Como creo que ya he comentado, durante el verano se nos hace difícil cumplir con nuestro propósito de ir al cine al menos una vez a la semana. La pobreza de la oferta, el escaso tiempo que determinadas películas permanecen en cartel, o los caóticos horarios de las películas en versión original, cada vez más escasas, hacen difícil la elección. La película de esta semana no la elegí yo, aunque había leído alguna reseña sobre la misma que no la ponía mal. Lo más curioso es que es la primera película dirigida por la actriz Olivia Wilde, mi primer recuerdo de su trabajo fue la Thirteen de House M.D., una chica que vino de la televisión, y que no ha acabado de destacar en el cine.
No se me ocurren fotos para acompañar a esta entrada… así que pongo algunas de las últimas que tomé en el Museo Pablo Gargallo de Zaragoza.
El punto de partida de la película son dos adolescentes, Amy (Kaitlyn Dever) y Molly (Beanie Feldstein), que han centrado sus años de instituto en el trabajo y el instituto con el fin de conseguir entrar en buenas universidades y encarrillar su vida, renunciando a la vida social y las fiestas. Pero en vísperas de su graduación, se dan cuenta que muchos de sus compañeros han conseguido el mismo objetivo, sin renunciar a divertirse, a tener novios o novias o irse de fiesta de vez en cuando. Por ello, en su última noche de instituto deciden demostrarse a sí mismas y a los demás que son capaces de ser divertidas, ir de fiesta, e incluso ligar.
La película se convierte en una historia del tipo jo, qué noche, en la que nada sale como parece y nuestras protagonistas sufren una serie de contratiempos. Ninguno grave, eso sí. Pero siempre con un tono buen rollistas. Sus compañeros más fiesteros y divertidos no son una panda de bordes como sucede en otras películas. Simplemente las ven raras. En cualquier caso, pese a las reseñas positivas que he comentado, la película realmente no acaba de despegar. No llegamos a emocionarnos, encariñarnos, sufrir con las protagonistas. Caen simpáticas, pero el conjunto no acaba de engancharnos. Y creo que la directora novel tiene mucho que ver con el resultado, junto con un guion que carece de riesgos y tira por el tono buenrollista sin complicaciones y fácil
Las dos intérpretes protagonistas, así como los secundarios, ponen de su parte, pero no están en condiciones de hacer maravillas con el material que se les concede. A Dever la recuerdo de un drama que me gustó mucho, donde hacía un papel con mucha más profundidad, y recibía como mínimo un notable. Aquí le toca el rol menos vistoso de la pareja, pero también el que consigue momentos más entrañables en su mezcla de bondad, inseguridad y curiosidad.
Como curiosidad, me he enterado que en otros países el estreno ha ido directamente a Netflix, donde llega a figurar dentro de la categoría Netflix original. Cosa que no ha sucedido en España. Nunca acabaré de comprender el entramado/enredado de intereses y negocietes de la producción/distribución/exhibición cinematográfica que acaba confundiendo al potencila espectador. O por lo menos a mí. La película… no sé si es recomendable,… así, así,… aunque tampoco creo que desagrade a la mayor parte de la gente que vaya a verla.
En temporada baja, es frecuente que lleguen con más frecuencia títulos de filmografías europeas, en concreto la francesa, eventualmente muy interesantes. Son los momentos del año que menos competencia tienen con las películas norteamericanas que copan el mercado por estar controladas la mayor parte de las distribuidoras y no pocos exhibidores por empresas estadounidenses. Claro, también pasan más desapercibidas.
En esta ocasión nos encontramos con una película de Catherine Corsini, que adapta una novela de la escritora francesa Christine Angot, que al parecer está basada, sin ser precisa al 100 %, en su propia vida. El papel de Chantal (Estelle Lescure, edad adolescente;Jehnny Beth, edad adulta) estaría basado en su propia persona.
Uno de los escenarios de la película es la ciudad de Estrasburgo, donde sucede el que sea uno de los momentos más importantes de la película, muy delicadamente planteado, que no narrado.
La película nos cuenta cuarenta años en las vidas de Chantal, su madre, Rachel (Virginie Efira), y su padre, Philippe (Niels Schneider). Cuando comienza la película, que es narrada por Chantal, Rachel es una bella joven de 25 años, católica pero de padre judío, que las abandonó a ella y a su madre, que sale adelante trabajando como secretaria en una empresa de una ciudad del centro de Francia. En ese momento conoce a Philippe, un joven culto, de buena familia de quien se enamora y de quien queda embarazada de Chantal. Nunca se llegarán a casar, pero tampoco perderán el contacto, iniciando una peculiar relación de décadas entre los tres.
La realización de la película es tranquila, directa. A veces con cierto sabor a películas de la nouvelle vague, no sé porqué, pero en algún momento Rachel me recuerda a alguna de las protagonistas de Éric Rohmer. Pero Rachel no tiene la desenvoltura personal y la independencia de las mujeres de Rohmer. Rachel generará una relación de profunda dependencia con Philippe, que siempre se sentirá atraído hacia ella y buscará ser su amante, pero sin comprometerse con ella. Pertenecen a distintos estratos sociales. Incluso se percibe el antisemitismo tradicionalmente latente en la sociedad francesa. Esto acabará teniendo consecuencias trágicas, especialmente para Chantal, que tras pasar una infancia feliz, se verá abocada a una adolescencia conflictiva con consecuencias de por vida en la relación de las tres personas.
La película admite numerosas lecturas. No me voy a extender mucho, puesto que prefiero reservar determinadas cuestiones de la historia para evitar prejuicios, aunque la biografía de la escritora es pública y conocida. Pero en general, la película es una crítica a las actitudes de un patriarcado hipócrita y clasista, al mismo tiempo que hacia la tradicional sumisión de las mujeres.
La película tiene altibajos en su historia. Con más de dos horas de duración, no extraña mucho. E incluso tiene algunos elementos de su conclusión que me chirrían mucho, como esa conversación entre madre e hija en una cafetería parisina hacia el final de la película, donde Chantal intenta explicar todo lo que ha sucedido, pero que me resulta muy poco natural. En cualquier caso, lo que sí que alcanza un gran nivel es la interpretación de los tres protagonistas. Si llamativa resulta la de Efira, una bella actriz y presentadora televisiva belga que consigue interpretar con verosimilitud el mismo personaje desde los 25 a los 65 años, también resultan notables la contenida interpretación de la adolescente Lescure, y el cinismo que Schneider impone a su personaje.
