Fotos realizadas en las islas Lofoten, Noruega. También en versión Substack.
Jon Fosse es uno de los ganadores del Premio Nobel de Literatura más recientes. Galardonado en 2023, es escritor y dramaturgo, el cuarto noruego en recibir el premio. No lo conocía. Por lo que he visto en su biografía, cuenta con 66 años en la actualidad, y ha sido relativamente prolífico, tanto en su producción teatral como en en el número de novelas, y otros escritos. Tengo la costumbre de leer al menos una obra de cada ganador del premio cuando se me pone a tiro. Aunque sin una norma o dinámica definida; en cualquier caso, apareció de oferta esta novela corta hace pocos meses en mi tienda habitual de libros electrónicos y la cogí.
Fosse nos plantea una reflexión sobre la vida en esta pequeña obra. Y lo hace dividiendo el texto en dos partes. En la primera nos lleva al momento del nacimiento y el primer día de vida de un niño. En la segunda, ese mismo niño ya anciano comienza por la mañana el que va a ser su último día de vida. La primera parte está vista desde el punto de vista del padre del recién nacido y de otros miembros familiares, expresando las expectativas y deseos para la nueva vida que llega. La segunda… la segunda tiene desde mi punto de vista más enjundia.
En la segunda parte, el protagonista se despierta por la mañana, en la isla de la costa noruega donde ha vivido su vida, donde vivió con su esposa ya fallecida, donde tuvo a sus hijos, donde cultivó la relación con su mejor amigo, donde todavía vive su hija pequeña, la que, aunque casada y con una familia propia, sigue próxima a su padre, preocupándose por sus necesidades y cuidándolo cuando es necesario. Querrá verla. Pero es un día raro. ¿Acaso no se encuentra con ese su mejor amigo, que ya murió, y con el que saldrá a salir a navegar en la barca? ¿O no piensa que tal vez su esposa, que también murió, viéndola como el día que la conoció y lo eligió a él entre otros pretendientes? ¿O no es aquella su hija, que parece no verlo, mientras se dirige a visitarlo a su casa?
El relato tiene su punto de realismo fantástico. O quizá místico. Religioso. Leo en su biografía que el autor, tras una vida atribulada desde distintos puntos de vista, acabó por abrazar el catolicismo como refugio para muchas de sus tribulaciones, después de haber pasado por muchas fases respecto a sus creencias, incluida una etapa de ateísmo declarado. En el relato, a quien acompañamos en ese último día de vida no es a la persona, sino su alma, en tránsito a otra vida.
No voy a decir que comparta los puntos de vista del autor. Pero abstrayéndose de las creencias, el libro me ha parecido muy interesante. Y (al menos en su traducción al castellano) bien escrito. No deja de ser una reflexión sobre la vida de una persona. No tanto en lo que se refiere a los hechos puntuales que se viven como trascendentes, sino a las relaciones que lo acompañaron, y que realmente son trascendentes. Me parece un texto muy recomendable que, con poco más de 100 páginas, se lee bien y en poco tiempo. Aunque recomiendo una lectura pausada. No merendárselo en una tarde.
Fotos realizadas en Hakone, lo más próximo que tengo a la península de Izu, donde transcurre parte de la novela de hoy. Versión Substack de la entrada.
Este libro lo tenía en espera desde hacía ya bastante tiempo. Pero no había encontrado el momento de leerlo. Quizá, el estado de ánimo adecuado para hacerlo. Hasta el momento he leído dos libros de Osamu Dazai. Uno, muy reciente, relatos cortos inspirados entre los cuentos populares más conocidos de Japón, con sus historias modificadas de forma más realista, a veces cruel, a veces irónica. El otro, una novela, la más famosa del autor y una de las más leídas de literatura japonesa, con toques autobiográficos, y en la que manifiesta una actitud cínica y desesperanzada ante la vida.
La que hoy traigo aquí está en la misma tónica que la novela que acabo de mencionar. Posguerra mundial, una familia de corte aristocrático, que ha perdido al cabeza de familia, y que se encamina hacia la ruina económica. Una joven y su madre que se ven obligadas a abandonar su casa en Tokio y a mudarse a una zona rural del país. A ellas se sumará el hijo que fue a la guerra y será repatriado, con una fuerte adicción a las drogas, y capaz de terminar de arruinar más a esta familia. Un encuentro con una serpiente a la que la joven protagonista mata, será visto como un presagio de las desgracias que les han de llegar.
Dazai nos lleva a la inmediata posguerra mundial, con un Japón derrotado y arruinado, ocupado por los estadounidenses, en el que hacen falta ciertas habilidades para sobrevivir, y más aún para prosperar. Y que estas mujeres aristocráticas no poseen. Es una relato indirectamente sobre la muerte del Japón tradicional, incapaz de comprender y adaptarse a los cambios producidos tras la guerra y a la ruina que ellos mismo han traído sobre sí. La propia protagonista acabará buscando en relaciones con hombres una salida a su precaria situación… una salida presuntamente fácil, pero con consecuencias no especialmente favorables. Aunque finalmente tomará pasos para romper con el pasado y emanciparse en una nueva moral y con unos nuevos objetivos. De la misma forma que Japón necesitaba reinventarse a sí mismo.
La novela no creo que llegue al mismo nivel que la anterior que leí del autor, a la que precedió por un año en su publicación, siendo la penúltima que publicó. Pero es una novela psicológica indudablemente interesante y a la que merece la pena dar una oportunidad. Recomendable. Unas semanas más tarde leí otra novela psicológica ambientada en el mismo periodo, de la que hablare más adelante.
