Existen dos motivos por los que sigo usando cámaras Canon. Una de ellas es que… funcionan. Eran punteras e innovadoras a finales de los años 80 y principios de los 90 del siglo XX cuando el desarrollo y comercialización de sus cámaras EOS (Electro-Optical System) y sus objetivos EF (Electronic Focus) impulsó a la marca a los puestos de liderazgo durante décadas. Aun hoy en día, pese al empuje de otras marcas como Sony, es la marca que más cámaras de objetivos intercambiables vende. Hoy en día, es una marca muy conservadora, arriesga poco. No se siente obligada a ello. Y por ello sus cámaras actuales resultan… ¿aburridas? Pero funcionan, son efectivas. Y eficientes. No te cuesta esfuerzo hacerte con ellas. Especialmente si has venido usando este tipo de cámaras durante treinta años.
El otro motivo es que con el parque de objetivos que fui acumulando a lo largo de este tiempo, es la opción más lógica, seguir fieles a la marca que permite seguir usándolos sin problemas. Y cuando digo sin problemas es sin problemas de compatibilidades ni historias, más allá de la necesidad de un adaptador para los objetivos EF en las modernas cámaras RF. Pero claro, los tiempo evolucionan y hay objetivos que quedan viejunos y acabas arrinconándolos.
Uno de estos es el EF 70-210 mm f3.5-4.5, que entre 1994 y 1999 se vino conmigo a todos los viajes de vacaciones, y lo usaba con frecuencia, siempre sobre la Canon EOS 100, mi primera cámara del sistema EOS. Pero desde el año 2000, tan apenas lo he usado. Que en la primera década del siglo XX conformara un dupla de ópticas de gama superior, el EF 24-105 mm f4L IS USM y el EF 200 mm f2.8L USM II, hicieron que me olvidara de él en gran medida. Muy de vez en cuando lo he sacado a pasear.
Pero por distintos motivos, que explico más extensamente en Canon EF 70-210 mm f3.5-4.5 USM – 25 años después vuelve a salir de viaje, me lo he llevado al viaje a San Sebastián y sus alrededores de la semana pasada. Y no me quejo de los resultados, que más o menos podréis apreciar en las fotos que aquí os muestro.
El objetivo, del que hablo más extensamente en Un objetivo para ir ligero por el mundo – Canon RF 28 mm f2.8 STM (sobre Canon EOS RP), se anunció este verano y promete una calidad razonable, a un precio razonable, con un tamaño compacto muy contenido. En Turín lo vi y lo probé en una tienda de fotografía de la capital piamontesa, y lo compré. Y sólo me quedaba una tarde de viaje para usarlo y convencerme a mí mismo que no había hecho el tonto comprándolo. Las referencias a priori eran buenas.
Así que lo usé intensamente en nuestra visita a Saluzzo, a cincuenta kilómetros al sur de Turín, y he quedado encantado. La calidad de imagen es superior a lo que pensaba, su tamaño es muy muy contenido, y se lleva encima sin sentir, y el precio… contenido. Que no es lo mismo que barato. Pero teniendo en cuenta cómo está el patio, «tirado» de precio. Vamos, que lo aproveché, y lo aprovecharé abundantemente en un futuro.
Me enteré por la entrada que Clavoardiendo le dedicaba a la noticia, pero luego fue apareciendo poco a poco en la mayoría de los sitios en internet que sigo para estar al día en la cosa fotográfica. El neerlandés Erwin Olaf (1959 – 2023) falleció hace unos pocos días como consecuencia de una complicación tras someterse a un trasplante de pulmón. Hacía tiempo que no oía hablar de él, cuando hace unos años era una presencia frecuente en los medios especializados y no tan especializados. Supongo que se deberá a la enfermedad, sea cual sea la que llevó al mencionado trasplante. Los retratos y las escenas que fotografiaba, muy planificados, muy representados, eran de una precisión técnica impresionante, con un gran dominio de la iluminación y la composición. Aunque a mí en ocasiones me ha transmitido una cierta frialdad, no ajena a otros fotógrafos de su misma nacionalidad. Sus temas, en sus trabajos más personales, eran muy existencialistas, especialmente reflejando el sentimiento de alienación de muchas personas y colectivos en la sociedad actual. Que la tierra le sea leve.
