Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Caminando a lo largo de la línea Kibi de ferrocarril, popularmente conocida como linea Momotarō, por atravesar las tierras donde presuntamente nació este popular héroe de los cuentos japoneses. Aunque los eruditos dicen que esa presunción es un «cuento» propagandístico de los responsables del turismo de la zona para atraer viajeros. El sitio está bien, momotaros aparte.
Vamos con un libro de fácil lectura que leí durante el viaje a Japón, cuando tenía algún ratito en desplazamientos en tren y a los que íbamos no nos apetecía conversar. Es un libro del escritor japonés Osamu Dazai, publicado en 1945. Una descripción amplia del contenido del libro se detalla en la Wikipedia en inglés. Dazai fue un escritor de vida torturada. En su juventud tuvo conflictos políticos al ser izquierdista en un país con fuertes sentimientos conservadores y anticomunistas. Se casó en dos ocasiones y tuvo varias amantes. Se suicidó con la última. Y siempre aspiró al reconocimiento público de su valía como escritor. Y, aunque lo tuvo, siempre se sintió un segundón. Dicen que sus mejores libros vinieron en sus últimos años de vida.
Esta recopilación de cuatro cuentos surgió de los bombardeos de Tokio. Su casa fue destruida dos veces en estos bombardeos, aunque nadie de la familia murió, e incluso tuvo un hijo en 1944. La cuestión es que durante los bombardeos, en el refugio, contaba cuentos tradicionales a su hija mayor, cuentos que probablemente modificada, y de ellos salieron las versiones particulares de cuatro de los más famosos cuentos populares del País del Sol Naciente. Tituló a su colección Otogi-zōshi お伽草紙, que parece referirse a la más popular colección de cuentos populares del país, también Otogi-zōshi 御伽草子, aunque con una serie de caracteres diferentes. Se me escapa la trascendencia de este cambio, si es que existe. Los cuatro cuentos que reversiona Dazai son:
La historia de Urashima.
La montaña Kachi-kachi.
El gorrión de la lengua cortada.
El lobanillo desaparecido.
Pero frente al carácter amable, apropiado para todos los públicos y moralista de las fábulas originales, esto tiene una mirada cínica o satírica, criticando estereotipo y conceptos morales que probablemente el autor consideraba desfasados. Especialmente entre con cierta acidez a criticar la relaciones conyugales, o las relaciones entre hombres y mujeres en general.
La edición que he leído no sólo incluyen los cuatro cuentos tal y como los escribió el autor, sino que también incluyen versiones bien conocidas de los cuatro cuentos originales, lo que permite comparar las historias y sus diferencias. He de decir que alguno de los cuentos tradicionales podría no se tan «adecuado» para los niños,… pero no voy a entrar en eso. Como repito muchas veces, en la cultura occidental, la historia de Caperucita Roja en realidad no va de una niña tan niña, el lobo no es propiamente un lobo, y cuando habla de comerse a la «niña» se sobrentiende que lo que hacen es «otra cosa». Pues eso. Que los cuantos tradicionales no necesariamente son para niños. Otro ejemplo, en la versión italiana y más antigua de la Bella Durmiente, el príncipe no la despierta con un besito,… la viola. En fin…
Dicho lo cual, es una lectura entretenida, apropiada para las circunstancias. Bien ambientado por el lugar donde viajábamos, relatos cortos que se acoplaban bien a esos desplazamientos en los que no nos apetecía hablar, bien escritos… algo satíricos,… qué más vas a pedir. Como curiosidad, Dazai se planteó también una versión modificada de Momotarō, por cuyo «lugar de nacimiento» anduvimos, pero al final lo desechó por no encontró un ángulo adecuado para hacerlo.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Hoy, Londres, donde transcurre la novela, con una cámara fabricada cuando se escribió la novela, Zeiss Ikon Ikonta 521/16 con Ilford HP5 Plus.
Desde hace ya una década, por lo menos, es raro que haga relecturas. Hay demasiados libros en el mundo como para volver repetidamente a lo que ya fue leído. Lo curioso es que en mis primeras décadas de vida como lector no era infrecuente que volviese a leer libros que me habían gustado, o que sentía que precisaban más de una lectura para ser digeridos, o incluso libros que no me habían gustado demasiado pero que tenían un yo que sé, qué sé yo. Hace unos meses apareció como oferta a un precio ridículo la versión en libro electrónico de la más famosa obra de George Orwell, y la cogí. No sabia si la iba a volver a leer. Por tenerla. Porque es uno de esos libros que hay que tener. Al final la he vuelto a leer. Por lo menos 30 años desde la última vez que la leí.
La última vez que la leí, porque si no recuerdo mal, en mi juventud leí tres veces esta novela. La primera vez no tendría más de 16 a 18 años. Estaba en una colección de 100 libros que publicó la editorial Salvat por entregas. Más padrinos la tenían. Supongo que por iniciativa de alguna de sus hijas, mis tatas. Tato o tata es la forma en que en Aragón se llama al hermano o hermana mayor, pero también a figuras que ejercen una función social o familiar similar aunque no sean hermanos de sangre. Bueno, no sé si es exclusivo de Aragón, pero no he conocido personas de otras regiones españolas que lo hayan usado, al menos con la asiduidad que se usa por aquí. Creo que fui la persona que más libros leyó de aquella colección. Algunos varias veces. Como este. O la versión literaria de Arthur C. Clarke de 2001, una odisea del espacio. Entre otros libros muy interesantes. La segunda vez fue cuando se estrenó la adaptación cinematográfica de la novela, coincidiendo con el año del título, año en el que respiramos aliviados de no vivir en el mundo que Orwell imaginó. Tiempos de optimismo social y político en esta España mía, esta España nuestra que cantaba Cecilia. Dicen que en la versión original de la cantante decía esta España viva, esta España muerta, pero la censura fascista del régimen de Franco no la permitió. Pero ahí estábamos en 1984, optimistas porque creíamos que habíamos o estábamos dejando atrás ese fascismo.
