Me llegaron el miércoles de la semana pasada las fotos reveladas de los rollos de película para negativos en color del mes de junio. Las fotografías que muestro aquí proceden de uno de ellos, y podéis conocer más cosas de las mismas en Tarde de tormentas – Canon EOS 100 con Sigma 28 mm f1.8. Estas fotografías las hice a principios del mes de junio, poco después de volver de las vacaciones y del viaje a San Francisco. Y menos mal que la luz de la tarde era agradable para fotografiar. Porque tenía la mente en blanco, fotográficamente hablando.
Me pasa siempre. Cuando uno va de viaje, a lugares nuevos, desconocidos, que suelen tener interés por motivos diversos, si no no iríamos, existe mucha motivación para hacer fotografías. Todo nos llama la atención. Todo es diferente. Especialmente si viajamos al extranjero, y a culturas que se diferencia más que menos de la nuestra. Y vuelves saturado de imágenes. Y vuelves a tu realidad habitual. A los paisajes miles de veces recorridos, vistos y contemplados. A las mismas calles. A las mismas gentes. A las mismas situaciones. Cuentan los buenos fotógrafos que la oportunidad fotográfica siempre está ahí. Pero para quienes somos modestos aficionados… nos cuesta. Y hay que obligarse a coger la cámara y caminar buscando esas oportunidades. Hay que entrenar. No es fácil. Quienes creen que la fotografía es sencilla… Es sencillo hacer una foto. Pero… ¿hacer una fotografía que tenga un mínimo de significado? No tanto. Y cada día me cuesta más. Cuanto más sé, más soy consciente de las cosas que no funcionan.
Hoy al mediodía, mientras comía, he visto un breve documental de 20 o 25 minutos sobre la hipótesis de un derrumbe del régimen dictatorial totalitario de Corea del Norte. Todo indica que la política de absoluto aislamiento que ha seguido el país tras el comienzo de la pandemia ha conllevado la insuficiencia de alimentos y lleva a la población a una nueva hambruna de las que periódicamente asuelan el país. Que eso no es más que una excusa para limitar la llegada de informaciones desde sus vecinos del sur del a península coreana, los cuales, viven en la miseria, dominados por EE.UU., especialmente los productos de cultura popular como la música, las películas o las teleseries. Y que la magra clase media del país está sufriendo también las consecuencias, lo cual puede llevar a una desestabilización del régimen, cosa que no se ha producido cuando las hambrunas han afectado a la inmensa mayoría de campesinos y obreros poco cualificados. Casualmente, esta semana, el 27 de julio, fue el 70º aniversario del Acuerdo de Panmunjom, por el que se declaraba el armisticio en la durísima guerra que había comenzado tres años atrás, y que se venía negociando desde hacía dos años, cuando ya se había producido la estabilización de los frentes y la dificultad para que cualquiera de los dos bandos pudiera conseguir una victoria rápida y segura sobre el otro. Los dos países siguen en alto en fuego, pero nunca han dado por terminado el estado de guerra entre ambos. La agencia Magnum Photos nos mostraba en su cuenta de Instagram ese 27 de julio las fotografías del suizo Werner Bischof, realizadas en 1951 y 1952. Llaman la atención muchas cosas… muy terrible esa guerra… pero la hipocresía de la guerra… el lado de los «buenos» llamaba a los campos de concentración donde recluía a los prisioneros chinos y norcoreanos «campos de reeducación». La dialéctica propia de los regímenes totalitarios adoptada por los «demócratas». Claro está que Corea del Sur no tuvo una constitución razonablemente democrática hasta 1987.
Dos de los fotógrafos de hoy tienen relación con Suiza, por lo que ilustraré la entrada con estos paisajes del monte Pilatus en Lucerna, realizados con Leica M2, Zeiss Biogon C 35 mm f2.8 y Kodak Tri-X 400.
Rineke Dijkstra es una fotógrafa muy reconocida que adquirió fama y el respeto como artista por su mirada a la adolescencia, llena de comprensión y humanidad. En Aperture nos han mostrado recientemente cómo la neerlandesa sigue con líneas de trabajo similares, pero mirando más hacia la infancia o la época prepuberal, manteniendo su estilo, depurado, elegante, directo, estéticamente cuidado. Y humano.
