Llevamos varios años en los que el tiempo de otoño es sorprendentemente benigno. Temperaturas agradables, días soleados. Adiós a las nieblas persistentes que antaño duraban semanas en Zaragoza. Sin embargo, este año dio la sensación de que sí que era más otoño que otros. No lo sé. Con la crisis climática global ya es difícil saber si tus sensaciones se corresponden con los datos registrados por los meteorólogos.
La cuestión es que a finales de noviembre sí que tuvimos algunos días con nieblas. Las fotografías de hoy, y cuyas características técnicas podéis leer en Carlos en plata, son de esas semanas. En la que la luz de sol estaba matizada por un cierto grado de bruma, o simplemente desaparecida, por nieblas más o menos persistentes.
Llevo unos cuantos domingos sin recomendaciones fotográficas. Cosas que pasan en las fiestas navideñas. Unas fiestas que cada vez me apetecen menos. No las llevo bien. Me descolocan. Y lejos de imbuirme de ese espíritu de amor y solidaridad que proclaman los anuncios publicitarios y las películas de Hollywood, no veo más que hipocresía de la mala. En fin. Pero vamos con algunas recomendaciones de estas semanas atrás, con algunas instantáneas realizadas durante los días navideños.
Magnum Photos nos avisa del fallecimiento de Constantine Manos (1934-2025), fotógrafo de la casa, del que no recordaba haber oído hablar, aunque reconozco haber contemplado y apreciado algunas de sus fotografías en alguna que otra ocasión. Un fotógrafo muy típico dentro de la agencia, y no es nada malo. Diverso. Blanco y negro y color. Reportaje clásico y otros más íntimos. Es una buena ocasión para revisar su obra. Especialmente, para mí, por mis gustos, la de color.
Nobuyoshi Araki aparece en dos ocasiones en las últimas semanas. En Another Magazine se centran en explorar las fotografías del kinbaku o shibari, la restricción con cuerdas de los movimientos de una persona, muchas veces con una intención erótica. A Araki se le ha acusado en ocasiones de misógino por algunas de sus fotografías eróticas más explícitas. Pero por otro lado, Leire Etxazarra, en alguna publicación en redes sociales que ahora no encuentro, creía que era su cuenta de Instagram, nos hablaba del Sentimental Journey, las fotografías de la luna de miel con su mujer. Igual ha sido en otro sitio donde lo han recomendado. Da igual. Un trabajo maravilloso, que contradice esa imagen de misoginia. Y tuvo una triste continuación, el Winter Journey, el libro sobre el duelo por la muerte de su esposa. Como digo, con estos libros sobre una mujer que obviamente lo marcó, me resulta difícil verlo como un misógino. Más como yokai travieso.
Hay lugares y épocas que generan fascinación. A veces por los valores que representan, otros por las contradicciones y los peligros. El Berlín dividido de la guerra fría es uno de esos lugares. Entre los gritos de libertad del lado occidental y la oscura represión del lado oriental. Por eso, cuando llegan documentos fotográficos de esa época, no puedo evitar fijarme en ellos. Como la propuesta que nos llega desde American Suburb X, de repasar el trabajo de Gundula Schulze Eldowy, fotografías realizadas en el lado oriental de Berlín entre 1977 y 1990. Por lo tanto, una época en la que ya se infiltraban los vientos del cambio que parecía que nunca llegaría.
Los preppers son un movimiento curioso. La gente que se prepara para un cataclismo global, que no dudan en pensar que va a llegar, con el fin de sobrevivir al apocalipsis. Cualquier análisis racional del asunto, y no pongo en duda en que una catástrofe podría llegar, aunque creo que los problemas, graves, irán por otro lado, nos hace ver que los preparativos que hacen probablemente serán de poca ayuda. Que la supervivencia sería más un poco cuestión del azar junto con habilidades concretas, o estar en un grupo con gente con esas habilidades, que permita ir tirando. La cuestión es que segúnda el tipo de catástrofe, igual no merece la pena sobrevivir. Pero el fotógrafo Charles Négre afronta el fenómeno, el de los preppers, no el de las catástrofes, con una mezcla de ingenio y humor, a través de naturalezas muertas y de fotografías de maquetas. Me ha parecido muy curioso. Lo hemos visto en LensCulture.
Ursula K. Le Guin es una de la autoras más destacadas de la ciencia ficción y la fantasía del siglo XX. Y sin embargo, no le he dedicado el tiempo necesario teniendo en cuenta ese estatus. Por ejemplo, en el ámbito de la fantasía, no le he dedicado tiempo a su Terramar, aunque tengo un libro de esa serie en lista de espera. Sólo me hace falta encontrar la motivación del momento. He leído algún otro relato corto además de este de 1973 que traigo aquí. Y además… su bibliografía es tan extensa. Necesito encontrar alguna guía de recomendaciones para iniciarse en la lectura de la autora.
