Nos llega a la cartelera una nueva película de Studio Ghibli, que parece decidido a renovar su actividad como productora. Y de la mano de Gorō Miyazaki, nos llega una adaptación de una novela de Diana Wynne Jones, Earwig and the Witch (Tijereta y la bruja). Ghibli ya adaptó una novela de Jones, Hauru no Ugoku Shiro [ハウルの動く城] (El castillo ambulante), que es una película muy apreciada por los aficionado a las películas de Hayao Miyazaki, el padre del director de la película de hoy. A veces se genera una confusión, o yo la he visto escrita en alguna parte, porque Jones escribió una continuación a la película de Hauru/Howl, que se titula Castle in the Air (El castillo en el aire), mientras que hay otra película de Ghibli que en castellano se tituló El castillo en el cielo, siendo su título original Tenkū no Shiro Rapyuta [天空の城ラピュタ] (Laputa, el castillo en el cielo), que no tiene que ver, y que toma prestados elementos del universo gulliveriano. También es muy entretenida.
Se ha hecho mucha publicidad de que es la primera película de animación de Ghibli realizada en 3D generado por computadora, lo que lo aleja visualmente de lo que estamos acostumbrados a ver en las películas del estudio. Sin embargo, creo que el problema de la película no es ese… el problema es que la historia es muy floja, muy banal, muy trillada, y no acaba de enganchar por falta de empatía con los personajes. La niña protagonista, Āya (apodada Earwig), resulta a ratos hasta demasiado chirriante. Algo repelente. Las películas de huerfanitas están muy trilladas, y Ghibli tiene una bruja en su catálogo con un carisma tan arrollador, que cualquiera que llegue de rondón va a estar muy mal situada para convencer al respetable.
Hasta ahora decíamos que las peores películas de Ghibli no dejaban de ser películas entretenidas y correctas. Siendo además las de Gorō Miyazaki de las menos apreciadas, aunque a mí no me disgustan, especialmente Kokuriko-zaka kara [コクリコ坂から] (La colina de las amapolas). La de Terramar es realmente más floja, pero no es ninguna catástrofe y es perfectamente visionable.
Notable pinchazo por lo tanto del «heredero» del gran Hayao y del estudio que tantas alegrías nos ha dado, y que en estos momentos se sitúa muy por debajo de lo que están realizando otros estudios de animación nipones. Esperemos que se recompongan. Y se busquen buenos guionistas.
Os hablaba el lunes de la única serie que concibió el director de cine de animación japonés Kon Satoshi (recordemos que en los nombres japoneses, el apellido va por delante). Y hoy voy con la película de este director que vi por primera vez, y en pantalla grande, el pasado jueves en un evento especial en un cine de Zaragoza. Hace algo más de un año, antes de los confinamientos por la pandemia de covid-19, ya pudimos ver en un evento similar la más famosa y alabada de las películas de Kon. Y lo cierto es que esperábamos que siguieran estos eventos con el resto de su filmografía que, lamentablemente, no es muy extensa. Cuatro largometrajes. De los que, antes del evento de enero del año pasado, sólo había visto tres en televisión, y ninguno en pantalla grande. Coincide que la película del pasado jueves es la única que nunca había visto del director, ni en televisión ni, por supuesto, en pantalla grande. Así que estreno para mí, 20 años después de su estrenos en festivales. En España nunca se estrenó en cines, fue directa a DVD, y sólo se ha podido ver en eventos especiales en salas de cine, y la versión digitalizada en 4K actual es una celebración de ese vigésimo aniversario. De momento no parece anunciada la programación del resto de las películas de Kon, en forma de ciclo.
He elegido unas cuantas fotos de Arashiyama en Kioto, porque al final del famoso bosque de bambúes es posible visitar la casa del actor de cine de época Ōkōchi Sansō, y de alguna forma, en la película de hoy, la casa donde vive retirada la actriz protagonista me la recordó.
La película nos cuenta cómo un director de documentales, junto con su videógrafo, se dirige al lugar donde vive retirada desde hace 30 años, alejada del mundo, la actriz Fujiwara Chiyoko. La que durante décadas fue una de las reinas de la pantalla, desapareció de repente, y Fujiwara quiere resolver el misterio de lo que pasó, al mismo tiempo que le entrega un objeto que encontró y que le pertenece, una pequeña llave… que es la clave para entender la vida de la actriz de los mil años. Porque a partir del momento en que le entrega la llave, la actriz le cuenta su vida de una forma absolutamente apasionante.
Por la película es realmente apasionante, divertida, emocionante, trepidante en algunos momentos. Al más puro estilo de Kon, constantemente mezcla la realidad con la ficción de las películas de la actriz. La vida de la actriz se enmarca entre dos famosos seísmos, el primero de ellos identificado claramente como el Gran terremoto de Kanto de 1923, día en el que nació, y menos claramente identificado, al final de su vida el Gran terremoto de Hanshin-Awaji o de Kobe de 1995. Ya digo que no creo que este último esté claramente mencionado, pero es el evento más famoso de este tipo en aquella época, y que marcó el imaginario nipón en cuestiones de catástrofes, hasta el Terremoto y tsunami de Tōhoku en 2011, con la catástrofe nuclear añadida. Al principio de su adolescencia, en la convulsa época de los años 30, dos eventos marcan su vida. Su encuentro con un joven pintor que huye de la infame kenpeitai por sus ideas políticas, que le entrega una llave y del que se enamora, y la propuesta de un estudio para debutar como actriz, lo cual acepta como forma de salir a buscar al pintor a Manchuria. El resto de su vida, hasta su retirada como actriz se ve marcada por estos dos sucesos. Por un lado la búsqueda del pintor, que adquiere caracteres dramáticos en los peores años de la represión durante las guerras de finales de los 30 contra China y contra el mundo en los 40; por otro lado, su prolífico trabajo como actriz interpretando heroínas en todo tipo de papeles y películas, películas que abarcan la historia de Japón desde la época Heian hasta la conquista espacial, pasando por el cine de samuráis o de monstruos tipo Godzilla. Mil años de historia, que dan origen al título, junto con la maldición de cierta bruja de ficción, y que además coinciden con el cambio del milenio durante la realización y el estreno de la película.