En los últimos años, por razones que no vienen al caso, no es que los Países Bajos sean mi país favorito, ni mucho menos. Pero en homenaje a Erwin Olaf dejaré unas fotos de mi visita a la ciudad de Haarlem hace ya catorce años.
En Lensculture me ha llamado la atención las fotografías de la fotógrafa japonesa Mayumi Suzuki, en las que reflexiona y hace catarsis del estresante proceso de someterse a un tratamiento de infertilidad para alcanzar una maternidad que se resiste. Se insiste en el artículo que la cuestión es más difícil en Japón, por las carencias en educación sobre sexualidad y fertilidad. Suzuki combina autorretratos, naturalezas muertas, imágenes clínicas procedentes del diagnóstico por la imagen para realizar una reflexión profunda y compleja sobre esas dificultades. Me ha parecido muy interesante. Es originaria de Onagawa, una pequeña ciudad en la costa del Pacífico japonesa, muy afectada por el terremoto de 2011, pero que una de las que más rápidamente y más dinámicamente se recuperó. La fotógrafa ha dedicado también proyectos a las consecuencias del seísmo.
Feature shoot dedicó un artículo hace unos días a la fotografía de plató, o al foto fija como se le llama últimamente. El fotógrafo que documenta con su cámara el proceso de rodaje y prepara el material promocional de una película o serie de televisión. Normalmente resulta en un trabajo muy anónimo a pesar de que el fotógrafo esté incluido en los créditos de la película. Pero ha habido fotógrafos de prestigio que han realizado trabajos muy interesantes documentando rodajes. Recordemos a los fotógrafos de Magnum Photos que documentaron el rodaje de The Misfits, última película (completa) de Clark Gable y Marilyn Monroe. En el artículo que traigo aquí, el fotógrafo de rodaje es David Dettman, y se centra en uno de los capítulos más célebres y aclamados de la serie Black Mirror, San Junipero. Las fotografías recogen la visión cinematográfica de la producción, pero me sirven fundamentalmente para hacer un reconocimiento a estos fotógrafos. En no pocas ocasiones nos ofrecen retratos o escenas maravillosas.
Se nota que en estas últimas semanas estoy muy ocupado con cosas diversas. Y eso me lleva a tener poco tiempo para descubrir nuevas y viejas propuestas fotográficas. O escribir en este Cuaderno de ruta, llevaba dos días seguidos sin hacerlo, lo que me ha impedido, entre otras cosas, hablar de algunas interesantes películas francesas que vi ya hace una semana. Pero a cambio, el viernes salí de Zaragoza durante buena parte del día, que siempre abre oportunidades.
Lo cierto es que no fue nada especialmente novedoso. Por circunstancias que ahora no vienen al caso, surgió la oportunidad de hacer una excursión en el día a Logroño. Pero algunos hicimos una parada previa en Agoncillo y volvimos a visitar el Museo Würth La Rioja, que conocimos el año pasado, aproximadamente por estas fechas. Una excursión parecida pero llegando hasta Logroño. De Zaragoza a Agoncillo en tren, visita al museo, de Agoncillo a Logroño en autobús, dar una vuelta por la capital riojana, comer algo, unas cuantas fotos más, y el tren de vuelta a Zaragoza. Sencillo. Quería aprovechar para probar una «nueva» película fotográfica, pero una batería agotada y el tiempo nublado frustraron la ocasión. Aun así, hice un rollo de fotos en blanco y negro, que no he revelado todavía, y fotografías digitales con la Canon EOS RP. Las fotos que ilustran la entrada proceden de esta.
Como museo de arte moderno y contemporáneo, la actividad expositiva del Museo Würth La Rioja se basa en rotar las obras expuestas, procedentes de su colección, de acuerdo a áreas o líneas temáticas de un año de duración. La exposición actual, dedicada a la representación de los animales y la animalidad en el arte, lleva en exposición desde marzo de este año, y permanecerá hasta febrero de 2024. Por lo tanto, la visita al museo es algo que se puede hacer cada año sin problema, teniendo en cuenta que cada año la exposición será distinta. Hay alguna obra en exposición permanente… pero muy poquitas.
