A cinco días vista de la gala de los premios Oscar, comento una de las películas candidatas al premio a la mejor película internacional, como se le llama ahora. Hasta 2019 era «en lengua extranjera» o algo así, aunque parece que los norteamericanos se han percatado que en Estados Unidos se hablan demasiadas lenguas como para poder determinar con precisión que es extranjero. La película de hoy, dirigida por Colm Bairéad, es irlandesa, y los diálogos son en su mayor parte en gaélico irlandés, aunque hay algunos diálogos en inglés. Y es una película que venía precedida de muy buenas críticas, aunque llegaba sin hacer mucho ruido, como la niña del título.
Ambientada a principios de los años 80, la niña protagonista, Cáit (Catherine Clinch), vive con su familia, tremendamente disfuncional y en la pobreza. Con problemas de relación, permanentemente callada, con problemas de rendimiento escolar, en una familia numerosa, donde el padre se gasta el poco dinero que entra en sus cosas, y con una madre sobrepasada por los problemas y por los hijos. Cuando en vísperas del verano espera un nuevo bebé, envía a Cáit con una prima (Carrie Crowley) y su marido (Andrew Bennett), más mayores, sin hijos, y que viven en una granja con razonable comodidad, para pasar las vacaciones escolares.
Película bellamente rodada, pero opresiva en muchas ocasiones, rodada en el formato estándar académico, con frecuencia los objetos y las personas quedan parcialmente fuera del encuadre. Es una película de pocas palabras y muchas expresiones. Es una película de atención al detalle. Y las pocas palabras que se dicen no tienen desperdicio. En este ámbito, obviamente las buenas cualidades de la realización, en sus aspectos visuales y sonoros, así como en su ambientación de época, 40 años hacia atrás, es muy importante. Pero sobretodo es importante la interpretación, que tiene un nivel muy destacado, sobresaliente. Y es particularmente acertada la selección de su actriz niña protagonista y el buen trabajo que realiza, en la cual habrá mucho mérito en el trabajo de dirección.
La salida del cine tiene un regusto amargo. El comienzo de la historia es muy triste, y durante la acción las cosas se vuelven más luminosas, tanto para la niña como para esa pareja madura a la que la niña aporta luz e ilusión. Pero el final tiene mucho de esperanza que se desvanece. La tristeza vuelva. Alguna de las personas que asistió a la sesión de proyección conmigo quiso ver algún detalle esperanzador… pero… no sé yo… Eso sí… es altamente altamente altamente recomendable. No ganará el premio. Pero no porque no lo merezca, sino porque la competencia es muy fuerte. De hecho, creo que es mejor que varias de las películas que optan al premio gordo de esos premios, categoría en la que no es candidata. Cosas que pasan.
Negar que Steven Spielberg es una gran cineasta, uno de los grandes de la historia del séptimo arte, sería una soberana tontería. Sabe hacer cine muy bien. Excelente. Pero lo mismo que digo esto, también he de decir que su forma de hacerlo, por buena que sea, ha habido ocasiones en las que me ha repelido. Una película debe generar emociones. Potentes emociones. Pero no debe manipular las emociones. Deben ser emociones genuinas. Y creo que en muchas ocasiones Spielberg ha sido un manipulador, y no siempre en lo que yo considero la buena dirección. Algunas escenas de Saving Private Ryan todavía me molestan mucho en la memoria, y no son necesariamente las que imagináis. Por otro lado no faltan películas en su filmografía excelentemente rodadas… que son un pestiño. Y la aparente incapacidad para terminar a tiempo la película, sin añadidos estúpidos que estropean tus sensaciones a la salida del cine.
Por todo ello, cuando decidimos ir a ver esta película inspirada por su propia biografía, por su propia infancia y adolescencia, cuando el futuro director de cine se bregaba con las Bolex Super 8 en sus películas familiares, escolares y en sus proyectos personales. Encarnado su alter ego por Gabriel LaBelle, si importante es en la película el nacimiento de su amor al cine y a la narración de historias visuales, importante también es su relación con los padres, con el padre (Paul Dano), pero especialmente con la madre (absolutamente magnífica Michelle Williams), y la compleja relación entre ellos y con un tercer cateto (Seth Rogen) en un peculiar triangulo de familia y amistad disfuncional. Más diluida queda la relación con las hermanas, especialmente la mayor (Julia Butters), que podría haber dado más de sí.
He de decir que Spielberg se gana mi simpatía cuasiincondicional hacia la película en sus primeros minutos. En ellos, contemplamos cómo el joven Sammy va por primera vez al cine acompañado de sus padres, a ver The Greatest Show on Earth de Cecil B. DeMille, y queda fascinado por la escena del choque de trenes. Como quedé yo siendo un niño muy jovencito viendo esta misma película y esta misma escena con mis padres en una matinal de domingo en el Gran Teatro Fleta de Zaragoza, en un reestreno de la película, en algún momento al final de los años 60. Uno de mis recuerdos más vivos de mis primeras películas en el cine y en mi infancia. Reconozco que con una secuencia que tan fuertemente resuena en mi memoria y emociones, probablemente ya tengo un fuerte sesgo positivo hacia la película.
Pero creo que no soy injusto al decir que es una muy buen película altamente recomendable. Con unas excelentes interpretaciones, lideradas por Williams a quien el mundo le debe un gran premio cinematográfico desde hace años, y con una manufactura espléndida, nos cuenta una historia con mucho corazón. Que quizá no trascienda más allá de lo que es una reflexión personal autobiográfica, pero que es realmente valiosa y muy recomendable. Como guinda al pastel, en esta ocasión Spielberg sabe terminar la película de la forma adecuada, con un pequeño chiste a costa de John Huston y su lección de cómo encuadrar la imagen… una lección que establece una regla que, como todas las reglas, está pensada para ser rota por los mejores.
