Quién iba a decir que me acabaría enganchando, hasta cierto punto, al peculiar universo creado por Aliette de Bodard, el Universo de Xuya, consecuencia de una historia alternativa de la civilización humana que ha terminado con un imperio interplanetario con una cultura inspirada por la vietnamita y otras de la esfera cultural del Asia oriental, y específicamente en el confucianismo. Recordemos. De Bodard es una escritora francoamericana, con ascendencia vietnamita, que escribe en inglés obras en el ámbito de la fantasía y la ciencia ficción. Algunas de sus obras, fundamentalmente una novela, varias novelas cortas y algunos relatos cortos, transcurren en el llamado Universo de Xuya cuyas características ya he mencionado. Algunas de sus obras tienen un carácter de literatura romántica, de las que no he leído ninguna, ni me siento especialmente atraído, mientras que otras son aventuras espaciales con otros temas. Las dos que había leído hasta el momento eran historias detectivescas, una inspirada por Sherlock Holmes, y la otra inspirada por Arsène Lupin. Esta última es la que más me había convencido hasta el momento.
Fotografías realizadas en Zhouzhuang, no lejos de Shanhái o Shuzou para ilustrar una novela con ambiente del Asia oriental, aunque sea en una estación espacial en el frío espacio.
A un precio muy ajustado encontré la novela corta de hoy, que fue la primera que transcurría en el Universo de Xuya, aunque es posible que previamente hubiese escrito algún relato corto en ese universo de ficción. Y no es una novela detectivesca. El imperio interplanetario Dai Viet (me disculpo si no sé colocar los diacríticos oportunos en las palabras de origen vietnamita) está en guerra civil. Y una facción rebelde a invadido y ocupado el planeta nº 23, del que era magistrada una de las protagonistas de la novela. Esta huye y se refugia en una estación espacial, dirigida y gestionada por miembros de su familia, siendo la principal administradora una prima lejana suya, que la acoge por los lazos familiares pero con frialdad. Aunque en la jerarquía y en la sociedad de inspiración confuciana el puesto alcanzado por la refugiada fuera superior al de una mera administradora. Pero además algo empieza a funcionar mal en la estación, especialmente en inteligencia que la gobierna; y otros problemas asuelan la familia de la administradora, que van poner en riesgo las vidas de toda la familia.
Frente a las historias detectivescas que había leído hasta ahora de esta autora y en este universo, nos encontramos ahora en una intriga familiar, un choque entre personas y mentalidades, especialmente entre las dos mujeres, la administradora y la refugiada, que desconfían entre sí. Pero al mismo son familia y sienten obligaciones la una hacia la otra. Y de fondo, una situación política y una serie de dilemas éticos. Es una novela corta dividida en tres actos, y va de menos a más. No voy a decir que me haya entusiasmado. Pero sí que ha ido aumentando en interés poco a poco. Creo que el universo que ha creado de Bodard es muy interesante, más de lo que sus capacidades como escritora, decentes pero no extraordinarias, son capaces de desarrollar. Si en el futuro vuelvo a encontrar ofertas razonables, puede que lea alguna obra más de esta autora. Si no… pues no.
Hoy no tenía suficientes recomendaciones fotográficas para dedicarles la entrada del domingo como de costumbre. También ha sido un fin de semana raro. Pero agradable… salvo la cosa electoral, que aun ha de verse como termina. Tengo la sensación de que cenaré algo, veré un rato la tele, leeré un poquito de la cuarta entrega de L’ombre du chardon de Aki Shimazaki, y dejaré para mañana el enterarme de ese final. El caso es que por un «error», fuimos a la matinal del sábado para ver una película que íbamos a ver hoy, y he acabado viendo otra película en la matinal del domingo que no tenía previsto ver… al menos todavía.
Ayer sábado, mientras hacíamos un pequeño almuerzo antes de meternos durante tres horas en la sala de cine, comentábamos las cosas que habían pasado en los últimos cuatro o cinco años. Un brunch llaman los modernos, creyendo que es algo que inventaron los neoyorquinos, como si los españoles no hubiésemos inventado desde tiempo inmemorable el almuerzo de media mañana, a caballo entre el desayuno y la comida del mediodía. Mucho más adelantados y civilizados que los neoyorquinos los países ribereños del Mediterráneo en el asunto del buen vivir. Pero bueno,… nos pusimos nostálgicos.
Hace tres años, a finales de julio de 2020 vivíamos en una especie de pesimismo existencial por culpa de un virus que dejaron suelto los chinos. Que conste que las gentes de china me caen bien. Sus dirigentes, más bien no. No sé si la pandemia podría haberse evitado. Pero seguro que empeoró por la falta de libertad de expresión y de información impuesta por los autócratas del gigante asiático. El caso es que teníamos la sensación de que nuestra vida había quedado interrumpida, y no sabíamos cómo y cuándo podríamos reemprenderla.
