Ya mostré hace unos días algunas fotografías realizadas con una cámara que compré recientemente para usar con mis ópticas, la mayor parte de ellas fabricadas en los países que estuvieron bajo la influencia soviética y durante los años de la Guerra Fría. Probando la compra mientras paseo por Zaragoza, fotografiando algunos de los paisajes urbanos típicos de la ciudad.
Por supuesto, en el apartado técnico, sigo comentando las características de la cámara, pero eso lo podéis leer en mi publicación en Substack correspondiente. Ya sabéis que los interesado en las cuestiones técnicas podéis visitar carlosenplata.substack.com, que es donde en estos momentos estoy publicando mis comentarios técnicos. Es una plataforma muy cómoda para ello. Muy ágil y rápida.
Nuevamente me salto el orden de comentario de los libros que he leído en las últimas semanas, tengo nueve en espera incluyendo el de hoy. Los libros que tengo en espera fueron terminados de leer en el 14 de mayo y el 6 de julio, día en el que terminé de leer un libro de relatos gráficos, historietas, y una novela corta. Pero cuelo este de hoy porque es un comentario conjunto con una de las series que he visto y comentado en tiempos recientes. Un libro que no pensaba leer por diversos motivos. Porque no soy especialmente adepto a este tipo de best-sellers tan de moda en los años 70 y 80 del siglo pasado. Porque no suele apetecerme empujarme así por las buenas un novela de más de 1000 páginas salvo que este muy muy muy justificado. Pero me lo prestaron. Insistieron y me lo prestaron. Y así como sucede que aproximadamente un 10 % de los libros que me compró los abandono por diversos motivos sin terminar de leerlos, cuando me prestan un libro me lo leo hasta el final sí o sí. Me parece una desconsideración no hacerlo. Y nunca he olvidado devolver un libro… que yo recuerde.
En lo que mi memoria alcanza siempre ha habido best-sellers en las librerías. Superventas o mejor vendidos si hablásemos castellano habitualmente. En la Fundeu nos recomiendan usar el término superventas, que es muy usado en el mundo discográfico. Pero lo que he venido observando es que no necesariamente significa que realmente sean los más vendidos. Más bien parece que son libros que de entrada están pensado para ser vendidos como churros desde su lanzamiento, con abundancia de apoyo publicitario, con un lugar destacado en la librería, y que al final, en edición de bolsillo, acaban siendo los que se venden en los quioscos de prensa de los aeropuertos y las estaciones de tren. Son novelas formulaicas, que siguen un esquema más o menos similar, con una serie de elementos que parecen ser del gusto de ese lector medio, popular, que quiere leer… pero sin complicarse la vida. Que hay romance, intriga, hechos históricos cuya veracidad importa poco, buenos y malos… pues eso. Algunos pertenecen a géneros como podréis deducir; novela rosa o romántica, novela histórica, novela negra o detectivesca, fantasía,… Supongo que es lo que enseñan las universidades norteamericanas en sus cursos y seminarios de escritura creativa; la receta para escribir un superventas. En el mundo del cine, existe un libro de 2005 que explica como escribir un guion de cine con estas características. Un libro que ha ayudado mucho a degradar la calidad de las historias que se cuentan en el cine actual.
James Clavell, el autor del superventas que hoy nos ocupa, fue, además de novelista, guionista y director de cine. Incluso escribió y dirigió alguna película que en su momento me pareció relativamente notable, aunque hoy en día quizá la viese con ojos menos favorables, sin que me disgustase. Y que decir del guion de una de las más divertidas películas sobre la Segunda Guerra Mundial… escrito con otros dos guionistas. Por lo tanto, no podemos dudar de la capacidad de Clavell para escribir historias destinadas al gran público, con más tirón que profundidad, sin necesidad de leer ese libro que explica que para un espectador tonto y adocenado, el bueno de la película tiene que salvar al gatito de una niña para entender que es «el bueno». Frente al malo… que fuma. Esto no sé si lo dice el libro,… pero es algo que está ahí en los formulaicos guiones actuales. Suponiendo que dejen que aparezca alguien fumando en pantalla. Y Shogun es un producto de esa forma de escribir.