En primer lugar, y porque quede claro, una banshee no es una alma en pena, como se podría deducir de la traducción del título al castellano. Es un ser mitológico celta, de carácter feérico. Y según las tradiciones y mitos irlandeses, cada familia, especialmente las O’ y Mac, o sea, las nobles, tenían una, que chillaba y les advertía cuando alguien de la familia iba a morir. Y el título viene del título de la canción que uno de los protagonistas está componiendo. Protagonistas, Colin Farrell y Brendan Gleeson, que ya coincidieron en una estupenda película del mismo director, Martin McDonagh, que por su fino humor y excelente historia hizo nuestras delicias hace catorce o quince años. Y estando publicitada la actual como comedia, siendo candidata a numerosos premios, más los que ya ha recibido, la expectación era importante y las expectativas, elevadas.
La acción nos lleva a una isla ficticia en la costa irlandesa, a principios de los años 20 del siglo pasado, en plena guerra civil entre partidarios del estatus de Irlanda como país independiente dentro de la monarquía británica y la Commonwealth y los partidarios de un estado republicano. Pero eso guerra, en la película, sólo la percibimos como cañonazos y disparos lejanos, al otro lado del canal que separa la pequeña isla de Inisherin de la isla principal. En Inisherin, todo transcurre a cámara lenta. Y cada día, a las dos de la tarde, el personaje interpretado por Farrell busca al interpretado por Gleeson para ir a beber pintas de cerveza al pub del lugar. Hasta que un día, para desconcierto de todos, este último dice que no quiere saber nada del anterior, y amenaza con medidas extremas si le habla y no le deja en paz.
Ciertamente, existen escenas que nos despiertan una sonrisa, en las peculiares interacciones de una comunidad cerrada, escasamente cultivada, alejada del mundo, sometida a tradiciones y creencias ancestrales, en la que la hermana de uno (excelente Kerry Condon), a pesar de haber sido considerada guapa toda la vida, se ha convertido en solterona, porque con inquietudes culturales y amor a los libros difícilmente encuentra entre los toscos lugareños alguien que le estimule mínimamente… nada. Pero en ningún momento me convenció la calificación de la película como una comedia. Pero ni de lejos. Un drama profundo sobre la naturaleza humana disfrazado de chascarrillo, pero que bordea constantemente más la tragedia que la comedia. Con una realización casi perfecta, a favor de unos paisajes tan hermosos como ásperos y duros, con unas interpretaciones que podemos calificar como magistrales, la tragedia es una tragedia cotidiana, de cada día, de cada instante, más allá de los eventos que se nos narran y la simbolizan. La anécdota, por tremendas que sean sus consecuencias, no es, a su vez, más que consecuencia de las pequeñas tragedias cotidianas, de una vida sin horizontes, sin más alicientes que unas pintas de cerveza, un violín y una canción, y una pequeña burrita.
La familia, en relaciones muy estorbadas en ocasiones, la amistad, más fruto de la costumbre que de la comunión íntima de espíritus e intereses, las tradiciones… son los temas que McDonagh aborda con inteligencia y elegancia. En una película absolutamente recomendable, que bordea la obra maestra… aunque a mí no llegara a producirme del todo el impacto que me suponen las películas que califico como tales. No obstante, vayan a verla. Y si es posible, en versión original. Incluso si el inglés que se habla es difícil de seguir, o no se entiende en absoluto el inglés en ninguna de sus formas.
Mmmmm… casi no acierto a encontrar motivación y ganas a ponerme con cosas esta tarde sábado. Esta mañana ha sido rara… no recuerdo cuándo fue la última vez, si es que había sucedido alguna vez antes, que fui a una matinal de cine. Ya hablaré de la película en su momento, que ha estado muy bien. Pero hacía un frío horrible en la sala. Y si a eso sumas el viento frío a la salida, por mucho que fueran las tres de la tarde, cuando he llegado a casa estaba totalmente destemplado. Y me he acurrucado en el sofá… que no me hubiese levantado en toda la tarde… hasta mañana. Por fin, un té bien caliente que me he tomado me ha despabilado algo y, siendo cerca de las seis de la tarde, me he puesto a aprovechar la tarde. Por lo menos comentaré esta película… que la verdad es que tampoco tiene mucho que comentar.
Para mansiones italianas… las que bordean el Lago Maggiore, que me sirve para ilustrar la entrada de hoy.
Película de 2021, estrenada en diciembre de ese año en su país de origen, Italia, pero que no ha llegado a otros lugares hasta que Netflix decidió su distribución internacional y la estrenó en diciembre de 2022, un año más tarde. Eso… ya resulta sospechoso. Pero cuando la vi anunciada en la plataforma de contenidos en línea, y leí su sinopsis, comprendía que era una nueva adaptación o versión de, o está basada en, la obra de teatro Huit femmes de Robert Thomas. No puede ser adaptación de la obra al cine, porque hay un diferencias en los personajes con diálogo, que además pasan de ser ocho mujeres a siete. Así que diremos que «está basada en». La obra ya fue adaptada en 2002 por François Ozón con un reparto de relumbrón,… y con canciones. Mirad que chics lucían Virginie Ledoyen y Ludivine Sagnier con ese look tan años 50 del siglo XX.
Así pues, de nuevo el sultán de la mansión ha sido asesinado y todo su harén se ha reunido para intentar saber quién de ellas es la culpable. Y todas son sospechosas, y todas tenían sus motivos para hacerlo.
