Hoy sol y buen tiempo, demasiado sol, en nuestra última jornada de paseos fotográficos en Suiza. Por el cantón de Jura… de donde viene lo de jurásico, tenga o no que ver con dinosaurios. hoy no ha tenido que ver.






Hoy sol y buen tiempo, demasiado sol, en nuestra última jornada de paseos fotográficos en Suiza. Por el cantón de Jura… de donde viene lo de jurásico, tenga o no que ver con dinosaurios. hoy no ha tenido que ver.






Tras visitar la Fondation Beyeler por la mañana, fuimos a pasear por Colmar, Francia, por la tarde.






Por la mañana, hasta después de comer, en Basilea. Luego en Rheinfelden, a orillas del Rin, tanto en la Suiza como en la alemana.






Un día haciendo fotos y charlando de cámaras fotográficas en estas ciudades próximas a Basilea.






Día de trenes y avión para llegar a Basilea al anochecer.



Un beau matin (2022; 24/20230402)
Nos llega a la cartelera una nueva película de la directora francesa Mia Hansen-Løve, con la siempre interesante Léa Seydoux a la cabeza del reparto. No hace tanto que pudimos ver otra película de Hansen-Løve, una directora que siempre hace planteamientos interesantes, pero que en mi percepción no siempre resuelve satisfactoriamente. Suele basar sus guiones, sus historias, en sus propias vivencias vitales, y en esta ocasión no hace una excepción, ya que la película vino inspirada por la enfermedad de su propio padre.

Ejemplo típico de película sin una historia definida, que se centra en lo que los propios franceses definieron o sistematizaron como une tranche de vie, en español hablaríamos de los recuentos de la vida, un intervalo en la vida de una o varias personas, sus inquietudes cotidianas, sus preocupaciones, sus alegrías, sus relaciones. Y en esta ocasión seguimos a Sandra Kienzler (Seydoux), madre de una niña en torno a los nueve años, viuda. Trabaja como traductora ya que domina varios idiomas, su padre es austriaco. Y su padre, profesor de filosofía (Pascal Greggory), está enfermo, padece un enfermedad neurodegenerativa, que le impide ver aunque a sus órganos de la visión no les pasa nada, y que progresivamente le lleva a la dependencia y al deterioro cognitivo. Por lo que han de buscarle una residencia donde lo atiendan. Y también tiene sus propios problemas de relación, al «colarse» por un antiguo amigo (Melvil Poupaud), casado, en una relación que no es fácil de conducir.
Como muchas de las películas o relatos literarios de este género, este filme de Hansen-Løve se caracteriza por su realismo. Por su naturalismo. Con una cámara que va acompañando constantemente a la protagonista en su vida cotidiana, con una banda sonora extremadamente sobria, la acción se acompaña de los sonidos del ambiente, no de la música, y con una representación verosímil de los hechos. De las relaciones. De la vida en un pequeño domicilio parisino. De la realidad de hospital, de las residencias de ancianos de todo tipo, de la enfermedad, de la soledad de los ancianos, de las tribulaciones de una madre en familia monoparental,… Como muchas películas francesas de este tipo tiene una calidad casi documental.

Y esto último siempre me supone un problema, porque soy de los que cuando quiero ver ficción, quiero ficción, y si quiero ver documental, busco las cualidades del buen cine documental; esos productos intermedios muy propios del cine social francés… no me suelen enganchar. Pero en esta ocasión hay algo que salva la película con claridad. Bueno… varias cosas. Primero, que el guion de la propia directora, con su recorrido a través de las estaciones del año, con suaves y bien gestionadas elipsis, está bastante bien. Y en segundo lugar, la presencia y la interpretación de Léa Seydoux. Ya he dicho que me parece una actriz muy interesante. Y aunque su carrera es suficiente diversa como para que haya de todo, bueno y malo, siempre me fascinó, desde que pude ver en televisión La belle personne, una película de 2008, en la que empezaba a destacar dentro de su país. Pero claro… ha pasado mucho tiempo, desde aquel momento en que tenía 22 o 23 años hasta los 36 o 37 con los que rodó la película que nos ocupa hoy.
Los reparos con los que suelo ver este tipo de cine francés quizá hagan que mi valoración personal de la película sea modesta, pero la verdad es que es una película que puede ser muy recomendable, con buenos valores, tanto cinematográficos como interpretativos, y que supone un bello y honesto retrato de una mujer real, actual, con problemas auténticos, con los que muchas mujeres pueden sentirse identificados, pero sin perder su punto de romanticismo y encanto.

