Aliette de Bodard es una escritora de ascendencia francesa y vietnamita, que nació en Nueva York, que creció en París, que tiene el francés como lengua materna, pero que desarrolla su carrera literaria en el ámbito de la ciencia ficción en lengua inglesa. Y poco o nada sabía de esta escritora hasta hace un par de meses, cuando en una cuenta de Twitter sobre literatura fantástica y de ciencia ficción [nunca me ha convencido la mezcla de ambos géneros] comentaron con alegría la publicación en castellano y en un mismo volumen de un par de sus novelas cortas con premios prestigiosos. Y me pico el gusanillo e investigué. Y descubrí que se podría adquirir dicho volumen a partir de una determinada fecha del mes de octubre pasado y sin opción a formato electrónico por casi 20 euros. Mientras que la versión original en inglés de cada una de estas novelas cortas en formato electrónico cuesta menos de cuatro euros y tres euros y medio cada una.
Algún día dispondré de fotografías de ambiente vietnamita. Hasta que llegue ese día… bueno, usaré para ilustrar esta entrada algunas fotos realizadas a orillas del Lago del Oeste en la animada y agradable ciudad china de Huangzhou.
Aprendan ustedes idiomas. A la larga sale rentable. Habrá quienes me acusen de falta de apoyo y solidaridad con la industria editorial española. Especialmente con las editoriales pequeñas, independientes o monográficas. Aunque se podría hablar de la falta de apoyo y solidaridad de esta industria con los lectores y con el fomento de la lectura. De la falta de adaptación a los tiempos modernos… ¿de verdad que no hay edición en formato electrónico? Y otras consideraciones. En cualquier caso, me puse a la tarea de comprobar los motivos del entusiasmo sobre la obra de esta escritora tan internacional.
La primera de las dos novelas cortas, la otra la tengo en espera, pertenece al género aventura espacial hibridada con el género detectivesco. En un universo con una cultura derivada del Asia oriental, con grandes desigualdades en el que domina una clase pudiente de eruditos y académicos, todo muy confucionista, que viaja por el espacio o transporta sus mercancías usando unas naves espaciales sintientes. Y, a modo de extraño Holmes y Watson, una detective que se dedica a preparar y vender tés e infusiones especiales cuando no tiene casos, se alía con una de estas naves para investigar un asesinato en una nave perdida en el espacio profundo.
He de decir que me costó entrar en la historia. Algunas de las referencias culturales en las que se mueve ese ficticio universo interplanetario o interestelar, proceden de la cultura vietnamita, con la que no estoy familiarizado. Y a pesar de su corta duración, la novela se toma su tiempo en plantear en toda su profundidad el misterio que acompaña a la muerte y el asesinato y sus consecuencias. Pero indudablemente es una historia que combina la presunta «ligereza» de una whodunit con otros temas con mayor profundidad y complejidad en su desarrollo. De momento, esta escritora y este universo están pendientes de una calificación definitiva sobre mi afinidad hacia ellos, aunque la impresión general es favorable. Cuando consiga volver a engancharme a la lectura y leer la segunda de las novelas cortas, ya os contaré. Porque por lo que sé, se desarrolla en el mismo universo. Pero no tengo claro que sean los mismos protagonistas. Veremos, que dijo un ciego a otro ciego.
Aunque de vez en cuando incluyo un cómic entre mis libros, he de decir que mi viaje a finales de septiembre al sur de Francia reavivó mis ganas por este tipo de lecturas. En Toulouse, las librerías especializadas en todo o en parte a esta forma de arte gráfica y literaria tienen una densidad considerable. Es fácil ir encontrándose con ellas mientras pasea por la ciudad. Al menos por el centro histórico, por donde más se mueve el visitante foráneo. Y con escaparates generosos y bien presentados, no son librerías pequeñas y de aspecto marginal precisamente, te quedas mirando y te entran ganas de leer alguno de los títulos. Pero como no quería cargar el equipaje con libros para la vuelta, los libros incrementan el peso del equipaje muy deprisa, sólo adquirí uno. Con aventuras de Valérian y Laureline.
Ya comenté en su momento mi vinculación temprana con esta pareja de agentes espaciotemporales. Poco conocidos en nuestro país comparados con otros cómics franceses, determinadas causas y azares hicieron que entrara en contacto con estos personajes en mi adolescencia, siendo alguno de sus álbumes los primeros libros que leí en mi vida de un idioma distinto del español. Y como ya reconocí tímidamente en su momento, siempre he estado secretamente enamorado de Laureline. Los personajes fueron creados en 1967 por Pierre Christin en el guion y Jean-Claude Mézières en la ilustración. Ya octogenarios, Christin vive todavía y Mézières falleció recientemente, a principios de año. La aventura gráfica de la que hablo hoy pertenece a la serie Valérian, vu par… que publica Dargaud. La serie de Christin y Méziéres está cerrada formalmente. En esta serie se invita a otros autores a revisitar los personajes y su universo con su propio estilo y mirada. Estas aventuras tienen guion del propio Christin con las ilustraciones de Virginie Augustin, a quien no conocía.
Encontramos en esta historia a Valérian y Laureline convertidos en dos adolescentes que viven con «su tío» en París a principios del siglo XXI, mientras que a nivel galáctico, una raza capaz de inventar historias está agotando la materia prima de su planeta que les permite realizar esta tarea. A ello se suman otros interesados en encontrar esta materia prima, de la que alguien localiza depósitos en tierras de Georgia, el país del Cáucaso que fue antigua república soviética. Y allí se dirigirán nuestros adolescentes héroes de forma inadvertida, contribuyendo a resolver la crisis.
Quizá lo de menos es la historia de esta historieta. En su conjunto tiene un tono tranquilo, melancólico, con los dos protagonistas en «modo adolescente», sus personalidades están en potencia. Valérian es más decidido y aventurero, Laureline, como siempre, más reflexiva y resolutiva a la larga. Al fin y al cabo, es la realmente inteligente de los dos. Corazón y cerebro, aunque con los sexos cambiado según la patriarcal tradición de la literatura universal. Quizá no sea la aventura más emocionante que hay leído, ni de las mejores. Pero cumple su papel de mantener vivos a los personajes, al mismo tiempo que les dota de la nostalgia que acompaña una creación que sabemos que ha cumplido su ciclo. Yo también lo compré y lo leí por nostalgia. Y dentro de poco volveremos a esta cuestión de revisitar, reanimar o reimaginar viejos héroes del cómic.