Como comentaba cuando hablé de la serie, es una ficcionalización libre y no basada en hechos históricos constatados de los acontecimientos que llevaron a la muerte de una noble japonesa de casta samurai, y que fue el casus belli que llevó a la batalla de Sekigahara, en la que se impuso Ieyasu Tokugawa, convirtiéndose el primer shogun del llamado periodo Edo de la historia del País del Sol Naciente. Pero… es un superventas destinado al público occidental, predominantemente norteamericano, que es el mayor mercado del mundo anglófono. Por lo tanto, el protagonista tiene que ser un europeo, en aquellos tiempos América de Norte estaba en mantillas, predominantemente anglosajón y protestante. El precursor de los WASP norteamericanos, clase dominante en Estados Unidos. Creo que ya dije que la serie, que es bastante fiel al libro, pero que da más juego a los personajes japoneses, hubiera sido bastante mejor sin el personaje del inglés. Pero en el libro,… siempre vamos acompañando al inglés… que es un personaje que me parece un imbécil e insoportable. En el libro y en la serie. También tiene que haber romance y sexo, aunque sea descrito de forma discreta, no escandalosa. Da igual que sea una relación improbable y fuera de carácter. La cuestión es que satisfaga al lector simplón. Y tiene que haber abundancia de tópicos, a ser posible sangrientos. Abundancia de harakiri o seppuku, su ración de torturas y muertes de campesinos arbitrarias, el empeño en comer pescado crudo en lugar de los platos normales a base de carne del mundo anglosajón (¿os he contado alguna vez que como semanalmente cinco veces más pescado que carne, y que estoy encantado si es en forma de sashimi?), y mucho bushido… incluso si el concepto existía aunque el nombre del concepto sea algo relativamente moderno.
No me cabe la menor duda que el libro tiene, o tuvo, los elementos para atraer a un abundante grupo de lectores. Pero no es bueno. Como sucede con otros muchos superventas. ¿Os he contado que soy tan rarito que Los pilares de la Tierra me pareció de una mediocridad conceptual tremenda en contra de la opinión de la mayoría? ¿Poco más que un folletín de novela barata? Pues eso. No es difícil de leer, claro. Sería contrario al concepto de superventas. Y por eso, aunque su contenido me resulte estomagante en muchas ocasiones, puedo seguir adelante y llegar hasta el final. Pero quizá ahora entienda un poco mejor al excesivamente elitista C. S. Lewis cuando hablaba de distinto tipos de lectores y libros en un ensayo que leí y comenté recientemente. No obstante, sigo pensando que el superventas de buena calidad es posible. Pero tal y como está el mercado editorial, poco probable.
Sigo en situación de mucho trabajo. De tal forma que, incluso si tengo la tarde libre, no me apetece mucho plantarme delante del ordenador aunque sea para temas de ocio y de aficiones. Por eso, llevo muy poco avanzada la revisión de las fotografías del viaje a Japón. Y no reviso a fondo mis fuentes de recomendaciones fotográficas habituales. A ver si va pasando un poco la racha, voy menos cansado, y me centro más en otras cosas. En cualquier caso, algunas cositas he guardado para este domingo. Que van acompañadas de algunas fotos de ayer por la tarde con el objetivo soft focus de Pentax; hace años que no lo usaba.
Monique Sabine Weber, conocida como Sabine Weiss por su apellido de casada, fue una fotógrafa suiza, nacionalizada francesa, que representó perfectamente el movimiento de los llamados fotógrafos humanistas del siglo XX, que tan maravillosas fotógrafas nos dejó a lo largo de tan turbulento siglo. Rechazó ser considerada como artista, viéndose a sí misma como un testigo que documenta las vidas de las gentes, a las que mira con ojos llenos de empatía. Frente a la fotografía callejera actual, muy bruta, más efectista que otra cosa, la fotografía de Weiss está cargada de sentimiento, de una necesaria sensibilidad, en unos años en los que el mundo vio con frecuencia alterada la paz de formas brutales. También hizo moda y, eventualmente, fotografía publicitaria. Y es que,… hay que ganarse la vida, que está muy achuchada. Nos lo recordaron en Aesthetica Magazine.