Ya hablé hace unos días de cómo se vuelcan las instituciones, el Ayuntamiento en especial, en las zonas verdes de la ciudad en vísperas de elecciones. También en estos días hemos comprobado como «inauguran» otras, como la ampliación del parque Pignatelli, un lugar que me ha acompañado toda la vida, pero especialmente mi infancia, por ser lugar de juegos y correrías durante mis años niños y preadolescentes. De momento lo que han «inaugurado» o abierto al público es una gran extensión de cemento y tierra marrón, con algunas estacas que llaman árboles, que denominan zona verde aunque el verde sea un color que brilla por su ausencia. Pero las fotografías que comento en Revisando las filtraciones de luz de la cámara – Olympus mju-II con Ilford HP5 Plus me han hecho pensar en cómo el Parque Grande de Zaragoza sí que es heraldo habitual de los cambios estacionales en la ciudad.

En aquellos días, todavía invernales, las ramas de los árboles se encontraban desnudas de hojas. Ni siquiera se apreciaban los brotes de las que habían de salir. En los parterres brotaban las primeras flores, incipientes narcisos que se apreciarán mejor en un futuro rollo de película en color, que ya está revelado, pero no comentado. Era día agradable de aspecto, soleado, pero desapacible en la realidad, por un viento fresco, con fuertes rachas conforme avanzó la mañana.
Ahora, a principios de abril, cinco semanas después, no mucho más, la primavera ha entrado de forma manifiesta. Incluso si en estos días ha regresado el viendo fresco, a ratos desapacible, como el de esta mañana. Pero mis fotografías más recientes del Parque Grande, fotografías digitales con cámara modificada a espectro completo, extendido en el ultravioleta próximo o el infrarrojo cercano, muestran ya que la vida se ha recuperado. Hojas incipientes en los árboles, que se ven blancas en el espectro del infrarrojo, las «sakura», flores de cerezo kanzan ornamental se muestran ya en su esplendor, y los tulipanes reinas donde los narcisos ya se han marchitado.

El Parque Grande de Zaragoza es uno de los espacios más agradables de la ciudad. Que podría ser mejor, con un poquito de dinero del que se gastan muchas veces en tonterías. Del que podemos, o podríamos, estar orgullosos. y disfrutarlo. A ver si es verdad. Incluso si el cierzo no nos lo pone fácil.
Otras fotos de aquel rollo de película en blanco y negro… en otros espacios verdes de la ciudad.


Si quiero hacer todo lo que pretendo a lo largo de la mañana, tengo que ser breve. En fin. Hace un tiempo que no visitaba despacio los artículos de Blind Magazine. Esta semana he encontrado varios artículos interesantes. Y la fotografía en color, en sus primeros tiempos, tiene mucho que decir. Durante unas décadas se consideró que la fotografía seria, artística o documental, era en blanco y negro. Que el color era para aficionados o para revistas «bonitas»,… de mujeres. Pero yo creo que no sólo está al mismo nivel, sino que es más complejo y meritorio. Y es que hay que añadir a la creación fotográfica una dimensión más.