Este es uno de esos clásicos de la ciencia ficción llamada «dura» que debería haber leído en su momento, cuando yo estaba en mi veintena, y no ahora. Un libro de uno de los autores del género con más prestigio, Poul Anderson, escrito en 1970, que en los años ochenta del siglo XX todavía hubiera estado de actualidad. Quizá llega un poco tarde, cuando los estilos en el género han evolucionado. Y cuando la astrofísica y las cosmología también han evolucionado y las perspectivas de cómo funciona el Universo también. Por ejemplo, el «Big bounce» o «Big crunch«, según el cual el Universo se expandiría hasta que la gravedad lo obligase a volver a comprimirse en un opuesto final al «Big bang«, hoy en día gozan de poco prestigio. Y sin embargo forman parte esencial de la trama de este libro.
Ilustro la entrada con un atardecer en Estocolmo, capital de Suecia, porque en el mundo de esta novela el país nórdico es un lider global, ilustrado y pacífico, tras catástrofes bélicas debidas a las grandes superpotencias. Vete tu a saber si… tal y como está el patio… De todos formas, la nave, «Leonora Christine», está dedicada a una escritora danesa, no sueca.
«Tau Zero», en realidad en castellano es Tau Cero, he leído el libro en inglés, más barato y por eso los del «zero», hace referencia al valor del factor de contracción del tiempo, un fenómeno que se produce cuando un móvil se desplaza a una velocidad enorme, próxima a la velocidad de la luz, y por lo tanto el tiempo «a bordo» del móvil, supongamos una nave espacial interestelar, discurre mucho más despacio que en el espacio que le rodea, fijo o muchísimo más lento que el móvil. La nave que protagoniza esta novela, la Leonora Christine, y su internacional tripulación de científicos e ingenieros que van a probar suerte en la colonización de un planeta extrasolar, se moverán a velocidades relativistas. Y por lo tanto, lo que son meses para ellos son decenas de años en la Tierra. Es ciencia ficción dura porque no hay viaje a mayor velocidad de la luz, y los motores de la nave, aunque especulativos, se basan en la ciencia conocida en el momento. Así como las experiencias a bordo de la nave. Una nave que sufrirá un accidente y se verá incapacitada para frenar, por lo que irá aumentando su velocidad y adquiriendo una tau que tiende a cero, aunque es imposible que llegue a ese valor.
Desde el punto de lo que es especulación científica, la constante huída hacia adelante ante los desafíos que se presentan a los cincuenta tripulantes de la nave es muy divertida y entretenida. Es cierto que, no conociéndose en 1970 conceptos como la materia oscura o la energía oscura, aunque había quien los había intuido, la visión cosmológica del Universo es distinta de la actual. Pero no importa mucho. Está bien.
Otra cosa es la dinámica de la microsociedad de la nave. Como especulación sociológica, los planteamientos y los conflictos que surgen ante los problemas de la nave me parecen un poco ingenuos. O muy ingenuos. Pero reconozco que este tipo de escritura, en mi adolescencia tardía y en mi juventud temprana me hubiera encantado. Luego… bueno,… me volví más escéptico y un poco más conocedor de la sociedad humana. Un poco. Pero bueno, consideremos que se escribió cuando se escribió, y la obra de arte hay que valorarla teniendo en cuenta el dónde y cuándo se crea. Merece la pena si te gusta el género. Yo me lo pasé bien.
Puesto que últimamente se me han acumulado varios finales de temporada, se me había cruzado por la cabeza comentar hoy más de dos series. Pero se me ha hecho tarde… y además había la posibilidad de hacer una entrada temática con dos de ellas. Una entrada sobre aventuras espaciales… así que allá vamos.
Por supuesto, no han rodado en Marte ni en ningún otro planeta. Pero los coloristas en posproducción han tenido que trabajar de lo lindo para que pareciera que los astronautas y cosmonautas estaba en Marte. Por eso pongo estas fotos del planeta Tierra pero con un colorido que no parece de este mundo, gracias a la radiación infrarroja, de moda últimamente gracias al telescopio espacial James Webb.
Probablemente fue el verano de 1978. Así que andaba yo en plena adolescencia, y un año antes, aproximadamente, nos había sorprendido el estreno de La guerra de las galaxias… hoy conocida por los más jóvenes y nuevos como Star Wars: A new hope. Y yo había entrado en contacto las aventuras espaciales según Kubrick, gracias a que el cine de barrio de toda la vida se había reconvertido en cine de arte y ensayo para sorpresa de muchos. Acabó sus días como sala X proyectando porno hasta que se convirtió en un supermercado. Así que fue el momento en que comenzó mi afición a las aventuras espaciales, las space opera para quienes no pueden dejar el inglés quieto ni aunque los maten. Y en la sobremesa de aquel verano, antes de ir a pasar la tarde a la piscina durante el mes de agosto, creo yo, emitieron una parodia de las películas anteriormente mencionadas en forma de serie de televisión bajo el título en castellano de La escoba espacial. Mucho después me enteré que el título original de la serie era Quark, el nombre del capitán (Richard Benjamin) de la nave espacial que intrépidamente se dedica a… recoger bolsas de basura por el espacio. Sólo fueron ocho episodios. Y sin embargo, siempre he recordado algunos de los gags de la serie como si los hubiera visto la semana anterior. Sin duda, nuestros personajes favoritos, en aquel bachillerato unificado y polivalente sólo para chicos en mi colegio, eran Betty y su clon (Patricia Barnstable y Cyb Barnstable), que despertaban la imaginación de las revueltas hormonas de los adolescentes, y la planta Ficus Pandorata (Richard Kelton), clara parodia de Spock, cuando polinizaba con una princesa espacial. Recientemente la recuperé por la maraña de la red de redes y la volví a ver. Era muy cutre. Pero muy divertida. Una parodia que hubiera merecido mejor fortuna con una realización un poco más cuidada… y quizá en otra época. Siempre le tendré cariño.
Y en Apple TV+ hemos podido ver la tercera temporada de For all mankind. Esa serie en la que imaginan qué hubiera pasado si los soviéticos hubieran llegado antes a la Luna. Y como consecuencia, la Unión Soviética no se hubiera derrumbado, la carrera espacial hubiera seguido, y en la ventana de 1994 se hubieran lanzado, que es lo que se narra en esta tercera temporada, tres expediciones tripuladas a Marte. En la realidad, en este universo, tal vez se vuelva a la Luna hacia 2024… y ya veremos lo de Marte. En la carrera espacial marciana tenemos tres tripulaciones, la de la NASA, la soviética y la de un elonmusk precoz, anticipando también la aparición de empresarios jóvenes, emprendedores, prepotentes y bocazas. Y bueno… quizá alguien más. ¿Qué nacionalidad tendrá en ese universo el primer humano en pisar el planeta rojo? Yo ya lo sé. Sigue siendo una serie muy entretenida. Aunque con las peripecias de esta tercera temporada han estado a punto de saltar el tiburón en varias ocasiones, perdiendo el razonable rigor con el que habían enfocado hasta ahora unas aventuras espaciales realistas. En fin. Al igual que con las misiones Artemis está todo el mundo más preocupado de que por primera vez pisen la luna un negro y una mujer,… las misiones a Marte de la serie, las americanas claro… son como un anuncio de Benetton en los años 90. Sí… son como niños. De todos los colores y sexos.