La leí por tercera vez en torno a 1994 o 1995. Y por algún motivo, quizá por la crisis económica que siguió a la burbuja de los fastos de 1992, los primeros escarceos públicos con la corrupción de los partidos políticos, y la deriva hacia la derecha, todavía muy moderada, de los partidos políticos españoles, en aquella lectura sentí que había más cosas en el contenido de la novela de las que había percibido con anterioridad. Aquellos defectillos de la democracia española, que tenían su equivalente en la situación global tras el derrumbe de la Unión Soviética, la primera Guerra del Golfo y el desastre de las guerras de los Balcanes, fueron consolidándose y evolucionando. Y las primeras décadas del siglo XXI del que ya hemos consumido una cuarta parte, han puesto tristemente de actualidad los temas que la novela de Orwell trata. Quizá hoy no estemos ante los regímenes totalitarios que imaginaba el escritor británico a imagen y semejanza de los regímenes alemán y soviético de la primera mitad del siglo XX. Hoy en día los hermanos mayores… Bueno, lo tenía que decir. Big Brother no se debería haber traducido nunca al castellano como Gran Hermano. Esa es una expresión inglesa para hablar del hermano mayor de una persona. Pero el mal ya está hecho, y parece irremediable. Con las connotaciones diferentes que conlleva la expresión. Volviendo, los hermanos mayores de hoy en día no son misteriosos y distantes dictadores de aspecto más o menos estalinista. Nop. Hoy en día son plutócratas, dueños de grandes conglomerados empresariales que acceden al poder por sí mismo, o a través de marionetas que surgen en los partidos políticos tradicionales, cada vez más irrelevantes a la hora de proponer modelos de sociedad claros y de referencia para los ciudadanos de un país.
Pero lo que define una distopía, o dictadura, incluso si esta se disfraza de democracia, orwelliana, no es su carácter de régimen totalitario. Esa es la forma que toma en el libro de Orwell, porque estaba muy reciente la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial y alza de los totalitarismos nazi y comunista. 1984 fue escrita en 1949, que no se nos olvide. Lo que caracteriza la distopía/dictadura orwelliana es la alteración del lenguaje, la alteración de la historia, la alteración de la verdad. El concepto de verdad desaparece. La historia es la que se decide que sea, no lo que sucedió. Y modificamos el vocabulario y la forma en la que hablamos de forma planificada para ajustarlo al dogma político y social. Obsérvese que algunas de estas características abarcan a todo el espectro político de nuestros tiempos, no son exclusivos del sector más conservador populista del mismo como algunos creen. Y fíjense, los destinatarios de la represión, de la vigilancia y del control no es el conjunto de la población. Es la clase media de la distopía, los burócratas del partido único que curiosamente colaboran cotidiana y activamente a mantener el sistema, al mismo tiempo que arriesgan todos los días su vida simplemente si les da por pensar. O hablar en la lengua tradicional. Da mucho que pensar. La masa poco formada y obrera, si tienen una ración mínimamente suficiente de pan y circo… no es peligrosa. La élite es la élite… no hay más que decir. Es la clase media a quien hay que controlar. O quizá acabar con ella. Es ahí donde surgen los riesgos para los regímenes políticos. Entre los que piensan y tienen una educación, y un sentido crítico. Como decía, si superas la anécdota de la ambientación que propone Orwell, el libro da mucho que pensar.
No. No he hecho un resumen del argumento del libro. Para qué. Es muy conocido por quienes puedan tener interés en este relato. O es indiferente para la masa que no se interesa ni se interesará nunca por él. A pesar de todo, con los muchos defectos que tenía Orwell, un escritor, una persona llena de contradicciones internas, es un libro imprescindible. Que hay que leer al menos una vez en la vida. Aunque es de lo que quizá sea preciso leer más de una vez. Y que hoy, más que nunca, sigue estando de rabiosa actualidad, aunque no se lo parezca a muchas personas.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Buena parte de la novela transcurre en París, así que nos daremos un paseo por Montparnasse en fotos.
Pierre Lemaitre es un autor francés que ha gozado de fama y difusión en las primeras décadas del siglo XXI. Primero con sus policiacos, duros, implacables, con pocas concesiones a la amabilidad en los desenlaces o a la sensibilidad de los lectores partidarios de los finales felices. He leído un par de esos relatos policiacos. Y, a pesar de que no soy especialmente fan del género, me gustaron mucho. Los disfruté mucho, aquí y aquí… o quizá debería decir que los «sufrí» mucho. Pero su fama explotó con su dura y satírica crítica social a partir de los gueule cassée de la Primera Guerra Mundial, la cual se podía extender a ciertas formas de corrupción moral y política actuales. Que tuvo su segunda parte, que también leí. Y alguna otra cosa, que no me entusiasmo tanto, y que leí posteriormente. Y alguna novela que empecé… se me atascó… y abandoné el seguimiento de este autor. Hasta que hace pocos meses apareció en ofereta el libro que traigo aquí.
Se trata, al parecer, de la primera novela de crimen policiaco que escribió Lemaitre, y que permaneció inédita durante varias décadas. No encontró su camino en el mundo editorial. Hasta que, con la fama del autor establecida, fue publicada en los últimos años, probablemente revisada, confiando en que el nombre atraería a los lectores. Una novela que mezcla la dureza de las tramas policiacas del escritor, donde nada ni nadie está a salvo, con la ironía satírica y desmesurada de sus libros no policiacos más conocidos. Una antigua y bella resistente de la Segunda Guerra Mundial, en la que mostró una inquietante tendencia al sadismo con los invasores alemanes y colaboracionistas, acaba dedicándose el resto de su vida a ser ama de casa respetable hasta que, viuda, se dedica al oficio de asesina a sueldo. En la actualidad, con los sesenta cumplido, es antigua pero no bella, empieza a tener achaques, y despistes que hacen sospechar la enfermedad que lleva el nombre de un distinguido neurólogo bávaro nacido a mediados del siglo XIX puede estar al acecho. O algo parecido. El caso es que los despistes en sus trabajos llevan a que sus últimos asesinatos llamen especialmente la atención de la policía… y de la organización para la que trabaja. Y ambos la quieren «jubilar», unos mándandola a una «residencia» con barrotes en las ventanas tras el juicio penal pertinente, otros, por deceso.
Lo ciertos es que me ha parecido una novela divertidísima. Un poco como la antigua revista española Harakiri, tiene humor bestia y sangriento. La asesina puede no estar ya en sus mejores tiempos, cuando arrebataba por igual vidas de enemigos o «clientes» a lo bruto y corazones de sus compañeros más románticos. Pero sigue siendo una psicópata de mucho cuidado y sin escrúpulos. Su rastro de asesinatos mezcla el horror de la violencia con el humor negro, negrísimo, de las circunstancias en las que esa violencia sucede. Dicho lo cual, la novela no deja de ser un divertimento. Carece de la profundidad psicológica de las novelas policiacas posteriores del autor. Tampoco plantea un comentario social de cierto calado como otras de sus novelas no policiacas. Evidentemente, fue un ensayo de estilo y posibilidades, que está bien leer, pero que no tiene la madurez de las obras posteriores del autor. No obstante, me parece bastante recomendable. Como ya he dicho, yo me lo he pasado estupendamente.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Tokio, alrededores de Senso-ji, en Asakusa.
