No voy a dedicar mucho a comentar sobre un nuevo volumen de Astérix el Galo. Tengo todas las historietas del pequeño guerrero de la armónica y su «ligeramente desarrollado» compañero y repartidor de menhires, desde el número 1 y en lengua original, el francés. Creado por la genial pareja formada por René Goscinny y Albert Uderzo, conoció su edad de oro mientras el genial e ingenioso escritor estuvo con nosotros sobre la faz de la Tierra. Su prematura muerte, con sólo 51 años, en 1977 dejó un vacío que luego nadie ha sabido cubrir. Nunca las aventuras de los invencibles galos alcanzaron los niveles previos, e incluso en algún momento decayeron considerable a niveles en los que casi habría que plantearse haber dejado descansar para siempre al personaje, como sucedió con Tintin a la muerte de Hergé.
Unos paisajes de la península de Armórica, tierra de Astérix y compañía. Que ya tienen sus casi treinta años. Debería volver a visitar aquellas tierras.
En cualquier caso, desde hace unos años, son la pareja formada por el dibujante Didier Conrad y el guionista Jean-Yves Ferri quienes siguen adelante con las aventuras de Astérix. Aunque no elevaron de forma notable el nivel sobre lo que se venía haciendo de los tiempos de Uderzo en solitario. Quizá por eso,… por esa caída aparentemente irrecuperable en cierta mediocridad, esta nueva aventura en el que nuestros héroes coinciden por casualidad con unos emisarios romanos buscando el mítico grifo en las tierras incógnitas al este del mundo conocido (o sea el Imperio romano y fronteras adyacentes), en tierras de los sármatas (al este del Vístula en la Polonia actual y hasta el Cáucaso, me gustado más. Es realmente muy entretenida en su mayor parte, aunque decae en sus últimas páginas, como si la pareja de autores no hubiera previsto un final adecuado y un cierre razonable, a una aventura con un planteamiento muy entretenido.
Pero… misión completa. Sigo teniendo la colección completa. En francés. Y supongo que seguiremos. Es lo que hay.
Sigo bloqueado en la lectura. Por probar diversas cosas, en estas últimas cinco semanas he comenzado a leer cinco libros distintos. Alguno de ellos, nuevas versiones de libros ya leídos que me apasionaron en su momento. Por ejemplo, leer la versión original en inglés de Foundation de Isaac Asimov, aprovechando que estaba viendo la adaptación de la historia, mala adaptación, como serie televisiva. También he intentado alguna obra de autores japoneses, que mis últimas vacaciones me funcionaron muy bien. Pero tampoco. Comienzo a leer, y tras unas líneas o un par de páginas mi mente se distrae en otros pensamientos, sin conseguir concentrarme en la lectura. Pero en esta ocasión es nuevamente Hugo Pratt quien sale al rescate. Pero no con una nueva aventura de Corto Maltés. Esta vez voy con la última obra de Pratt, protagonizada por un antihéroe, un oficial de la marina real británica durante la Segunda Guerra Mundial en el Adriático.
Un trayecto al atardecer en el «vaporetto» que une Burano con Venecia por la Laguna Veneta nos vendrá que ni pintado.
Pratt nació a orillas del Adriático, en Rímini o cerca de Rímini. Como Fellini, que situó en aquella ciudad, durante la época fascista, la maravillosa Amarcord (Yo recuerdo, en el dialecto local). Así que sitúa al protagonista de este fumetto, Morgan, al mando de una patrullera británica en los años de la guerra que siguieron al cambio de bando italiano, entre septiembre de 1943 y el final de la guerra. Y ahí encontramos a este flemático, decidido y estoico oficial realizando labores de cartero y de transporte de personas entre las costas yugoslavas, italianas y albanas, de las zonas ocupadas por unos y por otros, y en medio de una maraña de conspiraciones entre los servicios secretos británicos, los partisanos comunistas de varios de los países ribereños, los partidarios monárquicos de los mismo países, ahora amigos de conveniencia, ahora enemigos declarados,… y de vez en cuando tropezando con alguna guapa e interesante mujer, sobre si la podemos considerar amiga o enemiga, aliada o adversaria… pues todo es según el punto de vista. Y es que el mando de la flota no va a arriesgar a un oficial y su tripulación que de forma tan eficiente realizan sus misiones, enviándoles a misiones heroicas, donde lo más probable es que terminen muertos.
Bari, Trani, Foggia, Pescara, Ancona, Albania, Split, Trieste… y cómo no, Venecia, tan querida a Pratt, y a mí, son algunos de los lugares que visita la patrullera del teniente Morgan. En unos episodios bélicos tan aparentemente anodinos como apasionantes cuando los cuenta Pratt, en un alegato antibélico elegante, donde afloran las hipocresías aparentes o escondidas de las potencias beligerantes, en ese o en cualquier guerra, donde es difícil saber donde comienza y terminan las lealtades y, lo que es peor, donde comienza y termina el objeto de la lealtad. Contada con humor, con un final absolutamente maravilloso a costa de trece motocicletas alemanas BMW, la novela gráfica, pues tal designación merece por su bella narración y por su profundidad, se mueve entre el escepticismo, la nostalgia y una cierta melancolía, que no impide que nos solidaricemos con algunas personas, que nos enamoremos de las mujeres, y mandemos a tomar por donde amargan los pepinos a las «grandes causas», a los políticos, a los mandos militares y, sobre todo, a los fascistas.