Cuando volví de la excursión… vine cansado y no hice nada. Pero al día siguiente comprobé que se había fallado el Premio Nacional de Fotografía de 2023, recayendo sobre la catalana Laia Abril. La fotógrafa tiene un enfoque conceptual de los temas y de su práctica fotográfica. Fuertemente implicada en el discurso feminista, suele realizar proyectos en profundad y en varias fases relacionados con los problemas que sufren las mujeres. Generalmente acompañados de textos en inglés, su primer trabajo fue On sexuality, seguido de On eating disorders, y en la actualidad está trabajando en su A history of misogyny. Dentro de este último gran proyecto, tuvo gran repercusión su capítulo On abortion, mientras que el último en el que ha trabajado es On rape. El trabajo que más impacto ha tenido hasta el momento fue el dedicado al aborto, especialmente centrado en el aborto clandestino, por las restricciones que existe sobre este derecho de las mujeres en buena parte del mundo. Es una de las fotógrafas más internacionales que tiene España, incluso puede que sea mejor conocida fuera del país que en el propio país. Y creo que tiene un enfoque que, si no remueve conciencias… es que hay gente que no tiene conciencia. Es lo que hay. Uno de estos premios merecidos, pero que probablemente muchos consideren coyuntural y politizado, y que desde luego no se habría concedido con otras fuerzas políticas en el poder.
Y con un enfoque más ligero, nos trasladamos ahora a la obra fotográfica de Sofia Coppola, sobre la que nos han hablado en Feature Shoot. Coppola es principalmente conocida como directora de cine. Una directora de cine que a mí me fascinó en sus principios, en sus dos primeros largometrajes, pero que posteriormente sólo me ha conseguido atrapar ocasionalmente con posterioridad, dando muestras puntualmente de que algo tiene, aunque con gran frecuencia se despiste… de alguna forma. El caso es que, como tantos otros miembros de la familia cinematográfica, especialmente directores, no le hace ascos a la fotografía. Y como tantos otros, documenta su entorno de rodaje con sus cámaras fotográficas, muchas veces pequeñas compactas para película tradicional. Lo que he visto no me disgusta, y quizá no me disgustaría tener el libro que ha publicado recientemente. Ya veremos. La mezcla de fotografía y cine siempre me ha atraído,… claro.
Para quienes hemos trabajado en alguna ocasión en el ámbito de la calidad de los servicios prestados por una organización, esta es una fórmula clásica para analizar la satisfacción percibida por un cliente o usuario de un producto o un servicio.
Por lo tanto, entran en juego muchas subjetividades. Primero, las expectativas que depositan las personas en una compra o en un servicio son distintas. Unos esperan más, otros se conforman con menos. Los resultados derivados del objeto o del servicio también son valorados de forma distinta. Con un mismo nivel de servicio, de prestaciones o de calidad, es decir de resultados «objetivos» los «resultados percibidos» pueden ser distintos. Pero todo esto también tiene que ver mucho con las expectativas, así que no siempre es fácil separar las dimensiones. En cualquier caso, yo creo que pilláis por donde va el tema. Otros relaciona estos parámetros de otras formas, pero esta es la que prefiero. Si los resultados están al mismo nivel de las expectativas, 100 % de satisfacción. Y a partir de ahí hacia abajo, pero sin tomarnos la relación matemática como algo preciso, ya que la subjetividad condiciona mucho la interpretación.
Este final de semana pasado, entre el jueves por la tarde y el domingo por la mañana, estuve haciendo algunos retratos con un cámara Polaroid. Las fotos que veis aquí y que comento en Tomarse con tranquilidad las fotos instantáneas mejora los resultados – Polaroid Now+ con Polaroid 600 Round Frame, son algunas que hice al margen de los retratos. Estos no los muestro porque pertenecen a la esfera de lo privado; de mi esfera de lo privado, y de la esfera de lo privado de las personas retratadas. Bueno. El caso es que estas fotos, para las personas que han participado en la actividad, con un tono relativamente lúdico, les han parecido estupendas. Un alto nivel de satisfacción. Muchos han considerado que los resultados estaban muy por encima de sus expectativas. Una satisfacción del 150 %, por poner un ejemplo numérico.