Con frecuencia, los totalitarismos de cualquier signo justifican sus desmanes en el bien común o en el bien de la patria, aun perjudicando a la mayoría y, especialmente, al «chivo expiatorio» de turno. Extranjeros, otras religiones… cualquier diferencia cultural o social es válida. En las fotos, los edificios del EUR en Roma, que iba a ser una celebración del fascismo italiano, arruinada por la guerra mundial.
Pero en un momento dado, tras volver de un viaje de vacaciones, cayó en mis manos este relato corto de Le Guin, uno de los más celebrados de la californiana, que nos dejó no hace tanto, en 2018. En él, Le Guin nos transporta a Omelas, una ciudad en un lugar indeterminado, en el momento en que se celebra el solsticio de verano. Un lugar ideal, en el que, aunque no hay grandes avances tecnológicos, hay una sociedad igualitaria, sin desequilibrios en el reparto de la riqueza. Un lugar de ciudadanos cultivados, inteligentes. Es la utopía. Hasta que el narrador nos traslada a un rincón de la ciudad, donde se mantiene preso, a oscuras, en la miseria y en la inmundicia a un niño. Es el sacrificio que hay que hacer para mantener la felicidad de los ciudadanos de Omelas. Algunos de ellos se acercan a visitar al niño. No está prohibido, cualquiera lo puede hacer. Y muchos de ellos, al verlo, deciden abandonar la ciudad. Son quienes se marcha de Omelas.
El relato corto lo he leído en una edición de Nórdica, reciente, pero existen otras más antiguas, con otros traductores, en los que se titula en castlellano Los que abandonan Omelas. Y dicen que hay también versiones que se titulan Los que se alejan de Omelas. Con frecuencia se ha publicado en colecciones o antologías de relatos cortos de la autora. En cualquier caso, con economía de medios y conceptos, Le Guin lanza un reflexión ética de enorme calado y profundidad. No existen las utopías. Toda utopía es una distopía en el fondo. No puede haber felicidad para unos sin la desgracia de otros. Es el concepto del chivo expiatorio. Para que la mayoría disfrute, algunos han de ser sacrificados. ¿Es esto ético? ¿Es esta una felicidad real, la construida sobre el sufrimiento de los demás?
Le Guin no da soluciones al dilema. No es infrecuente en las sociedades y las organizaciones humanas que se sacrifique el bienestar o los intereses de algunos en beneficio de la mayoría. Tampoco es infrecuente que se aduzca el bien de la mayoría por parte de los gobernantes para introducir normas o acciones dañinas para algunos, y al final son unos pocos los que se benefician, mientras que el número de perjudicados real es mayor. La reflexión ética, y política, que provoca el relato es clara. Y a pesar de lo devastador que resulta, hay un punto de esperanza. Al menos algunos reconocen la injusticia. Y si bien no se rebelan y la eliminan, al menos abandonan la ciudad, quizá para dirigirse a lugar más difíciles… pero quizá ¿menos injustos? En cualquier caso, una lectura muy recomendable.
En estas navidades me he hecho con un nuevo flash fotográfico. Un capricho más que una necesidad. Pero muy divertido de usar. Y con un aspecto muy retro. Si queréis conocer los detalles, podéis visitar la publicación que lo explica en Carlos en plata.
La mayor parte de las fotografías corresponden a un paseo fotográfico realizado con compañeros de AFZ Asociación de Fotógrafos de Zaragoza, para fotografiar la iluminación navideña en Zaragoza durante las horas crepusculares. Y me lo llevé para usarlo de relleno e iluminar los primeros planos. También tengo una foto realizada en el entorno familiar durante la Nochevieja. Así que… feliz año (5*3^2)^2, si no os lo había deseado con antelación.
El segundo día del año nos dirigimos a las salas de cine por primera vez en este 2025. Un principio de año en el que nos cuesta mucho encontrar películas que nos motiven. El género de terror, además, y especialmente la historia de Drácula, tampoco han sido nunca de mis favoritas. Quizá la versión más interesante de todas fue una bastante irreverente con la propia mítica del personaje. Bueno… no. La versión más interesante es el nosferatu original de Murnau. Y quizá debamos empezar por entender ese nosferatu original, para entender el actual. Y escribo nosferatu con minúscula y en cursivo, porque sería una palabra de un idioma extranjero, rumano, que significa no muerto. Aunque no está claro que en rumano exista tal palabra y no sea una mera invención literaria, que aparecía ya en la novela de Bram Stoker. Dicen. No la he leído.