Vayamos por partes. El reparto no me resultaba familiar, pero como el cine italiano llega con menos frecuencia a nuestras pantallas y televisores me resulta difícil de decir si está a la altura, de alguna forma, del francés. A mí se me hace que no. Que no sólo es cuestión de que las gabachas fuesen más conocidas. Que sin ser malas actrices, las italianas no están al mismo nivel. Cierto que no se lo ponen fácil. La obra es igualmente muy colorida, con un esfuerzo de diseño de producción aceptable, en un entorno muy similar a la película de Ozon. Tengo la sensación que la época no es la misma… que el vestuario de la película italiana es más propio de los años 30 que de los 50 del siglo XX. Y la moda de la Italia fascista no es tan chic como la moda francesa de la existencialista posguerra tardía. Pero claro… tampoco es ahí donde falla la cosa… La cuestión es que esto tiene que ser una comedia. Con un toquecito borde. Y sin embargo,… el sentimiento que predomina en este espectador durante toda la sesión es… la indiferencia. No es que iguale, y mucho menos haga sombra a la versión francesa, que a pesar del reparto y el prestigio del director era simpática pero no maravillosa,… es que ni se le acerca. Tengo la sensación de que puede haber un problema con el material de base. Que hace 20 años se resolvía con muy buen hacer en ingenio. Pero que no da para más.
Para quien tenga Netflix… haya ellos si se animan. Aunque por lo menos no es larga. Menos de hora y media, y algo menos si le quitamos los créditos finales. Pero bueno… yo dedicaría el rato a alguna otra cosa. Mmmmm… se me olvidaba, la dirige Alessandro Genovesi.
Una serie de cuestiones previas. Si no sois demasiados cerrados de mente, si no sois prejuiciosos, buscad el original en el que se basa esta película, Ikiru de Akira Kurosawa, y vedlo. Siempre en versión original, subtitulada porque pocos hay por estos lares que se defiendan con el japonés, y procurad disfrutadla. Sé que pocos haréis caso a esta recomendación. Una película en blanco y negro, de 1952, rodada en japonés… «Mira que eres raro», me dicen algunos de mis amigos cuando les comento mis gustos cinematográficos. Pero Kurosawa es uno de los directores de cien que combinan tres grandes virtudes. Es un maestro del cine considerado como una de las bellas artes, es un maestro de la escritura de guiones, aunque siempre lo hizo con colaboradores de gran nivel, y sus películas son realmente divertidas, entretenidas. Funcionan por igual como obras de arte y como cine palomitero. No es de extrañar que varias de sus películas se readaptasen como westerns; género palomitero por excelencia hace unas décadas. En cuanto a la película actual…
Cuando me enteré de la nueva versión de la obra de Kurosawa, me entró una gran aprensión. Sinceramente, estoy un poquito harto de la incapacidad del cine actual para crear nuevas historias. Hay quien predice que entre las nueve o diez candidatas al Oscar a la mejor película este año puede haber hasta cuatro secuelas o nuevas adaptaciones. Un exceso. Pero a continuación me enteré de otro dato. El escritor británico de origen japonés Kazuo Ishiguro es el responsable de adaptar el guion original de Kurosawa, Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni a esta nueva película. Hay mucha gente que entró en las obras del Premio Nobel de 2017 a través de las adaptaciones de sus novelas al cine. Y me incluyo a mí mismo entre esa «mucha gente». Es menos conocido que Ishiguro también de algunos guiones cinematográficos, aunque nunca ha escrito el guion para adaptar una de sus novelas al cine. Es uno de mis escritores contemporáneos preferidos… y las dos novelas de Ishiguro que he leído y cuya acción se desarrolla total o parcialmente en Japón me han gustado mucho. Especialmente la primera. Por lo tanto, a pesar de la aprensión inicial, tomé la firme decisión de ver la película en cuanto se estrenase. Afortunadamente, la versión original de la misma se estrenó a un horario cómodo, cosa que no suele suceder últimamente en Zaragoza con las versiones originales.
Dirigida por Oliver Hermanus, de quien no había visto ninguna película anterior, es muy fiel al original. Un burócrata (Bill Nighy) del departamento de obras públicas del gobierno local de la ciudad de Londres en los años 50, años de posguerra mundial, recibe la noticia de que le quedan pocos meses de vida. Y tras vivir una vida gris, sin muchos alicientes, tras la muerte de su esposa, criando un hijo ya adulto con el que vive pero no se comunica bien, de repente, siente la necesidad de recuperar su vida. Tras un primer intento de hacerlo a través del mundo de la diversión nocturna, fallido, será la joven y dinámica subordinada (Aimee Lou Wood) la que le mostrará el camino para encontrar un sentido a sus últimos meses de vida. Algo tan sencillo como atender la petición de un grupo de madres de un barrio obrero para sanear un solar y convertirlo en un parque infantil donde sientan que sus hijos están seguros.
Existe el riesgo de comparar en lo absoluto esta obra con la de Kurosawa. A la que es fiel en argumento e intenciones. Pero de la que difiere en estética y tono. Hay quien la ha comparado, despectivamente, con el vano ejercicio de Gus Van Sant por replicar una obra maestra de Hitchcock plano por plano, pero en color. No creo que sea lo mismo, ni en intenciones ni en resultados. Entendámonos, la obra de Kurosawa es superior. Pero la película de Hermanus tiene un excelente guion, de nivel literario, una puesta en escena muy buena, diferenciada claramente de la obra de Kurosawa, aunque inspirada por ella, y una excelente interpretación. Se ha hablado hasta la saciedad del trabajo de Nighy, un actor poco conocido en el cine hasta su celebrado papel en una popular película navideña, y que desde entonces goza de respeto y popularidad por los aficionados al séptimo arte. Y ciertamente es excelente. Pero no es el único buen trabajo. Wood lo hace muy bien, y aporta su dosis de frescura y empuje necesario para complementar el trabajo de Nighy. A mí, en su conjunto, me parece una película muy notable.
