
Carlos Carreter
http://carloscarreter.com

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Estoy a punto de irme, en unas tres horas cojo el tren, camino de Italia. Ya os contaré. Si me viene bien, iré subiendo alguna nota con alguna foto a este Cuaderno de ruta. Si no, ya sabéis que a la vuelta os pondré el cuaderno de viaje.
Mientras, además de repasar este Cuaderno de ruta, podéis visitar el resto de mi actividad fotográfica en Tumblr. De viaje con Carlos va recopilando fotografías de mis viajes pasados, y efe dos ofrece imágenes tomadas durante mis paseos siempre con una cámara encima.
Este fin de semana tiré un par de carretes de película tradicional. En la quedada que hice con el grupo de Flickr Fotógrafos en Zaragoza (FeZ), me fui con la Leica M2, y varios objetivos diversos; el nuevo y flamante Carl Zeiss C-Biogon 35/2,8 ZM, el Canon S 50/1,8 II, y el Leitz Elmar-C 90/4. El que más usé fue el primero. Os dejo algunos ejemplos, fotografías tomas en el Parque Lineal de PLAZA, en los que quizá se nota mucho que la hora y la luz no era la más apropiada para la fotografía. Excesivos contrastes y esas cosas.

Junto al estanque.

Aterriza de un jumbo de cargo en el cercano aeropuerto de Zaragoza.

En el soto cercano, junto al Canal Imperial de Aragón.

Ante el monumento a las culturas que se han sucedido en Zaragoza.

Paseo junto al Canal Imperial de Aragón.
El domingo por la mañana anduve trasteando con una veterana cámara de un buen amigo. Se trata de una Rollei 35S, cuya fotografía podéis ver más abajo, una cámara compacta, realmente compacta, con un objetivo fijo de Rollei-HFT Sonnar 40/2,8, que realmente ofrece muy buena calidad. Hubo versiones con objetivos Tessar, un poco menos luminosos y más baratos. Que tampoco estaban mal. A pesar de la nomenclatura de los objetivos propia de Carl Zeiss, los objetivos estaban firmados por la propia Rollei. La cámara es de enfoque por estimación, totalmente mecánica y manual a la hora de reglar la exposición, tiene un exposímetro alimentado por una pila de mercurio que no tiene, por lo que la exposición de las fotos fue a «ojímetro». Más teniendo en cuenta que me olvidé del fotómetro de mano en casa. Es muy divertida de usar, y da muy buena calidad.

Cámara Rollei 35S, con su objetivo Sonnar 40/2,8.
El paseo con ella fue el típico dominical que ya conté en la entrada de ayer, con fotos tomadas mientras caminábamos y en la ribera del Ebro, que baja un poquito elevado de nivel.

Simpático cocinero en la tienda de precocinados de la avenida de San José.

Montaje con esculturas de papel en el Centro de Historias de Zaragoza.

Viejas paredes y ventanas en la plaza de San Agustín.

Y no muy lejos de allí, ponemos a prueba la cámara y película con una escena bien contrastada.

En los viejos muros en el barrio de las Tenerías.

Tras el convento de San Nicolás.

El Ebro baja todavía relativamente alto, debido a las frecuentes lluvias del mes de marzo y al progresivo deshielo de las nieves del Pirineo.

Otra dura prueba de contraste y color para la combinación de cámara y película.
Lo dicho, primero las incorporaciones a mis colecciones de cine temático, y luego os cuento en fotos la mañana del domingo pasado.
De esta película no tenía referencia alguna hasta que hace unos días apareció reseñada en CSC Magazine. Y así, a partir de esa recomendación me la he merendado, y tras una digestión un poco más dura de lo que yo pensaba, puedo hablar un poquito del que fue el primer largometraje de Lisa Cholodenko.
La película me la recomienda vivamente un buen amigo en cuyo criterio cinematográfico confío en un grado elevado. Aunque si a mí me cuentan el argumento de la película, normalmente no me interesaría gran cosa. Salvo para incluirla en esta colección sobre el ferrocarril en el cine. En cualquier caso, y dejando de lado el estúpido título que le pusieron en España al filme, me he visto esta película dirigida por Andrey Konchalovsky, cuyo guion está basado en otro que originalmente escribió Akira Kurosawa. Ahí es nada.

