Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Los de la catedral de Canterbury no son católicos como los de la película; pero también sufren separaciones, como cuando ellos se montaron su chiringuito a más gloria de un rey polígamo.
No tenía muy claro si quería o me interesaba ver esta película. La primera de la saga fue estupenda, divertida, con miga, bien interpretada, una sorpresa ver como se actualizaba el género del whodunit. La segunda fue entretenida, lo pasé razonablemente bien, pero sin que levantara en mí los entusiasmos que tantos expresaron. Me extrañaron mucho las muestras de admiración ante un producto adecuado para una noche de diversión en casa, pero sin más. No tenía el mismo carisma. De hecho, mi recuerdo de ella es mucho más difuso. Así que una nueva entrega del detective Benoit Blanc (Daniel Craig) dirigida por Rian Johnson, pues bueno… ya veríamos si tal.
Si la primera entrega metía el dedo en el ojo del racismo en la sociedad norteamericana, y la segunda en el mundo de los muchimillonarios, en esta ocasión la cosa va con los fanáticos religiosos de extrema derecha. La historia se cuenta fundamentalmente desde el punto de vista de un joven sacerdote católico (Josh O’Connor), que es enviado por el obispado para controlar, si puede, los excesos de un viejo sacerdote (Josh Brolin), responsable de varios escándalos por sus excesos, y que no hace más que perder parroquia, salvo un pequeño grupo de extraños adeptos de lo más variopinto, con la sacristana (Glenn Close) al frente. Pero en estas estamos cuando el viejo sacerdote es asignado en una peculiar versión del asesinato en una habitación en el que nadie pudo entrar y nadie pudo salir.
Vamos a ver… lo explicaré por la vía rápida, esta película me parece inferior a la primera y ligeramente superior a la segunda, pero con un ligero agotamiento de la fórmula. Se deja ver sin mayores problemas, y entretiene. Tiene un nivel de realización similar, y un nivel de interpretación no tan interesante. Me da la impresión de que muchas de las figuras que aparecen en el cartel, acuden por un interés más alimenticio que por interés artístico. Y hay nombres interesantes, ademas de los mencionados… Mila Kunis, Jeremy Renner,… entre otros. Llama la atención que en la temporada de premios estén considerando a O’Connor como actor de reparto frente a Craig como principal, cuando da la impresión de que aparece más en pantalla el cura que el detective. No he minutado las presencias, así que puedo estar equivocado.
Conclusión… lo dicho para la segunda película. Un producto adecuado para una noche de entretenimiento en casa, en las frías noches del invierno. Ha durado más de lo que pensaba en cartelera, probablemente para nutrirse de los no abonados a Netflix. Porque no tardó en ser estrenada en la plataforma que la financia. Y ahí se que tendrá tirón entre los abonados. Entretenimiento para las fiestas de Navidad, con una crítica hacia los extremismos religiosos llena de tópicos con poca profundidad real.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. El año pasado visitamos el monasterio de la Encarnación de Osuna, de clausura. Donde constatamos algo de lo que no se habla en la película; que muchas de las novicias y monjas, más o menos jóvenes, especialmente las que vienen de África y Sudamérica, porque en España son pocas, acaban siendo las criadas y cuidadoras de las monjas ancianas. Y algunos ejemplos he conocido de monjas que abandonaron el convento con algún discurso como ese.
Nos cuesta mucho ir al cine a ver películas españolas. Creo que ya lo he comentado en alguna ocasión. Pero resumiendo, las historias que nos quieren contar nos interesan pocas veces, y con cierta frecuencia, especialmente con repartos jóvenes, la interpretación deja que desear. Quedó atrás el tiempo en que los intérpretes se fogueaban en el teatro antes de pasar al cine, con suficientes tablas. Ahora pasan primero por la televisión, que no es buena escuela de interpretación las más de las veces. Pero las circunstancias se pusieron de cara para ir a ver la última película de Alauda Ruiz de Azúa. Que también venía con unas críticas inmejorables, aunque eso tampoco es de fiar, por la tendencia a hinchar las bondades del producto nacional por parte de muchos críticos. A veces hasta cotas escandalosas.