Me motivó a leer este libro una reseña que encontré en alguna parte por la red de redes. No guardé el marcador,… creo. Un momento… nop… no lo encuentro. El caso es aquella reseña me llevó a localizar el libro, en su versión original en inglés, creo que no está traducida al castellano. En inglés, a pesar del claro nombre coreano de su autora, Juhea Kim (Instagram), que efectivamente nació en Corea del Sur, pero se educó en Estados Unidos y escribe, mayormente, en inglés.
Una colección de relatos cortos, de temas diversos pero relacionados. El título del libro se corresponde con uno de los relatos, pero de alguna forma resume esos temas relacionados. En todos ellos hay alguna historia de amor, o de desamor, no necesariamente de amor romántico. También hay relaciones familiares y relaciones de amistad. Y todos ellos tienen lugar en distintos lugares del planeta Tierra, en algún futuro más o menos próximo, más o menos lejano, según los casos y el relato, en el que la crisis del clima y otras crisis medioambientales están afectando considerablemente al planeta. Algunos tienen escenarios prácticamente apocalípticos, otros se parece más a nuestro tiempo actual, pero un poco más desesperadamente sin vuelta atrás en el futuro.
Generalmente, además de esos dos temas principales, hay otros secundarios, como pueden ser las injusticias sociales, la avaricia de las grandes multinacionales, la irresponsabilidad de los políticos, o la ineptitud de los líderes que deberían conducir los cambios… a ser posible a mejor.
El libro me ha parecido… aceptable. De alguna forma, la calidad y el interés de los relatos es variable. En su conjunto no está mal. Pero en algunos casos las situaciones son muy tópicas, los personajes estereotipados, las conclusiones previsibles. Quizá aquellos con un tono más apocalíptico están mejor. Esa arca navegando por el estrecho de Gibraltar sobre aguas de color rojo, la península de Corea desértica con ciudades sobreviviendo en bajo cúpulas translúcidas, estos relatos y algún otro por el estilo son los que más han despertado mi atención.
En su conjunto, ¿es recomendable? Si te van mucho los temas medioambientales igual te parece bien todo lo que se escribe sobre ello, y te entusiasma. Pero en general es normalito. No llego a comprender del todo por qué aquella reseña era tan positiva. No es ninguna catástrofe literaria, al contrario, es correcto, no es ninguna pérdida de tiempo, pero tampoco es una maravilla que se te vaya a quedar guardada en la memoria.
Durante bastantes años fui lector habitual de los libros de la escritora belga Amélie Nothomb. Escritora muy prolífica, que venía a publicar un libro al año, generalmente novelas no muy extensas, pero muy diversas, su estilo me atraía bastante. Pero en un momento dado, mis gustos se ampliaron y se diversificaron, o se desplazaron a otros escritores, aunque el año pasado leí algo de ella. En cualquier caso, la mayor parte de lo que he leído de ella fue antes de empezar a comentar mis lecturas en el Cuaderno de ruta.
Metafísica de los tubos, lo leí en castellano y por eso aquí pongo el título traducido, fue de los primeros que leí. Y tengo el recuerdo de lo extraño que me pareció al principio. Aunque es uno de los que luego ha ido recuperando prestigio en la memoria. Metafísica, el pensamiento y el debate filosófico sobre la naturaleza de la existencia, la realidad y el ser, aplicada a un bebé, al que la autora compara con un tubo que por un extremo ingiere alimentos y por el otro excreta… pues ya sabéis. Y a partir de ahí un recuerdo y recorrido por los (supuestos) primeros años de vida de la autora en Japón, del que dice que es su país natal, con especial referencia a la mujer japonesa que la cuidó esos años. Y eso es lo que nos trasladan a la animación las directoras, francesa y belga, Liane-Cho Han Jin Kuang y MaÏlys Vallade. Primer largometraje en la dirección, aunque ambas tienen previa experiencia en la animación.
Para empezar, una cuestión. La historia esta inspirada en la infancia de Nothomb, y la autora a veces ha jugado a dejar creer que es biográfica. Pero consta que no nació en Kobe, donde su padre estaría destinado como diplomático belga, sino que nació en una población próxima a Bruselas. Hay otras novelas de la autora presuntamente autobiográficas, algunas muy buenas, pero que deben considerarse como ficción aunque estén inspiradas en sus experiencias vitales. Dicho lo cual, Kuang y Vallade hacen un trabajo maravilloso, lleno de sensibilidad, a la hora de trasladar de forma bastante fiel el relato de Nothomb a la animación.
La película, al igual que la novela, explora el significado del ser, y de ahí lo de la metafísica. Ser un ser humano, con capacidad de expresarse, de pensar y de sentir, quizá no en este orden, desde tierna infancia. Pertenecer a un lugar; alguien me dijo una vez que uno no es de donde nace, es de donde tiene la familia y los seres queridos. Y por ahí podemos coger la afirmación de Nothomb de considerarse japonesa, porque cuando adquirió conciencia de sí mismos es el país donde vivía. También es una reflexión de lo que significa ser familia, especialmente por la relación que la niña mantiene con su cuidadora, con quien llega a tener más afinidad que con su diplomático padre, su atareada madre pianista, y sus hermanos más mayores que van a lo suyo.
Me sorprendió muy gratamente esta película. No esperaba tanto. Y de hecho, al principio no teníamos interés en ella. Pero ante las elogiosas críticas fuimos a la sala de cine, y nunca me alegraré tanto. Una película que además crece en el recuerdo. Y que considero altamente recomendable. Casi imprescindible.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En las animadas calles de Taipéi.
