He comenzado una serie de publicaciones en Substack sobre una estupenda cámara comercializada en 1964, aunque mi ejemplar vendría a ser fabricada entre el 1967 y el 1968. Poco a poco iré comentando allí sobre sus características. Y aquí poniendo algunas de las fotos realizadas con ella.
Pero en la primera publicación aprovecho para insinuar el morro de algunos fabricantes actuales de objetivos que venden versiones de ópticas de hace siete u ocho décadas, muchas de ellas de gama baja por su concepción, a precios de artículos de lujo… o casi. En fin…
Intentaré no entretenerme mucho con la entrada de hoy, pero voy a comentar algunas series de animación japonesa que he ido viendo a lo largo de esta primavera. Un par de ellas en Netflix, y la otra, de otras plataformas.
La primera es un tanto anecdótica. Meitantei Konan [名探偵コナン, literalmente el gran detective Conan], comúnmente conocido en España como Detective Conan, es una serie de manga con adaptaciones al anime tanto en forma de series como de largometrajes, de carácter detectivesco como su título implica, y atemporal. Es decir, que no hay un paso del tiempo en su universo, e incluso pueden concurrir anacronismos internos y externos. Vamos, que lo que importa es la mera aventura, sin más concesiones. También tiene alguna adaptación en serie de acción real. Últimamente han llegado a las carteleras españolas algunos largometrajes de esta franquicia. Pero yo nunca había visto nada. Hace unos meses llegó a Netflix un derivado, centrado en un personaje secundario, Meitentei Konan: Zero no ti taimu[名探偵コナン ゼロのティータイム 日常], o internacionalmente, Detective Conan: Zero’s Tea Time, seis episodios de escasamente un cuarto de hora de duración. Con un personaje secundario, un detective que se oculta bajo la apariencia de alguien que trabaja en una cafetería, Zero. Es relativamente intrascendente, pero simpática, y se ve con facilidad. Y dura muy poco. No ha sido suficiente para que me decida a ver algo de la serie principal.
Bartender: Kami no gurasu [バーテンダー 神のグラス], o Bartender: Glass of God, es otra adaptación de un manga. Este es de hace 20 años. En la segunda adaptación en formato de animación que se hace. Y tiene un tono de animación con temas más adultos, y no me estoy refiriendo al sexo, del que no hay nada. Es una historia en torno a un barman, entendiendo como tal no un camarero al uso, sino el camarero de barra especializado en combinados y cócteles, que trabaja en un establecimiento de la zona de Ginza, en Tokio. El propietario de un lujoso hotel quiere contratarlo para su establecimiento, pero el se resiste. Y enviará a su nieta, que trabaja para él sin que sus compañeros sepan que es la nieta, y a otra empleada joven a convencerla. En los doce episodios que dura, iremos haciendo un recorrido por la vida de los personajes, y de otros personajes secundarios que van surgiendo entre los clientes del bar donde trabaja el protagonista y otras personas con la misma profesión y relacionados. La he visto por curiosidad, pero no ha terminado de engancharme porque la mística que desarrolla en torno a la profesión del protagonista me parece una memez, así como las sutilezas sobre los sabores y formas de preparar los combinados. Una pena, porque por lo demás, está bien hecha. Razonablemente bien valorada por los aficionados al anime en Myanimelist, no tanto por los votantes de IMDb.