La entrada de hoy me pone de especial buen humor. Porque me lo he pasado muy bien con estas dos series. Una de ellas en su tercera temporada, vista en Disney+, y la otra en su primera temporada, vista en Amazon Prime Video. Las dos nos llevan a universos de ciencia ficción, las dos son muy entretenidas, pero las dos nos hablan de problemas reales.
Sigo utilizando la sección dedicada al diseño en el Museum der Moderne de Múnich para ilustrar estas aventuras futuristas. Aunque los objetos de hoy no sean tan futuristas como los de hace un par de días.
The Orville comenzó como una parodia, y al mismo tiempo homenaje, a Star Trek. Creada y protagonizada por Seth MacFarlane, cuenta con un reparto que sin ser de enorme calidad interpretativa, tiene buen oficio, y compone personajes con los que puedes empatizar. Fundamentalmente porque en cada capítulo se ponen encima cuestiones éticas, sociales y políticas que invitan a la reflexión, siempre desde el punto de vista de fomento de la libertad personal, la solidaridad entre las personas y un entorno de máxima tolerancia ante la diversidad. Tocan temas como el racismo, el sexismo, la violencia, los populismos políticos, pero integrados en una aventura espacial divertida y con corazón. En su tercera temporada, se ha vuelto algo más seria y reflexiva, manteniendo el tono, menos frívola, menos paródica, pero lo he visto como una evolución de la serie, con el fin de refrescar sus contenidos. Ha habido un cambio de cadena televisiva original, y creo que ahora es algo más libre todavía. Según leo en TV Calendar, su estado actual es que se espera su retorno en el futuro, aunque su último episodio no dejaba tramas pendientes, y tenía un cierto sabor a cierre. Supongo que cuando lo rodaron no estaba clara su continuidad. A mí no me ha cansado todavía. Cosa que no me sucede con las series de la franquicia a la que parodia/homenajea,… que sí me suelen cansar pronto.
Y de la aventura gráfica en la que se basa la otra serie de esta semana, Paper Girls, ya os hablé hace un par de días. Y quedó claro que era una historieta que me gustaba y mucho. La serie también parece dirigida al público juvenil, pero los temas de fondo y la trama son perfectamente asumibles para un adulto. El punto de partida es el mismo, la cuatro jóvenes repartidoras de periódicos de 12 años de edad que el 1 de noviembre de 1988 tras una disputa con unos adolescentes mayores, se ven envueltas en un conflicto intertemporal entre dos facciones en guerra de viajeros en el tiempo. Pero pronto la serie empieza a divergir del argumento de la aventura gráfica. Puede que por motivos de presupuesto, puede que por necesidad de adaptar la acción al medio televisivo, probablemente por una mezcla de ambos. Es algo más oscura que la aventura gráfica. Con más muertes, y conflictos más profundos para las cuatro chicas, cuando viajando por el tiempo se van encontrando con sus versiones adultas o con sus familias adultas. Temas de identidad personal y sexual, temas de racismo, temas de expectativas de futuro, temas de conflictos familiares. Pero sin que falte la aventura y la acción. Sobre una misma base, va a ser claramente una historia diferente. Aunque de momento con el mismo espíritu. No es una serie redonda. Las cuatro chicas protagonistas tienen momentos muy buenos, pero todavía muestran algo de inmadurez como intérpretes, lo cual es normal dadas sus edades. Y no tiene la vistosidad visual, el diseño de la historieta. Pero tiene momentos muy logrados. Y cada una de las chicas tiene también su momento para el lucimiento. Particularmente la joven de origen asiático que encarna a Erin Tieng, Riley Lai Nelet, y que de alguna forma tanto en la historieta como en la serie tiene un punto más de protagonismo que las otras tres. Que también tienen sus momentos. Esperemos que en el futuro se vaya viniendo arriba, porque lo merece.
Las dos series que traigo hoy me interesaron desde el momento en que las vi anunciadas. Una, con cierta esperanza y buenas expectativas; la otra, con escepticismo. Ya es triste esperar las novedades del universo Star wars, con lo que nos marcó a toda una generación, con escepticismo… incluso pesimismo. Pero así son las cosas gracias a Lucas y Disney…
Allá por el mes de agosto del año 2011, un momento de mi vida en el que andaba necesitado de historias optimistas y bonitas porque había muchas cosas a mi alrededor que no funcionaban bien, vi en televisión la adaptación cinematográfica de la primera novela de Audrey Niffeneger, The Time Traveler’s Wife. Me gustó. Me puso de buen humor. Incluso si el corolario de la película como historia de amor es un poco melancólico. Leí poco después la novela… pero no me entusiasmó en exceso, sin considerarla una pérdida de tiempo. Recientemente se ha emitido la primera temporada de una serie de televisión que revisa la historia. Con la pelirroja Rose Leslie al frente, recordemos que la protagonista de la historia es la mujer, no el viajero en el tiempo, aunque lo podamos considerar coprotagonista, la cosa prometía. Sólo han sido seis episodios, muy dinámicos. Como digo, revisa la historia, puesto que la amplía; nos habla de posibles cosas que pudieron pasar en la relación en las que por extensión, o voluntad de la autora, no se entraba. Con lo cual, aumentan los temas que explora la narración, además de los básicos, el rol de las personas en una relación romántica, la pérdida y el duelo, el libre albedrío, el determinismo, el azar en nuestras vidas,… Globalmente considerada, hasta ahora, la serie es correcta, yendo de menos a más. Conforme avanzan los episodios se crece. Pero sobretodo, y como podíamos esperar, el pilar fundamental de la serie son sus intérpretes. La capacidad de generar empatía y solidaridad es importante en esta historia para poder engancharse a ella. Y ese es el principal activo de esta producción, con sólo seis episodios por temporada, lo que la hace muy visible.