Ruiz de Azúa nos lleva a Bilbao. A una familia bien. Padre (Miguel Garcés) viudo con tres hijas, la mayor, protagonista de la película (Blanca Soroa), de 17 años. Está la abuela (Mabel Rivera), que se ve buena mujer. Y la tía (Patricia López Arnaiz), que suple hasta cierto punto la ausencia de la madre, pero que tiene sus propios problemas. Como buena familia vasca, católica, lleva a las niñas a un colegio religioso de monjas. Aunque la tía se ha vuelto descreída. El padre intenta recomponer su vida con otra mujer (Leire Zuazua), aceptada por las niñas pequeñas, pero no por la mayor. Y tiene problemas económicos. Y en estas estamos cuando, la mayor a punto de entrar en la universidad, e influida por el cura del colegio (Víctor Sainz) y la superiora de un convento de clausura (Nagore Aranburu) donde hacen ejercicios espirituales, declara que contempla la posibilidad de profesar como monja del convento. Esto pondrá a todos los adultos patas arriba. Donde por otro lado, se me olvidaba, está la pareja de la tía, un argentino (Juan Minujín) con quien tiene un hijo, un poco despistado en la vida. Pero que conste ya que es el personaje más honesto y que mejor me cae de todos los que sale, y el que intenta tener la conversación más honesta con la chica de todos los que la rodean.
Vamos con las cosas buenas. La forma en que Ruiz de Azúa rueda se puede calificar, sin temor a exagerar, como magistral. Si alguna pega he de poner a la película será en el mensaje que nos hace llegar, no en su maestría a la hora de coger todos los elementos, encuadres, fotografía e iluminación, sonido, montaje, dirección actoral,… y hacerlos encajar a la perfección. La película es un goce de ver. Y a esto hay que acompañar los trabajos actorales que son también más que notables. Actuaciones expresivas, con las palabras justas, especialmente en la protagonista, pero no únicamente. Es una película en la que para alcanzar a imaginar lo que piensan los personajes hay que ir más allá de las palabras, porque todos son sinceros a la hora de decir que les importa la chica, a la que quieren, pero no lo son a la hora de decir que es lo único que los mueve. Salvo el tío argentino, probablemente el adulto más honesto. Por lo tanto, los gestos, los silencios, las posturas, las relaciones, son fundamentales para leer la película.
Donde empiezo a tener dudas es en el mensaje que nos quiere trasladar Ruiz de Azúa. Ella insiste en sus declaraciones que pretende no emitir juicios, que quiere plantear el dilema de la chica, y presentar lo que pueden ser las reacciones de quienes la rodean. Pero sin prejuicios. Y en esto me siento desorientado. En el lado de los que tiran de la chica hacia el convento,… Bueno, he de decir que no sé si lo que yo aprecio es lo que realmente quiere contar Ruiz de Azúa o si la película se le ha independizado y va por libre, sujeta a la interpretación del espectador. Los que tiran hacia el convento. No puedo considerar a la película neutra. La superiora es maquiavélica. Y el cura… habla en eslóganes, que pueden ser eficaces, pero en ocasiones llega a ser casi una caricatura de este tipo de curas. Y parece que no han cambiado mucho desde que yo estaba en esa edad en un colegio religioso a finales de los años 70. Pero el factor principal, no dejan de dorarle la píldora la chica con lo «inteligente» que es.
Los que tiran para el otro lado… prácticamente es la tía en solitario. Que después de haber representado el papel de madre sustituta en algunos aspectos, siente que se le escapa la niña. Y que comete el gran error, que es negar de alguna forma esa «inteligencia» con la que alaban los religiosos a la niña. Los que se la quitan. El padre… que presuntamente quiere respetar la libertad de su hija,… con problemas económicos,… y con una novia a la que la hija no traga… ¿de verdad esta respetando a su hijas como la mayor parte de los comentaristas dicen? ¿o esta viendo que se libera de una carga económica y para sus relaciones personales, quedando encima bien como padre abierto? Ahí lo dejo. Ya he sugerido que el tío argentino, puede ser el único que, sin intereses personales, bastante tiene con sus problemas, intenta dialogar de una forma respetuosa con la joven.
Y la joven, ¿es tan inteligente como dicen los religiosos?, ¿es tan inexperta en la vida como dice la tía?, ¿en qué medida no está sufriendo una presión de grupo que idealiza algo frente a los problemas cotidianos familiares? ¿Es libre a la hora de elegir o viene condicionada por el sesgo que le introducen quienes se sitúan «a su lado» frente a la familia en la que es una más, con sus responsabilidades y con las cosas que no le gustan? La interpretación de la chica sería perfecta, en cualquier caso es muy buena, si supiéramos que piensa realmente. Hay indicios. Y sabemos su decisión final. Pero no sabemos qué piensa sobre muchas cosas.
