En las últimas semanas he estado muy liado con diversas cosas. Y a eso hay que sumar que no estaba inspirado por la cartelera para ir a las salas de cine. Pero hace unos días nos sacudimos esa pereza para ver esta película dirigida por Benoît Delhomme, un director de fotografía que se estrena como director con este largometraje, no excesivamente largo, y que nos atrae al cine por su reparto. Especialmente por sus dos actrices protagonistas, Jessica Chastain y Anne Hathaway. Por cierto… números redondos. Esta es la película número 30 de este año en mi base de datos de estrenos, y la 1600 desde que empecé a cumplimentarla un 28 de diciembre de 1997.
La película es una adaptación al idioma inglés y a un ambiente nortemericano a principios de los años 60 del siglo XX de una película francesa que yo no he tenido oportunidad de ver. La película, en castellano, lleva el estúpido título de Vidas perfectas, que orienta poco sobre la esencia de la producción, y que da la sensación de que corresponde a una película que ya hemos visto, de algún modo. Dos familias de clase media acomodada, en algún barrio residencial de alguna ciudad norteamericana, todo parece perfecto. Las dos con un hijo de similar edad. Buenos vecinos, buenos amigos… todo bien. Hasta que la muerte de uno de los niños en trágicas circunstancias pone a prueba esta amistad… y muchas más cosas.
La película tiene varios problemas. Ninguno de ellos es la interpretación, ya que el reparto, todo él, incluido el niño, pero en especial las dos actrices protagonistas, hacen lo que pueden, lo que mejor saben. Pero esto quizá no baste, salvo para que la película obtenga el aprobado pelado. El realizador se preocupa mucho por la estética, por el diseño de producción. Todo perfecto. Pero sin alma. Para empezar, porque la película no sabe qué quiere ser. Parece que va a ser una disección del duelo por la pérdida del niño… pero pronto toma tintes melodramáticos hasta que… ¿esto es cine negro… casi terror psicológico? No sé… te pasas la película desorientado, sin saber a donde vas. Afortunadamente es corta, muy poquito más de hora y media.
Aunque, como ya digo, se le puede dar el aprobado por el trabajo de su reparto, lo cierto es que no me atrevería a recomendarla. Le falta sustancia. Y nos olvidaremos pronto de ella. Mal comienzo para este director novel en este tipo de tareas.
Nos costó decidir esta semana qué película ir a ver a las salas de cine. Por costarnos, nos costó decidirnos a ir a las salas de cine. La cartelera no está demasiado atractiva. Y las políticas de exhibición de las salas de cine, especialmente de las únicas en Zaragoza que proyectan versiones originales, no estimulan mucho tampoco la cosa. Es como si hubiera una conspiración para convencer a los espectadores de que se queden en sus casas viendo la caja tonta. En fin… pero la afición es lo que tiene, a veces es capaz de salvar los obstáculos puestos por la estupidez humana. Y además, la película que elegimos está dirigida por Richard Linklater, un director que nos resulta simpático. Y que hacía que no supiésemos qué nos íbamos a encontrar.
No sabía muy bien como ilustrar la entrada… no tengo fotos de Nueva Orleans, y me he decidido por la fotogénica extravagancia neoclásica que es el Palacio de Bellas Artes de San Francisco.
No nos engañemos. Si en estos momentos vemos en la cartelera una película que se titula sicario aunque sea en inglés… pues es que uno piensa en las enecientas películas que se llaman así o parecido, casi todas cortadas por el mismo rasero, y poco interesantes para nosotros salvo contadas excepciones. Pero bueno… siendo Linklater. En pantalla se nos muestra una historia protagonizada por Gary, un profesor universitario de psicología (Glen Powell), que colabora con la policía, porque es un manitas, en las escuchas electrónicas de presuntos delincuentes que llevan a cabo los infiltrados de la propia policía. O sea… nada que ver con la psicología. Pero un día, el madero que tiene que infiltrarse es suspendido de empleo por burro y para salir del paso le piden que haga el de cebo. Y lo hace muy bien. A partir de ahí, comienza a actuar como un falso asesino a sueldo que es llamado por gente que quiere matar a otra gente, y cuando les graban en el acto de contratar al asesino, pasándole el pago por el servicio, son detenidos. Un día, la clienta es una señora muy mona, Madison (Adria Arjona), a la que Gary convence de forma sutil de que no se meta en el jaleo. Lo que no sabe es un tiempo después se la encontrará y empezarán una relación… más sexual que amorosa. Y necesariamente acabará liándose parda. Todo ello, en Nueva Orleans.
La película está inspirada por un tipo que se llama Gary, profesor universitario, que colaboró en la realidad con la policía para detener a 70 personas que pretendían matar a alguien. Aunque ya se avisa al final del largometraje, no cometió alguno de los actos que los protagonistas de la película comenten en la ficción. O por lo menos no consta ni se sospecha. El planteamiento es original. Esto de un tipo, que no es policía, pero que se las apaña bien para encarnar a un asesino… o a muchos, porque crea un personaje distinto para cada «cliente»… pero… El pero. Creo que la película es una oportunidad perdida. La película quiere jugar a muchos palos. A comedia policiaca. A intriga criminal. A romance sexy y divertido. A comedia negra. Pero sin centrarse en ninguna cosa en especial. Va saltando de palo en palo. Por ejemplo, la inmediata, lo que pensábamos que iba a ser al principio, no realiza un comentario, menos un análisis, de la ética de ponerle fácil a una persona el acto de contratar a un asesino. Lo cual le lleva a cometer un delito que, si no se lo hubieran puesto fácil, quizá nunca hubiera cometido.