Una película en general recomendable. Inquietante a ratos. Que da qué pensar. Y que, aunque tenga algún altibajo, está bellamente realizada.
Como algunos ya sabréis, desde hace un par de años, incluyo en mis reseñas cinematográficas los estrenos que se producen en las plataformas de vídeo bajo demanda, como es el caso de Netflix, mayormente, siempre que sean estrenos que no sea posible, o muy difícil, ver en pantalla grande, y que sean producciones propias de esas cadenas. Los considero como estrenos cinematográficos; y creo que hay que estar con los tiempos y no como una parte de la industria presentando una constante resistencia al cambio sin aportar nada nuevo a la exhibición cinematográfica. Sólo más ventas de palomitas. Prefiero ver un estreno en pantalla grande, pero no voy a rechazar los que se produzcan de otras formas.
Y en esta ocasión se trata de una producción francesa en Netflix dirigida por Antonin Baudry y Abel Lanzac, ambos noveles en la dirección, que se ponen al frente de un drama bélico de submarinos. Las películas de submarinos han sido tradicionalmente muy entretenidas, y hay alguna que otra joya del cine entre ellas. Así que no me podía resistir a ver este estreno. También hay que destacar que tradicionalmente el género ha estado dominado por los norteamericanos, con alguna muy destacable excepción alemana, por lo que tenía curiosidad por lo que podían proponer los vecinos del norte.
Una de las bases más importantes de la Marina Nacional francesa está en la rada de Brest, al norte de la península de Crozon, que visité en 1993. Incluso se podían ver las instalaciones militares, como en la fotografía del encabezado. Creo que los submarinos los tienen por aquí, por su inmediato acceso a las profundas aguas del Atlántico en lugar del que proporciona el mediterráneo puerto de Tolón. Pero no estoy seguro.
La acción se sitúa en un futuro próximo. Y tras una presentación de protagonistas en una acción de rescate de submarinistas en las costas de Siria a bordo de un submarino de ataque o de caza, nos llevan a una situación límite en la que un submarino estratégico portador de misiles con cabezas nucleares reciben la orden presidencial de lanzar una de ellas ante el inminente ataque de suelo francés. Cuando se comprueba que el ataque enemigo es un cebo para provocar el contraataque e iniciar una contienda fatal, hay que evitar que el lanzamiento desde el submarino se produzca. Pero no hay ningún procedimiento para ello; el submarino ha quedado aislado y sigue su fatal protocolo.
En un principio, mi valoración de la película era aceptable. Lo cierto es que me resultó entretenida, si bien inverosímil por el excesivo papel dado a un operador de sonar (François Civil) en la resolución de los dilemas. Pero quien me siga con cierta frecuencia, sabrá que no suelo comentar las películas de inmediato. Que las dejo reposar. Y esta no aguanta muy bien esa fase de reflexión. Podemos argumentar entre otras cosas que el nivel de atención al detalle es mínimo o ridículo. A ver… cualquiera que haya hecho un vuelo intercontinental entre la Europa occidental y Asia oriental sabe que la ruta muchas veces llega a pasar por regiones árticas, dependiendo del destino, siguiendo el camino más corto que sigue los círculos máximos sobre la superficie de la Tierra. Un misil disparado en la costa de Kamchatka en dirección a París pasará probablemente por cerca del polo, y no al sur de Varsovia, ¡CENUTRIOS! Y así podemos encontrar un cierto sinnúmero de detalles absurdos, que golpean con dureza la suspensión temporal de la incredulidad con la que afrontamos las historias de ficción.
Otro punto importante es que, el dilema de la decisión de lanzar o no lanzar, y la conveniencia de tener protocolos flexibles o rígidos ya se ha analizado con mucha más brillantez en otras películas, incluso si no son de las mejores del género. Pero mucho mejor dirigidas y, sobretodo, interpretadas.
Por lo tanto, la película va perdiendo fuelle en el recuerdo. Las interpretaciones son justas, tampoco pueden hacer mucho más con los elementos que se dan a los actores, con algunos nombres interesantes (Mathieu Kassovitz y Omar Sy), que son muy estereotipados. El único papel femenino, la guapa y buena actriz Paula Beer, que nos sorprendió gratamente hace unos años en otra película con transfondo bélico, queda reducida al papel de florero sin mucho sentido. En un retroceso notable sobre las tendencias actuales en el cine de dar un mejor tratamiento a los personajes femeninos. Desgraciadamente, es una película que sólo se puede recomendar a los incondicionales del género… y así así. La próxima película que aparecerá por aquí también será de nacionalidad francesa… a ver si va mejor.
Juan José Campanella tiene en su haber una serie de largometrajes, no muchos, la verdad sea dicha, que concitan habitualmente la unanimidad de público y crítica, con valoraciones muy favorables. Con gran capacidad para tocar la fibra sensible de los espectadores, cualquier estreno que lleve su nombre merece nuestra atención. Bien es verdad que también lleva en su haber un montón de televisión gringa, y de otros países, que una vez es mejor y otras «no tan mejor». Pero bueno… creo que su más oscarizada película forma parte de forma inherente e imborrable de la historia personal de muchos de nosotros. Incluso si nos despierta una profunda melancolía por motivos concurrentes aunque ajenos a la propia película. Cosas.
En cualquier caso, el anuncio del estreno de una nueva película del argentino genera expectativas. Elevadas expectativas. En esta ocasión, con un reparto muy notable (no, no sale Darín, os pongáis como os pongáis; de hecho se rumorea que son muchas la películas argentinas en las que nunca ha trabajado Darín, aunque España entera no se lo crea), se plantea una nueva versión de una película de los años 70, que tuvo la mala fortuna de ser estrenada coincidiendo con el golpe militar que llevó a la dictadura de triste recuerdo. Una película de terror que nunca debió ser estrenada como tantas dirigidas por los militares del mundo entero.