Mucho más sencilla de entender que otras películas de Kon Satoshi, conserva no obstante el sello del director. La constante mezcla de escenas de la realidad, con las escenas de sus películas, abren la puerta a una riqueza visual y conceptual impresionante, junto con una acción trepidante en la búsqueda de la actriz de su pintor amado. La diversión está asegurada. Y también la emoción, por las traiciones, por las fidelidades, por los sentimientos puestos en marcha… y especialmente ese cierre final tan espléndido, esa cita final «だって私…あの人を追いかけてる私が好きなんだもの。» [«Porque yo… lo que realmente he amado ha sido la búsqueda»]. Hay quien la ha incluido en listado de las 10 películas de animación que todo aficionado al cine debe ver. Y aunque eso es opinable porque hay mucho donde elegir, tampoco diría yo que no tuviese un lugar digno en esa decena de obras de referencia.
Fujiwara Chiyoko es una actriz ficticia. Los listos de la cosa dicen que está basada en dos actrices reales. A una la conozco, Hara Setsuko, por interpretar a las distintas Noriko de la denominada «trilogía de Noriko» de Ozu Yasujirō. Tres películas independientes entre sí, de la posguerra mundial, en las que Hara interpretaba tres personajes distintos, tres mujeres modernas de la época, de nombre Noriko, que asumían los valores positivos de la tradición nipona al mismo tiempo que se incorporaban a la modernidad como mujeres trabajadoras y que toman sus propias decisiones. La otra es Takamine Hideko, que no recuerdo haberla visto en ninguna película, aunque tiene una filmografía muy extensa. Ambas nacieron a principios de los años 20, ambas se retiraron en los años 70 mucho antes de su muerte y siendo relativamente jóvenes. Y entre las dos rodaron todo tipo de películas abarcando toda la gama que aparece en la película de Kon.
Concluyendo, creo que mi opinión se deduce fácilmente de lo comentado hasta ahora. La película es muy divertida, muy entretenida. Como además no es muy larga, no llega a los 90 minutos, se te pasa en un vuelo. Es emocionante, empatizas con los caracteres. Es un homenaje al cine enorme, que cualquier aficionado al cine agradecerá. Y además tenemos la estupenda animación de Kon Satoshi en su versión más asequible a todos los públicos. Totalmente recomendable.
En las últimas semanas he procurado agrupar las series que comentaba bajo algún criterio más o menos coherente. Saltándome para ello en alguna ocasión el orden en las que las había visto o terminado de ver. En esta ocasión me ceñiré al orden cronológico. De las que tengo pendientes de comentar, estas son las series que antes finalicé de ver. Una me llevo mi tiempo, la otra fue cosa de un fin de semana. Me explicaré enseguida. Vayamos con lo más sencillo de comentar.
Recientemente se estrenó en Netflix la segunda temporada de la surcoreana Joahamyeon Ullineun [좋아하면 울리는, avisa si a alguien le gusto o algo así], popularmente conocida en el resto del mundo como Love Alarm. La primera temporada, que nos hablaba de los amoríos de instituto que desembocaron en que un joven desarrollara una applicación para los móviles que avisa de que a alguien en un radio de 10 m le gusta el portador/a del móvil, y a los problemas que esto trajo para la protagonista, Kim Jojo, interpretada por Kim So-Hyun, una estrella joven en ascenso dentro de la televisión y el cine coreanos. Terminaba en un notable cliffhanger, que demostraba que en el más puro triángulo rectángulo, la joven hipotenusa era pretendida por dos apuestos catetos, uno de ellos con novia oficial, mientras que una modificación en su móvil impedía que nadie pudiera hacer saltar la alarma en el mismo. Habían sido ocho episodios con una historia, aunque serias deficiencias en la interpretación. No entiendo porqué la actriz esta, más allá de que sea más o menos monilla, sea un valor en alza en la interpretación. Porque lo que en la primera temporada era un razonable acierto de reparto, que prometía a pesar de sus limitaciones, en la segunda se ha convertido en un lastre de inexpresividad, empeorado por el hecho de que los giros argumentales debidos a las innovaciones en la trama, se habían convertido en la mínima tensión de un triángulo amoroso, tópico, mal desarrollado y mal interpretado, también por las limitaciones de los dos catetos. Supongo que estaba prevista otra tanda de ocho episodios para completar los 16 tradicionales de las series surcoreanas. Pero imagino que la pandemia a impuesto restricciones en los rodajes, y se han quedado en seis. Que como son de poco más de 40 minutos en lugar de los 60 a 80 tradicionales de las series coreanas,… sirvió para liquidarla en un fin de semana. Una serie que va a la baja, y cuya valoración final, para mí… es que no vale mucho la pena.
Hoy, Tokio,… claro.
Pero mucho más interés despertó para mí Paranoia Agent, título internacional, o sea, en inglés, de la serie de animación Mōsō Dairinin [妄想代理人, agente delirante]. Es razonable, la traducción del título, en esta ocasión. Lo que me atrajo de esta serie de 13 episodios de media hora de duración que se puede ver en Filmin es que es la única serie que salió de la privilegiada creatividad del director japonés Kon Satoshi, prematuramente fallecido a los 46 años, tras una larga enfermedad (eufemismo tradicional para (no) decir cáncer), que en realidad no duro mucho. La cosa fue rápida. Kon es considerado uno de los genios de la animación mundial. Pero no dejó una obra extensa, además de participar como director en algunos episodios de series creadas por otros, y algunos cortos, rodó cuatro largometrajes y creó una serie, la que hoy nos ocupa. Hasta hace unas semanas, yo sólo había visto tres de sus películas en televisión, una de ellas también en la gran pantalla, hace poco más de un año en un evento especial. Con la visualización de esta serie, y la de la película que me faltaba en otro evento especial, la semana pasada, ya he visto todo lo que define a Kon como autor. Y realmente, sí, opino que es uno de los grandes, de la animación, y del cine en general. De la película que vi la semana pasada hablaré pronto.
