Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Las cárcavas de los alrededores de Daroca me servirán para ilustrar la geología de Nilfheim, el planeta que colonizan Mickey Barnes y sus «amigos».
Sinceramente, no voy a perder mucho tiempo comentando este libro. Que, ya adelanto, es un entretenimiento razonable, pero poco más. Terminé de leerlo en el viaje de ida a Sicilia. Aunque como digo es entretenido, se me había atascado, y llevaba arrastrándolo desde el viaje de vuelta de Berlín. Un montón de semanas para lo que es. Y lo que es no es otra cosa que la segunda parte, la continuación o una aventura más de Mickey 7, un libro que comenté hace unos meses, y cuya adaptación cinematográfica comenté hace unas semanas. Escrito por supuesto por Edward Ashton, el mismo autor que su aventura predecesora.
Y cogemos a Mickey, su novia y algunos otros conocidos personajes más un par de años después del final de la anterior aventura, cuando las cosas parece que van bien para la colonia humana, que está en paz con los aborígenes del planeta. Parecen. Porque en realidad, unos problemas con la fuente de energía de la colonia hace que las cosas pinten mal, especialmente si el buen tiempo actual termina y vuelven los fríos gélidos que se encontraron los colonos al llegar. La única solución será recuperar la bomba de antimateria que Mickey entregó a los aborígenes. No les llaméis alienígenas. Que en este planeta los alienígenas son los humanos. Y el encargado de recuperarla será Mickey con unos cuantos más, que lo tendrán complicado cuando descubran que en el planeta hay una guerra latente entre distintos grupos alienígenas. Y que establecer pactos y compromisos con unos o con otros es muy muy muy complicado.
Sinceramente, este libro no aporta gran cosa a las propuestas de su predecesor. Para mí es simplemente un intento de ingresar unos buenos dineros aprovechando el éxito del libro original, y la expectación generada por su adaptación cinematográfica. Así que mantiene ese tono de aventura entre la comedia y el drama, y nos encontramos ante el típico viaje del héroe y sus compañeros de ida y vuelta en territorio hostil, para conseguir un fin que parece imposible de conseguir. Entretenido. Sin más. Si este hubiese sido el primer libro de la saga, no hubiese repetido. Tampoco me arrepiento de haberlo leído. Pero si se aventura el autor en una tercera entrega, tampoco me ha dejado con ganas de más. Es lo que hay.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Una de las series de hoy está localizada principalmente en Tokio, así que fotográficamente nos iremos a la capital japonesa.
Dos series de animación japonesa en Netflix me lleva a comentar el tema de la rebelión contra el poder establecido. Son dos series enmarcadas en el amplísimo paraguas de la ciencia ficción, pero muy diferentes entre sí. Primero vamos con el resumen de cada una de ellas.
Zankyō no Terror [残響のテロル] conocida también como Terror in resonance (una traducción aproximada del original) o Terror in Tokyo/Terror en Tokio (una traducción muy poco aproximada del original) es una serie de animación de 2014 que recientemente entró a formar parte, supongo que temporalmente, del catálogo de Netflix. Dos jóvenes, Nueve y Doce, que nadie sabe de dónde proceden, empiezan a amenazar con acciones terroristas en Tokio. Aunque siempre dan pistas para que estas acciones queden desactivadas. El espectador sabe que tienen relación con una misteriosa instalación donde criaban niños especiales en el norte de la isla de Honsu. Un detective, por libre, al margen de sus superiores, intentará encontrar las claves de esta situación, al mismo tiempo que determinados intereses gubernamentales y no gubernamentales están interesados en acabar con estos jóvenes sin que nada trascienda sobre sus orígenes.
Moonrise es un estreno reciente, actual, de animación japonesa en Netflix. Al igual que el anterior es una serie original. No basada en manga, novelas o películas o series previas. En esta ocasión estamos en un futuro en el que el ser humano ha comenzado la colonización espacial. Más concretamente la colonización de la Luna. Pero se han generado desigualdades enormes entre los habitantes, privilegiados, de la Tierra y los trabajadores de la Luna. Por lo que se produce una rebelión, un alzamiento para conseguir la independencia, y una guerra civil. Aunque presentada como una serie de 18 episodios, estos se agrupan en tres partes que podrían funcionar como una trilogía de largometrajes.
Es un clásico de la ciencia ficción utilizar los elementos de anticipación o de ficción científica para realizar críticas sobre las realidades sociopolíticas de la realidad. Bien sea las desigualdades sociales, los grupos oprimidos, la existencia de oligarquías políticas o plutocráticas, o las prácticas inmorales del poder económico y político para manipular a las poblaciones y a la opinión pública. Como ya he comentado en otras ocasiones, la buena ciencia ficción suele hablarnos de nosotros mismos. Bien a un nivel personal, a un nivel social, o sobre lo que es la humanidad en su conjunto. Estas dos series, como muchas otras, lo intentan.
La más reciente, no con mucho éxito. Aunque hay un esfuerzo de producción notable, es una serie que se pierde en el efectismo y la espectacularidad, olvidándose de contar adecuadamente lo que se supone que quiere contar. No tenemos que irnos muy lejos para ver en formato de serie televisiva una historia de rebelión de colonias espaciales contra la Tierra, como es The Expanse, serie de libros que fueron llevados con éxito a la pequeña pantalla en una de las mejores series de aventura espacial de las últimas décadas. Esta animación, buscando un público más juvenil, se pierde en la aventúreta de los jóvenes protagonistas, y pierde fuerza en el mensaje.
