Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Un paseo en blanco y negro por Copenhague.
Últimamente estamos un poco desmotivados a la hora de acudir a las salas de cine. No todas las películas que nos interesarían llegan en versión doblada a la cartelera zaragozana. Y nos negamos ya a ver películas adulteradas, es decir, dobladas. Y lo que llega tampoco es que nos motive gran cosa. De la misma forma que al cine español hace tiempo que le cuesta hacernos dejar la tranquilidad de nuestras casas. Pero decidimos ir a ver esta película danesa, dirigida por Magnus von Horn, y candidata a los Oscar por Dinamarca, que llegó a la recta final.
La película se basa en los hechos reales de una convicta por asesinatos en serie, Dagmar Overbye (Trine Dyrholm), bebes recién nacidos o de pocos días o meses. La historia se narra desde el punto de vista de otra mujer (Vic Carmen Sonne), probablemente ficticia, una joven que cree que es viuda porque su marido desapareció en la guerra, que tras quedar embarazada del patrón de la fábrica en la que trabaja, este la abandona por decisión de su madre, y la echan a la calle. Su marido ha reaparecido, tremendamente mutilado en el rostro, y aunque está dispuesto a hacerse cargo del bebé, la convivencia no es posible, y la joven acabará acogida por Dagmar, que «gestionará» la «adopción» del bebé, y la contratará como nodriza para los niños que vayan llegando para «adopción».
Rodada en blanco y negro, muy expresionistas, en formato académico, es decir con una relación de aspecto inusual, 1.45:1, la película podría haberse en un mero ejercicio de estilo a la hora de rodar de forma opresiva una historia desagradable. Pero a esta historia no le faltan sus alicientes. Por su puesto está el ejercicio de crítica social. Aunque ahora Dinamarca aparezca como uno de los países más avanzados del planeta, nos muestra las consecuencias del liberalismo extremo de la posguerra mundial, desde finales del conflicto hasta el crack del 29, con amplias zonas de las clases obreras indefensas ante el capitalista y con una sociedad industrializada con más puntos oscuros de los que nos parecería. Sucedió en el país nórdico, pero podría haber sucedido, y probablemente sucedió en muchos otros.
Si a eso sumas un par de actrices en estado de gracia, que cuentan mucho, a veces con muy pocas palabras, te encuentras con un largometraje que, a toro pasado, y con la reflexión posterior, sube muchos más enteros en tu apreciación personal de lo que podrías haber imaginado. Por lo que es una película recomendable, aunque para ver con el adecuado estado de ánimo.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Amanecer del sábado 5 de abril y maratón en Zaragoza al día siguiente.
Este fin de semana ha sido el del “quiero y no puedo”. Me hubiera volver a Utebo a seguir explorando fotográficamente el casco viejo de la ciudad del área metropolitana de Zaragoza. Pero es algo que estoy haciendo con otro compañero de afición y no le venía bien.
Como contrapartida, salí el sábado por la mañana para ver si habían despejado las nubes que trajeron tormentas la noche del viernes. El pronóstico era favorable. Pues no, las nubes estaban ahí. Tres cuartos de hora más tarde ya estuvo despejado, pero no se vio salir el sol que era lo que se pretendía. Aun así aproveché la buen luz de ese ratito.
Para el domingo hablamos de ir a fotografiar la Maratón de Zaragoza a su paso por los espacios de la que fue Expo Zaragoza 2008. Pero no nos aclaramos con la logística de la cuestión. El problema es que había que madrugar los suyo para estar allí en posición entre 8:30 y 9:00 horas. Esa parte del recorrido está al principio de la carrera.
Pero llegar allí no era baladí por los cortes en los recorridos de líneas de autobús urbano. Y es una parte de Zaragoza que nos pilla especialmente apartados. Así que el personal, con pocas ganas de madrugar, se rajó. Y yo, al despertarme tomé la decisión de aprovechar que el paso por los kilómetros 26 – 27 estaba en el Puente de Hierro, con un paso previsto del primer corredor entre las 9:45 y las 10:00 horas. Y allí estuve fotografiando el paso de los primeros correros de la carrera.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Recorriendo el Campo de Criptana y Alcázar de San Juan .
Ya os hablé hace unos días de mi escapada manchega. Campo de Criptana y Alcázar de San Juan. Sobre todo los molinos de viento y el Albaicín de Campo de Criptana, que así llaman al Barrio Alto, por donde se llega al cerro o sierra de los Molinos.
Me llevé un par de cámaras con película fotográfica tradicional. Una para negativos en blanco y negro, la otra para negativos en color. Aquí os dejo algunas muestras de las fotografías realizadas con película para negativos en blanco y negro. Las cuatro primeras son del Campo de Criptana, las cuatro a continuación de Alcázar de San Juan.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La animada playa de Haeundae en Busan.
