Hoy no tengo mucho tiempo para acompañar de ningún tipo de comentario las fotos que técnicamente he presentado en Tregua en la luz inclemente del verano – Hasselblad 500CM con Lomography Potsdam Kino 100. Llevo un poco lío. Con las cosas que tengo que hacer. Y en mi cabeza. Así que nada. Simplemente, fotografías de un domingo por la mañana en el que las tormentas de la tarde anterior, la lluvia, nos dio una tregua del calor con el que se despidió este año la primavera en Zaragoza.
Ya comenté recientemente los cambios que se habían producido en la publicación de las obras de la canadiense nacida japonesa Aki Shimazaki en España. Como consecuencia, como ya anunciaba, he cambiado la forma de aproximarme a la obra de esta escritora. Sus dos primeros quintetos de novelas cortas relacionadas entre sí se habían publicado en España como obras únicas, lo cual ejercía un efecto beneficioso sobre el coste final para el lector. Pero ahora que se publican como obras individuales… ya no suponen ninguna ventaja sobre el original en francés, por lo que he decidido recuperar el tiempo perdido con el tercer quinteto de novelas cortas pasándome a los originales de Shimazaki. No tengo especial problema en leer en francés. Quizá un poquito más despacio, pero sin más. Así que esta primera novela corta de la serie La sombra del cardo, o debería decir ahora L’ombre du chardon, aunque la lea en «desorden», después de la que se publicó en segundo lugar, la he leído en francés.
Ambientada la novela, como la anterior, en Nagoya, y en ciudades cercanas, y no disponiendo fotos de esa populosa ciudad, opto por algunas instantáneas en la más tranquila Kamakura.
Azami, 薊, aunque también en katakana アザミ, así se presenta la entrada sobre estas plantas en la Wikipedia JA, es el nombre que recibe en japonés la planta del cardo, especialmente los del género Cirsium. Y es el apelativo poético con el que el protagonista de esta novela corta llamaba en secreto a la niña, compañera del último año de la escuela primera, que le gustaba. Y de la que no volvió a saber más. Ahora, adulto, felizmente casado con un esposa ejemplar y dos retoños,… bueno felizmente pero sin relaciones sexuales,… tras un encuentro casual con otro compañero de la época, acabará reencontrándose con Azami. Aunque esta no ha llevado precisamente la vida que imaginó para aquella niña despierta e inteligente. Azami es la protagonista de la novela corta que leí recientemente, la segunda de la serie, Mitsuko.
Después de haber leído los dos primeros títulos del ciclo, parece que el hilo conductor, el elemento común o protagonista, es la atractiva y compleja mujer que conocí en la novela anterior. Pero centrémonos en el hecho de que el personaje principal en Azami es el hombre. Está redactada en primera persona, el punto de vista de lo que está sucediendo, de cómo se reencuentra con su ambiguo compañero de escuela, de cómo provoca el reencuentro con Mitsuko, de cómo inician una relación y cómo toma decisiones trascendentes en su vida, es el punto de vista del protagonista masculino. Y por lo tanto, un narrador no fiable; incluso si es una narrador honrado, no conoce toda la información. Una persona en una encrucijada. Entre un matrimonio presuntamente perfecto, pero con una importante vía de agua, la ausencia de relaciones físicas íntimas con su por lo demás perfecta esposa, y la poderosa atracción que siente hacia la antigua compañera, siempre misteriosa, con una vida compleja. Debemos tener en cuenta que, si se leen las novelas en el orden en que se publicaron, sabemos muy poco de Mitsuko. Mientras que tal y cómo las he leído yo, el punto de vista del lector es muy muy distinto. Se puede hacer, cada novela corta se puede leer de forma independiente, pero cambia mucho en la imaginación del lector.
Después de la potente y compleja historia que leíamos en Hōzuki, quizá este relato no tiene el mismo tirón, la misma contundencia en los sentimientos del lector. Pero estamos ante el mismo estilo de escritura, una literatura a la que no es difícil acceder, pero que tiene profundidad, y que transpira su origen asiático aunque esté escrita en francés, en sus ritmos, en sus puntos de vista, en las descripciones y en la presentación de sus personajes. Recomendable, como no podía esperar de otra forma, creo que hubiera sido bueno leer estas dos primera novelas de L’ombre du chardon en el orden en el que fueron publicadas.
La relación entre fotografía y cinematógrafo es evidente. Parten de principios similares técnicos similares, de tecnologías compartidas, para llegar a formas de expresión distintas, pero con puntos en común; la imagen captada mediante la luz. Dejando a un lado animaciones generadas por ordenador y similares, en la que no hay proceso fotográfico de base. Pero bueno… en general. Así pues, no son raras las gentes de la fotografía que también han filmado, y menos en estos tiempos en que cualquier cámara fotográfica tiene también funciones de filmación, y tampoco son raras las gentes del cinematógrafo que han dedicada tiempo y esfuerzo a la fotografía fija, como la llaman ellos. Muchos de ellos son, entre los que conocemos, son directores. Por supuesto, directores de fotografía también. Y no son raros los intérpretes. Hoy hablaremos de Agnès Varda, que también se sirvió de la cámara fotográfica, tanto para preparar sus películas como para documentar aquello que le interesaba. Nos han hablado de ello en The New Yorker.