Danjon meshi [ダンジョン飯, comida de mazmorra], en inglés Delicious in dungeon, e ingeniosamente en español Tragones y mazmorras, es una serie de fantasía, del tipo Dragones y mazmorras (ver Nota, más abajo), con 24 episodios de duración, abierta a continuación. Aunque tiene muchos momentos de aventura, y sus notas de drama, la mayor parte de la serie tiene un tono de comedia, me atrevería a decir que de parodia amable. Un grupo de aventureros entre los cuales un humano, una maga elfa, un mediano (similar a un hóbit de Tolkien) y un enano, se adentran en una mazmorra (entiéndase por tal NO un calabazo, sino una estructura subterránea con tesoros, monstruos, seres fantásticos y tal) para rescatar a la hermana del hombre, que fue atacada por un temible dragón. Para ahorrar y evitar peso, decidirán comer de lo que encuentren, por lo que cada episodio recibe un título relacionado con el plato que cocina a partir de los monstruos, animales y vegetales fantásticos que encuentran por el camino. Es muy entretenida, muy ingeniosa. Los caracteres se hacen de querer, porque son básicamente imperfectos, pero entrañables. Y los subtítulos están traducidos con mucho ingenio y mucha guasa, supongo que acorde con el tono general de la serie. Por lo que realmente me ha divertido bastante. Se ve en Netflix. Y si hay segunda parte, sin duda la veré. Está muy bien valorada, entrando entre las 100 series más valoradas de las miles que hay en Myanimelist.
Nota: Para quienes no se cosquen con la cosa de los juegos o aventuras de mazmorras, es un tipo de aventuras claramente inspirado por las compañías que en los libros de Tolkien se internan por diversos subterráneos para conseguir algo, como un tesoro o lo que sea. Por ejemplo, los enanos y Bilbo a por el tesoro de Smaug, o la Comunidad del Anillo atravesando las minas de Moria, y este tipo de situaciones, donde también hay elfos, enanos, hombres, medianos, dragones, orcos,…
Nuevamente un paseo a la Cartuja Baja como los que ya comenté aquí y aquí. Me llevé también un cámara con un rollo de película fotográfica tradicional, pero esas fotos llegarán más adelante, en unas semanas. De momento aquí, algunas fotos realizadas con cámara digital.
La forma de mirar y pensarte la foto según utilices una cámara digital o película fotográfica es muy distintas. O debería ser. Porque uno de los principios más importantes para el fotógrafo, sea aficionado o profesional, es previsualizar el resultado. Proyectar en tu imaginación cómo va a quedar la fotografía en un futuro. En cualquier caso, hoy en día, hasta los equipo más sencillos son extremadamente eficaces, como la cámara que utilicé en esta ocasión, comprada hace unos años en un outlet por un precio muy conveniente. Pensando en lo que pagué por ella, es una de las mejores relaciones calidad precio que he tenido en los últimos… ¿20 años? Muchos no lo creerán.
El 30 de abril de este 2024 falleció el escritor norteamericano Paul Auster (1947-2024) a los 77 años de edad, como se suele decir eufemísticamente «tras una larga enfermedad», o sea, de cáncer. Estos eufemismos siempre me remiten a un ensayo de Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas, un texto que marcó de forma considerable mi forma de enfocar me profesión cuando apenas estaba comenzando mi recorrido en la misma. Sontag también falleció «tras una larga enfermedad». El caso es que a lo largo de los últimos 20 años leí varias obras de Auster, que en general me gustaron bastante. Y siempre he celebrado alguna de sus trabajos en el mundo del cine, aunque siempre más como guionista que como director.
En ese contexto, poco después de su fallecimiento apareció la novela que hoy nos ocupa de oferta en mi tienda habitual de libros electrónicos. Y por supuesto la compré, y me puse a ella. Poco antes de viajar a Japón. Este es uno de los libros, cuyo comentario me salté por adelantar uno (o dos) de los que leí como consecuencia del viaje. Y como es frecuente en las obras de Auster, nos traslada a Nueva York, donde encontramos a un joven estudiante universitario, que tiene un encuentro con un excéntrico francés, adinerado, y con su ligue del momento. El francés le propondrá un negocio editorial que supondrá su lanzamiento en el mundo laboral y empresarial. Y en una ausencia del adinerado mecenas, mantendrá una relación con la joven. Pero cuando vuelva el francés, un hecho delictivo pondrá final a estas relaciones. Hasta que un día se traslade a París y vuelva a encontrarlos.