Y otro fotógrafo que también demostró que la buena fotografía callejera no tiene que ver con lo que ahora nos venden en las redes sociales fue el chino Fan Ho, nacido en Shanghái. Un maestro del uso y control de la luz, las formas, las geometrías, el uso de la figura humana como medida de todas las cosas. Podría, perfectamente, incluirse también dentro de la corriente de fotografía humanista. Y aunque menos conocido por su origen asiático, poco a poco ha ido adquiriendo reconocimiento y situándose en la historia de la fotografía en el lugar que le corresponde. Al igual que Weiss, por qué será que algunos de los fotógrafos más brillantes, y que más corazón ponen en su trabajo, son al mismo tiempo de los más modestos y sencillos. Qué diferencia con los tiempos que corren en los que tanto fotógrafos pontifican sobre las excelencias de su propio trabajo y sus métodos, cuando carecen de profundidad y probablemente caerán el olvido, suplantados por otros que se pongan de moda en las redes sociales. Nos lo recordaron en Photosnack.
Y otro que tal baila, contemporáneo de los anteriores, pero en otro continente, fue el sudafricano David Goldblatt, cuyo trabajo de reportaje se vio condicionado y marcado por el infame régimen racista en su país. Aunque con frecuencia enfocó su cámara en las personas, en retratos también llenos de empatía y solidaridad, insistiendo en la condición digna y humana de las gentes discriminadas por el apartheid, en otras cosas nos habló de las mismas a través de paisajes urbanos o fotografías arquitectónicas, o de ambientes y objetos, desprovistos de la presencia humana, pero donde esta se siente de forma intensa. Otro fotógrafo que no se veía como artista, sino como testigo, y que encuadraba con maestría estética. No lo han contado en Plataforma de arte contemporáneo.
Finalmente, en otro orden de cosas, las fotografías de Ellen Mahaffy, des las que nos han hablado en Lenscratch. Cuando visité Hiroshima, en el Museo Memorial de la Paz, dentro del Parque Memorial de la Paz (Heiwa Kinen Kōen 平和記念公園), encontré fotografías de la japonesa Miyako Ishiuchi, en las que aparecía objetos recogidos entre las ruinas de la ciudad tras el bombardeo atómica. Sencillas. Directas. Pero eficaces a la hora de guardar la memoria de quienes allí vivieron. Ishiuchi realizó un trabajo similar fotografiando los objetos que usó su madre, también en un ejercicio de memoria, de recuerdo. Desde entonces he valorado mucho este tipo de fotografía. Mahaffy también acude al mismo concepto. Sus naturalezas muertas, basadas en objetos de su padre, de las cosas que le relacionan con su padre, que lo vinculan a él, incluso si no fue precisamente un modelo, ya que careció de afecto hacia la fotógrafa en su niñez y adolescencia, generando una relación tóxica.
Si te anuncian de repente, porque no había recibido mucha publicidad, el estreno de una película que parece una nueva colaboración del director Yorgos Lanthimos y la actriz Emma Stone… decides que la vas a ver. Si además te encuentras con que el resto del reparto también es interesante, pues más aun. Realmente, hace una semana, no teníamos ni idea de qué íbamos a vez… pero oye. A por ello.
Y nos encontramos con tres relatos cortos que tres cosas en común. Los tres son comedias plagadas de humor negro, a veces negrísimo, y las más de las veces absurdo. Los tres comparten del reparto principal; Emma Stone, Willem Dafoe, Jesse Plemons, Margaret Qualley, Hong Chau, Mamoudou Athie y Yorgos Stefanakos; eso sí, interpretando a diferentes personajes, no relacionados entre sí, salvo el último, que interpreta a R. M. F., y que es quien nos ayuda a comprender que las tres historias se desarrollan en el mismo universo. Los tres tienen un título sobre R. M. F. que tiene que ver o no con la historia principal de cada historia. En The Death of R. M. F. un jefe manipulador ordena a su empleado, cuya vida controla, que mate a R. M. F. En R. M. F. is flying este es un piloto de helicóptero que rescata a la esposa de un policía, bióloga marina, que naufragó en el mar, y que regresa causando la desconfianza del marido sobre si realmente es ella. En R. M. F. eats a sandwich es un cadáver que es resucitado por una mujer detrás de la que va una secta que sospecha sus milagrosas capacidades. Y sí. Ya en los títulos de crédito… se come un bocadillo.
Como ya he dicho, es comedia negra y absurda. Nadie debe esperar racionalidad en las historias que nos cuentan. Aunque deberíamos esperar que detrás de este absurdo haya algo que contar, que nos hable un poco de la naturaleza del ser humano. Aunque en esta ocasión, a pesar del tono de comedia, sea una visión pesimista de esta naturaleza humana. Normalmente, no me cuesta dejarme llevar por estas situaciones, y a poco que estén bien planteadas, las suelo disfrutar. Pero reconozco que en esta ocasión eso sucedió a ratos. Las historias tienen altibajos en su narración. Y muchas veces da la sensación que el absurdo de la situación está muy forzado.