En cuanto a la serie que nos ocupa, se nota por su factura, sus temas y su argumento que ha salido de la cabeza de Kon. Especialmente, por la mezcla del mundo real y mundos que pueden estar en la fantasía, en lo onírico o en la mente de las personas. Qué vamos a decir si en el título de la serie, tanto en el internacional como en el japonés, aparecen conceptos como paranoia o delirio. La trama circula alrededor de unos ataques que se producen en el distrito de Mushashino en Tokio, en los que un joven que se mueve sobre patines en línea a gran velocidad, agrede con un bate de beisbol doblado a personas que quedan gravemente heridas. Y todas estas personas, antes de la agresión, se encuentran en una situación altamente estresante y con sensación de estar en su vida en un callejón sin salida. La primera de las agredidas es una diseñadora gráfica joven, que tras conseguir el éxito con un personaje con forma de perrito, se encuentra presionada para repetir este éxito con otras creaciones. Pronto comprobaremos que es un personaje central y no meramente la primera de la lista entre los agredidos. Y también tienen un papel central los dos policías que se encargan en principio de caso, sin éxito.
La serie no es sencilla. Está llena de simbología diversa, y a partir del episodio 5 empieza a incluir elementos procedentes de los distintos puntos de vista de los implicados, entrando en el mundo de la fantasía… o de las ideas delirantes. Por lo tanto, quedan como dominantes tres grandes temas. El sentido de culpa que puede surgir cuando alguien mete la pata hasta dentro hasta dentro; la sociedad actual que arrincona a las personas, las estresa y las lleva al extremo con grandes dosis de despersonalización; y el trastorno mental delirante. No me atrevo a decir que sea una serie para todos los públicos, porque no lo es, desde luego no para un público infantil, pero creo que es obligada para los amantes de la animación y del cine/audiovisual en general.
He observado ciertas tendencias en la producción audiovisual japonesa. Hay muchas, muchas series, con frecuencia de animación, que son adaptaciones de una historieta, manga, previa. Y en ciertas ocasiones, con posterioridad, pasan a convertirse en serie de acción real. También sucede con algunos largometrajes. Hoy vamos a ver tres series japonesas que terminé de ver en las últimas semanas, y cómo se comportan dentro de esa tradición.
Ya que de las tres series, la que más me ha gustado es la que nos lleva a un viaje de autorrealización del héroe, un camino muy del gusto budista, nos pasearemos por los templos y camposantos de Koyasan. Donde encontraremos algún modelo en grande de Kannon, similar al más pequeño que veneraba la madre del personaje protagonista.
Alice in borderland es un manga publicado entre 2010 y 2015. En realidad, su título original, 今際の国のアリス [Imawa no kuni no Arisu], debería traducirse como Arisu del país del ahora. El apellido japonés Arisu, sería homófono al nombre femenino inglés Alice, más o menos. La cuestión es que el Arisu del manga es un tío de 20 años y no una niña de 10. Pero es innegable la inspiración en la obra de Lewis Carrol. Al menos, transcurre en un mundo extraño, hay naipes, y un sombrerero loco. El manga se convirtió hace unos años en serie de animación, de la que sólo sé que existe, y en este pasado 2020 en una serie de acción real emitida por Netflix. Tres jóvenes sin oficio ni beneficio, en el borde de la delincuencia, se ven transportados a una realidad alternativa donde están obligados a participar en una serie de juegos para no perder la vida. Cosa que también puede suceder dentro de los juegos. La premisa general de la serie, protagonizada por Yamazaki Kento como Arisu Ryohei y Tsuchiya Tao como Usagi Yuzuha, la habilidosa chica que acabará acompañándole en la peligrosa aventura, está bastante bien. Pero su realización presenta altibajos. Con momentos inspirados y otros que chirrían más. Lo que me pregunto es cómo han conseguido filmar en un Tokio absolutamente vacío. Manifiestamente mejorable, aunque me apuntaré a la segunda temporada cuando llegue.
Stein’s gate comenzó siendo una «novela visual»… es decir, un juego para ordenador o máquina recreativa interactivo, de 2009, que inmediatamente se adaptó al manga, el mismo año, y una serie de animación en 2011. De la misma se derivaron otras series y largometrajes. Lo que he visto en Netflix es una nueva serie, Steins:Gate 0, que es una secuela de la historia original estrenada en 2018. Me interesó porque incluía viajes en el tiempo y la gestión de las paradojas acompañantes… pero me ha costado mucho terminarla porque es un pastiche de estilos y géneros visuales que a veces se me hacía indigesto. Está muy bien valorada en IMDb, pero a mi me costaría recomendarla a alguien que no sea un auténtico otaku. Pero igual soy muy ingenuo al respecto sobre el nivel real de los otaku nipones.
Dororo [どろろ] es, originalmente, un manga muy antiguo. Publicado entre 1967 y 1969, ya tuvo una adaptación a la animación en aquel 1969. Posteriormente una versión en forma de largometraje de acción real en 2007, y ahora, pudiéndose ver en Amazon Prime Video, llega una actualización en forma de animación, estrenada en 2019. Hay que considerar que la animación de 1969 fue… en blanco y negro. La historia engrana muy bien con cierta tradición asiática, budista, cuyo referente principal es el clásico Viaje al Oeste. La historia es el relato de un viaje por el Japón del período Sengoku, en el que durante 100 años Japón estuvo en un estado de guerra civil constante con gran sufrimiento de la población civil. Un señor samurai, Daigo, hace un pacto con los demonios de un templo budista para la prosperidad de su territorio en medio de la inestabilidad global. Como consecuencia, su esposa da a luz a un niño sin órganos, que inexplicablemente vive, probablemente por la mediación de la «diosa de la Misericordia» a la que ruega la esposa [la imagen de la diosa tiene toda la pinta de ser la bodhisattva Kannon, muy venerado en Japón]. Evitada su muerte por la comadrona, es recogido y cuidado, y se le suministran prótesis que unida a su visión espiritual interior que le permite detectar a los demonios, se lanza en busca de estos para recuperar sus órganos y su humanidad. Y en estas se encontrar con «un niño», Dororo, que le acompañará y le ayudará en el viaje (en la película parece que es «un joven»). Está muy bien. La historia es muy interesante, la animación de buen nivel, y empatizas fácilmente con los personajes. Tras Cowboy Bebop y Samurai Champloo,… auténticos clásicos, uno de mis animes serializados favoritos. Muy recomendable. Muy al estilo «Don Quijote», Hyakkimaru sería el héroe en su búsqueda épica, y Dororo, sería el representante de las personas comunes, como Sancho, dentro de la aventura. Una fórmula clásica, que suele dar resultado.
