El «chico» de oro de los últimos tiempos en Broadway, el norteamericano de origen puertorriqueño Lin-Manuel Miranda, cantante, compositor, letrista, productor,… lo que le echen encima, y especialmente después del éxito de Hamilton, encarga al director Jon M. Chu, muy funcional, con algún éxito de público encima, pero con pocas películas realmente memorables, la adaptación al cine de uno de los musicales del primero, aquel en el que homenajea sus orígenes étnicos y su infancia en Washington Heights. Este es un barrio de Nueva York, en el extremo norte de la isla de Manhattan, donde las tres cuartas partes de la población de origen hispanoamericano, y donde abundan las personas nacidas fuera de Estados Unidos. Cuando visité Nueva York en 2013, me acerqué a este barrio, que no suele ser visitado por los turistas, porque en él se encuentran The Cloisters, una sucursal del Metropolitan Museum dedicada al arte y cultura medievales europeos.
Nueva York, claro, aunque nada de The Washington Heights, porque sólo tengo fotos del museo, de The Cloisters.
Sinceramente, hace unas semanas vimos el adelanto de la película cuando íbamos a ver otra. Y a mí, lo que vi… no me hizo tilín. A pesar de que el cine musical siempre me ha apetecido, en esta ocasión no estaba especialmente motivado. No obstante, cuando me propusieron ir el miércoles a la versión original de la película… acepté. Por salir de casa y charrar con gente. Es la historia de una serie de gente que vive en el barrio que he mencionado y que se encuentran con las incertidumbres de que el barrio se gentrifique y acaba siendo imposible para ellos vivir allí. De hecho, durante la película, algunos personajes cantan y bailan su adiós al barrio. Y luego está la historia del narrador (Anthony Ramos), que tiene el sueño de volver a la República Dominicana a montar un negocio, de la chica macizorra (Melissa Barrera), que va quiere dar el salto de manicura a diseñadora y artista, y que es el interés amoroso del anterior, y de la lista (Leslie Grace), la primera del barrio que va a la universidad, Stanford nada menos, y que está a punto de abandonar, por no encontrar su sitio fuera del barrio. Y luego salen un montón de personajes más, como el senador Organa (Jimmy Smits) y otros. Y todo muy latino, con variedad de orígenes nacionales, y con muchos cantares y bailes, y mezclando constantemente el inglés con el español.
Lo cierto es que es el típico producto hiperpolíticamente correcto, aunque eché a faltar la presencia del colectivo LGTBQ+, ¿no protestarán?… y muy postizo. Irreal. Utópico, y mucho menos conectado con la realidad de lo que puedo imaginar. Los conflictos que se supone que hacen avanzar la historia son tan previsibles en su resolución buenrollista, que desmotivan. Y se hace larga. Y en los aspectos musicales, ni la música ni las coreografías ni la puesta en escena de las mismas me llaman especialmente la atención. Las interpretaciones normalitas. Muy condicionadas por la irrupción constante de números musicales, son escasamente valorables.
Supongo que es una película que se deja ver… pero que es fácilmente olvidable. Yo no le daría más importancia. Y su calidad global está por debajo de sus pretensiones.
Un sábado del mes de mayo con un tiempo muy indeciso, con alta probabilidad de nubes en el cielo. Una cámara de formato medio y una película de alta sensibilidad para afrontar con reservas cualquier condición lumínica. Y a caminar entre los principales ríos que pasan por la ciudad de Zaragoza y las zonas de naturaleza, muy alterada por el ser humano, que los rodean.
Como de costumbre, los detalles técnicos, en otro blog; Medio formato en color entre ríos – Fujifilm GS645S con Kodak Portra 800. Aquí os dejo unas cuantas fotos. Que me quedaron mejor de lo que esperaba cuando hice la caminata. No tenía yo la cabeza muy centrada en lo que celebraba, pero a pesar de todo, creo que las fotos son agradables.
El sábado pasado amaneció lluvioso. Y permaneció nublado, incluso después de la lluvia, durante el resto de la mañana. Eso hizo que la ciudad se sumergiera en una luz blandita, con pocos contrastes. Desde luego muy lejos de lo que se puede esperar en vísperas de la entrada del verano, en los días más largos del año y con el sol más alto que nunca sobre el horizonte.
En las últimas semanas he terminado temporadas muy interesantes de algunas series de televisión, pero no me parecía propia acumularlas en un misma entrada. Así que he tenido que tomar decisiones y priorizar los temas. No necesariamente lo mejor primero, porque a lo mejor hay que dedicarle más tiempo que ahora no tengo. En breve, me voy a por mi segunda dosis de la vacuna contra el covid-19 y no sé cómo van a ir los efectos secundarios en esta ocasión. Espero que reacciones adversas ninguna. Así que he decidido ir con la animación.