En otro orden de cosas, los dos protagonistas tienen una razonable buena química y no lo hacen mal, por lo que se podría haber explorado más y mejor la relación, las sutilezas de la mujer, las contradicciones que puede suscitar su posición como víctima/perpetradora… Hay muchas situaciones de ambivalencia y dudas que se podrían haber explotado. O el follón en el que se mete el protagonista que tarde o temprano le tendría que saltar a la cara de forma más compleja y con una resolución menos sumaria de lo que se plantea en la película. En resumen, es una película que se deja ver, pero que no acaba quedando redonda en ninguna de sus facetas. En cierto modo, es una oportunidad perdida, como ya he dicho. Y por ello, deja un cierto regusto amargo, y la sensación de que no va a perdurar en la memoria. No está mal, pero es una pena.
Llevo leyendo desde hace un par de semanas constantes referencia a una taquilla de cine en España en estado letárgico. La gente no va al cine. Es caro. Y la mayor parte de la oferta es mero entretenimiento que da igual ver ahora que después, en la sala de cine o en casa tranquilamente. Y las palomitas y la cocacola salen mucho más baratas en casa. Las puedes comprar donde quieras sin abusos. Y llevamos décadas enseñando un cine de consumo fácil, y el cine como disciplina artística cada vez interesa menos al público. Que cree que una «buena» película es una con mucho presupuesto y muchos efectos especiales. El fin de semana pasado me propusieron ir al cine, pero yo no veía en la cartelera, y en versión original, muchas posibilidades. Propusieron esta secuela/precuela de las películas de Mad Max/del personaje de Furiosa, que interpretó originalmente Charlize Theron. Aquella no la vi en el cine. En casa. En la tele. No me dijo gran cosa. Las dos terceras partes de la película, un montón de gente persiguiéndose, haciendo explotar cosas y matándose hasta llegar a un determinado punto. El tercio restante, lo mismo, pero para volver al punto de partida. No había nada más. De verdad.
No tenía a mano paisajes tan áridos como los de los desiertos australianos donde se ruedan estas películas. Pero en Aragón no faltan paisajes áridos, aunque en esta ocasión aliviados por la laguna de Gallocanta.
Pero la película fue un éxito de taquilla. Por lo que han sacado una precuela con Anya Taylor-Joy en el papel protagonista, dirigida, por supuesto, por George Miller que, aunque ha hecho alguna otra cosita, lleva viviendo de esta saga toda su vida. Taylor-Joy me gusta como actriz… pero ni aun así me apetecía mucho. No tenía otros planes alternativos, así que me apunté a la matinal. Y es más de lo mismo. Muchos efectos especiales, muchas explosiones, muchos muertos, para una historia esquemática, convencional, con unos caracteres esquemáticos, convencionales, apenas definidos. Y en este caso, ni siquiera podemos decir que esté bien hecha, porque en muchas ocasiones los efectos digitales cantan en exceso, y se nota que se ha rodado sobre fondo verde. Parece que el presupuesto no llegaba para una empresa digna de efectos digitales.
Indudablemente, esta película entretendrá a los deglutidores compulsivos de palomitas y cocacolas. Pero es una película absolutamente vacía. Un mero entretenimiento visual en la que incluso los villanos que podrían ser lo más interesante de la película, están desaprovechados y acaban siendo convencionales y poco interesantes. De verdad… o yo soy muy raro, o la falta de cultura cinematográfica en la población es tal… que no es de extrañar que no haya especial interés por el cine… porque en poco tiempo esto lo podrán ver apoltronados en sus casas sin tener que pensar mucho, echando kilos y promoviendo la diabetes, mientras ingieren hidratos de carbono con sal y aceites, y refrescos de soda con más hidratos de carbono y más sodio, sin esfuerzo alguno, ni físico ni mental. Ya está. No hay más.
Esta fue la última película que vi antes de irme de viaje de vacaciones, en una matinal de domingo por la mañana. Una película de animación china, bien vista por la crítica, aunque la opinión de los espectadores en distintas plataformas fuese un poco más fría. Dirigida por Tian Xiaopeng, sobre una historia escrita por el mismo, parece un intento más de la industria cinematográfica china de encontrar un hueco entre los grandes del medio a nivel mundial. También en la animación, un ámbito dominado por Estados Unidos y Japón, con incursiones de otras nacionalidades. Y teniendo en cuenta el enorme potencial de espectadores que tiene el gigante chino. El problema es que las producciones chinas con gran éxito en su país pocas veces consiguen abrirse paso a nivel global. Y hay muchos motivos para ello.