La serie de hace once años, es mucho más interesante. Implica un mayor grado de reflexión. Para empezar, sus protagonistas son a la vez fracasados y brillantes, cada uno a su manera y en su entorno. La exploración psicológica de los personajes es mayor y mejor. Y aunque son claros quienes actúan como villanos y quienes como héroes, no hay maniqueísmo, hay una mayor gradación de sentimientos y opiniones disponibles. Es muy recomendable. Seguiremos a la espera de series de este tipo. Me llaman más que las más recientes y más espectaculares pero superficiales. Que conste que Zankyō no Terror también está muy bien hecha, habiendo salido de la capacidad creativa de Shin’ichirō Watanabe, a quien debemos tantas excelentes series.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Comentario sobre la fotografía con película para negativos en color del viaje a Sicilia en mis recientes vacaciones.
En primer lugar, un poco de contexto. Porque creo que, normalmente, con una cierta planificación y pensamiento previo, las fotografías realizadas con película fotográfica en Sicilia hubiesen sido muy distintas. Pero recordemos una cosa; en los días, la semana, que pasé en Sicilia, yo tendría que haber estado en China. Y con un estilo de viaje y actividades muy distintas. Eso lo contaba en mi Cuaderno de ruta hace cuatro semanas ya.
Cuando en el transcurso de menos de 12 horas quedó anulado el viaje a China, regresé de Madrid a Zaragoza, dormí tres horas después de comer agotado por los nervios, y preparé de inmediato mi viaje en solitario a Sicilia, ni siquiera deshice la maleta. Ni tampoco la mochila con el equipo fotográfico. Ahí quedaron entre el martes 6 de mayo y el lunes 12 siguiente. Sin tocar. Sólo una hora antes de salir hacia Sicilia, abrí ambas piezas de equipaje y extraje objetos y prendas que consideré superfluos con el fin de viajar adecuadamente ligero.
El caso es que, a un viaje en solitario, acabé llevándome el equipo que tenía pensado para un viaje en grupo. Y las cosas y los intereses no son los mismo según cómo, dónde, cuándo y con quién viajes. Pero lo que tenía en la mochila del equipo fotográfico eran negativos en color, y con eso tuve que apechugar durante la semana que estuve en Sicilia. Quizá debería haber sido otra cosa, pero es lo que fue, y tampoco me arrepiento.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Hoy un adelanto del comentario sobre las fotografías realizadas con película fotográfica en el viaje a Sicilia. En el mercado de Ballarò de Palermo.
No he recopilado muchos enlaces sobre recomendaciones fotográficas esta semana. Una mezcla de «he visto pocas cosas que me interesen» y «no he tenido mucho tiempo para buscar cosas que me interesen». Pero a pesar de todo he decidido redactar la entrada aunque sea sólo con un par de cosas.
Se acerca PhotoEspaña 2025. Intentaré escaparme algún día a Madrid, entre semana si es posible, a ver algunas exposiciones. Creo que hay algunas muy interesantes. De momento, en Clavoardiendo (y otros medios) nos informaron de la exposición de Judith Prat «Aquella niebla, este silencio» en una galería madrileña dentro de la sección Festival Off del festival. La comprometida fotógrafa de Altorricón, tras su muy interesante trabajo sobre la «brujería» en las tierras pirenaicas, nos habla en esta ocasión del pasado esclavista de nuestro país. Un pasado del que se habla poco, incluso si hasta muy avanzado el siglo XIX todavía existían esclavos en la isla de Cuba. Tengo ganas de ver cómo nos lo cuenta la fotógrafa.
En otro orden de cosas, Tomasz Trzebiatowski desde su boletín cotidiano PhotoSnack nos recomienda la obra del norteamericano Matthew Moore, cuyo último trabajo explora los paisajes de los países de la Europa oriental en los que quedan huellas de su pasado comunista. El trabajo de Moore con frecuencia busca en el paisaje las huellas de acontecimientos del pasado, reflejados o no en la historia oficial, pero que han marcado sociedades y culturas en mayo o menor medida. Una variante de la corriente de fotografía que busca analizar el paisaje alterado por el ser humano, que desde hace años tanto me interesa. Y que de alguna forma me ha influido en la forma en que me acerco yo mismo a la fotografía del paisaje, en la que no rehuyo las señales de la ocupación y la actividad humana, frente a aquellos que buscan el paisaje prístino e inmaculado… que tanto dudo que exista en la mayor parte del mundo.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Cuando no están en Marte, o en Florida, cerca de cabo Cañaveral, las cosas transcurren sobretodo en Seúl. Pero yo he optado por unas fotografías de Busan para ilustrar la entrada.
Nuestra crisis cinematográfica, especialmente la mía, no sólo la del grupito de amigos que solemos ir juntos al cine, es importante. No encuentro motivación para desplazarme a las salas de cine para ir al cine. Es cierto que este mes estuve una semana de viaje por vacaciones. Pero también estuve dos semanas de vacaciones en casa, con tiempo para ir al cine, a cualquier hora que me fuese, sin miedo a que al día siguiente tuviese que madrugar. Y aun así, no encontré ocasión para ir al cine. Y seguro que alguna de las películas que se han emitido durante el mes de mayo habrá merecido la pena, aunque suele ser un mes flojo habitualmente. Ayer no obstante me vi un estreno de animación… pero en plataforma de contenidos en internet, en Netflix. Una animación surcoreana dirigida por Han Ji-won. Con la voz en el personaje protagonista de Kim Taeri, actriz muy popular y que ha aparecido en estas páginas con cierta frecuencia.