Esta película, que fuimos a ver en parte por casualidad, en parte por curiosidad, ha resultado ser una de las sorpresas cinematográficas más agradables de la temporada. Dirigida por Shih-Ching Tsou, guionista y directora taiwanesa, pero que ha trabajado habitualmente en Estados Unidos, de donde tiene también la nacionalidad, fue presentada por Taiwán como candidata a mejor película en lengua no inglesa a los Oscar, alcanzando la lista corta de candidatos, pero no la lista definitiva de cinco películas que optan al premio. Muy buenas tienen que ser las otras…
Tsou nos lleva a las calles de Taipéi, donde una madre soltera (Janel Tsai) con dos hijas, una de unos 20 años (Ma Shih-Yuan), la otra de 5 ó 6 (Nina Ye), de distintos padres, llega para instalarse en la capital taiwanesa, abrir un puesto de comidas en uno de los típicos night markets de la ciudad e intentar salir adelante como buenamente pueda. Aquí se encontrarán con distintos problemas. Los relacionados con los pagos de los alquileres, los relacionados con los problemas con los familiares, los relacionados con los problemas de los romances, los problemas con las relaciones entre las tres mujeres… Y la más pequeña, que acaba de empezar su escolarización, los relacionados con el hecho de que es zurda, y su abuelo, un carca de mucho cuidado, le cuenta que no debe usar la mano izquierda porque es la mano del diablo.
Aunque Tsou dedica tiempo a las tres protagonistas de la película, los principales puntos de vista que escoge son los de las dos hermanas, alternando las áspera realidades de la mayor, una chica inteligente y atractiva, pero cuya trayectoria quedó trastocada por algún hecho en su adolescencia del que sólo sabremos hacia el final de la película, y la juguetona (que no despreocupada) realidad de la menor. Con el fin de aportar subjetividad a la filmación, con el fin de introducirnos dentro del mundo de estas mujeres, la película está rodada con teléfonos móviles, cuyo gran angular obliga a rodar muy próximos al intérprete. A veces encima de él en la práctica. También ha servido para poder rodar en las populosas calles taiwanesas sin que las personas de alrededor supieran que allí se estaba rodando una película. Dicho lo cual, tanto la fotografía como el sonido son brillantes, muy buenos. El equipo de la película tenía claro lo que quería consegir en lo visual y en lo sonoro, y lo consiguen con muy buena nota.
Buena parte del peso de la película lo llevan los intérpretes. Todo el reparto. No solo el trío femenino protagonista. La mayor parte de los secundarios tienen su importancia. No hay personajes superfluos. Y lo hacen realmente muy bien. Mucho se ha hablado de lo bien que lo hace la pequeña Nina Ye, candidata a diversos premios en diversos festivales. Pero creo que a la que más hay que destacar es Ma Shih-Yuan, joven actriz de ventipocos años, que dota a su personaje de extraordinaria credibilidad, sensibilidad y profundidad. Es el auténtico travesaño que soporta buena parte del edificio interpretativo de la película, con algunas de las escenas más trascendentes del filme.
Tsou dirige en solitario, pero comparte la autoría del guion con Sean Baker, director estadounidense en alza, que destacó no hace mucho con una película ganadora de cinco Oscars importantes que la hicieron la ganadora de la edición de 2025. De él he visto un par de películas más, en dos de las cuales colaboró como guionista la directora de la película que comento hoy. Es decir, no es una mera película de una cinematografía exótica, que se ve con curiosidad por ese exotismo y tal. Es una película taiwanesa, pero realizada con el apoyo de la industria norteamericana, aunque sea desde sus sectores más independientes, y con intención de conseguir la atención global. Y yo creo que lo consigue y muy bien. Con ese tono a caballo entre el drama y la comedia, entre la angustia de la supervivencia y la esperanza de un futuro quizá no tan malo, entre los batacazos y la capacidad para superarse y remontar, con las revelaciones sorprendentes que nos cambian las coordenadas de la película por completo cuando pensábamos que ya la teníamos controlada y que era totalmente previsible… pero no.
Quizá no sea una obra maestra. Pero quizá eso no sea importante, porque lo más probable es que sea una obra imprescindible. Y si no es una obra maestra… quizá no le falte tanto, y quizá sea mucho más interesante que muchas obras maestras. La considero totalmente recomendable. Aunque no la va a ver mucha gente. En muchos países se estrenó directamente en Netflix este otoño pasado. Pero no en España. No sería la primera película interesante que se estrena en la plataforma, pero no llega a la sucursal española de la misma. No es algo que ya me importe, dado que ya no estoy abonado. Pero sería una pena que esta película, que poco va a durar en las salas comerciales, no esté al alcance de más potenciales espectadores.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La novela transcurre en ciudades no especificadas de Inglaterra; he elegido un día lluvioso en Bath para representarlas.
Libro electrónico que compré aprovechando una oferta de mi tienda de libros electrónicos habitual. Había oído hablar o leído sobre el escritor británico Julian Barnes en diversas ocasiones, generalmente de forma favorable. Hay varios escritores británicos que sigo habitualmente, por lo que hasta cierto punto atraía mi curiosidad y eso, sumado a la oferta, decidió la compra. Aunque no sea una novela corta, propiamente dicha, tampoco es muy extensa, 192 páginas en su versión de «árboles muertos», así que la pude encajar enseguida en mi actividad lectora, en las primeras semanas de este 2026.