La serie de los gigantes antropófagos es japonesa, pero las localizaciones tienen un aire europeo, germánico. Incluso los nombres de los personajes. Aunque el contorno de la isla parece Madagascar invertida.
Durante bastantes semanas he ido viendo poco a poco una de las series de animación más valorada de la última década. La empecé a ver en Netflix, pero me encontré con que dejaría de estar en esta plataforma a finales de mayo, así que la terminé en Amazon Prime Video, donde sigue disponible. Se trata de Shingeki no kyojin [進撃の巨人, que sería algo así como gigantes a la carga o al ataque] y que suele ser conocida como Attack on Titan, y en castellano Ataque a los titanes en España o Ataque de los titanes en Latinoamérica. Es una amplia franquicia que comenzó con un manga, como suele pasar muchas veces con estas producciones, pero que a estas alturas lleva ya tres temporadas de animación emitidas en nuestro país con un total de 59 episodios (25 en la primera temporada, 12 en la segunda y una tercera de 22 dividida en dos partes de 12 y 10 respectivamente). En su país de origen ya han emitido parte de la cuarta y última temporada, 16 episodios, y se espera una segunda tanda en 2022. También hay dos películas de acción real, que se puede ver en Amazon Prime Video, la primera se corresponde con la primera temporada de la serie de animación, mientras que la segunda diverge en su relato para darle un cierre independiente. Es claramente inferior a la serie de animación, con una primera parte visible y una segunda parte bastante indigesta. Y lo único destacable es la presencia de Kiko Mizuhara como Mikasa, una actriz de la que hablamos en un estreno reciente en Netflix.
La cosa va de una sociedad humana postapocalíptica que se ha agrupado en un isla, tras tres círculos de grandes muros de protección, por la invasión del mundo por los titanes. Seres de aspecto humano, pero con tamaños que oscilan entre los 3 y los 20 metros (o incluso más), que sólo parecen estar motivados por su deseo de devorar a cuantos más humanos mejor. La acción comienza cuando un titán gigantesco, y aparentemente dotado de inteligencia, abre un hueco en la muralla exterior provocando la invasión del círculo exterior de hábitat y defensa de la humanidad, donde residen tres adolescentes, Eren, Mikasa y Armin, que se alistarán a la milicia, al cuerpo de exploradores para luchar contra los titanes. Hasta que se descubra que la relación entre titanes y humanos es más próxima de lo que pensaban. Es muy entretenida y tiene momentos muy notables, sobretodo en los episodios con acción. Cuando se dedican a hablar y «explicar» cosas, la cosa decae, y desde mi punto de vista todo podría haber ido más fluido con explicaciones visuales y con menos rollo. Pero tengo ganas de ver el desenlace de la cuarta temporada. No es que me parezca la octava maravilla, pero la animación es correcta y, como digo, la acción es entretenida.
La que ha sido una agradable e inesperada sorpresa ha sido la breve serie de animación de seis episodios de nacionalidad filipina que se ha estrenado recientemente en Netflix, Trese. Es un drama sobrenatural que transcurre en Manila, en la que el equilibro entre los seres sobrenaturales y los humanos se mantiene de forma algo precaria gracias a los acuerdos que alcanzó en su momento el lakan, una especie de guardián o mediador, Anton Trese. En la actualidad es su hija, Alexandra Trese, quien mantiene en equilibrio en colaboración con gentes de ambos mundos, el humano y el sobrenatural. La corta serie, que con episodios de apenas 30 minutos se ve en un suspiro, cuenta en paralelo la historia del padre, Anton, y Alexandra de niña, cuando se forjó la alianza, y la situación actual, en la que el equilibrio se rompe, con Anton ya muerto, y con Alexandra al cargo de proteger ese equilibrio. Es muy divertida, y el personaje principal es muy carismático. Además todo ronda en torno a mitos y tradiciones filipinas, lo que otorga novedad a la historia. La producción se ha doblado simultáneamente en filipino, inglés y japonés. La versión que se ve en Netflix España es en inglés, por lo que la actriz de voz es la canadiense Shay Mitchell, muy guapa, pero muy floja actriz de series de televisión, que en esta ocasión, dota de cierto acento al doblaje, y resulta bastante bien. He decir que el movimiento de los labios de los personajes se adapta muy bien al diálogo en inglés, por lo que supongo que fue este idioma en el que «se dibujó». Aunque hay un especial sobre la serie, que aún no he visto, en la que aparece como actriz protagonista Liza Soberano, que es la de la versión filipina… No sé. Bueno. Al final de los créditos del sexto episodio hay una escena extra que nos abre la puerta a futuras temporadas que me apetece ver.