Decidir en agosto que en los primeros días de octubre nos íbamos a Japón, determinó que leyera una serie de libros procedentes del País del Sol Naciente seguidos. Uno ya lo comenté recientemente. Y, como tengo muchos pendientes de comentar, hoy voy con los dos siguientes. Y especialmente me viene bien combinarlos en la misma entrada porque ambos tienen en común que sus protagonistas son mujeres que viven en el entorno del entretenimiento, la noche y el «placer». «Placer» entrecomillado, por que es el placer de los hombres y no de las mujeres, como ya comprobaremos. En cualquier caso, dos libros muy distintos, pero que nos perfilan muy bien algunas cosas de cómo ha sido la relación de los japoneses con el «mundo flotante» ukiyo 浮世, como se le llamó tradicionalmente. Vamos con historias de geisha 芸者, oiran 花魁 y otras mujeres de menor rango en los servicios de ese placer, fundamentalmente masculino.
Geishas rivales – Kafū Nagai
Kafū Nagai fue un escritor japonés activo en la primera mitad del siglo XX. Procedente de una familia de intelectuales, estuvo activo como escritor y como académico hasta que sus posturas contrarias al militarismo de los años 20 y 30 que culminó en la Guerra del Pacífico hizo que fuera relegado. En ese período de lúcida actividad intelectual y creativa escribió el libro que aquí nos ocupa, entre 1916 y 1917, en el que recorreremos el mundo de las geisha de Shimbashi y Asakusa, de los actores de teatro, de los hombres de negocio que mantenían a estas mujeres y las rivalidades entre ellas, cuando su carrera era corta pues estaba condicionada por el inevitable envejecimiento, cuando envejecer es llegar a los treinta o treinta y pocos años.
El relato se centra en una joven geisha de 23 años que se retiró unos años antes por un matrimonio con un rico provinciano… que falleció muy tempranamente dejándola viuda en una ciudad de provincias, muerta de aburrimiento, y con una familia política con la que empatizaba/simpatizaba poco, y sin haber tenido un hijo que garantizase su posición. Así que vuelve a Tokio, donde conecta con viejos conocidos, mientras navega entre el interés hacia aquellos hombres que la pueden mantener económicamente, y el enamoramiento por aquel actor de fama que le atrae. Pero es un mundo traicionero, donde surgen rivales entre las jóvenes de su gremio, y donde nunca hay nada seguro en el terreno de las relaciones y los sentimientos.
Hoy en día nadie confundiría en Japón a una geisha con una prostituta como tanta gente en occidente hace. Pero aunque en el Japón de antaño también había notables diferencias, había elementos difusos. Como se nos cuenta en la novela, no era infrecuente que una geisha fuera mantenida por un hombre, con el correspondiente intercambio de favores sexuales. Incluso por más de uno. No obstante, el negocio de la geisha era el entretenimiento; la compañía, el canto, la danza, la preparación del té, con refinamiento. Pero ese principio de siglo es tiempo de cambios, y la competencia es feroz, con nuevas geishas que abandonan el refinamiento por la voluptuosidad y la atracción sexual. Un mundo duro, donde ganarse el sustento, no sólo para comer sino para mantener la presencia, el vestuario y el estilo no es tan fácil como parece. Y comprobamos de forma espléndida en esta novela las dificultades de la joven Komayo para navegar en ese mundo, en el que sobra esa fondo de idealismo y romanticismo que tiene. Aunque la vida se encargará de ponerla en su sitio y encarrilarla. Me gustó mucho esta novela, en la que se aprende mucho del ambiente de la noche tokiota de principios del siglo XX.
A woman of pleasure – Kiyoko Murata
Esta novela es muy distinta. Kiyoko Murata es una escritora contemporánea, aunque de largo recorrido ya que nació en 1945. La novela, no obstante, es reciente. Tiene un fuerte componente feminista, dentro del concepto de sororidad que tan de moda se ha puesto en las últimas décadas. Y nos traslada al barrio rojo de Fukuoka, ciudad importante, portuaria, del norte de la isla de Kyushu, la más sureña de las cuatro islas principales del archipiélago nipón. Una historia de ficción inspirada en un hecho real, ya que fue el lugar donde se realizó la primera huelga de prostitutas del País del Sol Naciente, en protesta por las condiciones abusivas en las que se realizaba su trabajo. Unas condiciones que eran una servidumbre prácticamente a una esclavitud.
La protagonista es una adolescente de quince años, originaria de una pequeña isla del pescadores al sur de Kyushu, que es vendida por sus padres a un prostíbulo ante la imposibilidad de mantener a todos sus hijos. Tras un período de aprendizaje con una de las oiran del establecimiento, las prostitutas de primera fila, de lujo, que estaban en la cúspide de la sociedad de castas de la prostitución, comenzará a trabajar, a conseguir sus primeros clientes, para pagar la onerosa deuda que ha contraído con el propietario por el dinero que este dio a su padre. La relación con otras compañeras, y con la maestra, una antigua prostituta, también vendida por su padre, un samurái venido a menos por la restauración Meiji, la pondrá en el camino de rebelarse con el sistema de servidumbre con pocas esperanzas en el que ha entrado. Más siendo una joven inculta, que habla un dialecto difícil de entender para la mayor parte de la gente.
Como ya he dicho, es una novela de superación y de solidaridad entre estas mujeres que, a pesar de legislaciones recientes que deberían protegerlas, vivían en ese estado de semiesclavitud. Estamos en la primera década del siglo XX, todavía en la era Meiji. El país está cambiando, y las influencias extranjeras se hacen notar, pero muchas costumbres permanecen, y la sociedad no ha roto todavía con la sociedad de castas que dominó el período Edo. La novela ofrecerá esperanza; pero es una novela dura. Las descripciones del proceso, humillaciones y degradación de estas mujeres, de la joven protagonista, poco más que una niña, sin recrearse en ellas son lo suficiente duras como para que de vez en cuando pares de leer y dejes un tiempo a la digestión. No en vano, a pesar de la excelente calidad de la obra y del interés que me despertó, me llevó casi tres semans en terminarla. Pero indudablemente es de lo mejor que he leído este año, y es muy recomendable. Que yo sepa no está disponible en castellano, y la leí en inglés. Merece la pena.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Volvemos a las fotos de mi último viaje a Japón para ilustrar la entrada, el antiguo barrio de comerciantes Bikan de Kurashiki.