Otra de las cosas que suele ser habitual en este Cuaderno de ruta en estos días del año es que el día 1 de enero lo dedico a comentar la últimas o las últimas películas vistas en el año anterior, para poder hacer el día siguiente el resumen del año. Y así sucederá este año también. La lástima es que las dos últimas películas del año han sido, para mí… suspensos claros.
No me suele gustar el cine de superhéroes. Además de que me parece estar viendo siempre la misma película, suele tener diálogos abominables y situaciones risibles,… cuando no pretenden en absoluto generar la risa del espectador. Pero he de reconocer que cuando vi la primera película dedicada a Wonder Woman hace unos años, encontré paliativos claros. Fundamentalmente por el buen hacer de los intérpretes, que mostraban buena química entre ellos, y por el buen ritmo de la película, aunque hubiera también situaciones y diálogos absurdos en la misma. Así que acepté ver la segunda parte de la historia de la superheroína procedente de la mitología griega… más o menos. Como la película anterior está dirigida por Patty Jenkins.
Ya que algunos personajes de una de las películas de hoy trabajan en un museo… os dejo algunas fotos de una de mis últimas visitas al Museo Pablo Gargallo de Zaragoza.
Desde 1918 hemos saltado a 1984, donde encontramos a una Diana Prince (Gal Gadot) algo aburrida, dedicándose a proteger a los inocentes casi por rutina y con un trabajo en el Smithsonian como tapadera, donde coincide con una compañera, que al contrario que ella no es guapísima, no es estilosísima, no es simpatiquísima y no tiene superpoderes, una tal Barbara Minerva (Kristen Wiig) [notablemente estúpida y oximorónica combinación de nombre y apellido para este personaje. Y luego… pues va por ahí el que obviamente va a ser el villano principal, un tal Maxwell Lord (el «mangurriano» Pedro Pascal). A propósito del descubrimiento de unas misteriosas preciosas, toda la tranquilidad se va a ir al garete, aunque servirá de excusa para sacar de entre los muertos a Steve Trevor (Chris Pine) a quien Diana no ha podido olvidar.
Confirmado por mi sobrino de 11 años, se supone que estos niños se tragan todo, la película es de un aburrimiento supino. Con magras y escasamente originales o espectaculares o diferenciadles escenas de acción, se prolonga durante dos horas y media en una cháchara sin sentido. Y lo que es peor. Los dos protagonistas, que resultaban simpáticos y con buena química en la primera entrega, se presentan encorsetados, acartonados, poco convincentes en su átona relación postmortem… por lo que la película no funciona ni como película de acción ni como drama romántico. Y parece confirmar que Gadot es una actriz muy guapa, guapísima, pero mediocre, mientras que Pine parece no tener muy claro para que le han llamado a esta película. Wiig podría dar más de sí, pero no le dejan, y a Pascal… le toca hacer de gilipollas… ¡qué puede hacer el hombre!
Salvo que seas un fanático de los superhéroes, una película a evitar, que no funciona ni como entretenimiento familiar navideño. Aburrida por de más.
Este sábado me quedé con mi sobrino, que ya he dicho que tiene 11 años, mientras mi hermana iba a trabajar. Y decidí invitarle al cine, a lo que me dijera. Guardaban buen recuerdo, tanto él como mi hermana que lo llevó, de una película de animación de hace siete años, de la que esta sería su segunda parte. Aunque me entraron mis dudas de que los años que han pasado, y con la evolución del niño, la propuesta siguiese siendo válida, acepté. Claro está. Así que fuimos a ver este entretenimiento familiar firmado por Joel Crawford.
En una edad de piedra que parece salida de la imaginación de un yonki en medio de un delirio pastelero o ácido, llena de colores hipersaturados, y en la que debieran advertir del riesgo de provocar convulsiones epilépticas, encontramos las aventuras, absurdas, de dos grupos de humanos prehistóricos. Unos más prehistóricos… que hasta caminan apoyando los nudillos en el suelo… cosa que los antecesores de los humanos dejaron de hacer hace entre 4 y 6 millones de años, ninguna especie Homo ha caminado así, puesto que lo que las define es el andar erguido y el uso de herramientas, se encuentra con otros más evolucionados. Pero sólo en el sentido de que parecen una familia media estadounidense de estas que viven en casitas con jardín y muchas habitaciones. Que no es mucha evolución que digamos. A partir de ahí unas situaciones absurdas que vendrían a demostrar que los seres humanos NO son animales racionales o inteligentes, y que nos llevan a un final feliz porque sí, porque toca.
Soy muy tolerante con los productos destinados a los niños… aunque no tanto como el público en general. Si ya me parece mal que las productoras traten a los espectadores en las películas de acción, me parece mucho peor que lo hagan con los niños, salvo que realmente se trate de educar a espectadores aborregados. Claro, luego se quejan de que opten por quedarse en casa viendo el cine en plataformas por internet o pirateando las entradas. No se les educa el gusto, pero no necesariamente son tan tontos como para seguir pagando por seguro que tonterías. Por cierto, mi sobrino, en un momento dado, empezó a revolverse en la butaca, indicativo claro de que se estaba aburriendo.
Están ustedes avisados. Salvo que odien a sus niños… no los lleven a ver esta película. Y quizá el cine en salas camina a su extinción no por culpa de una pandemia, sino de la idocia general de la humanidad..
Llevo un desmadre impresionante con los comentarios cinematográficos. Y además, ayer, el día se me hecho encima y no tuve ocasión de preparar una entrada para este Cuaderno de ruta. Tiene su guasa que eso suceda el año que hemos decidido que ante los riesgos, no merece la pena celebrar la Navidad. Al fin y al cabo, los que nos juntamos en esas cenas… nos queremos todo el año. Y precisamente por eso, mejor no celebrar nada estos días. En cualquier caso, como yo soy bastante descreído, puestos a felicitar… ¡Feliz solsticio de invierno!