Y luego está el problema de las equidistancias. Me molestan mucho las equidistancias. Casi nunca que dos opuestos ideológicos se enfrentan hay equidistancia. Eso es una falacia. Como la confusión que lleva a que el derecho a respetar que todos tengan una opinión sea lo mismo que respetar todas las opiniones. No. No todas las opiniones son respetables. No todas las posturas son igualmente respetables. No todos los valores son igualmente positivos. No podemos ser equidistantes, porque eso da ventaja a las opciones más dañinas. Ruiz de Azúa no creo que sea equidistante, pero me molesta que juegue a serlo. O esa es mi opinión. Y como me molesta, a pesar de las enormes bondades cinematográficas de la película, salí molesto del cine. Como sucedió con las personas que me acompañaron. Pero no me da para reproducir ahora el intenso debate que vino después. No obstante, si podéis, ved la película. Con ojos muy críticos.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. La noche de Seúl.
Cuando vi que se estrenaba esta película en Netflix, pensé que, en la barahúnda de películas que estrena la plataforma a lo largo del año, de todas las nacionalidades, esta podría tener algún interés. No aspiraba a que fuese fenomenal o excelente. Simplemente a que cumpliese con la función de entretener con dignidad, con un producto razonablemente bien pensado y ejecutado. Dirigida por Yeon Sang-ho, a quien le debemos alguna de las pocas películas de zombis que realmente me han gustado, tiene como protagonista femenina a Shin Hyeon-bin, que me gustó en una de mis series surcoreanas favoritas, aunque fuese en un papel secundario, pero que fue cogiendo importancia con el paso de los episodios.
La cosa va de crímenes y castigos. Un pastor de una iglesia cristiana (Ryu Jun-yeol) ejerce su oficio en una parroquia tirando a cutre con una clientela más bien magra. Su mujer le pone los cuernos, y ve disminuidas sus posibilidades de progresar a una parroquia mejor porque por delante de el está el hijo del mandamás de la iglesia. Por otro lado, una detective de policía (Shin) se ha incorporado a una nueva comisaría, no lejos, acarreado el lastre de no haber podido rescatar viva a su hermana secuestrada por un psicópata (Shin Min-jae) con una pasado perturbador. El problema es que el psicópata, tras salir de la cárcel, se apunta a la parroquia. Y poco después desaparece una de sus más jóvenes parroquianas. El pastor y la detective intentarán detener al psicópata, cada uno por su lado. El uno por visiones divinas, la otra por venganza y rabia.
La película, que está correctamente realizada, aunque con criterios más artesanos que artísticos, tenía varios números para estar muy bien. Buenos intérpretes, una historia a la que se le podría sacar mucha punta, especialmente si se la afilaba con una buena dosis de crítica social y algo de humor con mala baba, una historia que pedía a gritos ser una comedia negra de crimen, se toma demasiado en serio a sí misma, y acaba siendo un telefilme convencional. Que se deja ver, en la que los que trabajan muestran que no son malos haciendo lo suyo. Pero quedando en un mero entretenimiento que aprueba por los pelos.
Una pena, porque incluso hay historias colaterales que prometían. El trasfondo de la iglesia esta, con tintes de corrupción. La esposa del pastor que le pone los cuernos como si tal. Unos policías, compañeros de la protagonista que son un tanto zoquetes, algo usual en las películas y seres surcoreanas. La peculiar y cutre parroquia y barrio donde sucede todo. Lo dicho. Pedía a gritos ironía y humor negro crítico.
Las series de fotografías que ilustran esta entradas de este Cuaderno de ruta pueden verse, desprovistas de texto, en fotos en serie. Cuando la plaza de España de Sevilla es el palacio del rey Minos de Creta
Recuerdo una serie de animación japonesa en el que el protagonista es un kami 神 (dioses o ciertos espíritus japoneses) que está en riesgo de desaparecer. Según lo que allí se contaba, los humanos lo han olvidado, no tiene seguidores, no tiene santuario… ya ni siquiera aparece en los registros oficiales de kami. Parece que lo de la desaparición de los dioses por el olvido de los seres humanos, es una idea que surge periódicamente. En otra serie, esta de acción real, estadounidense, hay un conflicto entre los dioses tradicionales, de toda la vida, (Odín, Zeus y otros) y los dioses modernos (la Tecnología, los Medios, la Fama). Los tradicionales no quieren desaparecer. No quieren ser olvidados por los seres humanos, que están abrazando incondicionalmente el culto a esos dioses modernos. La idea en sí misma es una subversión, o una inversión, como lo consideréis, del concepto bíblico de que Dios creo al «hombre» (parece que no a la mujer) a su imagen y semejanza. Parece más bien, si uno repasa las distintas creencias y sus divinidades, que es el ser humano el que ha creado a los dioses a su imagen y semejanza,… y de vez en cuando se cansa y necesita nuevos dioses.