Me acostaba bastante más tarde de lo que últimamente es normal en mí, y a pesar de todos muchos consideraría «pronto» para un sábado por la noche. Y dándole muchas vueltas a la cabeza a un tema. Después de una muy agradable velada con unos amigos, de los de siempre, en el taxi que me traía a casa un tema, que no tenía excesivamente con las conversaciones mantenidas, se fijó en mi cabeza, hizo que me costara conciliar el sueño, y ha resurgido de forma recurrente en mi cabeza interrumpiéndolo varias veces. Así que estoy todavía cansado y somnoliento. Y no me apetece nada pensar lo que voy a escribir. No obstante, haré un esfuerzo par exponer algunas recomendaciones fotográficas este domingo.
Leyre se va de vacaciones y no volverá a escribir en su blog, Cartier Bresson no es un reloj, hasta septiembre. Pero nos deja un listado de 20 libros y alguna cosa más por si queremos rellenar el verano de fotografía, arte o cultura en general. Y me parece muy bien.
Activa en algunos de los grupos de fotografía en los que yo participo, contactos desde hace un tiempo en Facebook, aunque no nos conocemos personalmente, el excelente trabajo de Leonor Benito de la Lastra ha aparecido esta mañana en el tumblr de Gacougnol. También la podemos encontrar en Instagram, o en sitios como LensCulture. Así que no hay motivos para no conocer el trabajo de esta fotógrafa dedicada a procesos fotoquímicos y tradicionales desde Salamanca.
Siempre me han intrigado los bonsáis. Estos arbolitos, que pueden ser de gran belleza, «torturados» para mantenerse en tamaños diminutos para lo que podrían ser. En Pen Magazine ペン hemos conocido cómo el fotógrafo Masao Yamamoto los integra en el paisaje otorgándoles visualmente el lugar que no puede ocupar por las restricciones en su cultivo.
Y también desde Pen Magazine ペン, una serie que atraerá a los más fetichistas, ya que el barcelonés César Ordóñez se va hasta Tokio para fotografiar pies. De lo más diverso. A la moda. O no. Simplemente que muestran algún tipo de interés. Curioso. La serie se llama ashimoto 足元, algo así como «por los pies», o «paso», o «entre los pies»…
En la fotografía moderna, los adolescentes, especialmente las adolescentes, son un motivo favorito de muchos fotógrafos. En esta ocasión, como nos cuentan desde AnOther Magazine, en Derry, Irlanda del Norte, y de la mano de la cámara de Megan Doherty. Llevo ya un tiempo siguiendo a esta fotógrafa en Instagram. Me ha recordado una de las series más divertidas de Netflix.
Tras la decepción de la última película de producción española que nos hemos visto, osamos a acercarnos de nuevo a un producto Disney… aunque por no uno de esos engendros de «acción real», que últimamente sacan adelante, desapolillando viejas historias que se contaron en forma de dibujos animados. En esta ocasión, con una animación 3D generada por ordenador, hasta cuatro directores, los importantes Don Hall, Carlos López Estrada, y los menos importantes, Paul Briggs y John Ripa, son necesarios para contar una historia ambientada en un país ficticio del sudeste asiático, en un intento de incrementar la diversidad, y los mercados, de los productos de la factoría que es «cascada de colores».
Tengo una deuda viajera con el sudeste asiático, que en el invierno de 2019 estábamos pensando en empezar a saldar en este 2021… pero no sé si habéis oído hablar de una pandemía que… y tal. Así que os dejaré fotos de Hong Kong, como punto más cercano.
La protagonista, Raya (voz de Kelly Marie Tran, la maltratada Rose de la última trilogía Star Wars) es una princesa de uno de los reinos que antaño estuvieron unidos y prósperos bajo la protección de los dragones. Dragones orientales, benéficos, como serpientes peludas con cabecitas de perro y patitas residuales, no los dinosaurios con alas y aliento de fuego de la mitología nórdica que se han extendido por la cultura occidental. Pero las discrepancias y las desconfianzas hacen que el mundo sea invadido por una criaturas malévolas. Especialmente tras la acción traidora de Namaari (con voz de Gemma Chan, excelente en Humans). Raya iniciará una búsqueda de los pedazos de la gemma que todavía contenía el poder de los dragones hasta encontrarse con Sisu (con la voz cazallera inconfundible de Awkwafina), un último dragón, con cuya ayuda y la de otros que se encontrará por el camino, intentará devolver al mundo su antigua prosperidad.