Supongamos que Hamburgo, u alguna de las otras ciudades hanseáticas del mar del Norte o el Báltico en Alemania, sea una inspiración para la ficticia Wismar de «Nosferatu»…
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Pero vamos con Murnau. Y su época. Y su país. Porque no nos olvidemos que para valorar la obra de arte, la obra creativa, nos tenemos que situar en el hic et nunc, literalmente el aquí y ahora, es decir, el tiempo y el lugar en el que surge y es creada. Alemania. 1922. Poco más de tres años tras el final de la guerra mundial que arruinó al país. Con el expresionismo en su apogeo. Murnau quiere utilizar a Drácula para hablar de cosas. Cosas que importan. Pero no quiere negociar derechos y no quiere ser fiel a algunas cosas del original literario. No hay conde Drácula, hay conde Orlok. No viaja a Londres, sino a la ficticia y portuaria ciudad alemana de Wismar. No acaba con la tripulación de la goleta, son las ratas que le acompañan con la peste en su sangre. El mundo acaba de pasar, no solo una cruenta guerra, sino una costosa (en vidas) pandemia de gripe, que todavía está dando sus últimos coletazos, sus últimas ondas epidémicas, en 1920. Y Alemania, la República de Weimar, se encuentra convulsa, con tensiones políticas, al mismo tiempo que una ola de liberación cultural y de costumbres sacude el país, con cambios en los roles de las clases, de los sexos, de las instituciones, de los artistas,… Y además tenía poco dinero. Y haciendo de la necesidad virtud, surge una obra de arte de ese expresionismo cinematográfico alemán, donde los cambios en la historia, por sutiles que parezcan, por el argumentos es «casi» clavado al del original de Stoker, son fundamentales para reinterpretar las metáforas que acompañan a la película.
De la misma forma que el Drácula original ha sido reinterpretado o vuelto a adaptar en numerosas ocasiones, con mayor o menor éxito, también el nosferatu de Murnau ha sufrido este proceso. Quizá no en la misma medida, pero sí apreciablemente. Sin contar los híbridos de ambas versiones, como considero yo la versión de Herzog, que vi en su momento, en la que se conservan los nombres de los personajes de la novela de Stoker, mientras que se ambienta en la ficticia Wismar de Murnau. Y en esta ocasión ha sido el turno para Robert Eggers, un director que se ha puesto de moda con sus inquietantes historias que atraen a tanta gente, y a quien le reconozco una gran habilidad para la puesta en escena, pero menos habilidad a la hora de conseguir que me interesen sus historias. Eggers se mantiene fiel al guion de Henrik Galeen, que firmó el de la película de Murnau, pero altera los aspectos visuales y trabaja a fondo con los personajes para darles su propia visión.
Y aquí es donde empiezan, para mí, los problemas, aunque me ponga a la contra del éxito de crítica y público que parece estar teniendo la película. Su alto nivel de diseño de producción y sus aspectos visuales, son indudablemente de primer nivel. Una de las representaciones más auténticas de lo que imagino yo de la historia, situada en la primera mitad del siglo XIX, y con la asociación con la muerte, la enfermedad y la putrefacción que tiene el personaje principal (Bill Skarsgård), el nosferatu. Hasta ahí, es decir, el primer acto de la película, el viaje de Hutter (Nicholas Hoult) a los Cárpatos, sin problemas. Aunque empiezan a chirriarme algunas cosas, como esos gitanos tan tópicos, o como esa lady godiva transilvana, y absolutamente gratuita, sin mucho sentido. Pero cuando toca regresar a la ficticia Wismar… las cosas empiezan a no convencerme. Para empezar, por las interpretaciones excesivas, histriónicas en ocasiones, de Ellen Hutter (Lily-Rose Depp) y, especialmente, del trasunto de Van Helsing, el doctor von Franz (Willem Dafoe), cuya verborrea sin sentido me saca por completo de la película. Comienzan a producirse numerosos diálogos que me resultan absolutamente ridículos. ¡Bendita sea la versión muda de Murnau! Llega un momento en que, lejos de generarme terror o inquietud, empieza a producirme cierto grado de (involuntaria) hilaridad. De la mala. De la que no toca. A lo que llegamos al último acto y desenlace de la película,… estoy totalmente fuera de ella.
Algo necesario cuando afrontamos un relato de ficción, es que el espectador o lector entre en un estado de renuncia voluntaria a su incredulidad. Especialmente fundamental en un relato mucha dosis de fantasía. Pero para que esta renuncia se mantenga, la obra debe mantener una cierta coherencia interna. No incluir elementos o recursos argumentales que chirríen, para impedir que el lector/espectador abandone ese estado de incredulidad. Desgraciadamente, el cine actual acusa una exagerada verborrea. Entra en explicaciones sin sentido, generalmente acompañadas de interpretaciones vacuas. A mí me expulsa con facilidad de la ficción que se desarrolla ante mis ojos. Es uno de los elementos principales de mi aversión a los superhéroes.
La falta de economía de medios, no conceder al espectador un razonable nivel de inteligencia, por lo que parece necesario explicarle todo, nos lleva a película demasiado largas, prolijas y que a mí no me convencen. Indudablemente, a los fanes de este tipo de historias, es muy probable que les entusiasme. Pero a mí,… el enfoque de Eggers no me funciona. Y de repente, por mucho esfuerzo de producción y puesta en escena que haya, unas interpretaciones más normalitas de lo que nos están vendiendo, y además exageradas, y una forma de contar de la historia con muchos elementos que me sobran… pues no. Salí molesto del cine. La verdad.