Tres o cuatro semanas más tarde conseguía, aprovechando la tregua epidémica veraniega, montarme un viaje semiimprovisado, por mi cuenta, sólo, a la isla de la Palma. No sabéis cuánto bien me hizo aquel viaje, que de alguna forma fue el inicio de algunos cambios en mi vida posteriores, en general positivos. Creo. Y además hice fotos muy majas, especialmente con la Pentax MX un 50 mm f1.4 y unos rollos de película Ilford XP2 Super que, sin embargo, revisito con poca frecuencia.
Hoy lo he hecho. Y os dejo en esta entrada algunas de aquellas fotos. Un viaje sin masas, con aeropuertos casi vacíos, con hoteles donde te trataba como un rey simplemente por haber ido. Y donde disfrutabas de los paisajes volcánicos y marinos sin los agobios de las muchedumbre. Tampoco imaginaba que aquellos lugares, una año y un mes más tarde, se harían famosos mundialmente durante meses por la erupción en las faldas de Cumbre Vieja, que se puede ver en una de las fotos que aquí os dejo. En el encabezado. En fin. Me despido, que quiero hacer alguna cosa más antes de cenar.
A final de junio, recibí una cámara desde Francia, que no había sido usada desde algún momento entre el año 2001 y 2003. Una cámara sencilla, sin complicaciones, pero que podría ser divertido usar cuando uno sale a pasear o caminar. Los detalles en Una cámara olvidada durante 20 años o más – Canon Autoboy Tele QD con Ilford Delta 100. El caso es que cuando la probé, fotografié cada escena dos veces, con el encuadre más abierto, focal de 40 mm, o con el encuadre más cerrado, focal de 70 mm. Supongo que a cada cual les gustarán más unas u otras.
Antes de la llegada de los vistosos estrenos de esta semana, la pasada llegaron otros menos interesantes, entre los que apareció una película china premiada en diversos festivales, entre ellos Valladolid, puesta en las nubes por la crítica occidental, y con una sesión muy conveniente en versión original para la matinal del domingo. Dirigida por Li Ruijun, con un reparto que mezcla intérpretes profesionales y bien conocidos en su país con actores improvisados, que nunca habían actuado, en seguida se mostró como una opción muy apetecible que refrescara las ideas de la anodina y vulgar cartelera del verano, inundada hasta ahora por producciones previsibles, no pocas de las cuales se están estrellando, porque para qué pagar por ellas si tantas y tantas similares se pueden ver cómodamente en casa. No aportan valor nuevo como esforzarse en el desplazamiento y pagar la entrada, con la industria del cine en modo «suicida». Por otra parte, me quejaré una vez más de los títulos en castellano de las películas de cinematografías diversas. El «poético» tirando a cursi título de la película en castellano no tiene que ver con el título original, que vendría a significar algo así como escondido en el polvo, o entre el polvo y el humo… haciendo referencia al retorno a lo ancestral en la supervivencia en relación con la tierra.
Li Ruijun nos lleva a un lugar ignoto para la mayoría de la humanidad en una región del centro de China, próxima al desierto del Gobi, a la meseta del Tibet y a Mongolia exterior, o más bien encajada entre estos lugares. Un entorno rural en el que hay unas vegas fértiles en torno a los ríos y acequias, pero vecino al desierto con sus dunas y sus pedregales. Un lugar muy diferente a las brillantes ciudades orientales de China, con sus rascacielos y sus millones de habitantes, donde todavía hay modos de vida rústicos, tradicionales, terratenientes, y pobreza en general. Allí, dos parias de sus propios familias, el cuarto hijo de una familia, solterón, Ma Youtie (Wu Renlin), y la marginada y maltratada por todos hija de otra familia, también en sus cuarenta, Cao Guiying (Hai Qing), son expulsados de sus familias mediante la fórmula de concertar un matrimonio entre ambos, y expulsarlos para que se busquen la vida. En la pobreza, a base de trabajar y de obtener préstamos insignificante, consiguen poner en marcha sus cultivos en tierras del terrateniente para quien el hombre es valioso porque tiene sangre del grupo rh negativo, la sangre del panda, necesaria para tratar su enfermedad. Viviendo de ocupas en casas abandonadas por los que han emigrado a las prósperas grandes ciudades del este del país, hasta que se construyen su propia casa de adobe, trabajando la tierra con un burro y arados y trillos tradicionales, de los de antes de la mecanización de las labores agrícolas, consiguen encontrar el cariño mutuo y una mísera prosperidad, pero que les satisface comparada con su situación anterior.
A pesar de las circunstancias de pobreza y de entorno de desestructuración de la sociedad rural tradicional china, la película está rodada con gran belleza, con un trabajo esmerado de puesta en escena, de iluminación y sonido. Trabajo técnico y de dirección que apoya en el gran activo de la película que es el trabajo de sus intérpretes, que se conectan entre sí de forma admirable, consiguiendo transmitir la humilde honestidad del pobre que mantiene su dignidad con su decisión de devolver todo lo que le es prestado, aunque no exigido por su escaso valor. La protagonista femenina es una actriz famosa, conocida y premiada en su país, que por lo que he podido ver por la red de redes, en la mitad de su cuarentena es una mujer hermosa y estilosa. Sin embargo, aparece desastrada, baqueteada por el tiempo y el maltrato, encorvada por una escoliosis, débil, temerosa, necesitada de afecto. Un trabajo fenomenal. El protagonista masculino es simplemente un agricultor del lugar, sin experiencia interpretativa, pero que pone la autenticidad de ser quien es, estableciendo un modelo de dignidad y honestidad en la pobreza. Un trabajo también espléndido.