Entre los muchos y diversos fotógrafos japoneses, uno de los que siempre me han gustado es Masao Yamamoto (Instagram). Tengo algún libro con su obra. Pero últimamente lo tenía un tanto olvidado. Con un estilo minimalista, muy en la línea estética de la que hablaba Junichiro Tanizaki en su Elogio de la sombra, es uno de los artistas más reconocidos en el ámbito de la fotografía japonesa. Y en Oldskull nos lo han recordado.
En más de una ocasión he hablado de la vinculación frecuente de las gentes del cine con la fotografía. Por supuesto, no es infrecuente que los directores de cine o los directores de fotografía se sirvan de la fotografía fija, tanto como expresión artística o como herramienta auxiliar a su trabajo creador como cineastas. Hoy mismo, esta mañana, hemos estado viendo una exposición con fotografías del director Carlos Saura de la que espero hablaros dentro de unos días, tal vez el domingo que viene. En el blog de Leica nos han hablado de las fotografías de Yul Brynner, famoso actor que actuaba con la cabeza rapada, y que se llevaba su Leica a los rodajes, o a sus citas con el famoseo artístico y cultural de su época. Y nos ha legado un cuerpo de obra fotográfico notable tanto por su valor documental como por su calidad expresiva. Nació en Rusia, en Vladivostok en 1920. De padre ruso, con antecedentes europeos y mongoles, y madre supuestamente gitana de la Besarabia. Por lo que sus facciones exóticas, que alimentó con el rapado de cabeza, le dieron mucho juego a la hora de elegir papeles. Se nacionalizó estadounidense en 1943, pero cambió de nacionalidad en 1965 para pasar a ser suizo, como alguno de sus antepasados. Qué vidas. Dicen que inspiró al profesor parapléjico de los mutantes de la Marvel.
Todos los años, hay una época entre finales de mayo y finales de julio en que me gusta llevar una cámara a mano cuando voy a trabajar a primera hora de la mañana. Voy caminando, son casi 40 minutos de recorrido. Y suele haber una luz estupenda en esa época del año. Por lo que puede caer alguna foto maja. Pero dura menos de lo que parece.
Recientemente adquirí un nuevo objetivo para fotografía digital. Y pensé en probarlo en estas caminatas mañaneras. Los datos de la prueba los podéis encontrar en Un supergranangular a buen precio – Canon RF 16 mm f2.8 STM. El caso es que las mañanas se acorta más deprisa de lo que pensaba. La cantidad de luz para hacer fotografías a esas horas de la mañana es bastante menor de la que pensaba. Ha sido suficiente, más siendo un gran angular relativamente luminoso. Pero otras pruebas que he aprovechado para hacer, de las que hablaré más adelante, con longitudes focales más largas y sensibilidades más limitadas… ha costado sacarlas adelante. Eso quiere decir que en nada estaré volviendo a caminar con luz crepuscular cada mañana a trabajar. De hecho, la primera parte del trayecto, ya es luz crepuscular. Qué pena. Si viviéramos con el sol… habría mucha más luz. Pero en este país, preferimos vivir con un jet-lag permanente con nuestro sistema horario. Qué se le va a hacer.
Hace algo más de dos semanas una tormenta dejó caer en Zaragoza una enorme cantidad de agua en un periodo de tiempo corto. No hubo víctimas. Pero hubo preocupación por las inundaciones y por los torrentes que se formaron en alguna zona de la ciudad. Uno de esos lugares es el llamado barranco de la Muerte, no muy lejos de donde vivo caminando, y que ahora está ocupado por unas vías públicas de alta capacidad para la circulación urbana. Me di una vuelta un par de días más tarde para comprender mejor lo qué paso y lo que pudo pasar. En una ciudad de clima árido, donde cada vez es más rara la lluvia, no estamos preparados para estos eventos climatológicos.
Durante el paseo tomé algunas fotografías. Sus detalles técnicos los podéis conocer en Conociendo mejor la nueva película ortocromática – Fujifilm GS645S Wide 60 con Foma Ortho 400. Sin embargo, estas fotografías no pretenden analizar el lugar, su topografía, o las consecuencias. Son simplemente una exploración de entorno. Un entorno que he visto cambiar a lo largo de mi vida, y sigue cambiando cotidianamente. Algunas veces para bien… otras no. Siempre me ha interesado la mutación constante a la que está sometido el paisaje alterado por el ser humano, aunque a la mayor parte de la gente le pase desapercibido este cambio. Lo cierto es que últimamente, la dirección de estos cambios, me pone de un humor pesimista. Mmmmmmm… no sé si siempre está justificado, pero es así.