Sin embargo, mostradas en un foro de fotografía analógica, el tono general, los comentarios, han sido de mostrar el disgusto hacia el material Polaroid actual, en comparación con el antiguo. Recordemos que la empresa que fabrica el material sensible Polaroid, de fotografía instantánea, es distinta de la tradicional de hace unas décadas, aunque tenga adquiridos en propiedad los derechos del uso de la marca. Pero por diversos motivos tuvo que desarrollar desde cero un nuevo material sensible, porque las regulaciones medioambientales y la disponibilidad de materias primas, impedían replicar el método de fabricación tradicional. Ahora, los aficionados exigentes consideran este material sensible como impredecible, poco estable en el tiempo de cara a su conservación, y caro. De mala calidad, en general.
¿Cuál de los dos grupos que opinan sobre el caso tiene la razón? Eso os lo dejo a vosotros, que leéis estas líneas.
Indudablemente, Richard Avedon es considerado como uno de los grandes de la fotografía de moda del siglo XX. De la segunda mitad del siglo XX. Fue una fotógrafo excelente. En la concepción de sus fotografías, en la forma en que las llevaba a la práctica, en su composición, en la humanización de sus modelos… Muy bueno. Pero para mí, su mejor trabajo no estuvo en el mundo de la mola. Cuando cogió su cámara y un tela blanca que le sirviera de fondo absolutamente neutro para sus retratos y se dedicó a recorrer el Oeste americano para mostrar y comprender a las gentes que lo conforman, más allá de mitos y prejuicios, es cuando quedó ya claro que es uno de los mejores de la historia de la fotografía. Esta semana nos lo han recordado en Blind. Y si alguien quiere saber más, recomiendo este vídeo de Ted Forbes, en su canal The Art of Photography, que conoció momentos mejores en lo que se refiere a su interés, pero que tiene un archivo de vídeos muy recomendable.
El sencillo blog de Elizabeth Avedon siempre ha sido fuente de inspiración, aunque hace tiempo que no se le mencionaba en estas páginas. Sí. Tiene que ver con el Avedon de la recomendación anterior. Pero tiene méritos de sobra en el ámbito de la cultura y de la fotografía para ser reconocida, no como fotógrafa, pero si como conservadora, editora, estudiosa, diseñadora… lo que queráis. El caso es que esta semana nos ha traído uno de los nuevos trabajos de Nick Brandt, un fotógrafo por el que siento debilidad y que no deja de reinventarse a sí mismo, pero sin perder su línea de pensamiento y su coherencia personal a la hora de denunciar las agresiones al medio ambiente y de defender la necesidad de ser activos para preservar lo que debe ser preservado. Ahora ha lanzado su mirada sobre las poblaciones que ven en riesgo sus hogares y su medio de subsistencia por el incremento de los niveles de los mares, que inundarán costas, islas y esperanzas. Siempre necesario, Nick Brandt.
Olivia Arthur es fotógrafa de Magnum Photos. La fotógrafa británica se aleja del tópico del fotógrafo reportero que se mete en todos los saraos donde caen bombas y vuelan balas, para acercarse a una diversidad de sujetos sobre los que hay algo interesante que contar. Y para mí es importante que esto se haga con amplias dosis de empatía, que las fotografías muestren sin ambages la humanidad de la persona que aparece en ellas, algo en común con los anteriores. La conozco ya desde hace años, pero definitivamente me interesé más por ella a raíz de su participación en el proyecto en el que con otras siete fotógrafas seguían los pasos de Inge Morath en el pasado, recorriendo el Danubio desde sus fuentes hasta su desembocadura en el mar Negro. Esta semana, la página oficial de Magnum Photos ha dado un repaso a su recorrido profesional.
Finalmente, hoy mismo, en la cuenta de Instagram de Tokyo Camera Style, he encontrado la interesante propuesta del fotógrafo japonés Yoshihiko Ueda (Instagram) y su libro de 600 páginas con las fotografías de sus viajes a China durante dos décadas. Son muchas fotografía las que caben en 600 páginas, pero en lo que he podido ver, hay cosas, enfoques, muy interesantes. Y sobretodo, una ocasión para analizar visualmente los cambios que el gigante asiático, en continua transformación, ha sufrido en veinte años. Si lo pudiese pillar a un precio razonable, es decir, no demasiado penalizado por gastos de transporte y aduanas, no me importaría tener el libro. Después del paréntesis debido a la pandemia y otras circunstancias que no vienen al caso, hay ganas de volver al Asia oriental. Muchas ganas.