Mes y medio después de volver de San Francisco, y aún no he tenido tiempo de revisar todas las fotografías del viaje. Y apenas he empezado a pensar cómo lo reflejaré en mis álbumes fotográficos tradicionales tras cada viaje. Ayer encontré tiempo para repasar algunas fotografías del Palacio de las Bellas Artes, un lugar muy fotogénico. Incluso con una pequeña cámara compacta como la Sony ZV-1.
La pareja artística conocida como Albarrán Cabrera, Ángel Albarrán y Anna Cabrera, llevan años trabajando, y poco a poco, afortunado se han ido ganando el respeto de los conocedores y aficionados a la fotografía, por su expresivas imágenes en las que no dudan en experimentar y utilizar todo tipo de procesos, convencionales y alternativos. Auténticos artistas plásticas que trabajan la luz y los materiales en los que la recogen. Nos han hablado de sus últimos trabajos en Clavoardiendo Magazine.
35mmc es un sitio web dedicado originalmente a la fotografía con película tradicional, aunque si desdeñar hablar de fotografía digital, y que sólo muy de vez en cuando hablan de cuestiones que pueden trasladarse a estas líneas. Pero esta semana han hablado del proyecto The End of the Dream, una serie de instalaciones en grandes carteles publicitarios, en las que se reproducen a gran tamaño fotografías que pueden contemplar las gentes que pasan sobre los riesgos que amenazan el nivel de vida en California; la sequía, los incendios del medio natural y los problemas con la vivienda. El fotógrafo, Thomas Broening, usa para sus fotografías veteranas cámaras Leica de la serie M, para película fotográfica.
En Lensculture hemos podido ver algunas fotografías de la ucraniana Hanna Hrabarska, actualmente en los Países Bajos, que documentan su periplo huyendo con su madre desde su hogar en Ucrania hasta instalarse como refugiadas de guerra en el país occidental. El punto de vista de Hrabarska es el de dirigir el objetivo de su cámara hacia su madre, reflejando la tristeza del éxodo y la nostalgia del hogar. De los muchos trabajos que han surgido con motivo de la guerra en el este de Europa, este es uno de los que más me ha llamado la atención.
Finalmente, me ha llamado la atención en AnOther Magazine un artículo dedicado a cómo las fotógrafas ven y viven la maternidad. Especialmente la propia. Son muchas y muy diversas las fotógrafas que han seleccionado, así que no las voy a detallar todas. Pero me ha gustado el planteamiento de muchas de ellas.
Cuando en la primeros años de los 2000 se empezó a popularizar el mercado de las Tres Culturas en Zaragoza, denominado así por la hipotética convivencia pacífica de judíos, musulmanes y cristianos… hipotética, como digo,… era razonablemente agradable bajarse al entorno de la plaza de la Seo, pasear entre los puestos de artesanos, ver alguna exhibición de cetrería y otras artes, y tirar algunas fotos. Pero en los últimos tiempos, para mí, se ha convertido en una actividad que no me planteo ni de borracho.
En estos momentos, en las fechas en las que se celebra, suele hacer un calor horrible. Las temperaturas del mes de junio en Zaragoza se parecen más a las de los julios de antaño que al final de la primavera. A lo que hay que sumar el calor que despiden los hornos y las brasas de las parrillas en los puestos de comida. Y por otro lado, va tanta gente, es tal la muchedumbre que se forma a las horas más civilizadas, por la tarde cuando hay más sombra y no pega el sol de canto… que se convierte en una actividad agobiante.
Este año pasé por allí circunstancialmente, mientras probaba un rollo de película fotográfica del que hablo en Hay una chica nueva en el vecindario – Fujifilm GS645S Wide 60 con Foma Ortho 400. Eran las 11 de la mañana, el calor no estaba en todo su apogeo, las muchedumbres no habían llegado… pero aun así no me apeteció quedarme mucho rato. Pasé, hice alguna foto, y seguí mi camino. Este tipo de eventos no son para mí.