Mi valoración en esta entrada es la que sentí después de verla. Existe la posibilidad de que con el tiempo ajuste algo a la baja esta valoración. Pero eso no quita para que sea una película absolutamente recomendable y muy disfrutable. Que sí. Que es mejor la original de Kurosawa. Pero es que la de Kurosawa es una obra maestra. Y sin embargo,… es más probable que el público actual pueda digerir con más facilidad la actual, aunque no sea una obra maestra y, «simplemente», sea una buena película. Pero el mensaje que nos lanzaba Kurosawa, sobre la vida, sobre las relaciones familiares, sobre las burocracias,… siguen siendo actuales. Lo cual habla también del genio del nipón.
Como casi todos los años, la entrada del Año Nuevo se dedica a las últimas películas vistas en el año anterior para, al día siguiente, comentar en conjunto el cine del año. Vamos con ello.
Desde hace unos años, no suelo perderme las películas de Hirokazu Koreeda, que afortunadamente en estos momentos se distribuyen sin problema en nuestro país. La primera que le vi fue definitiva para aficionarme al cine de este autor. Aquel milagro me gustó tanto que no he dejado de querer saber más sobre la visión y las reflexiones que sobre la familia nos ofrece el realizador japonés. Hay varias que me han gustado mucho. La que menos, su incursión en el cine francés. Y que conste que me gustó bastante. La que más, una película absolutamente fenomenal, que está muy emparentada con la que hoy comento, y que nunca recibió toda la atención que merecía. El boom del cine asiático comenzó al año siguiente, y procedió de Corea del Sur. Donde se ha ido ahora a rodar.
Empieza la película con una joven (Lee Ji-eun) ante el torno de una iglesia para renunciar y entregar a su bebé. Dos grupos de personas están al tanto. En el exterior, vigilando desde un coche, una correosa policía (Bae Doona) y su compañera. En el interior, unos traficantes de bebés (Song Kang-ho y Gang Dong-won), que utilizan el torno para llevarse bebés que venden a familias que tendrían difícil la adopción por medios tradicionales. A partir de hay, comenzará un viaje por toda Corea del Sur en el que, junto un chavalillo que se escapa de un orfanato, todos formarán una curiosa, poco convencional, pero más unida familia que muchas de las reales.
Bastantes escenas en mercadillos y mercados del pescado de ciudades costeras coreanas en la película de Koreeda. Así que el mercado del pescado de Busán servirá para ilustrar la entrada de hoy.
Entre la comedia y el drama profundo, que bordea, pero nunca cae, en la tragedia. Koreeda, al igual que hizo con su familia de descuideros de tiendas, subvierte por completo el concepto de familia, formando una que, por provisional que pueda parecer, representa perfectamente los fines para los que suponemos que existe esta institución, al apoyo mutuo, la entrega y recepción de afecto, una vía para el crecimiento personal en una pequeña comunidad. Koreeda siempre nos lleva por lugares complejos y difíciles, pero consigue salir adelante sin adentrarse nunca demasiado ni en lo cursi ni en lo excesivamente melodramático, dosificando perfectamente un humor que nunca busca hacer sangre, y abriendo al final siempre puertas a la esperanza.
Pero probablemente, además del excelente guion del propio Koreeda, nada funcionaría tan bien sin el estupendo reparto de la película. Con mi exposición frecuente al cine y las series de televisión coreanas, ya me he familiarizado con varios de ellos. Song Kang-ho ha contribuido a algún Oscar y lo he visto bordar un papel de policía tosco e incompetente. Gang Dong-won se las ha tenido que ver con zombis. Lee Ji-eun demuestra constantemente que no sólo canta muy bien y es muy mona, tanto en dramedias románticas televisivas como en esta película. Y Bae Doona… desde su película con los/las Wachoski la he visto en demasiados sitios, siempre bien, como para detallarlos. Y entre todos funcionan como un reloj. Los surcoreanos, en cine, hacen cosas fenomenales, y sólo por las interpretaciones ya merece la pena el riesgo.
Película altamente recomendable, que conviene ver. Y conviene ser vista en idioma original que es como se aprecian muchos de los matices de las excelentes interpretaciones. Lo que pasa es que en estos momentos, en Zaragoza, las versiones originales apenas duran una semana en cartelera, y muchas veces en horarios inconvenientes. Pero, aunque les parezca mal a las gentes del cine, siempre queda internet para encontrar la industria nos racanea de forma mísera. Esperando ya con ganas lo próximo de Koreeda.
Y la última película del año también nos llega de Corea del Sur. Y también de un director habitual desde hace unos años, Hong Sang-soo, con su actriz favorita, Kim Min-hee, en más de un sentido. Y también una de mis favoritas, aunque sólo en un sentido. Lamentablemente. Y como siempre con una película sencilla, rodada con cuatro perras, en un par de semanas, con su peculiar forma de entender los encuadres y los movimientos de cámara … siempre parcos, más bien ausentes, salvo sus zooms en momentos significativos. Heredero de la Nouvelle vague en muchos aspectos, sus películas suelen ser minoritarias, pero entusiasman a los que las ven.
Como de costumbre, sus protagonistas son creadores. En esta ocasión encontramos a una escritora (Lee Hye-yeong) que visita a una antigua colega (Seo Younghwa), que dejó la escritura para regentar una pequeña librería. Y a partir de ahí se producirán una serie de encuentros casuales, con un director de cine (Kwon Hae-hyo) que no quiso adaptar una de sus novelas, con una actriz a la que admira (Kim Min-hee) y que a su vez la admira a ella, y a un joven aprendiz de director de cine con quien aceptará rodar un cortometraje, con la actriz como protagonista. Y otros personajes que participan también en los diálogos. Literatura dentro del cine, cine dentro del cine.