Elliot Erwitt es conocido sobretodo por su fotografía en blanco y negro, llena de humor y humanidad. Pero en este artículo nos descubre que también usó el color, y con ventaja. Y con Marylin Monroe incluida. Un genio, este fotógrafo.
También en Blind Magazine, nos hablan de la gran capacidad de Pete Turner, fotógrafo estadounidense tremendamente vistoso, para usar el color. Colores potentes, saturados, a veces pictóricos. Otro fotógrafo que hay que conocer si queremos entender mejor la fotografía en color.

Raul Ariano es un fotógrafo italiano en China que sigo desde hace un tiempo en Instagram. Me gustan mucho sus retratos llenos de humanidad. Y me gusta mucho su serie de retratos a distancia, en video llamadas durante los dos meses de confinamiento en Shangái por la covid-19 hace aproximadamente un año.
Me ha gustado mucho el pase de fotografías sobre la historia de la fotografía de la Tierra vista desde el espacio, con una selección de fotografías tomadas por los astronautas de la Nasa entre 1961 y 1972. Es sumamente importante la contribución de la fotografía a la ciencia.
Finalmente, un artículo sobre los menonitas en Norteamérica, vistos por el ojo fotográfico del canadiense Larry Towell (Instagram), a lo largo de 10 años. Recordemos de que una de las películas más interesantes del principio de año transcurre en una colonia menonita de Sudamérica, donde cosas tremendas sucedieron. Aun siendo relativamente moderno, un documentalista clásico de Magnum Photos, todavía en activo.

Retour à Séoul (2022; 23/20230326)
Me apresto a ponerme al día en temas que aparecen en este Cuaderno de ruta. En los días de Semana Santa faltaré unos cuantos, en los que pasaré en este blog al modo sólo fotos. Y seguro que sumo algún tema del que hablar en los próximos tres días. Y por lo tanto me dispongo a comentar una tercera película esta semana, esta vez vista en salas. Fue un poco casualidad que fuéramos a ver esta película francesa, aunque fue propuesta por Camboya para los Oscar en lengua no inglesa. Su director es Davy Chou, francés hijo de refugiados camboyanos en Francia, huyendo del sangriento régimen de los jemeres rojos. Y las críticas que leímos antes de ver la película eran normalistas. Positivas, pero sin entusiasmos. Lo que sucedió es que la versión original se proyectaba en salas de cine a una hora muy propicia para acercarnos a verla. Así de tonta nuestra motivación. Y esta sucesión de eventos fue un hecho realmente realmente afortunado.

La película se basa en las vivencias de una amiga del director, nacida en Corea del Sur, adoptada por una pareja francesa, o belga, o suiza,… no estoy seguro, con quien en 2011 estuvieron buscando a los padres biológicos de la moza. Y fue una experiencia que les marcó. Así crea una ficción sobre Freddie (Park Ji-min), una joven de 24 o 25 años que cuando se aprestaba a volar a Japón para un par de semanas de vacaciones como mochilera, se encontró con un tifón que canceló vuelos, y la compañía aérea se propuso cambiar el destino por Seúl. El caso es que Freddie fue una bebé adoptada por un matrimonio francés en Corea del Sur. Nunca ha vuelto al país. No se ha interesado por él. No conoce el idioma. Y no se ha interesado por sus orígenes. Pero con la recepcionista del albergue juvenil (Guka Han) donde se hospeda y otros conocimientos que traba en la capital coreana, le entra el gusanillo de conocer a sus padres biológicos. Y hay… cambia su vida, en un recorrido por la misma que dura ocho años en tres actos en Corea y un pequeño epílogo en Rumania.
Sinceramente, no estaba yo con ganas de ver nada sobre el tema de los niños adoptados en procesos internacionales de adopción. Son película que tienden o al excesivo buenrollismo o al melodrama. Y la última que vi sobre el tema, una película canadiense que se salía de la norma en parte, no dejaba de ser un melodrama, me dejó tan buen sabor de boca, que no me apetecía estropearlo. Pero he aquí que de repente descubrimos que Freddie… es un poco… bastante borde. Al mismo tiempo que encantadora; hay momentos que te la comerías. Y en otros que te horroriza con sus decisiones vitales o profesionales. Con una monumental interpretación de una actriz no profesional, ya que su dedicación profesional es artista audiovisual e ilustradora, por lo que entiendo. Es coreana de nacimiento y está afincada en Francia, pero no es una niña adoptada. Pero quizá ahí están las bondades de la película. La vida es un barullo. La vida de Freddie es un barullo, gordo, desde el momento en que aterriza por primera vez en Seúl. Un lugar que, más adelante en la película, confiesa que es tóxico para ella. Y luego ese alternar entre el drama y tonos de comedia amarga, especialmente cuando aparecen el padre (Oh Kwang-rok) y la tía (Kim Sun-young) biológicos de Freddie. Sus momentos, entre el histrionismo del alcohólico padre y las macarrónicas traducciones al ingles de la tía… son antológicos. Los intérpretes franceses, independientemente de su origen étnico, en la película son aficionados. Los intérpretes coreanos son profesionales. A él lo he visto previamente en películas del país asiático. Ella me resulta ya muy familiar de las series coreanas de Netflix. Esta actriz, casi siempre como secundaria, es omnipresente.