Quienes sigáis con cierta frecuencia este Cuaderno de ruta puede que recordéis que en los dos últimos años he hecho una par de escapadas, a finales de octubre, antes del cambio de hora, a Andalucía. Y en ambos viajes he coincidido con una pareja que me caen muy bien. Gente encantadora, de origen onubense, pero que llevan viviendo en Sevilla desde que fueron a estudiar a la universidad, y donde se conocieron. Pues bien, esta semana con tantos festivos, han estado por Zaragoza. Bienvenidos.
Hasta el miércoles tan apenas pude coincidir con ellos. Pero después sí. Y con los malos días, lluvia desapacible, que ha habido recientemente, ellos mismos propusieron visitar algún museo y alguna exposición. Así que jueves y viernes por la mañana, hacia el mediodía, les acompañé a algunos de ellos. El jueves visitamos el IAACC (Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporánea) Pablo Serrano. El viernes, el Caixaforum Zaragoza. Están muy cerca ambos centros, pero no nos dio el tiempo para visitarlos el mismo día.
En el IAACC Pablo Serrano se encuentra la exposición Aragón y las artes. 1939 – 1957. Según nos cuentan en el propio museo, es la primera de tres exposiciones que van a recorrer el ámbito de las arte plásticas y la cultura desde el final de la Guerra Civil española hasta el final del siglo XX. Y estas tres exposiciones serán el germen de lo que será la exposición permanente sobre arte contemporáneo en Aragón, que va a plantear el museo en su oferta expositiva. De momento, la exposición actual me parece más interesante como recorrido a la historia de un triste momento de nuestro país, las consecuencias de las posguerra inmediata y la dictadura, que como valor artístico global de la exposición. Lo que ya no tengo claro es si el intervalo «Octubre 2021 – agosto 2023» que indican en la página web se refiere a las tres exposiciones o sólo a la primera de ellas. Como sea este último vamos a ser muy mayores cuando veamos esta exposición permanente.
En Caixaforum Zaragoza nos centramos en la exposición Faraón, que encontramos en esto momento y hasta poco después de las fiestas navideñas, preparada en combinación, en colaboración o con fondos del British Museum. Es un recorrido por la historia del Egipto antiguo y clásico, desde la época de las primeras pirámides hasta los faraones ptolemaicos, desde el punto de vista de cómo se presentaban, actuaban o se desenvolvían sus monarcas. Es curiosa y muy entretenida. Aunque el grado de profundización real en lo que es el sistema político y social en torno al faraón es limitado. Pasa mucho con las exposiciones de Caixaforum, traen piezas estupendas que sería difícil ver si no es viajando a sus museos de origen, esas o similares, pero les falta un poco de profundidad en el comisariado de la exposición. En fin, no obstante, lo pasamos bien.
La lectura de este libro es en cierta medida un «error». Pero, en general, es un acierto. Me explicaré. Hace unas semanas comentaba la lectura de un relato corto de las aventuras de Corto Maltés, el célebre personaje de historieta del italiano Hugo Pratt, que transcurrían en su juventud. Comentaba en aquella entrada cómo, en el desplazamiento entre Sorrento y Roma, tuvimos tiempo en la estación central de Nápoles para curiosear libros en la sucursal de La Feltrinelli de la estación. Y allí vi este título, que me pareció interesante. Pero no lo compré, porque abultaba mucho más que el que comenté hace unas semanas, que era más ligero para ir leyendo en el tren camino de Roma. Anoté el título, para buscarlo a mi regreso. Y ahí cometí el error. Puesto que me apañé bien con el idioma italiano al leer el que compré en Nápoles, pues también pedía este idioma… que supuse erróneamente la versión original. Y no. Es la cuarta aventura del pirata tras la muerte de Pratt, y está escrita en francés por Martin Quenehen, y dibujada en el idioma universal por Bastien Vives.
Las callejuelas y «vicoli» del casco antiguo de Nápoles sirven para re
Si de leer una traducción se trataba, lo mismo podría haber leído la traducción al castellano, claro. Aunque de esta forma me ahorré tres o cuatro euros… la italiana es más barata. Pero bueno… lo ideal hubiese sido no estar amuermado y haber atinado con la francesa. En cualquier caso, Quenehen y Vives introducen una importante innovación en el personaje principal y en la historia. La trasladan a los tiempos actuales. Bueno… más bien, a los primeros años del siglo XXI y los atentados de las Torres Gemelas, cuestiones que aparecen de fondo, que sirven para orientar en el tiempo al lector, pero que no tienen que ver con la trama. Trama que comienza en Japón, cuando un jovenzano pirata nacido en La Valeta entra en contacto con una organización secreta, tras la cual se mueve en busca de riquezas, lo que le lleva hasta Perú y Panamá.
Estamos ante una reinvención del personaje, joven, impulsivo, casi temerario, con el carácter que le impuso Pratt bastante bien conservado, pero adaptado a los tiempos que corren. Y con gran capacidad para ligar con mujeres estupendas. La aventura es dinámica y muy entretenida. No sabe lo mismo que las de Pratt, especialmente las que más me gustan, que las más de las veces tienen un tono más melancólico. Pero es muy aprovechable y sirve para darle una vuelta a la idea de cómo sería Corto si en lugar de aparecer en el mundo de la aventura a principios del siglo XX lo hiciera un siglo más tarde. A mí… ya me ha venido bien. Lo he pasado bien.