En este caso nos encontramos con la historia de una niña que está de vacaciones en un crucero con su familia. Una familia formada, además de ella misma, por su padre, que se casó en segundas nupcias con otra mujer tras la separación y el divorcio de la madre de la niña, y un bebé fruto del nuevo matrimonio, que atrae toda la atención de los progenitores. Así pues, tenemos una situación de «princesa destronada», que se siente abandonada por su madre, relegada a un segundo plano por su padre y su madrastra, y sin encontrar su lugar en el mundo. Una noche en el crucero, durante una tempestad, la niña cae al agua, para entrar en un mundo alternativo de fantasía y acción, con la promesa de encontrar a la madre de la mano de un extravagante personaje que gobierna un peculiar mundo marino.
La película ha alcanzado las salas de cines occidentales por su buena acogida en la Berlinale de 2023; como ya he dicho, la película ha sido bien acogida por la crítica. El esfuerzo artístico y técnico de producción es considerable. Con una ilustración fuertemente expresionista en su trazo y en su colorido, nos invita a explorar un mundo de fantasía oceánico. Tal es el expresionismo de la película que puede ser abrumadora visualmente en ocasiones, lo cual puede sacar al espectador de la película. Pero indudablemente hay mérito en la realización de este largometraje. Sin embargo, en lo que se refiere a su historia, a su argumento, no deja de ser un pastiche, razonablemente bien ensamblado eso sí, de ideas que ya se han explorado en otras películas. Los temas son el abandono, el duelo, la supervivencia,… pero llega un momento en la película que las piezas empiezan empiezan a encajar y la película comienza a ser predecible. Empiezas a pensar… «ah, esto ya se lo vi hacer a Miyazaki, o esto se lo vi hacer a Ang Lee, aunque los temas sean muy distintos… o esto…», y eso desinfla en parte el interés inicial del film
Al final, y resumiendo, es una película que tiene su interés, pero no acaba de siendo la película redonda, de referencia, la demostración de poderío de la cinematografía china, y que claramente pretendía ser. Incluso su potencial público infantil puede quedar excesivamente abrumado por lo visual, pero también por los temas, aparte del presunto happy end que los responsables del film se sacan de la manga en los títulos de crédito tras el final de la película. Y que no está en el devenir natural de la historia y la película, que conlleva siempre a cuestas sus dosis de drama, e incluso de tragedia. En realidad no es una película amable, aunque al final la quieran convertir en eso. Creo que los chinos siguen sin encontrar su punto, más allá de la películas de artes marciales de época que hace un par de décadas sorprendieron, o producciones puntuales de directores independientes, pero que no van a alcanzar al gran público. Cuando aspiran al blockbuster se nota que no tienen el oficio de los norteamericanos.
Después de haber estado quince días fuera de España, viajando, evidentemente, últimamente, no he ido mucho al cine. Más bien nada. Pero justo cuando estábamos preparando las maletas para abandonar Tokio y volver a Zaragoza, no teniendo mucho sueño, abrí la aplicación de Netflix en la tableta y vi que había un nuevo largometraje de animación japonesa de estreno. Y como estaba muy en situación… en el país apropiado y tal,… me puse a ello. Cuando viajo, llevo activada una aplicación VPN en la tableta y en el teléfono móvil, con objeto de mantener la privacidad de mis datos en las wifis de hoteles y otros establecimientos públicos. Y lo hago a través de un servidor español, por lo que la oferta que me aparece en Netflix es la española. Sin la VPN sería la japonesa… y a saber. Alguna vez le he dado alguna oportunidad. Pero no en esta ocasión. Para que al usar Google Maps, la aplicación más usada durante las vacaciones, y otras, me aparezcan siempre en un idioma comprensible. Que si se me adaptan al entorno empezamos a no entendernos.
El título original de esta película dirigida por Tomotaka Shibayama viene a significar algo así como este demonio me gusta pero no. En español y en inglés lo han simplificado con ese Mi querida oni o My oni girl. Un oni 鬼 es una criatura de folclore de japonés que se traduce muchas veces por demonio y otras por ogro. Según algunas versiones serían demonios encargados de castigar a las personas malvadas, por lo que no serían seres malvados en sí mismos. Pero hay muchas películas y series, de animación o no, en las que los oni son los adversarios malvados de los protagonistas. Una muy famosa en los últimos años es Kimetsu no yaiba 鬼滅の刃, título que hace referencia a la espada del protagonista, una matadora de oni (en inglés, la serie es Demon slayer). Pero en este caso, la oni, porque es una encantadora chiqueta preadolescente con un cuernillo en el lado derecho de la frente, va a ser el revulsivo para el chico protagonista, un tímido de edad similar que es incapaz de decir que no a nada, por lo que los demás se aprovechan o nunca puede hacer lo que le gusta. La chica le pedirá que le acompañe en una aventura para encontrar a su madre que la abandonó con su padre en la aldea secreta de los oni. Y además estarán bajo la amenaza de unos peligrosos kami de las nieves…
A ver… la película tiene un pase, pero muy por los pelos. No hay elementos originales destacables en esta aventura que da la impresión que de una forma u otra la hemos visto ya en alguna ocasión. O que es un refrito de situaciones y propuestas ya vistas. Su director ya dirigió otra película para Netflix, que tampoco destacaba por nada en especial, aunque se veía mejor que esta. Vamos, que en la animación japonesa se hacen cosas mucho mejores, aunque en cualquier otra cinematografía con menos tradición en la animación podría ser un producto entre simpático y casi destacable. Pero claro… es que hay mucho donde comparar. Se deja ver. Nada más.