Historia funcional y correcta, llena de buenos sentimientos, que en general funciona bastante bien. La animación está muy bien hecha, y la dinámica actoral es bastante divertida. Aunque en líneas generales tampoco creo que sea una película de animación que vaya a marcar una época o ser un referente, ni nada de eso. Pero se deja ver.
Llena de elementos «políticamente correctos», todos sus actores y actrices de voz son de origen asiático, aunque ha sido criticada por no haber suficientes de origen en el sudeste asiático. Para un película cuya versión original es un perfecto inglés americano estándar, sea lo que sea esto. También hay quien ha querido ver en las dos antagonistas de la película, Raya y Namaari, una tensión sexual no resuelta de naturaleza lésbica. Bueno… pues no sé. Realmente la interacción entre estas es de las menos conseguidas en la película, siendo muy inferior a la de Raya con Sisu, que tiene muy buenos momentos, o con otros personajes secundarios. En general, se deja ver bien. Yo la vi en el cine. Creo que se puede ver en Disney+ pagando un pastón hasta dentro de unas semanas que se podrá ver dentro del precio de la suscripción general. Pues bien… vedla entonces si estáis suscritos a este servicio.
En casa, durante mi infancia, había una armónica. Que se estropeó. No sé de donde vino. Mis padres no la usaron nunca. Quizá de mi abuelo materno. Era grandota. Hohner. Todas las armónicas eran Hohner en aquel entonces, o así me lo parecía. Era de las llamadas armónicas de trémolo, que eran las que más se veían en aquel entonces en mi entorno. El caso es que, siendo niño todavía, empecé a jugar con ella… y se estropeó. Luego, en la adolescencia, me compré otra armónica, Hohner, claro, modelo «Preciosa», también de trémolo, con la que me entretenía «sacando» melodías. Aunque su limitación a la escala de Do Mayor y a tres escalas de las que sólo una, la central, estaba completa, hacía que se notarán más todavía mis propias y muchas limitaciones.
A los 10 años tuve mi primer instrumento musical. Una flauta dulce, soprano, afinada en Do. También Hohner, de plástico. Como todos los niños de la clase teníamos una para la clase de música, era una flauta de «clase media». La clase alta eran las Hohner con embocadura de plástico y cuerpo de madera. La clase media eran las Hohner de plástico. La clase baja, eran unas armónicas baratuchas de plástico, de una marca que no recuerdo. Como no se me daba mal, yo era de los que tocaban las segundas voces en las canciones que aprendíamos. Pero una vez que terminó el curso, 5º de EGB, avancé poco más. Aunque durante muchos años la sacaba de vez en cuando e intentaba reproducir alguna melodía. Pero sin una guía adecuada que mejorara mi técnica, nunca pude avanzar mucho. Me costaba mucho hacer sonar de forma adecuada las notas de la segunda octava de las dos que permitía el instrumento.
En aquel 5º de EGB, como aquello de la música me llamaba la atención, en casa aceptaron comprarme una guitarra y apuntarme a la rondalla del colegio. Y así tuve mi guitarra, una clásica con cuerdas de nailon. Estuve en la rondalla hasta 8º de EGB. Y luego, la usé mucho tiempo durante mis tiempos de animador de tiempo libre para acompañar las canciones en las excursiones, las acampados, los campamentos de verano y esas cosas. A mí, cuando tenía 12 o 13 años, me hubiera gustado ira al conservatorio o a una academia para aprenderla de verdad. Pero nunca hubo posibilidades. Fundamentalmente económicas. Y me quedé con las ganas. No pasé de usarla como acompañamiento. Aprendí los principales acordes con cuerdas al aire, y también usé unos cuantos con cejilla de dedo, pero no fui más allá. La conservé durante tiempo y durante años tras aquella etapa la sacaba y trasteaba un rato. Pero nunca me puse en serio a progresar más. Tanto la guitarra como la flauta dulce ya están en posesión de mi sobrino. La armónica «Preciosa» de Hohner seguirá por casa. La caja lo está. Pero vacía. A saber en qué rincón de la casa estará. Algún día aparecerá. Donde menos me lo espere.
