[Cine] Jay Kelly (2025)

Cine

Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Un atardecer en Cortona, ciudad medieval al sur de la Toscana.

Jay Kelly (2025; 57/20251208)

Hoy voy a comentar la última película de estreno que he visto. Y lo hago saltándome las dos anteriores. Y es que tenía a mano unas fotografías de la Toscana, que son adecuadas para ilustrar la entrada, y he decidido aprovechar, porque, aunque no tan agobiado como las últimas semanas, sigo con poco tiempo disponible. Así que vamos con una película Noah Baumbach rodada a mayor gloria de su protagonista, George Clooney. Clooney es uno de los poco actores que saltan con éxito de la pequeña pantalla, gracias a su papel de pediatra en urgencias, y tiene un par de Oscar, uno por actor de reparto y otro como productor. Pero no tiene un premio gordo actoral. Supongo que Baumbach pensó que había que darle la oportunidad.

Baumbach, asociado en gran medida al concepto de cine independiente, es un director que me cae bien… desde Frances Ha, creo, aquella película que rodó con una cámara fotográfica como una que tengo por casa, pero que eso era lo de menos, porque la película tenía mucha alma y merecía mucho la pena. Y ha ido teniendo sus momentos buenos, tanto en su rol de director como en el de guionista. Y en esta ocasión se ha venido arriba, se ha aliado con Netflix, no es la primera vez, y ha jugado más fuerte… emulando a Fellini. Porque está claro que Baumbach se inspira en el genio italiano para plantear y rodear su película. La historia de un actor veterano al que van a dar un premio en la Toscana, y emprende un demencial viaje en tren desde París hasta Italia, tras los pasos de una de sus hijas, la menor, tras haber intentado en vano que la mayor le acompañe. Por que el actor (Clooney) ha tenido un gran éxito en su carrera como actor, pero a costa de ir perdiendo familia y amistades por el camino.

Lo lógico sería considerar que la inspiración felliniana de Baumbach sea 8 ½, en la que era un director de cine el que se perdía en sus recuerdos. Sin embargo, cuando caí en la cuenta que el director neoyorquino estaba emulando al de Rímini fue en una escena en el tren, el Arlecchino preservado de la serie ETR 250 de los ferrocarriles italianos, un elegante electrotren para servicios de prestigio. Y esa escena me recordó a alguna otra de Amarcord, película en la que Fellini echó una nostálgica mirada atrás, hacia su infancia en la ciudad costera del Adriático. Lo que sea, el caso es que, aunque con el protagonismo absoluto de Clooney, Baumbach plantea una película coral, con muchas caras conocidas del cine de ambos lados del Atlántico, llena de nostalgia, buen humor, y ¿reflexiones personales?

El caso es que Baumbach es buen director, pero no es Fellini. Y Clooney es una actor simpático y con presencia, pero no es Mastroianni. Y las nostalgias de Fellini eran propias, era el autor desnudándose en la pantalla. Y no a otro. Y además era el absurdo italiano, más demencial en ocasiones, más profundo en otras. Clooney está muy bien. Como lo está Adam Sandler, el segundo personaje que más aparece en pantalla. El resto, en una película tan coral, salvo Laura Dern que agunta algo más, tienen pasos fugaces, aunque hay mucho famoseo como ya he dicho. No obstante es una película recomendable y divertida. Probablemente su paso por las salas de cine ya habrá terminado, fugazmente, porque es producción de Netflix y ya está disponible en su catálogo. Así que es claramente una recomendación para los suscriptores de la plataforma, que tienen pocas ocasiones de disfrutar de buenas películas entre las muchas que estrenan estas gentes.

Valoración

Dirección: ***
Interpretación: ****
Valoración subjetiva: ***

[Libro] Los zorros vienen de noche – Cees Nooteboom

Literatura

Ya comenté no hace mucho, a propósito de un libro de viajes a Japón, que tenía la intención de volver de vez en cuando a la literatura del neerlandés Cees Nooteboom. Su forma de escribir, a caballo entre la nostalgia y un fino humor, me atrae bastante. Las cosas que cuenta me suele llegar desde un punto de vista vital, además de apreciar la forma en que escribe. O al menos, la forma en que sus traductores escriben en castellano lo que el escribió en neerlandés. Hace unos pocos meses, justo después el citado libro de viajes, apareció de oferta este libro de relatos de Nooteboom, e inmediatamente lo adquirí. Y lo leí recientemente, durante el viaje al norte de Alemania. He de decir que he entrado un poquito en una nueva etapa de bloqueo en la lectura. Como voy a iniciar unas vacaciones en breve, espero que se me pase, al menos durante esas dos semanas.