Esta entrada literaria iba a ser escrita ayer. De hecho, ayer tenía más tiempo para hacerlo. Hoy voy a ir con el tiempo un poco justo, pero no quería dejarla pendiente más tiempo. Pero algunos acontecimientos en mi mundo laboral hicieron que perdiera las ganas de ponerme a escribir sobre el libro de la japonesa Hiro Arikawa. Un libro que, ya adelanto, me gusto mucho, mucho, mucho. Pero algunos de los temas que trata, mezclados con los avatares de mi jornada laboral… generaban un cóctel difícil de tragar en el día de ayer. Pero hoy sí que me apetece. Además he recuperado las buenas sensaciones que me dejó el libro cuando lo leí en mi viaje de regreso de Roma a casa al final de mis vacaciones italianas de la primera quincena de octubre.
Los viajes de Nana, el gato narrador, y su dueño, Satoru, les llevan en un momento dado al «ryokan» apto para mascotas que unos buenos amigos de Satoru tienen en las proximidades del monte Fuji. Utilizo algunas fotos de esas proximidades a la emblemática montaña japonesa, uno de los más felices momentos que he pasado entre mis dos viajes al País del Sol Naciente, para ilustrar esta entrada
Arikawa es una autora de un género popular en Japón, la novela ligera. Un género menor para muchos, especialmente si lo comparas con géneros similares, pero no iguales, en occidente; no obstante, ha generado algunos libros de éxito que tiene más enjundia y calidad literaria de lo que muchos podrían imaginar. Me cuesta incluir el relato que traigo hoy dentro de este género. En cualquier caso, recientemente leí un libro de la autora que me gustó bastante y, revisando su bibliografía, encontré este título… que todavía me ha gustado más.
Ciertamente no es una novela de gran extensión, pero la versión impresa, yo la leí en versión electrónica, tiene sus buenas 265 páginas. Y sus temas, a pesar del humor y buen rollo que destila el libro, son profundos y de calado humano. A cuerpo de gato es el título que se ha dado al libro en España… incomprensiblemente, desde mi punto de vista, puesto que el título original japonés 旅猫リポート Tabi neko ripōto, se traduciría como las Crónicas o informes de un gato viajero. Y es exactamente eso. La narración realizada por un gato callejero en primera persona, recogido y reconvertido en gato doméstico por un hombre joven de buen corazón, cuando, por motivos que irán apareciendo conforme avanza el relato, tiene que buscar un nuevo hogar para el gato, ya que ha dejado su trabajo, tiene que mudarse de ciudad, de Tokio a Sapporo, como nos enteraremos, y no sabe si va a poder cuidar de él.
Para ello, el hombre joven va visitando a sus buenos amigos del colegio, del instituto, de la universidad, o a la tía soltera que lo cuidó cuando quedó huérfano al morir sus padres en un accidente de tráfico. Padre y madre amantes de su hijo, cariñosos y dedicados, que influyeron en el carácter del hombre. De esta forma, en los sucesivos viajes por la geografía de Japón buscando un hogar para su gato, conoceremos más de la historia del joven, del sentido de la amistad, del significado de lo que es ser padres o lo que es una familia, de la solidaridad human. También sobre el amor y las dificultades que ha de superar para afianzarse. No puedo contar más, puesto que creo absolutamente indispensable que el lector vaya descubriendo por sí mismo la historia que nos cuenta Nana 七 (significa siete en japonés), y que desde el principio recuerda al humano protagonista al gato de su infancia, Hachi 八 (que significa ocho en japonés).
La novela es muy emotiva. En el buen sentido de la palabra, pero con intensidad. Habría que tener un corazón acorazado y muerto para no conmoverse y sentir genuina tristeza en algunos momentos del relato; el relato toca realmente la fibra sensible de cualquier humano no deshumanizado. Pero al mismo tiempo tiene momentos de genuina comedia, de alegría, de amor a la vida, de solidaridad humana, mientras acompañamos junto a Nana a quien es, genuinamente, un hombre bueno, cuando tenía todas las papeletas para no haberlo sido. Todo un descubrimiento para mí esta novela, que ha pasado inmediatamente a mi lista de favoritas de todos los tiempos.
Desgraciadamente, aunque durante mis vacaciones entre finales de septiembre y la primera quincena de octubre conseguí romper mi bloqueo lector, este ha vuelto después de dichas vacaciones, con una excepción de momento. Pero todavía me quedan por comentar algunos de los libros que leí durante esas vacaciones. Y hoy vamos con un que me gustó bastante.
Ya comenté en su momento que, hasta el momento, he leído todas las novelas de Haruki Murakami. Sólo uno de sus ensayos, y algunos relatos cortos sueltos, y una compilación de estos reunida. Hoy voy con el último libro de relatos publicado en español del conocido autor japonés, quien siempre suena para el premio Nobel… y a quien nunca se lo otorgan. Como los premios cada vez me parece una cosa más desprestigiada… pues me da igual.
Cualquier lugar de Japón viene bien como emplazamiento de las historias de Murakami, aunque Tokio suele ser el más frecuente. En esta ocasión pasearemos por Kii-Katsura y Shingū, en la península de Kii.