No he tenido ocasión de viajar al Cono Sur todavía… y no por falta de ganas. Así que ilustro la entrada con unas fotos de hace unos meses, realizadas con película tradicional, por Zaragoza. Probablemente el lugar del mundo en el que el idioma castellano o español tiene una entonación más diferencia, más distinta, que el de Buenos Aires y argentina en general.
Mara Ordaz (Graciela Borges) es una anciana actriz, recluida en un caserón con su discapacitado marido, Pedro (Luis Brandoni), uno de los directores de cine que la dirigió en su época gloriosa (Oscar Martínez) y el guionista de aquellas películas (Marcos Mundstock). Viven amándose/odiándose con una mezcla de nostalgia/rencor, alejados del mundo. Hasta que llega un tiburón inmobiliario (Nicolás Francella), acompañada de una bella escribana (Clara Lago), léase notaria para los castellanoparlantes de la orilla oriental del Atlántico, que pondrá patas arriba el delicado equilibrio de esta comunidad.
El tono de la película, desde los primeros instantes nos indica dos cosas. Por una lado, que es un ejercicio de autorreferencia hacia el mundo del cine y del artisteo, la típica historia de amor/odio entre directores/escritores hacia/contra los intérpretes de sus obras. Por otro lado, estamos ante una comedia que fácilmente va a derivar al humor negro… como así sucede, acercándose hacia aquella que considero la más inspirada de las comedias de Frank Capra. En los inicios del filme, asistimos a una serie de diálogos en donde las puyas verbales son constantes e ingeniosas, son diálogos que transcurren con rapidez, y establecen los antagonismos entre los personajes con facilidad. Pero llega un segundo acto, con un tono más dramático, en el que la película pierde fuelle, especialmente después del vivaz comienzo. La película irá recobrando pulso, aunque sin llegar a los niveles iniciales, especialmente porque se hace previsible. Termina dejando buen sabor de boca, pero con la sensación de que podría haber sido mucho mejor.
Por donde brilla es en el lado de la interpretación. Los seis personajes principales están muy bien interpretados. Incluso Lago, una actriz que con el tiempo ha resultado más del montón de lo que parecía que podía ser, está a un buen nivel. Y parece que es capaz de interpretar con más soltura y desparpajo hablando en porteño que en castellano.
Como conclusión, lo ya dicho. Deja muy buenas interpretaciones, buen sabor de boca y algún momento inspirado en el plano de la comedia. Pero falla un poco justo donde Campanella es más esperado, en el lado del drama de sentimientos que te dejen el alma tocada. No obstante, es una película recomendable, más si tenemos en cuenta la relativamente triste situación de la cartelera veraniega.
Como viene sucediendo en los últimos años, nos está costando encontrar motivación para ir a las salas de cine durante el verano. Una programación pobre, un maltrato a las versiones originales en cuanto a disponibilidad horaria y permanencia en cartelera, y cierto escepticismo que se ha ido desarrollando hacia cierto tipo de producciones, hace que nos cueste, o por lo menos a mí, tomar la decisión de afrontar el calor de este tórrido verano para ir a las únicas salas de cine donde se exhiben versiones originales. Cada vez soporto menos los (horribles) doblajes de las películas, frente al orgullo sobre los mismos que muestran en ocasiones diversos componentes de la industria en España, más preocupados por el dinero que por la cultura o el respeto a la obra.
Había que buscar un cementerio… y porqué no el de Malmo, que sirve también de parque. Pero de dónde van a salir los «no muertos» si no es de un cementerio.
Y en estas estamos cuando recibo la propuesta de ir a ver la última de Jim Jarmusch, director de quien he visto cosas estupendas, pero también pestiños pedantes y pretenciosos que no me han convencido, me cuenten lo que me cuenten algunos críticos. Se tuvieron que emplear a fondo para convencerme en ir a ver una, la enésima, de zombis.
Afortunadamente. A mí esta película me suena a divertimento entre amigos. Lo bueno es que a mí me divirtió con carácter general. Una pequeña población del medio oeste americano en la que se enfrentan, como en el resto del mundo, aunque eso no lo vemos, a un apocalipsis zombi. Con el jefe de policía (Bill Murray) y sus ayudantes (Adam Driver y Chloë Sevigny) al frente. Y la peculiar dueña de una funeraria (Tilda Swinton). Todo ello visto a través de los ojos del automarginado del pueblo (Tom Waits) y con una serie de rupturas indirectas de la cuarta pared o autorreferencias a la propia película y a otras películas, tanto del propio Jarmusch como de otros directores habituales del género. O de otros géneros.
Como digo, tiene toda la apariencia de un divertimento. Jarmusch y varios de los actores que han aparecido en sus anteriores películas, más una serie de actores y actrices que hace pequeños papeles, cameos en algún caso, irreconocibles si se esconden tras las pintas de un zombi, se han juntado y se han divertido haciendo una película que, a pesar de estas circunstancias no es banal. Puesto que en diversos detalles a los que se suma la declaración final de Hermit Bob (Waits), comprobamos que es una nueva crítica hacia esa América profunda adocenada, pasiva políticamente o votante de monstruos como quien les gobierna en estos momentos, como crítica es ante los desmanes medioambientales del capitalismo y las mentiras gubernamentales descaradas sobre los mismo, ante todo lo cual esta película de Jarmusch es una declaración de que mejor todos muertos a seguir como estamos.
Tampoco creo que pase a la historia del cine de forma especial. Pero si acudes con el estado de ánimo adecuado, y prestas atención a las distintas referencias del filme, te lo pasas bastante bien. Lo mejor de todas formas,… Tilda Swinton, que va a lo suyo, con acento escocés, y una salida de escena propia de los mejores tiempos de los Monty Python.
En los últimos días, ni hemos tenido tiempo u ocasión para ir a las salas de cine, ni la cartelera ha estado lo suficientemente atractiva como para que nos esforzáramos en encontrar tiempo o buscar la ocasión. Si a eso sumamos la pereza que da salir de casa en determinados días por el excesivo calor que padecemos… pues la solución a la dosis semanal de cine de estreno puede pasar por los servicios de bajo demanda, por las producciones exclusivas de algunos de estos. Así que vamos con dos de ellas.