He leído en algún lugar que esta colección de relatos cortos puede funcionar perfectamente como un libro que sirve para introducirse en el estilo y en los temas de Nooteboom. Básicamente, lo que tienen en común estos relatos es que todos ellos tienen mucho que ver con la nostalgia, las personas o las relaciones perdidas, el paso del tiempo o el final de los días de una persona, sea el propio relator o alguien de su entorno. En todos ellos hay una mirada al pasado, a veces más externa, con juicios pero sin prejuicios sobre personajes característicos que son objeto de observación o de recuerdo, otras veces más propia, más interna, cuando va acompañada en mayor o menor medida del duelo por la persona perdida. Perdida en sentido absoluto, por la muerte de la persona, o en sentido más relativo, por el alejamiento de esa persona, por el final de una relación.

Como en varias de las historias de este libro, fotográficamente nos refugiaremos en una isla del Mediterráneo, en el cap Formentor de la isla de Mallorca.

Localizados en su mayor parte en localizaciones mediterráneas, España, Italia, Grecia… también en su país de origen, los Países Bajos, con frecuencia el narrador es externo. Se fija en una figura destacada y peculiar, como en Heinz, ese agente inmobiliario en la costa italiana que recordaría a Alain Delon, si no fuese por los estragos que el alcohol ha hecho en su organismo. O bien es alguien íntimamente relacionado con el narrador, que sufre la pérdida, como Paula y Paula II, en las que primero se produce la pérdida por el final del romance… o como lo viviese cada uno, y después se produce la pérdida definitiva, cuando el propio personaje de interés nos habla desde la tumba.

Es un libro para leerlo sin demasiadas prisas. Más que las acciones, importan las sensaciones, los sentimientos, los ambientes. Hay que saber sumergirse en el contexto y en la nostalgia. No es difícil de seguir, la prosa de Nooteboom es razonablemente asequible. Pero tienes que entrar en su juego. A mí me parece muy recomendable. Cada vez me cae más simpático este holandés enamorado de España y otros países mediterráneos, en unos tiempos en lo que nos llega de ese país, en su evolución hacia la intolerancia y el egoísmo, cada vez resulta más antipático.

[Libro] Nocturnes: Five Stories of Music and Nightfall – Kazuo Ishiguro

Literatura

Ya he leído varias novelas de Ishiguro en el pasado. No hace mucho de la última. Y es un escritor que me gusta. Muy diverso en sus temas. Y en sus tonos. Aunque siempre con un cierto toque de melancolía. En esta ocasión me aproximé a su faceta como escritor de relatos cortos; cinco de ellos. Publicado originalmente en inglés, idioma en el que lo he leído, en 2009, desconozco en qué momento de la vida de Ishiguro fueron escritos cada uno de ellos.

Estos relatos empiezan y terminan en la piazza San Marco de Venecia al atardecer. Así que allí nos vamos.

Vuelvo a decir que aunque Ishiguro es muy diverso en sus temas y tonos, siempre le noto un toque de melancolía o nostalgia. Y ese toque es el tono general de esta colección cinco relatos. Todos ellos vinculados entre sí por la música. Y por el crepúsculo. Como el título nos avisa. Un matrimonio que se desmorona en los románticos canales de Venecia. Un profesor inglés de inglés en España vuelve a Londres a casa de unos amigos, y se encuentra en medio de una situación realmente incómoda. Un joven músico de rock que no atina con el tono recibe una lección de amor a la música de dos suizos de mediana edad en un café de una comarca rural inglesa. Un saxofonista se recupera de una cirugía estética y mantiene un extraño encuentro con una celebridad ya madura que ha ido a lo propio. Un joven violonchelista en Venecia se deja guiar por una peculiar «virtuosa» del instrumento. Los relatos son independientes, pero algunos de ellos tienen vidas cruzadas, personajes o escenarios comunes.

Sinceramente, no es mi obra favorita de Ishiguro, entre las que he leído. Pero los relatos tienen su intriga. Tienen corazón. Por supuesto, están bien escritos, que se nota la maestría del autor. Quizá no sea mi colección de relatos cortos favorita. Pero sin duda me parece recomendable. Me acompañaron bien durante una parte del viaje al lago Constanza durante mis cortas vacaciones de Pascua.

[Cine] Programa doble; el más que probable adiós a dos directores significativos

Cine

Víctor Erice tiene 83 años, y es un director de referencia, fundamental, del cine español. Uno de los maestros, de los imprescindibles. Ha llevado una vida aparentemente normal, discreta, dedicada sobretodo a la docencia. Sólo ha estrenado cuatro largometrajes a lo largo de su vida.

Woody Allen tiene 87 años, y también es un director de referencia, fundamental, del cine universal. También lo podríamos considerar magistral, y algunas de sus películas pueden figurar sin lugar a dudas entre las más estrictas y selectas listas de mejores películas de la historia. Aunque fíjate tú, no necesariamente mejor que Erice. Sus últimos años y su última etapa creativa ha venido salpicada por sus escándalos familiares y sobre su cuestionable ética en las relaciones con los miembros femeninos más jóvenes de su familia. Nunca ha sido condenado por ningún delito, y mi punto de vista es que el problema es más ético que delictivo. Lo cual no es banal. Esto ha afectado a su capacidad para producir en Estados Unidos, obligándose a buscar producciones desde Europa. No llevo la cuenta de sus películas; pero es muy probable que el número de largometrajes de ficción para la gran pantalla, no cuento los telefilmes y demás, sea 50.