En una época en la que los dirigentes del PCCh quieren demostrar al mundo que su dictadura es superior a las democracias liberales occidentales, sorprende una película que muestra lo que nunca se muestra en la actualidad de República Popular China. Al principio de la película resulta complejo establecer en qué año, en qué época estamos. Sólo cuando aparece el hijo del terrateniente con su coche alemán de importación comprendemos que estamos en la época actual. Que los hechos son contemporáneos a nuestras vidas. Y la película va oscilando entre las escenas de la sencilla vida de los protagonistas, con sus interacciones con el resto de su sociedad local, que parece que está en otro universo. El momento en el que les ofrece una vivienda en la ciudad por un pequeño precio en «la lucha de los responsables políticos contra la pobreza», con la funcionaria peripuesta, el hijo del cacique y un cámara para registra el acontecimiento, mientras los dos protagonistas se preguntan para qué quieren ese piso lejos de sus campos, donde no pueden poner su burro, sus gallinas y sus cerdos, que sirven para su sustento y trueques,… es casi antológica, entre el absurdo y la afilada crítica a la hipocresía social y política. Aunque inicialmente la película pareció sortear la censura de las autoridades autoritarias chinas, he sabido que finalmente el director se vio obligado a introducir algunos cambios, especialmente en el final, se notan mucho, porque chirrían, y que tras estrenarse en las plataformas de contenidos del país, fue retirada silenciosamente, y su mención censurada en las redes sociales del país. Una película de apariencia inofensiva, que parece destinada simplemente a narrar una peculiar historia de amor y dignidad humana, se convierte poco a poco en un verdadero alegato político y social.
La película es muy recomendable. Es una película que crece en el recuerdo a partir del momento en que sales de la sala de cine, conforme vas comprendiendo la hermosura de la propuesta y la profundidad del mensaje. Poco a poco se consolida en mi memoria como de lo mejor que he podido ver este año hasta el momento, y en los últimos años. Y sabiendo lo que ha escocido a los oligarcas chinos, verla se convierte en una obligación, tanto por sus valores cinematográficos como por la solidaridad con los que denuncian, de un modo u otro, el mundo horrible en el que nos estamos convirtiendo por el auge de los populismos, de todo signo. A estas alturas de mi vida las propuestas de la extrema derecha europea no me parecen distintas de las del partido comunista chino. Por mucho que ellos se sientan opuestos y enemigos. Son dos variantes de lo mismo. Por otro lado, muchos comentaristas y críticos han alabado el tono «optimista» del filme, por la «felicidad» que alcanzan los protagonistas, cuando el final de la película tiene no poco de desolador, de que no importan los esfuerzos que hagas por encontrar tu camino, al final o te integras, o desapareces, de una forma u otra. No encontré yo el tono optimista en ningún momento, aunque existan momentos felices en el año de la vida de los protagonistas del que somos testigos.
Sigo comentando las series de animación japonesa, o anime アニメ dentro de lo que podríamos llamar una experimentación como comentaba hace unas dos semanas. Como decía entonces, son series que voy viendo a lo largo de meses, unas más rápidas y otras más lentas, porque veo los episodios de entre 22 y 30 minutos encajándolos en momentos tontos a lo largo del día si es que surgen. E intento recorrer un número amplio de géneros de la animación japonesa. Ya adelanto que la mayor parte de estas series no son recomendaciones, porque se orientan a un público objetivo que no soy yo. Generalmente a un público adolescente o juvenil, con unas características demográficas muy concretas, más las distintas adjudicaciones a distintos subgéneros. Pero puede que alguna sea una recomendación efectiva. De hecho, hoy traigo algunas que me han parecido muy interesantes.
Una de las series está ambientada en Kamakura, uno de los lugares que más me gustó visitar en 2014. Y como algunas de las escenas más duras se dan en un tren, he decidido ambientar la entrada con fotos realizadas en la línea de tren que nos acercó al gran buda de Kamkura en el templo Kōtoku-in. Un lugar que soñé visitar desde que era un niño.