Y hablando de la traducción… es uno de los letimotivs de la película. Las traducciones nunca son precisas. Marcan las diferencias culturales, las diferentes mentalidades de unos y otros, y quienes se ven obligados a traducir, nunca lo hacen literalmente. Existe un miedo constante a ofender… y las observaciones y opiniones francas y directas de Freddie son de cuidado en ocasiones, por lo que quienes traducen cambian el sentido de la expresión original, en ocasiones de forma cómica, en ocasiones generando malos entendidos dramáticos.
Una película sobre la búsqueda de la identidad, que entendemos que dura toda la vida, encarnada en la camaleónica Freddie. Pero también una profunda reflexión sobre los choques culturales, sobre cómo conformar el respeto internacional e intercultural. Es el choque de una mujer joven francesa liberal y liberada, abierta al mundo aunque encerrada en sí misma, femenina pero feminista, que cuando comienza la película da por hechos unos valores como absolutos, con las gentes y la cultura del país donde nació, conservador, patriarcal. Entre una sociedad, la francesa, que, con muchas dificultades, se conforma en torno a la diversidad y la multiculturalidad, con nacionales de múltiples orígenes étnicos, y otra, la coreana, fuertemente condicionada por el ius sanguinis, por el cual se has nacido de sangre coreana eres coreano, y si no no, aunque lleves toda la vida en el país. Una película a la que llegamos un poco por casualidad, que nos gustó cuando la vimos, pero que ha crecido en nuestra mente e imaginación en los días posteriores. Muy recomendable. Muy muy recomendable.

A principio de mes, en el día de fiesta local en Zaragoza, el 6 de marzo, aprovechando una serie de circunstancias me fui a Barcelona y llevé a reparar una interesante (y valiosa) cámara fotográfica a un servicio técnico respetado en la Ciudad Condal. Os podéis enterar algo más de esta peripecia en Recuperando una estupenda cámara de formato medio – Plaubel Makina 67 con Kentmere 100 120.
Pero no deja de ser una tristeza que, viviendo en una ciudad de casi 700.000 habitantes, el quinto municipio de España por población, tenga que llevar un aparato a arreglar a otra ciudad.