El último gran éxito de Studio Ghibli y Hayao Miyazaki, que en inglés/castellano se tituló The boy and the heron/El chico en la garza, en japonés se tituló Kimitachi wa dō ikiru ka [君たちはどう生きるか]. Literalmente, Vosotros, ¿cómo vivís?. Nada que ver, ¿verdad? Pasa con frecuencia con los títulos de las películas, libros y series japoneses. Sus traducciones directas no son consideradas como «comerciales» o «atractivas» por las distribuidoras, editoriales o plataformas de televisión. Y les ponen muy diferentes títulos. El caso es que el título de la película en japonés procede de la novela que traigo hoy aquí, escrita por Genzaburō Yoshino, que es considerada un clásico de la literatura juvenil japonesa del siglo XX. Obsérvese que, en los títulos originales en japonés, el sujeto, kimitachi 君たち, es plural. Pero en las traducciones al castellano se usa el singular. En las traducciones al inglés… pues es que you vale tanto para tú como para vosotros. Así que como gustéis.
Esta novela… más que una novela es una serie de episodios en la vida de un adolescente de quince años en los años 30, previos a la guerra mundial. Y me recordó mucho, al menos hasta cierto punto, al famoso libro del italiano Edmondo de Amicis, Cuore. En parte porque también sigue la vida de un escolar de clase acomodada que ha de relacionarse con compañeros de clases medias o trabajadoras, porque va acompañado de reflexiones de carácter ético, y porque ambos escriben una especia de diario con sus experiencias. Al mismo tiempo que reciben consejos de sus familiares adultos cercanos. El libro japonés no incluye cuentos o relatos autónomos, como lo hace el italiano. Pero las similitudes son similares. El protagonista es huérfano de padre, vive con su madre, y es apoyado en su educación por su tío materno.
Aunque dirigido a una audiencia juvenil, el libro me gustó bastante. Como he mencionado, las reflexiones son de carácter ético. No moral. Mucha gente no distinguen entre ética y moral. Yo sí lo hago. Moral viene del latín mores, costumbres, y es un código de comportamiento basado en las costumbres aceptadas por una comunidad, por una sociedad. Pero algunas de estas costumbres pueden tener consecuencias negativas para una parte de la comunidad, general discriminaciones y, en casos extremos, ser perjudiciales para el conjunto de la comunidad. La ética es un comportamiento que procede de la reflexión personal, de los valores propios, y se dirige a hacer lo correcto, incluso cuando eso suponga contravenir otros códigos de comportamiento aceptados por el conjunto o impuestos al conjunto de los integrantes de la comunidad. El tío del protagonista le ofrece pocas respuestas, pero le invita a plantearse muchas preguntas, a partir de las cuales el joven desarrolla sus propios valores y sus propias respuestas. Es curioso que el libro se publicó en una nefasta época en el sistema social y político japonés, con un gobierno militarista y autoritario que llevó a la catástrofe física y moral de la sociedad nipona. Y sin embargo, el libro destaca por sus valores de tolerancia.
No me atrevo a recomendarlo con carácter general, porque creo que las realidades de aquella época eran muy distintas, y los enfoques para hacer llegar a los jóvenes una reflexión ética y un desarrollo de los valores personales no pueden ser los mismos. No creo que funcionase. Me gusta valorándolo desde una experiencia de décadas de vida, pero ¿atractivo a jóvenes que no sean japoneses en el entorno de su propio sistema educativo, su historia y sus sistemas de valores colectivos? Difícil. Por otro lado, siguiendo con lo que he empezado, el libro fue una inspiración para la película de Miyazaki, pero su desarrollo no tiene nada que ver con la fantasía de desarrollo personal del filme. Inspira los valores, no el argumento.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Si no recuerdo mal, la astronauta japonesa es de alguna isla o lugar costero del mar interior de Seto… o algo así. Así que Honmura, en la isla de Naoshima, servirá para ilustrar la entrada.
Había leído muy buenas críticas de este libro de Samantha Harvey. Que no sé si llamar novela. Es ficción. Pero se ajusta poco a la mayor parte de las narrativas. Aunque tampoco es que sea una rareza. Ciencia ficción. Porque la ciencia tiene un papel importante en este relato. Pero va de otras cosas, en realidad. La parte científica es una excusa o un medio para hablarnos de los temas que realmente preocupan a la autora. En cualquier caso, un libro muy premiado de esta autora inglesa, entre otras cosas el Booker Prize, uno de los premios más prestigiosos en lengua inglesa.
Este relato es un libro reciente, publicado en 2023, y que he leído en su idioma original. El libro nos emplaza a acompañar a seis astronautas en la Estación Espacial Internacional, procedentes de distintos países. Cuatro hombres y dos mujeres procedentes de Japón, Estados Unidos, Reino Unido, Italia y Rusia. Y los acompañaremos durante 24 horas mientras cobren una órbita alrededor del planeta cada 90 minutos, 16 órbitas en 24 horas, con distintos paisajes apareciendo a su vista en cada órbita. Conoceremos sus rutinas y sus obligaciones. Y la autora reflexiona con ellos sobre diversos temas filosóficos tradicionales como el sentido de la vida, la trascendencia del ser humano o los riesgos y peligros existenciales, tanto los naturales como los que emanan de la propia actividad humana.
Dicen que este relato es heredero de los planteamientos de Carl Sagan en lo que se refiere a la relación del ser humano con el universo, y a la posición que ocupamos en el mismo y que nos sirve para relativizar muchos conceptos. Puede ser. Desconozco si la autora se ha pronunciado al respecto. Lo que percibo yo es que la autora, a través de la mirada y el pensamiento de los seis astronautas de su creación, mira más hacia abajo, hacia el planeta que orbitan sin cesar, que hacía arriba, hacia las estrellas y el resto del universo. Temas como la muerte, el duelo, la añoranza del ser querido, los desastres humanos como son la guerra, o los riesgo ambientales, surgen constantemente.
Personalmente, los primeros compases del libro, las primeras órbitas en las que acompañamos a los seis astronautas, cosmonautas si nos referimos a los rusos, me resultaron interesante y estimulantes. Simultáneamente conocemos y nos familiarizamos con el entorno de estas seis personas, al mismo tiempo que nos maravillamos de su experiencia, de su observación del universo, del planeta, de sus experimentos. Pero eso tiene un límite en el tiempo. Conforme avanzan las horas de ese día en la estación espacial, las situaciones empiezan a ser más repetitivas, y la escritora se centra en los pensamientos de los astronautas, o lo que es equivalente, se centra en filosofar, en poner en sus bocas o en sus mentes sus tesis personales. Y a veces me engancha, pero las más de las veces… me desengancha. Un libro que empecé con ganas, lo terminé un poco a la fuerza. No es que esté mal escrito ni nada de eso,… es que a veces las filosofadas de la autora me resultan un poco simples… pero les dedica mucho tiempo. No lo sé… no acabó de engancharme en su reflexiones. No porque no sean válidas, si no porque, como he sugerido,… son obvias.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La escritora de hoy es escocesa y, aunque no sea de Glasgow, por esa ciudad pasearemos fotográficamente.