Hoy, en mi diario de viaje fotográfico he estado comentando las fotos realizadas con una «nueva» película para negativos en color. Lo podéis leer en La “nueva” película para negativos en color de Lomography – Canon EOS 650 con EF 85 mm f1.8 USM y LomoChrome Color ’92. Pero el comentario me ha llevado a una pequeña investigación por la red de redes. Porque los resultados eran tan parecidos a los encontrados con otra película fotográfica que no he podido otra cosa que sospechar que eran lo mismo, pero vendidas bajo distintas marcas. Incluso una tercera marca esta involucrada en el asunto. Y en un mundo en el que cada vez quedan menos fabricantes de película fotográfica en color, esto es algo habitual. Y sinceramente, me molesta no saber con qué estoy fotografiando, más allá de la palabrería publicitaria del reenvasador y distribuidor de la película, más dirigida a los hispsters millenials que a los aficionados a la fotografía seria.
Recientemente tuve que dedicar una mañana a la compra de un nuevo frigorífico para mi hogar. El que tenía llevaba un tiempo haciendo cosas raras, y esto se agudizó de repente en medio de la última ola de calor que hemos sufrido. La cuarta del verano, dicen. Y última. Espero. Bueno, ahora nos dicen que ya estamos en el otoño climatológico, aunque falten un par de semanas para el otoño astronómico. En el comercio, hablando de los distintos modelos, de repente el vendedor me habló de tres modelos distintos de características muy similares… y me le quedé mirando,… Me entendió y cambió el tono de la conversación. Se dio cuenta que sabía que las tres marcas mencionadas eran del mismo grupo fabricante alemán, aunque con fábrica en Zaragoza, y confesó que se trataba en la práctica del mismo aparato con distinta cosmética. A partir de ahí decidió que no quería perder el cliente, me trató con el respeto debido a una persona con un mínimo de inteligencia, y no perdió el tiempo en chorradas. Fue al grano de las características buscadas. Bien por su cambio de actitud, pero me molesta este juego de confusión bajo el juego de las marcas, que no deja de ser una forma de embaucar al personal.
En fin. No creo que esto se resuelva a corto plazo. Es el capitalismo. ¿Es malo el capitalismo? Hay opiniones. La mía es que sin una debida regulación y con contrapesos en favor de los ciudadanos, los consumidores, sí, es malo. Con la debida regulación… ya veremos. Las olas de calor también parecen indicar que el clima del planeta no se lleva bien con los excesos productivos de los sistemas capitalistas. Y otras cuestiones.
No tengo claro si en algún momento he comentado sobre este tema o no. Es algo sobre lo que pienso de vez en cuando, y ya no recuerdo cuándo lo pongo por escrito y cuándo no. En cualquier caso, me ha venido a la cabeza cuando elaboraba la entrada fotográfica La luz de las mañanas de julio en blanco y negro – Pentax MX con SMC-A 35 mm f2.8 y Lomography Potsdam Kino 100, y he decidido trasladarlo aquí. Comentar algo sobre los pinares de Venecia, lo que muchos zaragozanos llaman el «pulmón» de Zaragoza. Alguna vez habrá que explicar que los pulmones sirven para captar el oxígeno del aire y consumirlo, mientras que los pinares hacen al contrario, consumen el dióxido de carbono que exhalamos y nos devuelven el oxígeno en forma molecular respirable.