En Zaragoza ha habido durante años dos talleres de reparación de aparatos fotográficos. Uno siempre tuvo buena fama entre los fotógrafos de la ciudad, llevaba mucho tiempo ahí, he oído alabanzas habituales, y ciertamente, cuando empecé a coleccionar aparatos de antaño, la mayor parte de las reparaciones que me hizo fueron correctas, pero con algún fallo que otro. Ya no existe. Cerró. Queda el otro, que, aunque me ha dejado alguna cosa bien, me ha hecho un par de pifias que me han dejado muy escocido. Y ahora, en la medida de lo posible lo evito. Para mayor desgracia, con un aparato moderno, el servicio oficial de la marca resultó lamentable e incapaz de hacer una reparación correcta. De hecho, en estos momentos he decidido no volver a comprar aparatos de esa marca, a la que siempre he tenido aprecio, porque si te sale mal alguno, por improbable que sea, no puedo confiar en su red de servicios técnicos oficiales. Cero. Aviso para navegantes, la marca es Panasonic, que hace algunos aparatos fotográficos muy interesantes.
El caso es que estamos en una ciudad grande. Con aspiraciones. No sé muy bien de qué… pero con aspiraciones. Pero lo cierto es que desde hace muchos años, conforme he ido conociendo algo de mundo, se ha ido instalando en mí la idea de que con sus casi 700.000 almas… en realidad es bastante provinciana. Carecemos de empresarios con auténtica iniciativa e interés por lo que hacen… carecemos de innovadores, carecemos de gente que arriesgue en generar nuevos adeptos a marcas, actividades, a la creatividad… todo es muy normalito, muy mediocre en el sentido de que se mueven los comercios y los servicios en las medianías. Ni fu ni fa. Y si quieres algo especial… te lo tienes que buscar fuera. O por internet. Y los mismos comerciantes que no arriesgan, que te desmotivan, luego te critican y te reprochan que no apoyes lo local.
Por favor… ya basta de memeces. Si quieres fidelidad del consumidor local, ofrece un servicio o un producto que merezca la pena, que atraiga y que busque ese consumidor. No todos tenemos vocación de mediocres.


Boston Strangler (2023; 22/20230322)
No puedo recordar qué años tenía, en mi infancia o adolescencia temprana, cuando vi The Boston Strangler de Richard Fleischer (inolvidable su Soylent Green, que en 1973 ya hablaba de un mundo con problemas por culpa del efecto invernadero) en televisión. Una película que siempre he asociado a Tony Curtis, hasta recientemente no he vuelto a saber que el coprotagonista era Henry Fonda, y que me dejó un vivida impresión en mi memoria. Especialmente por esa representación del supuesto estrangulador, la película asumía su culpabilidad sin más, con un trastorno de personalidad múltiple… absolutamente en el terreno de la fantasía. Albert DeSalvo nunca fue diagnosticado de tal trastorno. Salvo las víctimas y algún personaje terciario, en aquella película no salían mujeres. Nunca he vuelto a ver la película. Siempre he tenido la impresión, a lo peor equivocada, de que me iba a decepcionar. De que lo que me impresionó en mis años más jóvenes… ya de adulto y con más conocimientos… no iba a funcionar. Pero cuando leí la noticia de que Hulu había producido una película sobre el tema, que en España ha estrenado Disney+, y con un reparto femenino que llama la atención, decidí que no me la iba a perder. Y se estrenó el 17 de marzo en la mencionada plataforma.

Dirigida por Matt Ruskin, la película tiene un enfoque totalmente distinto sobre aquellos feminicidios que sucedieron en Boston y otras ciudades próximas de Nueva Inglaterra a principios de la década de los años 60 del siglo XX. Nos cuenta la historia de cómo la periodista Loretta McLaughlin (Keira Knightley), con la colaboración de Jean Harris (Carrie Coon), destaparon las relaciones y similitudes entre varios de los feminicidios, abriendo la posibilidad a que un asesino en serie estuviera, al que denominaron El estrangulador de Bostón, estuviera activo en el área metropolitana de la populosa ciudad de Massachusetts. No obstante, esta película no da por buena la confesión de DeSalvo, pone en cuestión sus declaraciones, y abre la posibilidad plausible a que hubiera varios asesinos, especialmente hombres interesados, que copiaron algunos de los crímenes previos, para desviar las sospechas de sí mismos. Critica también la mala actuación de la policía… los héroes de la película de Fleischer. Como curiosidad, el héroe de la película de 1968, el fiscal encargado de coordinar la investigación que interpretó Fonda, no aparece en la película actual.
La película me genera impresiones contradictorias, aunque en general me merece un valoración razonablemente positiva, aunque no entusiastamente positiva. Lo más destacable de la película son las interpretaciones. Knightley, a la que considero una actriz capaz pero no necesariamente brillante en cualquier ocasión, se mueve con comodidad en el papel de una mujer con mayor nivel de madurez que lo que nos tiene acostumbrados, y lo hace bien. Echo de menos una mayor presencia de Carrie Coon, cuyo papel no deja de ser secundario, aunque importante. Es una actriz muy capaz, que podría haber aportado algo más de chispa a la película. Y el conjunto de personajes secundarios que van y vienen ante las investigaciones del personaje principal están interpretados de forma sólida.