Ali Smith es una escritora escocesa que me gustó mucho cuando empecé a leer su tetralogía estacional, de la que tengo pendientes de lectura los dos últimos libros. En cualquier caso, aquí nos encontramos con unos cuantos relatos cortos. Todos con un hilo en común; lo libros, la lectura y la biblioteca. No me extenderé mucho porque en este sábado víspera del Pilar estoy tremendamente liado. Pero tengo tantos libros pendientes de comentario, probablemente hasta principios de diciembre a un ritmo de un comentario a la semana, que no quiero dejar pasar la oportunidad.
Ya he dicho que Smith es escocesa. Y puedo deducir de lo que he leído de ella que no es precisamente una fan de los gobiernos conservadores que predominaron en el Reino Unido durante los 2010. Bueno, si yo fuera escocés… Imagina, en 2014 evitaron que los escoceses votaran la independencia del Reino Unido en referéndum advirtiéndoles que si se independizaban saldrían de la Unión Europea. Y menos de dos años después impulsaban un referéndum para la salida de todo el Reino Unido de la Unión Europea. Imagínate por un momento que eres escocés… Pues eso. El cinismo de los políticos no tiene límites. En cualquier caso, en este libro, Smith denuncia el declive y el cierre de muchas bibliotecas públicas, de ámbito municipal en la mayor parte de los casos, a lo largo y ancho de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Esta es la motivación del libro.
¿Cómo lo hace? ¿Cómo lo plantea? Alternando testimonios de personas vinculadas a las bibliotecas públicas, sean bibliotecarios, escritores, lectores diversos, en los que se ponen de manifiesto los valores comunitarios, culturales y de encuentro que estas instituciones tradicionalmente han tenido, con relatos cortos de ficción en los que el amor a las letras, a los libros, o a las bibliotecas son el motivo principal que mueve el desarrollo del relato. Estos son muy diversos y no voy a entrar a detallarlos ahora. Pero en general están muy bien. Su diversidad, tanto en los planteamientos como en los desarrollos hace que haya cierta irregularidad, pero son interesantes e invitan a pensar, algo muy importante en cualquier texto literario, pero especialmente en el relato corto, como tesis planteada en pequeño formato y que suele llevar acompañada una idea fuerte, definida y muchas veces rompedora.
Quizá no esté al mismo nivel que las dos novelas que he leído de la autora, pero el fin me parece noble, y los medios adoptados adecuados. Me parece un libro bastante recomendable, que se lee bien. Y deprisa,… si así lo deseas. Pero con los relatos cortos, siempre he sido partidario de la fórmula «lee uno al día, y piénsalo y digiérelo antes de merendarte el siguiente». Y así lo hice. Y espero que, aunque hoy en día voy rara vez a una biblioteca, nunca desaparezcan estas instituciones. En épocas de mi vida fueron puntales importantes en el mantenimiento de mi actividad lectora.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Si vamos a hablar de jazz, la velada en el Village Vanguard de Nueva York es adecuada para ilustrar la entrada.
Tardaré un tiempo en volver a comentar un libro leído. Cuando en realidad llevo un acúmulo notable de libros pendientes. Me tendré que plantear cuando llegue el momento la posibilidad de comentarlos de dos en dos. Pero de momento es lo que hay. No será muy largo. Ni tengo mucho tiempo, ni merece la pena estirarse mucho. Aunque el autor sea Haruki Murakami, uno de mis novelistas favoritos. Pero que en cuestiones de no ficción, no me atrevo a llamarlo ensayo, unas veces me convence más que otras. No es su faceta favorita. Pero tratándose de jazz, un elemento, la música en general, siempre presente en sus relatos, y siendo el género que más suelo escuchar, tenía que leerlo.
Recientemente publicado en España, su primera colección de retratos literarios de figuras literarias del jazz en su lengua original, el japonés, es de 1997, habiendo publicado una segunda en 2001. No acabo de tener claro si la colección traducida al castellano es la primera de ella, o las dos reunidas en un único tomo. Tampoco tiene más importancia. Murakami escribe una serie de reflexiones sobre algunos de sus músicos de jazz preferidos, seguida de una breve biografía del músico. Las reflexiones, en las que explica qué significa para él ese músico y su obra, incluyen elementos como la primera vez que lo escuchó, y lo que significó para él. Y cuál es la obra del autor que más destacaría. Por lo que sirve para hacer una colección de álbumes de jazz muy interesante.
Murakami anda por los 76 años, nació en 1949. Por lo que, cuando empezó a escuchar esta música, siendo un adolescente, era la década de los 60 del siglo XX, un período en el que el jazz todavía estaba en lo que podríamos denominar su época dorada, que venía de la aparición del bebop en los años 40, en mi humilde opinión. Antes estuvo el jazz clásico y el swing como derivado más popular. Después vinieron las fusiones y free jazz, al que ha seguido una época de estabilización, es decir, de menos innovación, aunque sigan existiendo músicos excelentes. Pero la atracción que esta música provocaba en el público ha disminuido, pasando ha ser una música culta. Una música cuyo gusto has de cultivar para que te llegue a gustar e, incluso, a apasionar. Por lo tanto, se ha vuelto minoritaria. Lo cual no quiere decir que no haya millones de aficionados en el mundo. Entre los que, modestamente, me encuentro.
Pero Murakami pudo disfrutar de su música siendo muy joven en un momento privilegiado. Porque a mí, en estos momentos, el jazz que más escucho procede de esos finales de los años 50 y de la década de los 60. No es que no encuentre cosas interesantes en otros momentos de la historia del jazz. Pero indefectiblemente vuelvo a esos años. Envidio a Murakami, y envidio el ambiente cultural en el que alcanzó a desarrollar su gusto musical. El mío fue más tardío. Es una música que descubrí con casi treinta años. El doble de edad de los que tenía Murakami cuando, según estos retratos de jazz, empezó a disfrutar de esa música. Los retratos literarios en sí me han parecido entretenidos. Pero no son especialmente profundos. Creo que el tema hubiera merecido un poco más de intensidad personal en explicar por qué la música de jazz ha sido tan importante en su vida. Pero bien está haberlos leído.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Las novelas de Morimi en el universo del Tatami y sus derivadas espirituales transcurren en Kioto, y allí nos vamos, a pasear por las típicas calles y santuarios en Higashiyama.