Obi-Wan Kenobi… Uno de los personajes más potentes y carismáticos del universo Star Wars, y también uno de los más desaprovechados. Con una presencia pequeña pero fundamental en la trilogía original, el inolvidable Alec Guiness le daba un carácter muy definido e interesante. Grave en los asuntos, pero ligero en las formas. Un tanto guasón. Con sentido del humor. Discreto. Dedicado. Muy británico… si lo piensas bien, en unas películas en las que casi todos los «malos» tienen acento británicos, mientras que los «buenos» tienen acento norteamericano. En la segunda trilogía, tan floja e inconsistente, se nos presentaba una Kenobi mucho más joven, pero en la que Ewan McGregor sabía mantener la personalidad del personaje, uno de los más consistentes y bien definidos en la saga. Y sin embargo, el carácter del conflicto con Anakin Skywalker en la película en la que se pasó al lado oscuro, fue excesivamente simplista. Incluso con líneas de guion que hacen sonrojar por vergüenza ajena. Con todos estos antecedentes, todo aficionado a la saga, a pesar de los desmanes que se han cometido con ella, ha querido siempre saber y disfrutar más del personaje. Pero precisamente, por los antecedentes… el miedo invade el ánimo cuando se anuncia la serie.
La serie del mismo nombre que el personaje protagonista consta de sólo seis episodios que oscilan entre los 36 y los 53 minutos de duración. Y en el primer episodio ya se definieron las dos características que rebajaron de forma espectacular, casi catastrófica, las expectativas que pudieran haberse puesto en esta producción. La primera es el cambio de carácter del personaje, que no se recupera en ningún momento a lo largo de la serie. Tenemos a un Obi-Wan serio, timorato, incapaz de manejar el largo plazo, desesperanzado, totalmente distinto, de forma injustificada desde mi punto de vista, al que abandonamos al final de la película en que entrega a Luke a sus tíos en Tatooine. La segunda es que sigue la estela del mandaloriano, pero con poca fortuna, a la hora de plantear unas aventuras de héroe/antihéroe con niño. Pero donde la interacción entre Mando y baby Yoda (me niego a usar el horrible nombre que le pusieron) era divertida, motivadora e impulsora de la relación, la interacción entre este deslucido Kenobi con una repipi y repelente baby Leia resulta cargante por momentos. La serie no es una catástrofe, pero le falta alma. Y desparpajo. Le falta naturalidad, espontaneidad y desparpajo por toneladas, aquellas cualidades que dieron el carisma a la saga original y al personaje de Obi-Wan. A Disney le falta imaginación. En su ADN actual sobran los genes del tío Gilito (Scrooge McDuck), y su ambición de dinero, y le faltan aquellos que le den ingenio, creatividad, originalidad y aprovechamiento del buen material de base. Les falta el ADN del Mickey Mouse aprendiz de brujo. Pero al emporio que han montado agrupando franquicias que se dedican a entretener adocenando,… no creo que haya quien lo encarrile.
Hoy vamos con una entrada televisiva dedicada a las aventuras espaciales. Género televisivo al que me sigo apuntando siempre, aunque me decepcione con demasiada frecuencia. Pero antes, un breve sobre Death to 2021, un mediometraje de una hora de duración en la oferta de Netflix, en el que se hace un repaso a las calamidades del año 2021. Entre el documental y el cachondeo de ficción, con una serie de actores y actrices interpretando estereotipos de gentes diversas, en general nocivas socialmente, que dan su «visión» sobre lo que ha sido el año. Lo vi porque en diversos medios hablaban bien de él, y sólo es una hora de duración. Pero me resultó demasiado centrado en los Estados Unidos como para que al final me resultara algo más que anecdótico. Lo que ya no entiendo es porqué el título en castellano es un escatológico A la mierda el 2021, versión grosera de ese Muerte al 2021, que me parece innecesaria e innecesariamente sensacionalista. Pero vamos con el espacio.
Entre la sequía permanente y el agua ocasional en el tiempo o en el espacio, que mejor que unos paisajes de los Monegros para ilustrar las aventuras espaciales de hoy.
Hemos asistido a la temporada tercera de la versión excesivamente doctrinal de Lost in Space, en la que sus alabanzas a la familia más o menos tradicional, a la amistad, y a la confianza ciega a las acciones imprudentes de unos críos han acabado cansándome bastante. Creo que con los medios que han puesto para realizar esta serie, podrían haber pagado a algún guionista competente para contar una historia interesante de verdad, y con algún tipo de engarce en la realidad. No una serie de doctrina muy conservadora disfrazada de buenrollismo progresista políticamente correcto. Muy estomagante en su temporada final. Una lástima.
Confieso que cuando empecé a ver anuncios en Netflix de The Silent Sea quedé muy intrigado. Por antecedentes recientes de aventuras espaciales realizadas en este país, y por algún nombre interesante en el reparto. El título anterior es el título internacional de la surcoreana Goyo-eui bada 고요의 바다, y en IMDb aparece como el título oficial de la serie. El título coreano hace referencia al Mare Tranquillitatis, uno de los maria más conocidos de la Luna y que da lugar al título en castellano de la serie, Mar de la Tranquilidad. Los maria, yo prefiero el termino latino al castellano mares, son extensiones basálticas de origen volcánico, que parecieron mares en el sentido terrestre, extensiones acuáticas, que no son, a los primeros astrónomos que observaron nuestro satélite. Por eso prefiero el término latino. Y si usamos el término en castellano, no olvidarnos del adjetivo, llamémosles mares lunares. Pero el caso es que aquí se juega al equívoco, puesto que está involucrada el agua de una u otra forma en la trama.
En un futuro no muy lejano, catastrófico, cuasi apocalíptico, en la Tierra está desapareciendo el agua. Los ríos y los mares se están secando. Y hay un sistema de castas basado en el acceso al agua. La protagonista (Bae Doona), una exobióloga, es llamada para una misión espacial en la Luna. Una base en el satélite terrestre sufrió un acontecimiento catastrófico, aparentemente de carácter radioactivo, cinco años atrás, y murieron sus ocupantes. La científica jefe fue la hermana de la protagonista. El objeto de la misión es recuperar unas muestras que quedaron allí abandonadas y que pueden ser importantes en la crisis que sufre el planeta. Pero claro, las cosas no van a ser fáciles, se han dicho muchas mentiras, se han ocultado muchos hechos, y todo va a ser más complejo desde el principio. Especialmente por culpa del agua lunar.