Generalmente, las series de nacionalidad japonesa no las separo de las del resto del mundo como hago con las surcoreanas. Estas últimas presentan características tan propias y tan peculiares, y constituyen un rito particular en mi condición de telespectador, las series de los fines de semana, que las comento aparte. Pero con las japonesas… no. Unas más. No obstante, en esta ocasión voy con dos estrenos recientes del País del Sol Naciente agrupados. Estrenos recientes en Netflix en algo parecido al simulcast o transmisión simultánea. Es decir se emiten al mismo tiempo en cadenas de su país de origen y en Netflix. O si no es al mismo tiempo, es con muy poco retraso. Es lo que sucede con muchas series surcoreanas de Netflix, que aparecen como «originales» de la cadena, pero no son de producción propia. Estas japonesas no aparecen como «originales».
Como sucede con frecuencia en las series japonesas, las localizaciones pueden ser ficticias. En cualquier caso, en la segunda de las de hoy, es una ciudad costera. Como Katsuura, en la península de Kii, donde pernoctamos en 2019 cuando visitamos la ruta de peregrinación de Kumano Kodo.
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La segunda que empecé a ver, aunque la terminé antes puesto que ya estaba disponible de forma completa en Neflix fue Eye love you (アイラブユー), con título original en inglés, que es un juego de palabras, es homófono con I love you (te quiero). Y la cosa va del romance entre una mujer japonesa (Fumi Nikaidō), de 30 años, ejecutiva en una empresa chocolatera con sensibilidad medioambiental, que pasa de ligar porque tiene propiedades telepáticas, y escucha los pensamientos de los demás cuando los mira a los ojos (de ahí el título). Y en un momento dado liga con un estudiante de doctorado surcoreano (Chae Jong-hyeop), que trabaja de repartidor de comida a domicilio, y que como piensa en coreano, no lo entiende. A partir de ahí, todo tipo de enredos, a los que hay que añadir los de los personajes secundarios. Me llamó la atención por su protagonista femenina. He visto a Nikaidō en alguna película, principalmente de corte dramático, e hizo un papel que me gustó mucho, a pesar de que salía poco, en la serie más exitosa del año pasado. Pero siempre papeles dramáticos. Pero aquí aparece en un papel de comedia romántica, y me entró la curiosidad. Una serie que pretende asumir algunos de los recursos de las comedias románticas surcoreanas. Pero con la ventaja de ser 10 episodios en lugar de 16, y de 45 minutos de duración en lugar de 70. Me lo pasé bien. Aunque sea tirando a intrascendente. Es simpática.
La primera que empecé a ver, pero que terminé más tarde, por ser emitida capítulo a capítulo cada semana, es Raion no kakurega [ライオンの隠れ家, la guarida del león], conocida en inglés/castellano como Light of my lion/La guarida del león (esta última la traducción literal del título original). Es un drama familiar. El protagonista es Hiroto, un hombre joven (Yūya Yagira), que lleva una vida tranquila trabajando como empleado municipal, y cuidando de su hermano (Ryōta Bandō) que padece un trastorno del espectro autista. Cuando aparece en la puerta de su casa un niño, que dice llamarse León (Raion ライオン, adaptación al japonés del inglés lion). Hiroto sospecha que es el hijo de su hermana (Machiko Ono), que desapareció de sus vida cuando era una adolescente, casada con un empresario, y que se sospecha se ha podido suicidar. Aunque de fondo está la peripecia sobre la hermana y el niño con el padre del crío, la serie va del buen rollo de los valores familiares. Tiene momentos inspirados y momentos menos inspirados. Pero está muy bien valorada por el público en su país. El argumento tiene alguna inconsistencia, hay tramas secundarias con poco sentido. Por ejemplo, la relación con su compañera de trabajo, parece destinada al romance, pero no se resuelve de ninguna forma precisa y resulta superflua. La actriz es muy mona pero muy floja. Y otras que están poco explotadas a pesar de ser interesantes, como la relación entre la periodista y el policía. Es una de esas series que te dejan con la sensación de que había material para ser mucho mejor.
Como ya explico en Carlos en plata, de vez en cuando me salen fotos anodinas, sin mucho interés. Incluso me había planteado ignorar supinamente la fotografías de este rollo de película. Pero al final… pues aquí hay algunas. Sin más. Y es que hoy es el día adecuado,… porque hoy es un día sin más… espero,… que simplemente tiene que pasar. Dicen que estos días de enero son los más tristes del año. Nunca había pensado mucho en esas cosas, pero este año va a ser verdad. O algo.
Desde que abrí mi cuenta en Goodreads, a final de año realizo un resumen de mis lecturas durante la ronda solar que termina. Y lo suelo hacer el día de Reyes,… porque es un día tranquilo para escribir este tipo de entradas. Para el año 2023, me dicen en GoodReads que son 70 los libros que he leído. Nada más y nada menos que 19 más que el año pasado. Y 39 más que en el 2023. Pero… como decía el año pasado, todo es matizable. Pero sí que he mejorado con respecto a estos últimos años en los que me ha costado concentrarme mucho en la lectura. Las fotos proceden de las primeras que he hecho este año… al menos con cámara digital.