En la primavera de hace dos años pude ver en una plataforma de contenidos una serie de animación japonesa que me encantó. Me divertí mucho. Me lo pasé pipa. Y así descubrí al escritor Tomihiko Morimi y su Universo del Tatami. El autor es de Nara, y realizó sus estudios universitarios en Kioto, período de su vida que supongo inspiró las andanzas de los personajes de este peculiar universo de ficción. Universo que vio la luz con su novelaYojōhan Shinwa Taikei [四畳半神話大系, literalmente las crónicas míticas de los cuatro tatamis y medio], que con el tiempo fue adaptada a serie de animación, que con el tiempo vi, y la novela que nos ocupa hoy Yojōhan Taimu Mashin Burūsu [四畳半タイムマシンブルース, literalmente el ‘blues’ de la maquina del tiempo de los cuatro tatamis y medio]. Y hubo otra novela, adaptada a largometraje de animación, Yoru wa Mijikashi Aruke yo Otome [夜は短し歩けよ乙女, literalmente la noche es corta, camina, muchacha], que leí durante mi viaje a San Francisco. Esta última no es exactamente una historia perteneciente al Universo del Tatami, pero sus personajes y su espíritu tienen mucho que ver con este. Incluso la adaptación animada tiene un diseño de personajes claramente copiado de las series de animación mencionadas. Esta es mi favorita. La película ya la he visto en más de una ocasión, y cada vez le encuentra más miga.
Frente al complejo multiverso de la historia original, en el que una y otra vez regresamos cíclicamente a la repetición con variantes de la historia de watashi (yo, el protagonista de la historia), aquí estamos en una situación estable en cuanto a este multiverso. Es verano, y los habitantes de la residencia universitaria con habitaciones de cuatro tatamis y medio (algo más de siete metros cuadrados, de aquí viene el nombre del universo de ficción), al menos los afiliados al club de cine, está rodando una película, dirigida por Akashi, la joven que es el centro de atracción romántica de watashi, el protagonista. Pero dos situaciones llevan a esta microcomunidad al caos. Una botella de soda que se derrama sobre el mando a distancia del único aparato de aire acondicionado de la residencia, arruinando su funcionamiento en el agobiante calor del verano kiotense, y la aparición de una misteriosa máquina del tiempo y su «soso» viajero.
Estas novelas no están traducidas al castellano, por lo que las que he leído estaban en inglés. Pero tengo la sensación de que están bien traducida y trasladan con fidelidad el caos que nos quiere transmitir su autor. La historia no deja de ser un romance disfrazado de aventuras. Pero con las paradojas en el tiempo muy bien gestionadas. He de recordar que me encantan las historias de viaje en el tiempo, cuando están bien desarrolladas, porque son tremendamente divertidas e intelectualmente desafiantes. Aquí, salpicadas de aventuras absolutamente delirantes, que generan una notable hilaridad.
Con estas historias yo me lo paso muy bien. Quizá, esta sea la más ligera. La más casual. La más anecdótica. Pero recomendable. Muy recomendable, desde mi punto de vista. Aunque supongo que no atraerá a un público general. Sin duda puede atraer a un público joven, relativamente cultivado, y sin reparos a exponerse a otras culturas y situaciones. Aunque yo creo que es una exposición que debería promocionarse en todo tipo de gentes. Otome me resultó más entrañable. Trasunto de Akashi en esta historia, no son simplemente el mismo personaje; aquel era más profundo y empático. Akashi es más ligera… aunque también con mucho encanto. Y no he leído (todavía) la novela que comenzó todo esto. En algún momento. Por cierto, que del mismo autor es otra novela que también fue adaptada a largometraje de animación que vi hace unos años… quizá me anime a buscarla también.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Entre Corea del Sur y Alemania transcurre la historia del libro de hoy, así que fotográficamente nos iremos a Berlín, una tarde soleada de primavera.
En primer lugar, una aclaración, el nombre de la autora, Han Kang, se presenta tal cual se utiliza en su país de origen. Es decir, Han es el apellido familiar y Kang el nombre propio de la persona. Aclarado esto, Han Kang es la más reciente premio nobel de literatura, Nobel 2024, y la primera mujer asiática en recibir este galardón. Por un artículo que leí hace unos meses sobre esta escritora, me surgió el pensamiento de leer alguna de sus obras. Pero en un estado de ánimo no susceptible de según que temas, me costó decidir cual de ellas sería la más adecuada, hasta que opté por la que hoy comento.
Dos personas que anda con la vida con sus problemas y sus despistes personales. Ella, recién divorciada, sin trabajo fijo, ha perdido la custodia de su hijo, su madre ha fallecido, con quien mantenía una relación compleja, a veces conflictiva, por segunda vez en su vida a perdido la capacidad de hablar, y ha entrado en un mutismo permanente. En algún lugar he leído que padece un afasia, pero no es así, porque la afasia es consecuencia de una lesión cerebral de algún tipo, una causa orgánica, y en este caso estamos ante un origen psicológico. La primera vez le sucedió de adolescente, y recuperó el habla cuando escuchó una cierta palabra en francés. Para buscar un estímulo que le devuelva el habla, se ha apuntado a clases de griego. Clásico.
Él es el profesor de griego. Y tiene una enfermedad genética que le conduce inexorablemente a la ceguera. No ha perdido todavía la vista del todo, pero está muy cerca. Durante 17 años vivió en Alemania, donde tuvo un gran amor, una joven que tampoco hablaba, porque era sorda de nacimiento. Y la perdió. Ahora sabe que ella siguió adelante, se casó y va a ser madre. Ha regresado a Corea, donde hasta cierto punto se siente extranjero, como se sentía en Alemania. Y está intrigado por esa mujer que no habla. En un momento dado, un cierto acontecimiento hará que comiencen a conectar entre ellos.
El comentario que puedo hacer de este libro tiene dos vertientes. El literario, incluso a través de la traducción al castellano, es de un nivel altísimo. Realmente, es una prosa delicada, compleja sin parecerlo, que en ocasiones se vuelve incluso poética, pero también sabe ser descriptiva, dramática y directa. Es parte fundamental de la transmisión del estado de ánimo de los dos protagonistas, que nos llega de una forma clara aunque compleja. Por otro lado, es el propio contenido de la obra. Dos personas que han entrado en aislamiento personal. Un aislamiento que fundamentalmente lo es de aquellos que son o deberían ser sus seres queridos, su principal apoyo. Básicamente, están solos. Han perdido a aquellos que más querían o necesitaban. Sus discapacidades, sean orgánicas o psicológicas, no son más que una metáfora global que acentúa ese aislamiento en el que se encuentran. Ella no es capaz de comunicar. Él no es capaz de percibir. Una metáfora global del aislamiento, no sólo de estos dos protagonistas, sino de tantas personas en la civilización actual basada en grandes urbes, y con un grado no desdeñable de alienación en las personas.