Tuve ocasión de acercarme al cine de Ryūsuke Hamaguchi «gracias» a la pandemia de covid-19. Ante la imposibilidad de acercarse a las salas de cine, durante un tiempo dediqué parte del dinero que me ahorraba a una suscripción a Filmin. Y en esa plataforma pude ver un par de sus película más destacadas hasta ese momento, como esta o la que comento en esta entrada. Muy interesantes. Pero entonces llegó 2021, y el director japonés estrenó, no una, dos películas absolutamente excelentes, de lo mejor de ese año. Si ya me gustó los relatos de mujeres de la primera de ellas, también me gustó la adaptación de un relato de Murakami que ya había leído previamente. Esta, incluso tuvo cierta repercusión en las salas europeas y americanas, con nominaciones a los Oscar incluidas. Por lo tanto, cuando me enteré de que llegaba una nueva película de Hamaguchi… no me lo pensé.
Y fuimos de los pocos. Porque en esa sesión en versión original a las cuatro y media de la tarde de un lunes, sólo estábamos nosotros dos. Nadie mas. Toda una sala de cine en exclusiva. Miedo nos dio que no nos proyectasen la película, como ya me había pasado en un par de ocasiones en estas salas de cines en el pasado en circunstancias similares. Pero la pudimos disfrutar. Y digo disfrutar con todas las de la ley. Y también, quizá, padecer. Porque por bella e interesante que es la película, su final es un tanto críptico.
La acción, escasa y de ritmo pausado, la película es muy contemplativa, nos lleva a algún lugar del Japón rural. Quizá no muy lejos de Tokio. Pero con montañas, bosques, ciervos salvajes… Allí vive Takumi (Hitoshi Omika) con su hija Hana (Ryō Nishikawa). Libres. El vive de ser el manita que arregla las cosas de los vecinos a los que apoya en sus negocios y en sus necesidades. La niña, de ocho años, va al colegio y deambula por los campos y los bosques. Un día llegan al pueblo Takahashi (Ryūji Kosaka) y Mayuzumi (Ayaka Shibutani), empleados de una agencia que representa a una empresa que quiere instalar un glampín en la localidad. Van a presentar el proyecto y escuchar a los lugareños. Pero lo que parecía un mero trámite, se complica porque estos empiezan a plantear inconvenientes por las repercusiones negativas para el ambiente, sus negocios y sus vidas de esta instalación. Takahashi y Mayuzumi intentarán ganarse a Takumi para la causa. Pero las cosas no saldrán como pensaban.
Hamaguchi, como ya he mencionado, adopta un enfoque contemplativo en esta película. Pocos diálogos. Nunca muy extenso. Planos prolongados. Movimientos lentos de cámara, que muchas veces queda estática fijándose en el moverse de los árboles, del agua, de una persona trabajando. Película llena de pequeños detalles y muchas metáforas. No todas fáciles de entender. Interpretaciones sobrias. Pero buenas. No es la película que recomendaría al aficionado al cine palomitero, en general pasivo y ávido de acción. Es una película en la que el espectador tiene que poner de su parte. Y mucho. Tiene que tomar decisiones sobre lo que está pasando en la pantalla. Y no nos olvidemos, dejando aparte la modernidad de la sociedad nipona en lo tecnológico, los valores fundamentales, las tradiciones, los mitos fundacionales y el lengua son muy distintos y con estructuras muy diferentes a las que surgen de la civilización europea occidental. Pero desde mi punto de vista, si haces el esfuerzo, merece mucho la pena. Una película muy querida y alabada por la crítica, pero que llegará con cuentagotas al público. Y sólo una fracción del mismo. Es lo que hay.
Paola Cortellesi dirige y protagoniza esta película italiana que venía precedida de las expectativas levantadas por el enorme éxito de público cosechado en su país de origen. Y también por esos avances que nos anunciaban un rodaje en blanco y negro, con claras reminiscencias al neorrealismo italiano de la posguerra mundial. Cortellesi ha trabajado fundamentalmente como intérprete, y es su primera incursión en la dirección.
Ambientada en la Italia de 1946, con las penurias de la posguerra, y en vísperas del referéndum que decidió el futuro del país como una república. Y en esa Italia, en un barrio popular de Roma vive la familia protagonista de esta historia, formada por la madre, Delia (Paola Cortellesi), el padre, Ivano (Valerio Mastandrea), la hija casadera, Marcella (Romana Maggiora Vergano), y un chavalillo y el abuelo, Ottorino (Giorgio Colangeli). Una familia que vive en un semisótano, con magros salarios del padre, de la hija y lo que rasca la madre haciendo tareas diversas, especialmente a familias pudientes. La familia tiene bajo nivel educativo, y el padre no permite que la hija se eduque. Y con un problema grave; el marido maltrata sistemáticamente a la esposa, a la que considera poco menos que una sirvienta… una esclava. Pero los tiempos están cambiando, y Delia encontrará el modo de mejorar el futuro de su hija y de rebelarse contra la situación. Especialmente, si puntualmente cuenta con la ayuda del «ejército americano» y de alguna de sus vecinas.