Los pinares de Venecia son reciente. El nombre procede de la góndola que surcaba el Canal de Imperial de Aragón a principios del siglo XX. Y en esas primeras décadas del siglo se procedió a plantar un bosque de pino carrasco en los montes de Torrero a ambos lados del Canal Imperial, por donde navegaba la góndola, y por analogía con la capital de la Serenissima Repubblica, pues se les llamó «de Venecia». Una parte de los pinares quedaron integrados en el actual Parque Grande de Zaragoza. Sometidos a mejores cuidados y riegos, son altos y lozanos. También, por la cercanía al agua, los próximos al canal, también tienen buen porte. Pero conforme se alejan del preciado líquido elemento, con la escasa pluviosidad de Zaragoza, se muestran más magros, a veces raquíticos. Y no obstante, a pesar de ser un bosque artificial, en terrenos no extraordinariamente fértiles, con poca agua, han conseguido mantener un ecosistema básico que, para los entendidos, presenta algunas sorpresas desconocidas para los legos.
A mí, me gustaría verlos más frondosos y diversos. Pero menos es nada. Mi madre me contaba que de niña, antes de la guerra civil, fue alguna vez a plantar pinos. Así que… bueno, por respeto a las buenas intenciones de aquellos zaragozanos de hace casi 100 años, habrá que cuidarlos, conservarlos y, en la medida de lo posible, mejorarlos.
Cuando uno bucea en la red de redes buscando información sobre fotografía con película fotográfica tradicional, no es difícil encontrar artículos que hablan de cosas. Lo difícil es encontrar artículos escritos por gente de la que te fíes. Entusiastas hay unos cuantos. Pero rigor en sus comentarios… pues todo es muy subjetivo. Y especialmente cuando te hablan de las características del color, el contraste, la tonalidad y otros aspectos visuales de las emulsiones fotográficas, a partir de los archivos digitales de los negativos escaneados o digitalizados de la forma que sea. Revisando las fotos del rollo de película que comento en Segunda oportunidad con la Orwo Wolfen NC500 – Con Canon EOS 650 y Takumar SMC 35 mm f2, me he dado cuenta de los sesgos que se pueden cometer, y se cometen.
La tonalidad de las fotos de este rollo me ha salido más cálida que la de otro de la misma marca que hice unas semanas antes. Pero esto puede deberse a varias cosas.
Al capricho del laborante que ha digitalizado los negativos ya revelados, y que le han salido así los tonos. Cuando se “evalúa” el rendimiento de una película a partir de los ficheros digitalizados es algo a considerar seriamente.
A que las horas a las que hice muchas de las fotos, o las condiciones atmosféricas, favorecían un dominio de luz más cálida. Podría ser muy fácilmente.
A que el Takumar, por los elementos radioactivos de sus vidrios, presente una tonalidad amarillenta que da un rendimiento cálido a las fotos. Esto es seguro, aunque cuando las digitalizan, sin que yo le diga nada al laboratorio, suelen corregirlo y no se nota. Pero cuando lo uso con la Canon EOS RP, digital, canta un montón, aunque es fácil de corregir.
Es decir… a saber. Por eso, ya os digo, salvo que os conste que el comentarista es un profesional serio y riguroso… no os fiéis ni un pelo. Pero bueno… es lo que hay.
En la última semana han sido tristemente noticia continuada las consecuencias del comportamiento indebido del presidente de la Federación Española de Fútbol con una de las jugadoras de la selección nacional femenina de este deporte que gano el título en el reciente campeonato del mundo de esta disciplina. Lo lógico es que durante toda la semana se hubiera hablado del logro de las deportistas… pero desgraciadamente, no. Voy a dejar claras dos cuestiones sobre mi visión del tema. Dos cuestiones que explican que a mí, personalmente, el fútbol y su entorno no sólo no me gustan sino que históricamente me repelen. Como espectáculo, el fútbol me aburre soberanamente. Que los mejores equipos del mundo dediquen 90 minutos o más a corretear por una pradera de césped y sólo consigan meter un gol… me parece un tostón de mucho cuidado. Y sí. Mi exposición al deporte fue suficiente en mi juventud como para que entienda sin problemas lo que está sucediendo en el campo. No hay que ser físico cuántico para entenderlo. Y por otra parte, en lo que ha cultura se refiere, desde hace décadas, me parece que es uno de los fenómenos culturales más rancios y anticuados que existen. Un machismo dominante y agobiante, una cultura tóxica y de sustancias tóxicas, con el tabaco y el alcohol como tradicionales apoyos de los programas que se dedican al tema, cuando la legislación lo permite, un tribalismo no menos tóxico en el que no se celebra a los mejores sino a los de la tribu aunque sean unos negados o unos violentos, una incapacidad para hablar en público si no es con frases hechas («no hay enemigo pequeño», «hay que jugar los 90 minutos», «en este mundo no hay favoritos»,… por sólo indicar algunas tópicos de todos los días), y un sistema métrico absoluto, el campofutbolero, en el que todas las superficies se miden en unidades de «campos de fútbol», aunque el campo de fútbol reglamentario más grande sea casi el doble de grande que el reglamentario más pequeño. Todo absurdos. Pero en esta ocasión me servirá para traer aquí tres recomendaciones fotográficas relacionadas con mujeres.