Por otro lado, hay algo en la película que justifica nuestra presencia en las salas de cine, y esto no es otra cosa que un reparto absolutamente inspirado. Stone y Dafoe hace tiempo que han demostrado sus excelentes cualidades actorales. Plemons ha sido tradicionalmente un sólido secundario, que ya este año, en una única secuencia se ganó desde mi punto de vista un Oscar, o al menos su candidatura. Pues aquí demuestra que sigue en estado de gracia. Qualley, la guapa y atractiva hija de Andie MacDowell, demuestra también que es algo más que una cara joven y guapa, hija de su madre. Y tanto Athie como Chau habían demostrado en otras ocasiones que tienen también oficio. Así que el conjunto funciona como un reloj.
Dicho todo lo cual… ¿es recomendable? Pues no me atrevo a decir ni que sí. La sensación con la que salimos del cine es que es una película que puede generar tanto adhesiones inquebrantables como rechazos absolutos. Y las reseñas que he leído con posterioridad demuestran que es así. Por lo tanto, ir a verla es un riesgo que cada cual debe decidir si quiere correr o no. Yo siempre soy partidario de correr estos riesgos, pero entendería que no todo el mundo quedase satisfecho con la experiencia.
He comenzado una serie de publicaciones en Substack sobre una estupenda cámara comercializada en 1964, aunque mi ejemplar vendría a ser fabricada entre el 1967 y el 1968. Poco a poco iré comentando allí sobre sus características. Y aquí poniendo algunas de las fotos realizadas con ella.
Pero en la primera publicación aprovecho para insinuar el morro de algunos fabricantes actuales de objetivos que venden versiones de ópticas de hace siete u ocho décadas, muchas de ellas de gama baja por su concepción, a precios de artículos de lujo… o casi. En fin…
Intentaré no entretenerme mucho con la entrada de hoy, pero voy a comentar algunas series de animación japonesa que he ido viendo a lo largo de esta primavera. Un par de ellas en Netflix, y la otra, de otras plataformas.
La primera es un tanto anecdótica. Meitantei Konan [名探偵コナン, literalmente el gran detective Conan], comúnmente conocido en España como Detective Conan, es una serie de manga con adaptaciones al anime tanto en forma de series como de largometrajes, de carácter detectivesco como su título implica, y atemporal. Es decir, que no hay un paso del tiempo en su universo, e incluso pueden concurrir anacronismos internos y externos. Vamos, que lo que importa es la mera aventura, sin más concesiones. También tiene alguna adaptación en serie de acción real. Últimamente han llegado a las carteleras españolas algunos largometrajes de esta franquicia. Pero yo nunca había visto nada. Hace unos meses llegó a Netflix un derivado, centrado en un personaje secundario, Meitentei Konan: Zero no ti taimu[名探偵コナン ゼロのティータイム 日常], o internacionalmente, Detective Conan: Zero’s Tea Time, seis episodios de escasamente un cuarto de hora de duración. Con un personaje secundario, un detective que se oculta bajo la apariencia de alguien que trabaja en una cafetería, Zero. Es relativamente intrascendente, pero simpática, y se ve con facilidad. Y dura muy poco. No ha sido suficiente para que me decida a ver algo de la serie principal.
Bartender: Kami no gurasu [バーテンダー 神のグラス], o Bartender: Glass of God, es otra adaptación de un manga. Este es de hace 20 años. En la segunda adaptación en formato de animación que se hace. Y tiene un tono de animación con temas más adultos, y no me estoy refiriendo al sexo, del que no hay nada. Es una historia en torno a un barman, entendiendo como tal no un camarero al uso, sino el camarero de barra especializado en combinados y cócteles, que trabaja en un establecimiento de la zona de Ginza, en Tokio. El propietario de un lujoso hotel quiere contratarlo para su establecimiento, pero el se resiste. Y enviará a su nieta, que trabaja para él sin que sus compañeros sepan que es la nieta, y a otra empleada joven a convencerla. En los doce episodios que dura, iremos haciendo un recorrido por la vida de los personajes, y de otros personajes secundarios que van surgiendo entre los clientes del bar donde trabaja el protagonista y otras personas con la misma profesión y relacionados. La he visto por curiosidad, pero no ha terminado de engancharme porque la mística que desarrolla en torno a la profesión del protagonista me parece una memez, así como las sutilezas sobre los sabores y formas de preparar los combinados. Una pena, porque por lo demás, está bien hecha. Razonablemente bien valorada por los aficionados al anime en Myanimelist, no tanto por los votantes de IMDb.