Hoy no tenía suficientes recomendaciones fotográficas para dedicarles la entrada del domingo como de costumbre. También ha sido un fin de semana raro. Pero agradable… salvo la cosa electoral, que aun ha de verse como termina. Tengo la sensación de que cenaré algo, veré un rato la tele, leeré un poquito de la cuarta entrega de L’ombre du chardon de Aki Shimazaki, y dejaré para mañana el enterarme de ese final. El caso es que por un «error», fuimos a la matinal del sábado para ver una película que íbamos a ver hoy, y he acabado viendo otra película en la matinal del domingo que no tenía previsto ver… al menos todavía.
Ayer sábado, mientras hacíamos un pequeño almuerzo antes de meternos durante tres horas en la sala de cine, comentábamos las cosas que habían pasado en los últimos cuatro o cinco años. Un brunch llaman los modernos, creyendo que es algo que inventaron los neoyorquinos, como si los españoles no hubiésemos inventado desde tiempo inmemorable el almuerzo de media mañana, a caballo entre el desayuno y la comida del mediodía. Mucho más adelantados y civilizados que los neoyorquinos los países ribereños del Mediterráneo en el asunto del buen vivir. Pero bueno,… nos pusimos nostálgicos.
Hace tres años, a finales de julio de 2020 vivíamos en una especie de pesimismo existencial por culpa de un virus que dejaron suelto los chinos. Que conste que las gentes de china me caen bien. Sus dirigentes, más bien no. No sé si la pandemia podría haberse evitado. Pero seguro que empeoró por la falta de libertad de expresión y de información impuesta por los autócratas del gigante asiático. El caso es que teníamos la sensación de que nuestra vida había quedado interrumpida, y no sabíamos cómo y cuándo podríamos reemprenderla.
Tres o cuatro semanas más tarde conseguía, aprovechando la tregua epidémica veraniega, montarme un viaje semiimprovisado, por mi cuenta, sólo, a la isla de la Palma. No sabéis cuánto bien me hizo aquel viaje, que de alguna forma fue el inicio de algunos cambios en mi vida posteriores, en general positivos. Creo. Y además hice fotos muy majas, especialmente con la Pentax MX un 50 mm f1.4 y unos rollos de película Ilford XP2 Super que, sin embargo, revisito con poca frecuencia.
Hoy lo he hecho. Y os dejo en esta entrada algunas de aquellas fotos. Un viaje sin masas, con aeropuertos casi vacíos, con hoteles donde te trataba como un rey simplemente por haber ido. Y donde disfrutabas de los paisajes volcánicos y marinos sin los agobios de las muchedumbre. Tampoco imaginaba que aquellos lugares, una año y un mes más tarde, se harían famosos mundialmente durante meses por la erupción en las faldas de Cumbre Vieja, que se puede ver en una de las fotos que aquí os dejo. En el encabezado. En fin. Me despido, que quiero hacer alguna cosa más antes de cenar.
A final de junio, recibí una cámara desde Francia, que no había sido usada desde algún momento entre el año 2001 y 2003. Una cámara sencilla, sin complicaciones, pero que podría ser divertido usar cuando uno sale a pasear o caminar. Los detalles en Una cámara olvidada durante 20 años o más – Canon Autoboy Tele QD con Ilford Delta 100. El caso es que cuando la probé, fotografié cada escena dos veces, con el encuadre más abierto, focal de 40 mm, o con el encuadre más cerrado, focal de 70 mm. Supongo que a cada cual les gustarán más unas u otras.
Hoy no tengo mucho tiempo para acompañar de ningún tipo de comentario las fotos que técnicamente he presentado en Tregua en la luz inclemente del verano – Hasselblad 500CM con Lomography Potsdam Kino 100. Llevo un poco lío. Con las cosas que tengo que hacer. Y en mi cabeza. Así que nada. Simplemente, fotografías de un domingo por la mañana en el que las tormentas de la tarde anterior, la lluvia, nos dio una tregua del calor con el que se despidió este año la primavera en Zaragoza.