La película, de poquito más de hora y media de duración, es un drama romántico ambientado en la ciencia ficción, en la exploración espacial, específicamente la exploración de Marte. Año 2051, la protagonista es una bióloga que aspira a formar parte de la próxima misión a Marte, 25 años después de que su predecesora fuera destruida por el terremoto producido por la caída de un asteroide en el planeta rojo. Y de la que formaba parte, también como bióloga, la madre de la científica. Lo cual le ha generado un trauma que pone en peligro ser aceptada en la misión. En estas está cuando en Seúl conoce a un músico, que abandonó la música por un desencanto y desencuentro con la cantante y líder del grupo en el que trabajaba. Y se enamoran. Pero la relación y la vida de la astronauta coreana estarán en riesgo cuando sea admitida en la misión y vaya a Marte.
Durante buena parte del metraje, la película es una producción bastante digna. Un poco pastelón, con exceso de merengue dulce en ocasiones, y un exceso de melodrama. Pero no está mal. La animación es correcta tirando a bastante bien, el diseño de producción es interesante, las situaciones un poco tópicas, pero llevaderas,… pero… Siempre hay un pero en las películas de Netflix. En el tramo final empieza a haber una sobredosis de melodrama y de merengue, hasta el punto de un riesgo enorme de diabetes visual, y sobretodo empiezan a pasar cosas que no tienen ni pies ni revés, en el sentido que ponen duramente a prueba la suspensión voluntaria de la incredulidad del espectador, con el fin de forzar un happy end, que tal y como iba la película… no tocaba.
El intento es encomiable. Se lo han currado. Pero las películas románticas surcoreanas más comerciales son… cursis y excesivamente melodramáticas. Las comedias se salvan. Al fin y al cabo, son comedias. Pero cuando planteas un drama en el que mezclas la ciencia ficción, a un nivel en que cabe la ciencia ficción plausible, con la separación o el conflicto romántico… pues creo que hasta cierto punto descarrila. No la he suspendido… porque entiendo que esta película puede tener su público, y yo no formo parte de ese público. Pero… En fin. Que allá vosotros. Yo aviso de lo que hay.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Últimas horas de la tarde en mi visita a Nara en 2014.
A pesar de que la primera novela que leí de Mitsuyo Kakuta me dejó en un punto intermedio, con cosas que estaban bien y otras que me convencían menos, la verdad es que esta es ya la tercera novela que leo de esta autora japonesa. Así que… algo tendrán la guapa cuando la peinan. Su forma de ver el mundo de las mujeres, al menos de las mujeres japonesas, tiene su cosa. Sus novelas no dejan de tener un trasfondo feminista, pero puede que muchas feministas no lo sintieran así. Porque no carga las tintas (en exceso) sobre los agentes externos a las propias mujeres, sino que no deja de poner sobre ellas las responsabilidades de sus propios actos. Incluso si en el fondo son víctimas de una sociedad que les puede ser hostil en no pocas ocasiones. Pero eso no obsta para que no la «caguen» también.
Y aquí vuelve a llevar a una de estas mujeres, que es a la vez sufridora y culpable de sus propias desdichas, a una situación extrema. Una mujer relativamente joven, que se cuela en un domicilio cuando el matrimonio que lo habita sale para ir a trabajar y hacer una compra, dejando sola a una niña, una bebé de pocos meses. Y esta mujer, en un pronto, decide llevarse a la niña. Y comenzar una huída por el país, que la llevará a convivir con distintas personas y en distintos ambientes, como si fueran madre e hija, incluida una temporada con una secta exclusivamente femenina. Una huída que durará años. La novela terminará con un capítulo final donde escucharemos la voz de la niña, siendo ya adolescente.
Es posible que, tras las semanas que han pasado desde que lo terminé, este haya sido el libro que más me ha convencido de la autora japonesa. Es una potente reflexión sobre la maternidad. Sobre los valores que conlleva, sobre las presiones que presenta, tanto internas como externas, sobre las diversas formas que tiene de manifestarse. Puede haber formas de entender la maternidad tantas como mujeres. Y de la forma que en ocasiones se ha reflexionado sobre la familia a través de falsas familias, en esta ocasión se usa una maternidad que no es… o sí es, pero no debería ser. Incluye también algunas reflexiones, en las distintas etapas de la huída de esta mujer, sobre lo que es la hermandad entre las mujeres, sobre las distintas formas de entender el apoyo mutuo, ante las dificultades que las sociedades les presentan por el hecho de ser mujeres.
Me parece una novela que, sin ser perfecta, está muy bien. Engancha, a veces conmueve, y no deja de mezclar la crítica social con un relato de acción. De «acción» si queréis, con comillas, porque no hablamos, salvo algún momento puntual en que las cosas se aceleran, de acción trepidante, pero esas huidas,… no deja de ser acción. Y sobretodo, ese tramo final, en el que cambia el foco de la novela de la «madre» a la hija, y con su mirada y sus sentimientos nos ayuda a reinterpretar toda la historia. Yo la recomendaría.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Tulipanes y narcisos en el Parque Grande de Zaragoza con la Hasselblad 500CM.