La primera es Elfen Lied, título en alemán para una serie de 2004, inspirada en un manga del mismo título, que se traduciría la castellano como la canción de los elfos, y que escogí por ser representativa de series de animación con temas duros y complejos, mucho más adultos que los habituales destinados al público adolescente o juvenil. La serie tuvo 13 episodios de 24 episodios de duración, que se emitieron por televisión, más un episodio especial posterior, que fue directo al vídeo, y que se intercalaría en la cronología de la serie como un episodio 10.5. Es decir, entre el episodio 10 y 11. Pero que no es necesario para el seguimiento de la secuencia original de 13 episodios. Ciencia ficción en la que en la especie humana están naciendo unas niñas mutadas, llamadas diclonius, con unas características que las hacen temibles, al mismo tiempo que susceptibles de experimentación o de uso como arma, de las que una de ellas se revela, huye, y se refugia en casa de dos estudiantes de una universidad local a orillas del mar. Un lugar que se identifica como Kamakura. La serie trata el tema tradicional de cómo se trata al diferente, especialmente si crece el miedo al diferente, potencialmente superior en capacidad. También la reflexión sobre lo que es ser humano o persona. Y sobre las relaciones de familia y amistad. Y es una serie dura. Se muestran cuerpos desnudos, maltratados, torturados o con experimentaciones. Se muestran abusos sexuales a una adolescente de 14 años. Y hay escenas de violencia con frecuencia. Por lo que la serie se califica como propia de personas ya adultos, por lo menos estudiantes universitarios, y menos apropiada para adolescentes. La serie oscila entre el aspecto o momentos kawaii (cucos, monos) de las diclonius, con aspecto de jovencitas adorables, y dos cuernitos en la cabeza, y las escenas de violencia a las que son sometidas, o que la violencia que comente sobre los seres humanos con sus habilidades especiales. Me parece una serie interesante, y no me extraña que para muchos haya adquirido el carácter ese tan difícil de definir de serie de culto.
Tengoku Daimakyō [天国大魔境, reino celestial reino diabólico o conceptos similares], titulada en inglés Heavenly delusion (engaño celestial), es una serie reciente, de este 2023, también basada en un manga, que se puede ver en Disney Plus. Y que me ha resultado muy interesante. En esta ocasión, género posapocalíptico. Quince años después de que una catástrofe devastara la civilización, dejando grupos de supervivientes por todo Japón, al mismo tiempo que surgen unas criaturas extrañas que atacan a los humanos. Dos líneas argumentales. Un lugar donde viven unos niños y adolescentes al cuidado de unos adultos; cuando los adolescentes preguntan qué hay más allá, la respuesta es el infierno. Por otro lado, un joven, que se parece mucho a una de las jóvenes del mencionado lugar, va buscando un lugar que llaman el cielo, protegido por una guardaespaldas, una chica que vive impulsada por el alma de su hermano varón. En un viaje que nos permite conocer cómo es ese Japón tras la caída de la civilización. Esta línea argumental es más aventurera, mientas que la del lugar especial es más misteriosa. En su conjunto en el que se plantean situaciones, nos familiarizamos con este universo, pero al final de la cual sabemos que la aventura apenas ha hecho que empezar, tras trece episodios de 24 minutos de duración. El tono general es apropiado para adolescentes y adultos jóvenes, aunque en los últimos episodios se viven algunas situaciones más duras, que implican una violación, que la convierten en una serie más adulta. También es cierto que la resolución de esa situación tampoco es la más satisfactoria que se me ocurre. Pero no empaña el balance final, muy positivo, hacia una serie muy recomendable. Disney Plus no tiene tanta oferta de anime como otras plataformas, pero por lo menos es interesante y de calidad.
Finalmente, accedí a ver un estreno reciente de esta primavera, Oshi no ko [推しの子], que se muchos han considerado el mejor estreno de animación japonesa de este año hasta el momento. El título en japonés tiene una traducción ambigua, ya que lo mismo podría significar el niño/a favorito/a o sus plurales, como el/a niño/a de mi (idol) favorita, o sus plurales. Son 11 episodios de 24 minutos de duración, salvo el episodio inicial que es un largometraje de 82 minutos de duración, y que probablemente es el responsable de la elevada valoración de la serie. Yo creo que el resto de los episodios están lejos del nivel de ese episodio inicial prolongado. En el episodio inicial conocemos a una joven cantante y bailarina del género conocido habitualmente como idol [アイドル], muy propio de Japón, también en cierta medida de Corea del sur y quizá de otros países asiáticos, y que a mí me genera cierto repelús.
Generalmente, son chicas jóvenes, de aspecto muy mono, aniñado, con atuendos entre virginales y provocativos en ocasiones, que suelen atraer una audiencia de adultos varones por encima de los treinta años de edad y mediana edad, todo un poco baboso. Aunque juegan con la inocencia, no es infrecuente que acaben realizando sesiones de fotos de lencería y bikinis, que se publican en revistas o en libros monográficos, y alguna de ellas incluso acaban en el ámbito de la pornografía. Más raro es que alguna realmente tenga éxito a medio o largo plazo en la música o en la interpretación. Pues bien, la protagonista inicial es una de estas idol, mientras que en paralelo conocemos a una joven adolescente, fan de la idol, y al médico que la atiende de su enfermedad crónica y fatal. Ambos mueren y se reencarnan como los hijos mellizos secretos de la idol, que cuando parece que ya ha logrado el triunfo es asesinada por la misma persona que mató al médico. El resto de la serie sigue los esfuerzos de los mellizos adolescentes, que recuerdan su vida anterior, aunque entre ellos no comparten su secreto, para triunfar en el mundo del espectáculo. Aunque el objetivo principal del chico es encontrar al asesino. La intención de fondo de la serie parece que es la de mostrar las complejidades del mundo de los niños y adolescentes en el mundo del espectáculo. Pero para mí se desinfla con respecto al potente episodio largo inicial. Y no sé si veré la segunda temporada,… no estoy muy motivado. No entiendo muy bien porqué está tan bien considerada. Salvo el episodio inicial.