Hace unas semanas escuchaba a una buena amiga sus primeros y entusiastas intentos por obtener melodías de un piano. De los electrónicos. Pero un piano. Edad similar a la mía. Y ha comenzado recientemente. El caso es que llevaba un tiempo con un runrún en la cabeza… que se manifestaba en que con frecuencia veía, y veo, vídeos sobre música, diversos, en Youtube. Y por supuesto, no pocos de ellos, de guitarra. Pero también de otras cosas. El caso es que esto me dio un empujón y empecé a considerar la posibilidad de volver a tener un instrumento en casa, y dedicarle tiempo a hacerlo bien. O al menos, lo mejor posible.
Estoy vago para una serie de cosas. Y una guitarra, en sus tamaños habituales, clásica o acústica, no deja de ser un talabarte, que puede dar pereza cuando estás relajado en casa sacar, afinar y ponerte a practicar. Lo cierto es que hay empecé un proceso muy curioso. Empecé a mirar ukeleles. Al fin y al cabo,… dejando de lado que el sonido es distinto al de la guitarra por el pequeño tamaño de su caja, no deja de ser un guitarra requinto con solo cuatro cuerdas, de la prima a la cuarta. Pero he dicho «requinto», que es el nombre que se suele dar a instrumentos similares a la guitarra, más pequeños, y con una afinación equivalente a si en la guitarra colocáramos una cejilla en el quinto traste. Así, la prima, en lugar de ser un Mi natural, es un La. Y la cuarta, en lugar de un Re, es un Sol. Hay algún otro detalle, que por ahora ignoraré. Las posiciones de los dedos para los acordes son similares, descontando que no hay que usar dedos para una quinta y una sexta cuerdas inexistentes. Con cuerdas de nailon… que siempre son menos dolorosas que las metálicas, la cosa no podía ser muy compleja. Y empecé a mirar. Por cierto, al ukelele se le atribuye un origen hawaiano. Pero a aquellas islas lo llevaron los portugueses. Porque en la península ibérica siempre ha habido instrumentos similares. En Aragón, sin ir más lejos, las rondallas de jota podían llevar, además de guitarras, laúdes y bandurrias, algún guitarrico, de cuatro o cinco cuerdas, que es algo muy muy muy semejante a un ukelele.
Ya casi estaba convencido en comprar un ukelele tenor, que son los más grandes con la afinación que he mencionado, cuando descubrí que había alguno fabricantes de guitarra que fabrican lo que llaman «guitaleles». Y estas sí que no dejan de ser requintos de seis cuerdas con una caja del tamaño de un ukelele tenor o barítono. Con cuerdas de nailon. Y eso me convenció más. Supe que una tienda en Zaragoza las vendía y fui a ver si tenía algún ejemplar. Y tenían… y estuve un rato trasteando. A pesar de los años, me acordaba más de lo que pensaba, aunque no estuviera entrenado para pisar correctamente las cuerdas y sacar el mejor sonido. La gente de la tienda me recomendó que mirará en casa en su página web más opciones, y así lo hice. Y entonces descubrí que vendían una guitarra de viaje, la SX TG1, que con un cuerpo algo mayor que el «guitalele», y con un mástil más largo, se afinaba y tocaba como una guitarra de toda la vida. Eso sí, acústica, con cuerdas de metal. A las que aún estoy menos acostumbrado. Pero con un precio razonable, más cara que las otras opciones que había contemplado, eso sí, parecía algo que me podría convenir. Comprobé por la red de redes que el instrumento era serio, y me decidí. Y ya me he puesto a «reaprender» a tocar la guitarra. Ya digo que me acuerdo más de lo que pensaba. Pero me cuesta usar las cuerdas de metal y un mástil más estrecho y con menos espacio para mis dedos que las guitarras clásicas. Pero poco a poco.
Y ya puestos, he vuelto a comprar una armónica, una Suzuki Hammond, muy majeta, una armónica de blues, afinada en Do como la que ya tenía, pero que al contrario que aquella permite forzar las notas y conseguir semitonos entre ella a pesar de no ser cromática sino diatónica. Eso sí… tendré que practicar también bastante para sacarle jugo. Poco a poco, como decía. He vuelto a introducir la música en mi hogar,… y espero disfrutar con ello. Por cierto que hay muchas ayudas en internet para un autoaprendizaje, como esta (de pago) y esta (gratis) para guitarra. Y otras para armónica, que todavía no he analizado.