La relación entre fotografía y cinematógrafo es evidente. Parten de principios similares técnicos similares, de tecnologías compartidas, para llegar a formas de expresión distintas, pero con puntos en común; la imagen captada mediante la luz. Dejando a un lado animaciones generadas por ordenador y similares, en la que no hay proceso fotográfico de base. Pero bueno… en general. Así pues, no son raras las gentes de la fotografía que también han filmado, y menos en estos tiempos en que cualquier cámara fotográfica tiene también funciones de filmación, y tampoco son raras las gentes del cinematógrafo que han dedicada tiempo y esfuerzo a la fotografía fija, como la llaman ellos. Muchos de ellos son, entre los que conocemos, son directores. Por supuesto, directores de fotografía también. Y no son raros los intérpretes. Hoy hablaremos de Agnès Varda, que también se sirvió de la cámara fotográfica, tanto para preparar sus películas como para documentar aquello que le interesaba. Nos han hablado de ello en The New Yorker.
Mes y medio después de volver de San Francisco, y aún no he tenido tiempo de revisar todas las fotografías del viaje. Y apenas he empezado a pensar cómo lo reflejaré en mis álbumes fotográficos tradicionales tras cada viaje. Ayer encontré tiempo para repasar algunas fotografías del Palacio de las Bellas Artes, un lugar muy fotogénico. Incluso con una pequeña cámara compacta como la Sony ZV-1.
La pareja artística conocida como Albarrán Cabrera, Ángel Albarrán y Anna Cabrera, llevan años trabajando, y poco a poco, afortunado se han ido ganando el respeto de los conocedores y aficionados a la fotografía, por su expresivas imágenes en las que no dudan en experimentar y utilizar todo tipo de procesos, convencionales y alternativos. Auténticos artistas plásticas que trabajan la luz y los materiales en los que la recogen. Nos han hablado de sus últimos trabajos en Clavoardiendo Magazine.
35mmc es un sitio web dedicado originalmente a la fotografía con película tradicional, aunque si desdeñar hablar de fotografía digital, y que sólo muy de vez en cuando hablan de cuestiones que pueden trasladarse a estas líneas. Pero esta semana han hablado del proyecto The End of the Dream, una serie de instalaciones en grandes carteles publicitarios, en las que se reproducen a gran tamaño fotografías que pueden contemplar las gentes que pasan sobre los riesgos que amenazan el nivel de vida en California; la sequía, los incendios del medio natural y los problemas con la vivienda. El fotógrafo, Thomas Broening, usa para sus fotografías veteranas cámaras Leica de la serie M, para película fotográfica.
En Lensculture hemos podido ver algunas fotografías de la ucraniana Hanna Hrabarska, actualmente en los Países Bajos, que documentan su periplo huyendo con su madre desde su hogar en Ucrania hasta instalarse como refugiadas de guerra en el país occidental. El punto de vista de Hrabarska es el de dirigir el objetivo de su cámara hacia su madre, reflejando la tristeza del éxodo y la nostalgia del hogar. De los muchos trabajos que han surgido con motivo de la guerra en el este de Europa, este es uno de los que más me ha llamado la atención.
Finalmente, me ha llamado la atención en AnOther Magazine un artículo dedicado a cómo las fotógrafas ven y viven la maternidad. Especialmente la propia. Son muchas y muy diversas las fotógrafas que han seleccionado, así que no las voy a detallar todas. Pero me ha gustado el planteamiento de muchas de ellas.
Cuando en la primeros años de los 2000 se empezó a popularizar el mercado de las Tres Culturas en Zaragoza, denominado así por la hipotética convivencia pacífica de judíos, musulmanes y cristianos… hipotética, como digo,… era razonablemente agradable bajarse al entorno de la plaza de la Seo, pasear entre los puestos de artesanos, ver alguna exhibición de cetrería y otras artes, y tirar algunas fotos. Pero en los últimos tiempos, para mí, se ha convertido en una actividad que no me planteo ni de borracho.
En estos momentos, en las fechas en las que se celebra, suele hacer un calor horrible. Las temperaturas del mes de junio en Zaragoza se parecen más a las de los julios de antaño que al final de la primavera. A lo que hay que sumar el calor que despiden los hornos y las brasas de las parrillas en los puestos de comida. Y por otro lado, va tanta gente, es tal la muchedumbre que se forma a las horas más civilizadas, por la tarde cuando hay más sombra y no pega el sol de canto… que se convierte en una actividad agobiante.
Este año pasé por allí circunstancialmente, mientras probaba un rollo de película fotográfica del que hablo en Hay una chica nueva en el vecindario – Fujifilm GS645S Wide 60 con Foma Ortho 400. Eran las 11 de la mañana, el calor no estaba en todo su apogeo, las muchedumbres no habían llegado… pero aun así no me apeteció quedarme mucho rato. Pasé, hice alguna foto, y seguí mi camino. Este tipo de eventos no son para mí.