一人称単数, Ichininsho tansu, o lo que es lo mismo Primera persona del singular es una colección de ocho relatos cortos que, como su nombre indica están redactados en primera persona, con el autor identificando al autor consigo mismo. ¿Eso quiere decir que estos ocho relatos que abarcan vivencias desde la adolescencia hasta la edad adulta bien entrada son autobiográficos? Pues Murakami sabrá. Pero como dice el dicho italiano tradicional, si non è vero, è ben trovato. Si no es verdad, está bien contado. Y es que el japonés muestra aquí plenamente porqué soy un incondicional de su obra, que como la de cualquier otro escritor tiene sus altibajos. Aunque desde mi opinión, con más altos que bajos. El autor sabe colocar a la persona que mira al mundo en sus relatos, generalmente un hombre, que ni es muy listo ni muy corto, ni más guapo ni más feo, una persona normal, corriente. La cuestión es que a este hombre corriente, con quien nos podemos identificar los lectores, puesto que ni es un héroe, muy macho, o un escocés muy alto y fuerte, ni un patético risible, que son los tipos más frecuentes de la literatura, el sexismo en las artes es perjudicial tanto para las mujeres como para los hombres, paradójicamente, en los relatos de Murakami, vive experiencias interesantes. Conoce a mujeres interesantes. Vive situaciones peculiares. Tiene un amorío imprevisto que nunca hubiera soñado… Y eso está bien contado.
En su mayor parte relatos incardinados en el mundo real, hay algunos que transitan por ese realismo fantástico que también incorpora a bastantes de sus novelas. Y que a mí, me fascina. Lo cierto es que disfruté bastante del libro. No son los relatos cortos que más me gustan de Murakami, pero me parecen perfectamente recomendables. Esperaremos al siguiente libro del japonés. Que parece puede ser de ensayo.
Hace unas semanas comenté una película de animación, que no está mal, y que está basada en uno de los relatos de esta colección de la autora japonesa Seiko Tanabe. Tanabe es una escritora nacida en Osaka en 1928, que falleció recientemente, en 2019, y que está muy reconocida en su país, habiendo recibido distintos galardones de prestigio a lo largo de su carrera. Sus novelas y relatos cortos tienen la peculiaridad de que suelen estar escritos usando las peculiaridades dialectales del japonés en la región de Kansai, en la connurbación formada por Osaka, Kioto, Kobe y las poblaciones entre ellas. Y por supuesto, la acción de sus relatos suele tener estas ciudades como escenario.
En nuestro segundo, y de momento último, viaje por Japón, nos movimos preferentemente por la región de Kansai… aunque no necesariamente por los escenarios de las novelas de Tanabe, salvo Osaka y algo de Kioto. Pero bueno,… algunas escenas tomadas en la península de Kii valdrán para ilustrar la entrada.
Alguna cosa de esta autora está traducida al castellano, por ejemplo, el relato que da nombre a esta colección y a la película de animación mencionada. Pero no toda la colección de relatos, por lo que, interesado por la autora, acudí a la versión en francés de la misma, que se subtitula Neuf nouvelles romantiques au Pays du Soleil Levant. Nueve relatos románticos en el País del Sol Naciente. No. La palabra francesa nouvelle no significa novela. Es noticia o relato corto. A lo que en España llamamos novela, los franceses lo denominan roman. Independientemente de que sea romántica o no. Pues bien… nueve relatos cortos en los que las protagonistas son mujeres de distintas edades, entre la adolescencia y la madurez. Y en las que se reflexiona de una forma u otra sobre su forma de relacionarse con los hombres.
Estos nunca aparecen como protagonistas. Ni siquiera aparecen bien definidos. Más bien son presentados a través de la visión sesgada de las protagonistas, y en segundo plano. Como ya sospechaba, hablando del relato que da título a la colección y a la película de animación, esta última está modificada en el tono. En el relato la clara protagonista es Josée, mientras que del chico conocemos los escuetos datos que van apareciendo en el relato de Josée (en cursiva porque su nombre real es otro). En la película, podríamos decir que el protagonista es el chico sobre el que inventan una historia que no aparece en el relato original.
En general son unos relatos de gran sensibilidad, que nos presentan unas mujeres con problemas, pero que no se arredran, que pelean por superarlos, que no se condicionan a los hombres, sino que los asumen como algo que quieren en ese momento, pero que podrían no estar sin dejar de tener ellas su vida, y se leen con agilidad a pesar de que no carecen de profundidad precisamente. Creo que me gustaría leer más cosas de esta autora, aunque probablemente tenga que acudir a traducciones a otros idiomas. En cualquier caso, esta colección de relatos es bastante recomendable.
En las tres semanas que he estado de vacaciones, aun me queda el lunes, hasta el martes no vuelvo al trabajo, he roto con el maleficio del bloqueo lector que sufría desde hace varios meses. Y han sido cuatro los libros que me he leído. No muy largos, pero todos muy interesantes. No los comentaré necesariamente en el orden en el que los leí. De hecho, esta historieta de Corto Maltés, el personaje universal del cómic creado por Hugo Pratt, fue el tercero de los cuatro.
A falta de fotos de Manchuria, que no tengo, usaré las recientes de la Costiera Amalfitana para mostrar el mar Tirreno, parte del Mediterráneo a orillas del cual también nació nuestro amigo Corto.