En Oldskull nos han hablado recientemente del berlinés Helmut Newton. Un clásico de la historia de la fotografía, del que yo tengo algún que otro libro, de los más pesados, en kilogramos, de mi biblioteca fotográfica. El punto de vista del artículo es el de que Newton contribuyó con su obra al feminismo y a la liberación de la mujer. Mujeres poderosas, imponentes, las que aparecen con frecuencia en sus sesiones para el mundo de la moda. Independientes, sexualmente decididas y activas, enigmáticas… Pero hay otros puntos de vista para analizar o contemplar la vida y obra del fotógrafo. Para quienes lo conocieron, y hablan de su proverbial timidez, sería el fetichismo o la fantasía del tímido ante un sujeto, la mujer, mucho más inaccesible para él de lo que su obra nos hace suponer. Pero también hay quienes ven en la obra de Newton una fotografía explotadora del cuerpo y la sexualidad de la mujer, una obra que alimenta la fantasía de quien querría dominar a esas mujeres de apariencia poderosa. Si uno recorre la obra de Newton, probablemente encontrará ejemplos que apoyen cualquier de las tesis que se quieran plantear, siendo una obra amplia y compleja. ¿Donde se encuentra mi posición? Indecisa. He visitado al menos en tres ocasiones la Fundación Helmut Newton en Berlín, un interesante museo dedicado a la fotografía, que siempre tiene exposiciones de fondos propios dedicados al fotógrafo. Y siempre he considerado que es un fotógrafo de primer orden con una obra que, con más frecuencia de la que desearía, me confunde.
En el viaje a Japón de 2019 visitamos Ise. Y próximo a esta ciudad, en la costa, en la ciudad de Toba, la Mikimoto Shinju Jima, la isla de las perlas de Mikimoto, dedicada al mundo de las perlas cultivadas que desarrolló Mikimoto Kōkichi. Pero antes de que las perlas fueran cultivadas, las ostras perlíferas eran recolectadas por mujeres que se sumergían sin equipo alguno en el mar en su búsqueda. Son las ama [海女], las mujeres del mar, que originalmente se sumergían para recolectar alimentos del mar. Las ama no son exclusivas de la prefectura de Mie, donde se encuentran Ise y Toba. Las hubo por todo el litoral japonés. Pero también por otros países del oriente asiático. Y se han hecho muy famosas las haenyeo [해녀], también mujeres del mar, de la isla de Jeju en Corea, en el estrecho de Tsusima, entre la península coreana y el archipiélago japonés, que se sumergen para recolectar moluscos y otros animales marinos comestibles. El mismo fenómeno. Pero si en Japón en estos momentos las ama de Mikimoto son un reclamo turístico, en Jeju estas muejres siguen trabajando, muchas de ellas con edades muy avanzadas, porque las mujeres más joven no quieren trabajar en esto. Un oficio en extinción. En Another Magazine nos han hablado del trabajo de Peter Ash Lee documentando recientemente el trabajo de estas mujeres. Muchos son también los que dan una interpretación feminista a la actividad de las haenyeo, especialmente dado el carácter profundamentamente patriarcal de la sociedad surcoreana. Sin embargo, se puede analizar desde una perspectiva más tradicional, si comparamos con los grupos de humanos cazadores-recolectores, previos a la revolución agrícola. Los hombres se dedicaban a la caza, a la pesca cuando estamos junto al mar o un gran lago; las mujeres a la recolección. Y aquí también, las mujeres son recolectoras, mientras los hombres salen a alta mar con sus barcos a pescar. Puntos de vista. Las ama japonesas fueron objeto de interés fotográfico hace unas décadas, por el trabajo de Yoshiyuki Iwase. Un trabajo que hoy en día es visto desde un punto de vista crítico por la potencial sexualización de los pechos desnudos de las mujeres en las fotografías. Las ama de Mikimoto nunca se sumergieron desnudas, llevaban y llevan unos atuendos blancos que les cubre el cuerpo de la cabeza a los pies.