Libro escrito en primera persona, con dos partes bien diferenciadas. En la primera, un jubilado nos habla de sus años de juventud, de su grupo de amigos y, especialmente de su relación, extraña desde el punto de vista de los años actuales, en los años 60 con una chica, una relación que finalmente fracasó, y que le dejó un sabor agrio en el recuerdo. Se cierra esa primera parte con un rápido repaso a lo que fue el resto de su vida hasta el momento; se casó, tuvo un hija, se divorció, mantiene una relación amistosa con su ex, se jubiló y, en general, ha llevado una vida anodina. En la segunda parte, recibe una herencia. O parte de una herencia. La madre de su antigua novia le deja un dinero y una carta de uno de sus antiguos amigos que se suicidó mientras mantenía una relación con aquella antigua novia. Pero la carta está en posesión de aquella y no parece dispuesta a cedérsela. Tendrán que volver a entrar en contacto, y eso supondrá desenterrar viejos recuerdos y revivir antiguos fantasmas, porque quizá el recuerdo de aquellos años no es precisamente fiable.
Uno de los temas fundamentales de esta novela es algo a lo que he dado vueltas personalmente en los últimos tiempos. No es que en mi vida haya tenido vivencias como las del protagonista de la novela. Pero sí que he comprendido que el tiempo y la distancia, y sobretodo las nuevas vivencias modifica el sentido de los acontecimientos del pasado. Lo que recordamos, o creemos recordar, no son necesariamente los hechos como fueron. Y especialmente, pueden no tener nada que ver a cómo los vivieron las personas que estaban allí con nosotros. Reinterpretamos el significado de las situaciones, los sentimientos, las relaciones que mantuvimos con otras personas. Y eso, en determinadas circunstancias, puede resultar perturbador.
Libro escrito en primera persona, he mencionado antes. Y como ya he comentado en numerosas ocasiones, en literatura, las más de las veces implica un relator que no es de fiar. Bien sea porque directamente miente, bien sea porque quiere presentar las cosas desde una luz favorable a sí mismo, bien sea porque no entendió lo que le estaba pasando, bien sea porque los recuerdos se debilitan y se tergiversan. Sea de buena o mala fe, tenemos que cuestionar si lo que pasó es lo que pasó. O más frecuentemente, si lo que pasó significó lo que paso. El protagonista de la novela va descubriendo poco a poco que su vida no ha sido como la ha vivido. Que se está quedando sólo. Que la visión que los demás tienen de él no se corresponde con la que tiene de sí mismo. Y que ya está mayor para rectificar los errores del pasado. Por lo tanto, en una persona que está llegando a la recta final de su vida, incluso si son 20 o 30 años, porque hablamos de alguien al principio de sus sesenta, las consecuencias pueden ser terribles.
Un libro notable, realmente bien escrito con un relato bien montado, de descubrimiento progresivo de la historia, que crece en la memoria después de finalizar su lectura. De lo que ya hace un mes. Y que al mismo tiempo te deja con una sensación de desasosiego. Aunque no sea más que porque uno está en edades similares, y va comprendiendo también, como antes decía, que las cosas del pasado, que vivimos de una determinada forma, quizá no fueron como fueron. Para bien, o para mal. La novela fue adaptada al cine hace unos años, con un reparto interesante. Pero no recuerdo haberla visto, ni la tengo registrada. No sé si me animaré a rescatarla. La recepción del público fue fría, la de la crítica, tibia.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. De las tres localizaciones de la película, elijo París. En una puesta de sol desde el Centro Pompidou.
Esta película, dirigida por Jim Jarmusch, me había llamado la atención desde que se anunció su estreno, aunque daba la impresión de que estaba pasando relativamente desapercibida en cartelera. Sin embargo, los horarios de la sesión en versión original impidieron que fuéramos a verla hasta que, repentinamente, cambiaron y se me puso a tiro en un horario más asequible para mis posibilidades del momento. Jarmusch ha dirigido película que en su momento me parecieron interesantes, y el reparto era llamativo. Así que, por qué no. Hace tiempo que soy consciente que las tendencias populares en cine no tienen nada que ver con la calidad de las películas.
La película se divide en tres partes, tres historias no relacionadas entre sí argumentalmente, aunque sí por su temática. La familia.
Father: Dos hermanos, él (Adam Driver) y ella (Mayim Bialik) viajan juntos para realizar una visita a su padre (Tom Waits) que vive en algún lugar entre los bosques y lagos de Nueva Inglaterra o un sitio similar, y con quien se ven poco. Ella apenas trata con el padre. Él habla de vez en cuando y le presta dinero para sus apaños domésticos. Cuando se encuentran, apenas tienen de qué hablar. Y uno tiene desde el principio que las cosas no son como parecen.
Mother: Una escritora ya mayor (Charlotte Rampling) prepara la visita anual de sus hijas, la mayor (Cate Blanchett) y la menor (Vicky Krieps), para tomar el té. La mayor llega con ganas de agradar y de demostrar que todo va bien, pendiente de la aprobación de la madre. La menor acude por rutina, se presenta como triunfadora de forma casual, aunque no, y se siente desapegada de todo. La sensación es de cordialidad/cortesía fingidas.
Sister/Brother: Dos hermanos, ella (Indya Moore) y él (Luka Sabbat), se reúnen para recoger las cosas del apartamento parisino donde vivían sus padres, una pareja multirracial que ha fallecido en un accidente, y a los que se sentían unidos y queridos, aunque, como descubrirán, ni siquiera estaban realmente casados. Ambos tienen buena sintonía y rememoran sus recuerdos y sentimientos más queridos.