Ambientada en los años 60, los temas que impregnan la novela son de carácter ético. El joven se encuentra en una situación compleja en su vida. Universitario, su vida como tal está a punto de terminar, con el riesgo de ser llamado a filas, a la guerra del Vietnam. Se siente atraído por el mundo sofisticado, por las posibilidades que da el dinero, por una mujer más interesante por su personalidad y puesta en escena que por su físico. Y en concreto, se siente hipnotizado por las oportunidades que le ofrece el rico francés… al mismo tiempo que se horroriza por sus acciones, fuera de la moral convencional, y por lo que pueden representar sus actividades, supuestas, no realmente conocidas, en ese mundo hipócrita de violencia trasladada a otros países y otras sociedades que fue el mundo de la llamada Guerra Fría, tan caliente en muchos lugares.
No voy a decir que sea el libro que más me ha gustado de Auster. Pero me ha gustado, bastante. Tiene su emoción. Tiene sus dilemas éticos. Tiene las dudas sobre si lo que el joven vive es real o hay una parte de delirio, de paranoia. Es interesante también la estructura del libro, en tres partes. La primera, escrita en primera persona, transcurre en Nueva York y narra las relaciones en el triángulo entre el joven, el francés y la mujer. La segunda, escrita en segunda persona, es una especie de interludio, que marca en gran medida el destino del joven, y en el que relata el haber mantenido relaciones incestuosas con su hermana durante un verano. La tercera, escrita en tercera persona, por un antiguo compañero de la universidad, sobre las notas del protagonista, y narra su vida en París, y su relación con el francés, su prometida, la hija de su prometida, y las consecuencias. Hay una última parte en la que se reflexiona, tras la muerte del protagonista, lo que puede haber de cierto o no en la vida del protagonista. Y de fondo siempre tenemos la cuestión de la fiabilidad del narrador, de la confianza que nos merece, de su objetividad/subjetividad. Esta es una cuestión que cada vez me interesa más, analizar la subjetividad del narrador. Por ello, cada vez me interesan más la narraciones en primera persona, en las que por sistema dudamos de su fiabilidad. Interesante es ese interludio narrado en segunda persona, una forma curiosa en la que el propio narrador intenta mirarse a sí mismo como si fuera otro, como si lo que estuviera narrando le estuviera pasando a otro. Introduciendo todavía más dudas sobre la fiabilidad del propio narrador.
Como veis, no faltan elementos de interés en esta novela. Una novela que me interesó vivamente mientras la leía, que luego me produjo un bajón, porque su cierre me resultó hasta cierto punto insatisfactorio, pero luego ha ido creciendo de nuevo en la memoria. Y tened en cuenta que hace ya mes y medio largo que la terminé de leer. En fin, que como todo lo que he leído de Auster, me parece muy recomendable.
No traigo mucha cosa hoy a las recomendaciones fotográficas de este domingo. Como ya he comentado en alguna otra entrada últimamente, en este final de primavera y principio del verano no ando con mucho tiempo disponible. Pero bueno, alguna cosa tengo. Vamos a verlo.
Hacía mucho que no se publicaba nada, o que yo no lo veía, en Cartier-Bresson no es un reloj. Parece que su autora está más entretenida con sus videos y esas cosas que con el blog. Una pena. Siempre he pensado que la lectura proporciona más poso y conocimiento que los vídeos, mucho más pasivos en la actitud del receptor. En cualquier caso, recientemente hacía un repaso a la figura de Francesca Woodman, esta joven fotógrafa que trágicamente se suicidó con 22 años hace más de 40 años, y que al ser descubierta en los últimos diez años se ha convertido en una figura importante de referencia, especialmente entre las féminas. Pero el artículo demistifica algunas de las ideas preconcebidas sobre Woodman. No rebaja ni un ápice su calidad como artista, pero si contextualiza su obra en las coordenadas de edad, tiempo, época, lugar, entorno,… que me parece muy apropiada. Por cierto, me parece muy acertada la reflexión sobre el hecho de que NO es lo mismo un selfi que un autorretrato. Muy acertada.