Cuando volvíamos en tren desde Sorrento a Roma, donde pasé las dos últimas noches del viaje, teníamos 50 minutos de espera en la estación central de Nápoles, y me metí en la sucursal de LaFeltrinelli que había en la estación. En Italia hay muchas librerías de todo tipo. Más que en España, estoy convencido, aunque no he leído nada al respecto. Pero es frecuente encontrar sucursales de dos cadenas que están por todo el país; la mencionada LaFeltrinelli, y Mondadori. Ambas tienen la sede en Milán. Pero para que os hagáis una idea, Mondadori pertenece a la familia Berlusconi, y LaFeltrinelli la fundó un militante del Partido Comunista Italiano, que fue el partido comunista disidente de la Unión Soviética por excelencia. La verdad es que ambas cadenas están muy bien para perderse en ellas, aunque la orientación social de LaFeltrinelli me atrae personalmente más, sin que tenga que ver con militancia política alguna. Y allí encontré unas historietas de Corto Maltés en un formato que no había visto nunca en castellano, libros más manejables, más pequeños de formato, y con relatos que no conocía. Me compré esta, que por lo que hojeé prometía hablarnos de cuando el marinero de Malta, hijo de una gitana de Sevilla y de un marinero de Cornualles, tenía sólo 17 años, pero ya viajaba embarcado por el mundo.
Y su peripecia le lleva a Manchuria, en las fases finales de la guerra ruso-japonesa, 1905, en un momento en que el armisticio ya está firmado, con la victoria nipona, aunque hay unidades rusas que todavía disparan. En realidad, en este relato corto de las aventuras de Corto, aparece poco. Y más bien hacia el final. A quienes acompañamos en sus peripecias hasta que confluyen con el maltés son a Rasputín, desertor del ejército ruso donde ha matado a un oficial, y a Jack London, que está como observador neutral, en el lado del frente nipón.
El relato es la primera parte de una historia más larga en la que Corto y Rasputín iban a acabar viajando a la búsqueda del reino de Saba y las minas del rey Salomón. Pero los azares editoriales hizo que la acción se detenga cuando ambos se disponen a abandonar Manchuria.
Me ha encantado. Es muy divertido. Y me encantan los alter egos de los personajes históricos. Evidentemente, el místico ruso, Grigori Rasputín, no estuvo en la guerra ruso-japonesa de soldado, aunque sí que viajó por Siberia entre 1904 y 1905, con sus rollo religiosos. Conoció a la zarina y al zar hacia finales de ese 1905. En cuanto al auténtico Jack London, sí que estuvo en Manchuria de periodista con el ejército japonés, al principio de la guerra, en 1904, pero no pasó de ese año ya que los japoneses lo expulsaron y no consiguió que su periódico lo acreditara ante el ejército ruso, donde esperaba tener más libertad de acción. Pero bueno, como dicen los propios italianos, idioma en el que he leído el libro, «si non è vero, è ben trovato». No será verdad, pero está bien narrado. Muy recomendable. Aunque supongo que los fans del maltés ya lo conocerán todos. Tengo que leer más libritos de esta colección.
Esta entrada tendría que haber ido ayer, como mis recomendaciones fotográficas habituales de los domingos. Pero después de una mañana de caminata, tuve una tarde bajón anímico, que sólo me permitió apañar cuestiones prácticas pendientes para un viaje inminente y hacer un maratón del drama coreano de Netflix, del cual, igual os hablo mañana. Muy interesante. Pero hoy vamos con un par de libros de fotografía que me han llegado a casa en los últimos días… por orden de llegada.
Las regiones afectadas por el terremoto de Tōhoku (literalmente «nordeste») se encuentran al norte de Tokio. Y en mis dos viajes al País del Sol Naciente sólo he ido al norte de Tokio para visitar Nikko. Pero está en nuestros planes que, cuando se normalicen los viajes al amainar la pandemia, haremos un viaje por el norte de la isla de Honsu.
Duane Michals es uno de mis fotógrafos favoritos. Y además, es el fotógrafo con el que aprendí realmente qué es la fotografía conceptual y lo muy interesante que puede ser. «Fotografía conceptual» es un término muy maltratado y es usado por mucha gente como le interesa. Las más de las veces para atribuir a su fotografía un interés que no tiene. Pero en Michals los conceptos están claros, a través de sus sencillas, que no simples, imágenes, pero llenas de significados. Hace unas semanas vi anunciado el último libro publicado del autor, muy recientemente, bajo el título bilingüe The Idiots Delight / Plaisirs ridicules, en el que el fotógrafo juega con el absurdo en una serie de retratos escenificados, que son acompañados por breves frases o expresiones. Fotografías en blanco y negro en un tamaño más que respetable, a doble página en un libro cuyas dimensiones externas son unas notables 34 x 26 cm. Es un libro divertido, del que todavía he oído hablar poco, pero que a mí me ha encantado. Eso sí… se asume la inteligencia del «lector», ya que sólo están las fotos con sus breves frases. Ni introducciones, ni sesudos comentarios complementarios por algún sabio de la fotografía… la «lectura» de la fotografía conceptual necesita de palabras las justitas. Lo importante son las imágenes.