Por fin les ha llegado el turno a las bulbosas del principios de la primavera, tulipanes y narcisos, que fotografié sobre película fotográfica a mediados del mes de marzo. Pero desde que me llegaron revelados estos negativos, la prioridad que doy siempre al comentario de las experiencias fotográficas en los viajes, y otros temas, los ha ido relegando hasta hoy. Pero ya están aquí.
Otros años les he hecho más fotos. Pero se nota que estamos a mitad de un ciclo electoral, los ediles municipales no se preocupan tanto de agradar a los ciudadanos como en vísperas de los comicios cada cuatro años. Había menos cantidad, menos calidad, y yo diría que un cierto descuido. No sé si es que hay menos dinero, que lo hay pero no se dedica, o que tienen a los jardineros cabreados. Que todo podría ser. Pero aquí os dejo unas cuantas fotos.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Escenas cotidianas en Seoul para ilustrar la entrada de hoy.
Desde que Grey’s Anatomy llegó a la televisión, los dramas médicos, a veces comedias, pero siempre con un puntito dramático, sufrieron un cambio. Ya no se centraban tanto en los veteranos, aguerridos y habilidosos médicos experimentados y capaces de resucitar a un muerto con sus habilidades quirúrgicas o en un box de urgencias, sino que los protagonistas venían a ser los médicos en formación. Los sufridos médicos internos y residentes, conocidos popularmente en España como MIR. Una confesión he de hacer. Yo… fui MIR.
Entendámonos… yo no fui el prototípo de MIR. No hice una especialidad clínica,… y lo mío fue distinto. Lo que luego contaré se aplica sólo en parte, pero no voy a entrar en detalle. Bueno… Para empezar… oficialmente, ya no se llaman MIR. Dado que además de plazas para médicos se convocan también plazas para biólogos, enfermeros, farmacéuticos, físicos, psicólogos y químicos, ahora se llaman «profesionales sanitarios en formación», y a los años de formación se les llama los años de «formación sanitaria especializada». No todos esos profesionales están considerados luego profesionales sanitarios,… pero no voy a entrar ahora en los intríngulis del estatuto de las profesionales al servicio de la sanidad española. Da igual. Todo el mundo sigue hablando de los MIR. Y salvo los interesados, pocos hablan de los otros profesionales que se forman en régimen de residencia. En España está regulado de forma inequívoca desde el año 84, aunque previamente hubo experiencias y evolución del sistema de formación de médicos internos y residentes.
El origen del modelo, profesionales que aprenden trabajando en jornada completa y exclusiva y en un centro sanitario, se originó en Estados Unidos. Y de ahí se fue generalizando por todo el mundo. El médico interno era el médico recién salido de la facultad que dedicaba al menos un año a coger práctica en un hospital, rotando por las distintas especialidades; medicina interna y derivadas, cirugías diversas, urgencias… Al terminar, o se iba a montarse su consulta de médico general, o bien optaba a las plazas de médico residente, durante varios años, en los que se centraba en el aprendizaje a fondo de una especialidad concreta, médica o quirúrgica. Lo de llamarse «internos» y «residentes» es porque prácticamente vivían, residían, en el hospital. Comenzaron siendo asistentes sin sueldo, aunque ahora, por regla general, tienen un salario, inferior al del médico especialista, y a cobrar por las guardias realizadas, aunque el modelo retributivo ha variado con el tiempo y ha sido diverso en distintos lugares del mundo.
Lo que vemos en las series de televisión es que son jóvenes que prácticamente viven en el hospital, trabajan muchísimas horas, están muy puteados, hacen guardias como locos, siempre están cansados y con sueño, y al parecer ligan y follan mucho. Por lo menos, esto último, los protagonistas. La realidad actual, ya desde el momento en que yo hice la residencia, cuando se alcanzaron algunos logros, es que en España están reguladas las jornadas máximas semanales y el número de guardias promedio. Y no viven tan mal, ni mucho menos. Pero eso no tenía gracia a efectos dramáticos.
Ha habido y sigue habiendo muchas series que tratan este tema. Ya he mencionado Grey’s Anatomy, pero una que me divirtió mucho en su momento fue Scrubs, una comedia de situación con mucha gracia y su punto de mala baba. Y que es unos años anterior. Aunque no fue tan longeva ni de lejos. Porque la del hospital de Seattle sigue en cartelera televisiva, acabamos de ver su 21ª temporada,… inexplicablemente… puro guilty pleasure. Y ahora, me voy al otro extremo del mundo, porque voy a hablar de la serie que ha motivado esta entrada. Y esta es Eonjenganeun seulgiroul jeongong-uisaenghwal [언젠가는 슬기로울 전공의생활, la vida de los residentes que algún día será sabios] Este título en coreano me parece un rollazo, y prefiero el título internacional en ingles, Resident Playbook.
Emitida recientemente en Netflix, donde la podéis encontrar, se podría decir, aunque no lo sea estrictamente, que es un spin off de una de mis series favoritas de la cadena, Hospital Playlist, que recientemente volví a ver y me siguió gustando mucho. Pero si en aquella se centraba en un grupo de amigos que ya son veteranos médicos especialistas quirúrgicos que rondan los cuarenta años, y en la que los residentes eran personajes secundarios, aunque varios de ellos se volvieron entrañables, en la actual los protagonistas son los residentes de primer año de Obstetricia y Ginecología de otro hospital que pertenece a la misma cadena de hospitales que el de la serie original. De hecho, los personajes principales de aquella han tenido presencia en la actual, ya que en cada uno de los doce episodios de la actual hay algún cameo de los protagonistas de aquella.