Hoy no tengo mucho tiempo para acompañar de ningún tipo de comentario las fotos que técnicamente he presentado en Tregua en la luz inclemente del verano – Hasselblad 500CM con Lomography Potsdam Kino 100. Llevo un poco lío. Con las cosas que tengo que hacer. Y en mi cabeza. Así que nada. Simplemente, fotografías de un domingo por la mañana en el que las tormentas de la tarde anterior, la lluvia, nos dio una tregua del calor con el que se despidió este año la primavera en Zaragoza.
Ya comenté recientemente los cambios que se habían producido en la publicación de las obras de la canadiense nacida japonesa Aki Shimazaki en España. Como consecuencia, como ya anunciaba, he cambiado la forma de aproximarme a la obra de esta escritora. Sus dos primeros quintetos de novelas cortas relacionadas entre sí se habían publicado en España como obras únicas, lo cual ejercía un efecto beneficioso sobre el coste final para el lector. Pero ahora que se publican como obras individuales… ya no suponen ninguna ventaja sobre el original en francés, por lo que he decidido recuperar el tiempo perdido con el tercer quinteto de novelas cortas pasándome a los originales de Shimazaki. No tengo especial problema en leer en francés. Quizá un poquito más despacio, pero sin más. Así que esta primera novela corta de la serie La sombra del cardo, o debería decir ahora L’ombre du chardon, aunque la lea en «desorden», después de la que se publicó en segundo lugar, la he leído en francés.
Ambientada la novela, como la anterior, en Nagoya, y en ciudades cercanas, y no disponiendo fotos de esa populosa ciudad, opto por algunas instantáneas en la más tranquila Kamakura.
Azami, 薊, aunque también en katakana アザミ, así se presenta la entrada sobre estas plantas en la Wikipedia JA, es el nombre que recibe en japonés la planta del cardo, especialmente los del género Cirsium. Y es el apelativo poético con el que el protagonista de esta novela corta llamaba en secreto a la niña, compañera del último año de la escuela primera, que le gustaba. Y de la que no volvió a saber más. Ahora, adulto, felizmente casado con un esposa ejemplar y dos retoños,… bueno felizmente pero sin relaciones sexuales,… tras un encuentro casual con otro compañero de la época, acabará reencontrándose con Azami. Aunque esta no ha llevado precisamente la vida que imaginó para aquella niña despierta e inteligente. Azami es la protagonista de la novela corta que leí recientemente, la segunda de la serie, Mitsuko.
Después de haber leído los dos primeros títulos del ciclo, parece que el hilo conductor, el elemento común o protagonista, es la atractiva y compleja mujer que conocí en la novela anterior. Pero centrémonos en el hecho de que el personaje principal en Azami es el hombre. Está redactada en primera persona, el punto de vista de lo que está sucediendo, de cómo se reencuentra con su ambiguo compañero de escuela, de cómo provoca el reencuentro con Mitsuko, de cómo inician una relación y cómo toma decisiones trascendentes en su vida, es el punto de vista del protagonista masculino. Y por lo tanto, un narrador no fiable; incluso si es una narrador honrado, no conoce toda la información. Una persona en una encrucijada. Entre un matrimonio presuntamente perfecto, pero con una importante vía de agua, la ausencia de relaciones físicas íntimas con su por lo demás perfecta esposa, y la poderosa atracción que siente hacia la antigua compañera, siempre misteriosa, con una vida compleja. Debemos tener en cuenta que, si se leen las novelas en el orden en que se publicaron, sabemos muy poco de Mitsuko. Mientras que tal y cómo las he leído yo, el punto de vista del lector es muy muy distinto. Se puede hacer, cada novela corta se puede leer de forma independiente, pero cambia mucho en la imaginación del lector.
Después de la potente y compleja historia que leíamos en Hōzuki, quizá este relato no tiene el mismo tirón, la misma contundencia en los sentimientos del lector. Pero estamos ante el mismo estilo de escritura, una literatura a la que no es difícil acceder, pero que tiene profundidad, y que transpira su origen asiático aunque esté escrita en francés, en sus ritmos, en sus puntos de vista, en las descripciones y en la presentación de sus personajes. Recomendable, como no podía esperar de otra forma, creo que hubiera sido bueno leer estas dos primera novelas de L’ombre du chardon en el orden en el que fueron publicadas.