El libro que leí hace ya más de un mes me enganchó mucho. Aunque en varias ocasiones, y a pesar de que no es muy extenso, podríamos definirlo como una novela corta, me vi obligado a interrumpir la lectura para asimilar lo que poco a poco se me desvelaba sobre la vida y la realidad de sus protagonistas. Una obra muy notable, muy recomendable, y que si se considera representativa del conjunto de la obra de la autora, realmente es meritoria del famoso galardón recibido. Me han entrado ganas de, en algún momento, seguir leyendo la obra de Han Kang.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. En el puerto de San Francisco encontramos en exposición barcos de la Segunda Guerra Mundial; algunas fotos realizadas con película en blanco y negro de algunos de ellos.
Leí este libro, un ensayo histórico sobre la batalla de Midway, la primera gran victoria naval de los Estados Unidos sobre Japón a principios de junio de 1942, entre el 2 y el 10 de agosto de este 2025. Unos días antes, había quedado a cenar en casa del hermano de una buena amiga, y con otras gentes, y el susodicho decidió unilateralmente que íbamos a ver una película con la libertad de poder comer, hablar, reírnos, criticar o lo que fuera, algo que no hacemos en las salas de cine. Algo que detestamos en las salas de cine cuando lo hacen otros, y desgraciadamente en las salas de cine de Zaragoza, en determinados días de mayor afluencia, es algo frecuente. Claro… si ese era el tono, la película no podía ser algo que nos tomáramos muy en serio, y seleccionó Midway de Roland Emmerich. Un director que, en líneas generales, consideramos infame. Por supuesto, cuando se estrenó la película en 2019, no la fuimos ver a salas de cine. Entre otras cosas porque pensábamos que iba en la línea de otra película infame de otro director infame, que desgraciadamente sí que vi en su momento en las salas, pero de eso han pasado 23 o 24 años. Éramos «jóvenes». Pero lo que pasó es que la película de Emmerich, aunque con algún que otro exceso visual de los suyos… no estaba mal. Incluso parece que disfruta de un cierto rigor histórico, lo cual, en un director de este tipo, y en Hollywood, es algo absolutamente excepcional.
En mi adolescencia, con unos 13 de años de edad, se estrenó otra película sobre la mencionada batalla, que en aquellos momentos me encantó. Hasta tal punto, que en los quioscos se publicó una versión novelada de la película, y la compré y la leí varias veces. Lo cierto es que aquella película de 1976, con un reparto lleno de nombres de relumbrón,… era tan infame como alguna de las que he mencionado antes. Con secuencias que procedían de los descartes de Tora! Tora! Tora!, de documentales de la época de la guerra mundial, y con argumento que mezcla las acciones de la propia batalla, de forma bastante confusa, con un drama romántico-familiar absolutamente deleznable y superfluo, hoy en día la consideraría una de las peores películas bélicas que he visto en mi vida, y mira que las hay malas. O simplemente una de las peores película que he visto, bélicas o no bélicas. Así era la cosa. La cuestión es que me quedé con curiosidad de saber hasta qué punto la película de Emmerich era precisa, y de enterarme qué pasó en aquella dichosa batalla, glorificada por los USAmericanos, ignorada durante mucho tiempo por los japoneses, y que a mí me dejó la sensación tras ver las películas y algunos vídeos en Youtube que fue una batalla ganada por el bando que metió menos la pata.
En uno de esos vídeos se recomendaba el libro que aquí comento, escrito por Jonathan Parshall y Anthony P. Tully. El primero es un tipo que estudió algo parecido a lo que en España llamábamos Ciencias empresariales y, actualmente, Administración de empresas, pero que ha dedicado mucho tiempo de su vida al estudio de la Segunda Guerra Mundial como historiador, especialmente de la Marina Imperial Japonesa, junto con su compañero Tully, que parece que estudio cuestiones relacionadas con las tecnologías de la información, pero que también ha acabado dedicándose a la historia. Puedo estar cometiendo algún error involuntario, pero no grave en este brevísimo currículo de los autores… porque las informaciones que tengo siempre ponen más énfasis en sus cosas como historiadores, que en sus trabajo dedicados a otras cosas. Así que lo busqué en versión electrónica y lo leí.
He de decir que lo encontré muy ameno de leer. Tras una presentación con los antecedentes previos a la batalla y la explicación de los motivos de Japón para buscarla, hay un relato de la misma casi hora a hora. Y finalmente, algunos capítulos con conclusiones. Y la novedad de estos autores frente a la mayor parte de los libros previos es que parte del material de los Japoneses y no de los escritos ya desarrollados por los historiadores USAmericanos. Especialmente de historiadores japoneses recientes, y no de los relatos poco fiables de algunos militares navales nipones que son en los que se han basado los historiadores yanquis. Aquí no voy a entrar en desmenuzar las cuestiones sobre lo que pasó en aquella batalla. En general se resumen en a) los japoneses prepararon la cosa de pena con muy mala inteligencia sobre lo que pasaba en el otro bando; b) los yanquis sí que sabían lo que se venía encima porque «escuchaban» a los japoneses», llevaban esa ventaja; c) ambos bandos ejecutaron una serie de acciones y decisiones calamitosas que les llevó a perder muchos recursos y vidas, siendo más importantes de los japoneses; y d) no fue una pelea de David (EE. UU.) contra Goliat (Japón), porque los recursos reales de los que disponían, y entraron en liza, estaban muy igualados. Los yanquis ganaron por una mezcla de buena inteligencia previa a la batalla, y algo de suerte ayudada por la mala planificación de los japoneses.
Pero lo importante del libro para mí, y es lo que me interesa resaltar aquí, es que es un texto destinado a romper con los dogmas e ideas preconcebidas que dominaban el relato de la acción desde hace muchas décadas, para presentar otra versión, bien documentada, de la acción bélica. En ciencias, solemos considerar que la primera e importante cuestión para el avance en cualquier disciplina científica, es un alta y saludable dosis de escepticismo y duda ante el conocimiento establecido. Considerar que cualquier teoría científica es tan buena como los datos, provengan de observaciones o experimentos, que la apoyen. Pero a lo largo de mi vida, me he encontrado que en las humanidades menudean las escuelas que asumen principios difíciles de contrastar con objetividad, que son asumidos de una forma un tanto dogmática. Los autores intentan, y probablemente lo consiguen, romper los dogmas sobre lo que se supone que sucedió en aquella batalla. Que ni siquiera fue decisiva como se ha venido afirmando. Por decisiva hay que entender que, al ganarla, se ganó la guerra, si la hubieran perdido, los EE. UU. habrían perdido la guerra. No tal. Fue importante porque cambió el curso de la guerra. Pero David (Japón), en aquellos años, con sus limitados recursos, nunca tuvo una oportunidad contra Goliat (EE. UU.). Tenían la guerra perdida desde el momento en la que la empezaron. Tarde o temprano, el poderío industrial americano se hubiera impuesto, como sucedió.