En el Centro de Historias de Zaragoza se está celebrando una exposición sobre el centenario del movimiento scout en la ciudad. Y me pasé a verla. Parece que tiempos de la república estaban patrocinados por los antecesores de los «Chocolates Hueso».

Durante casi seis años consecutivos, y alguna colaboración esporádica posterior, fui educador de tiempo libre en un grupo scout, en el «Guy de Larigaudie», cuya pañoleta amarilla y marrón vemos en la foto.

Me hizo gracia la foto, donde aparecen un par de fotos del padre Lázaro, un escolapio que llevaba el grupo del colegio donde estudié; y probablemente el principal «culpable» de que no entrase en este movimiento hasta que tuve edad de ser educador.

Fue una buena época, con muy buenos recuerdos. También alguno no tan bueno. Sin embargo, hoy en día, si tuviera hijos no los llevaría. Aunque les tengo mucho respeto, como es natural.

También había una exposición sobre papiroflexia y escultura con papel. Aunque con cosas muy virgueras, me pareció más curiosa que interesante.

Pero para gustos los colores. Y la verdad es que de las exposiciones en la que más público he visto últimamente en este centro tan majo.

Por supuesto, los niños se lo pueden pasar muy bien con algunas de las esculturas.

Y este Gandalf es la figura que más me gustó. Aunque no fuera tan espectacular como otras.

Durante el paseo dominical, también me dediqué a hacer algunas fotos con la Rollei 35 de un amigo, cuyos negativos todavía no tengo revelados. A ver si mañana os enseño algo.

En cualquier caso, también llevaba la OM-D E-M5 con el C-Biogon 35/2,8 del que os hablaba la semana pasada, que me resulta divertido de usar en cualquier ocasión.

Por supuesto, siendo el primer día de la semana santa, nos encontramos con la procesión de turno. Y nos paramos un momento.

Como es la del domingo de ramos, mucho niño; y multiétnica, parece.

En cualquier caso, los niños difícilmente dan un aspecto solemne a estas procesiones. Que con la lluvia, les está yendo mal este año. Cosas de la época.
Y aquí tenemos de nuevo al tremendo criminal que pone los títulos en castellano para la cartelera española poniendo un título cursi, porque habrá supuesto que la mayor parte de los españoles ignorará el concepto de artes liberales (lo pongo entre comillas porque lo estoy escribiendo en latín, que casualmente es igual que en castellano), y acogerán con más fervor un título tirando a cursi. No con mucho fervor, ya que pocos estábamos en la sala de cine este viernes a las cuatro y media de la tarde, donde nos metimos para hacer tiempo y de paso cumplir con el rito semanal de visitar las salas de cine. No llegábamos ni a diez. Creo que a cinco sí. La verdad es que esta película, dirigida por el televisivo Ted Mosby, es decir Josh Radnor, sin haber levantado entusiasmos tampoco quedaba más parada en las críticas. Y además tenía el aliciente de la presencia de Elizabeth Olsen, que nos gustó mucho hace unos meses en una inquietante película.
La película sigue las andanzas de Jesse (el propio Josh Radnor), soltero de 35 años que trabaja en el departamento de admisiones de una universidad neoyorquina. Y se encuentra un poco en crisis personal. En un momento dado, asiste al homenaje que se le ofrece a su antiguo profesor y tutor, el profesor Hoberg (Richard Jenkins) en la universidad donde estudió en Ohio, con motivo de su jubilación. Para él, en su recuerdo, fue una época dorada. Y en esta visita conocerá a una serie de estudiantes que le harán sentir de nuevo el ambiente universitario. Entre ellos estará Zibby (Elizabeth Olsen), una estudiante de primer año, 19 añitos, hija de unos amigos de Hoberg. Se caerán bien decidirán mantenerse en contacto, pero mediante las tradicionales cartas escritas a mano. Esto hará que ciertos sentimientos, pese a la diferencia de edad, surjan entre ambos. Y la crisis se producirá en el segundo encuentro entre ambos.
Hay más cosas. Una historia con una profesora, con un extraño estudiante con un gorro de lana rojo, y con otro no menos extraño estudiante que sufre de brotes de una enfermedad mental. El caso es que estamos ante la típica historia «de buen rollo», en la que todo el mundo es bueno, aunque a veces meten la pata o andan despistados. A mi la historia no me parece que esté del todo bien hilada. La historia de del protagonista y la chica jovencita no me parece del todo convincente, ni aun cuando el parezca realmente un inmaduro, algo se le ha pegado de su alter ego arquitecto televisivo, ni ella difícilmente pase por tener sólo 19 años. Y el resto de las historias me parecen metidas un poco con calzador. Y no digamos el happy end final, aunque vayan dando pistas por el camino.
La interpretación también es normalita. Es difícil no pensar en Ted Mosby cada vez que aparece en pantalla el protagonista; lo cual es paradójico porque siendo Mosby el protagonista de la serie televisiva a la que he hecho referencia antes, también es el personaje y el intérprete más soso de la misma. Y la Olsen, aunque muy guapetona, no está ni la cuarta parte de intensa ni de interesante que en la película que le vimos hace casi un año.
En fin… tampoco me pondré muy borde. La película no es ninguna catástrofe, se deja ver hasta cierto punto, y sirvió al efecto buscado de permitirnos pasar el tiempo entre dos compromisos sociales este viernes. Sin embargo, no tiene el tono o la calidad de otros productos similares de cine independiente que se han podido ver en otras ocasiones. Una ocasión fallida, puesto que con las premisas iniciales quizá se podría haber sacado algo más de partido. A ver si nos entonamos un poco, que desde que dejamos atrás la temporada de los óscar, no estamos encontrado películas que nos llamen gran cosa la atención. Estamos un poquito torpes.