La serie actual tiene también un reparto coral,… aunque hay una de las residentes (Go Youn-jung) que tiene un mayor protagonismo. La actriz protagonizó la segunda temporada de una serie de ambiente histórico con toques fantásticos y que también me gustó mucho. Si Hospital Playlist tuvo una primera temporada que fue principalmente comedia, y una segunda temporada que tenía un tono más melancólico y dramático, sin abandonar la comedia,… a veces melodramático, Resident Playbook adopta esta segunda versión. Aunque hay alivios de comedia frecuentes, tiene un tono más dramático, y cae con más frecuencia en el melodrama. Me costó un poco entrar en ella, en los dos primeros episodios, las comparaciones con la original eran odiosas, lo cierto es que poco a poco me empezó a gustar, y reconozco que llegó un momento que esperaba con ganas los dos episodios que se estrenaban el fin de semana. Y sentí bastante empatía, especialmente por la chica más protagonista. Actúan bien en general. Y los argumentos y los casos médicos son más realistas que la media de estos programas.
Hay un motivo por el que decidieron que la especialidad fuera obstetricia y ginecología, y no las habituales estrellas de estas series que son la cirugía cardiotorácica, la neurocirugía, los trasplantes y demás, o el estrés de la urgencia. Corea del Sur es el país de la OCDE con menor natalidad y mayor tendencia al envejecimiento. Por lo que esta especialidad no es nada deseada por los jóvenes médicos, esta en crisis, y les cuesta cubrir las plazas, tanto en formación como de médicos ya especializados. Además es una de las más propensas a los litigios por presunta mala praxis. Algunos de estos problemas se aprecian en la serie. Los creadores de la serie han intentado tocar tierra, y no alejarse de la realidad. Lo cual les generó problemas, porque cuando la estaban rodando surgió un fuerte conflicto laboral entre los médicos residentes coreanos y el gobierno de su país, que llevó a dimisiones en masa, a huelgas, a una insuficiencia de recursos en los hospitales y a problemas con la correcta atención en hospitales.
Un conflicto muy duro y desabrido. En el que la mala prensa hacia los médicos ha sido la norma, lo cual ha endurecido sus posturas. No sé si se ha resuelto el problema. Pero que responde problemas reales, pero también a intereses corporativistas. Por un lado, los residentes suelen ser mano de obra mucho más barata en los hospitales que los especialistas formados, especialmente en guardias y urgencias. Pero sus condiciones labores no siempre son las adecuadas. Ahí tienen razón. Pero por otro lado, hay especialidades en las que se limita intencionalmente el número de especialistas en formación para generar una escasez de profesionales que están más cotizados… se genera una especie de oligopolio. En España también se da esto último. El pagano suele ser el paciente. Como consecuencia de estos conflictos, la serie estuvo a punto de cancelarse antes de emitirse. Y de hecho se retrasó bastante su estreno. En cualquier caso, me parece una serie bastante recomendable. Con sus peculiaridades surcoreanas, claro está.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Ayer madrugué para hacer fotos. No salieron como esperaba. Pero hice fotos, algunas de las cuales me gustan.
En los últimos tiempos llevo mucho caos cuando llega el domingo y me planteo, o no, realizar mi tradicional entrada de recomendaciones fotográficas. Cuya dinámica se ha visto alterada por los viajes de los últimos tiempos, y otras cuestiones. Tenían un montón de marcadores guardados en Pocket… pero he decidido no atenderlos, y centrarme en cosas recientes. Hacer borrón y cuenta nueva. Porque además, este servicio para guardar marcadores e información interesante que tan bien me ha funcionado en los últimos años, ha anunciado su cierre. De forma ordenada, afortunadamente, y con mecanismos de salvaguarda para conservar la información acumulada. Que ya he podido a trasladar a Raindrop, un servicio similar, al que todavía me estoy acostumbrando. Pero que parece que está bastante bien. Incluso mejor que Pocket. A rey muerto, rey puesto.
Así que voy con tres cosas. En orden de cómo me sucedieron. Así que lo primero, antes que nada, comentar la exposición de fotografía que pude visitar el domingo pasado por la tarde en Palermo. Dediqué el último día completo del viaje a Sicilia a recuperar cositas interesantes en la capital siciliana que se me habían escapado en los días anteriores. Y dos de ellas fueron dos museos que me resultaron muy interesante, el Arqueológico y la Galleria d’Arte Moderna. Ambos muy recomendables. Y en esta última, que está dedicado al arte de finales del siglo XIX y principios del XX, el arte más actual y contemporáneo está en otro museo al que no pude acceder por un problema de horarios, me encontré con una exposición de la fotógrafa mejicana Cristina Mittermeier. Una de estas fotógrafas de la National Geographic, que suelen mostrarnos un mundo en colores vivos y brillantes, con retratos, paisajes y fauna maravillosos. Unas fotografías estupendas, pero bastante acríticas con lo que está pasando en el mundo actualmente. Es el problema de la National Geographic, que en su afán por divulgar y embellecer, traslada una imagen deformada de las realidades del mundo. No obstante, disfruté mucho con la exposición.