Que el Corea del Sur es un país conservador es algo que es fácil de deducir si lo visitas, si ves lo que venden como cultura popular, especialmente en forma de series televisivas, o si analizas las corrientes dominantes en la política del país. Tiene un sistema democrático que en sí mismo no está mal, en la última publicación del Índice de democracia de The Economist se encontraba en la parte alta de las democracias defectuosas, después de varios años en primera división, como democracia plena. Pero bueno, al mismo nivel que Francia, Italia, Estados Unidos, Polonia… o la propia España hace un par de años, aunque luego hemos vuelto a mejorar. Con algún problema de corrupción política y empresarial. Algo que también se refleja en las producciones de ficción del país. Y tecnológicamente avanzado. También hay que tener en cuenta los incómodos vecinos que tiene, como Corea del Norte, Rusia o China, y su compleja historia de aislamiento y fricciones con sus vecinos, siendo vasallo con frecuencia del Imperio Chino y con roces más que series con el del Japón.
Con fuerte influencia del confucianismo, el país fue oficialmente patriarcal hasta tiempos muy recientes. Parcialmente vi una serie de televisión que estaba en Netflix, creo que era de 2014, en la que se mostraban los problemas de una mujer que decide ser madre soltera. Hay un momento en el que le llegan a negar la atención en una clínica obstétrica por no tener un hombre, padre o marido, que responda de ella. En España, que un hospital niegue la atención a una mujer gestante con algún tipo de problema, o en el momento de dar a luz es simplemente un acto criminal. No recuerdo el nombre de la serie, y no la terminé porque me daba mucha grima. Pero es sólo uno de los diversos ejemplos de sociedad patriarcal que constantemente se muestran en estas series. No hablemos de la cantidad de veces donde la protagonista proclama su virginidad a edades «avanzadas» de más de 25 o 30 años ante el galán de la serie, y viceversa. La promoción de valores conservadores es tremenda. Los besos son de risa, y hay, o había, cantidad de series en que sustituían los besos por abrazos en los que la chica se quedaba quieta como un palo ante la efusión del galán. Son este tipo de situaciones algunas de las que han contribuido a que haya denominado a estas series como guilty pleasures. Son tan ridículas,… y supongo que mucho menos comprometidas con la realidad cotidiana de lo que aparentan. Seguro que los jóvenes coreanos, cuando se gustan, se acuestan juntos, igual que sucede en cualquier otro lugar del mundo de similar nivel de desarrollo sociocultural. Pura hipocresía.
En los últimos tiempos, he encontrado muestras de ese conservadurismo audiovisual en temas relacionados con la bioética y la ética asistencial. Temas con los que estos muy familiarizado por mi actividad profesional. De toda la vida, pero especialmente en los últimos 13 años. Una de las series, Doctor John en su título internacional, ya la mencioné hace unas semanas cuando hablé de las enfermedades más o menos reales o verosímiles en las tramas de las series surcoreanas. Una serie en la que el protagonista tiene una insensibilidad congénita al dolor. Pero que además es médico, que en un momento dado de su vida es juzgado por haber practicado una eutanasia a un paciente y condenado a prisión durante tres años. Conforme se desarrolla la serie, ni siquiera me atrevería a decir que lo que hizo fuese lo que se entiende como eutanasia activa. Más bien una desconexión del soporte vital en un paciente con cáncer que había solicitado previamente que no se le administrasen medidas de soporte llegado el caso, directriz anticipada que una enfermera oculta, por venganza, el paciente es un criminal, para que el paciente sufra.
A lo largo de la serie, se muestra a los partidarios de la prestación de ayuda para morir a los pacientes que la deseen como personas frías, sin escrúpulos, con intereses económicas en las farmacéuticas. Y se aboga por los cuidados paliativos por la solución a los pacientes con sufrimiento. Es el argumento habitual, pero especialmente sesgado en la serie, y presentado de forma torticera, de quienes se oponen al ejercicio de la autonomía personal en la toma de decisiones sobre la propia salud y la propia vida. Con consecuencias de ética asistencial absolutamente nocivas. Parece que los cuidados paliativos se hubieran de ofrecer a quienes quieren la eutanasia, para evitar este acto, cuando deben ser una prestación que se debe ofrecer y aplicar a todo aquel que la necesite por un sufrimiento importante derivado de una enfermedad sin cura y con un pronóstico vital malo, o para aquellos que estén gravemente incapacitados para las actividades de la vida diaria y la vida de relación con el entorno, independientemente de que deseen acabar con su vida o no. El debate que proporciona la serie es totalmente sesgado, y al final resulta hipócrita y tremendamente sesgado, con más tolerancia ante quienes delinquen en contra de la eutanasia, que ante quienes no delinquen a su favor.