La música tiene gran importancia en la historia entre los dos protagonistas. Y últimamente por Zaragoza, encontramos muchos grupitos de jóvenes músicos, estudiantes de conservatorio, convertidos en músicos callejeros, porque las cosas deben andar realmente mal. Como este grupo de metales en Santa Engracia. Por cierto que la música era una de las «artes liberales». Curiosamente, encuadrada en el «quadrivium», junto con la aritmética, la geometría y la astronomía. No con el «trivium», que era más de letras como los protagonistas de esta historia. Qué cosas.
Sí. Ayer, un grupo de compañeros y amigos del grupo de Flickr Fotógrafos en Zaragoza (FeZ) nos juntamos para explorar las posibilidades fotográficas del Parque Lineal de PLAZA, espacio verde entre el Canal Imperial de Aragón y la mencionada plataforma logística. Una agradable mañana de relax, conversación, paseo y fotos. Os dejaré por aquí alguna de las imágenes del día. De momento las tomadas con la cámara digital. También me llevé la M2, pero tardaré unos días en disponer de las fotos.

Como no todo el mundo sabía como llegar, y para no dispersarnos, quedamos en el estacionamiento bajo la Torre del Agua, para ir todos juntos hasta PLAZA.

No prestaremos demasiada atención a los paralelepipédicos edificios de la plataforma logística. Nos centraremos en el entorno del parque.
Mientras os traigo algunas cosas de las que han aparecido por internet esta semana. No he estado muy centrado, o no ha habido tantas cosas que me hayan llamado la atención como otras semanas, pero cosas hay. La semana que viene, si todo va bien, no habrá esta sección. Es semana de fiesta y minivacaciones, y si nada se tuerce la voy a aprovechar. Ya os contaré.
Un par de clásicos de la fotografía norteamericana para empezar:
Rafael Roa reconoce a Walker Evans como una de sus referencias. De hecho, comenta que es una de las referencias para cualquier fotógrafo que empieza y se toma la cosa en serio. Poco hay que decir de uno de los grandes de la fotografía documental americana y mundial. Sólo, que hay que conocerlo.
Más tardío, pero también uno de los nombres importantes de la fotografía documental americana, lo que hoy en día los modernos llaman street photography hablen el idioma que hablen, es Garry Winogrand. En The Phoblographer hablaron de él en el aniversario de su muerte, y sobre él se ha hablado con cierta frecuencia estos días como consecuencia de una exposición retrospectiva de su obra que se está celebrando en San Francisco.

Uno de los problemas de los parques de Zaragoza es que, tratándose de una ciudad con clima árido, la vegetación tarda en crecer.

Incluso la que encontramos en torno al gran estanque del parque no es para tirar cohetes.