Ha de ser París. Porque una de las dos películas transcurre íntegramente en París. Y la otra, parcialmente. O al menos en algún lugar de Francia.

Hay obvias diferencias entre ambos directores. Diferencias muy significativas que hacen, que a día de hoy, quien despierte nuestras simpatías sea Erice. Aunque no podemos negar que de Allen nos quedarán sus películas, aunque su persona haya quedado borrosa, desenfocada, como aquel Harry deconstruido, una de su mayores genialidades. Octogenarios ambos, han estrenado en la cartelera española prácticamente al mismo tiempo las que pueden ser con muy muy muy alta probabilidad sus últimas películas, sus despedidas. Y decidimos aceptar la «invitación» a estas despedidas, y en sendas matinales de fin de semana, en días consecutivos, las vimos antes de salir de viaje hacia San Sebastián.

Cerrar los ojos (2023; 56/20231007)

Erice se despide por todo lo alto. Lo cual no quiere decir que su película vaya a ser un taquillazo, o tampoco que vaya a tener la repercusión o el reconocimiento que debería. Los temas por los que circula hoy en día el cine español son otros, a veces de forma cansina, o mal enfocada, por lo que el sabor a clasicismo, a referencias de largo recorrido a su propia obra o la de otros escritores y cineastas que Erice plantea puede pasar desapercibida. Pero hacía tiempo que una película española no me absorbía tanto. Simplemente con las primeras secuencias de la película filmadas en película de 16 mm y estupendamente iluminadas por el director de fotografía, Valentín Álvarez, la película ya me tuvo de su parte. ¿Quién lo dijo? ¿Lubitsch? ¿Más probablemente Wilder, su discípulo? En las primeras secuencias, sé contundente, deja al espectador bien pegado a su butaca, y luego tómate tu tiempo en contar tu historia. Pues eso. Pero con estilo, sin fuegos artificiales, a base de luz, granos de plata y José Coronado y José María Pou en un peculiar mano a mano homenajeando a Marsé. O recordando el intento de Erice de adaptar a Marsé, algo que al final haría Fernando Trueba, en una película que no me acabó de convencer en su momento.

Y la historia es una historia de nostalgia. El director de éxito fugaz (Manolo Solo), que terminó 30 años atrás cuando su mejor actor (Coronado) desapareció nada más comenzar el rodaje de su película en común, y que comienza una búsqueda de su antiguo amigo, una búsqueda que le llevará a reconectar con su antiguo ayudante (Mario Pardo), con la antigua amante de ambos (Soledad Villamil), o con la hija del desaparecido (Ana Torrent), hasta recalar en una residencia de ancianos del litoral andaluz, donde puede que se encuentre un hombre desmemoriado que podría ser el antiguo galán.

Más o menos, las cosas importante de esta película ya las he dicho. Obra de autor, clasicismo, buen hacer técnico, y excelentes interpretaciones, al servicio de un auténtico maestro del cine, del que sólo lamentaremos que no se haya prodigado más y nos haya ofrecido más ejemplos de su capacidad y sabiduría. Pero esta película es una excelente despedida, un auténtico testamento de una forma de entender el cine. Desgraciadamente, alejada de las tendencias actuales, en las que todo el mundo es un «creativo», pero pocos crean auténtico arte.

Valoración

  • Dirección: *****
  • Interpretación: ****
  • Valoración subjetiva: ****

Coup de chance (2023; 57/20231008)

La que puede ser, muy probablemente, última película de Woody Allen tiene un tono muy distinto. Muy probablemente será calificada, como tantas otras, como una «obra menor» del director. Con una filmografía tan amplia, es difícil que todo sean obras maestras o grandes películas. Quizá por ello se ha inventado el término «obra menor» para hablar de obras que, denotando las capacidades de su autor, las buenas o excelentes capacidades de su autor, no alcanzan ese nivel de gran película u obra maestra. Heredera de Match Point, película que rodó casi 20 años antes en Londres, y que fue una gran película, se mezclan ciertas dosis de comedia, con el romance, con los celos y el crimen.

Con una encantadora Lou de Laâge al frente del reparto, encarnando a una mujer treintañera, profesional, casada con un hombre de éxito en los negocios (Melvil Poupaud), con la etiqueta de mujer florero, y que encuentra una salida a la monotonía de su vida burguesa y convencional en el reencuentro con un antiguo compañero de instituto (Niels Schneider), convertido en escritor, nos encontraremos con una historia de intriga y crímenes, siempre con un tono más ligero del esperado por el tema.