La relación entre fotografía y cinematógrafo es evidente. Parten de principios similares técnicos similares, de tecnologías compartidas, para llegar a formas de expresión distintas, pero con puntos en común; la imagen captada mediante la luz. Dejando a un lado animaciones generadas por ordenador y similares, en la que no hay proceso fotográfico de base. Pero bueno… en general. Así pues, no son raras las gentes de la fotografía que también han filmado, y menos en estos tiempos en que cualquier cámara fotográfica tiene también funciones de filmación, y tampoco son raras las gentes del cinematógrafo que han dedicada tiempo y esfuerzo a la fotografía fija, como la llaman ellos. Muchos de ellos son, entre los que conocemos, son directores. Por supuesto, directores de fotografía también. Y no son raros los intérpretes. Hoy hablaremos de Agnès Varda, que también se sirvió de la cámara fotográfica, tanto para preparar sus películas como para documentar aquello que le interesaba. Nos han hablado de ello en The New Yorker.
Mes y medio después de volver de San Francisco, y aún no he tenido tiempo de revisar todas las fotografías del viaje. Y apenas he empezado a pensar cómo lo reflejaré en mis álbumes fotográficos tradicionales tras cada viaje. Ayer encontré tiempo para repasar algunas fotografías del Palacio de las Bellas Artes, un lugar muy fotogénico. Incluso con una pequeña cámara compacta como la Sony ZV-1.
La pareja artística conocida como Albarrán Cabrera, Ángel Albarrán y Anna Cabrera, llevan años trabajando, y poco a poco, afortunado se han ido ganando el respeto de los conocedores y aficionados a la fotografía, por su expresivas imágenes en las que no dudan en experimentar y utilizar todo tipo de procesos, convencionales y alternativos. Auténticos artistas plásticas que trabajan la luz y los materiales en los que la recogen. Nos han hablado de sus últimos trabajos en Clavoardiendo Magazine.
35mmc es un sitio web dedicado originalmente a la fotografía con película tradicional, aunque si desdeñar hablar de fotografía digital, y que sólo muy de vez en cuando hablan de cuestiones que pueden trasladarse a estas líneas. Pero esta semana han hablado del proyecto The End of the Dream, una serie de instalaciones en grandes carteles publicitarios, en las que se reproducen a gran tamaño fotografías que pueden contemplar las gentes que pasan sobre los riesgos que amenazan el nivel de vida en California; la sequía, los incendios del medio natural y los problemas con la vivienda. El fotógrafo, Thomas Broening, usa para sus fotografías veteranas cámaras Leica de la serie M, para película fotográfica.
En Lensculture hemos podido ver algunas fotografías de la ucraniana Hanna Hrabarska, actualmente en los Países Bajos, que documentan su periplo huyendo con su madre desde su hogar en Ucrania hasta instalarse como refugiadas de guerra en el país occidental. El punto de vista de Hrabarska es el de dirigir el objetivo de su cámara hacia su madre, reflejando la tristeza del éxodo y la nostalgia del hogar. De los muchos trabajos que han surgido con motivo de la guerra en el este de Europa, este es uno de los que más me ha llamado la atención.
Finalmente, me ha llamado la atención en AnOther Magazine un artículo dedicado a cómo las fotógrafas ven y viven la maternidad. Especialmente la propia. Son muchas y muy diversas las fotógrafas que han seleccionado, así que no las voy a detallar todas. Pero me ha gustado el planteamiento de muchas de ellas.
Cuando en la primeros años de los 2000 se empezó a popularizar el mercado de las Tres Culturas en Zaragoza, denominado así por la hipotética convivencia pacífica de judíos, musulmanes y cristianos… hipotética, como digo,… era razonablemente agradable bajarse al entorno de la plaza de la Seo, pasear entre los puestos de artesanos, ver alguna exhibición de cetrería y otras artes, y tirar algunas fotos. Pero en los últimos tiempos, para mí, se ha convertido en una actividad que no me planteo ni de borracho.
En estos momentos, en las fechas en las que se celebra, suele hacer un calor horrible. Las temperaturas del mes de junio en Zaragoza se parecen más a las de los julios de antaño que al final de la primavera. A lo que hay que sumar el calor que despiden los hornos y las brasas de las parrillas en los puestos de comida. Y por otro lado, va tanta gente, es tal la muchedumbre que se forma a las horas más civilizadas, por la tarde cuando hay más sombra y no pega el sol de canto… que se convierte en una actividad agobiante.
Este año pasé por allí circunstancialmente, mientras probaba un rollo de película fotográfica del que hablo en Hay una chica nueva en el vecindario – Fujifilm GS645S Wide 60 con Foma Ortho 400. Eran las 11 de la mañana, el calor no estaba en todo su apogeo, las muchedumbres no habían llegado… pero aun así no me apeteció quedarme mucho rato. Pasé, hice alguna foto, y seguí mi camino. Este tipo de eventos no son para mí.