I beg your pardon I never promised you a rose garden Along with the sunshine There’s gotta be a little rain sometime When you take you gotta give so live and let live or let go Oh-whoa-whoa-whoa I beg your pardon I never promised you a rose garden
Rose Garden – Lynn Anderson
Había una versión en castellano… que no decía exactamente lo mismo… más bien al contrario… En inglés, es jardín de rosas estaba fuera de cuestión; en castellano, se convertía en una monarquía de la chica…
Dime tu nombre Y te haré reina en un jardín de rosas Tus ojos miran Hacia el lugar donde se oculta el día
Jardín de rosas – Duncan Dhu
En cualquier caso, cuando llega mayo, me gusta coger alguna cámara y reflejar los colores de las rosaledas del Parque Grande de Zaragoza. En esta ocasión, con película tradicional en formato medio. Los detalles técnicos en La rosaleda del Parque Grande – Hasselblad 500CM y Lomography Color Negative 800. Lynn Anderson ya murió. Tuvo varios unos en su país en las listas de éxitos. Duncan Dhu… siempre me parecieron unos moñas.
Cuando hace 25 años o más, Javier Fesser, entonces «el hermano de uno de los Gomaespumas«, emblemático dúo humorístico de mi época universitaria y aun después, nos hacía cortos tan interesantes como los del «ritmillo» o la «tompleta«, imaginábamos, todavía muy ilusionados con el cine nacional, lo que sería cuando saltase al mundo del largometraje. Pero si os he de ser sinceros… nunca alcanzó situarse ni siquiera cerca de las expectativas que nos despertaron aquellos cortometrajes. De hecho, siempre se ha mantenido más fiel, como director, a esta fórmula que a los largometrajes. Hace unos meses, aparecieron esta «historias lamentables» en Amazon Prime Video. Y aunque me propuse verlas… sus 130 minutos de duración me tiraban para atrás.
Los protagonistas de una de las «historias lamentables» de hoy son de Zaragoza. Incluso los actores lo son. Pero impostan demasiado el acento, supongo que para que se note bien el origen… lo que convierte sus actuaciones en artificiosas, y poco llevaderas. Es lo que hay.
La semana pasada, para mi sorpresa, en los previos a la película que estábamos preparados para ver, nos proyectaron un avance de esta película, que después de meses en una plataforma digital en línea, se preparaba para su estreno en la gran pantalla. Del avance no me fíe. No me llamó la atención demasiado. Así que cuando me propusieron ir a verla el viernes siguiente, de entrada dije no. Para qué iba a pagar por algo que, teniéndolo disponible en casa, desde noviembre a esta parte no había encontrado motivación ni ganas para verlo. Pero me lo que pensaba eran «buenos» amigos insistieron y, para terminar de convencerme, dijeron que me invitaban, así fue, y que luego podíamos tomar unos chismes y charrar. Acepté. Así se las ponían a Fernando VII.
Fiel a su afinidad por el cortometraje, esta película reúne un total de cuatro historias cortas, de ámbito costumbrista, que supongo pretende cierta crítica o preocupación social, aunque no siempre tengo claro en qué sentido va, y sobre todo desde el punto de vista del humor, haciendo reír. Un homenaje a un empresario que empezó su ascenso social con un viejo Seat 127 o algo así. Un señor de rígidas costumbres que madruga una mañana para hacer una foto del amanecer en la playa de Gandía el día San Roque, cosa se convierte en misión imposible. La extraña relación entre una mujer enfrentada a la sociedad y un voluntarioso inmigrante subsahariano. Y las desventuras de un señor de Zaragoza, cuyas hermanas sospecha que ha estado malversando los fondos de la empresa familiar y que necesita «la excusa» perfecta para salir del paso… porque es verdad.
El primer problema es que si el enfoque es el humor,… hacer reír,… o cuando menos que esbocemos una sonrisa… al menos conmigo el fracaso es absoluto. Humor facilón, evidente, en alguna ocasión rozando peligrosamente con la caspa, tan predecible que lo que voy pensando durante las más de dos horas que dura la proyección que ya me imagino por donde van los tiros. Porque supones que el final de la historia no dejará de tener un lado amable. Al fin y al cabo, para el director, el buenrollismo es marca de la casa. Faltan ironías relativamente afiladas que nos despierten y nos hagan interesarnos por el mensaje que se supone que nos están lanzando.