Akihiko Okamura es un fotógrafo japonés de quien pocos se acuerdan en estos tiempos. Falleció en 1985 con unos 55 o 56 años. Pero fue un fotógrafo que se batió el cobre por el mundo fotografiando los múltiples conflictos que «calentaron» la mal llamada «guerra fría»… como si realmente no hubieran habido abundancia de tiros, bombas y muerte en esa época de la historia reciente de este loco mundo. El caso es que Okamura se trasladó con su familia a Irlanda, donde vivió hasta su muerte. Y durante ese tiempo documentó dos realidades muy distintas. La pacífica, e incluso poética, vida con su familia en la República de Irlanda, confrontada con la compleja y violenta realidad del conflicto de Irlanda del Norte. Me enteré de ello en Conscientious Photography Magazine.
La primera de ellas es la fotografa neerlandesa Nanda Hagenaars, especialmente sus interesantes estudios de la figura humana, con perspectivas y contrastes poco usuales, un bello blanco y negro sobre película fotográfica tradicional, en el que la estructura de la emulsión ayuda a dotar la imagen de una cualidad orgánica muy interesante.
La segunda de ellas es el fotógrafo Jack Sorokin. Nacido en la vecina Nueva Jersey, vive y trabaja en Nueva York, donde realiza un trabajo de fotografía documental con unos colores muy expresivos. Hay tantos fotógrafos apuntando su cámara hacia las escenas que transcurren en las calles de la Gran Manzana, que a veces siento cierto hartazgo sobre este tema. Pero el color de la fotografía de Sorokin me parece muy interesante; su forma de ver en general. También hace mucho retrato y trabajo comercial.
La tercera de ellas es Jaschi Klein. Para esta fotógrafa alemana, la fotografía es más bien una forma de inmortalizar, o de presentar, su trabajo basado en instalaciones más o menos estables, más o menos temporales, y las performances que realiza con actores o danzantes, y en las que el paisaje adquiere un protagonismo esencial, al mismo tiempo que es reinterpretado. Muy interesante.
Ya os hablaba el martes de la caminata a la Cartuja Baja y el paseo entre sus calles reconociendo las estructuras de la antigua cartuja de la Concepción que da nombre al barrio. En un futuro, habrá que seguir explorando fotográficamente el lugar. Pero más hacia el otoño. Que ahora hace mucho calor, y para conseguir buena luz, o hay que madrugar una enormidad, o hay que esperar hasta muy tarde.
En cualquier caso, también hice unas cuantas fotografías con película en color. Que me quedaron mejor que las de blanco y negro. La película que llevé se adapta bien a las circunstancias de luz intensa y dura que tuvimos esa mañana de sábado. Para saber más de las cuestiones técnicas fotográficas, podéis visitar la correspondiente publicación en Substack. Para los que no os interese, como de costumbre, os dejo algunas fotos. Con más interés documental que artístico.
En las últimas semanas he estado muy liado con diversas cosas. Y a eso hay que sumar que no estaba inspirado por la cartelera para ir a las salas de cine. Pero hace unos días nos sacudimos esa pereza para ver esta película dirigida por Benoît Delhomme, un director de fotografía que se estrena como director con este largometraje, no excesivamente largo, y que nos atrae al cine por su reparto. Especialmente por sus dos actrices protagonistas, Jessica Chastain y Anne Hathaway. Por cierto… números redondos. Esta es la película número 30 de este año en mi base de datos de estrenos, y la 1600 desde que empecé a cumplimentarla un 28 de diciembre de 1997.
La película es una adaptación al idioma inglés y a un ambiente nortemericano a principios de los años 60 del siglo XX de una película francesa que yo no he tenido oportunidad de ver. La película, en castellano, lleva el estúpido título de Vidas perfectas, que orienta poco sobre la esencia de la producción, y que da la sensación de que corresponde a una película que ya hemos visto, de algún modo. Dos familias de clase media acomodada, en algún barrio residencial de alguna ciudad norteamericana, todo parece perfecto. Las dos con un hijo de similar edad. Buenos vecinos, buenos amigos… todo bien. Hasta que la muerte de uno de los niños en trágicas circunstancias pone a prueba esta amistad… y muchas más cosas.