Con esta película belga (y lituana, y como es una coproducción, de otros países), rodada en inglés por Kristina Buozyte y Bruno Samper inicio un cambio en mis comentarios cinematográficos. En los últimos tiempos están disminuyendo las oportunidades de ver películas en versión original en Zaragoza. Una vez que te acostumbras a ellas, el doblaje, si realmente te gusta el cine, se convierte en algo que debería ser considerado como crimen contra la humanidad. Y además, de los estrenos que semanalmente se producen en España, sólo llegan algunos. Cada vez queda más claro que el oligopolio de distribuidoras y exhibidoras son cualquier cosa menos agentes culturales. Van a a lo que van. Al dinero. No fomentan nada más. Al menos en mi ciudad. Así que hemos quedado en que cada semana, si hay oportunidad, iremos a las salas de cine. Pero si no, buscaremos la forma que sea de acceder a un estreno reciente y quedar a cenar en casa de alguien del grupo y verlo en conjunto. Y empezamos con esta película de 2022, pero estrenada esta pasada semana en España, aunque no en Zaragoza. Pero hay formas de ver acceder a ella.
El tiempo lluvioso y neblinosos de los bosques de Carezza en los Dolomitas nos servirán para ilustrar el ambiente de los bosques en los que está rodada la película, más que probablemente localizados en Lituania.
La película llega con buena opinión de los críticos, aunque con una recepción más fría por parte del (reducido) público que la ha visto. Es una película del género que se llama posapocalíptico, aunque no trate del fin del mundo, pero sí de una debacle de la civilización. En esta ocasión, los problemas que sean, ambientales y de distribución de la riqueza, intentaron ser resueltos con avances en la ingeniería genética. Pero los resultados se desmadraron y las consecuencias fueron el derrumbe de la civilización. En el momento en que comienza la acción, muchos seres humanos intentan sobrevivir como buenamente pueden en medio de la miseria, mientras unos pocos viven en ciudadelas donde monopolizan recursos de supervivencia. En este cuadro, seguiremos las aventuras de Vesper (Raffiella Chapman), una inteligente joven de 13 años, y Camellia (Rosy McEwen), una mujer joven creada por ingeniería genética, para sobrevivir. Tanto a los abusos de los privilegiados de las ciudadelas como a quienes entre la miseria tratan de parasitar a sus semejantes.
Esta película se cuece a fuego lento. Más allá de una presentación con un texto escrito en pantalla que te sitúa en el universo de la película, no da muchas explicaciones a mucho de lo que ves, propio de la ciencia ficción. Deja el margen de libertad suficiente y razonable a la inteligencia del espectador, frente a esas superproducciones que dan explicaciones largas, molesta y generalmente sin sentido a cosas que son meros macguffins de la historia. Está hecha con pocos medios, y sin embargo crea sin problemas un mundo distinto, razonablemente verosímil. Y a partir de ahí confía en una realización con suficiente oficio, en la historia y en el buen quehacer de sus intérpretes para sacar adelante el largometraje. Y lo consigue. No vamos a decir que sea el colmo de la originalidad. Pero sus tesis se mantienen sin problemas, plantea sus dilemas sin pretensiones pedantes y con claridad, aunque sólo profundice lo suficiente en los temas, consigue que empatices con las heroínas de la película, y acaba siendo una aventura difícil, dura en ocasiones, pero entretenida, con un final (por los pelos) optimista.
Con mucho mérito por parte de sus intérprete, seguramente no pase a la historia del cine como una película de referencia, o una película de culto, o esas cosas que a veces se suponen de este tipo de producciones, pero es digna y visible. Allá donde tengan el privilegio de que la película sea programada en condiciones adecuadas. Si no, en este mundo, formas hay de ver estas películas.
Normalmente comento las series de televisión agrupadas por ciertos criterios. Series occidentales, series con un determinado tema, placeres inconfesables surcoreanos, animación japonesa (o de otros países)… lo que sea. Pero hoy, voy a mezclar. Porque aunque podría haber hecho una entrada dedicada a los placeres inconfesables surcoreanos, he decidido que agruparé varias series de este país que ya he visto con otra que estoy en proceso, por compartir protagonista femenina. Mientras, estoy muy interesado en una serie china que adapta una novela que me interesó mucho, siendo que la serie también tiene su punto, pero tiene 30 episodios. Y hay un par de series más en las que voy avanzando cuando encuentro tiempo. Que no siempre tengo tanto como les parece a algunos. Especialmente teniendo en cuenta que yo, a partir de las 9:30 de la noche, habiéndome despertado a las 6:30 de la mañana, y sin dormir nunca siesta… no valgo nada y estos pensando en que me quiero ir a dormir. Soy como los niños, si no duermo mis horas soy un zarrio. En fin vamos con una emblemática serie de este siglo XXI y con un placer inconfesable (o confesable) surcoreano.
Fotográficamente, nos iremos a Inglaterra, país de origen de una de las series de hoy.