Danjon meshi [ダンジョン飯, comida de mazmorra], en inglés Delicious in dungeon, e ingeniosamente en español Tragones y mazmorras, es una serie de fantasía, del tipo Dragones y mazmorras (ver Nota, más abajo), con 24 episodios de duración, abierta a continuación. Aunque tiene muchos momentos de aventura, y sus notas de drama, la mayor parte de la serie tiene un tono de comedia, me atrevería a decir que de parodia amable. Un grupo de aventureros entre los cuales un humano, una maga elfa, un mediano (similar a un hóbit de Tolkien) y un enano, se adentran en una mazmorra (entiéndase por tal NO un calabazo, sino una estructura subterránea con tesoros, monstruos, seres fantásticos y tal) para rescatar a la hermana del hombre, que fue atacada por un temible dragón. Para ahorrar y evitar peso, decidirán comer de lo que encuentren, por lo que cada episodio recibe un título relacionado con el plato que cocina a partir de los monstruos, animales y vegetales fantásticos que encuentran por el camino. Es muy entretenida, muy ingeniosa. Los caracteres se hacen de querer, porque son básicamente imperfectos, pero entrañables. Y los subtítulos están traducidos con mucho ingenio y mucha guasa, supongo que acorde con el tono general de la serie. Por lo que realmente me ha divertido bastante. Se ve en Netflix. Y si hay segunda parte, sin duda la veré. Está muy bien valorada, entrando entre las 100 series más valoradas de las miles que hay en Myanimelist.
Nota: Para quienes no se cosquen con la cosa de los juegos o aventuras de mazmorras, es un tipo de aventuras claramente inspirado por las compañías que en los libros de Tolkien se internan por diversos subterráneos para conseguir algo, como un tesoro o lo que sea. Por ejemplo, los enanos y Bilbo a por el tesoro de Smaug, o la Comunidad del Anillo atravesando las minas de Moria, y este tipo de situaciones, donde también hay elfos, enanos, hombres, medianos, dragones, orcos,…
Nuevamente un paseo a la Cartuja Baja como los que ya comenté aquí y aquí. Me llevé también un cámara con un rollo de película fotográfica tradicional, pero esas fotos llegarán más adelante, en unas semanas. De momento aquí, algunas fotos realizadas con cámara digital.
La forma de mirar y pensarte la foto según utilices una cámara digital o película fotográfica es muy distintas. O debería ser. Porque uno de los principios más importantes para el fotógrafo, sea aficionado o profesional, es previsualizar el resultado. Proyectar en tu imaginación cómo va a quedar la fotografía en un futuro. En cualquier caso, hoy en día, hasta los equipo más sencillos son extremadamente eficaces, como la cámara que utilicé en esta ocasión, comprada hace unos años en un outlet por un precio muy conveniente. Pensando en lo que pagué por ella, es una de las mejores relaciones calidad precio que he tenido en los últimos… ¿20 años? Muchos no lo creerán.
El 30 de abril de este 2024 falleció el escritor norteamericano Paul Auster (1947-2024) a los 77 años de edad, como se suele decir eufemísticamente «tras una larga enfermedad», o sea, de cáncer. Estos eufemismos siempre me remiten a un ensayo de Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas, un texto que marcó de forma considerable mi forma de enfocar me profesión cuando apenas estaba comenzando mi recorrido en la misma. Sontag también falleció «tras una larga enfermedad». El caso es que a lo largo de los últimos 20 años leí varias obras de Auster, que en general me gustaron bastante. Y siempre he celebrado alguna de sus trabajos en el mundo del cine, aunque siempre más como guionista que como director.