No digamos ya los esqueléticos árbolillos, poco más que estacas con alguna rama, que se encuentran dispersos por la extensión del parque.
Ya que estamos con la fotografía documental o callejera, en Lenscratch nos hablan de David Carol, fotógrafo que destila abundante humor en sus fotografías tomadas en las calles y lugares de todo el mundo. Un tradicional de las cámaras telemétricas, de la película en blanco y negro y del revelado en Rodinal. En el artículo, le entrevistan; y si el inglés no está peleado contigo, merece la pena leer la entrevista.
En el mundo de la fotografía de moda, publicidad y el retrato, conviene buscar y encontrar fotógrafos que ofrezcan algo distinto de lo habitual y lo trillado. Y nuevamente Roa nos trae un par de ejemplos:
Nos habla del fotógrafo Max Vadukul, con una estética muy personal, y en la que destacan sus retratos. Que como además son de gente del famoseo, son más entretenidos de contemplar.
Estos días atrás se han fallado los Sony World Photography Awards, y nos recuerda que el primer premio en la categoría de retratos, en los premios dedicados a los jóvenes fotógrafos, ha ido a parar a una fotógrafa nacida en Barcelona, Berta Vicente. Y la verdad es que lo que he visto de su trabajo me ha gustado.

Más interesante resulta recorrer el soto que se mantiene a orillas del Canal Imperial de Aragón.

Este limita por el norte la alargada forma del Parque Lineal.

Y eventualmente encontramos una diversidad de árboles que flanquean el curso del canal, invisible de otra forma.

Durante las horas que pasamos paseando por el parque hago varias incursiones por el soto.
Mucho retrato que me ha gustado he encontrado esta semana. Y con estilos muy variados. Veamos estos tres ejemplos:
En The Leica Camera Blog nos muestran los que realiza Peter McCollough. Estupendo el uso del color que hace, tanto para sus retratos posados como los tomados al vuelo en las calles de la ciudad.
Hoy en día son numerosos los fotógrafos que se inspiran en los claroscuros de los pintores de antaño para componer la iluminación de sus retratos, dándoles un ambiente especial. Bien es cierto que a veces resulta monótono. Pero las fotografías de Daniel Murtagh, en las que observamos también influencias cinematográficas, no en vano su serie se llama Cinema Memory, me han resultado muy interesantes. Vía Le Journal de la Photographie.
Finalmente, en el PLog de The Denver Post encontramos una serie de 26 retratos de William Hacker (Tumblr), fiel al formato medio y a la película tradicional. Lo cual, no hay que negarlo, da a estos retratos una cualidad material especial.

El rato que permanecemos en el parque también permite que aquellos con mejores conocimientos técnicos y más facilidad de palabra expliquen algunas cuestiones fotográficas al resto.

Dado que estamos casi en las horas centrales del día, o sin casi al final de la mañana, hay que jugar con los contraste del color y las formas, para dar un interés a las fotos que la luz no permite.
Finalmente, un acto de vandalismo de los tantos que suceden pero que sorprende tanto más por cuanto procede de un medio de comunicación pretendidamente serio. El periódico Le Monde ha destruido el archivo del fotógrafo Daniel Mordzinski. El trabajo de una vida. Veintisiete años de fotografías. Tiradas a la basura. Por un diario que se decía prestigioso. Ya no.

Algunos tenían miedo de un nido de avispas que encontramos en la atalaya de uno de los laberintos del parque; pero ya hemos visto en el texto que animales más peligrosos hay por el mundo,… bípedos.
Ayer por la tarde me enteré del fallecimiento de Bebo Valdés (1918 – 2013), figura casi legendaria del jazz afrocubano que falleció ayer mismo en Estocolmo. Por un poco más que se hubiera estirado, que cinco años no son nada, se nos hubiera hecho centenario. Pero en cualquier caso, su música es universal e inmortal. Salvo un rato de televisión por la noche y las horas de sueño, no he dejado de repasar su música, tal cual aparece en mi «discoteca». Hasta siempre Bebo, manda mis saludos a Chano, Dizzie, Celia, Tito y el resto de la peña… Pasadlo bien.
Y mientras, esta semana recibí un nuevo juguete. Decidí que mi recien «estrenada» M2 merecía un objetivo de empaque, y como los Leicas se me van mucho de precio, y las revisiones sobre el que me decidí lo ponían casi al mismo nivel, opté por un Carl Zeiss C Biogon T* 2,8/35 ZM. Como se ve, si no pertenece a la realeza de Wetzlar, por lo menos está emparentado con la alta nobleza de la óptica fotográfica. Cuesta una fracción de lo que cuesta el Summitar de Leica para su misma focal, y son mucha gente con conocimientos los que lo sitúan como su par en rendimiento óptico.