En 2023, 51 libros frente a los 70 de este 2023 que acaba de terminar. Muy similar. Pero si este año han supuesto un total de 17 063 páginas, 243 páginas por libro de promedio, en 2023 fueron un total de 9 562 páginas, con un promedio de 187 páginas por libro. Está clara la diferencia, no. Cuantitativa y aparentemente he leído apreciablemente más. Eso es así. Luego veremos algunos matices, en los apartados cualitativos.
Veinticinco de los libros que he leído son cómics, frente a quince en 2023. Por lo tanto, de esos 19 libros más que he leído, una proporción superior al 50 % son cómics. Todos los años leo varios relatos gráficos. Pero este año, esa cifra viene aumentada por varios factores. He seguido leyendo los volúmenes de Dandadan de Yukinobo Tatsu, que me los han ido prestando, conforme han ido saliendo. Pero han sido menos que el año pasado, cinco volúmenes. Pero he seguido muy apegado a estas simpáticas aventuras, especialmente con el aliciente del estreno de su adaptación en serie de animación. Pero otra serie de animación, me llevó a acercarme a la obra de Inio Asano. Me leí el completo de Dead Dead Demon’s DeDeDeDe Destruction, que son 12 volúmenes del mismo tipo que los anteriores. Pero además, una colección de relatos, todos los volúmenes de Solanin, agrupados en solo libro, y La chica a la orilla del mar agrupados en dos volúmenes. Esta última todavía no la he comentado. Más un libro de relatos cortos. La cosa es que es difícil comparar unos libros con otros. Solanin equivale a dos volúmenes del tipo de los doce de DeDeDeDe. La chica… también son dos volúmenes, y se venden por separado… Así que, cuenta como dos libros, aunque tiene una extensión similar a Solanin, que cuenta como uno. Mientras que DeDeDeDe sería como seis veces la extensión de este último, pero son doce libros. Por eso,… lo del número de libros leídos… es muy relativo.
A lo anterior hay que añadir otros extremos. Tengo pendiente de comentar un relato corto de sólo 40 páginas, y no es el libro más corto del año. Este es otro relato corto con sólo 24 páginas, en un único volumen. Menudean en mi listado de libros leídos durante el año las que pueden ser consideradas como novelas cortas. Por ejemplo, todo un quinteto de Aki Shimazaki. Aunque es un concepto cuya definición es algo imprecisa. El libro más largo que he leído en 2024 tiene 1128 páginas, y también fue una lectura inducida por una serie de televisión.
Mis puntuaciones con cinco estrellas se han ido a un relato corto de Ursula K. Le Guin que todavía no he comentado, a varios volúmenes de los manga de Inio Asano, a una dura novela de Coetzee, que se inspiró en otra de Buzzati que también entra en esta puntuación, a otra dura novela de Kenzaburo Oe, a Kawabata, otro autor nipón, y a mi despedida a Paul Auster. Mi promedio anual ha sido de 3.9 estrellas, en línea con otros años. Creo que no selecciono mal lo que leo, y hay muchos con cuatro estrellas.
Curiosamente, al igual que el año pasado, el libro más valorado en Goodreads es un cómic, la 13 entrega de Dandadan. Creo que hay otros muchos mejores, de sobras, aunque sea muy divertido ese libro.
En cualquier caso, he conseguido sobrepasar el reto de 35 libros que me había propuesto de forma muy sobrada. Como el año pasado los periodos vacacionales han sido fundamentales para dar un empuje a mi actividad lectora, ya que son momentos en los que me relajo y me animo con las lecturas. Que además me cunden mucho en los desplazamientos viajeros, si no me enredo a hablar demasiado con mis compañeros de viaje.. Para 2024… me he propuesto una meta un poco más ambiciosa. 40 libros. Parece que he terminado el año más animado en la lectura. Pero quien sabe lo que puede pasar a lo largo del año. No pongo más. No vaya a ser que caigan menos aventuras cortas y cómics en mis manos este año que viene. En cualquier caso, en estos momentos estoy en los percentiles más elevado en Goodreads en cuanto a libros leídos al año. Y es que la gente lee poco…
Si todo va bien, dedicaré la mañana del día de Reyes a hacer un repaso a lo que he leído en el 2024. Pero dejo constancia que aun me quedarán tres lecturas por revisar en este Cuaderno de ruta; un relato corto, un manga en dos volúmenes y una entretenida aventura espacial. En total, cuatro libros, más un quinto que no comentaré porque pertenece a una serie de manga de la que he hablado en varias ocasiones, y no tendría mucho más que aportar. Pero hoy vamos con una novela de la autora japonesa Mitsuyo Kakuta, cuya lectura terminé allá por el 10 de diciembre, en el tren durante el viaje en el día a Barcelona.