Teníamos una conversación curiosa hace unos días. Cuando yo era un adolescente o un joven de veintipocos, las personas con tatuajes no eran frecuentes. Y además, quienes los llevaban no eran precisamente aquellos a quienes las madres de la época querrían como yernos; legionarios, carcelarios, marineros… Era así la cosa. Simplemente, la generación de mi hermana, que es nueve años más joven, ya empezó a llevar tatuajes. Al principio, pequeños, discretos. Poco a poco más amplios y característicos, como cuando se pusieron de moda en las mujeres los de la zona lumbar, y luego llegaban los anestesistas y no querían poner la epidural en los partos para no arrastrar las partículas de tinta al líquido cefalorraquídeo en el espacio subaracnoideo junto con el anestésico, montándose el pollo con las quejas de las parturientas. Y hoy en día, lo raro es encontrar a una persona de ciertas edades, un amplio intervalo de edades, que no lleve uno, o varios, o muchos. Y no son distintos de cómo éramos nosotros cuando teníamos 20 años y mirábamos con aprensión a las personas tatuadas. Durante mi primer viaje a Japón no visitamos ningún onsen 温泉, típicos baños de aguas termales de origen volcánico, frecuentes en el país por la geología del archipiélago nipón. Durante el segundo sí, porque nos alojamos en algunos ryokan 旅館, alojamientos tradicionales japoneses, que incluían ondeen. Y allí nos encontramos con una norma frecuente en estos establecimientos… prohibidos los tatuajes. Y es que en Japón, los tatuajes se suelen asociar a la yakuza, el crimen organizado del lugar, y eso es así porque fueron prohibidos tras la restauración Meiji, por motivos de imagen nacional, y así fue durante años. Volvieron a estar permitidos tras la guerra mundial. Pero la consideración de mal gusto permanece en la mentalidad del país, por lo que hoy en día todavía son raros. En Another Magazine nos muestran el trabajo de Akimitsu Takagi, un escritor que escribió novela negra con personas tatuadas, pero que también se documentó fotográficamente, durante varias décadas del siglo XX, unas fotografías que no eran conocidas y que recientemente han visto la luz, mostrando ese mundo de bajos fondos donde sucedían los tatuajes en el País del Sol Naciente.
Llevo un tiempo enyando con el uso del flash en la fotografía de aproximación. En esta ocasión con un flash anular al que he podido acceder, un tipo de accesorio al que nunca había accedido. Y que puede ser muy interesante, aunque no en cualquier situación.
Como contraste a lo anterior, me han gustado los retratos del dúo de fotógrafos contemporáneos Fotómetro, Rona Bar y Ofez Avshalom, la mayor parte de ellos jóvenes, aunque no exclusivamente, en los que ponen de relieve aquellos detalles del atuendo, los complementos, o las alteraciones corporales, por ejemplo los tatuajes, que sirven para marcar la individualidad de cada una de las personas, en el entorno que constituye su espacio personal más íntimos, con los pequeños detalles que significan el ejercicio de la libertad personal del retratado. Los retratos me han resultado estéticamente interesantes y agradables, y en un plano más subjetivo, creo que resaltan la humanidad de aquellos que en ocasiones viven fuera de los cánones estéticos que las costumbres y las modas imponen. Lo hemos visto en Booooooom. Me quedo con las ganas de saber por que este duo de israelíes que vive y trabaja en Londres, usan un nombre para su dúo en castellano, con la tilde incluida.
Al igual que no soy muy partidario de enlazar recomendaciones de los sitios patrocinados por las marcas de cámaras, por su obvios sesgos, tampoco las recomendaciones de los medios oficiales de las redes sociales o de los servicios en internet, por idénticas razones. Promocionan a sus clientes principales. Pero curiosamente, Irene del Pino, protagonista de un artículo con entrevista en el blog de 100ASA, curiosamente trasnochado nombre, no parece ser cliente de este servicio de portafolios compartidos, al estilo de 500px, pero algo más serio. Aunque muy enojoso de usar. Ni siquiera tiene cómo buscar a un fotógrafo,… o yo no he encontrado la forma. De hecho, del Pino no parece tener presencia propia en internet, hay que encontrar su trabajo en otros lugares. El enlace que he puesto en su nombre corresponde a los Encuentro Fotográficos de Gijón, porque me ha parecido razonablemente completo. Del Pino se define como fotógrafa documental, que registra los cambios en el paisaje, natural o urbano, con o sin presencia de personas, aunque el factor humano está presente habitualmente. Su estilo me ha gustado. Obviamente es una fotógrafa reflexiva, que camina, que recorre, que regresa a los lugares, para encontrar el mejor ambiente, la luz adecuada, la forma en que refleja adecuadamente sus sentimientos sobre el lugar.