El caso es que para ir avanzando voy a introducir hoy dos películas en mis comentarios. La que lleva más retraso y la que menos. Pero tienen algo en común… los viajes al espacio. Y ahí acaban, casi los parecidos. Bueno. Y que se pueden ver en Netflix.
Aunque a ratos dé la impresión de que en la realidad la humanidad también ha entrado en los inicio de algún tipo de apocalipsis, lo cierto es que la vida sigue. Y ayer, aprovechando que no tenía urgencias sobre compras navideñas, me di una vuelta amplia caminando por la mañana, con una mi cámara Instax, y también una de mis cámaras digitales más recientes, pero armada de un viejo objetivo de los años 50. Y había sensación de paz en las calles de Zaragoza. Hasta entré a visitar una exposición con muchas montañas. De Eduardo Marco Miranda.
Animación norteamericana realizada por los tránsfugas de Disney y Pixar Glen Keane y John Kahrs, en coproducción con China, cuyo plan para dominar el mundo incluye también hacerse con la industria del cine. Son más películas de las que os imagináis donde fluye el dinero chino. En algunas es a la chita callando, pero en esta es con todo el descaro. Al fin y al cabo la película transcurre en China,… y en la Luna, y está basada en la leyenda de la diosa Chang’e, unan diosa que vive en la Luna. También es el nombre del programa chino de exploración lunar, así que doble ración de propaganda para el dictatorial régimen del país más poblado del mundo.
La película va de un niña, Fei Fei, cuya madre muere de enfermedad, y que con catorce años y con su padre «amenazando» con casarse otra vez, de una señora muy simpática con la voz de Sandra Oh, decide irse a la luna a visitar a la diosa Chang’e. Como si fuese una película de Disney, hay canciones, animales que hablan y otros elementos de tono cómico. Y la diosa, en un momento dado, canta como una estrella del mandopop. Que es la copia china del K-pop. Eso sí, con la voz de la estrella de broadway Phillipa Soo. Como manda lo «políticamente correcto» todos los actores de voz son de origen asiático. Aunque no necesariamente chino. Mmmmm… no sé. Alguien protestará.
Por lo demás, es una copia del estilo de las películas «disney» con canciones, y con no demasiado fondo, aunque es entretenida. En algún lugar he leído albanzas a su estilo visual, pero a mí hay momento en que siento que me va a provocar un desprendimiento de retina por el exceso de colorido saturado y en constante movimiento. Cada vez que pienso en cierta película de Studio Ghibli basada en una leyenda sobre una princesa de la luna,… menos me convencen esas apreciaciones sobre el estilo visual de la película.
Pero no está mal. Es una película muy apta para una visualización en familia con los niños, tiene ritmo, unos personajes que caen simpáticos, y suficientemente intranscendente para que mientras la ve la familia, los adultos conversen sobre otras cosas sin perderse nada importante mientras retoman la historia. Dicho queda.
Nueva película dirigida y protagonizada por George Clooney, que parece que le ha cogido cierto gustito a las aventuras espaciales. Aunque esta vez no es el quien se aventura en el espacio. La película está basada en una novela de Lily Brooks-Dalton, que ha alcanzado cierta popularidad en la literatura Ci-Fi.
Mientras una misión espacial vuelve de una luna joviana que nadie había visto todavía a pesar de ser grande y capaz de albergar vida, qué despistado este Galileo, y en la que viaja Sully (de su apellido Sullivan; su nombre de pila, astutamente se lo reservan hasta el final) (Felicity Jones), la otra protagonista de la película, un cataclismo radioactivo está acabando con la vida humana sobre la Tierra. Augustine (George Clooney) un astrofísico que trabaja en una base científica ártica, y que está enfermo terminal, trabaja contrarreloj para intentar avisar a la misión espacial de que no vuelvan y se refugio en el mundo recién descubierto.
No voy a entrar en otros detalles de la historia, entre otros los que tienen que ver con una niña llamada Iris (Caoilinn Springall) para no destripar la historia. Aunque esta… pronto se vuelve bastante predecible. Esta película la voy a aprobar, Justina, por las buenas intenciones, y su razonable buena realización desde el punto de vista técnico, junto con unas interpretaciones suficientemente solventes, al menos de los dos principales nombres del reparto. Pero su guion tiene agujeros enormes. Así como el trabajo de los asesores científicos o ingenieros espaciales, porque hay que ver las tonterías que hacen últimamente las tripulaciones espaciales de ficción. Decisiones absurdas, incomprensibles. Por otra parte, la película tiene dos historias. La del científico solitario en su lucha contra el reloj, y la de la tripulación que regresa y que incomprensiblemente no consigue contactar con los centros de control en Tierra. El caso es que como no se centra en ninguna… no conseguir enganchar con la angustia y el sufrimiento emocional de ninguno de los personajes. Por lo que queda en una historia relativamente pequeña, que a pesar de todo se prolonga por casi dos horas. Es ahí donde falla la historia. En un guion muy mal planteado.
Pero se deja ver. O quizá no. Definitivamente, creo que no le daré el aprobado. Pincha en falso a muchos niveles. Por cierto. Tan obvias son las referencias a otra película, On the beach, que hasta nos muestran una escena de aquella película de finales de los 50. Y que es más recomendable. Y que realmente angustia. Nada más angustioso que un riesgo de muerte invisible.
El viernes pasado recibí una curiosa propuesta para ir al cine. Uno de los «estrenos» de la semana es la versión digitalizada en 4K de un clásico de la animación japonesa, basado en una historieta de éxito, Akira, también un clásico de ese medio. Acepté… por dos motivos. Me gusta la animación, aunque el cyberpunk no sea mi género preferido (habitualmente), y era una oportunidad de reencontrarme con alguna persona de la que la epidemia en curso me ha mantenido alejado. Así que allí nos presentamos en la sala, con el fin de visualizar la versión original de la película dirigida hace 30 años largos por Katsuhiro Ōtomo.