La película, a pesar del drama del tema más importante de fondo, la violencia doméstica ejercida por un palurdo bruto e ignorante, pero que sabe muy bien lo que se hace, mira siempre al lado luminoso de las cosas, y busca siempre momentos de esperanza. Evita regodearse en la violencia, que siempre queda en elipsis, o bien enmascarada en secuencias casi propias de un musical. Los temas, el ambiente y el rodaje en blanco y negro la enlazan claramente con las películas del neorrealismo de los años 40 y 50 del cine italiano. Y cuenta con unas interpretaciones de un excelente nivel, en las que sobresalen, especialmente, y curiosamente,… los hombres. Mastandrea ofrece algunos de los mejores momentos del largometraje, a pesar del rechazo que nos produce el personaje.
Es una película notable. Y totalmente recomendable. El tiempo dirá si se consolida como un clásico, o simplemente como un buen intento, encomiable, imaginativo, pero no tan trascendente cinematográficamente como algunos quieren ver. Probablemente tenga más repercusión, al menos en su país de origen, como fenómeno y reflexión social que como fenómeno cinematográfico, sin querer menoscabar sus valores en este sentido. De hecho, no fue la elegida para representar a su país en los Oscar, ni se ha llevado el David de Donatello a la mejor película, los principales premios del cine italiano. Aunque se llevó un par de premios interpretativos, el guion original, la dirección debutante, y premios de consolación de los premios votados por espectadores y por las escuelas de cine..
Solo 26 horas después de salir del cine, de ver la divertida y espléndida película de Guadagnino que comenté muy recientemente, volvíamos a las salas de cine para ver una película no menos estupenda. Incluso más estupenda. Pero dura, difícil, áspera, incómoda… y sin embargo, de la que no podíamos despegar los ojos de la pantalla y que me estoy planteando volver a ver. Porque hay mucho que ver, muchos detalles que importan, en esta política película de Alex Garland, para mí la mejor que he visto de este director con ventaja. Un director que hasta el momento consideraba que tenía unas ideas excelentes, pero que no siempre acertaba en convertirlas en narración e imágenes. Es más, lo consideraba sobrevalorado. Pero con esta película ya se ha redimido de pecados pasados. Ya veremos si sigue cometiendo pecados en un futuro, o se mantiene en el buen camino del genio cinematográfico.
En estos días, desde que vi la película, he visto muchas valoraciones en internet sobre la película, principalmente de comentaristas norteamericanos. Me llama la atención que muchos consideran que la película no es política, se aleja de la política. Fundamentalmente, porque el director con esta película bélica, no se pronuncia sobre quienes son los buenos y los malos, qué bando representa qué en la polarizada política de los Estados Unidos. Y sin embargo es una película muy política. Y como oí decir a uno de ellos, una película fundamentalmente muy cabreada. La visión de la guerra civil que asuela al gigante norteamericano en un futuro no muy lejano es en su mayor parte periférica. Son muy pocas las ocasiones en las que los protagonistas, cuatro periodistas, se meten en el fregado, antes del fin de fiesta final en el que ya la acción es dominante, aunque no lo más importante. No lo es en ningún momento. El viaje de estos cuatro periodistas de Nueva York hasta Washington D. C. por una larga ruta que les permite evitar las zonas de mayor riesgo nos muestra la degradación moral, social y ética que sufre una sociedad en un conflicto bélico. Y más en un conflicto civil, en el que tu enemigo es tu compañero de instituto. Y con él te ensañas. Desde el punto de vista político, la reflexión no es sobre qué valores son los preferidos, progresistas y conservadores, sino sobre las consecuencias de la ruptura y desaparición de los valores fundamentales que deberíamos considerar comunes; respeto, convivencia, diálogo, renuncia a la violencia. Pero muchos estadounidenses están más dedicados a criticar que una alianza entre California y Tejas sería imposible por su opuesta orientación ideológica. No han entendido nada. Obviamente Garland lo presenta así para indicar que eso no es lo importante.
Cuatro periodistas de tres generaciones. El más veterano que mira el retiro pero todavía se resiste a él (Stephen McKinley Henderson). Están los maduros y experimentados reporteros que han llegado a su plenitud con distinta evolución, uno pidiendo «guerra» (Wagner Moura), otra con desesperanza y dudas (Kirsten Dunst). Y la joven, casi amateur, inexperta pero entusiasta (Cailee Spaeny), que todavía no sabe cómo ha de actuar, cómo tiene que enfocar su trabajo. Es irónico, amargamente irónico, que solo sobrevivirán a esta aventura aquellos con más cinismo en su visión. Y una misión. Ser testigos y fotografiar la caída del presidente que está en el origen del conflicto (Nick Offerman).