Menos controversia en la interpretación de quién es y la naturaleza de su actividad despierta la primatóloga Jane Goodall. Goodall fue una de las primatólogas, chimpancés, que contrató el paleoantropólogo Louis Leakey para el estudio de los grandes primates, junto con Birutè Galdikas, orangutanes, y Dian Fossey, gorilas. Goodall, actualmente 89 años, se ha pasado casi sesenta años estudiando a los chimpancés. Y es una auténtica heroína para quienes amamos las ciencias en general, la biología en particular. Incluso si algunos han criticado su metodología… crítica absurda cuando nadie ha hecho algo y alguien tiene que abrir el camino. Es normal que los métodos de trabajo, las mentalidades y las premisas cambien con el tiempo. La cuestión es que sus fotografías interaccionando con los chimpancés han impactado fuertemente en el imaginario colectivo y han contribuido notablemente a alimentar la mentalidad conservacionista y de respeto hacia los animales. En PetaPixel han dedicado recientemente un artículo a una de las fotografías realizadas por Hugo van Lawick en 1964 en Tanzania. Y creo que está bien terminar hoy con una figura que no supone dudas sobre el papel de la mujer en el mundo. Salvo, quizá, para los presidentes de las federaciones de fútbol, vaya usted a saber. Y similares.
Lo reconozco. Me cuesta horrores mantener correctamente mi archivo fotográfico. Mmm… Me corrijo. Me resulta relativamente sencillo mantener mi archivo fotográfico digital, aunque sea manifiestamente mejorable, pero en lo que se refiere a las negativos, diapositivas y fotografías físicas, tradicionales, soy un caos. Y por eso a veces me cuesta recordar cuándo fueron tomadas algunas fotos. He tenido discusiones y anécdotas divertidas al respecto, cuando me he hecho un lío con las fechas de unas determinadas fotografías. Por eso… benditos sean los datos EXIF de las fotografías digitales.
El caso es que no faltaron las cámaras para película fotográfica que dispusieron de sistemas de fechado de las fotografías. Generalmente se trataba de un respaldo de la cámara que, en el momento de realizar la foto imprimía con luz en la emulsión fotográfica la fecha, la hora o ambas a las que se realizaba las fotografía. Las fotografías que muestro hoy, y sobre las que hablo más extensamente en Una cámara olvidada durante 20 años o más, también en color – Canon Autoboy Tele QD con Kodak Ektar 100. Son un ejemplo de ello. Si son horizontales, en el ángulo inferior derecho de la fotografía se puede ver la fecha con números rojos. Si son verticales, entonces depende de cómo sujetes la cámara, en mi caso se puede ver en el ángulo inferior izquierda. Se puede leer «JUL 1 ’23». O sea, 1 de julio del 23. Donde el 23 es el año 2023, porque en 1923… esto no estaba disponible. Claro.
Pero tiene algunos problemas. Primero, que si los colores de esa zona de la foto coinciden con los de la fecha, o son muy luminosos, puede no verse correctamente. Y segundo… pues que hacen feo. Para uso en aplicaciones técnicas o científicas… pues bien. Para usos documentales… pues allá cada cual. Pero para un uso más artístico, muchas veces no se justifica que aparezcan esas cifras. Hubo cámaras que imprimían la fecha en el espacio entre los negativos, por lo que no aparecían en el fotograma, pero se podía consultar sobre la mesa de luz. Y claro… salvo que lleves una libreta y lo anotes, nada de valores de parámetros de exposición y esas cosas. Sip. A algunos nos gusta la experiencia de fotografiar con película tradicional. Pero la electrónica ha traído muchas ventajas a la eficiencia del proceso fotográfico. Será más aburrido, pero muy conveniente.