzado.

Mis recomendaciones habituales sobre fotografía de los domingos, con algunas vistas de Zaragoza en este largo y cálido verano…
Origen: Recomendaciones semanales – del 3 al 9 de julio de 2017 – Fotografía y otras artes visuales.





Total, total, totalmente atascado en la novela La infancia de Jesús de J.M. Coetzee, escritor sudafricano del cual he leído varios libros, que he devorado con rapidez. Sin embargo, llevo prácticamente dos meses atascado en esta novela del capense, que a pesar de no ser muy extensa, 272 páginas en su edición en papel de tapa dura, no he pasado todavía de la mitad, aunque al principio me llamó mucho la atención. Este fin de semana estoy de reflexión. Tomaré la decisión sobre si sigo o lo paso a la lista de «malditos». Pero nunca había tardado en «retirar» un libro sin acabarlo.

Para ilustrar la entrada, instantáneas de la estación central de Milán, donde compré el «fumetto».
Mientras, de vez en cuando me leo una historieta. Cuando estuve en Milán, en la estación central, poco antes de coger el tren hacia Zúrich, y de allí a Constanza, entré en una sucursal de la Feltrinelli. Una «pequeña» que ocupa tres o cuatro pisos en la estación. Y curioseando, me compré una historieta, un «fumetto», en italiano, económico, con el fin de leer en el tren. El viaje era muy entretenido para contemplar el paisaje así que se quedó en la mochila. Mes y medio más tarde lo he recuperado.

De trata de una aventura de Dylan Dog, de Tiziano Sclavi, Atraverso lo specchio, título que claramente homenajea a la obra de Lewis Carrol, aunque también hace alusiones a la tradicional Blancanienves, ilustrada por Giampiero Casertano, en la que Rowena, una de las protagonistas de la historia, que ha adquirido un espejo encantado. Tras una fiesta en casa de Rowena, algunos de los asistentes empezarán a morir levantando las sospechas de Dylan Dog, detective de lo oculto.

Entretenida historia que juega con el género de terror, aunque desde mi punto de vista más como una suave parodia inteligente, en la que aprovecha para hablarnos de los miedos de la gente corriente, con una estética que se diría un poco trasnochada, pero que me parece notablemente adecuada. La verdad es que lo he pasado bien, y de paso he aprovechado para probarme un poco en mi capacidad para leer en italiano. El italiano escuchado lo vengo comprendiendo ya en un 75-80%, aunque el hablado por mí lo tengo en un nivel más bajo,… apreciablemente. Pero quería ver que tal el leído. Y suficiente para leer esta «fumetto» con cierta agilidad.

Y un ejemplo de los paisajes alpinos que me «impidieron» leerlo en ese momento.
Hemos estado trabajando para recuperar el contenido de un carrete que puede tener como mínimo 43 años de antigüedad, aunque pueden ser más. La narración del proceso la tenéis en el enlace a continuación. Pero para no aburrir a los no interesados en cuestiones técnicas, os dejo lo que hemos encontrado. Nuestro proceso ha sido un éxito. La lástima es que el carrete no tenía más información.
Origen: Kodacolor-X 620 – Un viaje en el tiempo de más de 43 años – Fotografía y otras artes visuales.




Kono sekai no katasumi ni [この世界の片隅に] (2016; 272017-3107)
De alguna forma, esta película de animación japonesa pertenece a un grupo de películas que constituyen un género en sí mismo dentro del cine nipón. Con un título que se traduce prácticamente literalmente, según el traductor de Google, con el que le han dado en español a pesar de que la película sólo ha llegado en versión original, «en este rincón del mundo», el largometraje dirigido por Sunao Katabuchi pone voz a la sufrida población japonesa, en sus clases trabajadoras y modestas, que sufrió fuertemente las consecuencias de la guerra mundial. Emparentada con una película muy reciente, aunque aquella no era de animación, también nos lleva a pensar en aquella tristísima obra maestra que es Hotaru no haka [火垂るの墓] (La tumba de las luciérnagas), una de las películas más emblemáticas de Ghibli.