Jarmusch lanza una mirada sarcástica a las relaciones familiares «convencionales» en las dos primeras historias. Familias bien, cuyos miembros tienen «éxito» en su vida, pero que se manifiestan distantes, sin apegos. En ambas falta uno de los cónyuges. En el primer caso, claramente, el que cohesionaba la familia. Las relaciones son formales, pero con sensación de hipocresía. La tercera historia, sin embargo, es una historia de una relación fluida, de confianza, la única en la que los personajes que dialogan no son blancos, anglosajones de familia bien. Es una familia poco convencional. Incluso de hábitos poco recomendables. Pero hay afecto. Y sinceridad. Claramente, un alegato no falto de humor, contra lo convencional, las buenas maneras, la hipocresía en las relaciones. Todas las historias tienen algunos puntos comunes que las unen, el agua, el te, los patinadores en monopatín, los coches que funcionan mejor o peor… pero con tonos distintos unos de otros.
Correctamente interpretados por un elenco con mucho oficio, las dos primeras historias hay que observarlas en clave casi de parodia. Las personas que desfilan ante nuestros ojos, si no son ridículas en sí mismas, hacen cosas ridículas o se muestran ridículas en la situación en la que son presentados. Y constantemente aparecen elementos que, quizá no provocarán una carcajada en el espectador, pero sí una sonrisa irónica amplia. La tercera es una historia similar en apariencia, pero muy diferente en el fondo. Relaciones naturales, orgánicas, sinceras. Amor fraternal, y añoranza de los progenitores perdidos y de los secretos que se llevaron a la tumba sobre su relación.
Globalmente considerada, hay que reconocer la excelente factura y las excelentes interpretaciones de todos los que en ella participan. Pero en lo que se refiere al balance final… pues la tesis expuesta, aunque mostrada con gracia y oficio, tampoco tiene mucho más que rascar. Y es que al final, es una simplificación sobre los tipos de familias o sobre las formas en que estas se relacionan, mucho más diversa que lo que aquí se muestra. Se deja ver, sí. Incluso puede ser recomendable, también. Pero tampoco es de los trabajos más destacados del director.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En dos ocasiones he pasado por Stratford-upon-Avon, la patria del Bardo. Estas fotos son de la segunda.
Probablemente, por las expectativas levantadas por la prensa y la crítica especialidad, la última película de la directora Chloé Zhao era una de las más esperadas de esta temporada. O del año. Del 2025, aunque nos haya llegado a España en enero de 2026. Es cierto que los comentarios de los primeros artículos en los que se le daba por segura ganadora de un Oscar se han enfriado por el ímpetu de otra película de gran éxito el año pasado. La tercera de las que aparecen en el enlace. Pero a pesar de ello, y teniendo en cuenta el interesante reparto de la película, yo tenía muchas ganas de verla.
Zhao nos traslada a la última década del siglo XVI, a la relación entre William Shakespeare (Paul Mescal) con la que sería su esposa, Anne (o Agnes) (Jessie Buckley), a cómo forman su familia, a como es su relación en la que la mayor parte del tiempo viven separados, uno en Londres, la otra en Stratford-upon-Avon, y a como acaban teniendo, a pesar de ello, tres hijos, de los cuales uno, Hamnet (Jacobi Jupe), varón. Y cómo este niño va a fallecer en una de las periódicas epidemias de peste que asolaron Europa, e Inglaterra en particular, en aquellos tiempos.
No podemos afirmar que los hechos que suceden en pantalla fueran reales. De hecho, con toda probabilidad, no. Es una ficción construida a partir de unos hechos. Con quien se casó el dramaturgo, cuantos hijos tuvo, cuándo y cómo murió su hijo varón, el hecho real de que principalmente vivieron separados. Esto ha dado a muchas especulaciones. Se llevaron mal; en otra película ganadora de un Oscar, también bastante ficticia, Anne era la «mala» implícita de la función. O se llevaron bien, especialmente porque cada uno vivió libremente en donde prefirió. Ni una cosa ni otra. Hamlet fue inspirado por la muerte del niño Hamnet. Al principio de la película se nos avisa que son dos grafías para un mismo nombre. Quizá hasta lo pronunciasen de forma muy similar. O no lo fue. Ha habido estudiosos que lo afirmaron y estudiosos que lo negaron. En realidad, todo lo anterior da igual.
Creo que la forma correcta de enfrentarse a la película, si es que hay un única forma correcta de hacerlo, que probablemente no sea así, es asumir la historia libres de prejuicios. Como si Shakespeare no fuera Shakespeare. Simplemente, una reflexión sobre como un padre y una madre afrontan el duelo de la pérdida de un hijo. Un hecho, por cierto, mucho más traumático en estos tiempos que en aquellos. Para los ingleses de aquella época era un hecho que periódicamente llegaban olas epidémicas de peste en las que morían el 50 % de los enfermos, el 20-25 % de la población. Y a seguir. La muerte de un hijo era un hecho habitual. Y seguramente se afrontaría con escepticismo y resignación. Pero eso da igual. La película es un estudio, artístico, libre, de la forma en que unos padres afrontan la dolorosa muerte de un hijo.
La película es hermosa. Es poética. Tiene incluso su punto de realismo fantástico. Se reivindican las distintas formas de ser de los dos cónyuges como formas complementarias de ser. Aunque unidas, primero en el amor mutuo, luego en el amor a los hijos, finalmente en el duelo. Las imágenes son hermosas, el sonido es hermoso. Y, fundamentalmente, las interpretaciones son grandes. Grandísimas. Especialmente la de Jessie Buckley, una actriz que hace tiempo que vengo apreciando muy favorablemente, y que realiza una de las más maravillosas interpretaciones que he visto en mucho tiempo, probablemente de las mejor de las que he visto a lo largo de mi vida. Si no la premian con el Oscar, que dinamiten la famosa Academia.