El bello objeto fotográfico montado sobre la M2.

Diafragma de 10 palas, que podría mejorar las zonas de desenfoque si fueran más curvadas. A f/2,8, totalmente circular. En la foto, cerrado a f/8.

Los acabados del C Biogon son estupendos. El diafragma avanza por tercios de paso, y la rueda de enfoque va como la seda.
Este angular moderado está pensado como óptica estándar para un sistema de cámara telemétrica que como mi M2 tiene el visor ajustado para esta focal, aunque lleve también marcos de referencia para 50 y 90 mm. Pero todavía no he podido probarlo en su ecosistema natural. Este fin de semana lo haré. Lo que sí he podido hacer es usarlo con un adaptador con mi Olympus OM-D E-M5 donde, por la diferencia de formato, ejerce de tele corto. Cuando llevas tiempo usando chismes fotográficos desarrollas un cierto instinto para saber cuando un óptica te gusta. Simplemente el aspecto de la imagen, recién salida «del horno», sin procesas, ya te dice mucho. Y creo que nos llevaremos bien este objetivo y yo. Por supuesto, cuando uno prueba un objetivo por primera vez, lo somete a tortura. Pero ha salido airoso de contraluces, luz escasa y demás contratiempos. Os dejo unas fotos.

Aguantando una luz intensa y puntual de frente.

Ramas al contraluz junto al Canal Imperial de Aragón.

Un poquito más de contraluz con el diafragma en su máximo de apertura.

Algunas líneas rectas, colores diversos y la luz cálida del atardecer en el Parque Pignatelli.

Que bien se defiende con los contraluces y las siluetas.

En las calles de Zaragoza al crepúsculo.

Y un poquito de luz artificial en los escaparates del paseo de las Damas.
No tenía muy claro yo lo de ir a ver esta película. Y de hecho, el acabar viéndola tuvo algo de casual. Pero bueno. Me servirá para reflexionar sobre algunas cuestiones históricas. Y bueno,…. es de Yimou Zhang. Y el protagonista es Christian Bale, que de niño ya tuvo problemas para sobrevivir en esta guerra.
(Aviso: los nombres chinos en esta entrada respetan el orden en el que los expresan sus portadores originales, con el apellido delante)
Dicen los textos oficiales que la Segunda Guerra Mundial comenzó un 1 de septiembre de 1939 en el escenario europeo, y un 7 de diciembre de 1941 en el Pacífico. En realidad, todo estos es mucho más complejo. Y durante los años 30 hubo una serie de conflictos por todo el mundo que ya significaban el enfrentamiento entre diversos tipos de totalitarismos entre sí y con los regímenes parlamentarios más o menos democráticos. Abisinia, España, China… Lo que pasa es que hasta que las llamadas democracias occidentales no se vieron afectadas directamente, no le llamaron «guerra mundial». Es como la guerra fría, que le llamaban fría porque las principales potencias no se enfrentaban entre sí, pero no dejaron de «calentarse» indirectamente en distintos puntos del globo. Pura hipocresía histórica. Pero vayamos a lo que pasó en China. Y lo que pasó es que hacía tiempo que el gigante asiático estaba totalmente decaído, lo que fue aprovechado por el militarismo y expansionismo japonés para invadir el país. Y la acción militar del ejército japonés en China, lo mismo que en Corea y luego por todo el Pacífico y el sudeste asiático fue absolutamente criminal y abominable. Es curioso que en las tradiciones japonesas se hable tanto del honor y todas esas cosas. Con los samurais, y los códigos de comportamiento, y… Si el honor tiene que ver con el comportamiento de los japoneses durante la guerra, prefiero que me consideréis una persona absolutamente no honorable.
El caso es que uno de los ejemplos más horrendos de la barbarie japonesa fue el pillaje, las violaciones y los asesinatos en masa que las bárbaras y aberrantes tropas japonesas perpetraron en la ciudad china de Nankín. Hace cuatro años ya pudimos ver una interesante película sobre el tema, que sin ser perfecta merece la pena el desvío, como dicen en las guías Michelín. El caso es que muy poco después se nos ofrece otra ver un historia similar pero con un planteamiento muy diverso. Si aquella buscaba cierto enganche con los hechos históricos aunque se tomase alguna licencia, esta directamente inventa una historia en la que se involucra a un occidental, un vividor, un tal John Miller (Christian Bale), que haciéndose pasar por sacerdote trata de salvar a las niñas adolescentes de un internado católico, entre las que destaca la vivaz y curiosa Shu (Zhang Xinyi), en el que se refugian unas cuantas prostitutas, lideradas por las guapa, sensual e inteligente Mo (Ni Ni).
Entendámonos, supongo que lo del protagonismo de un personaje occidental habrá sido para venderla en occidente. La película es básicamente propagandística. Aunque maquillado por algún gesto, los japoneses son malos, malísimos, malos (lo fueron), y los chinos son estoicos, valientes, sacrificados, ingeniosos, tienen la mejor puntería del mundo, y son capaces de matar a una compañía de japoneses antes que maten a uno. No sé cómo perdieron la guerra. Esto dota de un simplismo excesivo al argumento de la película, que además está lleno de trampas, algunas un poco burdas para llevar al conjunto de féminas, las adolescentes y las pilinguis a la situación final. Que me resulta de tan heroica, increíble. Técnicamente irreprochable, sus defectos argumentales degradan notablemente el producto.
En lo que se refiere a las interpretaciones, Bale está entre razonable e histriónico, según momentos, mientras que las dos protagonistas femeninas están bastante bien. Aparte de que derrochan encanto y monería por los cuatro costados. El contoneo de caderas de la novata Ni Ni puede pasar a la historia del cine. Digo.
A ver. Si os toca verla como a mí, que no fue una elección sino una casualidad, pues no pasa nada. En peores plazas hemos toreado cinematográficamente hablando. Pero vamos, no hace falta que os matéis por verla. yo esperaba algo más del afamado director chino, al cual le apunto dos decepciones seguidas. La anterior algo mejor que esta, pero tampoco para tirar cohetes.