La película tiene varios problemas. Ninguno de ellos es la interpretación, ya que el reparto, todo él, incluido el niño, pero en especial las dos actrices protagonistas, hacen lo que pueden, lo que mejor saben. Pero esto quizá no baste, salvo para que la película obtenga el aprobado pelado. El realizador se preocupa mucho por la estética, por el diseño de producción. Todo perfecto. Pero sin alma. Para empezar, porque la película no sabe qué quiere ser. Parece que va a ser una disección del duelo por la pérdida del niño… pero pronto toma tintes melodramáticos hasta que… ¿esto es cine negro… casi terror psicológico? No sé… te pasas la película desorientado, sin saber a donde vas. Afortunadamente es corta, muy poquito más de hora y media.
Aunque, como ya digo, se le puede dar el aprobado por el trabajo de su reparto, lo cierto es que no me atrevería a recomendarla. Le falta sustancia. Y nos olvidaremos pronto de ella. Mal comienzo para este director novel en este tipo de tareas.
Hace bastantes semanas que no dedico una entrada a las series surcoreanas. Y es que entre unas cosas y otras… últimamente me he enfriado bastante hacia este placer inconfesable. Últimamente he colgado varias tras ver uno o dos episodios. Quizá están dejando de divertirme. O no. Quién sabe. Pero aquí traigo tres de ellas, de muy distinto pelaje.
Gungeomsa Dobereuman [군검사 도베르만], en inglés Military prosecutor Doberman, es un drama militar y judicial, con toques de comedia y el inevitable romance, que se puede ver en Netflix, aunque sin doblaje ni subtítulos en español, hay que ponerlos en inglés, originalmente estrenado en su país de origen en 2022. Dos fiscales militares se alían contra un entramado de corrupción que abarca a altos grados militares y al mundo empresarial. Él, un vividor, que originalmente busca su propio beneficio, ella,… busca venganza. Y a partir de ahí, con un tono más desenfadado que dramático, una serie de aventuretas que se benefician del buen hacer de sus protagonistas (Ahn Bo-hyun y Jo Bo-ah) y de la buena química entre ellos. Un guilty pleasure bien hecho, pero bastante inverosímil, por lo demás.
Bimir-eun eops-eo [비밀은 없어, sin secretos] recibe en castellano el título de Hablando con franqueza o en inglés Frankly speaking. Parte de una premisa que no es nueva en series surcoreanas, ya la vi en una serie hace unos años. Un periodista o similar que es incapaz de mentir. En este caso un presentador de televisión (Go Kyung-pyo). Y eso le lleva a que le vaya mal profesionalmente. Para salir del atolladero, se alía con una guionista de reality shows (Kang Han-na), pasando a formar parte de los participantes en uno de sus programas. A partir de ahí, enredos y romances. Es una serie bastante intrascendente, estreno reciente de Netflix, y que se salva también por el buen hacer del reparto y porque los guiones no están mal.
Finalmente, una serie un tanto atípica, Hieoroneun animnidaman [히어로는 아닙니다만, no soy un héroe], que ha dado en titular en castellano/inglés como Una familia atítpica/The atypical family. Mezcla de comedia y drama romántico. Quizá más drama que comedia, aunque de todo hay. Una mujer joven (Chun Woo-hee), huérfana, que forma parte de una banda de estafadores, se infiltra en una familia con dinero, con el fin de casarse con el hijo viudo (Jang Ki-yong), con una hija preadolescente, y desplumarlos de su dinero. Pero con lo que no contaba es que fuese una familia con superpoderes. Aunque ahora no los pueden utilizar por culpa de las enfermedades asociadas a los estilos de vida modernos. La una vuela, pero no lo consigue porque se ha vuelto obesa. Otra tiene sueños premonitorios, en los que basan la riqueza familiar, pero no lo consigue por culpa del insomnio. El viudo es capaz de viajar al pasado, a sus momentos felices, pero no lo consigue porque está permanentemente deprimido desde que enviudó. Y en doce episodios se desarrolla un complejo enredo, en el cual, no faltan los dramas familiares y el romance, inicialmente ficticio pero luego… lo de costumbre. Tiene sus cosas originales, pero el ritmo y el desarrollo de la serie no siempre es acertado. Lo de los viajes en el tiempo es un plus, y está bien resuelto. Pero me he quedado con ganas. Podría haber sido muy buena. Quizá convertida en un largometraje, podría haber tenido su miga.