Película grande. Imprescindible. Difícil de comparar con esa su gran rival. Con la que me lo pasé muy bien, y que también es muy buena película. Pero creo que es superior. Creo que es la mejor película que he visto de un año a esta parte. Porque además tiene otra cosa. Es una película que ha ido creciendo en mi memoria. Que, sin volver a verla, me dejó lo suficientemente impresionado para que me vengan detalles a la memoria que hacen que todavía me parezca mejor que cuando salí del cine. La interpretación de Buckley es antológica, una obra maestra. La película,… quizá no, pero casi.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Un paseo por la High Line en Nueva York.
Un comentario rápido de esta película que vimos la semana pasada. Será rápido porque tengo poco tiempo, pero no quiero dejar pasar la oportunidad, porque estos días corro el riesgo de dejar pendientes demasiadas cosas por comentar. Así que vamos con ella. Dirigida por Mary Bronstein, de quien no recuerdo haber visto nada, y protagonizada de forma casi absoluta por Rose Byrne, es una película que probablemente es mejor de lo que la disfruté. Quizá no la vi en el momento y con el estado de ánimo de ánimo.
Una mujer (Byrne) casada, con un marido que está siempre ausente, y con una hija enferma, se encuentra de repente en la situación de tener que abandonar su hogar cuando una inundación sucede en el piso de arriba y se hunde el techo y se inunda a su vez su piso. Alojada con la hija en un motel, se encuentra con la impotencia de que los contratistas que han de arreglar el piso no trabajan. Y psicóloga de profesión, atiende en su consulta a una serie de pacientes que le incrementan constantemente su nivel de estrés. Hasta tal punto que se encuentra en un momento al borde del pánico.
Bronstein plantea los retos de la mujer casada, madre de familia y profesional, actual, de este primer cuarto del siglo XXI, que se encuentra sometida a una serie de presiones constantes para desempeñar de forma correcta sus múltiples roles, con menor nivel de tolerancia al fallo que el que se permite a otras mujeres que no asumen los múltiples roles, o a los hombres en general. Tal es la tesis. Pero lo hace llevándola al extremo, cuando todos los problemas se exacerban y se convierten en una hipérbole. Alguien ha definido la película como Rose Byrne con una ataque de ansiedad crónico.
El principal triunfo de la película, que está correctamente realizada y dirigida con ritmo, porque la situación demanda además un ritmo rápido, es la interpretación de Byrne. Una actriz que en su momento pensé que iba a dar más de sí, pero que ha mantenido una carrera constante y consistente, pero más discreta de lo que yo hubiera imaginado. Realiza su labor con algo más que oficio y consistencia, es lo mejor del largometraje. No obstante, si se planteó la película como una plataforma para el Oscar como he leído por ahí, difícil lo va a tener tras la interpretación que vi en la película que comentaré dentro de pocos días.
Globalmente considerada, es una película correcta, pero que a mí me abrumó en el exceso. Quizá esa hiperbolización de los problemas «resta» validez al planteamiento de la historia. Entrecomillo el «resta» porque estoy de acuerdo que a la mujer que pretende mantener una actividad profesional y conciliarla con una vida familiar se le exige mucho más que a los hombres en la misma situación, o a las mujeres que optan por una cosa o la otra. Pero cuando llevas las cosas al extremo corres el riesgo de que parezca que las cosas no son así. Pasarse de frenada. De todos modos, es razonablemente recomendable.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En las calles de Tokio.
Hace unos días me llamó la atención la llegada a la cartelera de esta película dirigida por la japonesa Hikari, con un reparto mayoritariamente japonés, salvo el protagonista… y en parte una de las actrices de reparto. Y cuya historia, por lo que se ve en el cartel anunciador transcurría en Tokio. No sabíamos gran cosa de este largometraje, pero nos picó la curiosidad. Y de lo que nos enteramos es que la acogida no había sido mala, ni por parte de la crítica, ni por parte del público. Aunque ya suponemos que no va a ser un fenómeno de masas precisamente.
Phillip (Brendan Fraser) es un actor norteamericano que lleva siete años viviendo en Tokio. Llegó para rodar unos comerciales y se quedó. Pero en los últimos tiempos le cuesta encontrar trabajo. Obviamente, para un actor caucásico las ofertas de trabajo en Japón son muy concretas y limitadas. En un momento dado le llega una oferta de parte del dueño (Takehiro Hira) de una empresa muy particular. Se dedican a impersonar familiares, novios, amantes, amigos, compañeros de trabajo… lo que sea,… ficticios en la vida de las personas con el fin que les convenga. Aunque a Phillip la cosa no le convence mucho, le parece mentir, accede a trabajar con ellos. Y dos de sus trabajos, el de padre de una niña de origen mixto (Shannon Mahina Gorman) que ha sido criada exclusivamente por su madre japonesa, y el de entrevistador de un viejo actor retirado (Akira Emoto), le llevarán a involucrarse en la vida de estas gentes más de lo que pensaba. Porque a veces es difícil separar ficción y realidad.
Irremediablemente, la película tiene un sabor que recuerda a las película de Hirokazu Koreeda. Koreeda ha realizado numerosas películas en las que ha reflexionado sobre el concepto de familia, y ha representado en sus películas todo tipo de familias, de muy distintos tipos. Algunas más «reales» que otras. Y un poco sobre eso va la cosa. Qué significan la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los amantes. Cómo nos relacionamos. En qué medida somos honestos con ellos. Qué posición ocupan en nuestra vida. Cómo nos presentamos ante ellos, en qué medida nos escondemos de ellos. ¿Acaso no somos todos algo «actores» en nuestras relaciones con otras personas impersonando la persona que ellos creen que somos o quieren que seamos? Sobre ello nos habla la película. Pero también sobre la empatía y sobre la capacidad de relacionarnos de forma auténtica, incluso en situaciones de ficción.