Y varias secuencias muy significativas que van retratando las distintas formas de afrontar el conflicto. Pero con una secuencia pivotal, una que marca una antes y después en la película, una que resume todo lo que la guerra tiene de deshumanizador y de brutal. Con un soldado, cuya afiliación desconocemos, en una fosa común para civiles masacrados, magníficamente interpretado por un no acreditado Jesse Plemons, pero que desde ya debería ser candidato firme a una estatuilla dorada en marzo del año que viene, que representa todos esos valores corrompidos, destruidos, las consecuencias más brutales de la guerra. En la más firme toma de posición del director, que muestra que una cosa es que la definición de los bandos no sea lo importante, pero que está lejos de ser equidistante en la polarización actual de la política. No sólo la norteamericana. Y es que la equidistancia es uno de los grandes peligros hipócritas del análisis político y periodístico. Vale ser ecuánime, pero hay que tener claros que valores fundamentales no pueden dejar de defenderse, y de denunciarse cuando se encuentran en riesgo.
Interpretación de muy alto nivel, con especial nota para Dunst, que ya había mostrado en muchas ocasiones su valía, pero que también debería situarla en la carrera hacia los premios. Una joven Spaeny que habrá que seguir, lo que había hecho hasta ahora no me había interesado para atraerme a las salas de cine. Y un conjunto de intérpretes, todos los demás que todos están a excelente nivel. Ya he comentado lo de Plemons. En todas partes hablan de la presencia en el reparto de Sonoya Mizuno, que ha estado en todas las películas que ha dirigido Garland (incluso protagonizó un serie creada por él, que no me convenció en exceso), pero de verdad que su papel es un poquito más que un cameo. Un poquito más.
Mis expectativas sobre esta película no eran muy altas. Y lo cierto es que tenía la sensación de que iba a ser la eterna mirada al ombligo de los estadounidenses, que no me apetecía mucho, a priori. Pero afortunadamente me equivoqué, y afortunadamente nos sacudimos la pereza y, aprovechando la víspera del festivo entre semana, nos dirigimos a las salas de cine para verla. Es prácticamente imprescindible. Un película con demasiados valores cinematográficos y con una reflexión suficientemente profunda como para que haya que recomendarla con carácter general. Otra película que, si no es una obra maestra, se le aproxima bastante.
NOTA: Como aficionado a la fotografía, interesante las dos fotógrafas de la película. A la mayor (Dunst), con una cámara digital (una Sony, aunque esté la marca tapada con cinta aislante negra) y dos ópticas, un Leica de focal fija adaptado, probablemente un 35 mm, no me fijé bien, y un poderoso 70-200 f2.8, más que probablemente. Y la joven (Spaeny) con un la Nikon FE2 «de su padre», un objetivo que no pude identificar, pero cuyas fotos parecen propias de un 35 mm, unos cuantos rollos de película un blanco y negro, y algunos químicos y un tambor de revelado para ir revelando sobre la marcha. Y unas fotos en blanco y negro que se nos van mostrando y que al parecer fue haciendo la actriz con la cámara durante el rodaje. Estupendas.
Estamos en el primer día de mayo. Y eso, desde el punto de vista de los aficionados al cine suele ser una mala noticia. Porque durante la primavera la cartelera suele estar bastante anodina. Puedes esperar que se anime con alguna película europea o de cinematografías asiáticas que no encuentre cabida en la distribución cuando las películas norteamericanas dominan el mercado, como sucedió la semana pasada, y como tal vez suceda en alguna otra ocasión antes del final de esta semana. Pero en general es una época de poco interés. Por ello, no esperaba grandes cosas de los estrenos procedentes de Hollywood en estas semanas. Pero nos estamos encontrando que podemos estar, gracias al festivo entre semana, en una semana gloriosa para nuestro grupito de aficionados al cine. Y vamos con el primer ejemplo de ello, dirigida por Luca Guadagnino, muy de moda en la última década. El palermitano no sólo está haciendo propuestas interesantes y muy bien hechas, sino que además está lanzando a intérpretes jóvenes hacia el estrellato con una gran visión a la hora de seleccionar sus protagonistas. Lo cual no quiere decir que todo lo que haga me interese… pero bueno, son cosas que pasan.
De hecho, cuando vi el trailer de la película que nos ocupa hoy, un trailer que muchos han alabado, la película no me atrajo. Todo indicaba que Guadagnino se había lanzado al cine más comercial, había fichado algunos jóvenes intérpretes en ascenso y cuerpos danone, y se había marcado el típico triángulo rectángulo, con una hipotenusa de muy buen ver tentando a dos jóvenes tenistas y comprometiendo la mutua amistad. Posible topicazo argumental con el tirón de ver en ropa interior, y quien sabe si sin ropa interior, a estos guapos protagonistas. Y algo de eso parece que hay, pero… hay muuuuuuuucho más en esta historia llena de sutileza, dobles significados, metáforas visuales, en la que cuesta menos de lo que parece darse cuenta que la hipotenusa (Zendaya), que lo hace muy muy bien, de Oscar, no es necesariamente el personaje más importante del film.