En esta semana nos llegó la triste noticia del fallecimiento de Sebastião Salgado (1944 – 2025), fotógrafo brasileño, uno de los primeros que atrapó mi imaginación cuando empecé a dedicar tiempo y recursos a la afición fotográfica, allá en los finales de los años 80 y los años 90. Recuerdo especialmente el impacto de sus fotografías realizadas en los campos de petróleo de Kuwait durante la primera Guerra del Golfo. Pero a partir de ahí, todas los increíbles reportajes que realizó por todo el mundo, exponiendo a la luz y denunciando muchas de las tristes realidades contemporáneas, pero al mismo tiempo con unas fotografías de una belleza incuestionable. Tengo varios libros suyos, y son de mis libros de fotografía más queridos. Decir que ha sido una gran pérdida para la fotografía, como aseguran tantos, me parece una tontà… que el hombre tenía 81 años, sus achaques y ya no estaba para producir como en sus mejores tiempos. Lo que tenía que ofrecernos ahí queda. La noticia no deja de ser triste, pero descanse en paz. Si tibi terra levis.
Y por otro lado, del lado de los premios institucionales, serios y formales, que no son precisamente los que más valoro, nos llegan noticias para otra fotógrafa mejicana. La Fundación Princesa de Asturias ha anunciado que el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025 es para Gabriela Iturbide. Debatir sobre si el premio está justificado es una absoluta memez. Iturbide no es que merezca este o cualquier reconocimiento; es que es una de las fotógrafas de referencia más importante todavía vivitas y coleando. Y cuando digo fotógrafas no digo que lo sea entre las féminas; me refiero a que lo es entre todas las personas fotógrafas sea cual sea su sexo y condición, nacionalidad, lengua o estilo. Obviamente, es especialmente trascendente entre los fotógrafos documentales. Con su blanco y negro muy expresivo, lleva décadas documentando el paisaje social, antropológico, humano en general, de su Méjico natal, pero con un mensaje universal, que trasciende fronteras. Este tipo de premios siempre me da la impresión de que o llegan tarde o son oportunistas. Hace muchos años que Iturbide hubiera sido ya digna del reconocimiento. Es jugar sobre seguro, sin riesgos. Es lo habitual en estos premios, que pocas veces toman decisiones arriesgadas. Sólo se salen del guion para premiar de forma oportunista al personaje de moda, pero que no suponga riesgos políticos o de relaciones públicas. Pero bueno… Iturbide es una fotógrafa cuyo trabajo y personalidad hay que conocer, por lo que bienvenido sea el reconocimiento. Que llega a tiempo, porque es dos años mayor de lo que era Salgado… Pues eso… que hace años que podría haber sido reconocida con justicia.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Unos díptico a partir de fotografías realizadas a principios de abril en Utebo.
Hoy iba a mostraros unos tulipanes fotografiados en el mes de marzo. Sí. Todavía hay experiencias fotográficas de hace más de dos meses que no he comentado. Pero la actualidad manda. Y en las últimas 36 horas se ha puesto de moda hablar del “medio fotograma”. Incluso is esta denominación es incorrecta. Fujifilm anunció ayer una cámara de la que se venía hablando meses; la Fujifilm X-Half. Ahora vamos un poco con ella y su denominación
El medio fotograma, “half frame” en inglés, es algo que surgió a principios de los años 60, impulsado por Olympus. Un formato de fotograma con unas dimensiones aproximadamente la mitad que el estándar impulsado por Oskar Barnack desde Leica; 17 x 24 mm frente a los 36 x 24 mm habituales. Esto permitía duplicar el número de fotogramas en un rollo de fotografía. Y a mí me gusta, por varios motivos. Sígase el enlace anterior, y se verán todas las publicaciones que he redactado por aquí en el último año.
Una de las características de muchas cámaras de medio fotograma es que, al ser el desplazamiento de la película horizontal, como en las de fotograma completo, la orientación por defecto es vertical. Lo cual algunos lo ven como un engorro, pero otros no lo vemos así. Y esto coincide con el hecho de que la mayor parte de la gente, cuando usa la cámara de su teléfono móvil, la usa también en vertical. Por comodidad. Los teléfonos móviles tienen una ergonomía horrible para la fotografía y el vídeo. Pero para mucha gente, especialmente jóvenes, la imagen vertical es casi la norma.
Fujifilm, con su nueva X-Half, ha realizado una operación de mercadotecnia curiosa, mezclando básicamente tres elementos. Primero, ofreciendo una cámara que recuerde en su estética a dos de sus productos estrellas, la X100VI y la GFX 100RF. Pero mucho más económica. Segundo, invocando la nostalgia de las cámaras para película fotográfica de medio fotograma; tengamos en cuenta que recientemente Ricoh sacó al mercado su Pentax 17, una revisión del tema. Tercero, orientando el sensor, un Sony de tipo 1” muy frecuente en cámaras compactas, de forma vertical y con un aspecto 4:3, aunque sea perdiendo dos de los 20 megapíxeles, para que se asemeje al formato al que están acostumbrados los más jóvenes.