La comedia romántica es, desde hace mucho más tiempo de lo que parece, un género en decadencia. Es cierto que las taquillas acompañaron durante unas década a estas películas. Pero no podían esconder que eran producciones estereotipadas, prefabricadas, que recurrían sistemáticamente a las mismas fórmulas. Previsibles, poco a poco han ido perdiendo el favor del público, aunque siempre haya espectadores dispuestos a merendarse una tontada romanticona mientras se empachan de palomitas. Hete aquí que Netflix empezó a nutrir su fondo de producciones originales propias con algunas de estas. Yo, remiso a tropezar de nuevo en la piedra de los caminos trillados, he evitado muchas de estas. Pero de repente empecé a leer hace unas semanas reseñas sobre esta comedia usamericana, firmada por Nahnatchka Khan (desconocida para mí), con un reparto donde predominan los intérpretes de origen asiático, como una película que tenía cierto interés. Así que cogí, y en la sobremesa del domingo, después de haber pedido para compartir una ración de yakisoba y sashimi, nos dispusimos divertirnos con ella.
Si la primera película va de asiáticos… pues viajaremos fotográficamente a Asia, a China. Si la segunda película está rodada en blanco y negro,… pues lo mismo.
La cosa va de una chica de origen vietnamita, Sasha Tran (Ali Wong), que se ha convertido en una chef de éxito, que se reencuentra con un viejo amigo de la infancia de origen coreano, Marcus Kim (Randall Park), cuando vuelve a San Francisco para abrir una sucursal de su cadena de restaurantes. De niños y adolescentes fueron inseparables, pero al llegar el final de la adolescencia, cuando decidieron dar un paso más en la relación, no funcionó. Y a partir de ahí llevaron vidas separadas. Obviamente… el reencuentro…
Bien. Escribir 1000 veces en la pizarra, «no te fíes de los listos que pontifican sobre cine actual en internet». Esta comedia romántica es de una mediocridad pasmosa. Los dos protagonistas no son desconocidos para mí, me los he encontrado aquí y allá en producciones televisivas, generalmente haciendo trabajos razonablemente competentes. Pero aquí no pueden superar la avalancha de lugares comunes y previsibilidad, con unos gags pretendidamente cómicos que no funcionan.
Un producto prefabricado más en el ámbito de la comedia romántica, que lo único que me despierta es las sospechas de que muchos de estos individuos o individuas que opinan por ahí estén untados por las cadenas. No recomendable salvo para partidarios acérrimos de este género que quizá se sientan a gusto viendo lo de siempre.
Si la anterior era una película claramente comercial, en la que habíamos puesto erróneamente cierta esperanza de encontrar algo de calidad, aquí nos encontramos con una propuesta muy diferente. Estamos ante la última película de Isabel Coixet, directora española que siempre ha aspirado a hacerse un hueco entre los más prestigiosos directores de esos que hacen el llamado «cine de autor». En sus inicios parecía que llevaba el buen camino, y tengo recuerdos de un par de sus películas que realmente me parecieron excelentes. Pero luego… tengo la sensación de que se esfuerza tanto de las formas, que olvida dotal de fondo y alma a sus películas. Me ha pasado con varias.
Y aquí la tenemos de pronto, estrenando en Netflix, en blanco y negro, a lo Cuarón, con una de las tantas producciones que se presentan en esta cadena sobre tema LGTBI+ (espero no dejarme ninguna palabra, no quiero excluir a nadie). Y lo hace rescatando una crónica de la sección de sucesos en el cambio del siglo XIX a XX, cuando la noticia de que dos mujeres se habían casado (por la iglesia, porque era la única forma en la práctica en aquellos momentos), haciéndose pasar una de ellas por un hombre. La película se «inspira» en hechos reales. Obviamente, ese «inspira» ya nos va a indicar que se va a tomar muchas libertades con lo que sucedió entre Elisa Sánchez Lóriga, alias Mario Sánchez (Natalia de Molina) y Marcela Gracia Ibeas (Greta Fernández) en un periodo más o menos conocido que abarcó desde que se conocieron en 1885 hasta que se les pierde el rastro en 1909. Como veis, un período de 24 años, que no se corresponde con el paso interno del tiempo de la película.
La película se nos presenta como una representación de la intolerancia ante el amor homosexual (estamos en Galicia en el salto del siglo XIX al XX,… ¡qué diablos se podía esperar!; si estaban en su conjunto como sociedad más para dar pena que para ser criticados), mezclada con una serie de escenas de cama que, dada la época, resultan algo inverosímiles o forzadas. El guion es flojo; con tendencia al aburrimiento. El blanco y negro apenas se justifica, no es la mejor fotografía en blanco y negro que te puedes encontrar y, como he leído por ahí, más parece propia de un anuncio de perfumes que de un intento de recuperar un ambiente histórico y social. Nuevamente, Coixet se pierde en las formas descuidando por completo el ritmo y la emoción de la historia, o definiendo un enfoque claro sobre lo que nos quiere hablar.
Dicho lo cual, nos quedaba la esperanza de que las dos actrices pudieran salvar la papeleta. Pero no funcionan. De Molina no acaba de convencerme en sus capacidades interpretativas, no es la primera vez que me pasa, más que interpretar parece que declama o recita sus papeles. Y Greta Fernández, una joven actriz con pedigree familiar, presenta mejores maneras, se le ve más natural en su papel, pero no basta para levantar el conjunto, ni de lejos.
Película con pretensiones, que fracasa, desde mi punto de vista estrepitosamente, en contar una historia que enganche al público. Coixet sigue fallando en lo básico. Era mucho más interesante cuando rodaba cutre, pero tenía algo que contar con sustancia. Una pena. Oportunidad perdida. Nop. Coixet no es Cuarón.