Con esta película belga (y lituana, y como es una coproducción, de otros países), rodada en inglés por Kristina Buozyte y Bruno Samper inicio un cambio en mis comentarios cinematográficos. En los últimos tiempos están disminuyendo las oportunidades de ver películas en versión original en Zaragoza. Una vez que te acostumbras a ellas, el doblaje, si realmente te gusta el cine, se convierte en algo que debería ser considerado como crimen contra la humanidad. Y además, de los estrenos que semanalmente se producen en España, sólo llegan algunos. Cada vez queda más claro que el oligopolio de distribuidoras y exhibidoras son cualquier cosa menos agentes culturales. Van a a lo que van. Al dinero. No fomentan nada más. Al menos en mi ciudad. Así que hemos quedado en que cada semana, si hay oportunidad, iremos a las salas de cine. Pero si no, buscaremos la forma que sea de acceder a un estreno reciente y quedar a cenar en casa de alguien del grupo y verlo en conjunto. Y empezamos con esta película de 2022, pero estrenada esta pasada semana en España, aunque no en Zaragoza. Pero hay formas de ver acceder a ella.
El tiempo lluvioso y neblinosos de los bosques de Carezza en los Dolomitas nos servirán para ilustrar el ambiente de los bosques en los que está rodada la película, más que probablemente localizados en Lituania.
La película llega con buena opinión de los críticos, aunque con una recepción más fría por parte del (reducido) público que la ha visto. Es una película del género que se llama posapocalíptico, aunque no trate del fin del mundo, pero sí de una debacle de la civilización. En esta ocasión, los problemas que sean, ambientales y de distribución de la riqueza, intentaron ser resueltos con avances en la ingeniería genética. Pero los resultados se desmadraron y las consecuencias fueron el derrumbe de la civilización. En el momento en que comienza la acción, muchos seres humanos intentan sobrevivir como buenamente pueden en medio de la miseria, mientras unos pocos viven en ciudadelas donde monopolizan recursos de supervivencia. En este cuadro, seguiremos las aventuras de Vesper (Raffiella Chapman), una inteligente joven de 13 años, y Camellia (Rosy McEwen), una mujer joven creada por ingeniería genética, para sobrevivir. Tanto a los abusos de los privilegiados de las ciudadelas como a quienes entre la miseria tratan de parasitar a sus semejantes.
Esta película se cuece a fuego lento. Más allá de una presentación con un texto escrito en pantalla que te sitúa en el universo de la película, no da muchas explicaciones a mucho de lo que ves, propio de la ciencia ficción. Deja el margen de libertad suficiente y razonable a la inteligencia del espectador, frente a esas superproducciones que dan explicaciones largas, molesta y generalmente sin sentido a cosas que son meros macguffins de la historia. Está hecha con pocos medios, y sin embargo crea sin problemas un mundo distinto, razonablemente verosímil. Y a partir de ahí confía en una realización con suficiente oficio, en la historia y en el buen quehacer de sus intérpretes para sacar adelante el largometraje. Y lo consigue. No vamos a decir que sea el colmo de la originalidad. Pero sus tesis se mantienen sin problemas, plantea sus dilemas sin pretensiones pedantes y con claridad, aunque sólo profundice lo suficiente en los temas, consigue que empatices con las heroínas de la película, y acaba siendo una aventura difícil, dura en ocasiones, pero entretenida, con un final (por los pelos) optimista.
Con mucho mérito por parte de sus intérprete, seguramente no pase a la historia del cine como una película de referencia, o una película de culto, o esas cosas que a veces se suponen de este tipo de producciones, pero es digna y visible. Allá donde tengan el privilegio de que la película sea programada en condiciones adecuadas. Si no, en este mundo, formas hay de ver estas películas.
Normalmente comento las series de televisión agrupadas por ciertos criterios. Series occidentales, series con un determinado tema, placeres inconfesables surcoreanos, animación japonesa (o de otros países)… lo que sea. Pero hoy, voy a mezclar. Porque aunque podría haber hecho una entrada dedicada a los placeres inconfesables surcoreanos, he decidido que agruparé varias series de este país que ya he visto con otra que estoy en proceso, por compartir protagonista femenina. Mientras, estoy muy interesado en una serie china que adapta una novela que me interesó mucho, siendo que la serie también tiene su punto, pero tiene 30 episodios. Y hay un par de series más en las que voy avanzando cuando encuentro tiempo. Que no siempre tengo tanto como les parece a algunos. Especialmente teniendo en cuenta que yo, a partir de las 9:30 de la noche, habiéndome despertado a las 6:30 de la mañana, y sin dormir nunca siesta… no valgo nada y estos pensando en que me quiero ir a dormir. Soy como los niños, si no duermo mis horas soy un zarrio. En fin vamos con una emblemática serie de este siglo XXI y con un placer inconfesable (o confesable) surcoreano.
Fotográficamente, nos iremos a Inglaterra, país de origen de una de las series de hoy.