El otro libro nos habla de las consecuencias del seísmo de Tōhoku de 2011 en Japón, más conocido por la catástrofe nuclear de la central de Fukushima que tuvo como consecuencia. Hablo de Out of Sight, Fukushima à l’abrí du regard, en japonés 曖昧な喪失 Aimaina sōshitsu [pérdida ambigua] ,un libro tetralingüe, japonés, inglés, francés y alemán, realizado mano a mano entre una fotógrafa francesa que vive y trabaja en Japón, Delphine Parodi, y una escritora y poetisa japonesa, Yōko Tawada, que vive y trabaja en Alemania. El libro conjuga un serie de dípticos fotográficos de Parodi, retratos ambientales y paisaje de naturaleza, con los textos que Tawada, para hablarnos de las gentes que se han pegado a la tierra a pesar de la catástrofe y de los riesgos, tratando de humanizar a aquellos que se han quedado tras la tragedia. Incluye testimonios vitales de estas gentes. Son muchos los autores, tanto visuales como literarios, que han dirigido su mirada y pensamiento hacia esta tragedia. Pero en su aparente sencillez, este trabajo es uno de los que más me han llegado y convencido. Y tiene poco de espectacular, pero no carece en absoluto de profundidad. Necesitaré mi tiempo para ir leyendo y reflexionando sobre todos los textos que en el aparecen.
La primera vez que estuve en Dinamarca, en Copenhague, cuando revisábamos nuestra guía de viaje, una guía verde Michelin para Escandinavia, nos apareció como muy recomendado, con tres estrellas, que significaban «justifica el viaje», el Museo de arte moderno Louisiana. Pero en aquellos momentos, no me había iniciado todavía en lo divertidos que son los museos de arte moderno y contemporáneo, frente a la monotonía con la que habitualmente se disponen las colecciones de los museos más tradicionales, incluso los más célebres de entre ellos. Y una cosa lleva a la otra, aunque todavía me falta mucho para alcanzar una comprensión adecuada de muchas de las obras de las últimas décadas, empecé a valorar y amar el arte que se ha realizado desde la emergencia de los impresionistas hasta el día de hoy.
Por lo tanto, desde 2011, creo que fue ese año, mis visitas a la capital danesa incluyen necesariamente un desplazamiento de una tarde o una mañana a Humlebæk, con los trenes del Øresundtåg [esta palabra es un híbrido entre el danés y el sueco, comprensible en ambos idiomas escandinavos] en dirección a la Elsinor shakespeariana, Helsingør, pero sin llegar a ella. Es uno de los museos más bonitos y agradables de visitar que conozco, si no el que más. En la escapada que recientemente realizamos a la capital danesa y alrededores, fue también visita obligada. Y me traje un libro de allí. El catálogo en inglés de la exposición temporal de Pia Arke, artista multidisciplinar de nacionalidad danesa, pero de etnia inuit groenlandesa, que fue la exposición que más me gustó e interesó de las que estaban en activo en ese momento, por delante de la de Arthur Jafa, más conocido y mediático internacionalmente.
Pia Arke es una artista ya fallecida (1958 – 2007). Lo hizo prematuramente, por culpa de un cáncer, con sólo 48 años de edad. Es hija de un telegrafista danés y una mujer inuit. Uno de sus trabajos habla sobre la llegada del telegrafista danés a su población groenlandesa a finales de 1948. Aunque comenzó pintando, pronto descubrió otros medios de expresión, iniciándose en la fotografía cuando descubrió los principios y posibilidades de la cámara oscura, fabricándose sus propias cámaras estenopeicas con las que trabajó el retrato y el paisaje groenlandés. Escribió y también realizó performances, siendo sus temas el papel y situación de la mujer groenlandesa y los efectos del colonialismo sobre las comunidades indígenas, especialmente sobre las mujeres. Y desde muy punto de vista lo hizo de una forma elegante, pero incisiva y directa. Es considerada uno de los principales activos a la hora de dignificar y valorar las poblaciones indígenas de su país natal, así como por concienciar a la población danesa sobre las consecuencias de las ambiciones coloniales de su país. En la siempre interesante y peligrosa tienda del museo, te lo comprarías todo, adquirí el catálogo de la exposición, disponible en inglés, además del danés, y me interesó algún otro libro de la artista, que lamentablemente sólo estaba disponible en el idioma escandinavo, incomprensible para mí.
Ya he decidido no desesperar. En mayo me empecé a bloquear en la lectura de forma muy intensa, como hace mucho tiempo. No consigo concentrarme. He leído alguna historieta… y he empezado cuatro libros, a priori muy interesantes, de los que no he conseguido pasar del primero o segundo capítulo. Yo, que he sido un lector constante, no intenso,… no de merendarme libros en un día o dos… más bien reposado, de dejar que se asimile lo que leo,… me he sentido, en cierto modo, desesperado. Pero bueno… me lo tomaré con calma y ya volverá mi capacidad de concentrarme en la lectura.
La estación principal de los ferrocarriles Hankyū se encuentra en el distrito de Umeda de Osaka, donde está también la estación «Osaka» de los JR (no la alta velocidad, que está en «Shin-Osaka», ‘nueva Osaka’). No cogimos ningún tren de esta línea en nuestro último viaje a Japón. Aunque, por error, sí cogimos uno en 2014, en Kioto, cuando nos equivocamos de línea en la estación de Kyoto-Kawaramachi. Error que corregimos sin graves consecuencias.
Pero el año pasado, que ya me empezó a suceder este fenómeno, que achaqué a la epidemia, aunque ya no lo tengo claro, me desatasque en varias ocasiones gracias a novelitas no muy largas de autores japoneses. Especialmente en viajes. Así que para el reciente viaje que he hecho a Dinamarca, un viaje corto, pero que me ha sentado muy bien, pillé una recomendación que vi hace unas semanas en Pen ぺン Magazine. El libro, de la escritora Hiro Arikawa, se titula originalmente Hankyū Densa 阪急電車, haciendo referencia a los trenes de una de las líneas de la red de ferrocarriles privados Hankyū, que presta servicios en la connurbación Osaka-Kioto-Kobe, no ha sido traducida al castellano todavía, y la he leído en francés, donde recibe un título que se traduce como En la próxima parada.