Con un crítica a la burguesía acomodada, monótona y esnob, Allen vuelve a reflexionar sobre el efecto del azar, de la suerte, en nuestras vidas, como ya sucedía en la película mencionada con antelación. La película es agradable de ver, las interpretaciones son correctas, y cuenta con la estupenda iluminación de Vittorio Storaro en la dirección de fotografía, más una banda sonora de jazz clásico, con especial presencia de los particulares ritmos de Dave Brubeck, entre otras grabaciones clásicas de jazz. En fin, una serie de elementos que han hecho que haya sido fiel al neoyorquino a lo largo de mi vida, incluso si hoy en día ya no lo miro con la misma simpatía que antaño. La película se ve con agrado, pero tampoco será de las que perduren de forma indeleble en nuestra memoria. Una pena que no hay encontrado un mejor para el final de su carrera, quien ha sido un excelente director, pero en el que han pesado demasiado sus propias contradicciones personales.

Valoración

  • Dirección: ***
  • Interpretación: ***
  • Valoración subjetiva: ***

[Nostalgia] Abandonando el baúl de los recuerdos familiar

Fotografía, nostalgia

Fue el 21 de abril del año pasado, 2020, cuando subí la primera entrada de esta serie [Nostalgia], que me ha llevado más de un año completar, aunque con esta última son sólo 12 entradas. Os recuerdo que durante las vacaciones de Semana Santa del 2020, en pleno confinamiento por el estado de alarma decretado por la epidemia de covid-19, cogí mi Hasselblad 500cm, un rollo de Ilford Delta 400 caducado que tenía en la nevera, y me puse a hacer fotos de objetos, documentos y fotografías del baúl de los recuerdos familiar. Un baulito de latón en el que mi madre ponía este tipo de objetos, de alguna forma representativos de la historia y las peripecias familiares. Desde la infancia de nuestros padres hasta algún momento indefinido de los años 80 tras el cual no hay más incorporaciones.

De hecho, esta última entrada «nostálgica» contiene en su fotografía un objeto, la cámara Kodak Pocket A-1 que usé entre los 15 y los 20 años de edad, y algunas fotos tomadas con ella. Son de unos días de vacaciones en la Semana Santa de 1982 en los montes de Covaleda, en la provincia de Soria. Las fotos están echas con la Pocket A-1, que usa, la tengo todavía y funciona, con un cartuchito de película negativa en color de formato 110. O por lo menos lo hacía en 2015. Pero como la Delta 400 es en blanco y negro, así es como las vemos aquí. Estas fotos descansaron un tiempo en el baúl de los recuerdos familiar hasta que decidí montarme mis propios álbumes de fotos de recuerdos personales en 1987, a la vuelta de mi viaje de estudios a Rumania, cuando las saqué de allí. Pero esa ya es otra historia, nostálgica también, y debe ser contada en otra ocasión. Éramos diez personas en aquella excursión de vacaciones a los montes de Soria. Sólo mantengo el contacto con una de ellas. Creo que es el que más merecía la pena y con ventaja, visto en retrospectiva. Aunque en aquel momento éramos más conocidos que amigos. Hoy día nos gusta quedar y vernos con cierta frecuencia. Y yo, muy agusto. Cosas que pasan.

Fotos realizadas en marzo de 2015 con la Kodak Pocket A-1

[Nostalgia] ¿Y la familia? Bien, gracias

nostalgia

Hace ya un año que hice las doce fotos con mi Hasselblad 500CM y un rollo caducado de Ilford Delta 400 de fotografías, objetos y documentos extraídos del baúl de los recuerdos familiar que mantenía mi madre y que ahora tengo yo en casa. En aquellos momentos, en los días de Semana Santa, como todos los confinados, tenía muchas horas de estar en casa. En los días laborables, salía todos los días a trabajar, al considerarme trabajador esencial. Pero los festivos… como todo el mundo. Por eso dediqué una tarde de hace un año a estas fotos. También me pasaba que, ante la ausencia de vida social, tenía menos temas para tratar en este Cuaderno de ruta. Televisión sí, mucha. Cine,… sólo algún estreno en plataformas de vídeo bajo demanda en internet. Libros,… con un bloqueo de lectura tras otro que todavía me duran. Fotos, sí… todas las semanas un rollo en blanco y negro. Pensé que podría dedicar algunas entradas a la nostalgia.

Lo curioso es que, poco después, las se empezaron a animar… y de las doce fotos para doce entradas nostálgicas, un año más tarde sólo «he consumido» diez de ellas. Once con la de hoy. Una colección de fotografías aparecidas en una vieja cartera en las que aparece mi padre y mi madre cuando eran jóvenes, mi madre en tres de ellas. Pero también su hermana Aurelia. Y la tía Maruja, que era amiga de mi madre antes de convertirse en concuñadas, si no me perdí en su día en la explicación de la historia. Y mi abuelo cuando no tenía pinta de abuelo, en 1941, sino de señor interesante.