En otras ocasiones, con un tema similar, nos hemos ido fotográficamente a la ciudad de Hiroshima. Pero hoy nos quedaremos en la región y a orillas del mar interior de Seto. Pero en vez de ir hacia el norte de la ciudad mártir, nos iremos hacia el sur, hacia Miyajimaguchi y Miyajima, donde se encuentra el bello paraje del santuario y monte de Itsukishima.
Pero Katabuchi, que también ha trabajado en alguna ocasión para el Studio Ghibli, no de director y no en esta película, nos propone una historia menos desesperanzadora, aunque también dura y triste. Suzu es una joven de una de las poblaciones de pescadores que acabaron formando parte de la ciudad de Hiroshima, que en 1944 es pedida en matrimonio para su hijo Shusaku por una familia de la cercana ciudad de Kure, puerto principal de la marina de guerra japonesa por estar protegida en el Mar Interior de Seto, y sede de unos potentes astilleros. Con sólo 18 años, Suzu, con imaginación y optimismo, tendrá que asumir la difícil tarea de llevar el hogar de la familia de su marido en tiempos de escasez, al mismo tiempo que tiene que adaptarse a su nueva situación. Conforme la guerra avanza, los americanos empiezan a estar en disposición de alcanzar con sus bombarderos la ciudad, con consecuencias terribles para la población civil. Y además, siente la nostalgia de su familia, que sigue en Hiroshima.

En los aspectos más cinematográficos, la película de Katabuchi tiene una factura muy tradicional en la animación japonesa, con personajes esquemáticos en su forma, que no en su fondo, y unos fondos, una ambientación, muy documentada y muy detallada. Asistimos a una reconstrucción minuciosa de unos lugares que dejaron de existir entre 1944 y 1945, y que gracias a un trabajo ímprobo de documentación han conseguido reconstruir. El guion tiene muy buen ritmo, y las poco más de dos horas de largometraje, mucho tiempo para ser animación, se pasan con agilidad. No se hace larga en absoluto. No hay escenas superfluas, todo tiene un sentido, y la película dialoga constantemente con la historia y con otras historias sobre la época, así como mantiene diálogos y autorreferencias internas constantemente. Sin destripar en exceso el argumento, sugiero estar atentos a la asociación de ideas y conceptos entre la niña de la sandía inicial, con la niña del final de la película, a través de la joven de cierto barrio de Kure a mitad del filme. Es un ejemplo entre otros.

Luego está la tesis de la película. El sufrimiento del pueblo japonés, un pueblo que sería sencillo, trabajador y honesto, y que se presenta como una víctima más de la sinrazón bélica. No es la primera vez que se nos presenta esta tesis en cine o en la literatura, como ya he dicho, de alguna forma esta película forma parte de un conjunto de obras que forman un género en sí mismo sobre estos conceptos. Siempre me genera dudas esta presentación. Aunque es fácil dejarse llevar por la idea de la maldad de los militaristas nipones que arrastraron al país a la vorágine expansonista y bélica de los años 30 y 40, no podemos de dejar de considerar que la población japonesa, en gran parte, aceptó ciegamente estos dictados, sus soldados, extraidos de esa población sencilla, trabajadora y honesta, actuaron con fanatismo, crueldad y desprecio hacia el enemigo en el campo de batalla, y la desesperación más que el alivio pareció cundir en un primer momento tras la derrota. Algunas de estas ideas se dejan ver a lo largo de la película, unas más que otras. Creo que la película, aunque parcial hacia esa población sencilla nipona, es razonablemente honesta. Pero la tesis es hasta cierto punto debatible. ¿Son las poblaciones de las naciones agresoras víctimas? ¿O son también responsables del comportamiento de sus líderes? Creo que las cosas no son blancas o negras y hay muchos elementos a debatir ahí. No voy a entrar a discutir sobre las agresiones de los aliados a las poblaciones civiles de los países enemigos. Fueron ciertamente brutales. Criminales. Para mí, lo he dicho en más de una ocasión, en una guerra no hay ejércitos buenos y malos. Los hay malos y peores. O simplemente peores.

Película elegante. Melancólica, en su mayor parte. Cruda, pero sin regodearse en esa crudeza. Conocemos más las consecuencias de los hechos más atroces, sin que tengamos que presenciarlos más allá de unos indicios. Elegante y sutil la representación del bombardeo atómico de Hiroshima, se nos pone sin embargo la calle de gallina, nos estremecemos, cuando presenciamos con dureza algunas de sus consecuencias. Creo que es una muy buena película, que por algún motivo ha llegado a nuestras pantallas de una forma muy discreta que contrasta con la expectación que despertó hace unas meses el último éxito mundial de la animación nipona. Si aquella era mucho más arriesgada en sus aspectos formales y conceptuales, creo que esta que nos ocupa hoy es una obra mucho más madura, con una historia muy madura, compacta y conceptualmente clara. Extremadamente recomendable.
Valoración