Recorriendo 13 años en la vida de tres tenistas que se conocen en la adolescencia, y con numerosos flashbacks, se va desarrollando ante nosotros una compleja interrelación de sentimientos y caracteres, donde no siempre los dos catetos (Josh O’Connor y Mike Faist) reconocen qué es lo que realmente les pone y les mueve. Pero dado que a ambos parecen gustarles las salchichas, los plátanos y los churros, el espectador mínimamente espabilado pronto se coscara de lo que realmente nos habla la película. Después de todo, por muy espectaculares que sean las secuencias de los partidos de tenis, y por muy bien que lo haga Zendaya, que lo hace de maravilla, ambos son macguffins de primer orden que mueven la historia de los dos jóvenes. Es algo más complejo que todo eso, no quiero en absoluto desmerecer el papel de la joven actriz, que nos deja con la boca abierta por muchos motivos, pero tengo un espacio limitado para dejar mi impresión sobre lo visto.
Dejando pues sentado que estamos ante unas excelentes interpretaciones, todos los aspectos artísticos y técnicos de la película, magistralmente dirigidos y orquestados por Guadagnino, una excelente montaje, una excelente fotografía, una potente banda sonora, un guion soberbio, hacen que lo que parecía un producto más de cine puramente comercial se acerque, gozosamente, a una obra maestra. Quizá no alcance ese estatus… pero se acerca mucho. Una desvergonzada y maestral película de cine comercial y con tirón que algunos pensábamos que ya no existía, dada la afición de Hollywood a las producciones formulaicas, prácticamente indistinguibles unas de otras. Bienvenido el huracán de viento fresco que aporta el director italiano al panorama cinematográfico actual. ¿Que si recomiendo esta película? Sinceramente, no sé qué narices hacéis sentados en el sofá de casa viendo tontería en la televisión. Sorprendentemente, en España ha tenido un estreno comercialmente muy discreto. Será que tenemos suficiente con las patochadas de la clase política nacional, que parecen escritas por Azcona y dirigidas por Berlanga desde el cielo de los amantes al cine.
No siempre es fácil de digerir el cine de la italiana Alice Rohrwacher. Antes de esta, he visto dos de sus largometrajes y una mediometraje tremendamente simpático. Y siempre ha dejado claro que es una autora que va a lo suyo. Que va a permanecer fiel a su estilo, que va a contar las historias que a ella le apetece contar, que lo va a hacer del modo que ella prefiere, que se mueve ajena a modas, y que no va a permitir que su mensaje, ni en su forma ni en su contenido quede alterado de lo que ella decide. No es fácil de digerir su cine, pero teniendo en cuanta que tiene oficio para dar y vender, por todo lo anterior es cita obligada en las salas de cine cuando estrena nueva película.
Orvieto, ciudad de la Umbria, está en plena Etruria, la región histórica donde habitaron los etruscos. Y, por su morfología, sirve para ilustrar perfectamente las localizaciones de la película de hoy, que están un poquito más al sur, en la región del Lacio.
Suele haber elementos similares en sus historias. La persona de corazón puro que es manipulada por los demás para sacar beneficio de ella. A Arthur (Josh O’Connor), el protagonista de esta película, el dinero sólo le interesa para sobrevivir. Él, básicamente, ama el arte de los etruscos. Y a los etruscos mismos. Y a Beniamina (Yile Yara Vianello), de la que se enamoró y perdió. Pero buscas y colabora con aquellos que rapiñan con el arte para estar en contacto con la belleza y para esperar a su Beniamina. Sólo algunas personas, muy contadas, le mantiene en contacto con la realidad. Como Italia (Carol Duarte), que es portuguesa… o brasileña, no sé muy bien (sé muy bien que la actriz es brasileña; no sé dónde situar al personaje que interpreta),… con sus dos hijos, de distintos padres. Que quiere ser cantante, pero no deja de tener los pies en el suelo. A su modo.
Rohrwacher nos cuenta fábulas. Y las fábulas tiene moraleja. A cada cual descubrirla y asumirla. O no. Para ello, su cine bebe de los clásicos. De los clásicos italianos. De Fellini. Porque hay momentos en esta película que recuerdan mucho a los «recuerdos» del director de Rimini. Pero sin imitar. Adoptando recursos, homenajeando, pero yendo a lo suyo, haciendo lo que le es propio. Es una impresionante directora, Rohrwacher. Sólo le falta que le acompañe el elenco de actores y actrices, que nos son grandes estrellas, si exceptuamos la presencia de Isabella Rossellini, pero que cumplen con nota alta, cada uno en lo que le toca poner de su parte.
Me resulta difícil recomendar esta película, o las películas de Rohrwacher en general. Debería. Porque es muy buena. Pero los gustos del personal están muy alterado por la «comida basura» cinematográfica que nos sirven los grandes estudios norteamericanos. Y uno no puede estar pasivo en estas películas. Como no se puede estar pasivo en las películas de Fellini. Pero eso es lo realmente bueno de esta película. Si entras en el juego… es de lo mejor que podrás ver en el cine en estos tiempos. Quizá no lo mejor en términos absolutos, pero de lo mejor.
Esto de no respetar las versiones en la lengua original de las películas, esto de no respetar los títulos, traducirlos para que queden bien en español… No. Las cartas de esta película no son indiscretas, como pregona el título en castellano. Son maliciosas. Incluso malvadas o perversas, como indica el título inglés. Película de época británica, lo cual es un buen antecedente, dirigida por Thea Sharrock, lo cual es un antecedente regular, por esto, e interpretada por dos estupendísimas actrices, inglesa la una, irlandesa la otra, lo cual es lo que nos llevó a la sala de cine.