En ese contexto, poco después de su fallecimiento apareció la novela que hoy nos ocupa de oferta en mi tienda habitual de libros electrónicos. Y por supuesto la compré, y me puse a ella. Poco antes de viajar a Japón. Este es uno de los libros, cuyo comentario me salté por adelantar uno (o dos) de los que leí como consecuencia del viaje. Y como es frecuente en las obras de Auster, nos traslada a Nueva York, donde encontramos a un joven estudiante universitario, que tiene un encuentro con un excéntrico francés, adinerado, y con su ligue del momento. El francés le propondrá un negocio editorial que supondrá su lanzamiento en el mundo laboral y empresarial. Y en una ausencia del adinerado mecenas, mantendrá una relación con la joven. Pero cuando vuelva el francés, un hecho delictivo pondrá final a estas relaciones. Hasta que un día se traslade a París y vuelva a encontrarlos.
Ambientada en los años 60, los temas que impregnan la novela son de carácter ético. El joven se encuentra en una situación compleja en su vida. Universitario, su vida como tal está a punto de terminar, con el riesgo de ser llamado a filas, a la guerra del Vietnam. Se siente atraído por el mundo sofisticado, por las posibilidades que da el dinero, por una mujer más interesante por su personalidad y puesta en escena que por su físico. Y en concreto, se siente hipnotizado por las oportunidades que le ofrece el rico francés… al mismo tiempo que se horroriza por sus acciones, fuera de la moral convencional, y por lo que pueden representar sus actividades, supuestas, no realmente conocidas, en ese mundo hipócrita de violencia trasladada a otros países y otras sociedades que fue el mundo de la llamada Guerra Fría, tan caliente en muchos lugares.
No voy a decir que sea el libro que más me ha gustado de Auster. Pero me ha gustado, bastante. Tiene su emoción. Tiene sus dilemas éticos. Tiene las dudas sobre si lo que el joven vive es real o hay una parte de delirio, de paranoia. Es interesante también la estructura del libro, en tres partes. La primera, escrita en primera persona, transcurre en Nueva York y narra las relaciones en el triángulo entre el joven, el francés y la mujer. La segunda, escrita en segunda persona, es una especie de interludio, que marca en gran medida el destino del joven, y en el que relata el haber mantenido relaciones incestuosas con su hermana durante un verano. La tercera, escrita en tercera persona, por un antiguo compañero de la universidad, sobre las notas del protagonista, y narra su vida en París, y su relación con el francés, su prometida, la hija de su prometida, y las consecuencias. Hay una última parte en la que se reflexiona, tras la muerte del protagonista, lo que puede haber de cierto o no en la vida del protagonista. Y de fondo siempre tenemos la cuestión de la fiabilidad del narrador, de la confianza que nos merece, de su objetividad/subjetividad. Esta es una cuestión que cada vez me interesa más, analizar la subjetividad del narrador. Por ello, cada vez me interesan más la narraciones en primera persona, en las que por sistema dudamos de su fiabilidad. Interesante es ese interludio narrado en segunda persona, una forma curiosa en la que el propio narrador intenta mirarse a sí mismo como si fuera otro, como si lo que estuviera narrando le estuviera pasando a otro. Introduciendo todavía más dudas sobre la fiabilidad del propio narrador.
Como veis, no faltan elementos de interés en esta novela. Una novela que me interesó vivamente mientras la leía, que luego me produjo un bajón, porque su cierre me resultó hasta cierto punto insatisfactorio, pero luego ha ido creciendo de nuevo en la memoria. Y tened en cuenta que hace ya mes y medio largo que la terminé de leer. En fin, que como todo lo que he leído de Auster, me parece muy recomendable.
No traigo mucha cosa hoy a las recomendaciones fotográficas de este domingo. Como ya he comentado en alguna otra entrada últimamente, en este final de primavera y principio del verano no ando con mucho tiempo disponible. Pero bueno, alguna cosa tengo. Vamos a verlo.
Hacía mucho que no se publicaba nada, o que yo no lo veía, en Cartier-Bresson no es un reloj. Parece que su autora está más entretenida con sus videos y esas cosas que con el blog. Una pena. Siempre he pensado que la lectura proporciona más poso y conocimiento que los vídeos, mucho más pasivos en la actitud del receptor. En cualquier caso, recientemente hacía un repaso a la figura de Francesca Woodman, esta joven fotógrafa que trágicamente se suicidó con 22 años hace más de 40 años, y que al ser descubierta en los últimos diez años se ha convertido en una figura importante de referencia, especialmente entre las féminas. Pero el artículo demistifica algunas de las ideas preconcebidas sobre Woodman. No rebaja ni un ápice su calidad como artista, pero si contextualiza su obra en las coordenadas de edad, tiempo, época, lugar, entorno,… que me parece muy apropiada. Por cierto, me parece muy acertada la reflexión sobre el hecho de que NO es lo mismo un selfi que un autorretrato. Muy acertada.