La serie me despierta sentimientos encontrados. Como ciencia ficción,… es enervante. Como siempre hacen los coreanos, copian descaradamente ideas y situaciones de otras series o películas. El emplazamiento de la base lunar parece una copia de algunas instalaciones de cierta serie ucrónica con viajes a la Luna cuya tercera temporada esperamos. Y la trama general es la típica del terror ante una amenaza alienígena. Pero dan mil patadas a los manuales básicos de física, química y biología, sin ninguna consideración, hasta casi (o sin casi) el absurdo. Pero por otra parte, el guion de la trama, tomando lo anterior como un simple macguffin sin importancia, va de menos a más, el trabajo de los intérpretes es bastante sólido, y llega un momento que te ves absorbido, en los limitados ocho episodios de 45 minutos en que se divide la historia. Están bien dosificadas estas duraciones. Aunque el desenlace tiene elementos que ponen muy, pero que muy, a prueba la suspensión voluntaria de la incredulidad del espectador, por excesivamente fantásticos/fantasiosos. Sensaciones por lo tanto contrapuestas, entre el suspenso y el notable, entre el placer inconfesable y la producción interesante de ciencia ficción con un planteamiento científico muy descuidado. En fin. No se puede tener todo.
Segundas partes, terceras partes, trilogías de cuatro, segundas trilogías, terceras trilogías, universos con veinte películas o más, nuevas versiones, reboots, reimaginaciones, spin-offs… Intentar explotar una gallina de los huevos de oro hasta el agotamiento no es algo nuevo. Pero la sensación de que hoy en día, en la ficción televisiva o cinematográfica, se usa y se abusa de ellas hasta el extremo está constantemente presente en quienes nos gusta el cine y sus derivados en grandes o pequeñas pantallas. Y no siempre salen bien. Muchas veces pienso que lo de Battlestar Galactica fue más la excepción que la norma. Porque además, estos fenómenos se dan más en la ciencia ficción, ficción fantástica, o en la fantasía científica,… tres géneros que parecen similares, pero tienen diferencias que hay que saber diferenciar. Y no siempre es fácil.
Tanto la animación como la acción real están ambientadas en un sistema solar colonizado por los humanos, en los que cada ciudad o establecimiento humano recuerda a algunos de la Tierra, muy devastada como consecuencia de la ruptura de la Luna. Alguno de ellos recuerda mucho a Hong Kong, y por ello traigo fotos de la ciudad china.
Recientemente, en el ámbito de la ciencia ficción hemos tenido muchos anuncios de adaptaciones, nuevas adaptación, nuevas versiones… de materiales originales de referencia, de culto, de gran calidad,… como los queráis llamar. Algunas van saliendo bien (Dune), con el alivio de que las veremos terminar. Otras son decepcionantes (Foundation). Y todas ellas nos echan a temblar de miedo al mismo tiempo que no generan interés y expectativas (recientemente se ha anunciado la adaptación de Cita con Rama)
Esa mezcla de expectativas y miedo me suscitó el anuncio hace ya un tiempo de la adaptación a serie de acción real de una de las series de animación japonesa más redondas e interesantes que conozco. Una serie de referencia, de culto, como la queráis calificar… una serie de gran calidad. No es otra que Cowboy Bebop (animación). Una serie que mezclaba con habilidad elementos de aventura espacial, cine negro y western, con una grandísima, maravillosa banda sonora a cargo fundamentalmente de Yoko Kanno, que la interpretaba al frente de The Seatbelts, y que se movía con habilidad entre la comedia y el drama, con un tono melancólico, nostálgico, que impregnaba cada poro de cada uno de los veintiséis episodios de los que constaba, y con ese quinteto mágico de antihéroes de los que no podrías prescindir ya; Spike Spiegel, Jet Black, Faye Valentine, Edo y E1n, el simpático y misterioso perrillo que los acompaña. Fantástica. Con la excusa de la llegada a Netflix de la versión de acción real, la he vuelto a ver,… y… fantástica.
Efectivamente, fue Netflix, que tiene en catálogo la serie de animación, quien encargo la adaptación de Cowboy Bebop (acción real). Y después de terminar de verla, de dejarla reposar unos días… he de decir que no. Que no es lo mismo, que no tiene el mismo espíritu, que no transmite, ni de lejos las mismas emociones, y que es una serie absolutamente prescindible. Innecesaria por completo. Probablemente, quienes amamos el original de animación la rechacemos por traicionar en gran medida el espíritu y el tono del original, aunque quiera ser fiel al universo y a los «hechos» narrados. Pero los personajes, aunque vistan igual (o parecido, que a Faye la han vestido menos descocada), aunque se llamen igual, aunque se involucren en aventuras similares… no son los mismos. Más parecidos a variantes del pícaro espacial tipo «Han Solo» que a los originales, carecen de la mochila emocional, de la carga melancólica, de las carencias que daban sal y pimienta a la historia original. Y por mucho dinero que se hayan gastado en la ambientación de la serie, no habrá salido barata, visualmente carece del expresionismo de la original, y en general del expresionismo de la animación japonesa de la época. El reparto hace lo que puede con el material que le dan… pero no son quienes tenían que ser. Aunque la última escena (la única en la que aparece Edo), deja abierta una continuación, no se va a dar. Porque al parecer la serie tampoco a sabido convencer a audiencias nuevas, quizá más jóvenes, quizá más diversas… No ha funcionado. No habrá segunda temporada. No puedo decir que lo sienta. Siempre nos queda la original.
Esta semana traigo dos series muy distintas, procedentes de extremo oriente.
Empezaré por Dr. Brain 브레인, la primera serie surcoreana que se ofrece en Apple TV+. Y es que parece que las plataformas de contenidos en línea se están dando cuenta que la jugada de Netflix de apostar por las producciones del país asiático les está saliendo muy bien. Bien con producciones propias, bien como distribuidores mundiales de series producidas inicialmente para consumo local. Y que progresivamente han aumentado de calidad, pasando poco a poco de estar incluidas en la categoría de placeres inconfensables, a las de series interesante por sí mismas capaces de competir ventajosamente con las de otras nacionalidades. Poco a poco hemos ido descubriendo que el pequeño pero abundantemente poblado país del Asia oriental tiene una fenomenal cantera de intérpretes, y que cuando trasladan su buen hacer cinematográfico a la pequeña pantalla, alejándose de los clichés habituales de los k-dramas, nos ofrecen historias muy interesantes. Sin embargo, el drama con tonos de ciencia ficción en seis episodios de Apple TV+ se queda un poco a mitad de camino de ser reconocido como una buena serie de televisión. Adaptación de un webtoon, género muy popular en Corea del Sur.