La mujer japonesa, con demasiada frecuencia, es vista desde una perspectiva muy estereotipada, afectada por los prejuicios y los tópicos. Y así es difícil conocer exactamente cual es su naturaleza real.
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Ya leí una novela de Kakuta hace unos pocos meses, una novela que me despertó sentimientos encontrados, algunos muy positivos, otros no tanto. Kakuta es una escritora que vende bastante en su país. Algunos de sus libros han vendido un millón de ejemplares en la edición en idioma original. Eso es algo rarísimo en una autor español. Sí, la población española es 2.5 veces inferior a la de Japón, 48 millones frente a 124 millones. Pero claro… hay casi 500 millones de hispanohablantes como lengua materna en el mundo, y unos 100 millones como segunda lengua. Y el japonés… pues los hablan esos 124 millones y poco más. Evidentemente, quien visite una librería en Tokio y otra en Madrid entenderá que el vigor del ámbito editorial del País del Sol Naciente es mucho mayor que el español. Según algunas estadísticas, no siempre fáciles de precisar, en Japón se publicaría del orden de 140 000 libros al año entre novedades y reediciones, mientras que en España sería la mitad. Bueno… si lo miras bien, el número de libros editados por persona sale a favor de España… pero no sé. El caso es que el éxito de la escritora en su país, y que poco a poco se hayan publicado en nuestro país sus libros más destacados, me llevó a adquirir algunos de ellos. Este que comento hoy es el segundo.
Me ha gustado más. Aunque el planteamiento del libro es muy distinto, los temas no se van muy lejos. Kakuta nos presenta a dos mujeres trabajadoras. Una de ellas, Sayoko, la protagonista, es una mujer de 35 años que quiere dar un cambio en su vida. Madre de un hija, ama de casa, siente que no se integra bien con otras madres, y que su hija no se integra con otros niños. Así que decido que ella se va a poner a trabajar y a llevar a la niña a la guardería. Ante la frialdad del marido, y la oposición de otros familiares. Aunque de joven tuvo empleos interesantes, ahora, con su edad y falta de experiencia reciente, apenas puede aspirar a trabajos en servicios de limpieza, pero lo acepta. La otra es Aoi, la propietaria de la empresa. En miradas retrospectivas, conoceremos la vida escolar y cómo se lanzó a la vida laboral. Ambas coincidieron en la universidad, aunque no se conocieron. Y su vidas han sido muy distintas, porque Aoi ha sido una mujer independiente y emprendedora. Aunque de dudoso éxito. La cuestión es que ambas están en crisis y quizá la solución esté en una colaboración mutua. Aunque esa solución no será evidente desde el principio.
Kakuta sigue reflexionando sobre el papel de la mujer en la sociedad japonesa. Un papel difícil. La brecha de género en el país nipón es grande. Las diferencias de consideración salarial, de capacidad de realizar una carrera, la dificultad para abandonar roles tradicionales de amas de casa. Al mismo tiempo, la escasa disponibilidad de los maridos, absorbidos por una cultura laboral que les obliga a hacer muchas horas desatendiendo sus familias, dando por hecho que las mujeres se encargan de ellas, también producen brechas en el interior de las familias. No por nada cada vez hay más mujeres japonesas que no quieren saber nada de casarse.
En cualquier caso, Kakuta nos presenta algunos de esos problemas de una forma amena a través de estas dos mujeres. Sayoko es la mujer común, con la que se pueden identificar más fácilmente una mayoría de lectores de una forma u otra. Aoi es la mujer más conflictuada, la opción alternativa. Y entre ambas se generará una dinámica. Como ya he dicho, de alguna forma son complementarias y se necesitan. Pero tendrán que hacer cesiones mutuas. Y además, poner en orden otras dimensiones de su vida. Encontrar un nuevo equilibrio. De alguna forma, los planteamientos de este libro me han convencido mucho más que los del primer libro que leí de Kakuta. Aunque eso sí… la historia de Aoi, contada de otra forma, daría para otra novela, potencialmente muy interesante.
Hoy no ando con mucho tiempo, pero no quería dejar esta semana sin entrada televisiva. No vaya a ser que se me acumulen muchas series. De hecho, ya se me han acumulado muchas series. En pocos días, cuando pensaba que se me estaban agotando las que tenía pendientes de comentario. Y hoy vamos con comedias con episodios de corta duración. Tradicionalmente, estas comedias de episodios cortos han sido las comedias de situación o sitcom para los más anglófonos de los castellanoparlantes. Pero la comedia de situación suele ser comedia pura, incluso si permite algún momento de dramilla, muy ligero y tal. Sin embargo, desde hace un tiempo, tenemos comedias con episodios que rondan los 30 minutos, que quizá entren más en el concepto de comedia dramática, o dramedia, para los que adaptan directamente el término inglés dramedy. Una adaptación correcta por otra parte. Un acrónimo bien formado. Como lo está desde hace siglos el término tragicomedia. Vamos con dos dramedias. Una más comedia, otra más drama, pero dramedias.