En los años 20 del siglo XX, tras la Gran Guerra, en algún lugar de Inglaterra, una solterona que vive con sus padres (Olivia Colman) recibe cartas anónimas de carácter fuertemente ofensivo y con un lenguaje bastante salaz y desagradable. La principal sospechosa es su joven vecina (Jessie Buckley), madre de una niña, viuda, irlandesa inmigrada para pasar de la miseria a la simple pobreza. Una mujer que, a pesar de los reveses de la vida, intenta disfrutar de ella, aunque se gane la fama de casquivana y vulgar. Pero que es acusada, sin pruebas, de ser la autora de las cartas, encarcelada preventivamente, prácticamente condenada de antemano y sin juicio. Salvo que una joven agente de policía (Anjana Vasan), que pelea constantemente porque la tomen en serio en la patriarcal sociedad de la época, decide que algo no cuadra y, con la ayuda de un grupo de vecinas, decide encontrar la verdad.
A ver. De este tipo de películas se han visto unas cuantas. Especialmente británicas. Estupendas en general. Y esta, está bien hecha, en el sentido artesano de la palabra; bien filmada, bien fotografiada, con buen sonido… Está excelentemente interpretada, porque a este trío de actrices, incluso la menos conocida Vasan, les sobra oficio por todos los lados. Pero la ves, te entretienes un rato y poco a poco te vas olvidando. No te deja poso. Le falta algo. Le falta profundidad. Y es algo que le pasaba a la película anterior que vimos de Sharrock, una historieta de amor bienintencionada, pero con mucha menos enjundia de la que parecía. Y que conste que no sabíamos quién era la directora de la película cuando fuimos a la sala. No llevábamos ese prejuicio. Es algo que averiguamos después. Ni siquiera en los créditos asociamos a la directora con sus antecedentes.
Es una pena, porque la película tiene mimbres para haber sido algo más. Pero un guion convencional y una dirección funcional sin más le restan potencial y la dejan en un mero pasatiempo, del que nos olvidaremos en poco tiempo. Se deja ver. Entretiene. Y ya está. Te cabrea que desperdicie el enorme talento actoral que acumula.
Nota: Colman y Buckley coincidieron en una película con anterioridad, aunque nunca salieron juntas en pantalla. Porque hacían el mismo personaje, una de joven y la otra de mediana edad.
No hemos podido ir a las salas de cine desde hace ya casi tres semanas. Así que he tirado de estrenos en plataformas en línea, en Netflix en concreto, para saciar mi necesidad de ver algo de cine. Aunque llegó a la plataforma sin mucho ruido, esta película británica dirigida por Philip Martin presentaba el aliciente de un reparto muy interesante. Y la falta de aliciente de su tema. Pero bueno… había que darle una oportunidad.
Con una película como esta, necesariamente había que ir a pasear fotográficamente por Londres. Pero he pasado de hacerlo por el Londres más aristocrático, y me he ido al «East End», más popular y obrero. Creo.
La película se basa en hechos reales, aunque como advierten al principio, hay cosas que son ficción, que son imaginación, porque no se puede constatar lo que los protagonistas de la historia hicieron en su intimidad, en situaciones no registradas por los medios o no contadas por quienes los vivieron. La historia es la de como los periodistas de la BBC consiguieron una entrevista con el Andrés de York (Rufus Sewell), hijo de la hija Isabel II del Reino Unido, sobre su relación con el millonario y delincuente sexual norteamericano Jeffrey Epstein. Una entrevista que tuvo como consecuencia que se apartará al aristócrata de las actividades de la familia real británica y se le retirarán determinados tratamientos honoríficos. No más alteza real. Se centra la película en la productora de un programa de la BBC, Sam McAlister (Billie Piper), y su empeño para llevar la historia a la pantalla ante la reticencia de sus compañeros, y en reproducir la entrevista que fue conducida por la presentadora Emily Maitlis (Gillian Anderson).
Esta es una de esas películas británicas que no tienen defectos. Pero que más allá de que te supongan 100 minutos de entretenimiento, tampoco van a dejar un recuerdo especial. Con un reparto muy sólido, como es propio de los británicos, y una realización correcta, con sabor a telefilme con pretensiones, es un producto funcional, pero que no parece aspirar a más… y que no consigue nada más. Al fin y al cabo, su realizador procede del mundo televisivo, donde ha dirigido episodios de series y telefilmes, algunos de cierto prestigio. Pero un medio donde el director no tiene la importancia o relevancia que en el largometraje cinematográfico. Y ahí se mueve.
Si sois suscriptores a la plataforma, pues no pasa nada si la veis. Pasáis el rato con un producto digno y ya está. Pero si no… pues tampoco pasa nada si no la veis. Es prescindible. Y aparte está el hecho que el personaje real me resulta definitivamente muy desagradable y eso me resta interés. Por muy buen actor que sea Sewell, que creo que es el intérprete más destacado en esta producción.