Una iglesia que sufre las consecuencias de la guerra es el principal escenario de la película. Como la del pueblo abandonado de Rodén, aunque no cayeran los proyectiles sobre ella.
A ver. La cosecha de series del año 2012-2013 me sigue interesando poco. Con algunas excepciones, incluso las que se quedan en mi cartelera, no me acaban de entusiasmar. Entre los últimos estrenos, por ejemplo, he visto capítulo y medio de Red Widow, y he decidido que esta serie de mafiosos es bastante mala. Por lo menos de momento.
También me sentí atraído por una serie, Mary and Martha, con Hillary Swank y Brenda Blethyn como protagonistas. No es serie. Es un largometraje para televisión. Pero les costó tanto entrar en materia, y lo que vi me sedujo tan poco, que no llegué a enterarme de qué iba realmente el asunto. Decepcionante.
Más esperanzas tengo puestas en Top of the Lake, que ha salido de la mano de Jane Campion y con la «mad woman» Elisabeth Moss de protagonista. Aunque tiene muchas cosas que suenan a déjà vu en su argumento y planteamiento, está bien hecha, y se le puede dar una oportunidad. Hace unas semanas veíamos un avance, pero ahora ya hemos visto dos episodios. En cualquier caso, leo en varios sitios por ahí que se viene una epidemia de directores cinematográficos de prestigio pasándose al medio televisivo.

Ayer estuve probando un chisme nuevo, por Zaragoza, mientras hacía reacados. Un chisme fotográfico. Os lo cuento un día de estos.
Pero el estreno sonado de la semana ha sido Bates Motel, lanzada como precuela de Psicosis de Hitchcock. Nos encontramos con Norman Bates (Freddie Highmore) de adolescente y su madre Norma (Vera Farmiga) vivita y dando por el saco. A mi no, esta precuela con iphones no me ha interesado. A pesar de que los comentarios que se pueden leer por la red de redes son alabadores. Fuera.
Y lo mas destacable de mi cartelera televisiva particular ha sido el final de temporada de Banshee. En resumen, un exconvicto suplanta al que iba a ser el sheriff de Banshee una población de Pensilvania con un mafioso local de origen amish. Y además allí vive su antigua novia, hija de un mafioso ruso o ucraniano, no lo tengo claro, bastante malo, que ahora con otro nombre es la esposa de un prohombre del lugar. Bien todo esto no es más que una excusa para ofrecernos un espectáculo de sexo y violencia. Al final, fundamentalmente de violencia. Ponen a prueba tu suspensión temporal de la incredulidad, porque resulta difícil creer que a un mismo tipo le den tantas palizas por episodio y al final vaya tan campante. Pero no me he desenganchado. Me ha entretenido. Eso sí, quienes esperen más sutilezas argumentales,… que lo dejen estar. Está bien hecho, pero no tiene más de lo que he dicho.