Y está el bebé, tan despabilado. Una anotación dice que soy yo… pero no lo tengo nada claro. Mi aspecto en otras fotos de la época era distinto. Con más pelo y más rechoncho. Y algún observador ajeno ha comentado la posibilidad de que se tratase de una niña. Queda en la duda de porque estaba en una cartera con otras fotos de familia tan cercana.

[Nostalgia] Amistades juveniles a principios de los años 50

nostalgia

En el baúl de los recuerdos familiar hay cartas. Sí. Esos textos que se escribían sobre cuartillas o folios, generalmente de papel no muy grueso para evitar un peso excesivo, se introducían en un sobre y se remitían por correos a una persona conocida para dar noticias de nuestras vidas y de las de los allegados comunes. Como las redes sociales de ahora, pero con días y días de espera para recibir los mensajes. Y que dieron lugar a un género literario propio, el género epistolar. Hoy. No se escriben cartas. Llamamos cartas a los sobres con recibos, facturas o extractos bancarios, también en desaparición por los trámites en línea, o comunicados más o menos comerciales de distintas organizaciones. Pero eso, realmente, no son cartas. Son otra cosa.

Reproducir aquí alguna de las cartas que hay en el baúl de los recuerdos… pues aunque no desvelen secretos, ni haya cotilleos malignos, ni escabrosidades de ningún tipo… no me parece del todo bien. Al fin y al cabo son comunicaciones interpersonales que, al cabo, interesaban a los dos corresponsales. Pero bueno. Seleccioné una. De febrero de 1951. Mi madre acababa de cumplir 22 años en enero. Y vivía en Barcelona. Y recibe una carta de un primo suyo. Que no sé quién es. La firma es ilegible. Que trabaja en un empresa de agua mineral. No se corta en usar el papel con membretes oficiales de la empresa para su correspondencia privada. Incluso presume en la postdata de haber recibido un aumento de sueldo. Y es un indicador de lo que podía ser la vida de la familia de mi madre antes de la guerra civil. Unos pijos. Montañero, esquiador (en aquella época), bien situado,… Lamentablemente, la guerra afectó mucho a las familias de mis padres. Para mal. Que es como afectan las guerras a la mayoría.

Y una cuestión curiosa en los tiempos que corren. Escribiéndole en febrero, habla de la gente que ha estado enferma entre los conocidos en fechas recientes. Están en plena temporada anual de gripe. Y habla de la «coreana». En 1950-51 no consta ninguna pandemia de gripe. Hasta 1957 no llegaría la pandemia de «gripe asiática» (H2N2). Pero en aquel momento estaba en todo su apogeo la guerra de Corea, que había comenzado unos meses antes. Pocas semanas antes se había estabilizado, más o menos, el frente no muy lejos de dónde está la frontera actual entre las dos Coreas. Así que no sería de extrañar que los medios atribuyeran la gripe de aquel año al martirizado país asiático, tristemente de moda en aquel momento. Aunque he encontrado un artículo brasileño que habla de «gripe coreana» en 1951.

Unos años más tarde, mi madre volvería a Zaragoza. Y hasta que se casó, trabajó de dependienta en una zapatería en la calle Hernán Cortés, esquina con la calle del Carmen. Ya no existe. Ni el edificio en cuyos bajos se encontraba. Hay un edificio nuevo. De niño me llevaba a saludar de vez en cuando a la señora Adela. ¿O Adelina? No recuerdo. No sé si era la propietaria o la encargada. Pero era una visita agradable. Se tenían afecto. Os dejo una foto dentro de la foto.

[Nostalgia] La fuente de la Caña y el abuelo Agustín

nostalgia

Desde julio no he publicado ninguna entrada basada en la serie de fotografías que realicé con la Hasselblad 500CM durante el periodo de confinamiento en Semana Santa de algunos objetos y documentos del «baúl de los recuerdos» familiar y que con tanto cariño cuidaba mi madre. Ocho de estos artículos publiqué entre abril y julio. Pero tengo material para cuatro más.

Hoy volveré a mi abuelo Agustín de quien ya os hablé. De todos mis abuelos y abuelas, fue al único al que conocí. Y lo recuerdo con cariño. Aunque la vida familiar no siempre fuera fácil en relación con él. Pero de eso no hablaré. Vivimos en el barrio de Torrero hasta pocos días de mi quinto cumpleaños; mis padres, mi abuelo y yo. En la calle López Landa, número 4. ¿Sabéis que no recuerdo haber vuelto a pasar por esa calle desde que nos mudamos? Cosas que pasan. Y no es porque no haya pasado cientos de veces por las proximidades.