Estamos en el mes/semana/día del Orgullo. No sé exactamente el intervalo temporal que abarca esta celebración, todos ellos se pueden leer en las noticias, que comenzó como revuelta allá por 1969, hace 50 años, en el Greenwich Village de Nueva York, ante el acoso policial hacia el coletivo gai y otros colectivos relacionados con la diversidad en la orientación sexual y en la identidad del género que es propia del género humano, pese a lo que piensen aquellos sectores más conservadores de la sociedad. Como consecuencia de la progresiva liberalización del pensamiento, de las legislaciones y de las costumbres, cada vez hay más oportunidades para contar las historias de estos colectivos. En plural. Porque la diversidad humana se da en cualquier grupo, y las etiquetas cerradas corren el riesgo de poner siempre nuevas barreras. Nuevamente, los colectivos más conservadores de la sociedad se quejan de que en la actualidad los temas sobre la diversidad en la orientación sexual y la identidad de género están sobrerrepresentados. Bueno, no nos olvidemos que cuando se nos cuenta una historia de ficción, en los libros, en la televisión, en el cine, en el teatro, esta implica siempre un conflicto que desencadena el movimiento de esa historia de ficción. Y los colectivos de los que hablamos hoy no han andado escasos de conflictos; por lo tanto, probablemente no, no están excesivamente representados en la ficción cinematográfica.
La coqueta población de Culross, en el estuario del Forth, nos servirá para representar a la Escocia rural en la que transcurre la historia de la película de hoy.
Y en estas estamos con esta película británica firmada por Annabel Jankel, directora poco prolífica de la que yo no tenía referencias. Pero el reparto parecía razonablemente prometedor. Con Anna Paquin en el papel de la doctora Jean Markham, que vuelve a su pueblo natal en Escocia tras la muerte de su padre, para hacerse caso de su casa y de su consulta, y Holliday Grainger encarnando a Lydia, una joven madre de la posguerra mundial, con un hijo a su cargo (Gregor Selkirk), cuyo marido los ha abandonado para irse con otra mujer, ocasionando dificultades en su mantenimiento económico, y un cierto rechazo del resto del pueblo que ven en Lydia una extraña, alguien que no es del pueblo. Ambas mujeres se acercarán en sus dificultades, y entre ellas surgirá una atracción que complicará más la situación en una sociedad cerrada, rural, muy conservadora, en esa posguerra británica tintada de un horrible color gris mediocre.
Con la buena mano que tienen los británicos para las películas de época, con el buen oficio que tienen los intérpretes británicos, a poco que el guion estuviera un poco esmerado la película tenía que funcionar razonablemente bien. Sin embargo, no es así. La película es previsible, los personajes son superficiales, las situaciones son tópicas, y todo está tan milimétricamente organizado en el desarrollo de la historia, que falta corazón o hígados, según lo que toque en cada momento. No basta que haya una historia de amor entre dos mujeres, tiene que haber algo más a la hora de contarla para que interese, que una sucesión de lugares comunes, que tiene al final algo de pastiche, cuando se mezcla con una tremenda secuencia de un aborto provocado, que siendo de lo más interesante del filme, también se siente como forzado y un tanto sensacionalista. Ahí podría haber otra historia interesante, la de la joven Annie (Lauren Lyle), que se debería de contar con esmero y cuidado y no como oportuno (u oportunista) recurso argumental para ajustar el discutible final de la película por el lado de la doctora Markham.
Así pues, aunque correctamente interpretada, esta película está dirigida con oficio pero sin alma, y la historia acaba discurriendo sin pena ni gloria, con alguna escena de carácter preternatural con el tema de las abejitas, que te deja incómodo, ya que actúa prácticamente como un deus ex-machina que acaba por sacarte de la historia. Una historia que merecía mejor tratamiento.
De del director chino Bi Gan (os recuerdo que en los nombre chinos el apellido va en primer lugar) habíamos oído hablar. Pero no habíamos tenido ocasión de ver su película de debut, algo que queremos resolver en cuanto podamos. En cualquier caso, teníamos nuestra discusión sobre esta película. Había miedo a que fuera «demasiado de arte y ensayo» por parte de un sector del pequeño grupito que visitamos juntos las salas del cine. Pero para mí había un pequeño detalle que hacía «obligatoria» la visualización del cine. En el papel femenino protagonista figuraba Tang Wei, actriz china que protagonizó en su momento una interesante película de Ang Lee, a mí me gustó mucho, en la que se incluían escenas de camas bastante subidas de tono, lo cual provocó la caída en desgracia y las represalias por parte del aparato político de la dictadura china. Da igual si las dictaduras son fascistas o comunistas; en este aspecto, y en casi todos los demás, son iguales o similares. Si la medida censora ya es injusta y estúpida por sí misma, el que se castigase un excelente trabajo como el que hizo esta actriz en un difícil papel en aquel film, todavía nos parecía más injusto. Por lo tanto, ahora que poco a poco ha ido recuperando en parte su lugar en el mundo del cine, parecía de justicia ir a ver una de sus películas. Doble expectativa, por lo tanto, ante este largometraje.
Obligatoriamente nos vamos a China,… y ya que estamos hablando de amoríos, que mejor que las novias que se hacen sus fotos en el Bund de Shanghai. Me encantan los vestidos rojos de las novias chinas.
Las historia que nos cuenta Bi Gan es la de un hombre, Luo Hongwu (Huang Jue), que vuelve a su ciudad natal, Kaili (también es la ciudad natal del director), donde busca a una mujer que tiempo atrás fue su gran amor. Sólo tiene un dato sobre ella para empezar a buscar; su nombre, Wan Qiwen (Tang Wei). Y que era la «novia» de un mafioso en aquel verano 20 años atrás.
Sin duda alguna, nos encontramos ante una de esas películas, hoy en día llamadas de cine de autor, que hace cuarenta años hubiesen entrado en el circuito de las salas de cine de arte y ensayo. Con dos partes diferenciadas, en la primera el director juega con el presente y el pasado, alternando secuencias sobre la búsqueda actual con otras sobre la relación entre el hombre y la mujer en el pasado. La segunda parte, con casi sesenta minutos de duración, es un espectacular plano secuencia, extremadamente complejo, que se mueve por una variedad de escenarios muy diversos, que yo pensé inicialmente que era un «falso» plano secuencia en el que los cortes estaban muy bien disimulados, como en cierta película reciente; pero que parece ser que no, que es real. Es un plano secuencia que exigió numerosos ensayos y hasta siete tomas para dar con la buena. Lo cual alucina más todavía.