A principios de mayo me entró el interés por explorar los restos de la antigua cartuja de la Concepción, que dan nombre al barrio rural de la Cartuja Baja de Zaragoza. Se cuenta que Zaragoza tenía un cinturón de nueve monasterios cartujos de los que queda íntegra la cartuja de Aula Dei, y elementos del antiguo monasterio que he comentado en este barrio zaragozano.
En un primer acercamiento, un sábado por la mañana, hice unas cuantas fotografías, tanto con película para negativos en blanco y negro como en color. En esta entrada muestro algunas fotos del rollo en blanco y negro, de cuyas cuestiones técnicas hablo en la correspondiente publicación en Substack. Más adelante pondré fotografías en color. Pero me quedó pendiente el volver a una hora con una luz más agradable para fotografiar, que no sean las horas centrales del día. Estamos ya en pleno verano, tiempo poco propicio para esa luz agradable… así que probablemente será ya en otoño cuando retomemos esta cuestión.
Tercera entrega de la trilogía de cinco libros dedicada a los Gigantes de James P. Hogan. La primera entrega me pareció muy divertida de leer, ciencia ficción especulativa, que ahora, casi cinco décadas después notamos que se basa en una ciencia viejuna, pero que despertó mis nostalgias por la ciencia ficción que leía en mi adolescencia y en mi juventud. En los años ochenta del siglo XX. La segunda entrega no me atrajo tanto… esto de traer a los gigantes vivos de regreso al sistema solar… bueno… era entretenida… pero ya no lo mismo. A pesar de ello, me animé con la tercera entrega sobre la que…
Sobre la que ya… creo que Hogan se fue un poquito de la olla. Porque se monta una guerra de las galaxias a nivel local, con una serie de inventos para saltarse a la torera el tema de que la luz se arrastra lentamente por el espacio tiempo, haciendo que un conflicto bélico a nivel estelar sea difícil de encajar. Y tampoco es que haya muchos disparos ni enfrentamientos entre acorazados estelares,… ni nada de eso. Aquí los buenos ganan porque además de ser los buenos, son más listos. Y científicos. Por algún milagroso milagro… en estas novelas los políticos tan apenas aparecen. En fin.
Ya no es lo mismo. No es que me aburriese leyéndola. Ni que estuviese a punto de dejarla o algo de eso. Nop. En realidad, creo que la leí con una perpetua sonrisa en la boca, porque tiene una importante carga de ingenuidad. Sinceramente, en estos momentos no me veo leyendo la cuarta y quinta entrega de la trilogía. Hasta cierto punto, esta tercera entrega me ha sacado de ella. Pero, oye, nunca se sabe. Si me las encuentro de ofertón,… quien sabe.
Para los aficionados a la fotografía con película tradicional, las noticias de esta semana ha estado marcada por un acontecimiento cuya trascendencia real se verá con el tiempo. Ricoh Imaging, que posee los derechos de la marca Pentax, ha lanzado al mercado la Pentax 17. Una cámara compacta para película de 35 mm que permite obtener 72-75 exposiciones de 24 x 17 mm en un rollo de 36 exposiciones estándar, en lugar de las previstas 36-38 exposiciones de 24 x 36 mm. En principio, con algunas diferencias, como el flash incorporado, su capacidad para enfocar por estimación, y algún modo de exposición dentro del automatismo total de la cámara, algo muy similar a la Olympus Pen EE3 que uso con cierta frecuencia.