El personaje principal es un científico investigador del cerebro (Sun-kyun Lee), que fue un niño especial, en el espectro de los trastornos autistas, con dificultad para expresar emociones, cuyo hijo murió y cuya esposa (Yoo-Young Lee) está en coma por un presunto intento de suicidio por la depresión consiguiente. Pero en sus investigaciones, que implican entrar en la mente de otras personas, descubre que quizá el niño no murió y que su esposa no intentó suicidarse, comenzando una investigación que a veces choca con las de la policía. La parte de ciencia ficción roza más bien la fantasía pseudocientífica. Hay una forma de identificar rápidamente a estas últimas; cuando se aplica el adjetivo «cuántico» indiscriminadamente a cualquier cosa… ahí estamos. Y llega un momento que la suspensión voluntaria de la incredulidad no funciona, combinado con unas interpretaciones que no carecen de calidad, pero que resultan frías en su conjunto. No me ha terminado de convencer. Pero sólo son seis episodios de una hora. Y aunque me muestre un tanto escéptico hacia el resultado final, la serie tiene críticas bastante favorables. Vosotros veréis. Apple TV+ tiene un catálogo relativamente reducido comparado con otras plataformas, pero para quienes nos manejamos en el ecosistema de servicios de la manzana, podemos encontrar su coste combinado con otros servicios muy razonable o prácticamente insignificante en aumento de gasto. Así que…
Habitualmente, siempre tengo alguna serie de animación japonesa que voy viendo poco a poco, sin prisas, en ratos muertos, bien de Netflix, bien de Amazon Prime Video, que son las plataformas con mejores oferta al respecto. Y la última que he visto es Edens Zero, una serie de la que estuve a punto de no pasar del primer episodio, pero ciertos desconciertos y elementos más o menos incomprensibles para mi, llevaron a que siguiera con ella. Me pasa con frecuencia, ver el primer episodio de una serie de animación y decidir que no es para mí y no seguir. Pero de vez en cuando cuela alguna que veo más por curiosidad que por interés real o por su grandes cualidades. Y esto me ha pasado en esta ocasión. Como la mayoría de estas series, es adaptación de una serie de historietas.
A primera vista, en el primer episodio, el encuentro entre una aspirante a estrella de las redes sociales en un universo alternativo con viajes espaciales y un huérfano criado por robots en un mundo deshabitado por los humanos me pareció que contenía mucho de infantilismo, y que parecía destinado más a la chavalada más pequeña que a otros grupos demográficos. Pero me sorprendía que la recomendaciones de edades fuera 16+ y no apareciera en el catálogo de Netflix Infantil. Así que seguí haber… y efectivamente, con una estética de aventura espacial fantástica o fantasía espacial, con los típicos personajes aniñados, pero con chicas de enormes glándulas mamarias, había temas relacionados con la violencia, el sexo, la esclavitud y otros más propios de adultos. La serie, en su conjunto, es entretenida. Pero todavía le doy vueltas a la cabeza a esos aspectos propios de la cultura japonesa en los que no tengo claros que carencias o cosas raras pasan por la cabeza de los nipones en cuestiones sexuales. Apostaría sin miedo a perder que a la mayor parte del femismo no le gustan estas series, con abundancia de fan service, por mucho que algunos hablen del empoderamiento de sus personajes femeninos. Me entra cierta perplejidad, eventualmente con algún elemento de rechazo. Obviamente, tras los primeros 25 episodios emitidos en dos tandas de 12 y 13 episodios cada una, se espera una nueva temporada para resolver la línea argumental primaria o principal. Ya veremos si la vemos.
La mayor parte de la animación que traigo a estas páginas es de origen japonés. Y esto se debe a dos motivos. El primero es que los nipones son mucho más prolíficos y estrenan mucho más títulos en las diversas plataformas digitales, especialmente Netflix y Amazon Prime. El segundo es que tienen una panoplia de temas y situaciones mucho más curiosa, «marciana» e intrigante que la animación occidental. Muchas veces no tienes ni idea de qué te vas a encontrar. La próxima vez que hable de animación japonesa intentaré recordar que tengo que ampliar esta idea. Pero si hay animación occidental interesante entre las series de las plataformas tampoco la rechazo. Ni mucho menos. Como las dos series que vienen a continuación.
Creo que la agencia de Reagan, la protagonista de «Inside Job» está en Washington DC. Pero podría estar en Nueva York, donde también da para mucha conspiranoia.
Como podéis ver, para los votantes en IMdb, la valoración de los episodios de cada temporada van en aumento sistemáticamente. Y no sólo es eso. Para mí, en este sistema de votación hay que acercarse al siete para que la cosa merezca la pena, aunque hay excepciones. La mayor parte del excelente cine de autor tiene valoraciones discretas. La fast food cinematográfica tipo Marvel o DC tiene valoraciones altas y es entre floja y mala. Pero en este caso, creo que la cosa se ajusta. La primera temporada empieza en lo que yo considero un discreto aprobado. Pero el final de la segunda serie es un sostenido sobresaliente. Y esto me permite resumir mi opinión. Esta segunda temporada sobre la tripulación del montón de una nave espacial del montón es uno de los más divertidos productos que he visto en mi vida de la franquicia Star Trek. Muy recomendable. Se puede ver en Amazon Prime.
Inside Job, Ultrasecretos en España, es una serie reciente de Netflix con la que me lo he pasado bien. Coge la idea de las conspiranoias habituales de los pirados de los extraterrestres, el asesinato de Kennedy, los misterios de la Luna, a la que según algunos pirados no fuimos nunca, según otros fuimos y había marcianos, o la del círculo de misteriosos magnates que realmente gobierna el mundo, y nos busca como protagonista una antiheroina asocial (Lizzy Caplan, voz). Una chica que es un genio, pero que no se sabe relacionar socialmente, en parte por pertenecer, de alguna forma, al espectro autista, tipo Savant syndrome, en parte por la nefasta pareja de progenitores que le tocaron en suerte. Y la rodeas de tipos absurdos y extremadamente freaks, y situaciones no menos absurdas dentro del género conspiranoico, para hacer una divertida burla de los problemas políticos y sociales actuales. No es una genialidad, pero es muy divertida y merece la pena. Yo tengo ganas de una segunda temporada.
Para esta semana traigo dos series que, sinceramente… no sé muy bien si se pueden recomendar o no. Probablemente la respuesta a este dilema es recomendarlas a sectores de espectadores específicos, pero no con carácter general. He de decir que una de ellas me venía generando bastante «ansiedad» desde que supe que se nos venía encima… Pero vayamos por partes, como dijo Jack the Ripper.
Buena parte de la acción de una de las series de hoy transcurre en Copenhague, y en el distrito gubernamental de la capital danesa, así que paisajes urbanos de esos barrios servirán de ilustración de la entrada de hoy. Es que no tengo fotos de Trantor o de Terminus.