No es una película fácil. Su argumento deja en el espectador numerosos interrogantes. Es una de esas películas en la que tienes que poner de tu parte para decidir qué historia estas viendo. Exige una participación activa del espectador. He visto cierta división de opiniones en los «críticos». Quienes le dan una calificación tibia, hablan de virtuosismo técnico, pero de flojedad argumental. Y quienes la consideran una obra maestra. Sinceramente, mi opinión se acerca a estos últimos. Obviamente, a muchos críticos y comentaristas del cine actual que han crecido en un cine donde buena parte de las producciones están realizadas pensando en la taquilla, y orientadas a un público adolescente, tenga 14 o tenga 44 años, esta película no la pillarán. Es exigente, es conceptual, es rica en datos visuales, pero escasa en diálogos que te aclaren lo que pasa, lo que pasó o lo que pudo haber pasado.
En cuanto a las interpretaciones, son sobrias y al servicio de la obra cinematográfica, pero ricas en matices. Ambos protagonistas lo hacen muy bien. Y si nos paramos en Tang Wei, a quien queríamos de alguna forma «desagraviar» por lo mencionado por anterioridad, nos muestra sus capacidades con «dos papeles». El de la joven Wan Qiwen, bella, elegante, atractiva, misteriosa… y el de la madura Kaizhen, más chabacana, no menos misteriosa, y no menos atractiva de alguna forma. Una demostración que a sus cuarenta años es una actriz mucho más madura profesionalmente.
La recomiendo. No con carácter general. Ya digo que para mí se acerca a lo que es una obra maestra. Pero este tipo de cine no forma parte de la cultura popular cinematográfica. Exige esfuerzo. Y conviene haber cultivado previamente el género, los modos y las formas. Si se dan esas circunstancias, totalmente recomendable. Si lo vuestro es atiborraros de palomitas mientras un tipo tuerto con un parche en el ojo os explica una película, que no tiene nada que entender, mientras habla a unos cuantos «superhéroes» vestidos con pijamas de colores… pues no. No es recomendable. O sí si estáis dispuestos a hacer un esfuerzo, saliendo de vuestra zona de confort.
Normalmente, siguiento mi tendencia de los últimos tiempos, este comentario cinematográfico tendría que haber aparecido en algún momento entre el jueves y ayer sábado. Pero he estado liado. Y ayer estuve en Madrid. Comiendo y charrando con unos buenos amigos a quienes hacía tiempo que no veía, y aprovechando para ver exposiciones de PhotoEspaña 2019. Todavía estoy digiriéndolas. Las comentaré en pocos días, pero todavía no he decidido cómo. Porque da para un par de entradas. Pero bueno. Vamos a centrarnos en este estreno cinematográfico de Netflix, dirigido por Grant Sputore, de quien no sé gran cosa, es su primer largometraje, pero con un reparto que prometía. También había leido alguna crítica favorable en algunos medios; aunque los tenía cogidos con pinzas, porque cada vez me fío menos de los «críticos» en los blogs de internet. No sé si es que no saben, o es que pertenecemos a distintas generaciones y hemos crecido con distintos valores. Entre ellos, los cinematográficos.
Ya que vi esta película afectado todavía por el desfase horario del viaje a China, os dejaré algunas imagenes del viaje, de las bellas Montañas Amarillas, Huangshan.
Estamos ante una cinta de ciencia ficción, subgénero postapocalíptico, en la que un robot de femmnina voz, «Mother», (Rose Byrne [voz]) está al cargo de un almacén con miles de embriones humanos con el fin de relanzar la especie tras un evento de extinción masiva cuya naturaleza desconocemos. Asistimos a la crianza de una niña que llega a su adolescencia, innominada, «Daughter», (Clara Rugaard), que avanza por buen camino, y que es la precursora de otros por llegar. Pero la llegada al búnquer de una mujer herida en misteriosas circunstancias, «Woman» (Hilary Swank), romperá el equilibrio de la microsociedad del búnquer, sembrando dudas en la joven sobre lo que está pasando en el mundo en realidad.
El largometraje no carece de algunos valores y de un planteamiento interesante. Resulta obvio desde un primer momento, por la relación entre el robot y la adolescente que un misterio hay. Que a la chica se le oculta información. Que hay un desconocimiento absoluto sobre lo que pasa fuera. Que son extraños los exámenes a los que se ve sometida. Que hay algo extraño en la cuenta de los días desde el evento de extinción masiva. Pero la resolución del mismo se vuelve a ratos morosa y confusa. Tan simbólica pretende ser en algunos momentos que genera un cierto lío, aunque al final las cosas son cuatro conceptos que dejan claro lo que, más o menos, ha pasado. Lo cual no acaba de tener mucho sentido ni dejar claro cuál es el mensaje o la tesis del director. Por lo cual, no sabes si simplemente has visto un producto de entretenimiento con pretensiones, que no da más de sí porque no han puesto más de ellos.
Aunque correctamente interpretada, a mí me deja cierta sensación de descontento. No me acaba de convencer. Pero no quisiera desaconsejar formalmente la película. La ví dos días después de volver de mi viaje a China, afectado todavía por el desfase horario, que me causaba estar muerto de sueño a las siete de la tarde, mientras que a las cuatro de la mañana se me abrían ojos como platos, en los primeros días tras nuestro regreso. Así que igual tienen razón los que la defienden con cierta intensidad. A lo mejor. No sé.
El año pasado lo hice y este… ¿por qué no? Cuando uno tiene que pasar horas y horas en un avión en un viaje intercontinental, no se puede dedicar solo a intentar dormir y a comer algo cuando la tripulación de cabina dice que hay que comer algo, sea la hora que sea. Bueno… el viaje entre Zaragoza y Shanghái tal vez no sea, desde un punto de vista geológico, «intercontinental». Más bien «intracontinental» extremo. Estamos en los extremos opuesto de la placa continental euroasiática. Creo. Si no recuerdo mal de la última vez que me informé de esto, parte del extremo oriental de Siberia, y la mitad del archipiélago del Japón pertenecen a la placa norteamericana. Dejando de lado cómo se consideren las placas secundarias, sólo hablo de las principales. Bueno… viaje «intercontinental» o «intracontienental», lo cierto es que Siberia y China son más largas que un día sin pan, y que hay horas de vuelo para dar y vender.
Fotos desde la ventanilla del avión… pocas veces son memorables… pero si me pilla ventanilla, por lo menos me entretengo haciendo alguna.