No voy a entrar aquí en detallar las cuestiones más importantes de la cámara, las que gustan y las que no. Si leéis en inglés os propongo este artículo de Wesley Verhoeve. Pero ya advierto, la mayor parte de lo que se ha escrito sobre la cámara lo está más como fenómeno hipster, como tanto sobre fotografía fotoquímica, que como análisis objetivos sobre el aparato. En fin… muchos son muy optimistas… pero sólo es una cámara sencilla, aunque aparentemente bien hecha, lo que se nota en su precio, que todavía hay que ver qué tirón tiene más allá de la novedad inicial. Así que vamos con el tema principal de las recomendaciones de hoy. Las exposiciones de PhotoEspaña que he podido ver. La que he visto en Zaragoza y las que me dio tiempo a ver en Madrid. No hablaré de todas. Sólo de las que me interesaron más.
En Zaragoza, en la Lonja, tenemos la exposición retrospectiva de Pilar Aymerich, una de las pocas fotógrafas, mujeres, que se movió en la prensa española en el tardofranquismo y en la transición, y que se han puesto de moda en los últimos años. Porque lo merecían en la mayor parte de los casos. Y desde ese punto de vista, la exposición que he visto está bastante bien. Y como profesional me parece bastante más interesante que alguna otra que se puso de moda, y me pareció más circunstancial. Puestos a recomendar mujeres fotógrafas, la emparejaría, aunque tengan estilos muy distintos, con la venezolana nacida suiza Barbara Brändli, una modelo que tuvo su momento en el París de los años 50, y que se pasó al otro lado de la cámara cuando se trasladó a Venezuela, donde realizó su actividad profesional como fotógrafa durante décadas, con reportajes en el mundo de la danza y el teatro, pero también entre los pueblos indígenas de la región amazónica del país, entre otros temas. Se puede ver en CentroCentro, aunque palacio de Correos y Telecomunicaciones, en Madrid.
El Círculo de Bellas Artes de Madrid siempre tiene una actividad destacada durante PhotoEspaña. Dos de las exposiciones actuales me interesaron y voy a comentar. Aunque una de ellas no aparece en el programa del festival. Supongo que ha coincidido su programación por el CBA con la programación del festival. No sé. La que no está es un clásico de la fotografía española de la segunda mitad del siglo XX, la España oculta de Cristina García Rodero. Una de las obras magnas de la fotografía española, ese recorrido por la España profunda buscando las tradiciones sobre el mundo religioso, místico, mágico, en una España que, para mí, daba mucho miedo. Por las connotaciones que sugería de incultura y fanatismo. Pero es una serie que es interpretada de muchas formas. Imprescindible. También en el CBA encontramos la serie Karasu 烏 (Cuervos) de Masahisa Fukase. Otra imprescindible sobre el amor, el duelo y la pérdida, que surge a partir del divorcio de su esposa Yoko. Me pone muy nervioso ese caracter, 烏, cuervo, por su semejanza con el de pájaro, 鳥 tori. Sólo se diferencia en un trazo… que si no estás habituado, es muy sutil. En cualquier caso, para muchos, una obra maestra.
Quizá se pueda considerar que la exposición estrella del festival es la dedicada a Erwin Olaf. La principal antológica retrospectiva del fotógrafo neerlandés tras su fallecimiento en 2023 por las complicaciones tras un trasplante de pulmón. Olaf es un fotógrafo que conocí pronto cuando comencé con mi afición a la fotografía. En un momento en el que empezaba a ser popular fuera de su país, pero no al nivel que habría de alcanzar. Un fotógrafo que me sorprendía por la perfección técnica de sus fotografías, en su mayor parte retratos o fotografías escenificadas, en las que lanza su mensaje sobre sexualidad, sobre la soledad, sobre la incomunicación,… una fotografía mucho más política de lo que parece en un primer instante. Es una excelente exposición que justifica el viaje para el amante a la fotografía.