De lo que recuerdo de aquella época, es que mi abuelo Agustín me llevaba a pasear por los pinares de Venecia con cierta frecuencia. Y mi recuerdo de aquellos paseos era bueno. Que mi abuelo me quería es algo que nunca he puesto en duda. Falleció con ochenta años cuando yo tenía diez. Como yo era muy pequeño en aquellos paseos, no era frecuente que llegásemos muy lejos. Pero en mi memoria se grabaron lugares «míticos» como la fuente de la Junquera y la fuente de la Caña. Surgimientos de agua en las proximidades del río Huerva, cuando este entra en la ciudad de Zaragoza, y que eran lugares frecuentes para ir a merendar o para que los jubilados se juntaran en su «mentideros». Según mis entendederas, la fuente de la Caña, más próxima al Parque Grande y al que en aquellos años era el casco urbano de Zaragoza, ya no es un paraje como tal. La fuente de la Junquera, más alejada, sí. Aunque está totalmente urbanizada a su alrededor.

Una cosa que le gustaba a mi madre era coleccionar recortes de prensa en los que por algún motivo apareciéramos alguien de la familia. Ahora sólo conservo uno de aquellos recortes. Porque el resto no los guardaba en el «baúl de los recuerdos» y no se dónde fueron a parar. El que conservo mencionaba a mi abuelo Agustín. El artículo, publicado por el Heraldo de Aragón, es muy gracioso de leer… por el provincianismo y el papanatismo propio de la mediocre España de la dictadura franquista. Un agua, la de la fuente de la Caña, «muy buena y recomendable para lavar ‘nylon'», según «una americana»… subtitulaba el articulista. Y es que mi abuelo Agustín, junto con otros seis jubilados, se dedicaron a adecentar altruistamente el entorno de aquella fuente, para el mejor disfrute de los zaragozanos que allí iban a merendar o a pasear.

[Nostalgia] Los vehículos y azañas del abuelo Agustín

nostalgia

No conocí a mi abuelo paterno, fallecido 18 años antes de nacer yo. Ni a ninguna de mis abuelas, fallecidas ambas durante la guerra, si mis cuentas no son erróneas en el año 38. Mis padres hablaban que habían muerto de los disgustos que generaba el conflicto bélico. No me cabe la menor duda de que estos existieron. Pero la escucha atenta de los relatos sobre sus vidas y condiciones y mi condición de médico, me permiten sospechar con firmeza que la una falleció por una insuficiencia valvular cardíaca, probablemente originada por unas fiebres reumáticas en su infancia o adolescencia, y la otra como consecuencia de complicaciones de la diabetes. Pero jóvenes. En sus cuarenta o incluso antes de cumplirlos.

Me quedó el abuelo Agustín, que vivió hasta unos meses después de cumplir yo los diez años. Y del que se pueden decir muchas cosas. Pero muchas. Algunas buenas… y otras, no tanto. Pero entre las mejores cosas que tenía, por lo menos para mí, es que siempre sentí que realmente me quería. Hice muchos paseos con él por los pinares de Venecia cuando era más niño y vivíamos en el barrio de Torrero. Y era siempre cariñoso cuando trataba conmigo,… y generoso con las propinas.

Pero siempre fue difícil descifrar los azares de su vida. Que dejó su pueblo natal a los catorce años, casi con lo puesto. Dicen que para no volver. Que se refugió en un conocido taller-garage de Zaragoza a cambio de barrerlo, entrando al día siguiente como aprendiz. Que desde ese momento, alrededor de 1907, hasta los años 30, prosperó hasta participar en la propiedad de una empresa con varios autocares y varios coches de gran turismo. Mi madre contaba que cuando hizo la primera comunión, poco antes comenzar la guerra civil española, la llevaron y la recogieron de la iglesia con un Hispano-Suiza, nada menos. Que el bando fascista sublevado en la guerra requisó los vehículos propiedad de la empresa, sin que se produjera compensación alguna, provocando la ruina familiar. Que incluso estuvo en riesgo de ser fusilado… aunque dudo mucho que un empresario de la época pudiese ser considerado «rojo»… pero es así como funcionan los fascismo. Que luego entró a trabajar en una conocida empresa de transporte público, conduciendo los autobuses que habían sido suyos. Que recibió menciones honoríficas por las heridas debidas a quemaduras que sufrió en accidente por evitar atropellar a unas personas que cruzaban imprudentes la avenida de Cataluña. Datos aislados procedentes, tanto de las vivencias como del imaginario de mi madre y otros familiares suyos. Pero nunca conseguí tener un relato continuo de lo que fue su vida. Nunca. Y me hubiera gustado, para entender mejor a mi abuelo. Que me quería.

Permiso de circulación de uno de los vehículos de la empresa del abuelo de 1935, y carnet del montepío de «chauffeurs» de mi abuelo del año 1923, junto a una foto en la que aparece junto a mi madre, de luto por algún motivo que desconozco, y otros familiares que no reconozco.