Una película sobre los encuentros casuales, azarosos, sobre la interconexiones entre seres humanos de una comunidad, sobre cómo nos afectan en nuestras decisiones actuales los encontronazos o los encuentros del pasado, sobre evolucionar, no estancarse, hacer cosas distintas. Y como de costumbre, sobre el proceso creativo… y en el caso de los varones, probablemente como cataríes, sobre la variedad de formas en que la cagan. Como otros directores de esos que se llama «culto», los mismos temas una y otra vez, pero evolucionando y con distintos enfoques.
En general, muy bien. Aunque reconozco que atraerá a poco público, porque el público actual no está acostumbrado ni educado en este tipo de cine. Pero bueno, ellos se lo pierden. Como Hong es muy prolífico… ya estamos esperando la siguiente, que ya está estrenada en festivales. Se vio en Gijón en septiembre.
Con el final de año se me han acumulado las películas para comentar. Especialmente porque, al tener días de fiesta, tengo más tiempo para ir a verlas. Y porque después de una temporada sin saber muy bien que ver cada semana, de repente hay varias cosas que interesan. En cualquier caso, aunque deje dos o tres para después de año nuevo, o para el día de año nuevo, como en otras ocasiones, vamos con un par de ellas.
Ópera prima de la directora escocesa Charlotte Wells, relativamente joven realizadora de la que poco se sabe, que también escribe el guion de la película. Una película de bajo presupuesto, rodada en un centro turístico de Turquía donde van de vacaciones un padre relativamente joven (Paul Mescal), separado, y al que las cosas no le van bien en la vida, con su hija de 11 años (Frankie Corio). Ambos intentan poner de su parte para que sean unas buenas vacaciones, aunque realmente tienen poco que decirse el uno al otro, son casi desconocidos, que casi no se ven. De vez en cuando se nos ofrecen unas imágenes de la niña cuando ya es adulta, por lo que sabemos que fue la última vez que vio a su padre.
Un película transcurre en Turquía, la otra en Grecia. Pues para las fotos, Turquía tendrá que ser.
Una película muy personal. Uno se pregunta, por la edad de la directora y la del personaje protagonista femenino cuando es adulta si estará basada en experiencias propias. Una reflexión profunda del extrañamiento de aquellos que siendo familia, se ven separados y convertidos en extraños. También, mirando al padre, una reflexión sobre la soledad, el fracaso en la vida, la carencia de expectativas, el alienamiento que muchos adultos, incluso jóvenes, sufren hoy en día. También una reflexión sobre el despertar al mundo de los adultos, en una niña que todavía es niña, pero que no tardará en asomarse a la pubertad. Obviamente, la niña es producto de una relación excesivamente temprana e inmadura. No pudo tener el padre mucho más de 20 años cuando nació.
La directora financió la película gracias a las ayudas de la fundación del festival de Sundance, tras presentar uno de sus cortometrajes. Y lo ha aprovechado bien. Filmada con personalidad, con una mirada muy directa e inquisitiva, sin diálogos superfluos, que no tocan, en un ambiente tan aparentemente relajante como unas vacaciones en la playa, nos deja momentos duros para ambos personajes protagonistas. Protagonistas excelentemente interpretados, con una de esas situaciones en que un intérprete infantil roba la película al resto, aunque el actor que hace de padre consigue salir bien parado del evento. En cualquier caso, muy recomendable, pero con el estado de ánimo adecuado. Que no es una película amable.
Johnson sigue apegado a la misma fórmula, la parodia de las whodunit mezclada con crítica, incluso sátira diría yo, social. Si en la primera película de la franquicia ponía en tela de juicio la presunta tolerancia y apertura de los liberales norteamericanos a la hora de aceptar entre ellos a personas de otras etnias y orígenes geográficos, entre otras cosas, aquí la emprende con los modernos empresarios estrella, que han dado el pelotazo jóvenes, que se creen los reyes del mundo aunque sean unos zopencos de mucho cuidado. Seguramente, en el que más piensa uno en estas circunstancias es Elon Musk. Pero puede ser Zuckerberg, u otros. El protagonista, presunto antagonista, ya veremos al final si lo es o no, es un excéntrico supermegamillonario (Edward Norton) que se ha rodeado de una corte de parásitos aduladores que depende de él para sobrevivir porque son unos patanes, especialmente después de deshacerse de su socia en la empresa (Janelle Monáe), con malas artes en un juicio. Y a esta corte invita durante la pandemia de covid-19 a una isla privada en el Jónico, ¿o será el Egeo?, donde se presentará también la socia despechada y nuestro detective favorito, al que al parecer nadie esperaba. Van a jugar a descubrir a un asesino ficticio para divertirse,… pero de repente empezarán a darse muertes reales. Y luego… está la Mona Lisa.
Vamos con lo negativo. La película la he visto en Netflix. Tan apenas duró en la cartelera en cines. Lo justo para cumplir. Y creo que esta película, en pantalla pequeña desmerece. Por otro lado, después de haber visto la primera, que sorprendió, esta… no tanto. Ya esperas el tono, aunque no la espectacularidad de medios conque se ha rodado. Pero la espectacularidad y la pirotecnia, en este tipo de películas, es… eso. Pirotecnia. Lo importante es la historia y como se cuenta. Y luego… del coral reparto,… hay intérpretes que bien… y otros que simplemente pasan. No es un reparto tan inspirado como el de la primera entrega. Por lo demás, sus críticas y el desarrollo de la historia están bien, y tienen puntos muy buenos, que la hacen muy muy visualizable. Y recomendable.
No obstante, no entiendo los entusiasmos que ha levantado en algunos. Está bastante bien, pero sin más. ¿O mejoraría mi opinión si la hubiese visto en pantalla grande? Es cierto que en la sala de cine te concentras mejor en la película. Sin duda.