El Olimpo también es objeto del interés de la ficción televisiva, son diversas las series que han sido protagonizadas por los dioses de la antigüedad clásica griega y romana. Y es que dan mucho de sí. La abundancia de pasiones que muestran y el exceso con el que las manifiestan, los hacen especialmente afines a las pasiones de los seres humanos. Poder, riqueza, lujuria, parricidios, venganzas,… están a la orden del día. Muy humanos, los divinos. Y cosas similares se podrían decir del Ser Supremo de las religiones abrahámicas, que también se deja llevar de vez en cuando, especialmente en sus textos más antiguos, pero aparentemente vigentes en el canon de estas religiones organizadas, por la ira, la venganza, la xenofobia y el racismo, la intolerancia religiosa y el ímpetu bélico. Aunque parece ser que lo del sexo lo llevan mal.
Recientemente se estrenó en Netflix una serie titulada Kaos. Una serie que se centra en torno al mítico rey Minos de Creta, con su Minotauro, su hija respondona, sus sacrificios de jóvenes atenienses y demás historias, pero actualizado al siglo XXI. Y con un Zeus caprichoso y todopoderoso, lujurioso y mal encarado, que lleva bastante mal las disidencias. Salvo que un viejo amigo suyo, Prometeo, esa deidad ancestral que robó el fuego de los dioses para entregarlo a los humanos, y que fue encadenado a una roca en la que un águila le devoraba eternamente el hígado, está organizando una revuelta, que afectará incluso a las almas del inframundo. El objetivo, derrocar a los dioses, olvidarlos y dar la libertad a los seres humanos, lo cual, al parecer, sólo puede traer el caos.
Contada en clave de comedia negra, con algún toque de drama y no poca mala leche, he de decir que sus primeros episodios me parecieron que estaban entonados. Y que había material para hacer un comentario crítico sobre temas religiosos y políticos. Al fin y al cabo, esa tesis de que los dioses dejan de existir si nos olvidamos de ellos, tiene su punto de razón, si analizamos la evolución de la historia general y de las religiones en particular. Sin embargo, creo que la serie va de más a menos. Al fin se centra más en el desmadre de una revolución que va bastante destartalada, frente a un poder establecido no menos destartalado. Es cierto que sus últimos episodios remontaron algo, pero todavía está por ver si me apuntaré o no a una futura temporada. No he oído nada de que la fueran a cancelar, no sé que tal habrá funcionado para la cadena. ¿Nos olvidaremos pronto de estos dioses? ¿O aguantarán un poco en su Olimpo particular? Ya veremos.
Graham Greene es un autor hasta cierto punto discutido. Por un lado, muchas de sus novelas fueron consideradas obras de entretenimiento, aventuras de viaje y espionaje que, aunque con un nivel literario superior al de otros autores del mismo género, no gozan del mismo prestigio que otras obras de más calado. Creo que un ejemplo claro de esto es The Third Man, cuya traducción al castellano leí en su momento. Pero cierto es que esta historia ha alcanzado más reconocimiento a través del guion que el propio Green escribió para el cine en una de mis películas favoritas del género negro. También leí en su momento una traducción al castellano de The Quiet American, otras de sus novelas más célebres, también llevada al cine, aunque en este caso no fue Greene quien escribió el guion.
Por otro lado, está la cuestión de sus creencias religiosas. Greene era católico, y en algunas de sus novelas, como la que hoy nos ocupa, se exploran los dilemas a los que se enfrenta el creyente de esta denominación cristiana. Por ponernos en contexto, no olvidemos que Greene era británico, y que en el Reino Unido hubo una fuerte legislación anticatólica durante siglos que sólo empezó a suavizarse hacia mitad del siglo XIX cuando se permitió el establecimiento de nuevo de diócesis católicas en el país. Curiosamente, hay varios famosos escritores británicos cuya obra siempre ha sido analizada desde la particularidad de su fe católica, como algo singular, de lo que no se suele hablar para aquellos escritores anglicanos o de otras denominaciones protestantes. He de decir que, en lo que yo conozco de la fe anglicana, sus diferencias de la católica son mucho menores de lo que nos quieren vender. Cosas que pasan.