Una casa silueteada en alto contra la luz del ocaso,… ¿será la de los Bates? Probablemente no; el estilo de arquitectura con su ladrillicos y esas cosas me hace suponer que está en Zaragoza.
Ya he comprobado que la editorial Impedimenta es de las pocas que segmentan los precios de sus libros según si son ediciones en papel o ediciones electrónicas de forma relativamente razonable. Bien es cierto que la edición electrónica pierde el encanto de las excelentes presentaciones que hace esta editorial con sus libros de árboles muertos. Pero tiene un catálogo interesante, y si el precio se pone interesante,… pues iremos a ellos. En este caso con una novela del japonés Natsume Soseki.
Sanshiro
Natsume Soseki; traducción de Yoshino Ogata
Editorial Impedimenta; Madrid, 2009
Edición de libro electrónico
Nos cuenta Soseki la vida de Sanshiro, un joven universitario de provincias, durante su primer año de universidad en Tokio. Estamos ante un joven desorientado, tímido, inseguro, que se ven confrontado a una serie de personajes que van a constituir su mundo durante ese periodo. En primer lugar, Yojiro, a medias entre el activista universitario y el pícaro, que le introducirá en la vida cultural e intelectual tokiota. Aunque sea por la puerta trasera. Pero sobretodo, tendremos sus primeros contactos con las mujeres, con las que se sentirá especialmente inseguro. No sabe nada de ellas, a pesar de haber sido criado en exclusiva por su madre. Oficialmente viuda desde que el protagonista era muy niño, pero existen otras posibilidades que se descuelgan de la lectura del libro. Y entre ellas está Nimeko, una chica extraña, con aspiraciones artísticas, bella, con cierta sofisticación personal, pero que a su vez se identifica con una oveja descarriada. Y el amor que despertará en Sanshiro estará dotado de un profundo desconcierto, y la incapacidad del joven de saber qué tiene que hacer a continuación.
Esta novela me desorientó. No me resultó difícil empezar a leerla y adentrarme en ella, pero en un momento me tuve que detener y pensar un poco en lo que estaba leyendo. Porque detrás de esta época de iniciación y despertar al mundo real del muchacho provinciano, encontramos una crítica a la sociedad intelectual y universitaria tokiota del momento. Estamos hablando de finales de la primera década del siglo XX, poco después de la guerra rusojaponesa. Japón empieza a ser contada como una de las potencias internacionales, pero a su vez todavía está digiriendo los cambios sociales y culturales de la era Meiji. A caballo entre las tradiciones propias y las innovaciones que proceden de occidente, no sólo estamos ante el desconcierto propio de Sanshiro. Estamos ante el desconcierto generalizado de la sociedad japonesa, representado por las incoherencias propias de cada uno de los protagonistas del relato. Salvo Sanshiro, que cuyo desorientación y desubicación es natural, todo los demás pretenden ser algo que no son. Y eso se nota precisamente en Nimeko, cuya aureola de misterio y profundidad probablemente podamos considerarla más artificial que otra cosa.
Esta novela es una obra con regusto. He tardado unos días en comentarla, porque necesitaba reposar. Y finalmente considero que ha sido una lectura muy interesante, que no debe realizarse de forma apresurada a pesar de que no es difícil de leer, pero en la que hay que saber en cada momento quienes son sus protagonistas, y quienes aparentan. Recomendable para quien quiera conocer otras realidades y otros periodos históricos y sociales distintos de los de nuestro occidente, siempre mirándose al ombligo.

No son los famosos «sakuras», cerezos en flor, japoneses, pero son las primeras flores que anuncian la primavera, a orillas del Ebro a su paso por Zaragoza.