Mucho se ha hablado de Black Mirror desde su impactante estreno en la BBC allá por diciembre de 2011, y las obligaciones impuestas a un primer ministro británico por el secuestrador de una princesa. Actualmente una serie exclusiva de Netflix, en esta sexta temporada hemos percibido una deriva en el tono y en los temas. Originalmente, la serie estaba orientada hacia la reflexión sobre los retos y los peligros que imponen las nuevas tecnologías de la información, con mucha atención a los desarrollos de las redes sociales, los mundos y realidades virtuales y las (llamadas) inteligencias artificiales. Aunque de vez en cuando han flirteado con el género de terror, normalmente anclado en lo anterior. Pero si esta temporada comenzaba con un episodio claramente heredero de su tradición e intenciones iniciales, un fenomenal Joan is awful, poco a poco ha ido derivando a un predominio del género de terror, el cual ocupa por completo el último episodio de la temporada, Demon 79, homenaje al terror demoniaco de los años 70 y 80 del siglo XX, que no ha gustado mucho al público votante de IMDb, pero que a mí me ha parecido fenomenal, lo cual es notable dado que no soy especialmente aficionado al género de terror. Y con un episodio central, Beyond the sea, a caballo entre los dos géneros y la ucronía, con aventura espacial incluida, que también está muy bien, muy bien. Son los otros dos episodios de la temporada los que me resultan más de relleno. Quizá la serie esté lejos de sus mejores momentos, y no soy especialmente partidaria de la deriva hacia unos temas distintos de los que la inspiraron. Pero reconozco que hay buenos materiales en ella todavía. La duración de algunos episodios, más de 75 minutos, los convierte en pequeños largometrajes, mejores que mucho de lo que se estrena habitualmente en la pantalla grande. De momento, me seguiré apuntando a temporadas futuras.
Recientemente me he encontrado con un fenómeno curioso. Tres series surcoreanas. En dos de ellas, la protagonista recuerda sus vidas pasadas (eso de la reencarnación es muy propio de Asia en general, aunque pocos entiende bien cómo «funciona»). En dos de ellas, hay peleas entre familiares por el poder empresarial en un hotel de lujo y prestigio. O sea, hay una que mezcla las dos cosas. Por lo que hasta que me puse al día, nunca sabía cual estaba viendo. Bueno…. dos de ellas todavía están en marcha en Netflix, pero Geunomi geunomida [그놈이 그놈이다, ese tipo es el tipo], conocida internacionalmente por títulos en inglés como To all the guys who loved me o Men are men, entre otros, se puede ver entera porque es una serie de 2020. Es de esas series que sólo te aparecen en la oferta de Netflix en España si configuras la interfaz para el idioma inglés. Creo que si la configuras en español no aparece. El caso es que es un triángulo rectángulo amoroso, en la que la hipotenusa y uno de los catetos se han criado como hermanos, estando él colado por ella, mientras que el otro cateto y la hipotenusa fueron pareja/matrimonio/novios en sus tres vidas anteriores, con finales trágicos. Y ambos recuerdan (él) o han recordado pero olvidado (ella) esas vidas anteriores. Por otra parte, ella ha decidido no casarse nunca y ser una mujer profesional e independiente, editando o creando webtoons, un género muy pujante en Corea del sur. La mayor parte de la serie está en clave de comedia romántica, que es donde mejor funciona, especialmente por la buena química entre los protagonistas, liderados por la chica Hwang Jeong-eum. Pero también tiene su parte de drama e intriga… que funciona peor. Al final, podría haber terminado sin problemas en el episodio 14 de los 16… pero lo prolongan tontamente hasta ese número total en dos episodios sin interés. No es ninguna maravilla, pero entretiene. Y hay un tema que te mantiene intrigado. La chica, ya una mujer de 37 o 38 años, 32 para el personaje de la serie… pero constantemente te da la sensación de que ha pasado por una remodelación en profundidad de «chapa y pintura» en algún cirujano plástico… y no acabas de sentirte cómodo. No sé si es cierto o no. Es simplemente una sensación, que compartí con alguna que otra amistad que vio algún episodio de la serie. Estas coreanas se operan demasiado, de forma para mí totalmente incomprensible. Nota: No confundir la serie con un largometraje adolescente, también de Netflix, con un título similar, norteamericano, pero con protagonista de origen asiático.
No ando yo muy inspirado últimamente. Fotográficamente hablando. Es el verano. Muchas horas de luz. Pero luz que, aunque abundante, no inspira. Luz dura. Luz fría. con esos cielos azules monótonos, sin detalle. Y con calor. Mucho calor. Como bromean algunos, «disfrutad de este verano, que va a ser el más fresquito del resto de vuestras vidas». No me gusta el verano para hacer fotos. No me pasa a mí en exclusiva; les pasa a muchos aficionados a la fotografía.
Aun así, intento mantenerme entrenado. Unas vez con más éxito y otras con menos. En esta ocasión… con menos. Unas instantáneas intentando aprovechar la luz más civilizada de primeras horas de la mañana, cuando me dirijo a mi lugar de trabajo. Los detalles técnicos, pocos, en Instantáneas a primera hora de la mañana – Fujifilm Instax SQ6 con Instax Square color. Veremos que tal el rollo de blanco y negro en formato medio que hice el domingo. O el de color a primeras horas de la mañana del sábado, cuando intentaba que no se me comieran los muchos mosquitos de este año.