Tokio… claro
La historia transcurre en un futuro distópico postapocalíptico, en el año 2019 (futuro respecto a su época… es curioso, el mismo año en el que transcurre la acción de la Blade Runner original). Tokio fue destruido en una catástrofe, por una «singularidad». Sobre sus ruinas se reconstruyó Neo-Tokio, donde reina la corrupción política, las mafias, las bandas callejeras,… y donde encontramos a dos pandilleros moteros, Kaneda y Tetsuo, en rivalidad con otras bandas. En una confrontación con una de ellas Tetsuo sufre un «accidente» que hace que se convierta en objeto de interés para el gobierno. Y empiece una transformación en algo que recuerda al origen de la catástrofe que destruyó la ciudad en el pasado.
Con estas películas japonesas de cierta época, en los años 80 y en los 90 del siglo XX, me pasa una cosa. Los temas que tratan no siempre me atraen. No por los temas en sí mismos, sino por los caldos mentales que se montan los japoneses, arrastrando siempre sus complejos derivados de los bombardeos nucleares de 1945 y otras catástrofes, que los llevan a un tratamiento que no siempre me apetece seguir. Pero indudablemente son películas de animación de alto nivel conceptual en lo que se refiere al diseño de producción, a la presentación visual, al notable expresionismo de sus propuestas. Y eso me gusta mucho.
La película se me hace un poco larga. En un momento dado, tengo la sensación de que da vueltas sobre sí misma, sin más fin que reiterar secuencias más o menos espectaculares, en un adelanto de lo que se ha convertido el cine de acción en la actualidad. Pero no se puede negar que está bien dirigida y que tiene calidad. Cualquier aficionado al género disfrutará con ella sin duda.
Sigo llevando un cierto retraso en mi comentario de series televisivas. Hoy voy con una serie de producciones, vistas más por curiosidad que por genuino interés. Con consecuencias diversas. Alguna de estas series hace prácticamente dos semanas que las vi.
Paseo por Londres, dedicado a todas las variantes del monstruo de Frankenstein que los dos últimos siglos se han dado.
Dash & Lily es una comedia de situación de ambiente navideño, producción de Netflix. Para nada me había planteado verla, porque estos productos me empalagan sobremanera, pero algunas recomendaciones procedentes de gente que considero bien informada me animaron. No me arrepentí. Un romance adolescente con Nueva York como fondo, en el que dos jóvenes de 17 años, con actitudes distintas ante la vida y la Navidad, ella (Midori Francis), muy naíf, él (Austin Abrams), muy escéptico, entran en un juego a través de un cuaderno en el que se van dejando notas sin llegar a conocerse realmente en persona hasta muy avanzada la serie. Unos diálogos ágiles, unos personajes simpáticos y una gestión de los tiempos internos de la historia muy dinámica llevan a un producto amable, simpático, fácil de ver y de digerir y que no molesta a nadie. Aunque la joven protagonista roza, sin alcanzarla, la categoría de «cargante».
Lo que se llama habitualmente el terror gótico no es lo mío. Por lo que la aparición hace un tiempo en Netflix de una serie procedente de alguna cadena de televisión británica dándole vueltas al monstruo creado por Mary Shelley, paradigma del romanticismo anticientífico por excelencia, no me atrajo de inmediato. La serie, The Frankenstein chronicles, son dos temporadas de seis episodios cada una emitidas originalmente en 2015 y 2017. El protagonista es de postín, Sean Bean, y la cadena de vídeo bajo demanda utilizan mucho la imagen de Vanessa Kirby como reclamo. Pero esto es engañoso. En la primera temporada, realizada antes de que Kirby subiera su cotización por su trabajo como princesa Margarita, tiene un papel secundario, aunque razonablemente importante. En la segunda… apenas la vemos en un episodio. Pero como digo, en estos momentos esta chica igual es un reclamo más importante que su protagonista. Lo cierto es que la serie no está mal. Aunque tengo la sensación de que la segunda temporada sobra. Que lo que había que contar se cuenta en la primera y ya está. Una reimaginación de la historia del monstruo de Frankenstein, curiosamente en un universo en el que dicho libro ha sido escrito por la propia Shelley que es un personaje más de la ficción. Las ficciones de época británicas suelen estar bien hechas y bien interpretadas. Luego ya es cuestión de que la historia, con más semejanzas con Jack el Destripador que otra cosa, funcione o no. Y en esta ocasión lo hace. Aunque esta versión sean tan anticientífica como el texto de Shelley. Como curiosidad, en 2015 no me animé a ver la serie.
Finalmente un corto de animación visto en Netflix. If anything happens I love you dura 12 minutos. Y teniendo en cuenta la duración de los créditos finales, en realidad apenas dura 10 minutos. Es una pequeña pieza muy bien hecha, con una animación muy elegante, sobre un matrimonio que pierde a su hija de nueve o diez años en un tiroteo en su centro escolar. Un alegato antiviolencia y antiarmas directo, claro y si necesidad de grandes discursos. Si tenéis diez minutos, dadle una oportunidad. Se lo debemos a Michael Govier y Will McCormack.
Cuando viajas por Japón, especialmente en el entorno de los santuarios sintoístas, no es frecuente ver a la venta máscaras, caretas de animales, más o menos coloridas. Que algunos llevan, sobretodo chicas jóvenes, en la parte de atrás o en un lateral de la cabeza. Al principio me parecía gatos, pero las más frecuentes son kitsune y representan zorros. Pero hay de una diversidad de tipos, también gatos.
En Fushimi Inari Taisha, conocido santuario en Kioto, es el zorro el animal protagonista. Lo que sí es cierto es que a las nueve y media de la mañana menudeaban mucho más las chicas que los chicos visitando el lugar.
La película que traigo hoy, animación japonesa, debería haberse estrenado en salas de cine. Pero por los epidémicos motivos que ya nos son familiares, acabó siendo vendida para su distribución por Netflix a través de su plataforma de vídeo bajo demanda. Antes de que apareciera como estreno en la plataforma, desde hace algunos meses, había oído hablar de la película, dirigida por Jun’ichi Satō y Tomotaka Shibayama. Incluso había oído la pegadiza canción principal de su banda sonora. Y parecía que podía ser una película interesante. Vamos a ver qué tal.