Vamos hoy, unos días antes de que acabe este 2022, con el último libro que he terminado de leer. El que hace el número 30 de este año, y que me permite llegar a mi compromiso personal de leer al menos 30 libros durante el año que se acaba. Lejos de los más de 50 que leía algunos años antes del fatídico 2020. Aun pensaba que me daría para leer un 31º libro, pero parece que el maldito bloqueo lector que me asalta con frecuencia desde ese maldito 2020 ha vuelto a casa por Navidad. En cualquier caso, no me costó mucho leer ese 30º libro. Quizá por ser su autora Yōko Ogawa, camaleónica escritora japonesa, de la que he leído ya varios libros. Pero si le llamo camaleónica es por la diversidad de géneros que cultiva. Es muy prolífica, y los cinco libros que le he leído, con el de hoy, son una pequeña parte del conjunto de su obra. Pero es que cada uno de ellos tiene temas y estilos diversos.
En este último libro acompañamos a una joven escritora que vive en una isla sin nombre. Que podría estar en cualquier lugar del mundo, porque pocos datos nos permiten identificarla como una isla japonesa. El relato se nos presenta en primera persona con la escritora como narradora. Nos habla de su vida en la isla, en la que de vez en cuando desaparecen cosas, y con las desapariciones, llega el olvida de esos objetos para sus habitantes, que llegan a ignorar por completo que han existido, hasta el punto de no reconocerlas si las ven. Pero hay algunos que no pierden la memoria, y estos son buscado y apresados por la policía de la memoria, que también se encarga de eliminar aquellos objetos desaparecidos de los que quedan muestras. Intercalada con la narración, en la que la escritora se ve acompañada por su editor, un refugiado que no olvida, y un viejo que trabajaba en los ferris que ya no existen, que unían la isla con otras, se insertan extractos de la novela que está escribiendo, sobre una mecanógrafa que vive una extraña y desasosegante relación con su profesor de mecanografía.
La novela puede ser encuadrada dentro del género distópico. La policía de la memoria me recordó a los bomberos de Ray Bradbury en Fahrenheit 451. También, en la medida de que la historia personal se ve modificada por el olvido, recuerda al 1984 de George Orwell. Y por lo que leo, la vida del editor refugiado en un zulo en casa de la escritora está inspirada por la historia de Anna Frank. Sin embargo, no tengo claro hasta que punto la intención de la escritora es la de plantear una reflexión política, aunque esta es inevitable cuando se trata de la forma en que se trata la intervención de un estado policial sobre la vida de los ciudadanos, desaparecen los derechos, y se condena a una sociedad a una lenta y penosa muerte. Ambos relatos, el principal y la novela dentro de la novela, tratan temas similares; la anulación de la persona, su desaparición a través del olvido. Incluso si hay una luz en el oscuro final de la novela, puesto que aquellos capaces de recordar que eviten a la policía de la memoria, al final, heredarán la isla y podrán salir de sus escondites.
Pero como digo, no creo que la cuestión sea política en esencia, sino que la cuestión es quienes somos, en qué medida quienes somos depende nuestro pasado, de nuestros recuerdos, de los objetos y las personas que nos rodean, en qué medida nos desintegramos cuando estos objetos y personas y sus recuerdos desaparecen. Cuestiones que se puede aplicar a una multitud de situaciones; las cosas que desaparecen cuando una relación termina, cuando alguien se nos muere, cuando alguien enferma de una demencia degenerativa y empieza a olvidar cosas. A un nivel más general, que pasa en un mundo en cambio, con el medio ambiente y el medio social sufriendo agresiones constantes, y con ellas elementos de nuestra cultura, de nuestra naturaleza, de nuestros paisajes, de nuestras costumbres,… desapareciendo, y con ellos dejando de ser quienes somos.
No es una novela occidental. Es una autora japonesa. Y por ello, no hay explicaciones, ni se buscan, a las cosas que suceden, a las desapariciones y a la desmemoria. Simplemente, se presentan los hechos y las reacciones. Estamos en una sociedad que no busca resolver las causas de las desapariciones, sino que simplemente se adapta. Es una sociedad pasiva, incluso si muestra en algunos momentos destellos de solidaridad interpersonal. Pero que principalmente huye del problema, y sigue adelante, como buenamente puede. El libro es hermoso. Pero también desasosegante, emocionalmente complejo. Yo lo recomendaría sin duda, pero puede no ser del gusto de todos.
Después de quejarme hace unos días de la falta de ocasiones para ver buen cine en las salas, va y acumulamos tres visitas a las mismas en diez días. Por lo que ahora llevo un retraso considerable en mis comentarios cinematográficos. Hace dos jueves, por poco nos quedamos sin ir a ver la versión original de esta película. Porque las versiones originales cada vez aguantan menos en cartelera. Y si lo hubiésemos dejado para el día siguiente, como pensábamos, no la hubiéramos visto. El caso es que el reparto era atractivo, las críticas leídas sobre ellas muy interesantes… y lo único que nos tiraba para atrás era el tema. Dirigida por James Gray, es la enésima película en los últimos tiempos en la que un director echa la vista atrás, a su infancia y adolescencia, para, en un ejercicio de nostalgia, contarnos sus cosas. Y aunque es cierto que las más de las veces son películas majas… empiezan a cansar un poquito.
Una visita escolar al Museo Solomon R. Guggenheim tiene una gran importancia en la vida del joven protagonista. Define su vocación artística latente en su inquieta personalidad.
Aunque se nos avisa que la historia es ficción, también se nos avisa que está directamente basada en las vivencias del director, por lo que asumimos que el chaval protagonista, Paul Graff (Banks Repeta), nacido en una familia judía que no son ricos, pero viven cómodamente en Queens, es el alter ego del director. Un chaval muy inquieto, muy movido, que escucha poco y hace mucho, con inquietudes artísticas, que tras meterse en varios líos en su escuela pública, especialmente en compañía de un alumno repetidor afroamericano (Jaylin Webb), es transferido a un colegio privado, muy elitista.