Como apunte, en España tenemos en vigor una ley de regulación de la eutanasia desde 2021 que, aunque ha generado rifirrafes políticos y mediáticos, prácticamente no genera división en la población, que mayoritariamente está a favor de esta regulación. Desde hace muchos años. Según hemos podido estudiar en su momento, los dos grandes miedos de las gentes en España ante la muerte es a morir con sufrimiento o a morir en soledad. Cualquier medida que se realice para contrarrestar estas dos situaciones, está bien vista por la sociedad.
Pero también me ha llamado la atención otra serie más reciente, un estreno en Netflix de este 2025, Byeoldeurege mureobwa [별들에게 물어봐, pregúntale a las estrellas], titulada en inglés/castellano como When the stars gossip/Si las estrellas hablaran. Un serie pensada para ser un pelotazo. Con un reparto de campanillas, de rostros populares, con una creadora de prestigio, con un abundante presupuesto. A priori una comedia romántica que transcurre en una parte importante de sus episodios en una estación espacial internacional donde la mayor parte de los astronautas son ingenieros o científicos surcoreanos, con las excepciones de un astronauta español, que lleva constantemente una camiseta de un ficticio equipo de fútbol, el F.C. Burgos, vivan los estereotipos, y la comandante que es una norteamericana de origen coreano. Y el romance, es entre la comandante y un obstetra enviado por un magnate empresario, para conseguir un fecundación in vitro que teóricamente no es posible en la Tierra, para los óvulos de su nuera viuda con el semen de su hijo muerto, un semen de alguna manera «defectuoso».
Habiendo comenzado con un tono totalmente de comedia, incluso cómico, de chascarrillo, casi tendente al screwball, de repente se va convirtiendo en un drama que termina siendo un alegato antiabortista de un sesgo conservador impresionante. Pero por el camino arrolla con todo lo que sabemos y practicamos en el ámbito de la bioética en la investigación científica o en las técnicas de reproducción humana, con un desprecio absoluto con estos campos, bien ridiculizándolos, bien ignorando importantes principios que nadie debe saltarse. Y con el típico final en el que la mujer que «peca» habrá de recibir su castigo si quiere ser redimida. Algo más propio del cine más conservador del Hollywood del código Hays y los años 40 y 50 del siglo pasado. Utiliza situaciones que no se pueden dar, y si en hipotéticas misiones espaciales de ese país se pudieran dar, su nivel ético y de corrupción están a niveles más infames de lo que pudiéramos pensar.
Todo indica que la serie, en su país, y en general en el mundo, ha sido prácticamente un fracaso. Con muchas críticas al machismo implícito (o explícito) de la serie. Y probablemente con unos valores que se han ido alejando de los que la población más joven de la península asiática tiene en estos momentos. Sobre el aborto se podrá estar a favor o en contra, pero es algo que debe quedar en la conciencia de cada cual y en sus valores o creencias. El tribunal constitucional surcoreano estableció en 2019 que las consideraciones penales sobre el aborto son inconstitucionales, y que su práctica debe estar regulada para mayor seguridad de la madre. Lo cual parece que se ha encontrado con la renuencia del gobierno y el parlamento de mayoría conservadoras. En cualquier caso, el tribunal respondió a la realidad de la percepción del país. Pero no voy a entrar en el tema del aborto. El problema es que esta creadora, una mujer para mayor paradoja, con el fin de defender sus tesis, mete a sus protagonistas en una serie de situaciones éticamente inadmisibles, como ya he dicho, en los ámbitos de la investigación científica y la salud reproductiva. Y es que ya sabemos que dos errores no hacen nunca un acierto.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Templo Bunhwangsa con su torre de piedra de hace casi 1400 años en Gyeongju, Corea del Sur.
Sinceramente, no sé muy bien cómo afrontar el comentario de esta novela de la surcoreana Yun Jung-eun. Yun es una escritora cuya primera novela, la que hoy nos ocupa fue un éxito de ventas en su país, colocándose en un momento dado entre los cinco libros más vendidos, y que se ha traducido a un buen número de idiomas. Muy probablemente a la estela del tirón que la cultura popular surcoreana está teniendo en todo el mundo, impulsada por la música, el cine y las series de televisión. Yo ya he tenido la oportunidad de leer algún libro de ese origen, y me habían gustado. Por lo que ante la popularidad relativa de esta novela, no muy extensa, decidí que nada perdía por darle una oportunidad.