Realizada de forma correctamente en lo técnico y en la dirección, la película se sostiene principalmente por la interpretación de los actores. Fraser está muy bien, emanando con su corpachón abundantes dosis de simpatía y empatía. Pero el resto también colaboran. La niña resulta bastante auténtica. El anciano actor tiene momentos entrañables. Y el conjunto del reparto está muy entonado. Pero la reflexión global que se nos propone se queda un poquito corta, un poco más superficial de lo que podría haber sido. Quizá por la dispersión de tramas. De las tramas de las personas que contratan a los peculiares actores de esta peculiar empresa. Que debe afrontarse a sus propios dilemas éticos.
Globalmente considerada, la película es recomendable. Se puede ver bien. Va un poquito de más a menos. Con un comienzo progresivo pero potente, pero para hacerse poco a poco previsible en su desarrollo y conclusiones. No obstante, yo lo pasé bien.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Noruega, claro, navegando por uno de los fiordos y en el ferrocarril de Flåm.
Probablemente la última entrada cinematográfica del año, aunque espero ver al menos una película de estreno más antes de acabar el año, para alcanzar las 60. Pero en los últimos días, a pesar de haber comenzado el disfrute de mis últimos festivos del año, no he encontrado momento para ir a las salas de cine. A lo que hay que sumar otro fenómeno. Las salas de Zaragoza que programan en versión original, han eliminado buena parte de esta oferta para atraer a los estudiantes de vacaciones, no vaya a ser que se interesen por los idiomas extranjeros y por el cine sin adulterar. España y las exhibidores de cine que dicen «fomentar la cultura» «semos» así. En fin. Vamos con esta interesantísima película del danes Joachim Trier, con sabor a Bergman, aunque con formas actualizadas al siglo XXI.
Ambientada en Noruega, comenzamos la película siguiendo las peripecias de una actriz de teatro noruega (Renate Reinsve) que aúna un tremendo terror escénico con un notable éxito en sus actuaciones. Mantiene relaciones familiares con su hermana historiadora (Inga Ibsdotter Lilleaas). Todavía en duelo por la muerte de su madre, de repente llega un día el padre, director de cine sueco (Stellan Skarsgård), del que se encuentran relativamente extrañadas, y le hace la oferta a la actriz de protagonizar una película sobre su madre, la del director, una antigua combatiente noruega contra los nazis que se suicidó después años después de la guerra. Esto levantará ampollas familiares y la hija actriz rechazará la oferta, por lo que el director buscará a una actriz internacional reconocida (Elle Fanning) para atraer financiación. Pero esto no arreglará necesariamente las cosas.
Como ya he mencionado, y se puede deducir del argumento que he esbozado, y de lo que no he contado para no destripar la película, los temas son profundamente bergmanianos. Familias disfuncionales, que arrastran traumas y deudas del pasado, conflictos no resueltos, cuando se presenta la ocasión que servirá… o para romper del todo la familia, o para redimir los pecados y reunir a aquellos ligados por la sangre y separados por el carácter. La realización que hace Trier es mucho más meritoria de lo que parece. Todo parece sencillo y directo, pero es una realización sutil, acompañada de un guion preciso, milimétrico, una excelente fotografía, sonido y diseño de producción.
Y todo ello al servicio de un reparto que está en absoluto estado de gracia. Intérpretes poco conocidos en nuestras latitudes con las excepciones de Skarsgård y Fanning, pero que muestran una sutileza, una versatilidad y una capacidad interpretativa muy notable, dentro de las mejores tradiciones del cine nórdico, cuando se dedicaban a más cosas que a los asesinatos tipo nordic noir. Todavía se dedican a ellas, pero no nos llegan, mientras nos machacan con los típicos muertos en paisajes gélidos. No hay paisajes gélidos, no hay muertos… sí hay muertas, pero no asesinadas,… y otras cosas,… hay un paisaje cálido con emociones revueltas y reflexiones profundas sobre la familia.
Sinceramente, esta película, aun sabiendo que venía respaldada por buenas críticas y por el éxito en festivales como Cannes, ha sido una muy agradable sorpresa. De las que me gustaría que llegasen muchas más a las pantallas de cine. Es película multilingüe, razón de más para verla en versión original.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. El año pasado visitamos el monasterio de la Encarnación de Osuna, de clausura. Donde constatamos algo de lo que no se habla en la película; que muchas de las novicias y monjas, más o menos jóvenes, especialmente las que vienen de África y Sudamérica, porque en España son pocas, acaban siendo las criadas y cuidadoras de las monjas ancianas. Y algunos ejemplos he conocido de monjas que abandonaron el convento con algún discurso como ese.
Nos cuesta mucho ir al cine a ver películas españolas. Creo que ya lo he comentado en alguna ocasión. Pero resumiendo, las historias que nos quieren contar nos interesan pocas veces, y con cierta frecuencia, especialmente con repartos jóvenes, la interpretación deja que desear. Quedó atrás el tiempo en que los intérpretes se fogueaban en el teatro antes de pasar al cine, con suficientes tablas. Ahora pasan primero por la televisión, que no es buena escuela de interpretación las más de las veces. Pero las circunstancias se pusieron de cara para ir a ver la última película de Alauda Ruiz de Azúa. Que también venía con unas críticas inmejorables, aunque eso tampoco es de fiar, por la tendencia a hinchar las bondades del producto nacional por parte de muchos críticos. A veces hasta cotas escandalosas.