El director tira de artillería pesada a la hora de configurar la familia del chaval. Con Anne Hathaway y Jeremy Strong como padres y Anthony Hopkins como abuelo materno, y con un excelente diseño de producción y fotografía, nos traslada con facilidad al Nueva York del cambio de década, en vísperas de la elección presidencial que llevó a Ronald Reagan al poder. Lo cual, para muchos supone el punto de inflexión hacia la deriva populista de los partidos conservadores. De todo el mundo, puesto que coincidió con la llegada de Thatcher al poder en el Reino Unido. Gray saca a la luz todo el abanico de prejuicios raciales, étnicos y sociales que arrastra la sociedad norteamericana, incluida la supuestamente más cosmopolita sociedad neoyorquina.
La película es bastante recomendable,… pero me ha pasado algo diferente a lo que me pasa habitualmente. Cuando salimos de las salas de cine, hay película que me han gustado y otras que no. Y otras indecisas. Y las indecisas suelen crecer en mi interior después con cierta frecuencia, para luego valorarlas mejor que cuando salí del cine. Por eso tardo unos días en comentar las películas en este Cuaderno de ruta. Pero es raro el movimiento contrario. Que una película que me haya gustado, luego disminuya en mi consideración. Y con esta película me ha pasado un poco. Y tiene que ver con lo que decía al principio. Estas películas nostálgicas, sobre los años mozos de los autores, están bien… pero empiezan a cansar. Y si no aportan algo realmente especial, se quedan en ejercicios de estilo y añoranza, que luego ya no se quedan con facilidad en la memoria. A pesar del buen hacer del estupendo reparto.
Cuando Jennifer Lawrence comenzó su carrera en la pantalla grande, no pocos la vieron en aquellos sus jóvenes años de adolescencia, o poco después de abandonar la adolescencia, como un soplo de aire fresco en la interpretación femenina. Es cierto que pertenece a una generación en la que no escasean las buenas intérpretes. Pero en aquellas sus primeras películas, sus interpretaciones contenidas, su expresivo rostro, tenían una madurez poco frecuente en actrices tan jóvenes. A algunos no nos extrañó que encadenara reconocimientos y premios, y en 2016, con sólo 26 años, tenía en su haber cuatro de candidaturas a los Oscar, tres de ellas como actriz protagonista y una como secundaria, de las cuales cosechó una estatuilla como actriz protagonista, cuando sólo tenía 22 años. Pero luego, como ha sucedido con otras actrices prometedoras, entró en la dinámica de aceptar papeles en películas de acción de gran presupuesto, tipo superhéroes, franquicias juveniles, o desastradas películas de ciencia ficción, y se comenzó a diluir, estando poco activa en los últimos tiempos. Y lejos del nivel de sus primeros años.
Por lo tanto, había curiosidad por ver cómo se desenvuelve en esta películas de Lila Neugebauer, directora teatral que debuta en la gran pantalla, en un largometraje con sabor a cine independiente, como los de sus primeros tiempos, y que nos llega en la plataforma en internet Apple TV+. En ella interpreta a Lynsey, una soldado norteamericana que es gravemente herida en acción en Afganistan, con una lesión craneoencefálica que le obliga a una lenta y costosa rehabilitación, que la sume en cierta depresión, y con riesgo de secuelas neurológicas. Aunque su intención es volver al servicio militar, antes de conseguir el alta médica para ello vuelve a su ciudad natal, a casa de su madre (Linda Emond), donde tendrá que afrontar viejos demonios, los que le llevaron a alistarse en el ejército para escapar de un entorno que la agobiaba. Y quizá allí, y con la ayuda de un veterano mecánico negro (Brian Tyree Henry), quizá… pueda entrar en un camino de recuperación personal.
Estamos ante un película correcta. Casi sacada del manual de la perfecta película indie norteamericana. Una de estas películas con un limitado estreno en salas de cine en algún lugar de Estados Unidos, con el fin de poder optar a premios en la temporada correspondiente, pero que en la actualidad confían en las plataformas en línea para su carrera comercial. Está correctamente realizada y planteada. Pero durante los poco más de noventa minutos que dura, títulos de crédito incluidos, tienes una sensación constante de déjà vu. De que esta película… ya está vista. Que te puedes imaginar lo que va a pasar… que te está hablando de lo de siempre. Lo cual no quiere decir que no sea visible, porque estando dignamente realizada, a muchos críticos les ha gustado, lo que sí que está es muy bien interpretada. Y no me refiero exclusivamente a Lawrence, que está bien. Me refiero a los dos intérpretes ya mencionados, que con gran solvencia colaboran a unos diálogos e interacciones con la protagonista que aportan vida a una cinta que corría el riesgo de pasar totalmente desapercibida por sus manidos temas.
Por lo tanto, para todos aquellos que dispongáis de la plataforma de la manzana, porque no se ha estrenado ni creo que se estrene en salas de cine en España, una buena opción para ver una película digna, que no os robará mucho tiempo de vuestras vidas. Y con la esperanza de que poco a poco Jennifer Lawrence vuelva a demostrar que era una gran actriz.
Normalmente, siendo domingo, tendría que estar hablando de fotógrafos y sus fotografías. Pero se me han acumulado comentarios sobre cine, televisión y libros en abundancia que, al ritmo habitual, no me da tiempo a sacar adelante. Por ello, he decidido ir hoy con una de las dos películas de esta semana. En concreto, una película que en España ha sido un estreno directo en plataforma en línea, en Amazon Prime Video, y sobre la que llevaba varias semanas leyendo cosas buenas. Se estrenó en la plataforma hace casi un mes ya. Así que nos introduciremos en el terreno de la anticipación y la especulación futurística de la mano del coreano Kogonada, que tan buen sabor de boca nos dejó con una serie de televisión de la que tengo muchas ganas que llegue su segunda temporada.