La escritora parece ser conocida por escribir novelas ligeras, ranobe ラノベ, que sería una evolución del pulp propia del País del Sol Naciente. Pero no calificaría yo dentro de este género esta novela. Bajo el esquema de historia de vidas cruzadas, en las que distintos personajes se cruzan de forman más o menos casual en el espacio y en el tiempo, el relato sigue el viaje de un tren de la línea Imazu de los ferrocarriles Hankyū. Es una línea secundaria de la red, que une las estaciones de Imazu y Takarazuka. Pero está formada por dos tramos sin continuidad entre sí, uno entre Imazu y Nishinomiya-Kitaguchi, con sólo tres estaciones. Y en esta estación hay que cambiar al tramo entre Nishinomiya-Kitaguchi y Takarazuka. Si alguien ha leído la estupenda novela de Tanizaki, Las hermanas Makioka, totalmente recomendable, el hogar donde viven tres de las hermanas está en Ashiya, muy cerca de Nishinomiya y de esta línea ferroviaria, entre Osaka y Kobe.
Mejor dicho, no es la historia del viaje de un tren, sino de dos trenes. En la primer parte del libro, asistimos al trayecto del tramo norte entre Takarazuka y Nishinomiya-Kitaguchi (Nishi-Nord la llaman en el libro, arruinando parte de la gracia, porque tanto nishi 西 [oeste] como kita 北 [norte] son dos puntos cardinales), en época de buen tiempo; en la segunda parte, asistimos al trayecto inverso, unos seis meses después, tras el año nuevo. Y cada capítulo se titula con el nombre de la estación a la que llega el tren. Ocho estaciones. Y los personajes son los mismos, o muy similares, alguno nuevo hay en el trayecto de descenso, que no aparece en el de ascenso al principio del libro. Las historias individuales tienen un tono romántico. Parejas que se forman, parejas que se deshacen, adolescentes conformando su futuro, amas de casa que no tienen claro cómo y con quien relacionarse a sus cuarentaytantos. Una abuela, algo excéntrica, yendo y viniendo con su nieta, y repartiendo sabiduría práctica a los más jóvenes.
El libro lo leí en los dos trayectos de avión entre Madrid y Copenhague y regreso. Un poco mimetizando el espíritu del libro. Son tres horas cada trayecto de avión, para contar lo que pasa en los 7,7 km de recorrido del tren. El libro tiene buen rollo, es optimista y te pone de buen humor. Pero tras su apariencia ligera, no deja de tener suficiente profundidad como para estar lejos de esas «novelas ligeras» de las que hablaba antes; bastante más profundidad, expresando una cierta filosofía personal a la hora de afrontar la vida y sus problemas. Y el mismo tiempo, un libro de viajes que, por mucho que sea el de un tren de cercanías, tiene un calado que no envidia a los libros sobre el Transiberiano, el Orient-Express, u otros trenes míticos que en la literatura han sido. A mí me gustó muchos y me parece muy recomendable. Lo único… que hay que saber francés o japonés para leerlo. En castellano no está. En inglés, creo que tampoco. He visto que hay una película del año 2011 que adapta el libro al cine. Igual la busco.
En casa, durante mi infancia, había una armónica. Que se estropeó. No sé de donde vino. Mis padres no la usaron nunca. Quizá de mi abuelo materno. Era grandota. Hohner. Todas las armónicas eran Hohner en aquel entonces, o así me lo parecía. Era de las llamadas armónicas de trémolo, que eran las que más se veían en aquel entonces en mi entorno. El caso es que, siendo niño todavía, empecé a jugar con ella… y se estropeó. Luego, en la adolescencia, me compré otra armónica, Hohner, claro, modelo «Preciosa», también de trémolo, con la que me entretenía «sacando» melodías. Aunque su limitación a la escala de Do Mayor y a tres escalas de las que sólo una, la central, estaba completa, hacía que se notarán más todavía mis propias y muchas limitaciones.
A los 10 años tuve mi primer instrumento musical. Una flauta dulce, soprano, afinada en Do. También Hohner, de plástico. Como todos los niños de la clase teníamos una para la clase de música, era una flauta de «clase media». La clase alta eran las Hohner con embocadura de plástico y cuerpo de madera. La clase media eran las Hohner de plástico. La clase baja, eran unas armónicas baratuchas de plástico, de una marca que no recuerdo. Como no se me daba mal, yo era de los que tocaban las segundas voces en las canciones que aprendíamos. Pero una vez que terminó el curso, 5º de EGB, avancé poco más. Aunque durante muchos años la sacaba de vez en cuando e intentaba reproducir alguna melodía. Pero sin una guía adecuada que mejorara mi técnica, nunca pude avanzar mucho. Me costaba mucho hacer sonar de forma adecuada las notas de la segunda octava de las dos que permitía el instrumento.