Sin embargo, la película flojea cuando se compara con otras producciones del género de la investigación periodística. Y no porque le falten mimbres, puesto que las tesis planteadas son muy muy interesantes, y conllevan reflexiones de cierta profundidad en el ámbito de la violencia de género. Recurre sistemáticamente a un ambiente sombrío, ominoso… cuando no necesariamente es necesario. Esto no es una película de suspense. Compárese con el dinamismo de una película reciente de investigación periodística, también con protagonismo compartido por dos mujeres, y que resulta mucho más brillante en las diversas acepciones de este adjetivo. Cierto es que tiene una gran virtud… y es que ha procurado ser fiel a la realidad en la medida de lo posible. Como digo, el planteamiento es bueno.
Si tienen ustedes suscripción a Disney+ en España, o a la plataforma que sea en otros países, puede ser una opción bastante razonable para pasar una velada cinematográfica en casa. Pero tengo la sensación de que podría haber sido mejor.

Nueva ronda de series coreanas, vistas a lo largo de los meses de febrero y marzo, aunque una viniera más atrás. Entre lo anecdótico y lo realmente interesante. Vamos con ello.
The Glory (título original en inglés) es una serie de Netflix que se ha emitido en dos partes de ocho episodios, para un total de dieciséis, con una duración variable entre los 45 y los 75 minutos. Los primeros ocho episodios estuvieron disponibles en la plataforma, todos de vez, el 30 de diciembre de 2022, mientras que los ocho últimos llegaron el 10 de marzo. La serie ha sido recibida con entusiasmo tanto por el público como por la crítica especializada, y tiene un alto nivel en su diseño de producción y en su interpretación, esta encabezada por Song Hye-Kyo, ha quien ya vimos protagonizando una serie de aventuras médico-militares bastante entretenida. Pero aquí hace un papel muy distinto. Una de las actrices más populares en su país, aquí hace el papel de una mujer que busca venganza por el cruel maltrato que sufrió en el instituto por parte de una pequeña banda de compañeros de clase liderada por una pija de familia con dinero. Con importantes secuelas físicas y psicológicas, se prepara durante dieciocho años para una venganza implacable sobre los maltratadores. Sobre el papel, con el alto nivel de producción e interpretación que tiene, con la buena acogida por la crítica, nadie consideraría esta serie un «placer inconfesable» o guilty pleasure habitualmente en inglés. Pero os aseguro que tiene todos los elementos para ello. Glamur, situaciones extremas, la pelea del pobre contra el rico poderoso, adolescentes abandonadas por sus padres, coincidencias y situaciones extremas… Pues eso, espíritu de culebronazo, pero muy bien hecha. También ha llamado la atención por ser más explícita en temas de drogas y sexo que otras series coreanas. Nada que en especial desde el punto de vista de un espectador europeo… pero que durante una fracción de segundo una de las actrices con más presencia en pantalla enseñe las tetas seguro que ha sorprendido en el pacato país asiático, que curiosamente no lo es tanto ni mucho menos en lo que ha cine se refiere. En general, coincido con las apreciaciones generalizadas. Una serie bien hecha y bien interpretada, con momentos muy buenos, pero con un argumento muy entretenido de venganza de culebrón.