Sin embargo, es un libro en el que sientes que conforme vas avanzando en la lectura, tus expectativas se van derrumbando progresivamente y por distintos factores. Una novela que quizá podamos situar en el ámbito del realismo mágico… o más bien directamente en el de la fantasía, con una protagonista, una mujer que parece no envejecer y que parece vivir durante siglos. Una mujer que en su momento abandonó a su familia, en una aldea de aspecto idílico, y que desde entonces no encuentra su sitio en un mundo en el que todo pasa y ella permanece. En un momento dado, llega a la población de Marigold, y allí adquiere una vieja lavandería cerrada, a la que convertirá en una «lavandería de almas», en la que «quitará las manchas» que apesadumbran a las distintas personas que por allí se acerquen.
Como idea general, como planteamiento, puede ser tan bueno o tan malo como cualquier otro. Pero en este caso, y desde mi punto de vista, se van acumulando factores negativos que hizo que me costara terminar el libro y que, al final, la impresión que me dejase fuese más bien negativa. El primero y más claro es la traducción al castellano. No voy a reproducirlas aquí, pero se usan con relativa frecuencia expresiones que puedes encontrar con cierta frecuencia en el lenguaje hablado, coloquial, el habla popular, pero que me parecen impropias de una traducción literaria. Y eso me fue generando poco a poco una cierta incomodidad en la lectura. Galicismos diversos, muy frecuentes desgraciadamente en las traducciones literarios, uso de preposiciones como si fueran adverbios, y otras cuestiones que cuando las oyes en la calle no les das más importancia… pero que no tienen pase en una traducción de este tipo.
Pero además, la propia evolución de la historia, y el nivel conceptual que desarrolla la autora son también decepcionantes. Los problemas de las personas que pasan por allí parecen sacados de un muestrario de desgracias, tópicos, de los que se usan en las series televisivas del país asiático de forma más melodramática. Es como si procediesen de un recetario para elaborar una historia más o menos melodramática de forma fácil. Y luego,… pues todo son corazones, todo son pétalos, todos son imágenes metafóricas más propias de la imaginación de una adolescente jovencita que de una autora con profundidad. Detrás de todo su buen rollo, hay unas dosis de superficialidad tremendas. «Pasa, oye, te lavo esta camiseta que te presto, y ríete mucho, que así todos los problemas de la vida se resuelven, sin más». No hay una auténtica reflexión sobre los problemas, sobre cómo afrontarlos, sobre cómo afectan a las personas. Filosofemas facilones, de los que podemos encontrar en las redes sociales. Y que me son relativamente desagradables porque hace que tiempo que me parece que están pensados para evitarnos las malas caras o la tristeza de los demás, diciéndoles que, por muy jodidos que estén, tienen que sonreír y fingir que están bien. Como si eso solucionase algo.
Posmodernismo de la peor especie. Novela formulaíca. Tiramos de tópico, de situaciones comunes, de recetas del buen rollo, y nos sacamos un final feliz que no es consecuencia del esfuerzo o del recorrido del personaje, sino del arte del birlibirloque, imaginado con muchos petalitos y corazoncitos. No. No creo que esto sea una fórmula para ayudar a la gente a sentirse mejor. Más bien es para tranquilizar las conciencias de los que ya están bien, pensando que los que no lo están es porque quieren. Que sonrían y se rían… y ya está.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Daroca y su riqueza geológica.
Realizada esta excursión a Daroca con ASAFONA Asociación Aragonesa de Fotógrafos de Naturaleza el 15 de febrero pasado, ya hablé de ella en su momento, nada más disfrutarla e ilustrándola con las fotografías digitales que hice durante la misma. Pero, como de costumbre, también me llevé alguna cámara para película fotográfica. El rollo, ya revelado, me llegó recientemente y ya puedo mostrarlas.
Lo cierto es que estoy satisfecho. Tanto las fotografías del casco urbano de la población, como las de la riqueza de su geología y en los alrededores de la misma, me quedaron bastante bien, en detalle y color. Es cierto que, con una pequeña cámara compacta, con una distancia focal fija, hubo alguna cosa que no pude fotografiar a gusto, salvo con la cámara digital. Pero supongo que no se puede tener todo. Y si a veces me llevo una digital compacta con una cámara para película más versátil, en esta ocasión, con alguna toma de aproximación y la expectativa de las aves de por la tarde, fue al contario. Porque no me apetece llevar más peso de la cuenta.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La noche de Seúl.
Cuando vi que se estrenaba esta película en Netflix, pensé que, en la barahúnda de películas que estrena la plataforma a lo largo del año, de todas las nacionalidades, esta podría tener algún interés. No aspiraba a que fuese fenomenal o excelente. Simplemente a que cumpliese con la función de entretener con dignidad, con un producto razonablemente bien pensado y ejecutado. Dirigida por Yeon Sang-ho, a quien le debemos alguna de las pocas películas de zombis que realmente me han gustado, tiene como protagonista femenina a Shin Hyeon-bin, que me gustó en una de mis series surcoreanas favoritas, aunque fuese en un papel secundario, pero que fue cogiendo importancia con el paso de los episodios.