Aunque la acción transcurre en Norteamérica, hay diversas referencias a la cultura de origen de la niña, China. Por ello, he optado por ilustrar la entrada con algunas fotos realizadas en Hong Kong, a orillas de Victoria Harbour, desde Tsim Sha Tsui Propende.
En un futuro, aparentemente no muy lejano, una familia formada por un padre de origen europeo (Colin Farrell), una madre de origen africano (Jodie Turner-Smith) y su niña adoptada de origen chino (Malea Emma Tjandrawidjaja), conviven en armonía con la ayuda de Yang (Justin H. Min), un androide, «inteligencia artificial» le llaman en la película, que fue adquirido para ayudar a la niña a integrarse en la familia al mismo tiempo que para ayudare a permanecer conectada con la cultura de su país de origen. Pero un día, Yang se estropea, aparentemente de forma irreparable, y la niña entra en un duelo que lleva al padre a buscar desesperadamente la posibilidad de reparar, de «devolver a la vida» a Yang. Porque para el resto, los talleres de reparación, la empresa fabricante, los comercios que lo venden, la sociedad en general, no es más que un objeto con una obsolescencia programada, destinado a ser sustituido con el tiempo.
Esta película parte de un material literario que parece interesante, no lo he leído, y que contienes muy buenas ideas. Por supuesto, siempre que en ciencia ficción aparecen androides/robots/inteligencias artificiales de aspecto humano, o como se les quiera llamar en cada momento, estamos ante un debate sobre lo que significa ser «humano». Aunque a mí ese enfoque lingüístico no me gusta y preferiría que fuera un debate sobre lo que significa ser «persona». También tenemos la cuestión de cómo se vive el duelo, tanto por los adultos como por los niños. O sobre lo que es una estructura familiar y qué es ser miembro de una familia. Como digo, posibilidades,… muchas. Sin embargo, siento que la película es hasta cierto punto fallida, aunque en mi valoración subjetiva haya optado por darle un aprobado.
Heredera, pero sin acritudes, de la tendencia marcada por Black Mirror, aunque dicha tendencia venía de antes, en la que se reflexiona sobre el impacto de las nuevas tecnologías en las sociedades humanas venideras. Pero en su forma tiene más que ver con un cine intimista, reflexivo, introvertido, del estilo de Terrence Malik entre otros, que no siempre es fácil de digerir. En ocasiones entras en este tipo de cine, en otras cuesta más. Y en esta ocasión, quizá por estar obligado a verla en la pantalla pequeña, me ha costado bastante. Y por otro lado, el protagonista absoluto es el padre. Y Colin Farrell es un actor que necesita de una dirección muy precisa y firme para que pueda dar de sí. Y compañeros de reparto con los que entre en sinergia. Porque si no, desde mi punto de vista, es un intérprete con limitaciones, y problemas de expresividad. Que creo que en esta película se manifiestan.
A mí me ha entrado a medias. Me sentí conflictuado entre las posibilidades de la historia y el interés que suscitan los temas planteados, y los aspectos formales y estéticos del filme. Como digo, he acabado dándole un aprobado. Pero allá cada cual. La anticipación futurista siempre es un deporte de riesgo.
En los últimos años ha aumentado la oferta de cine de animación japonés en las salas de cine. Pero también es cierto que, más recientemente todavía, están llegando muchos largometrajes que son extensiones de series o mangas de éxito. Si estás en el ajo de ese mundo te interesa, pero si no… no tienen mucho sentido. También se ha dado que, por culpa o gracias a la pandemia, las plataformas de contenidos en línea han adquirido muchas películas que no encontraban su camino hacia el público por las disrupciones en el sistema de exhibición. La consecuencia es que cuesta saber qué películas de animación nipona de las que se van estrenando aquí o allá van a tener interés o no. En cualquier caso, esta que nos ocupa, dirigida por Hiroyasu Ishida, ha llegado a Netflix… así que estando suscrito a la plataforma parecía obvio darle una oportunidad.
Titulada en castellano Hogar a la deriva, el título original viene a significar algo así como Edificio de apartamentos a la deriva con pronóstico de lluvia. Sí… los títulos de las película japonesas a veces son peculiares. En cualquier caso, una pareja, chico y chica, de unos 11 o 12 años, todavía van a la escuela primaria, que vivieron juntos, aun no siendo familia, bajo la tutela del abuelo de él, en un apartamento en un edificio que va a ser demolido, se encuentran en este, ya abandonado, con algunos otros críos de clase, para una última y clandestina visita antes de la demolición. Ambos se trataron durante un tiempo como hermanos, pero ahora viven extrañados uno de otro a pesar de compartir clase. Durante el encuentro en el edificio, una fuerte lluvia se levanta, y de repente se encontrarán todos en medio del océano, a la deriva, y sin saber cómo volver a sus vidas.
La película tiene un tono familiar y está dirigida a los más jóvenes de la familia. Reflexiona sobre las relaciones de familia, o sobre lo que significa ser familia, independientemente de que a las personas les unan o no lazos de sangre. No está mal, pero la historia se hace larga, innecesariamente larga. Hay momentos en que da la sensación de que se repite o no avanza, aunque es evidente que lo hará tarde o temprano hacia un final razonablemente feliz. Está bien hecha en lo técnico, pero sin nada que la haga realmente especial. No me dejará mucha huella, realmente. Pero ya digo que para un público infantil, en una tarde tonta de fin de semana, puede estar bien.