Para mí hay algo muy importante cuando lee un ensayo sobre un tema del conocimiento humano. Sea en el campo de las humanidades, las letras, las ciencias o la tecnología. Y ese algo es el no dar nada por sabido o por seguro. No existen los dogmas. Nuestras percepciones, nuestro sentidos, nos engañan en muchas ocasiones, por lo que si no disponemos de instrumentos fiables y precisos no podemos conocer lo que realmente pasa en el mundo/universo. No lo digo yo. Lo dijo Lord Kelvin. Obviamente, en el ámbito de las humanidades, de la historia, esas mediciones, esa recogida de datos que debemos convertir en información, está mucho menos sistematizada, puede estar dispersa, puede haberse perdido, o puede ser susceptible de interpretación. La interpretación de los hechos históricos está sujeta también a los intereses políticos, y sociales, de las distintas comunidades. Se ha dicho muchas veces que la historia la escriben los vencedores. Siempre me ha gustado aquel dicho que dice que «de la guerra de Troya existen tres versiones, la de los troyanos, la de los aqueos… y la verdad». Simbolizan bastante bien lo que estoy intentando expresar. En el ámbito de la historia de España, siempre tuve problemas para comprender qué pasó realmente en la llamada por nosotros guerra de la Independencia, entre 1808 y 1814, con la invasión y la ocupación francesa. La guerra o campaña de España para los franceses. La guerra peninsular para portugueses y británicos. Lo que se nos ha contado en España está fuertemente contaminada por las consignas nacionalista y patrioteras que han reinado en nuestro país. Para conocer mejor algunas de las más importantes cosas que sucedieron hube de recurrir a textos británicos y contrastarlos con otras fuentes. La realidad deja muy mal parada la participación de las fuerzas armadas españolas en aquel conflicto. Los que salvaron la cara de los españoles fueron los guerrilleros que aportaron información necesaria para que el ejército lusobritánico (con una pequeña participación española, los ingleses no se fiaban de los militares españoles, era recíproco) librara sus batallas con los franceses. Es un ejemplo.
No puedo decir que pueda recomendar con carácter general este libro. El tema interesará a muy pocas personas, especialmente fuera de los países implicados en el conflicto. Pero yo lo leí con ganas y ya he dicho que me resultó muy ameno. Hay una abundancia de datos, pero no desborda. Y sobretodo, ayuda a formar el espíritu crítico. Ese sano escepticismo que he mencionado y que debe presidir todo acercamiento al conocimiento humano, siempre imperfecto y siempre necesario de avances, de nuevas ideas y nuevas visiones, para no quedarse estancados… y muertos.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La acción del relato transcurre en los Andes… que no he visitado. En las fotos, otras montañas, los Pirineos, que me caen más a mano.
H. G. Wells fue un autor prolífico y polifacético. Pero en el entorno del lector español, en lo que yo haya detectado, se le conoce fundamentalmente por sus novelas de ciencia ficción, especialmente en lo que se refiere a invasiones extraterrestres y a viajes en el tiempo. Otras obras son menos conocidas, o muchos no se las atribuyen a Wells, y muchas poco o nada en absoluto. Pero como he dicho, fue muy prolífico, y escribió un buen número de novelas, y un número aún más extenso de novelas y relatos cortos. En estas novelas cortas tenemos el relato que nos ocupa hoy. Un relato que también entra en el ámbito de la especulación científica, pero que sobre todo lleva una fuerte carga de crítica filosófica, social y política. Como curiosidad, fue candidato al Nobel en cuatro ocasiones, pero no se lo llevó. Así que la moda de los eternos candidatos al prestigioso premio sueco no son cosa de hoy en día.
En este relatos seguimos la peripecia de Núñez (creo que en el original se llama Nunez), un montañero que cae por una ladera, sobrevive, pero acaba en un remoto valle andino en el que encuentra a los descendientes de un grupo de refugiados de la colonización española, que quedaron atrapados y aislados del resto del mundo por unos desprendimientos en la entrada del recóndito valle. Una enfermedad se propagó entre ellos y los supervivientes quedaron ciegos, y sus descendientes nacieron ciegos. Núñez se aplica el cuento de que «en el país de los ciegos el tuerto es rey», y con más razón él que ve por ambos ojos. Pero las cosas no van a ser sencillas para alcanzar el poder… porque nadie en el valle cree que exista eso que él llama la luz. Y pronto se encuentra siendo el paria del valle, al que sólo un matrimonio con una joven puede salvar de su miserable situación.
El relato es una fábula moral. Por un lado tenemos a Núñez, que ante una situación que el considera de ventaja, quiere arrogarse el poder absoluto de una sociedad que ha vivido pacífica y tranquila en un ecosistema natural y social aislado, alcanzando un equilibrio que es amenazado por la ambición del montañero perdido. Núñez representa al ambicioso oportunista, que ignora las cualidades de una sociedad equilibrada y, aunque no perfecta, razonablemente equitativa, no del todo, hay que decirlo, pero mejor que las sociedades que conocemos. Sin embargo, esta sociedad equilibrada, por su parte, se niega a reconocer la singularidad del individuo, y cuando esta singularidad se quiere manifestar, castiga al individuo singular, al que es diferente. Por lo tanto, el libro es un debate filosófico y social, y una crítica social y política, cuyas derivadas se pueden aplicar a las sociedades que conocemos, en las que vivimos. También hay una reflexión sobre aquello a lo que debemos renunciar para integrarnos en una sociedad uniforme, que nos pide conformidad con lo establecido. Y si estamos dispuestos a renunciar a ello.
Este relato, que no llega a las cien páginas, se lee con facilidad y fluidez. Tiene componente aventurero. El lector más ávido se la merendará en una tarde. Aunque yo recomiendo una lectura más pausada, con paradas reflexivas en aquellos puntos de inflexión en la peripecia del protagonista que va presentando el relato. En cualquier caso, me parece que esta historia escrita en 1904, aunque actualizada con versiones sucesivas, la última de 1939, es plenamente actual. En un mundo en el que están surgiendo los intolerantes ante los que son diversos, después de unas décadas en las que pareció haber avances, aunque no de forma uniforme en todo el globo, la reflexión sobre el hambre de poder y la inclusión de aquellos que son singulares, parece más importante que nunca. Muy recomendable.