En las últimas semanas he roto en cierta medida el bloqueo lector que me atenazaba habitualmente en los últimos años. Y voy sacando adelante novelas cortas y libros de relatos con cierta fluidez. Me cuesta mucho más centrarme en novelas largas. Todo lo que pasa de 250-300 páginas en formato papel me da una pereza tremenda a pesar de qué tengo varios en reserva que me parecieron muy atractivos en su momento. Curiosamente, esta nueva concentración en la lectura, por modesta que sea, contrasta con la poco motivadora cartelera cinematográfica, que se agrava por el hecho de que hay muchos estrenos semanales que no llegan a Zaragoza, o no lo hacen en versión original. En estos momentos, de antes había una oferta de entre 7 y 10 películas en versión original, ahora hay sólo cuatro, y ya hemos visto tres. En fin… vamos con los libros, que es lo que toca.
Laura Ferrero es una editora, periodista y escritora española que hace unos años autoeditó esta colección de relatos cortos en una plataforma en línea. Red social literaria se autodenominan… Alguna vez me he acercado a estas plataformas, pero nunca me han atraído realmente. Por muchas imperfecciones que tenga el proceso editorial en los tiempos actuales, especialmente en las grandes editoriales o grupos editoriales, me gusta que un libro haya pasado por este proceso antes de llegar a mis manos. Mis experiencias hasta el momento con la autoedición no han sido positivas. Y además con métricas engañosas, como esas de «el libro más léido/descargado en la PlataformaX durante el años 20XX», en las que simplemente, cuando se vende por dos euros en formato electrónico frente a los diez euros, o algo así, de los libros con un proceso editorial tradicional… pues dijeramos que el precio sesga mucho la probabilidad de compra impulsiva, o de quien no tiene muchos recursos para gastar.
En cualquier caso, esta colección de relatos cortos que recibe el título prestado de uno de ellos, tras ese primer lanzamiento en autoedición, recibió el interés de Alfaguara que lo volvió a lanzar al mercado, con algunas modificaciones y algunos relatos añadidos. Esta es la edición que he leído. Alfaguara, antaño, fue una de mis editoriales de cabecera. Leí muchos libros de bolsillo de esta editorial en los años 90 del siglo XX. Pero luego ha ido sufriendo los vaivenes de las fusiones y adquisiciones del mundo editorial, perteneciendo ahora a un grupo multinacional, y no la percibo mal, pero no de la misma forma que antaño. Son 26 relatos cortos los que nos presenta esta colección. Realmente cortos. Algunos muy cortos. Se leen en pocos minutos. Y se centran en el sentimiento de pérdida, especialmente. Con frecuencia, la pérdida del ser amado, por lo tanto nos hablan del desamor. Pero también hay pérdida de las padre o la madre, de la familia, de los hijos, de los amigos, de un lugar… No necesariamente física.
Bien valorado en general, a mí me ha dejado un poco frío, aunque pueda reconocer buenas maneras en la escritura. Pero es que en algún momento he empezado a sentir que la autora se regodea de una forma extrañamente insistente en los mismos temas. Una especie de pornografía del duelo, el desamor y la soledad… temas que son muy habituales en la literatura, especialmente en la contemporánea, por la alienación que impone en muchas ocasiones la sociedad urbana actual, pero que han sido tratados por ello en profundidad con éxito por muchos escritores, sin necesidad de esta insistencia. En 26 relatos. Lo cual te da la sensación de que en ocasiones estás volviendo a leer un mismo relato, aunque no lo sea. Que estás dando vueltas en círculo constantemente. Y, lo que es peor, siempre sobre el mismo grupo social y cultural, esa clase media de treintaytantos, quizá cuarentaypoco, con estudios universitarios, generalmente de una carrera de letras y humanidades, que se dedican a cosas parecidas, en un ejercicio de umbilicoscopia constante, en la que no parece que haya mundo o gentes más allá. Por lo que, aunque estén razonablemente bien escritos, lo cierto es que al final,… cansan un poquito.
No está mal… pero no me han dejado con ganas de leer más de lo que escribe Ferrero. Demasiado miedo a seguir dándole vueltas a lo mismo. Y chicos y chicas… hay vida más allá de las pérdidas que todos experimentamos tarde o temprano a lo largo de nuestras vidas.