La cosa va de crímenes y castigos. Un pastor de una iglesia cristiana (Ryu Jun-yeol) ejerce su oficio en una parroquia tirando a cutre con una clientela más bien magra. Su mujer le pone los cuernos, y ve disminuidas sus posibilidades de progresar a una parroquia mejor porque por delante de el está el hijo del mandamás de la iglesia. Por otro lado, una detective de policía (Shin) se ha incorporado a una nueva comisaría, no lejos, acarreado el lastre de no haber podido rescatar viva a su hermana secuestrada por un psicópata (Shin Min-jae) con una pasado perturbador. El problema es que el psicópata, tras salir de la cárcel, se apunta a la parroquia. Y poco después desaparece una de sus más jóvenes parroquianas. El pastor y la detective intentarán detener al psicópata, cada uno por su lado. El uno por visiones divinas, la otra por venganza y rabia.
La película, que está correctamente realizada, aunque con criterios más artesanos que artísticos, tenía varios números para estar muy bien. Buenos intérpretes, una historia a la que se le podría sacar mucha punta, especialmente si se la afilaba con una buena dosis de crítica social y algo de humor con mala baba, una historia que pedía a gritos ser una comedia negra de crimen, se toma demasiado en serio a sí misma, y acaba siendo un telefilme convencional. Que se deja ver, en la que los que trabajan muestran que no son malos haciendo lo suyo. Pero quedando en un mero entretenimiento que aprueba por los pelos.
Una pena, porque incluso hay historias colaterales que prometían. El trasfondo de la iglesia esta, con tintes de corrupción. La esposa del pastor que le pone los cuernos como si tal. Unos policías, compañeros de la protagonista que son un tanto zoquetes, algo usual en las películas y seres surcoreanas. La peculiar y cutre parroquia y barrio donde sucede todo. Lo dicho. Pedía a gritos ironía y humor negro crítico.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. El casco histórico de Tudela, Navarra, en formato medio digital.
El jueves, una amiga me propuso unirme a un viaje a Tudela el sábado por la mañana. Ella tenía que hacer unos trámites familiares en la ciudad navarra, un par de amigos más se habían apuntado para pasar la mañana allí, y me preguntaron si me apetecía. El plan era salir en el tren que sale de Miraflores a las seis de la mañana y volver a las diez y media, si terminaba pronto, o después de comer si se demoraba la cosa. Dije que estaba cansado, y que no iba a madrugar un sábado para ir a Tudela.
El viernes por la noche volvió a contactar. Que se le había rebelado todo el mundo, por la hora, y que tras contactar con el abogado navarro con el que tenía que tratar, había accedido a citarse por la tarde. Que la idea era salir a las dos y media de la tarde de Miraflores, en mi caso, el resto de la gente subirían algo más tarde en El Portillo, y volver en un tren a las siete y diez de la tarde. Eso me pareció bien. Y así lo hicimos. Salvo que como me propusieron otros amigos quedar a tomar unos chismes y cenar algo por el cumpleaños de uno de ellos, acabamos cogiendo un tren media hora antes (sin contar los retrasos).
Por lo tanto, se trataba de ver y fotografiar Tudela entre las 3:30 y las 6:30. Tres horas. Sin que tuviéramos mucha idea de lo que nos íbamos a encontrar. Yo había estado en Tudela en una ocasión. Mejor dicho, en la estación de Tudela. Fotografiando un tren histórico. Lo fotografié por la mañana en Casetas, al mediodía cogí un tren a Tudela, lo fotografié evolucionando en la estación, y cuando partió, cogí otro tren de vuelta. Os dejo un par de fotos de entonces, un 5 de abril de 2008, hace casi casi 17 años. La primera en la estación de Casetas, la segunda en Tudela. Qué deprisa pasa el tiempo.
Pero no salí de la estación en aquel momento. Iba a lo que iba. Así que en esta ocasión, al menos, había que recorrer el centro histórico de la ciudad. Así lo hicimos, dedicando un buen rato a visitar la catedral y su claustro. Al final, no nos sobró tanto tiempo como pensamos al principio. Y fue entretenido. Salvo porque había un viento relativamente intenso, que hacía que la sensación fuera de frío, aunque las temperaturas no eran demasiado bajas. En fin, es lo que hubo.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Glaciares e icebergs en Islandia.
Mickey 17 (2025; 16/20250319)
Me enteré de que se iba a estrenar esta película hace dos meses, cuando preparaba mi comentario sobre la novela en la que se basa y que había terminado de leer unas semanas antes. En ese momento, ni siquiera había una fecha de estreno para España. Para la mayor parte del mundo estaba prevista para principios de marzo… y al final ha resultado que en España también. Lo cierto es que la novela me gustó. No es la octava maravilla de la ciencia ficción, pero era bastante disfrutable. Muy divertida. Y su adaptación al cine venía avalada por estar dirigida por Bong Joon Ho, oscarizado director surcoreano, que ha hecho una variedad de películas bastante interesantes.