Pero ciertamente, en esta ocasión no me dado tiempo a ver seis películas como el año pasado en el viaje a Taiwán. En aquella ocasión, cada trayecto se descomponía en dos vuelos largos de entre 7 y 8 horas, de los cuales uno era diurno, y en el que daba para ver tres películas de 120 minutos. En esta ocasión, el trayecto diurno ha sido cortito y sin cine, Madrid – Amsterdam y viceversa, y el trayecto largo ha sido nocturno, en el durante bastantes horas hemos intentando dormir, con cierto éxito. No completo, pero si parcial. He optado por ver dos películas japonesas que dudosamente se estrenaran en España y que por diversos motivos me despertaron cierto interés. Lo cierto es que la oferta de películas de KLM y China Eastern Airlines es inferior a la de Emirates.
En el viaje de ida me vi un drama amable titulado Kohi ga Samenai Uchi ni [コーヒーが冷めないうちに], que viene a significar «antes de que se enfríe el café», aunque para el mercado internacional aparece con el título de Cafe Funiculi Funicula. Sí, como la canción popular napolitana, Funiculì, funiculà… El caso es que es el nombre de la cafetería donde transcurre la acción. Un lugar donde si te sirve el café de una determinada forma la joven propietaria de la cafetería, y sólo ella, puedes viajar a un momento de pasado e interaccionar con personas de aquel momento. Aunque nunca podrás cambiar la historia, hagas lo que hagas o digas lo que digas. Y te tienes que tomar el café que te sirven antes de que se enfríe, porque si no te conviertes en un fantasma.
A mí siempre me atraen las historias con viajes en el tiempo, y por ello la elegí. Se estructura en cuantro historias, en las cuatro estaciones de un año, algo que gusta mucho en el cine oriental por lo que observo, en cada una de las cuales alguien viaja al pasado. La última de las historias tiene que ver con la joven propietaria de la cafetería… ya que el fantasma de su madre habita en la cafetería del momento que fue al pasado y no regresó a tiempo.
Dirigida por la directora Tsukahara Ayuko, lo cierto es que no cae en ninguno de los dos riesgos que corría el filme. Ni es empalagosa ni excesivamente melodramática. Es amable, y contada con ritmo y gracia. No pasará a la historia del cine por nada en especial, pero está correctamente interpretada, despierta buenos sentimientos, y entretiene. Para que vas a pedir más. Al parecer, adapta una novela de autor también nipón.
En el viaje de vuelta me llamó la atención Hibiki: Shōsetsuka ni Naru Hōhō [響 小説家になる方法], adaptación de una historieta de cierta fama y reconocimiento en Japón. Está dirigida por Tsukikawa Shō, y protagonizada por Hirate Yurina, una adolescente perteneciente a un grupo de estos de idols japoneses, que me causan algo de repelús en ocasiones, pero que me habían llamado la atención en una curiosa serie, aunque no del todo acertada, que se puede ver en Amazon Prime Video.
La cosa va de una adolescente de carácter extraño, y tendencia a episodios de violencia según quién y cómo la contraríe, que ha escrito una novela y que va a presentar a unos premios literarios, impulsada por una entusiasta editora.
Aquí metí la pata. Aunque me la merendé enterá, más bien me la desayuné por la hora que era, lo cierto es que la chica protagonista es muy inexpresiva, muy floja, y la historia lleva varios lastres, como por ejemplo que nunca sabemos por qué le dan esos prontos violentos y agresivos, que resultan raros. Supongo que la historieta lo contará mejor. El caso es que queda al final una película un tanto raruna, de situaciones muy inversímiles, y que te preguntas si la distancia que sientes con la misma se debe a motivos culturales o, simplemente, por que es mala. En fin. No siempre se acierta.
De momento, no se incorporan a mi lista y base de datos de estrenos, cosa que harían, como sucedió con MAQUIA el año pasado si en un momento dado se estrenaran en España, en salas de cines o en alguna plataforma de vídeo bajo demanda. Como curiosidad, una de las películas que vi en los vuelos a Taiwán, también estaba dirigida por Tsukikawa. Pero era más digna.
Estoy de vacaciones. Dos semanas. Y estamos a punto de salir hacia Shanghái. Primer viaje a la China continental, después de haber visitado ya Hong Kong, Macao y Taiwán. Además de la popular ciudad china haremos algunas visitas a ciudades y algún parque nacional cercano. Esperamos visitar cuatro monumentos o áreas declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En menos de dos semanas. Así que no nos vamos a aburrir.
Como me sucede en muchos viajes, en los previos al mismo me entran ganas de leer cosas relacionadas con el lugar de destino o ver películas también asociadas al país o la cultura a visitar. Y en las últimas semanas he leído unos relatos cortos de Liu Cixin, y este fin de semana vimos un película de Zhang Yimou. Que más podríamos esperar. El más prestigioso escritor de ciencia ficción y uno de los más prestigiosos directores de cine del gigante asiático.
Fotográficamente recorreremos algunos de los lugares de cultura china que he visitado hasta el momento. Como la isla de Lantau en Hong Kong.
The Wandering Earth
Comenté hace unas semanas el estreno en Netflix de la película del mismo título que el relato que da inicio y también da título a esta colección de relatos cortos de Liu Cixin. La mayor parte de ellos fueron escritos antes de que publicase sus novelas más famosas. Y como parece norma en él, se pueden adscribir a lo que se llama ciencia ficción dura, aunque altamente especulativo en las cuestiones científicas que acompañan a los relatos. Cuando compré el libro electrónico, todavía no estaba en su versión castellana, por lo que lo he leído en inglés. No parece que esta se haya publicado todavía, aunque he oído rumores que no tardará mucho.
Primero una comparación entre el relato y la película del mismo título. La base de ambas es la misma. Ante una previsible catástrofe ocasionada por el sol, la humanidad decide «motorizar» su planeta y lanzarlo al espacio profundo para buscar una nueva estrella en la que establecerse. Pero mientras la película se centra en las vicisitudes de la capulta gravitatoria prevista a su paso por la órbita de Júpiter, con un tono heroico en sus protagonistas, en el relato asistimos a las reflexiones de un hombre que comienza el viaje como niño, pero con un viaje a través del sistema solar mucho más riguroso y que dura décadas, vamos explorando las contingencias de un viaje semejante. Mucho más interesante, aunque difícil de llevar tal cual a la pantalla.