Tras haber revisado su hoja de especificaciones técnicas, y haber revisado las “entusiastas” revisiones de los “yutubers” “independientes”, he llegado a la conclusión que no es una cámara para mí. De hecho, no creo que esté pensada para el fotógrafo de corazón. Creo que es una cámara para “hipsters”. Un complemento para el atuendo personal, más o menos mono, que permita hacer fotografías que se publiquen en las redes con “originalidad”. Indudablemente permite hacer fotos. Pero cualquier cosa que se puede hacer con ella, en serio, la puedo hacer con mi Sony ZV-1, y bastante más. Y aquí os dejo auténticas fotografías de medio fotograma, con una auténtica cámara de medio fotograma, realizadas con auténtica película fotográfica
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Lamentablemente, no he tenido aún la oportunidad de visitar Argentina, y Buenos Aires, claro está. Así que supliré el ambiente porteño por el palermitano. Al fin y al cabo, la cultura argentina, en gran medida es una mezcla de herencias españolas e italianas, mezcladas con otras influencias.
El eternauta es un cómic. Un clásico del cómic que no he tenido ocasión de leer, aunque ganas no me han faltado. Ni me faltan. Algo que tengo que resolver de algún modo. Su publicación original data de mediados los años 50, en forma de serie. Con Héctor Germán Oesterheld como escritor, uno de los desaparecidos de la dictadura militar argentina en 1977, y Francisco Solano López como ilustrador, es una de las obras más conocidas y de referencia de la historieta argentina y de la escrita en español en general. Cuando se anunció que Netflix iba a estrenar una adaptación en forma de serie de televisión, tuve sentimientos encontrados. Por un lado, sabía que la iba a ver. Por otro lado, me daba mucho miedo lo que me iba a encontrar. La plataforma de contenidos es responsable de adaptaciones muy notable, pero no faltan las pifias que desvirtúan por completo la obra original. O de adaptaciones que, tras una temporada, por buena que sea, quedan canceladas porque no les salen las cuentas.
De momento, tenemos una primera entrega de seis episodios, creados por el director y guionista Bruno Stagnaro, y protagonizada por un valor seguro como es Ricardo Darín, en mi opinión uno de los mejores actores contemporáneos, todas la nacionalidades incluidas. Pero sería injusto atribuir el mérito de la serie a Darín, al menos en la dimensión de las actuaciones, por excelente que sea su trabajo, que lo es. La serie es mucho más, con muchas otras virtudes, con muchas otras interpretaciones excelentes, y con una historia tremendamente multidimensional, que nos traslada a una lugar en el mundo que nos habla de muchas cosas. Actuales. Del mundo real.
La historia es la de una invasión alienígena. Pero al principio no lo parece. Simplemente, un día de verano, con calor asfixiante, de repente se nubla y empieza a nevar. Y todos aquellos expuestos a la nieve, mueren. Localizada en el área metropolitana bonaerense, la gran metrópoli del Cono Sur queda convertida en un lugar desolado, cubierta de un ominoso manto blanco. Y con unos supervivientes que se las tendrán que ingeniar para desplazarse aislados de la nieve letal, y que tendrán que aprender a sobrevivir en un mundo donde la sociedad humana, tal y como la conocemos, se ha desestructurado por completo. Ha desaparecido. Con el macguffin inicial de la búsqueda por parte del protagonista de su mujer y su hija, lo cual nos permitirá evaluar el apocalíptico escenario en el que la historia se desenvolverá. Son seis episodios, de los cuales, el más impresionante, el que definitivamente te engancha, si es que como yo no te has enganchado desde el minuto primero, es un magnífico y dramático episodio cuatro. Absolutamente antológico.
Pero el Buenos Aires de la historia televisiva no es el Buenos Aires de la historieta. Es un Buenos Aires contemporáneo, en el que el protagonista es un veterano de la guerra de Las Malvinas, un joven soldado de reemplazo que fue llevado a una trampa mortal por aquella junta militar criminal, sin escrúpulos y sin conciencia, que lanzó aquella aventura militar, una huida hacia adelante, cuando vio que su criminal experimento de «regeneración política» hacía aguas por todos los lados, llevando a aquella generación de jóvenes a las desoladas islas del Atlántico sur, a enfrentarse con uno de los ejércitos profesionales mejor preparados del mundo. Y lo que en aquellas islas pasó no se ha contado con la suficiente claridad, muchos murieron, sin oportunidad, en una batalla desigual y con el mayor grado de la sinrazón de la guerra. Y eso es algo que pesa constantemente en la adaptación televisiva de la serie.
Poco después de terminar la serie, en un taller de iluminación con flash en fotografía coincidí con una de mis colegas más apreciadas de afición fotográfica. Argentina, establecida en España, nacida el mismo año que yo, que me contaba la emoción que supuso para ella la serie, y los recuerdos que le trajo, porque esa generación de soldados de reemplazo que sufrió en aquella estúpida aventura bélica, que convierte la expresión «inteligencia militar» en un macabro y triste oxímoron, fue la de los nacidos en ese año en el que nací yo y nació ella. No puedo trasladar aquí algunas de sus impresiones, comentarios y recuerdos. Le haría injusticia. Pero ella, mejor que la mayoría, pudo apreciar las referencias a la Argentina de aquellos tiempos, y a la actual. Que no por casualidad buena parte de los dos últimos episodios de esta primera temporada transcurren en Campo de Mayo, uno de los lugares de más triste recuerdo de aquella cruel dictadura fascista.