Teníamos una conversación curiosa hace unos días. Cuando yo era un adolescente o un joven de veintipocos, las personas con tatuajes no eran frecuentes. Y además, quienes los llevaban no eran precisamente aquellos a quienes las madres de la época querrían como yernos; legionarios, carcelarios, marineros… Era así la cosa. Simplemente, la generación de mi hermana, que es nueve años más joven, ya empezó a llevar tatuajes. Al principio, pequeños, discretos. Poco a poco más amplios y característicos, como cuando se pusieron de moda en las mujeres los de la zona lumbar, y luego llegaban los anestesistas y no querían poner la epidural en los partos para no arrastrar las partículas de tinta al líquido cefalorraquídeo en el espacio subaracnoideo junto con el anestésico, montándose el pollo con las quejas de las parturientas. Y hoy en día, lo raro es encontrar a una persona de ciertas edades, un amplio intervalo de edades, que no lleve uno, o varios, o muchos. Y no son distintos de cómo éramos nosotros cuando teníamos 20 años y mirábamos con aprensión a las personas tatuadas. Durante mi primer viaje a Japón no visitamos ningún onsen 温泉, típicos baños de aguas termales de origen volcánico, frecuentes en el país por la geología del archipiélago nipón. Durante el segundo sí, porque nos alojamos en algunos ryokan 旅館, alojamientos tradicionales japoneses, que incluían ondeen. Y allí nos encontramos con una norma frecuente en estos establecimientos… prohibidos los tatuajes. Y es que en Japón, los tatuajes se suelen asociar a la yakuza, el crimen organizado del lugar, y eso es así porque fueron prohibidos tras la restauración Meiji, por motivos de imagen nacional, y así fue durante años. Volvieron a estar permitidos tras la guerra mundial. Pero la consideración de mal gusto permanece en la mentalidad del país, por lo que hoy en día todavía son raros. En Another Magazine nos muestran el trabajo de Akimitsu Takagi, un escritor que escribió novela negra con personas tatuadas, pero que también se documentó fotográficamente, durante varias décadas del siglo XX, unas fotografías que no eran conocidas y que recientemente han visto la luz, mostrando ese mundo de bajos fondos donde sucedían los tatuajes en el País del Sol Naciente.
Llevo un tiempo enyando con el uso del flash en la fotografía de aproximación. En esta ocasión con un flash anular al que he podido acceder, un tipo de accesorio al que nunca había accedido. Y que puede ser muy interesante, aunque no en cualquier situación.
Como contraste a lo anterior, me han gustado los retratos del dúo de fotógrafos contemporáneos Fotómetro, Rona Bar y Ofez Avshalom, la mayor parte de ellos jóvenes, aunque no exclusivamente, en los que ponen de relieve aquellos detalles del atuendo, los complementos, o las alteraciones corporales, por ejemplo los tatuajes, que sirven para marcar la individualidad de cada una de las personas, en el entorno que constituye su espacio personal más íntimos, con los pequeños detalles que significan el ejercicio de la libertad personal del retratado. Los retratos me han resultado estéticamente interesantes y agradables, y en un plano más subjetivo, creo que resaltan la humanidad de aquellos que en ocasiones viven fuera de los cánones estéticos que las costumbres y las modas imponen. Lo hemos visto en Booooooom. Me quedo con las ganas de saber por que este duo de israelíes que vive y trabaja en Londres, usan un nombre para su dúo en castellano, con la tilde incluida.
Al igual que no soy muy partidario de enlazar recomendaciones de los sitios patrocinados por las marcas de cámaras, por su obvios sesgos, tampoco las recomendaciones de los medios oficiales de las redes sociales o de los servicios en internet, por idénticas razones. Promocionan a sus clientes principales. Pero curiosamente, Irene del Pino, protagonista de un artículo con entrevista en el blog de 100ASA, curiosamente trasnochado nombre, no parece ser cliente de este servicio de portafolios compartidos, al estilo de 500px, pero algo más serio. Aunque muy enojoso de usar. Ni siquiera tiene cómo buscar a un fotógrafo,… o yo no he encontrado la forma. De hecho, del Pino no parece tener presencia propia en internet, hay que encontrar su trabajo en otros lugares. El enlace que he puesto en su nombre corresponde a los Encuentro Fotográficos de Gijón, porque me ha parecido razonablemente completo. Del Pino se define como fotógrafa documental, que registra los cambios en el paisaje, natural o urbano, con o sin presencia de personas, aunque el factor humano está presente habitualmente. Su estilo me ha gustado. Obviamente es una fotógrafa reflexiva, que camina, que recorre, que regresa a los lugares, para encontrar el mejor ambiente, la luz adecuada, la forma en que refleja adecuadamente sus sentimientos sobre el lugar.
Finalmente, en Lenscratch nos han mostrado otro trabajo de una fotógrafo documental, la neoyorquina Sant Khalsa, pero criada en California, y que ha recorrido el sudoeste americano donde proliferan los establecimientos destinados… a vender agua. Sin más. Exclusivamente agua. Sin propiedades. Sólo, con adjetivo tipo «cristalina», «pura», «paradisiaca»… La mercantilización del bien común, sin más. Y que también refleja una realidad social. La deficiente calidad de los suministros de agua potable a través de los grifos de los hogares, especialmente en los lugares donde la pobreza es más rampante. Lo cual afecta todavía más a estas magras economías, con la curiosa paradoja de que muchos de estos establecimientos están regentados por inmigrantes, latinoamericanos, coreanos, chinos,… que de esta forma parasitan a sus propios congéneres. Un trabajo sencillo… y sin embargo notable en su profundidad.