Finalmente, en Lenscratch nos han mostrado otro trabajo de una fotógrafo documental, la neoyorquina Sant Khalsa, pero criada en California, y que ha recorrido el sudoeste americano donde proliferan los establecimientos destinados… a vender agua. Sin más. Exclusivamente agua. Sin propiedades. Sólo, con adjetivo tipo «cristalina», «pura», «paradisiaca»… La mercantilización del bien común, sin más. Y que también refleja una realidad social. La deficiente calidad de los suministros de agua potable a través de los grifos de los hogares, especialmente en los lugares donde la pobreza es más rampante. Lo cual afecta todavía más a estas magras economías, con la curiosa paradoja de que muchos de estos establecimientos están regentados por inmigrantes, latinoamericanos, coreanos, chinos,… que de esta forma parasitan a sus propios congéneres. Un trabajo sencillo… y sin embargo notable en su profundidad.
Hoy comento en El viaje fotográfico de Carlos unas fotografías procedentes de un rollo de película que dejé olvidada en una cámara… y que a pesar de una sucesión de errores y malos entendidos conseguí salvar con cierta dignidad. Os dejo por aquí algunas de ellas.
La cuestión es que si con una cámara digital hubiera cometido el error de sobreexponer las fotos tres pasos, es decir, darle 8 veces más luz de la que necesitaba para formar correctamente la imagen, las fotografías se hubieran arruinado con seguridad. No se podrían haber salvado. Y es que en ocasiones, más de las que creemos, las viejas tecnologías nos salvan la cara. Por ello, aunque son partidario del progreso tecnológico, creo que conviene conservar las viejas tecnologías. Por si acaso.
Una vez, una persona aficionada también a la fotografía, con quien coincidía de vez en cuando en grupos y asociaciones fotográficas, me manifestó que le sorprendía el planteamiento de muchas de mis fotografías. Decía que no les encontraba defectos,… pero que eran de cosas… poco llamativas. No eran de espectaculares paisajes marinos o montañosos, de vistosos amanecer o atardeceres. No lo dijo con estas palabras,… pero le parecían banales. Un poco como las que ilustran esta entrada, de las que hablo en Controlando los contrastes en blanco y negro – Plaubel Makina 67 con Ilford Delta 400 a IE 200 desde un punto de vista más técnico.
Es cierto. Los motivos de muchas de mis fotografías son aparentemente banales. Es el paisaje urbano o suburbano de Zaragoza y sus alrededores. Pero hay varios motivos para que me interese este tipo de fotografía, que ya he comentado previamente en alguna ocasión. En primer lugar, a un nivel práctico que muchos comprenden, es una forma de mantenerse entrenado, de ir observando desde un punto de vista fotográfico constantemente para que, cuando llegue la ocasión de tener delante un tema que no se considere «banal», tenga más facilidad para componer y extraer el potencial que ofrezca. En segundo lugar, porque a nivel personal, en cuanto ciudadano preocupado por mi comunidad, me interesa observar y analizar los cambios, las transformaciones del paisaje urbano y periurbano, consecuencia de la evolución de nuestra sociedad, no siempre para bien, y que reflejo en mis fotografías. Algún día reuniré y seleccionaré el material para conformar un trabajo coherente sobre el tema. Algún día… El interés me viene de cuando conocí el grupo de la New topographics y su interés por el paisaje alterado por el ser humano. En tercer lugar, porque creo que es interesante buscar la estética de los lugares o los paisajes que no son considerados «bellos». Al igual que se definen cánones de belleza humanos basados en estereotipos configurados sobre las preferencias impuestas por las modas o las ideologías de un momento, también sucede con los paisajes. Y siempre lo he dicho… se pueden hacer muchas fotografías banales o poco interesantes de lugares o paisajes espectaculares. Las vemos constantemente. Pero lo que en un momento puede ser meritorio, quizá alguna vez lo consiga, es hacer buenas fotografías, con sentido, que transmiten una historia o un concepto, a partir de lugares o paisajes… banales.