Akihiko Okamura es un fotógrafo japonés de quien pocos se acuerdan en estos tiempos. Falleció en 1985 con unos 55 o 56 años. Pero fue un fotógrafo que se batió el cobre por el mundo fotografiando los múltiples conflictos que «calentaron» la mal llamada «guerra fría»… como si realmente no hubieran habido abundancia de tiros, bombas y muerte en esa época de la historia reciente de este loco mundo. El caso es que Okamura se trasladó con su familia a Irlanda, donde vivió hasta su muerte. Y durante ese tiempo documentó dos realidades muy distintas. La pacífica, e incluso poética, vida con su familia en la República de Irlanda, confrontada con la compleja y violenta realidad del conflicto de Irlanda del Norte. Me enteré de ello en Conscientious Photography Magazine.
La primera de ellas es la fotografa neerlandesa Nanda Hagenaars, especialmente sus interesantes estudios de la figura humana, con perspectivas y contrastes poco usuales, un bello blanco y negro sobre película fotográfica tradicional, en el que la estructura de la emulsión ayuda a dotar la imagen de una cualidad orgánica muy interesante.
La segunda de ellas es el fotógrafo Jack Sorokin. Nacido en la vecina Nueva Jersey, vive y trabaja en Nueva York, donde realiza un trabajo de fotografía documental con unos colores muy expresivos. Hay tantos fotógrafos apuntando su cámara hacia las escenas que transcurren en las calles de la Gran Manzana, que a veces siento cierto hartazgo sobre este tema. Pero el color de la fotografía de Sorokin me parece muy interesante; su forma de ver en general. También hace mucho retrato y trabajo comercial.
La tercera de ellas es Jaschi Klein. Para esta fotógrafa alemana, la fotografía es más bien una forma de inmortalizar, o de presentar, su trabajo basado en instalaciones más o menos estables, más o menos temporales, y las performances que realiza con actores o danzantes, y en las que el paisaje adquiere un protagonismo esencial, al mismo tiempo que es reinterpretado. Muy interesante.
Ya os hablaba el martes de la caminata a la Cartuja Baja y el paseo entre sus calles reconociendo las estructuras de la antigua cartuja de la Concepción que da nombre al barrio. En un futuro, habrá que seguir explorando fotográficamente el lugar. Pero más hacia el otoño. Que ahora hace mucho calor, y para conseguir buena luz, o hay que madrugar una enormidad, o hay que esperar hasta muy tarde.
En cualquier caso, también hice unas cuantas fotografías con película en color. Que me quedaron mejor que las de blanco y negro. La película que llevé se adapta bien a las circunstancias de luz intensa y dura que tuvimos esa mañana de sábado. Para saber más de las cuestiones técnicas fotográficas, podéis visitar la correspondiente publicación en Substack. Para los que no os interese, como de costumbre, os dejo algunas fotos. Con más interés documental que artístico.
En las últimas semanas he estado muy liado con diversas cosas. Y a eso hay que sumar que no estaba inspirado por la cartelera para ir a las salas de cine. Pero hace unos días nos sacudimos esa pereza para ver esta película dirigida por Benoît Delhomme, un director de fotografía que se estrena como director con este largometraje, no excesivamente largo, y que nos atrae al cine por su reparto. Especialmente por sus dos actrices protagonistas, Jessica Chastain y Anne Hathaway. Por cierto… números redondos. Esta es la película número 30 de este año en mi base de datos de estrenos, y la 1600 desde que empecé a cumplimentarla un 28 de diciembre de 1997.
La película es una adaptación al idioma inglés y a un ambiente nortemericano a principios de los años 60 del siglo XX de una película francesa que yo no he tenido oportunidad de ver. La película, en castellano, lleva el estúpido título de Vidas perfectas, que orienta poco sobre la esencia de la producción, y que da la sensación de que corresponde a una película que ya hemos visto, de algún modo. Dos familias de clase media acomodada, en algún barrio residencial de alguna ciudad norteamericana, todo parece perfecto. Las dos con un hijo de similar edad. Buenos vecinos, buenos amigos… todo bien. Hasta que la muerte de uno de los niños en trágicas circunstancias pone a prueba esta amistad… y muchas más cosas.