Hemos podido ver en Netflix Nobody wants this. Diez episodios de media hora de duración protagonizados por un rabino muy comprometido con su labor pastoral (Adam Brody), y una podcastera (Kristen Bell) que habla de relaciones y sexo con su hermana (Justine Lupe) en sus emisiones. Por supuesto, gentil. Cuando gentil no quiere decir agradable y simpática sino no judía. Y empiezan una relación poco a poco, improbable, pero que se va afianzando más allá de la atracción física, claro. Pero claro, en sus entornos respectivos, especialmente entre la familia del rabino y en su sinagoga, nadie quiere esta relación. Y a partir de ahí, os podéis imaginar. No está mal. Tiene momentos inspirados. Pero al mismo tiempo, me resulta demasiado inverosímil en algunos momentos, poniendo a dura prueba mi renuncia voluntaria a la incredulidad. Interpretaciones entre correctas y bastante buenas, según los casos, y diálogos entretenidos, como corresponde a una buena comedia. Esta es la que es más comedia que drama. Kristen Bell está lejos de sus mejores momentos… hace 20 años, pero cumple. En realidad, es de esas series en las que los secundarios muchas veces son lo mejor.
Más seria, aunque disfrazada de drama, es la segunda temporada de Shrinking. Está en Apple TV+, y los que lo ven todo doblado y traducido la encontrarán como Terapia sin filtro. El título original es una juego de palabras entre los psiquiatras, a los que los anglófonos llaman coloquialmente shrink, y el significado de la palabra que es encogerse. La primera temporada ya me gustó. Mucho. Y la segunda temporada también. Incluso si detrás de un aspecto más amable, ha sido en realidad más dramática. Engaña mucho esta serie. El duelo es el principal tema, junto con la relación padre-hija. Pero también la decadencia de la vejez, otras relaciones progenitores-vástagos más diversas y variadas, el sentimiento de culpa, la redención, la familia en general, la amistad… Tiene buen rollo, pero tiene momentos realmente complejos. Acompañado todo por ese disfraz de comedia, con excelentes diálogos y muy ágil. Claro,… el reparto se las trae. Hacía tiempo que no veía a un Harrison Ford tan inspirado. Pero todos lo hacen muy bien. Visitad el enlace a IMDb y allí tenéis todo el reparto. Tendremos tercera temporada. Igual que de la anterior tendremos segunda temporada. Las veremos si nada lo impide.
Hace ya un tiempo que buscaba una revitalización con mi única cámara Nikon, una veterana Nikomat, fabricada hace más de 50 años, pero en un estado impecable. La he venido usando, esporádicamente, con un objetivo estándar. El típico 50 mm. Bueno… no tan típico, que es muy luminoso, especialmente para su época. Ya que puede tener todavía más años que la cámara. Pero me apetecía tener también un gran angular.
Me puse a la tarea, y conseguí a principios de este pasado mes de diciembre un 28 mm a un precio muy razonable y en un estado impecable. Un 28 mm sencillo. Pero a la luz de los resultados obtenidos con el primer rollo de película que expuse con él, bastante competente. Capaz de ofrecer una buena calidad de imagen a pesar de sus años. Es más moderno que la cámara y el 50 mm, pero con una fórmula óptica igual de veterana. Los detalles en la publicación correspondiente de Carlos en plata. Aquí, simplemente, algunos ejemplos del estreno.
En el año 2024 he registrada como vistas 65 películas de estreno a lo largo del año. La primera fue el 5 de enero y la última en el día de Nochebuena. De esas 65 películas, vi 47 en salas de cine, mientras que las restantes 18 fueron estrenos directos en plataformas en línea. Algunas de estas últimas tuvieron un estreno simbólico en salas de cines, de unos pocos días, generalmente una semana, con un número de sesiones limitado. Si es posible las veo en sala grande porque, sinceramente, aunque lo vaya a tener disponible en la televisión una o dos semanas más tarde, prefiero ver el cine en pantalla grande. Pero cada vez lo ponen más difícil. Como suele suceder, la inmensa mayoría de los estrenos que he visto en plataformas corresponden a Netflix, 13 películas, mientras que he visto cuatro en Amazon Prime Video y una en AppleTV+. Las fotografías acompañantes son las últimas que he hice en 2023… por lo menos con cámara digital.
Las películas que tengo registradas en mi base de datos desde el 28 de diciembre de 1997 hasta la fecha son un total de 1635. Con un promedio de unas 60.5 películas de estreno vistas al año, incluyendo también estrenos de antaño que se reestrenan en pantalla grande, cuando nunca vi previamente esa película en salas de cine. Para todas las películas que veo incluyo cuatro valoraciones: dirección, interpretación, subjetiva y global. Para conocer los criterios por los que valoro las tres primeras, visitad la explicación correspondiente. La valoración global es el resultado de aplicar una fórmula matemática de mi invención:
Global = (Subjetiva*3 + Dirección*2 + Interpretación)/6
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Por supuesto, el dar más peso a unos elementos que a otros es algo totalmente personal. Pero es que si incluyo algo que se llama “valoración subjetiva” en la fórmula, pues es lo que podéis esperar; una valoración personal e intrasferible, aunque motivada, de lo que más me gusta. Que no necesariamente tiene que ser lo que le guste a otros. No hago crítica cinematográfica; solo comparto lo que veo y lo que me parece.