La historia no resulta especialmente original dentro de la animación japonesa. Dos adolescentes chico y chica, la chica más alocada, más pizpireta, aunque problemas de integración en su familia, con padres divorciados, y con su padre que se ha vuelto a casar. El chico centrado, tranquilo, con ganas de seguir el camino de su abuelo, como alfarero. La chica se cuela por el chico, este no le responde, abrumado por los modos de ella. Y ella acaba haciendo un pacto con un gato tramposo que le ofrece una máscara con la que convertirse en gata y acercarse al chico y conocer sus secretos. Pero la cosa tiene su trampa, y las cosas se van a liar.
Lo cierto es que es una película que se queda en medio de la nada. No destaca ni por ser demasiado buena ni demasiado mala. Su guion no es brillante, pero es funcional y razonable. Su animación está dentro de lo competente en la animación japonesa. Y su planteamiento y resolución, previsibles, pero aceptables. Puede valer para pasar un rato si te gusta la animación nipona. Más dirigido a las jovencitas. Pero tampoco dejará un recuerdo especial en tu memoria. Pues eso. Aceptable, simpática,… y poco más.
Si a los cierres que se anuncian por la enfermedad causada por cierto coronavirus, tengo que añadir que esta semana pasada no he tenido tiempo ni ocasión para acudir a las salas, tengo vacía mi reserva de comentarios cinematográficos. Pero siempre podemos tirar de la caja tonta, de las plataformas de vídeo bajo demanda y de otros recursos para ver cine. Especialmente para recuperar cine. Sobretodo el que tenemos menos ocasión de ver.
En los dos últimos meses, Netflix ha ido sumando a su catálogo el de películas de animación de Studio Ghibli. Lo cual es un puntazo, porque hasta las menos conocidas o aplaudidas son majas de ver. Yo creo que a estas alturas de mi vida he visto ya todas. Incluso la que no es del estudio, porque no se había contituido todavía. En cualquier caso, tienen los derechos sobre la valiente Naushika, que sigue siendo una de mis favoritas entre las heroínas del estudio. Pero hay algunas que sólo he visto una vez. Y es un buen momento para repetir. Salvo una. La película en tiempo bélicos de Isao Takahata es una belleza. Pero la enorme tristeza que genera evita que me anime a volver a verla.
No obstante, Takahata es el responsable de algunos de los títulos más personales del estudio, muy distintos a los de Hayao Miyazaki, pero tan interesantes como los del más conocido, y todavía vivo, director de animación de los títulos más recordados de Ghibli. En estos días me he merendado un par.
Ambiente tradicional nipón… siguiendo la estela del cuento de la Princesa Kaguya.
Hōhokekyo Tonari no Yamada-kun [ホーホケキョ となりの山田くん], conocida en español como Mis vecinos los Yamada es una de las más divertidas y aptas, por sus temas, para todos los públicos. Es más, será más disfrutada por los adultos que por los niños y adolescentes, en la medida en que se sientan reconocidos en los problemas cotidianos de esta peculiar familia. Tiene una estructura de tiras cómicas animadas, microhistorias en la vida cotidiana de los Yamada, salpicados de vez en cuando por bellos haikus de Bashō. No sé muy bien porque la había visto sólo en una ocasión.
Con un estilo visual muy similar a la anterior, y muy distinto del que usa Miyazaki, por ejemplo, y no digamos los directores de moda como Makoto Shinkai, tenemos la maravillosa y poética Kaguya-hime no Monogatari [かぐや姫の物語], conocida en castellano como El cuento de la princesa Kaguya. Es relativamente reciente. Su estreno en España se vio oscurecido porque se produjo casi simultáneamente a la que en su momento se anunció como la última película de Miyazaki, que se llevó la fama mediática. Pero la historia de Kaguya es claramente superior. Basada en una antigua leyenda japonesa, que se convirtió en uno de los textos literarios más antiguo del País del Sol Naciente, El cuento del cortador de bambú (Taketori monogatari [竹取物語]), nos cuenta la historia de la niña que un anciano cortador de bambú encontró en un brote de bambú y que se convirtió en una princesa de gran belleza, inteligencia, bondad y sensibilidad. Con unos dibujos absolutamente preciosos, y una maravillosa banda sonora a cargo de Joe Hisaishi, nunca me canso de escuchar la pentatónica (creo) combinación de Warabe uta [わらべ唄, canción infantil] y Tennyo no uta [天女の歌, canción de la mujer celestial], para mí entra a formar parte del grupo de las obras maestras de Studio Ghibli. Fue candidata al Oscar, perdiendo ante una película claramente inferior desde todos los puntos de vista, salvo los de la limitada visión de los votantes de la academia.
Y también he tenido oportunidad de rescatar por ahí una película que me llamó la atención por un par de razones. Se trata de la coreana Manchu [만추, finales de otoño], conocida fuera de la República de Corea como Late Autumn. Dirigida por Kim Tae-yong, me llamó la atención por estar protagonizada por un actor coreano que actualmente vemos con frecuencias en los dramas de este país en Netflix, Bin Hyun, en plan galán de acción, muy valiente y austero. En la película, ya ves tú, hace de gigolo. Pero es que la protagonista femenina es la china Tang Wei,… que a mí me enamora cada vez que la veo. Cómo me gusta esta mujer. Y aquí hace un papel de joven reclusa, en prisión por haber matado a su marido, que obtiene un permiso de poco más de 72 horas para el funeral de su madre. Una interpretación contenida, de escasas palabras, con unas miradas que desarman. Qué burros los chinos cuando la vetaron durante años por su papel en cierta película de época. Qué nefastas son las censuras. Recordemos que a Tang Wei la pudimos ver hace no mucho en un doble papel en otra excelente película. Cotilleo,… Tang Wei y el director Kim Tae-yong se hicieron pareja, y son felices padres de una niña que dicen que se llama Summer. Qué bonito es el cine…
Seguimos acudiendo una vez al mes a las sesiones únicas del ciclo de animación japonesa que unos conocidos multicines de Zaragoza llevan programando desde hace un tiempo. Y tras la película de enero dedicada al cine de Kon Satoshi, volvemos al Studio Ghibli y a Miyazaki Hayao y sus maravillas con la película que en castellano recibió como título El castillo ambulante.