En otro orden de cosas, Dream high (título original en inglés), que también se puede ver en Netflix, es una serie de 2011, que en su momento fue una de las más populares, con datos de audiencia casi estratosféricos. Pero no la he visto por esto. Ya comenté hace unas semanas mi interés por el trabajo interpretativo de Lee Ji-eun, conocida como cantante como IU, la cantante pop femenina surcoreana con mayores ingresos anuales del país, que dejan en ridículo por completo los de los cantantes del pop español. Con la serie que comento hoy, ya he visto todo lo que la plataforma de contenido en línea dispone sobre la actriz y cantante. Aunque ella no es la protagonista. Esta es Bae Suzy, de la que también he comentado varios trabajos en televisión previos, también cantante como integrante de un grupo femenino o como solista con el nombre de Suzy, en un reparto coral de cantantes de k-pop metidos a actores y actrices. También con mucho éxito en su país. Aunque si en la serie era la estrella, en la actualidad su compañera secundaria en aquel momento probablemente le supere en casi todos los frentes. La serie, desde mi punto de vista es… mala. Un total guilty pleasure salvo que seas un(a) adolescente con poco criterio e intereses muy concretos. Heredera (nefasta) de Fame y un producto muy similar a la serie española de éxito Un paso adelante. La serie de Antena 3, de la que sólo vi algún episodio aislado, pocos, me pareció siempre muy floja, y aun así me parece mejor que esta de hoy. Es la típica serie que transcurre en un instituto dedicado a las artes escénicas y musicales, a mayor gloria de las tendencias del momento del k-pop. Un estilo de música tremendamente comercial que, aunque pueda tener algún que otro ejemplo notable, cansa enseguida salvo que seas un(a) adolescente con poco criterio e intereses muy concretos. O un solitario treintañero que babea con los grupos femeninos cuyas componentes cantan y bailan vestidas de lolitas o similares. Pero ya veis… fue todo un éxito. Recomendable solo para estudiosos o curiosos del fenómeno. Me ha costado verla entera. Lo mío es mérito o masoquismo.

Finalmente tenemos Ilta seukaendeul [일타 스캔들, que se traduce como escándalo de golpe o algo así], un estreno reciente de Netflix, que se ha emitido a un ritmo de dos episodios cada domingo. Conocido en inglés como Crash course in romance, o en español como Curso intensivo de amor, es una comedia romántica con algún toque de drama e intriga criminal sobre un fenómeno más propio del país asiático que de nuestra sociedad. Allí, la presión en los adolescentes por los buenos resultados académicos que les permitan la entrada en universidades prestigiosas, que suelen ser las estatales, especialmente en Seúl, no las privadas, es enorme. Se vive con la sensación de que es necesario para tener éxito en la vida, para ser alguien. Por ello, proliferan las academias privadas, que cuestan un huevo, y que complementan los estudios del equivalente a nuestro bachillerato. En este entorno, tendremos el cruce entre una mujer (Jeon Do-yeon), de joven deportista a nivel de selección nacional, que abandonó su carrera deportiva para cuidar de su sobrina (Roh Yoon-seo), a la que abandonó su hermana en sus manos cuando era muy joven, y que se gana la vida con un negocio de comida preparada, con un profesor estrella de matemáticas en una academia privada (Jung Kyung-ho), bastante asocial y maniático. Obviamente, contra toda sospecha y probabilidad, acabarán enamorándose. En paralelo, una trama de rivalidades, celos y competencia entre los alumnos, las madres de los alumnos y un misterioso asesino. Vamos, el relleno habitual de estas series para que den de sí durante dieciséis episodios, junto con otras tramas paralelas. Salvo que está bien interpretada y tiene algún que otro momento divertido en todos los episodios, especialmente cuando opta por el humor, no tiene más interés. Pero es un entretenimiento eficaz, aunque intrascendente.