Con unas interpretaciones que difícilmente pueden levantar un producto mucho más relacionado con el «landismo» y el «ozorismo» de lo que probablemente se quiera reconocer… o vete tú a saber, igual en estos momentos se reivindica aquella casposa etapa del cine nacional,… el nerviosismo aumenta en la butaca del cine, porque el tiempo pasa excesivamente despacio. Y la conclusión es muy clara. Realmente, son unas historias lamentables. Por un momento desfilan ante mis ojos las imágenes de ciertos «relatos salvajes» que nos llegaron desde Argentina hace unos años. Y comprendo que no estoy en sintonía con el señor Fesser. Que el buenrollismo no basta ni para hacer reír ni para lanzar un mensaje suficiente contundente y mucho menos para cambiar nada, si tal cosa es posible. Con los «gomaespumas» de los años 80 sí me sentía en sintonía. Con el hermano… nop. Casi lo siente como una pérdida de tiempo. Y lo siento. Es lo que hay. Como de costumbre, los medios nacionales son más benévolos de lo que toca con las películas españolas. Lo cual creo que es flaco favor.
Pues sí. La serie más veterana de mi cartelera televisiva. Quizá en competición con la nueva época de Doctor Who. Tanto la ciencia ficción británica como Grey’s Anatomy llevan en el aire desde 2005. Pero el número de episodios y la regularidad de emisión de las aventuras y desventuras de los cirujanos de Seattle ha sido mucho mayor que la del Señor del Tiempo. Así que le concedo el título. Bueno,… en realidad,… La segunda época del Doctor comenzó el 26 de marzo de 2005 con la presentación de Rose (Billie Piper) como una de las compañeras más carismáticas que ha tenido el alienígena. El comienzo del programa de residencia de Meredith Grey (Ellen Pompeo) y sus compañeros en Seattle comenzó el 10 de noviembre de 2005. Sin embargo, si no recuerdo mal, me enganché al drama médico antes que a los viajes en el tiempo en la Tardis. En cualquier caso, Grey y sus compinches acaban de terminar su 17ª temporada, mientras que el Doctor terminó su 12ª temporada con el especial de Navidad del 1 de enero de 2001. Que cada uno cuente los episodios especiales entre 2007 y 2008 en la temporada que quiera.
«Master of None» es una serie muy neoyorquina. Así que fotográficamente nos trasladamos a la Gran Manzana. Y nos subimos al Empire State Building. Para tener buenas vistas.
La temporada 17ª de Grey’s Anatomy ha estado marcada por la pandemia de covid-19. Lejos de los 24 episodios de algunas temporadas previas, se ha quedado en 17 episodios en los que la factoría Shondaland básicamente ha adoptado una actitud de crítica social ante las consecuencias y desigualdades de la pandemia y las consecuencias de la violencia policial contra los ciudadanos afroamericanos. Sin embargo, eso ha sido a costa de unas tramas mucho más flojas, y unos diálogos excesivamente «pedagógicos» y muy poco naturales. Entendámonos, hace mucho años que Grey’s Anatomy es una de mis placeres inconfesables, que ni yo mismo entiendo porqué sigo viendo. Sus mejores tiempos… pasaron muy deprisa. Aunque sigue siendo una de las series de televisión más vistas en EE.UU. Pero como buen vicio bien arraigado en el adicto, esperaré con «impaciencia» [esto es irónico] la 18ª temporada. En esta se ha producido varias bajas destacadas. Y quedan ya muy pocos históricos. Pero históricos de verdad. Aparte de Grey, Webber (James Pickens Jr.) y Bailey (Chandra Wilson). Cada vez suenan más las voces que anuncian que el fin está cerca. ¿Quizá con la 20ª temporada? No tengo ni idea.
Hace unas semanas llegó a Netflix la tercera temporada de Master of None, con el subtítulo Moments in Love. Y es que más que una continuación de las dos primeras temporadas de la serie creada y protagonizada por Aziz Ansari, ha resultado una derivada (nombre correcto en castellano del anglicismo innecesario spin-off, pero que nadie va a usar) de la serie original. La segunda temporada se remonta a 2017, año de su emisión original. Y en el tiempo que media se le interpuso… el #MeToo. En enero de 2018 fue acusado en un medio en línea de acoso sexual. Pero el caso tuvo sus detractores y sus partidarios. Quienes opinaban que la actuación de Ansari con su denunciante era reprochable, y quienes opinaban que no. Y quienes veían que había zonas grises en las que es difícil establecer la realidad y se corre el peligro de linchar socialmente a un… no vamos a decir «inocente», utilicemos el término de los juicios de las teles… «no culpable». No tengo ni idea de lo que paso, y por lo tanto, no tengo criterio. La cuestión es que en el regreso de la serie, Ansari ha tenido un papel ante las cámaras que va poco más allá de un cameo, y los cinco episodios de la temporada se han centrado en la relación de Denise (Lena Waithe), personaje habitual en la serie, y Alicia (Naomi Ackie), un nuevo personaje que aparece como la esposa del anterior al principio de estos episodios. En los dos primeros, cortos, de una media hora de duración, vemos como la relación entre en crisis, por los desequilibrios entre las dos cónyuges en su vida profesional, sumado al fracaso al intento de ser madre de Alicia. Luego vienen dos episodios largos, de una hora, en los que vemos cómo cada una de ellas reconstruye su vida. Y termina con otro corto, en la que ambas se reencuentran años más tarde, porque algo quedó de lo que tuvieron. No ha estado mal. Aunque la intensidad o el interés de los distintos episodios ha sido muy diversa. Si hacemos caso de los votantes de IMDb, comparados con los de las dos primera temporadas poco amor han recibido los nuevos del público. Aunque vete tú a saber los motivos. A la crítica le ha gustado. Y yo también pienso que tiene momento de valor que hacen que merezca la pena su visualización.