Kastanjemanden (el hombre castaña), o como se ha denominado en España, El caso Hartung, es una serie de sólo seis episodios de ese género que se ha dado en llamar el nordic noir. Tiene todos los elementos clásicos. Ambiente frío, policías en conflicto con su vida y con el mundo, un asesino que parece un maniaco pero con una motivación desconocida detrás, y una resolución con sabor agridulce. Y en este caso… un final que resuelve, pero deja abierto a nuevas temporadas. Un mujer madre de familia es asesinada y junto a ella aparece un hombrecito hecho con castañas que contiene una huella dactilar de la hija de una ministra danesa, secuestrada un año antes y dada por muerta por las declaraciones del presunto secuestrador y asesino. Una policía (Danica Curcic) que ha pedido el traslado para poder dedicar más tiempo a su hija y un policía de Europol (Mikkel Boe Følsgaard), temporalmente destinado en Copenhague, tendrán que resolver el misterio. Pero con grandes costes. Para los amantes del género, una cita ineludible. Para quienes no lo sean tanto y no lo conozcan, hay otras que se deberían ver con preferencia, mejores. Para quienes conozcan el género y no les entusiasme… pueden pasar de ella. En Netflix.
Y por fin llegó a Apple TV la esperada/temida adaptación de la obra más conocida y famosa de Isaac Asimov, Foundation. Yo debía de tener 17 o 18 años cuando la leí por primera vez, en la primera traducción al castellano de la obra. Me refiero a los tres libros iniciales. Las secuelas y precuelas escritas en años muy posteriores… las voy a ignorar, porque creo que son superfluas y poco interesantes, y de inferior calidad conceptual y literaria. Aunque no son pocos quienes discrepan de mi opinión. La lectura de esta obra me impactó notablemente y siempre ha condicionado mis gustos dentro de la ciencia ficción. Y si sumamos esta obra literaria con el fenómeno Star Wars que surgió en mi adolescencia, más algunas películas como las odiseas espaciales de Kubrick o de Tarkovski, ambas las pude ver en aquella época en la breve etapa del cine Rialto de Zaragoza como cine de arte y ensayo, determinaron también para siempre mi afición a la space opera, las aventuras espaciales. Pero con algo más. Llevo cuarenta años fiel al género, que me ha deparado muy buenos momentos, pero también unas cuantas decepciones. También leí con el tiempo las nuevas traducciones de la trilogía original de Asimov… que me parece que no aportan nada. Tienen un lenguaje más actual, pero son literariamente inferiores. Y tengo pendiente leerlas en el original en inglés. Quizá me ponga a ello estas navidades.
Muchos han considerado la trilogía de Asimov como inadaptable a un formato audiovisual. Aunque muchos han tenido claro que de hacerse, tendría que ser en forma de serie. Bien una serie de largometrajes o, por la estructura del primero de los libros, una serie televisiva. Y así ha llegado a Apple TV. También estaba la cuestión de en qué medida se podía ser fiel a la historia original. Y qué modernizaciones razonables habría que plantear en la ambientación de una historia que empezó a escribirse en 1942, hace casi ochenta años, y a publicarse en 1951, hace setenta años. Y ya tenemos una propuesta. Una primera temporada que «adapta» dos capítulos, originalmente novelas cortas o relatos relacionados, del primero de los libros. Siempre había supuesto que cada uno de estos relatos del primer libro daban como mucho para un episodio o dos de una posible serie. Pues me quedé muy corto. La serie inventa mucho. Tramas que no existen en absoluto en la obra de Asimov. Y algunas de ellas rompen con la filosofía inicial de la obra, en mi opinión, especialmente aquellas que introducen elementos místicos o religiosos. Asimov imaginó una obra impulsada por propuestas científicas, aunque fueran altamente especulativas. Incluso sus denominaciones no son coherentes con lo que conocemos en la actualidad. Su «psicohistoria» no sería otra cosa que una disciplina de la sociología, una sociometría matemáticamente avanzada y con un asignación de probabilidades a determinados acontecimientos sociales con una precisión extremadamente superior a lo que en la actualidad se puede realizar. Por supuesto, los acontecimientos del individuo serían impredecibles. En aquellos momentos, las teorías del caos actualmente en vigor se habrían desarrollado con posterioridad a la escritura de la serie, y no hay que desdeñar una naturaleza caótica en los procesos causales sociales y las predicciones sobre la evolución de las poblaciones. Así que habría margen para jugar con una modernización de los conceptos de Asimov sin ser infiel a los mismos.
Y luego está la serie como divertimento en sí mismo. Aun considerando que la fidelidad al original es lo suficientemente baja como para considerarla «inspirada» y no «basada» en el mismo, la serie podría ser muy entretenida, divertida, emocionante, interesante, o lo que queráis, para perdonar las infidelidades. El cambio en el sexo de los personajes o en la diversidad étnica de los mismos me parece inconsecuente, no tiene la menor importancia en mi valoración. Que Salvor Hardin sea una mujer de piel negra, en lugar de un hombre cuya piel nunca se describe en el libro, si no recuerdo mal, me resulta indiferente o me parece bien, si la actriz lo hace bien. Pero que se cambie el carácter de Hardin, una persona inteligente que aborrece por sistema el uso de la violencia, y acabe siendo una soldado armada y que se ve envuelta en peleas con frecuencia… pues eso es ser infiel al original. Aunque supongo que han considerado que era más vistoso para los espectadores.
Desgraciadamente, a pesar de la enorme cantidad de medios puesta al servicio de la realización de la serie, las tramas dejan que desear. Y en algunos momentos las acciones presentadas resultan un tanto caricaturescas o ridículas. Es cierto que también tiene algunos momentos inspirados, el germen de una buena serie, fiel o infiel al original da igual, estaba ahí. Pero no acaba de germinar. Y la sensación al terminar el último episodio de la primera temporada es de insatisfacción. Que no mejora con el tiempo. Al contrario… vas viendo las incosecuencias internas de las tramas y lo forzado de las interacciones entre ellas. Seguiré viéndola… pero salvo a gentes como yo, que han bebido del género con avidez a lo largo de su vida, y quieren saber en qué resulta al final, me resulta difícil recomendarla en estos momentos. Es lo que hay.