Y termino con mi sorpresa agradable. Mi hallazgo de un fotógrafo que no conocía. No conocía tampoco la sala de exposiciones del Espacio Cultural Serrería Belga, unos antiguos talleres industriales reconvertidos en un centro cultural, cerca de Atocha, junto a Caixaforum. Allí se celebra la exposición retrospectiva dedicada al ucraniano Boris Savelev, un fotógrafo ucraniano, que fue de los pocos que trabajaron de forma independiente durante los tiempos de la Unión Soviética, habiendo residido en Moscú y San Petersburgo. Desde que en 2014 comenzaron los conflictos entre Rusia y Ucrania, se volvió a esta última, y con la guerra encima se refugió en Vigo. El caso es que tenemos una exposición con fotografías de muy alto nivel, algunas en blanco y negro, pero muchas en color. Un color maravilloso ya que durante años usó el material Kodachrome, en sus sensibilidades ISO 25, 64 y 200, que, junto con su capacidad para ver el momento y su capacidad para componer integrando el color como pocos en la composición, genera imágenes de muy alta calidad artística y conceptual. Me gustó mucho. Me gustaría tener algún libro de este fotógrafo. Pero solo encuentro de segunda mano y a precios muy elevados.
Ayer estuve en Pamplona. Fue, en cierta medida, una continuación del viaje el día anterior a Madrid. Pero la parte de asuntos personales que conllevaba el desplazamiento a la capital navarra se solventó en veinte minutos. Cuarenta minutos, si cuentas el desplazamiento por la ciudad para llegar al lugar donde estábamos citados. Así que a pesar no haber madrugado, y haber ido en un tren que salía de Zaragoza a las once y cuarto de la mañana y llegaba a Pamplona casi dos horas más tarde, enseguida nos quedaron un montón de horas para conocer la ciudad. El tren de regreso salía a las ocho y cuarto de la tarde.
Yo ya había visitado Pamplona en diversas ocasiones. Las más lúdicas, a principios de los años 90 cuando pasamos la noche del 6 al 7 de julio, en el inicio de los sanfermines, en la ciudad, habiéndonos desplazado desde Logroño, y en 2007, cuando estuvimos unas horas por la mañana en los sanfermines chiquitos, antes de ir a comer a Sorauren, a pocos kilómetros de Pamplona. Otras visitas tuvieron otro carácter, alguna familiar, alguna de trabajo, pero… nunca había visitado propiamente la ciudad.
Recorrer sus calles, conocer algunos de sus momentos. Entrar a tapear tranquilamente en los bares y restaurantes de la calle de San Nicolás. Fotografiar algunos de los rincones más típicos o más interesantes del casco viejo de la ciudad. Y tantear un poco el ambiente que se vive. Para esto último, hacerlo en viernes está muy bien, porque mezcla las rutinas del día laborable por la mañana y primeras horas de la tarde, con el relajo y el comienzo del fin de semana en las últimas horas de la tarde.
Plaza del Castillo, plaza de San Francisco, calle Estafeta, la plaza Consistorial, el callejeo, la catedral, poco conocida… yo no había oído hablar de ella, pero que no está mal, la iglesia de San Nicolás, gótico temprano, y la de San Cernín o Saturnino, un pastiche gótico con un pegote barroco. En fin… que no da para mucho más allá de un día, pero que es un paseo agradable. Y con muy poquitos turistas. Pero muy poquitos. Para la inmensa mayoría de los extranjeros, España es Madrid y Barcelona. Para los más ilustrados, también Sevilla. Para determinados europeos, playas en islas y costas mediterráneas. Para unos cuantos pirados, el camino de Santiago, que pasa por Pamplona. Y para una minoría, el resto, que merece la pena tanto o más que lo anterior. Más. Porque la experiencia de visitar Barcelona o Madrid, hiperturistizadas, se ha vuelto una porquería. En fin. Un día agradable. Con un concierto final de una banda de chistus en la plaza Consistorial. Que solo estuvimos unos minutos, que para esto de los chistus hay que ser muy de por allí para que te vaya más allá de la curiosidad inicial. Que conste que los chistus no son exclusivos del País Vasco y Navarra como creen algunos de ellos. La flauta de tres agujeros, para tocar con una mano, está por toda Europa; en Aragón se llama chiflo. Aunque no es muy usada en los tiempos actuales.