En aquel 5º de EGB, como aquello de la música me llamaba la atención, en casa aceptaron comprarme una guitarra y apuntarme a la rondalla del colegio. Y así tuve mi guitarra, una clásica con cuerdas de nailon. Estuve en la rondalla hasta 8º de EGB. Y luego, la usé mucho tiempo durante mis tiempos de animador de tiempo libre para acompañar las canciones en las excursiones, las acampados, los campamentos de verano y esas cosas. A mí, cuando tenía 12 o 13 años, me hubiera gustado ira al conservatorio o a una academia para aprenderla de verdad. Pero nunca hubo posibilidades. Fundamentalmente económicas. Y me quedé con las ganas. No pasé de usarla como acompañamiento. Aprendí los principales acordes con cuerdas al aire, y también usé unos cuantos con cejilla de dedo, pero no fui más allá. La conservé durante tiempo y durante años tras aquella etapa la sacaba y trasteaba un rato. Pero nunca me puse en serio a progresar más. Tanto la guitarra como la flauta dulce ya están en posesión de mi sobrino. La armónica «Preciosa» de Hohner seguirá por casa. La caja lo está. Pero vacía. A saber en qué rincón de la casa estará. Algún día aparecerá. Donde menos me lo espere.
Hace unas semanas escuchaba a una buena amiga sus primeros y entusiastas intentos por obtener melodías de un piano. De los electrónicos. Pero un piano. Edad similar a la mía. Y ha comenzado recientemente. El caso es que llevaba un tiempo con un runrún en la cabeza… que se manifestaba en que con frecuencia veía, y veo, vídeos sobre música, diversos, en Youtube. Y por supuesto, no pocos de ellos, de guitarra. Pero también de otras cosas. El caso es que esto me dio un empujón y empecé a considerar la posibilidad de volver a tener un instrumento en casa, y dedicarle tiempo a hacerlo bien. O al menos, lo mejor posible.
Estoy vago para una serie de cosas. Y una guitarra, en sus tamaños habituales, clásica o acústica, no deja de ser un talabarte, que puede dar pereza cuando estás relajado en casa sacar, afinar y ponerte a practicar. Lo cierto es que hay empecé un proceso muy curioso. Empecé a mirar ukeleles. Al fin y al cabo,… dejando de lado que el sonido es distinto al de la guitarra por el pequeño tamaño de su caja, no deja de ser un guitarra requinto con solo cuatro cuerdas, de la prima a la cuarta. Pero he dicho «requinto», que es el nombre que se suele dar a instrumentos similares a la guitarra, más pequeños, y con una afinación equivalente a si en la guitarra colocáramos una cejilla en el quinto traste. Así, la prima, en lugar de ser un Mi natural, es un La. Y la cuarta, en lugar de un Re, es un Sol. Hay algún otro detalle, que por ahora ignoraré. Las posiciones de los dedos para los acordes son similares, descontando que no hay que usar dedos para una quinta y una sexta cuerdas inexistentes. Con cuerdas de nailon… que siempre son menos dolorosas que las metálicas, la cosa no podía ser muy compleja. Y empecé a mirar. Por cierto, al ukelele se le atribuye un origen hawaiano. Pero a aquellas islas lo llevaron los portugueses. Porque en la península ibérica siempre ha habido instrumentos similares. En Aragón, sin ir más lejos, las rondallas de jota podían llevar, además de guitarras, laúdes y bandurrias, algún guitarrico, de cuatro o cinco cuerdas, que es algo muy muy muy semejante a un ukelele.
Ya casi estaba convencido en comprar un ukelele tenor, que son los más grandes con la afinación que he mencionado, cuando descubrí que había alguno fabricantes de guitarra que fabrican lo que llaman «guitaleles». Y estas sí que no dejan de ser requintos de seis cuerdas con una caja del tamaño de un ukelele tenor o barítono. Con cuerdas de nailon. Y eso me convenció más. Supe que una tienda en Zaragoza las vendía y fui a ver si tenía algún ejemplar. Y tenían… y estuve un rato trasteando. A pesar de los años, me acordaba más de lo que pensaba, aunque no estuviera entrenado para pisar correctamente las cuerdas y sacar el mejor sonido. La gente de la tienda me recomendó que mirará en casa en su página web más opciones, y así lo hice. Y entonces descubrí que vendían una guitarra de viaje, la SX TG1, que con un cuerpo algo mayor que el «guitalele», y con un mástil más largo, se afinaba y tocaba como una guitarra de toda la vida. Eso sí, acústica, con cuerdas de metal. A las que aún estoy menos acostumbrado. Pero con un precio razonable, más cara que las otras opciones que había contemplado, eso sí, parecía algo que me podría convenir. Comprobé por la red de redes que el instrumento era serio, y me decidí. Y ya me he puesto a «reaprender» a tocar la guitarra. Ya digo que me acuerdo más de lo que pensaba. Pero me cuesta usar las cuerdas de metal y un mástil más estrecho y con menos espacio para mis dedos que las guitarras clásicas. Pero poco a poco.
Y ya puestos, he vuelto a comprar una armónica, una Suzuki Hammond, muy majeta, una armónica de blues, afinada en Do como la que ya tenía, pero que al contrario que aquella permite forzar las notas y conseguir semitonos entre ella a pesar de no ser cromática sino diatónica. Eso sí… tendré que practicar también bastante para sacarle jugo. Poco a poco, como decía. He vuelto a introducir la música en mi hogar,… y espero disfrutar con ello. Por cierto que hay muchas ayudas en internet para un autoaprendizaje, como esta (de pago) y esta (gratis) para guitarra. Y otras para armónica, que todavía no he analizado.