Esta semana pasada he recibido uno de los últimos libros encargados a Another Place Press. Ya os he hablado de esta editorial en otras ocasiones, así que simplemente decir que está especializada en libros de fotógrafos que nos hablan de nuestra relación con el paisaje. Y a un precio económico.
El año que Jessica Auer se trasladó a vivir a Islandia coincidió con el año en que yo visité el país. Y también me interesé en mis fotografías por las gentes que se movían en el entorno del fenómeno turístico.
En esta ocasión se trata un libro de la fotógrafa canadiense Jessica Auer, titulado Looking North. Hace pocos años, la fotógrafa se trasladó a vivir a Islandia. De alguna forma, coincidiendo con el boom del turismo a la isla nórdica. Y fijó su mirada en ese fenómeno, y en el impacto en la vida de los islandeses. Nada de paisajes espectaculares con colores saturados y dimensiones magníficas, aunque esos paisajes están ahí, aunque presentados con más discreción. Son las personas. Los visitantes, los isleños que les prestan servicio, su relación con el paisaje, y también los elementos, casi siempre kitch o rondando ese concepto que suelen acompañar el fenómeno del turismo. En pocos días se ha convertido en uno de mis libros favoritos. Mi copia viene con una copia firmada y numerada de una de las fotos en tamaño DIN A4.
Stephen Shore es uno de los fotógrafos de referencia en el último tramo del siglo XX y aun en estos días. Y su trabajo también pone en relación el paisaje, natural o preferentemente urbano, con el ser humano que lo interviene o lo habita. En American Suburb X nos hablan de su trabajo Steel Town, nos habla del paisaje del cinturón de la industria siderúrgica en los Estados Unidos, relativamente venido a menos en las últimas décadas y su relación con esa población masculina, muy desorientada en sus valores, desgraciadamente granero de votos hacia Trump u otros populismos.
En Photography of China nos hablan de un trabajo de Kensuke Koike, fotógrafo japonés que interviene sobre fotografías antiguas, retratos, y cuya cuenta de Instagram vengo siguiendo desde hace años. En un momento dado se alío con el coleccionista francés de fotografías antiguas chinas, muchas veces anónimas, Thomas Sauvin, para realizar intervenciones sobre copias modernas realizadas a partir de negativos del álbum de un estudiante universitario de Shanghai en los años 80 del siglo XX. Y hay intervenciones realmente interesantes, sobre unas fotografías, unos retratos, no menos interesantes.
A partir de una serie de publicaciones en la cuenta de Tumblr Gacougnol, me interesé recientemente por el trabajo del japonés Hajime Sawatari. El fotógrafo japonés se centra principalmente en el retrato, a veces en el desnudo, centrando sus series en una única persona, principalmente una mujer. Pero sus sujetos son diversos. Pueden tener nombre o ser anónimos. Pueden ser posados o ser retratos al vuelo. Puede ser su hija. Todavía estoy explorando su trabajo. Y estoy contemplando la posibilidad de contemplar alguno de sus libros. Pero un poco más adelante. Que este mes ya he realizado algún gasto extra… y existe una innegable posibilidad de vacaciones con viaje en el horizonte.
Así lo dicen los modernos… «vintage». Que viene del francés «vin agé» o «vin d’age», vino añejo; nunca he sabido cual de las dos opciones es exactamente. Pero hoy en día se aplica a todo lo que es antiguo, aunque no sea vino, pero resulta «guay». O «cool». Porque lo que es antiguo pero no es «cool»… eso no es «vintage». Sólo es viejo. Mi objetivo Leitz Elmar 50/3,5 de 1951 será clasificado por la mayor parte de los aficionados como «vintage», porque es «cool». Al fin y al cabo es un Leitz… o Leica, para los que se me despisten.