Ruiz de Azúa nos lleva a Bilbao. A una familia bien. Padre (Miguel Garcés) viudo con tres hijas, la mayor, protagonista de la película (Blanca Soroa), de 17 años. Está la abuela (Mabel Rivera), que se ve buena mujer. Y la tía (Patricia López Arnaiz), que suple hasta cierto punto la ausencia de la madre, pero que tiene sus propios problemas. Como buena familia vasca, católica, lleva a las niñas a un colegio religioso de monjas. Aunque la tía se ha vuelto descreída. El padre intenta recomponer su vida con otra mujer (Leire Zuazua), aceptada por las niñas pequeñas, pero no por la mayor. Y tiene problemas económicos. Y en estas estamos cuando, la mayor a punto de entrar en la universidad, e influida por el cura del colegio (Víctor Sainz) y la superiora de un convento de clausura (Nagore Aranburu) donde hacen ejercicios espirituales, declara que contempla la posibilidad de profesar como monja del convento. Esto pondrá a todos los adultos patas arriba. Donde por otro lado, se me olvidaba, está la pareja de la tía, un argentino (Juan Minujín) con quien tiene un hijo, un poco despistado en la vida. Pero que conste ya que es el personaje más honesto y que mejor me cae de todos los que sale, y el que intenta tener la conversación más honesta con la chica de todos los que la rodean.
Vamos con las cosas buenas. La forma en que Ruiz de Azúa rueda se puede calificar, sin temor a exagerar, como magistral. Si alguna pega he de poner a la película será en el mensaje que nos hace llegar, no en su maestría a la hora de coger todos los elementos, encuadres, fotografía e iluminación, sonido, montaje, dirección actoral,… y hacerlos encajar a la perfección. La película es un goce de ver. Y a esto hay que acompañar los trabajos actorales que son también más que notables. Actuaciones expresivas, con las palabras justas, especialmente en la protagonista, pero no únicamente. Es una película en la que para alcanzar a imaginar lo que piensan los personajes hay que ir más allá de las palabras, porque todos son sinceros a la hora de decir que les importa la chica, a la que quieren, pero no lo son a la hora de decir que es lo único que los mueve. Salvo el tío argentino, probablemente el adulto más honesto. Por lo tanto, los gestos, los silencios, las posturas, las relaciones, son fundamentales para leer la película.
Donde empiezo a tener dudas es en el mensaje que nos quiere trasladar Ruiz de Azúa. Ella insiste en sus declaraciones que pretende no emitir juicios, que quiere plantear el dilema de la chica, y presentar lo que pueden ser las reacciones de quienes la rodean. Pero sin prejuicios. Y en esto me siento desorientado. En el lado de los que tiran de la chica hacia el convento,… Bueno, he de decir que no sé si lo que yo aprecio es lo que realmente quiere contar Ruiz de Azúa o si la película se le ha independizado y va por libre, sujeta a la interpretación del espectador. Los que tiran hacia el convento. No puedo considerar a la película neutra. La superiora es maquiavélica. Y el cura… habla en eslóganes, que pueden ser eficaces, pero en ocasiones llega a ser casi una caricatura de este tipo de curas. Y parece que no han cambiado mucho desde que yo estaba en esa edad en un colegio religioso a finales de los años 70. Pero el factor principal, no dejan de dorarle la píldora la chica con lo «inteligente» que es.
Los que tiran para el otro lado… prácticamente es la tía en solitario. Que después de haber representado el papel de madre sustituta en algunos aspectos, siente que se le escapa la niña. Y que comete el gran error, que es negar de alguna forma esa «inteligencia» con la que alaban los religiosos a la niña. Los que se la quitan. El padre… que presuntamente quiere respetar la libertad de su hija,… con problemas económicos,… y con una novia a la que la hija no traga… ¿de verdad esta respetando a su hijas como la mayor parte de los comentaristas dicen? ¿o esta viendo que se libera de una carga económica y para sus relaciones personales, quedando encima bien como padre abierto? Ahí lo dejo. Ya he sugerido que el tío argentino, puede ser el único que, sin intereses personales, bastante tiene con sus problemas, intenta dialogar de una forma respetuosa con la joven.
Y la joven, ¿es tan inteligente como dicen los religiosos?, ¿es tan inexperta en la vida como dice la tía?, ¿en qué medida no está sufriendo una presión de grupo que idealiza algo frente a los problemas cotidianos familiares? ¿Es libre a la hora de elegir o viene condicionada por el sesgo que le introducen quienes se sitúan «a su lado» frente a la familia en la que es una más, con sus responsabilidades y con las cosas que no le gustan? La interpretación de la chica sería perfecta, en cualquier caso es muy buena, si supiéramos que piensa realmente. Hay indicios. Y sabemos su decisión final. Pero no sabemos qué piensa sobre muchas cosas.
Y luego está el problema de las equidistancias. Me molestan mucho las equidistancias. Casi nunca que dos opuestos ideológicos se enfrentan hay equidistancia. Eso es una falacia. Como la confusión que lleva a que el derecho a respetar que todos tengan una opinión sea lo mismo que respetar todas las opiniones. No. No todas las opiniones son respetables. No todas las posturas son igualmente respetables. No todos los valores son igualmente positivos. No podemos ser equidistantes, porque eso da ventaja a las opciones más dañinas. Ruiz de Azúa no creo que sea equidistante, pero me molesta que juegue a serlo. O esa es mi opinión. Y como me molesta, a pesar de las enormes bondades cinematográficas de la película, salí molesto del cine. Como sucedió con las personas que me acompañaron. Pero no me da para reproducir ahora el intenso debate que vino después. No obstante, si podéis, ved la película. Con ojos muy críticos.