Mucho se ha hablado de Black Mirror desde su impactante estreno en la BBC allá por diciembre de 2011, y las obligaciones impuestas a un primer ministro británico por el secuestrador de una princesa. Actualmente una serie exclusiva de Netflix, en esta sexta temporada hemos percibido una deriva en el tono y en los temas. Originalmente, la serie estaba orientada hacia la reflexión sobre los retos y los peligros que imponen las nuevas tecnologías de la información, con mucha atención a los desarrollos de las redes sociales, los mundos y realidades virtuales y las (llamadas) inteligencias artificiales. Aunque de vez en cuando han flirteado con el género de terror, normalmente anclado en lo anterior. Pero si esta temporada comenzaba con un episodio claramente heredero de su tradición e intenciones iniciales, un fenomenal Joan is awful, poco a poco ha ido derivando a un predominio del género de terror, el cual ocupa por completo el último episodio de la temporada, Demon 79, homenaje al terror demoniaco de los años 70 y 80 del siglo XX, que no ha gustado mucho al público votante de IMDb, pero que a mí me ha parecido fenomenal, lo cual es notable dado que no soy especialmente aficionado al género de terror. Y con un episodio central, Beyond the sea, a caballo entre los dos géneros y la ucronía, con aventura espacial incluida, que también está muy bien, muy bien. Son los otros dos episodios de la temporada los que me resultan más de relleno. Quizá la serie esté lejos de sus mejores momentos, y no soy especialmente partidaria de la deriva hacia unos temas distintos de los que la inspiraron. Pero reconozco que hay buenos materiales en ella todavía. La duración de algunos episodios, más de 75 minutos, los convierte en pequeños largometrajes, mejores que mucho de lo que se estrena habitualmente en la pantalla grande. De momento, me seguiré apuntando a temporadas futuras.
Recientemente me he encontrado con un fenómeno curioso. Tres series surcoreanas. En dos de ellas, la protagonista recuerda sus vidas pasadas (eso de la reencarnación es muy propio de Asia en general, aunque pocos entiende bien cómo «funciona»). En dos de ellas, hay peleas entre familiares por el poder empresarial en un hotel de lujo y prestigio. O sea, hay una que mezcla las dos cosas. Por lo que hasta que me puse al día, nunca sabía cual estaba viendo. Bueno…. dos de ellas todavía están en marcha en Netflix, pero Geunomi geunomida [그놈이 그놈이다, ese tipo es el tipo], conocida internacionalmente por títulos en inglés como To all the guys who loved me o Men are men, entre otros, se puede ver entera porque es una serie de 2020. Es de esas series que sólo te aparecen en la oferta de Netflix en España si configuras la interfaz para el idioma inglés. Creo que si la configuras en español no aparece. El caso es que es un triángulo rectángulo amoroso, en la que la hipotenusa y uno de los catetos se han criado como hermanos, estando él colado por ella, mientras que el otro cateto y la hipotenusa fueron pareja/matrimonio/novios en sus tres vidas anteriores, con finales trágicos. Y ambos recuerdan (él) o han recordado pero olvidado (ella) esas vidas anteriores. Por otra parte, ella ha decidido no casarse nunca y ser una mujer profesional e independiente, editando o creando webtoons, un género muy pujante en Corea del sur. La mayor parte de la serie está en clave de comedia romántica, que es donde mejor funciona, especialmente por la buena química entre los protagonistas, liderados por la chica Hwang Jeong-eum. Pero también tiene su parte de drama e intriga… que funciona peor. Al final, podría haber terminado sin problemas en el episodio 14 de los 16… pero lo prolongan tontamente hasta ese número total en dos episodios sin interés. No es ninguna maravilla, pero entretiene. Y hay un tema que te mantiene intrigado. La chica, ya una mujer de 37 o 38 años, 32 para el personaje de la serie… pero constantemente te da la sensación de que ha pasado por una remodelación en profundidad de «chapa y pintura» en algún cirujano plástico… y no acabas de sentirte cómodo. No sé si es cierto o no. Es simplemente una sensación, que compartí con alguna que otra amistad que vio algún episodio de la serie. Estas coreanas se operan demasiado, de forma para mí totalmente incomprensible. Nota: No confundir la serie con un largometraje adolescente, también de Netflix, con un título similar, norteamericano, pero con protagonista de origen asiático.
No ando yo muy inspirado últimamente. Fotográficamente hablando. Es el verano. Muchas horas de luz. Pero luz que, aunque abundante, no inspira. Luz dura. Luz fría. con esos cielos azules monótonos, sin detalle. Y con calor. Mucho calor. Como bromean algunos, «disfrutad de este verano, que va a ser el más fresquito del resto de vuestras vidas». No me gusta el verano para hacer fotos. No me pasa a mí en exclusiva; les pasa a muchos aficionados a la fotografía.
Aun así, intento mantenerme entrenado. Unas vez con más éxito y otras con menos. En esta ocasión… con menos. Unas instantáneas intentando aprovechar la luz más civilizada de primeras horas de la mañana, cuando me dirijo a mi lugar de trabajo. Los detalles técnicos, pocos, en Instantáneas a primera hora de la mañana – Fujifilm Instax SQ6 con Instax Square color. Veremos que tal el rollo de blanco y negro en formato medio que hice el domingo. O el de color a primeras horas de la mañana del sábado, cuando intentaba que no se me comieran los muchos mosquitos de este año.