Hoy comento en El viaje fotográfico de Carlos unas fotografías procedentes de un rollo de película que dejé olvidada en una cámara… y que a pesar de una sucesión de errores y malos entendidos conseguí salvar con cierta dignidad. Os dejo por aquí algunas de ellas.
La cuestión es que si con una cámara digital hubiera cometido el error de sobreexponer las fotos tres pasos, es decir, darle 8 veces más luz de la que necesitaba para formar correctamente la imagen, las fotografías se hubieran arruinado con seguridad. No se podrían haber salvado. Y es que en ocasiones, más de las que creemos, las viejas tecnologías nos salvan la cara. Por ello, aunque son partidario del progreso tecnológico, creo que conviene conservar las viejas tecnologías. Por si acaso.
No mucho que comentar aquí. Este conjunto de relatos interrelacionados es una continuación de una novela costumbrista japonesa que leí el año pasado, escrita por Shion Miura. Hace unas semanas apareció esta continuación de oferta, y la cogí. No es que la novela sobre la vida entre las gentes que se dedican a la explotación forestal en la península de Kii me entusiasmara, pero sí me entretuvo. Por lo tanto, como supuse que esta segunda parte tendría un tono similar, lo reservé para cuando decidiese hacer una lectura con poca preocupación, ligera.
Los bosques de la península de Kii, en la región de Kumano Kudo, el camino de peregrinación que atraviesa los montes y los bosques.
En aquella primera novela seguíamos a Yuki, un joven recién salido del instituto, forzado a ser aprendiz en la industria forestal en Kamusari, un lugar ficticio en el interior de la prefectura de Mie, próximo a la prefectura de Nara. Un lugar que como pude comprobar yo mismo es hogar de altos y rectos cedros y otros majestuosos árboles, que crecen favorecidos por las altas pluviosidades gracias a los vientos húmeros del Pacífico y al clima templado, aunque con inviernos potencialmente fríos, que trae la confluencia de la corriente marina cálida de Kuroshio con la más fría de Oyashio. Pues bien, tras pasar un año de aprendiz, Yuki decide quedarse en el lugar. Y en esta segunda entrega lo encontramos dedicándose a trabajar en los bosques, mientras de vez en cuando, por la noche, va escribiendo relatos que mezclan sus peripecias personales, especialemente su desesperación por ligar con la guapa Nao, profesora de primaria del lugar, algo mayor que él, con las leyendas, mitos, y acontecimientos del pasado que han marcado el presente del lugar. Sinceramente, tenía la curiosidad de si ligaría con Nao o no… a pesar de que sigo sin estar convencido de que no fuese un tensión romántica no resuelta un poco forzada.
Este libro tiene las mismas virtudes y los mismos defectos que su predecesor. Algunas de sus historias y relatos son muy entretenidos, enganchados en las tradiciones y los mitos nipones. Por lo que es una lectura ligera, pero no banal en este punto, que se sigue con agrado. Pero por el contrario, en otras ocasiones, esa idealización del vida rural en los bosques, la idealización de los habitantes del lugar… pues me resulta más inverosímil, y tensa más mi suspensión temporal de la incredulidad, que las leyendas sobre antiguos dioses serpientes de los que descienden las gentes de Kamusari. Pero bueno. Ya he dicho. Buscaba una lectura sencilla, fácil, sin complicaciones y entretenida. Y en eso, el libro, cumple. No disponible en castellano, he leído la traducción al inglés, que estaba tirada de precio. 0,95 euros más 0,04 euros de IVA. Su precio habitual está entre los cuatro y los cinco euros, que tampoco es para arruinarse.
Las series de animación japonesa, o anime アニメ que traigo hoy aquí forman parte de lo que podríamos llamar una experimentación que estoy haciendo desde hace un tiempo. Y supone presentar series que voy viendo a lo largo de meses, unas más rápidas y otras más lentas, porque veo los episodios de entre 22 y 30 minutos encajándolos en momentos tontos a lo largo del día si es que surgen. Y lo que estoy haciendo es intentar recorrer un número amplio de géneros de la animación japonesa. Ya adelanto que la mayor parte de estas series no son recomendaciones, porque se orientan a un público objetivo que no soy yo. Generalmente a un público adolescente o juvenil, con unas características demográficas muy concretas, más las distintas adjudicaciones a distintos subgéneros.
La moda y los estilos de Takeshita Dori en Harajuku, Tokio, se acomodan bien a los de las protagonistas de alguna de las series de animación de hoy.