Las calles del viejo Macao.
Pero el caso es que la recopilación de relatos tiene otros muchos que son muy interesantes y con distintos tonos. Pare que a Liu le gusta destruir el planeta, de formas muy diversas; bien sea por fenómenos naturales extraplanetarios, por invasiones extraterrestres (hay algunos relatos en los que vemos el germen de la futura trilogía tricorpórea), o por la propia acción del ser humano. Hay catástrofes informáticas, viajes al centro de la tierra, viajes espaciales,… de todo. Y los tonos también varían. De los aventureros, a los dramáticos, alguno con cierto tono políticosocial, dentro de lo admisible en el República Popular China, y también alguno de tono irónico humorístico. Mentiría si no dijera que probablemente es el libro de Liu Cixin que más a gusto he leído.
Conocí a Zhang Yimou a principios de los años 2000, cuando se pusieron de moda las películas chinas de periodo histórico más o menos remoto, con vistosas coreografía en las artes marciales. Pero realmente, lo más interesante de su cinematografía son sus primeras películas, de un tono muy distinto, y casi siempre con la presencia de la siempre atractiva e interesante Gong Li. Es cierto que la última película que ví de este director tenía un tono muy distinto, aunque contaba con la presencia de esta actriz. Que no aparece en la película que nos ocupa hoy.
La puesta de sol en Tamsui. O el museo nacional chino en Taipei en el encabezado.
Película que vuelve al género histórico. Pero con un aspecto visual muy distinto. Lejos quedan las coloridas imágenes de algunas de las películas que el dieron fama en occidente. Con la acción situada en un China inspirada en acontecimientos reales del siglo III, asistimos a una lucha entre facciones que se encuentran en una guerra apagada pero que se puede reactivar en cualquier momento. El comandante Ziyu (Deng Chao) se prepara para un combate singular con un lider militar adversario con el fin de reconquistar cierta ciudad para su rey, Peiliang (Ryan Zheng). Lo que no se sabe es que el auténtico Ziyu está gravemente enfermo, y quien da la cara es un sosias, Jingzhou, a quien ha prometido la libertad y el reencuentro con su madre, si todo sale bien. Dos fuertes mujeres, la hermana del rey, Qingping (Xiaotong Guan), y la mujer de Ziyu, Xiao Ai (Sun Li), tendrá también una fuerte influencia en la trama.
Como digo, la película se aleja del colorido de la películas históricas que dieron a conocer en occidente a Zhang. Rodada en tonos prácticamente mononcromos, muy grises, apenas los rostros de las personas aportan algo de color a la pantalla. En un ambiente de perpetuas lluvias y nublados, que acentuan la sensación de gravedad, opresión y de que nada es lo que parece, que muchas cosas se nos ocultan, en un drama que combina con habilidad las intrigas políticas y palaciegas con la acción bélica, todo en dosis muy razonables. Un drama, con algún tono de tragedia, que nos hace pensar en muchas ocasiones en los dramas o tragedias históricos de Shakespeare.
Está bastante bien hecha y bastante bien interpretada, y si no recibe de mi pare una valoración subjetiva superior es porque el género no es de los que más me atraen. Pero no es una mala película en absoluto y se puede recomendar.
Se nota que estamos en mayo, uno de los meses más flojos en cuanto a cartelera cinematográfica, que presagia un mes de junio más flojo todavía. Luego llegarán las películas de entretenimiento para el verano, que ya veremos cuales son y qué calidad nos ofrecen. Eso, varía. Pero de momento tenemos que bucear con cuidado en la cartelera para encontrar algo que merezca la pena o esa pequeña joya relegada por los intereses comerciales a un estreno discreto, pero que realmente tiene calidad cinematográfica. Y en una semana en la que, a priori, parecía que iba a ser imposible encontrar un hueco para acudir a las salas de cine, esto sucedió, y nos dispusimos a ver una particular propuesta del cine de animación dirigida por el húngaro Milorad Krstic. Película húngara, pero diálogos en inglés, y un ambiente internacional, con una historia que nos lleva a recorrer el mundo y, en especial, el mundo del arte.
Aunque la acción transcurre por todo el mundo, dedicaremos las fotografías de la entrada al país donde se ha producido y realizado, a mi último viaje, allá por el 2010, a Hungría.
Ruben Brandt (Iván Kamarás) es un psicoanalista que atiende los problemas psicológicos de algunos de los delincuentes de guante blanco más eficaces que se dedican a robar grandes obras de la historia del arte de los principales coleccionistas y museos. Entre ellos, la bella Mimi (Gabriella Hámori), a la que encontramos al principio de la película en una secuencia introductoria, llena de acción y diversión, siendo perseguida por el detective Mike Kowalsky (Zalán Makranczi/Csaba Márton), tras robar el abanico de Cleopatra en el Louvre, mientras se dirigía a robar un gran diamante. Porque su problema es que, independientemente de que sea ladrona, padece de cleptomanía… Pero la historia principal deriva de la obsesión de Brandt desde su infancia por una serie de obras de arte de renombre internacional. Y la decisión de sus principales pacientes de robarlas para él. Pronto, la policía, Kowalsky y la mafia irán tras la pista y las huellas de Brandt y su peculiar banda de ladrones.
Película compleja y apasionante, con una animación de alto nivel, con constantes referencias a la historia del arte contemporáneo, especialmente al cubismo y otras tendencia de esa época, que al mismo tiempo es una cinta de persecuciones, de transfondo surrealista y psicoanalista, con una historia que podría haber sido firmada por el propio Hitchcock. Personajes interesantes y originales, que generan empatía e interés en el espectador, y unas cuantas escenas de acción realmente divertidas.
Sin embargo, no consigue más valoración de mi parte porque el guion está un tanto enmarañado. Quizá, preocupados sus responsables por los aspectos estilísticos y por la virguería en la animación, descuidan una mejor cohesión de las distintas partes de la historia, quedando el conjunto un tanto confuso. No obstante, me parece un largometraje, no excesivamente largo, bastante recomendable, especialmente para los amantes del cine de animación.