Es cierto que había un detalle que me mosqueaba. Ese ‘1’ delante del ‘7’. Eso implicaba que la adaptación se tomaría sus libertades. Y tal y como yo percibía la obra literaria original, era fácilmente transplantable al cine sin necesidad de adaptaciones especiales. Si ya estaba bien… ¿necesariamente los cambios la llevaría a ser mejor? Este tipo de cuestiones me generan serias dudas. Y, desde mi punto de vista, y a pesar de que la película ha recibido buenas críticas, aunque no unánimes, de alguna modo falla.
La película tiene un planteamiento inicial similar al del libro, Mickey 17 (Robert Pattinson), un clon considerado «trabajador prescindible» en una incipiente colonia humana en un exoplaneta que ha resultado estar en una fase de bola nieve, cae por una grieta de un glaciar, se le da por muerto, y se «imprime» un nuevo clon, Mickey 18 (también Pattinson, claro). Pero los seres vivos originales del planeta lo salvan, y eso crea una situación tabú. No puede haber seres humanos «repetidos». Ambos Mickeys intentarán evitar ser exterminados, pero todo acabará viéndose enredado, incluso con la colaboración de la novia de… ¿ambos? (Naomi Ackie). Además la colonia está gobernada por un dictadorcillo fascistoide (Mark Ruffalo) y su esposa (Toni Collette). Y está la «amenaza» de las criaturas que han salvado a Mickey 17.
Con una realización correcta y con interpretaciones correctas, tendentes al histrionismo, a la exageración, pero porque así lo pide el planteamiento de la película, esta adquiere un tono de comedia satírica, ácida. En ocasiones comedia negra. La novela original, mucho menos cómica, más aventurera y de acción, llevaba consigo un cierto comentario social y político, asociado a los intereses económicos de las civilizaciones, a los riesgos de la colonización de lo desconocido, convirtiendo los nuevo asentamientos en lugares sin ley o con una ley arbitraria, y sobre los genocidios. Podría ser incluso un western de frontera, en el que los «indios» son las criaturas del planeta. Incluso si no tiene el aspecto o las formas del western. También sobre los fanatismos religiosos y el desprecio al trabajador «prescindible» de una forma u otra. Algunos de estos elementos permanecen en la película, pero en un segundo plano, tomando protagonismo el fantoche dictadorcillo de la colonia, una mezcla de distintos dictadores fascistas con políticos y empresarios modernos fácilmente reconocibles.
Pero el desarrollo no me convence. Todo resulta atropellado. Y unas situaciones no siempre son una consecuencia clara de las anteriores. El papel de Mickey 18 está muy modificado con respecto al Mickey 8 del relato escrito, y eso cambia muchas perspectivas. Y genera de forma residual un cambio en la personalidad y la importancia de la novia de Mickey. De ser el contrapunto humano y comprensivo de la colonia frente a los fanatismos, o las rigideces paramilitares, se convierte simplemente en una persona a la que le gusta follar con los Mickeys. Y puestos a innovar, la científica modosita (Patsy Ferran) que recoge el testigo del humano empático y comprensivo, un personaje que no está en el libro, apenas recibe desarrollo. Todo ello me lleva a que conforme transcurre el metraje, me voy alejando de la película, llegando en la práctica a salirme de ella y sentirme insatisfecho. No sé si plantar una franca NO recomendación, porque tal vez quien se acerque a la película desde la falta de prejuicios por no haber leído el libro la pueda disfrutar. Pero… no sé.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Cuando la plaza de España de Sevilla es el palacio del rey Minos de Creta
Recuerdo una serie de animación japonesa en el que el protagonista es un kami 神 (dioses o ciertos espíritus japoneses) que está en riesgo de desaparecer. Según lo que allí se contaba, los humanos lo han olvidado, no tiene seguidores, no tiene santuario… ya ni siquiera aparece en los registros oficiales de kami. Parece que lo de la desaparición de los dioses por el olvido de los seres humanos, es una idea que surge periódicamente. En otra serie, esta de acción real, estadounidense, hay un conflicto entre los dioses tradicionales, de toda la vida, (Odín, Zeus y otros) y los dioses modernos (la Tecnología, los Medios, la Fama). Los tradicionales no quieren desaparecer. No quieren ser olvidados por los seres humanos, que están abrazando incondicionalmente el culto a esos dioses modernos. La idea en sí misma es una subversión, o una inversión, como lo consideréis, del concepto bíblico de que Dios creo al «hombre» (parece que no a la mujer) a su imagen y semejanza. Parece más bien, si uno repasa las distintas creencias y sus divinidades, que es el ser humano el que ha creado a los dioses a su imagen y semejanza,… y de vez en cuando se cansa y necesita nuevos dioses.