Yakitori [ヤキトリ] es una aventura espacial bélica. Originalmente, yakitori 焼き鳥 es un plato japonés frecuente, unas brochetas de pollo a la parrilla. En la serie, de seis episodios de 45 minutos, que se puede ver en Netflix, es el mote que reciben una unidad de «marines» interestelares, humanos, que se supone son los más prescindibles, carne de cañón podríamos decir, de un ejército interestelar, en un futuro en el que la Tierra ha pasado a depender de una federación interestelar alienígena. En algunos aspectos recuerda a los Starship troopers de Robert A. Heinlein, pero sin el tufillo militarista fascista, ya se quiera entender en la obra de Heinlein como se quiera entender; como una apología del militarismo o como una parodia sutil de esta ideología. Lo mismo vale para la adaptación cinematográfica de Verhoeven… que expresamente dijo que quería hacer una parodia sarcástica… sin convencer a todo el mundo. En esta serie, está claro que los amos del asunto y del ejército son los malos, y por lo tanto plantea a sus protagonistas como rebeldes, que se rebelan negándose a ser simplemente carne de cañón en sus misiones. Mi opinión está en un… mmmmmmmm… no tengo muy claro si me gusta. De hecho, este género de acción bélica de carácter futurista en la literatura, el cine y el anime japonés no suele ser de mi gusto… aunque hay excepciones, así como su adaptación cinematográfica. Con seis episodios parece más corta que las habituales temporadas de animación japonesa, pero con 45 minutos por episodio, dura lo mismo que una de 12 episodios de 22 o 23 minutos de duración. Pero encaja peor en mi dinámica para ver estas series.
Go-Tōbun no Hanayome [五等分の花嫁, múltiples traducciones he encontrado… quizá una novia en cinco quintas partes, pero también una novia de quintillizas; no sé] es popularmente conocida fuera de Japón como The quintessential quintuplets. Y pertenece a un género que nunca había experimentado, y al que es extremadamente improbable que vuelva. Dirigido directa y claramente al adolescente varón y hormonado, se le ofrece una fantasía de manual; la posibilidad de relacionarse habitualmente con un grupo de quintillizas idénticas y monísimas, las cuales acaban enamorándose de él, y entre las cuales al final tendrá que elegir a una. Normalmente me parecería indigerible si no fuera porque la historia y sus guiones tienen su gracia, en muchas ocasiones digna heredera de la screwball comedy, que sí es un género que me divierte aunque ahora sea raro por lo políticamente correcto, lo cual es paradójico, porque fue la forma en que en los años 30 y 40 del siglo XX se reivindicó el papel de la mujer autónoma e independiente frente al varón. Eso es así al menos en la primera temporada. Y el cierre es una largometraje de más de dos horas de duración absolutamente prescindible, ya que lo que se cuenta se podría haber resumido en uno o dos episodios normales de 25 minutos de duración. La terminé, me costó un montón de meses, pero no es recomendable salvo para su población diana objetivo. Creo. Aunque tenga algún momento divertido. Creo que a muchos no gustó el desenlace,… que fue obvio desde el momento en que en algún momento de la segunda temporada desvelan uno de los misterios del pasado de los protagonistas. Así que no entiendo el posible barullo.
Yamada-kun to Lv999 no Koi wo Suru [山田くんとLv999の恋をする, Enamorarse de Yamada en el nivel 999], generalmente conocida en inglés como My love story with Yamada-kun at Lv999, o simplemente Loving Yamada. Si en la serie anterior predominaba el exceso de hormonas masculinas, esta está pensada para el otro bando, el de las femeninas. Y con grave riesgo de diabetes por exceso de glucosa en ocasiones. Y sin embargo no es una mala serie. Lo que pasa es que también… solo es recomendable para su público objetivo femenino y joven. Un chica universitaria de primer o segundo año se ve abandonada por su novio, que ha ligado con otra, y entra en un estado de depresión del que saldrá a través de un juego de ordenador multijugador, gracias a las interacciones en el juego y en la vida real con sus compañeros de juego. Ella entra en el nivel más bajo, Level 1 o Lv1… pero cuando conoce al joven Yamada, más joven, todavía en el instituto, retraído pero guapo y atento. Como vemos… también una fantasía de manual. Al máximo nivel, Level 999 o Lv999, como en el título. Pero esta vez para chicas. Volvemos a lo mismo, sólo recomendable para un segmento demográfico específico, que vive unas determinadas fantasías, pero que no puede resonar fuera de ahí. Y tan irreal como el anterior, si nos pusieramos un poco cínicos. Al mismo tiempo he de decir que sus creadores han desarrollado algunos caracteres muy notables, con quienes puedes generar empatía. Y no está mal hecho en absoluto. Lástima que no hayan abierto su presentación a un público más amplio. Pero no.
Esta es la primera ronda de experimentos. Bueno,… la primera serie es la típica de Netflix a la que me suelo apuntar, con mayor o menor éxito. Este deseo de conocer mejor el género y formar opinión viene de buenas experiencias del año pasado. Especialmente, cierta familia de espías, que sí resultaba disfrutable a cualquier edad y por cualquier género/sexo. Tengo varias series más en reserva para comentar. Poco a poco.