Las poblaciones típicas alsacianas, a caballo entre la cultura francesa y la germánica, como Colmar y Rikewir, y que sufrieron las consecuencias de las guerras entre Francia y Alemania, fueron la inspiración para el reino en guerra en el que transcurre la acción de la película de hoy.
Es adaptación de una novela de la británica Diana Wynne Jones del mismo título, pero en inglés, Howl’s moving castle (1986), aunque adaptación libre. Han sido varias las ocasiones en las que Ghibli ha encontrado inspiración en la literatura europea, aunque siempre con adaptaciones en las que han introducido cambios argumentales e incluso enfoques, pero sin desvirtuar nunca, como Disney, el original. Quizá el principal cambio entre la versión literaria y la cinematográfica es que esta última es vista como una película antibélica, estrenada en el marco de las convulsas relaciones internacionales con las aspiraciones guerreras de determinados líderes occidentales con el presidente norteamericano a la cabeza, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.
El ambiente es un reino imaginario en el que se combina el realismo, un poco steampunk, con la fantasía de convivir con hechiceros y brujas. Un reino en guerra, estilo guerra del 14-18, en el que Sophie, una modesta sombrerera de 17 años sufre una maldición que la convierte en una anciana de 90 años, y que habrá de aliarse con el misterioso, atractivo e inconsistente hechicero Howl para romper los hechizos que los atrapan a ambos y, quizá, detener la guerra sin sentido que se cierne sobre los reinos vecinos.
Miyazaki vuelve a presentarnos una vez más una heroína extraída de entre la gente común que, ante la adversidad, toma las riendas de su propio destino, y decide que hay que adaptarse a las circunstancias y luchar contra ese destino. Pero siempre sin perder la compasión, incluso hacia los responsables de su propia desgracia, cuando estos también caen.
Un radical no a la guerra y a la violencia, la autonomía de la persona ante su propia vida, la compasión y la solidaridad hacia los demás, unidos a un argumento con pocos peros que ponerle y un animación sin florituras pero ejemplar, hace de esta película un clásico más en la filmografía de Miyazaki. Totalmente recomendable.
Joe Hisaishi es un compositor que ha trabajado en abundancia para el cine. Muchas y grandes bandas sonoras del cine japonés se deben a él. Mientras escribo esta entrada, escucho una lista de reproducción dedicada a las colaboraciones, maravillosas, que hizo con el Studio Ghibli. En concreto, suena una animada pieza de Sen to Chihiro no Kamikakushi [千と千尋の神隠し] (El viaje de Chihiro). La última banda sonora que había compuesto para una película de animación, hasta recientemente, fue Kaguya-hime no Monogatari [かぐや姫の物語] (El cuento de la princesa Kaguya). Pues bien, en las últimas semanas se han estrenado dos películas de animación japonesas que nos vuelven a traer la música de Hisaishi. Paso a comentarlas.
Dado el tema de una de las películas de hoy, nos daremos un paseo por las costas de Japón, en la península de Kii.
Ni no Kuni [二ノ国] (2019; 08/20200129)
Dirigida por Yoshiyuki Momose, esta película se ha estrenado internacionalmente en Netflix sin pasar por las pantallas de los cines, al contrario de lo que sucedió en su país de origen.
Está basada en un videojuego, cuya banda sonora también está compuesta por Hisaishi. Y nos presenta una situación de fantasía en la que existen dos mundos, uno de ellos que podemos considerar el nuestro, y el otro un mundo de fantasía mágica medieval. Unos adolescentes tienen la capacidad para viajar entre ambos, y deben encontrar un equilibrio entre lo que pasa en ambos mundos, puesto que lo que sucede en uno puede tener consecuencias negativas en el otro.
Es un entretenimiento muy simplón para niños y adolescentes, que no supone un especial valor añadido para un adulto. No destaca por nada en especial, pero tampoco es especialmente malo en nada. Un argumento predicible y los tradicionales elementos de las historias de fantasía de este tipo; una película de animación de manual, sin riesgo de ningún tipo, para explotar como mercadería derivada del videojuego. No merece la pena más comentario.
Presentada en occidente como Children of the sea o Niños del mar, el título original de esta película de Ayumu Watanabe significaría más bien algo así como los niños mamíferos marinos. Por aclararnos, son niños de aspecto humano u originalmente humanos, criados por dugongos, que se han adaptado a la vida en el mar.
La película, adaptada de una serie de historietas del mismo título, nos habla de la alianza entre dos chicos con estas características que viven en un acuario con una joven adolescente con problemas de encaje en el mundo, tras la separación de sus padres, que trabajan o trabajaban (no tengo claro lo que sucede con la madre), en dicho acuario. En un momento dado, fenómenos extraños, tras la caída al océano de un meteorito, empiezan a suceder que parecen tener a estos tres jóvenes como centro de interés.
Es difícil valorar esta película. Lo que empieza como una película de aventuras entre adolescentes, entre los que no sabes nunca si puede surgir o no un interés romántico, con el trasfondo de los conflictos de la chica en su vida cotidiana, va evolucionando hacia una película de fantasía (hay quien diría ciencia ficción, pero yo me quedo con el concepto de fantasía), teóricamente llena de simbolismo, aunque algunos de estos símbolos a mí se me escapan, que culmina en un tramo final visualmente abrumador, a medio camino entre la genialidad y el delirio pastillero.
Aunque esos aspectos visuales, acompañados por la música de Hisaishi, son realmente muy interesantes y de primer nivel, lo cierto es que la evolución argumental de la película me expulsó de la película en varias ocasiones, al no existir una gran coherencia en el desarrollo de la misma. Queda más como una suma de ideas, pegadas entre sí de modo forzado, al servicio de la filigrana técnica, que como una historia armada y bien construida con un mensaje claro, especialmente dado el público juvenil al que parecería que va destinado.
¿Es recomendable o no? Pues es difícil de decir. Para los fans del género probablemente sí, pero para quienes no esté hechos a la animación japonesa, casi es mejor que se inicien con otras películas. A mí, al final, no me disgustó, pero tampoco me entusiasmó el resultado. Y me despido mientras suena un tema de Majo no Takkyūbin [魔女の宅急便] (Niki, aprendiz de bruja… en realidad se llama Kiki… pero bueno).