[Nostalgia] Diversiones de posguerra

nostalgia

En el baúl de los recuerdos de mi madre no falta una especie muy curiosa; la de los programas de cine, postales de actores y actrices, u otras cuestiones relacionadas con el mundo del espectáculo y la diversión de la triste posguerra española. Pero ninguna sociedad, por triste que sea de forma intrínseca estructural, puede pasar sin sus momentos de evasión. Y el cine fue probablemente el medio de pasar alguna tarde de domingo escapándose de las realidades cotidianas. De forma no muy distinta a lo que sucede hoy en día, aunque los escapismos se hayan diversificado en forma de televisión, internet, deportes de masas y otros. Algunos de estos también existían o apuntaban maneras en los años 40 y 50 del siglo XX.

Lo que me llama la atención es la existencia en el baúl de fotografías de personas disfrutando de los placeres del esquí, hechas un pincel, con los estilizados modelos de la época. Aunque la familia de mi madre, antes de la guerra, tenía sus posibles y probablemente disfrutaban de cierto «nivel» en las relaciones sociales, lo cierto es que la salida del conflicto bélico (in)civil les dejó muy mal parados económicamente. No entraremos en ello, no merece la pena ahora. Así que lo de disfrutar del esquí en las estaciones catalanas más antiguas, como La Molina, donde parece estar hecha la foto de la señora o señorita desconocida, no entraba dentro de sus posibilidades. Hoy en día la práctica del esquí no es barata, pero se ha convertido en un entretenimiento invernal mucho más común. En aquella época estaba reservado a determinado nivel socioeconómico.

Tuve que asentarme yo profesional y económicamente para que alguien de la familia pudiera disfrutar de la nieve en los Pirineos o en los Alpes. Disfrute que ya no es posible por culpa de un fisura en mi menisco interno derecho. Que se le va a hacer.

[Nostalgia] Fotos del Pilar

nostalgia

Llego al ecuador de esta serie de entradas nostálgicas, llego a la sexta de doce que tengo planificadas, todas ellas a partir de las fotos que hice con mi Hasselblad a una parte del contenido del baúl de los recuerdos familiar, que es lo mismo que decir el baúl de los recuerdos de mi madre, durante uno de los fines de semana del confinamiento por la covid-19. Ahora ya estamos mucho más libres. Todavía existen algunas restricciones y estamos obligados a llevar las mascarillas en determinados entornos y situaciones. La principal restricción ha sido siempre la movilidad, que ahora, en Aragón tenemos limitada a no poder salir de la comunidad autónoma. Pero paseamos libremente. Nos tomamos nuestras cervezas. Y quedamos incluso a cenar. Todavía no podemos ir al cine. O no como nos gustaría. Este sábado pasado quedé con unos amigos en una terraza en el parque lineal que recorre las orillas del Ebro en Zaragoza, a la altura de la avenida de Ranillas, a la que recientemente cambiaron el nombre por el de un político, ex-alcalde de la ciudad por un rebote, no especialmente brillante, pero que como ya ha muerto… pues ya no se puede criticar, parece. Qué manía la de ponerles nombre de político a las calles… no me gusta, da igual el signo político que representen. El caso es que cuando me dirigía hacía allí, hubo una tormenta, y al cruzar el punte de la Almozara, hubo esto.

Subí la foto a una red social, donde tuvo un cierto éxito. A pesar de que la subí con un texto que yo suponía irónico sobre los tópicos que hacen que una foto tenga éxito en las redes sociales. Y que la mayor parte de las ocasiones no tiene que ver con la calidad. Para quienes no conozcan Zaragoza, las vistas del río Ebro y la basílica del Pilar son dos tópico, topiquísimos, en las fotos y la imaginería de la ciudad. De esas imágenes que reconocemos inmediatamente, que algunos se les enternece el alma y se les elevan los sentimientos… y a otros nos resultan más cansinas y empalagosas. Y si ya tiene un arco iris… pues no te digo. Bueno,… la principal respuesta fue de quienes gustan de estos topicazos. Aunque la foto no es especialmente buena. Tiene claros problemas de equilibro en la composición.

Pero claro… a veces pensamos que esto es algo de ahora. Cuando en realidad llevamos haciendo lo mismo, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor rapidez, dependiendo de los medio técnicos desde más de un siglo. No tienen tantos años las fotos que muestro a continuación. Ninguna de las dos fotos está claramente fechada. La del grupo de personas, a quienes no conozco, correspondería a los años 40. Mientras que la que es conceptualmente similar a mi foto, el río y la basílica con cielo nublado desde otro puente, podría ser de los años 30. Como se puede apreciar, faltan las dos torres traseras, y no se aprecian, es cierto que están muy lejos, las obras de las torres traseras, que no comenzaron hasta 1950, terminando en 1961. En Zaragoza, cuando algo tarda mucho en completarse es «la obra del Pilar», que transcurrieron desde 1681 a 1961… 280 años…

A las fotografías del Pilar desde el puente de Hierro o puente del Pilar, que es su nombre oficial, acompaña un fotografía de mi madre en una fiesta de disfraces en fecha no determinada. Es la tercera de pie, empezando por la izquierda… o por la derecha. Tampoco tengo referencias sobre el año de la foto, ni conocemos al resto de los que allí aparecen. Mi madre vivió durante bastantes años durante la posguerra inmediata en Barcelona, pero no podemos situar exactamente si la foto se hizo en la ciudad catalana, o si se hizo ya una vez de regreso en Zaragoza.