El Olimpo también es objeto del interés de la ficción televisiva, son diversas las series que han sido protagonizadas por los dioses de la antigüedad clásica griega y romana. Y es que dan mucho de sí. La abundancia de pasiones que muestran y el exceso con el que las manifiestan, los hacen especialmente afines a las pasiones de los seres humanos. Poder, riqueza, lujuria, parricidios, venganzas,… están a la orden del día. Muy humanos, los divinos. Y cosas similares se podrían decir del Ser Supremo de las religiones abrahámicas, que también se deja llevar de vez en cuando, especialmente en sus textos más antiguos, pero aparentemente vigentes en el canon de estas religiones organizadas, por la ira, la venganza, la xenofobia y el racismo, la intolerancia religiosa y el ímpetu bélico. Aunque parece ser que lo del sexo lo llevan mal.
Recientemente se estrenó en Netflix una serie titulada Kaos. Una serie que se centra en torno al mítico rey Minos de Creta, con su Minotauro, su hija respondona, sus sacrificios de jóvenes atenienses y demás historias, pero actualizado al siglo XXI. Y con un Zeus caprichoso y todopoderoso, lujurioso y mal encarado, que lleva bastante mal las disidencias. Salvo que un viejo amigo suyo, Prometeo, esa deidad ancestral que robó el fuego de los dioses para entregarlo a los humanos, y que fue encadenado a una roca en la que un águila le devoraba eternamente el hígado, está organizando una revuelta, que afectará incluso a las almas del inframundo. El objetivo, derrocar a los dioses, olvidarlos y dar la libertad a los seres humanos, lo cual, al parecer, sólo puede traer el caos.
Contada en clave de comedia negra, con algún toque de drama y no poca mala leche, he de decir que sus primeros episodios me parecieron que estaban entonados. Y que había material para hacer un comentario crítico sobre temas religiosos y políticos. Al fin y al cabo, esa tesis de que los dioses dejan de existir si nos olvidamos de ellos, tiene su punto de razón, si analizamos la evolución de la historia general y de las religiones en particular. Sin embargo, creo que la serie va de más a menos. Al fin se centra más en el desmadre de una revolución que va bastante destartalada, frente a un poder establecido no menos destartalado. Es cierto que sus últimos episodios remontaron algo, pero todavía está por ver si me apuntaré o no a una futura temporada. No he oído nada de que la fueran a cancelar, no sé que tal habrá funcionado para la cadena. ¿Nos olvidaremos pronto de estos dioses? ¿O aguantarán un poco en su Olimpo particular? Ya veremos.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. El capitán de la Aphrodite, la nave espacial de la novela de hoy, es italiano… y parece ser que «vivió» en Florencia. Así que nos daremos un paseo por las calles de la capital toscana.
No recuerdo dónde me recomendaron este libro. Supongo donde… y que venía acompañada la recomendación de una comparación con alguna otra obra… pero no lo recuerdo. Una aventura espacial. Nada de viajes interestelares y desplazamientos a velocidades superluminales mediante uno u otro de los recursos argumentales para justificar algo que prohíbe la teoría de la relatividad general. Vuelos interplanetarios o transferencias entre órbitas dentro de un sistema estelar o planetario usando propulsores basados en ciencia conocida y siguiendo las leyes de la gravitación. Escrito por Simon Morden, bajo S. J. Morden, es ciencia ficción dura… en gran medida. Ya veremos por qué.
Al principio de la novela nos encontramos a bordo de la Aphrodite una nave espacial en órbita alrededor de Júpiter, en una misión científica, pero en un entorno sociopolítico difícil, por el deterioro en las condiciones de vida en la Tierra, sometida a una crisis global del clima extrema, escasez de recursos, e inestabilidad política. La tripulación de la nave, internacional, esta formada por un cierto número de ingenieros, que controlan el funcionamiento de la nave, y científicos, que llevan a cabo un programa de observaciones y experimentos, y entre los cuales encontramos la médica y el psicólogo que velan por la salud de la tripulación. Pero algo va mal en la nave. El comportamiento de los tripulantes está empezando a mostrar anomalías. Y la explicación más posible (según el libro) es la exposición a la intensa radiación en la magnetosfera de Júpiter, que pone a dura prueba las capacidades de aislamiento de la nave para sus equipamientos y para la salud de los tripulantes. A las alteraciones del comportamiento de la tripulación, hay que añadir el descubrimiento de unas señales entre las lunas de Júpiter, una especie de gran reloj cósmico, que llevan a plantear la hipótesis de que en algunas de esas lunas hay estructuras activas de origen extraterrestre. Lo cual no es aceptado por todos y llevará a una completa desestructuración del funcionamiento de la nave con graves consecuencias.