Hay otra cuestión. Si se contrasta la lista que ofrezco en la entrada de hoy con las valoraciones de cada una de las películas en el momento en que las vi y las comenté, pueden no ser iguales. Aunque este año sí lo son. La valoración personal de una película cambia con el tiempo. También puede suceder que visionados posteriores, por ejemplo en vídeo o televisión, hagan cambiar esa valoración.
La valoración media ha sido de 3.38 puntos; la segunda más alta de estos 27 años completos, cosa que de nuevo me ha sorprendido, porque las puntuaciones en los estrenos directos en plataforma en línea se han saldado con valoraciones en general pobres. Pero lo cierto es que la variabilidad en las puntuaciones ha sido la más baja de los 27 años completos. Es decir, suelo tener relativa buena intuición a la hora de evitar malas películas, aunque de vez en cuando me coma alguna de la que esperaba algo más y, al final, me resulta estomagante. Como digo habitualmente, podríamos decir que no selecciono mal las películas que voy a ver. Y he evitado determinados estrenos en plataformas, con lo que antes me arriesgaba. Lo cierto es que me cuesta ponerme a ver largometrajes en la televisión. Y como he mencionado en otras ocasiones, el rechazo a ir por sistema a ver determinados blockbusters, me ahorra películas malas. Por ejemplo, evito en líneas generales el cine de superhéroes. Que sistemáticamente… no me gustan. Por supuesto, como viene siendo norma en los últimos años, todas las películas han sido visto en versión original. Aunque la salas no siempre nos lo ponen fácil, por los horarios, por el número reducido de sesiones en versión original, por el escaso número de días en cartelera, no concebimos ya una película doblada. Nos suena horrible. Y no hemos visto algunas películas interesantes porque se nos han escapado. Es lo que hay.
¿Existen diferencias de calidad entre los distintos proveedores? Veamos una tabla.
Proveedor de películas
Número de películas vistas
Puntuación Global Media
Puntuación Subjetiva Media
Salas de cine
47
3.52
3.36
Netflix
13
2.92
2.69
Amazon Prime Video
4
3.29
3,00
Apple TV+
1
3.00
3.00
Totales
72
3,38
3,36
Creo que las cosas están claras. Somos muy cuidadosos con lo que elegimos ir a ver al cine. Y suelen ser películas sobre las que nos hemos informado, y que garantizan un mínimo de calidad. Y a partir de ahí lo que sea. Mientras que lo que veo en plataforma, en muchas ocasiones son meros actos de divertimento en los que arriesgas más. Al fin y al cabo, la suscripción mensual la tienes pagadas. De todos modos, este año, la puntuación media en salas de cine ha disminuido algo, y las de las plataformas ha mejorado. No obstante, no tengo la sensación de que haya sido un gran año. Y hay un hecho muy determinante para esta sensación; las 10 películas mejor puntuadas, fueron vistas en la primera mitad del año, especialmente en los primeros meses, durante la temporada alta de películas que optan a premios. Bueno, una de ellas fue vista en julio… pero fue un reestreno de animación japonesa que nunca había visto en salas de cine.
A continuación, las diez películas que más he valorado. Y este año, las diez películas que lideran la clasificación son realmente diez. Lo cual sólo había pasado el año pasado. Normalmente son unas cuantas más, por los empates en la puntuación con la que haría la décima. Pero este año… ha cuadrado. Y es la segunda vez, como el año pasado, en la que no entran en la tabla las que tienen una puntuación global de 4.00. Ha hecho falta puntuar al menos 4.17 en la puntuación global para entrar entre los 10 primeros puestos. Y otra de las películas de la lista también, además de la de animación japonesa mencionada, es un reestreno de una película de antaño, también japonesa. Bueno… desconozco si alguna vez se había estrenado de forma comercial en España. En cualquier caso, en el 2023, también entró en la lista una conocida película de antaño.
He de decir que no hay que considerar la ordenación anterior como absoluta. Hay seis películas empatadas con la máxima puntuación del año, es la puntuación que les di en su momento, y la he respetado, después de repensármelo. Pero si tuviese que establecer mis preferencias más absolutas, Civil War y Aku wa sonzai shinai [悪は存在しない] son las dos películas que realmente liderarían la lista. Sin decantarme por una o por otra, porque son muy distintas y no son fáciles de comparar.
Y creo que con esto lo dejaré estar ya este año. Un saludo y mucho cine. Nos vemos en las salas de cine… suponiendo que el lamentable sistema de distribución y exhibición en salas no siga maltratando el cine de calidad y en versión original, como viene sucediendo últimamente.