La película tiene varios problemas. Ninguno de ellos es la interpretación, ya que el reparto, todo él, incluido el niño, pero en especial las dos actrices protagonistas, hacen lo que pueden, lo que mejor saben. Pero esto quizá no baste, salvo para que la película obtenga el aprobado pelado. El realizador se preocupa mucho por la estética, por el diseño de producción. Todo perfecto. Pero sin alma. Para empezar, porque la película no sabe qué quiere ser. Parece que va a ser una disección del duelo por la pérdida del niño… pero pronto toma tintes melodramáticos hasta que… ¿esto es cine negro… casi terror psicológico? No sé… te pasas la película desorientado, sin saber a donde vas. Afortunadamente es corta, muy poquito más de hora y media.
Aunque, como ya digo, se le puede dar el aprobado por el trabajo de su reparto, lo cierto es que no me atrevería a recomendarla. Le falta sustancia. Y nos olvidaremos pronto de ella. Mal comienzo para este director novel en este tipo de tareas.
Hace bastantes semanas que no dedico una entrada a las series surcoreanas. Y es que entre unas cosas y otras… últimamente me he enfriado bastante hacia este placer inconfesable. Últimamente he colgado varias tras ver uno o dos episodios. Quizá están dejando de divertirme. O no. Quién sabe. Pero aquí traigo tres de ellas, de muy distinto pelaje.
Gungeomsa Dobereuman [군검사 도베르만], en inglés Military prosecutor Doberman, es un drama militar y judicial, con toques de comedia y el inevitable romance, que se puede ver en Netflix, aunque sin doblaje ni subtítulos en español, hay que ponerlos en inglés, originalmente estrenado en su país de origen en 2022. Dos fiscales militares se alían contra un entramado de corrupción que abarca a altos grados militares y al mundo empresarial. Él, un vividor, que originalmente busca su propio beneficio, ella,… busca venganza. Y a partir de ahí, con un tono más desenfadado que dramático, una serie de aventuretas que se benefician del buen hacer de sus protagonistas (Ahn Bo-hyun y Jo Bo-ah) y de la buena química entre ellos. Un guilty pleasure bien hecho, pero bastante inverosímil, por lo demás.
Bimir-eun eops-eo [비밀은 없어, sin secretos] recibe en castellano el título de Hablando con franqueza o en inglés Frankly speaking. Parte de una premisa que no es nueva en series surcoreanas, ya la vi en una serie hace unos años. Un periodista o similar que es incapaz de mentir. En este caso un presentador de televisión (Go Kyung-pyo). Y eso le lleva a que le vaya mal profesionalmente. Para salir del atolladero, se alía con una guionista de reality shows (Kang Han-na), pasando a formar parte de los participantes en uno de sus programas. A partir de ahí, enredos y romances. Es una serie bastante intrascendente, estreno reciente de Netflix, y que se salva también por el buen hacer del reparto y porque los guiones no están mal.
Finalmente, una serie un tanto atípica, Hieoroneun animnidaman [히어로는 아닙니다만, no soy un héroe], que ha dado en titular en castellano/inglés como Una familia atítpica/The atypical family. Mezcla de comedia y drama romántico. Quizá más drama que comedia, aunque de todo hay. Una mujer joven (Chun Woo-hee), huérfana, que forma parte de una banda de estafadores, se infiltra en una familia con dinero, con el fin de casarse con el hijo viudo (Jang Ki-yong), con una hija preadolescente, y desplumarlos de su dinero. Pero con lo que no contaba es que fuese una familia con superpoderes. Aunque ahora no los pueden utilizar por culpa de las enfermedades asociadas a los estilos de vida modernos. La una vuela, pero no lo consigue porque se ha vuelto obesa. Otra tiene sueños premonitorios, en los que basan la riqueza familiar, pero no lo consigue por culpa del insomnio. El viudo es capaz de viajar al pasado, a sus momentos felices, pero no lo consigue porque está permanentemente deprimido desde que enviudó. Y en doce episodios se desarrolla un complejo enredo, en el cual, no faltan los dramas familiares y el romance, inicialmente ficticio pero luego… lo de costumbre. Tiene sus cosas originales, pero el ritmo y el desarrollo de la serie no siempre es acertado. Lo de los viajes en el tiempo es un plus, y está bien resuelto. Pero me he quedado con ganas. Podría haber sido muy buena. Quizá convertida en un largometraje, podría haber tenido su miga.