En fin, os dejo con otra foto tomada el sábado por la tarde, un poco mejor equilibrada en su composición, con mejor luz, y que recoge mejor la información de cómo era la tarde.

[Nostalgia] ¿Cuál fue tu primer hogar? – Ciudad jardín

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Cuando eres un niño, tu primer hogar es donde viven tus padres, donde vive tu familia. Para una elevada proporción de las personas. Aunque a lo largo de la historia ha habido, hay y seguirá habiendo excepciones, generalmente por causas nefastas; pérdida de los progenitores, abandonos, guerras, catástrofes, y otras que en estos momentos no se me ocurren. Conocí a alguien que no sufrió, en teoría, ninguna de las anteriores, pero que siempre nos contaba que su primer hogar fue la casa de sus abuelos. No la de sus padres. No puedo, ni quiero, entrar en esa historia. Tampoco es alegre, precisamente. El caso es que yo siempre creí que tuve claro cuál fue mi primer hogar. Mis primeros recuerdos son de un primer piso en la calle López Landa número 4, en el barrio de Torrero de Zaragoza. Pero mis padres siempre me dijeron que, durante unos meses, y hasta que les entregaron las llaves de este diminuto piso, el primero que compraron, vivimos de alquiler en el entresuelo del número 1 de la misma calle.

Y ahí quedó la cosa… hasta que un tiempo después de morir mi padre, hace muy poquitos años, empecé a remover los papeles y las fotografías del baúl de los recuerdos familiar. Y me encontré con el documento que veis a continuación, en compañía de una foto que me realizaron en Foto Madrid, en aquella época en la popularmente conocida como calle San Gil, aunque su nombre oficial era y es calle Don Jaime I. Estas fotos nos las hacían gratis, por una promoción cuando comprabas algo que no recuerdo qué decía mi madre qué era. Todavía existe el estudio fotográfico. Pero desde hace muchos años se encuentra al final de la calle Tomás Bretón, cerca de la avenida de Valencia.

Según mi Cartilla de puericultura, expedida por la Jefatura Provincial de Sanidad de Zaragoza con fecha 6 de julio de 1963, con el número 9.614, y donde consta mi registro de vacunas durante mis dos primeros años de vida, mi domicilio en aquel momento era la calle de Pedro López de Luna, en la Ciudad Jardín de Zaragoza. A apenas ocho minutos caminando del lugar donde trabajo ahora.

Siempre supe, desde que tengo recuerdos, que mi madre vivió en la Ciudad Jardín. Y cuando pasábamos por allí, a visitar a su amiga Filo, o a mi tía Pilarín, me mostraba la casa, que nunca conseguía recordar de una vez para otra. Las ciudades jardín fue un movimiento urbanístico de principios del siglo XX, que trataba de humanizar el hábitat de los seres humanos, tan brutalmente degradado por la revolución industrial, sin que estuviese fuera del alcance de las clases trabajadoras. La de Zaragoza es una idea de las fuerzas de izquierda durante la Segunda República y a ella debemos también el haber disfrutado de una línea de trolebuses de dos pisos, de aspecto absolutamente británico, incluso con el volante a la derecha, durante un tiempo. Ya que las ciudades jardines eran periféricas y debían contar con un buen y limpio medio de transporte para llevar a los trabajadores al centro de la ciudad o a sus lugares de trabajo.

Hoy en día está integrada en una ciudad que ha crecido mucho desde que se construyó. Es agradable paseare entre sus calles. Muchas de las casitas, parcelas que hemos llamado tradicionalmente en Zaragoza, eran de construcción regular, al fin y al cabo se concibió para clases trabajadoras y el gasto fue el justo, pero se han rehabilitado. Está considerada como BIC (bien de interés cultural), lo que permite su preservación, a salvo de la especulación urbanística. A veces pienso que me hubiera gustado vivir allí. Pero tampoco fui infeliz en Torrero, durante algo más de cuatro años, en otro fenómeno urbanístico característico en esta ocasión de la posguerra civil. La viviendas de protección oficial, también de construcción regular, pero en esta ocasión tirando a mala, que el régimen dictatorial construyó para las clases obreras. Y que se ven por los barrios socioculturalmente más modestos de la ciudad.