Para muchos no aficionados a la ciencia ficción, literaria, televisiva, o cinematográfica, este género es anecdótico y de bajo prestigio. Propio de inmaduros y friquis. Y se equivocan. Es cierto que, como en todos los géneros literarios, hay mucha obra de calidad discutible. Pero la buena ciencia ficción se caracteriza porque a través de su especulación científica, de sus cronologías alternativas, de su capacidad de anticipación, nos habla de nosotros mismos. De lo más profundo de lo que constituye ser persona, de los males de la sociedad humana, en ocasiones también de lo más brillante y esperanzador. Y esta serie no defrauda en este aspecto. Una de las mejores series que he visto en Netflix, quizá lo mejor de lo que llevamos de año… e incluso de década. Es difícil decir. Pero por ahí andará. Seis episodios que han sabido a poco. Una introducción a una historia de la que queremos, necesitamos, saber más. Y todo indica que lo haremos. Aunque quizá tengamos que esperar con paciencia. Es una serie de compleja producción. Algo que probablemente no podría rodarse en Argentina, y menos con la que cae por allí en lo social, político y económico en estos momentos, si no fuera por el dinero que ha llevado Netflix para que se produzca. Pues esperaremos con paciencia.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Las últimas fotografías que realicé en Shanghái en el viaje de 2019.
Kazuo Ishiguro es un autor que se ha convertido en un habitual en mi lecturas. Y poco a poco voy recuperando su bibliografía. No tremendamente extensa, pero que me dará para un tiempo. Japonés de nacimiento, británico de adopción, vive en Inglaterra desde niño, por lo que su lengua literaria es el inglés, y premio Nobel en 2017, sus relatos tienen siempre situaciones imprevistas o sorpresas para el lector. Especialmente cuando opta por un relato en primera persona. Técnica literaria que siempre nos debe hacer dudar de la veracidad de lo que se nos está contando. Y que a mí, cuando está bien desarrollada, me encanta.
Y este es uno de esos casos. El narrador es un hombre cuya infancia transcurrió en Shanghái, donde fue feliz, hasta que sus padres desaparecieron. Al parecer secuestrados. Trasladado a Inglaterra al cuidado de una tía con dinero, llevará una buena vida hasta, que ya graduado en la universidad, optará por dedicarse profesionalmente a las labores de investigador privado. Ámbito en el que alcanzará el éxito. Pero siempre con una obsesión; volver a la ciudad asiática a buscar a sus padres. Cosa que hará en 1937, justo cuando los invasores japoneses y los defensores chinos se disputan la ciudad en los primeros compases de la Segunda Guerra Chino-japonesa, uno de esos conflictos que salpicaron el mundo en el final de los años 30, y que si no fuese por la visión eurocentrista de la historia situarían el comienzo de la Segunda Guerra Mundial varios años antes a su comienzo oficial en 1939. Durante sus años de juventud, en sus 20 y sus 30, se irá encontrando con otra joven con un ansia desesperada por triunfar en sociedad. También huérfana. Y a pesar de su obvia atracción mutua no reconocida por ninguno de los dos, sus vidas se cruzarán repetidamente, pero sin llegar a cuajar una relación.
Estamos ante un libro complejo, en su planteamiento y en su desarrollo. Como ya he dicho, o insinuado, es el propio protagonista quien narra la historia. Pero siempre con la duda de si lo que nos cuenta es cierto o no. ¿Nos podemos fiar de sus recuerdos infantiles, cuando sucedió la tragedia de sus padres? ¿Nos podemos fiar de cómo vive su vida social, ante la inseguridad perpetua del huérfano que no tiene clara su lugar en el mundo? Este es un tema central. Él es huérfano. La joven que aparece y desaparece de su vida es huérfana. La niña canadiense que acoge y cría como si fuera su padre es huérfana. Y sobre todo, en las sobrecogedoras escenas de la guerra en Shanghái, ¿nos podemos fiar de que lo que nos cuenta es lo que realmente sucede? Incluso cuando conocemos el desenlace de lo que sucedió con los padres, algo que no esperas, algo con un punto tremendo, todavía más dramático que lo que creíamos conocer, te planteas dudas de qué es verdad y qué es mentira. Quien dice o cree decir la verdad y quien no. Como digo un relato complejo.
La novela, indudablemente bien escrita, tiene un argumento que nunca sabemos claramente dónde nos lleva. A mí me desconcertó en varias ocasiones. Y quizá por ello sea una de las obras más discutidas del autor. Alguno la califican de las más flojas, el propio Ishiguro dice no estar del todo satisfecho de ella, aunque la mayor parte de las revisiones la sitúan bien. Ishiguro es buen escritor, muy buen escritor, por lo que incluso sus obras más flojas pueden tener más interés y ser mejores literariamente hablando que las mejores obras de otros autores, bien conocidos, pero claramente inferiores. Por mi parte, cuando fui superando los desconciertos, y teniendo en cuenta que hace más de un mes desde que la terminé, lo cierto es que es una novela que ha ido creciendo poco a poco en mi memoria, y caba vez valoro mejor los valores que contiene. Así que me parece muy recomendable. En fin, llevo mucho retraso comentando cosas leídas, después de este comentario me quedarán cuatro lecturas pendientes, y voy por la mitad de otro libro… pero no me quiero precipitar acumulando comentarios, no vaya a ser que me entre algún parón lector de los que me suceden de vez en cuando y me quede sin libros de los que hablar.