Esta es una de esas novelas que conviene dejar reposar. Hubo un momento, mientras la leía, en que mis sensaciones eran raras. Negativas, incluso. El relato comienza bien, un escenario verosímil, dentro del ámbito de la ciencia y la tecnología conocida, hay que considerar que la acción se sitúa en un futuro a finales del siglo XXI, con un panorama sociopolítico más bien negativo, consonante con la evolución política y con la crisis global del clima que sea está viviendo ahora que hemos llegado al final del primer cuarto del siglo. Pero hay momentos en los que, el comportamiento de la tripulación y algunas de las situaciones planteadas resultan absurdas. Te tienes que obligar a recordar constantemente que la tripulación tiene alteradas sus capacidades cognitivas por esa acción teórica, negativa, del enorme campo magnético del gigante del Sistema Solar. Es conocido que la intensa radiación de la magnetosfera joviana supondrá fuertes desafíos en una hipotética misión tripulada a ese sistema. Si es que merece la pena mandar una misión tripulada, la propia novela ofrece, quizá sin querer, argumentos para no hacerlo. Por ejemplo, evitar la contaminación biológica de las lunas de Júpiter si se sospecha la posibilidad de sistemas biológicos propios en ellas. Ya hay protocolos para evitarla con sondas no tripuladas, imaginad lo que sucedería con una misión tripulada. La cuestión es que esos síntomas cognitivos… y tan diversos, dado que soy profesional sanitario… a veces me cuesta creérmelos. Y si no te los crees… la digestión de la historia en sus núcleo central es difícil.
No obstante, si salvas esos contratiempos serios que asaltan la suspensión voluntaria de la incredulidad del lector, o al menos de este lector, el conjunto tiene un indudable interés. La novela no deja de ser una crítica a la deriva de la humanidad hacia un deterioro de las condiciones físicas del planeta que nos alberga, como de las condiciones políticas de las organizaciones humanas. Y también es una reflexión a cómo se puede reflejar estos hechos en misiones futuras tripuladas, grupo humanos confinados, en un medio, el espacio interplanetario/interestelar, extremadamente hostil a la vida organizada. Extremadamente hostil. Sean cuales sean los mecanismos por los que se puedan desencadenar las mezquindades del espíritu humano, es algo a tener en cuenta. La novela es relativamente pesimista, a lo largo de su desarrollo y en su desenlace. Pero quizá eso haga el mensaje subyacente más potente.
No voy a decir que esta aventura espacial pase a ser una de mis favoritas en el género. Pero a la larga me ha resultado interesante su lectura. Y el recuerdo y la sensación, unas cuantas semanas después de terminarla, la finalicé hace justamente un mes, ha mejorado con la reflexión y el paso del tiempo. Por lo que es, recomendable para los aficionados al género y a la ciencia ficción dura. No me atrevería a decir que es recomendable con carácter general para todo tipo de lectores. Un mínimo conocimiento de la ciencia hay que tener para disfrutar y valorar en su justa medida la obra. Es lo que hay.
Esta serie de fotografías que ilustran esta entrada de este Cuaderno de ruta puede verse, comentada desde un punto de vista de la técnica fotográfica, en Carlos en plata. Comentario técnico de la Olympus Trip 35 recientemente reparada.
Cuando me hice con la Olympus Trip 35 hace unos años me hizo mucha ilusión, y la estuve usando bastante. Incluso viajó conmigo un poquito por el mundo. Por el Sobrarbe, por Sevilla,… no mucho más. En los viajes siempre he tendido a llevarme la Minox 35 GT-E, algo más ligera, y con mejor calidad global. Pero es una cámara sencilla, que sirve su propósito de bloc de notas fotográfico.
Hace un par de años se me desajustó el obturador, de tipo central, incorporado en el objetivo fijo. Y la he tenido parada durante un tiempo. La duda era si me agenciaba otra o si la llevaba a reparar. Porque suponía que el gasto no sería muy distinto. Como así ha sido. Ya que la cámara está en muy bien estado cosmético, y el objetivo de selenio no está gastado y expone correctamente, decidí reparar. La llevé en diciembre a Casanova Foto, y en enero me la devolvieron reparada.
Por supuesto, había que comprobar que la reparación había sido eficaz. Por ello, le puse un rollo de película para negativos en blanco y negro, teniendo en mente probarla también unos días más tarde con un rollo de película para negativos en color, durante una excursión en el día de ASAFONA Asociación Aragonesa de Fotógrafos de Naturaleza. Pero de eso hablaré otro día. Pronto.