Ya venía avisando en las últimas entradas sobre cine que estábamos a la espera del estreno de la película que nos ocupa hoy. Los motivos son diversos. Cierto es que cuando por primera vez leí que el canadiense Denis Villeneuve, director que sigo al detalle desde que vi por primera ver una película suya, que nada tiene que ver con lo que hace últimamente, las cosas de tener prestigio y presupuesto, han pasado diez años… ya me he líado. Como decía, cuando leí que el director iba a adaptar la más famosa novela de Frank Herbert, y una de las más celebradas de la ciencia ficción, al mismo tiempo me entró un tembleque de ilusión… y de miedo. Dune es una novela compleja, con temas diversos, difícil y tratados como quizá sólo se podían tratar en 1965. Y con algunas ironías a posteriori curiosas. ¿Quién iba a imaginar que el nombre del emperador galáctico, Shaddam IV, iba a tener tanta resonancia en el ámbito de los tiranos de carne y hueso en las últimas décadas del siglo XX y en la primera del XXI? A la hora de adaptar la novela ha habido fracasos sonados, que ni siquiera se empezaron a rodar, series de televisión relativamente olvidadas, y la adaptación de David Lynch, que no satisfizo a nadie, que también tuvo sus problemas de gestación, con unos efectos visuales que ya no eran presentables en la época en la que se estrenó, el distópico año de 1984 (imaginad ahora), y que curiosamente ahora tiene una facción de partidarios que hace que haya quien la considere una «película de culto». La he vuelto a ver en Filmin estos días… y es, simplemente, la peor película de Lynch, y en el mejor de los casos, una película regular regular regular. Os puedo asegurar que cuando la vi de estreno, a mis 22 añitos, tanto me había gustado la novela, tantas ganas tenía de que fuera buena, que casi me convencí a mí mismo de que era así… aunque,… no.
A falta de fotos de un desierto con montones de arenas en dunas, como debe ser, pongo unas cuantas fotos de los desolados paisajes volcánicos de la isla de la Palma, que están de moda.
En su sinopsis más elemental, la historia nos cuenta las manipulaciones de un tirano, el emperador galáctico Shaddam IV de la Casa Corrino, en un imperio gobernado por un sistema aristocrático de casas nobles, que quiere deshacerse de las dos casas que en un momento dado pueden disputarle el trono, y que además se odian entre sí, la del duque Leto Atreides (Oskar Isaac, Atreides por los átridas griegos, aunque van vestidos de militares prusianos), y la del barón Harkonen (Stellan Skarsgård, nunca se ha establecido su ascendencia a ninguna casa real de la realidad, y a pesar de su apellido, no van vestidos de militares prusianos). Y parece que lo va a conseguir si no fuese porque la concubina del Atreides, Lady Jessica (Rebecca Ferguson) y el hijo de ambos, Paul (Timothy Chalamet), se van a empeñar en no morirse y en refugiarse entre unos tipos, los fremen (por aquí aparece Javier Bardem y Zendaya, muy inspirados por los beduinos del Sahara, bastante brutos. En una sinopsis más compleja, que no haré, habría que hablar de política, luchas por el poder, religión, mesianismo, monopolios, plutocracias y otras oligarquías, y otras guerras santas… o jihads. Esa sinopsis la haré si algún día releo la novela y la comento.
Como dijo el Descuartizador del Támesis, que pudo ser o no ser la misma persona que Jack el Destripador, «vayamos por partes». Y no nos queda más remedio, porque de entrada, cuando se abren los títulos de crédito de entrada, en lugar de ver en grande la palabra «DUNE», vemos tres palabras «Dune Part One», cosa que no consta en la cartelería anunciadora, ni en la cartelera oficial de cine, quizá para no espantar a quienes no sepan que van a ver la mitad de la historia, y no la historia completa. Especialmente si llegas a sospechar que ni siquiera está confirmada la realización de «Dune Part Two». Esto hace de entrada que en mi valoración subjetiva de la película se haya caído una estrella. La película está inacabada, con sus 155 minutos de duración. Que no se hacen largos. Que la película está muy bien hecha, que tiene unos efectos visuales de los de «creérselo». Que comentaré después, los que salen actúan bien o muy bien. Que a pesar de contar una historia muy densa, el guion va (casi siempre) fluido. Que la banda sonora me gustó… aunque en esto no hubo acuerdo. Y que sólo hay dos pegas que se le pueden poner. Una, que yo juego con ventaja, porque al conocer la novela, a la que es relativamente fiel, sé de qué va la cosa; quien no la haya leído tal vez se pierda en algunas cuestiones. Dos, ¿lo he dicho ya?, que la película está incompleta. Que la han cerrado donde la han cerrado porque es un buen lugar, si fuera una teleserie, para cerrar un episodio y volver dentro de un rato o a la semana que viene con el siguiente episodio. Pero no hay un siguiente episodio. Al menos, todavía. Y nadie ha confirmado que lo vaya a haber. Esto es como la rotoscópica versión animada de The Lord of the Rings, de la que se hizo una primera parte, hasta la batalla del abismo de Helm, pero ni Aragorn llegó nunca a Gondor, ni Frodo al Monte del Destino, y mucho menos regresó a la Comarca.
El reparto está bastante acertado. Vamos a ver… el reparto que importa. La película está llena de nombres conocidos… aunque falta Sting ¿Por qué no está Sting-Feyd-Rautha Harkonen poniendo cara de cínico sádico? Pero la novela es tan coral, que la aparición en pantalla de muchos de esos nombres conocidos es cortita y no valorable en materia interpretativa. Por supuesto, en nombre de lo políticamente correcto, hay algunos cambios de color de piel y sexo entre personajes de la novela y la película actual, pero eso da igual. A la larga, las dos interpretaciones que realmente importan son las de Rebecca Ferguson y Timothy Chalamet. Este último está correcto, aunque creo que es un actor que todavía tiene que madurar, pero bien. Y la que es una roba escenas de mucho cuidado es la nueva Lady Jessica, que prácticamente se lleva, merecidamente, el protagonismo de la película. La sueca de apellido escocés me encanta como trabaja, en general, incluso cuando la mayor parte de su filmografía no me interesa mucho, realmente.
Dicho todo lo cual, estamos ante una versión de la novela de Herbert muy digna, muy bien hecha, que hace lo mejor que se puede hacer para adaptar una novela compleja, sin perder mucho por el camino, que es una delicia para los sentidos, pero cuya valoración final tendrá que esperar a que alguien la termine. Porque no… no es lo mismo que el final en cliffhanger de The Empire Strikes Back. De hecho, aquella afortunada película, la mejor con ventaja de la saga galáctica, es una película muy distinta de la que le precedió y de la que le siguió (y no digamos ya del resto). ¿Qué pasará con Dune Part Two? Ya me lo preguntaréis dentro de unos años.