En la novela que hoy comento, Greene nos traslada al periodo comprendido entre los años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial y los inmediatamente posteriores a este conflicto bélico. El narrador, en primera persona, coprotagonista de la historia, nos habla de su relación adultera con la mujer de un funcionario del gobierno, de apariencia gris, pero exitoso, que terminó bruscamente tras un bombardeo con V1 sobre Londres, y que es recordado y, hasta cierto punto, reavivado, poco después del final de la contienda.
Los protagonistas de la novela son británicos al uso de la época, alejados de la religión, más allá de los convencionalismos sociales. El narrador se declara no creyente. Y asume la misma posición en su amante y el marido de esta, con quien relaciona de forma relativamente cordial. Pero en un momento dado, aparece la sospecha de que la mujer abriga creencias religiosas, vinculadas al catolicismo, incluso con la posibilidad, ignorada incluso por ella misma, de que fuese bautizada como católica al nacer. Todo ello provocará en un momento dado dudas y arrepentimientos, a pesar de no llevar un vida «ejemplar» en lo que se refiere a su fidelidad matrimonial. El narrador no es el único amante que ha tenido, puesto que, aunque nunca ha considerado la separación de su marido por quien abriga ciertos sentimientos, este es aburrido y no la satisface en muchos aspectos.
El narrador, en primera persona como ya he dicho, no es fiable. Su visión y su versión de los hechos vienen alteradas por las emociones, que oscilan entre el amor y el odio, por la rabia de haber sido abandonado. La mujer, en una de las partes del libro, se convertirá también en narradora, también en primera persona, a través de las páginas de su diario, donde conoceremos la otra visión de los hechos. Y al final, el narrador entra en una serie de sentimientos contradictorios cuando una serie de… ¿coincidencias sorprendentes?, planteen la posibilidad de que una conversión final de la mujer a la fe católica, conlleve su intercesión por gente necesitada de ayuda. De donde viene el debate de que el libro, más allá de ese romance tormentoso que se nos cuenta, es una reflexión moral y religiosa. Me cuesta pronunciarme sobre cuál fue la intención de Greene con este libro. ¿Poner de manifiesto sus propias dudas, sus propios dilemas internos? ¿Se encontró él también en situaciones similares, entre las exigencias de la fe y las relaciones con las mujeres? No lo sé. La novela, que empecé a leer hace un año o más, y que abandoné porque en aquel momento no me llegó. Sin embargo, cuando la volvía a empezar a leer desde el principio durante mis vacaciones, me atrapó, y en dos días, no es muy larga, estaba terminada. Eso habla del interés que despertó en mi. Me parece muy interesante.
Una de las cosas que llama la atención, si te pica la curiosidad y tiras de traductores o de otro tipo de informaciones, es que el título «internacional» de esta película del islandés Hlynur Pálmason, o sea, en inglés, y su título original en danés e islandés, la película es bilingüe en estos dos idiomas germánicos nórdicos, son distintos. Contradictorios. Si en inglés es tierra de Dios, en los idiomas nórdicos sería más bien tierra miserable… una tierra dejada de la mano de Dios. Lo cual ya llama la atención notablemente. Venía esta película precedida de buenas críticas y de una escasa campaña promocional… típico relleno de las temporadas bajas de final de verano. Momento en el que eventualmente nos encontramos con estupendos hallazgos o maravillas cinematográficas que, por su calidad y valores narrativos y visuales, dejan en absoluto ridículo los taquillazos palomiteros que pueblan la cartelera en estas fechas. Y ya adelanto que esta es una de esas ocasiones.
En la segunda mitad del siglo XIX, cuando Islandia era un dominio danés, un pastor luterano (Elliott Crosset Hove) es enviado desde Dinamarca a la volcánica isla para construir una iglesia y fundar una parroquia en una pequeña comunidad islandesa. Aunque advertido por su obispo de las dificultades de adaptación que supone la isla, opta por desembarcar en el extremo opuesto al lugar dónde se encuentra la comunidad, y recorrer el interior de la isla con mulos. Lleva además una pesada cámara fotográfica de placas, que usa preparando su propio material sensible a base de colodión húmedo sobre la marcha. Pero la marcha le pasará factura. La mala relación con su guía islandés (Ingvar Sigurðsson), con quien no se puede comunicar, no conociendo la lengua. La muerte de su traductor debida a una desafortunada decisión suya. La enfermedad. Finalmente se irá recuperando cuando llegue a destino, gracias a un comerciante y granjero danés (Jacob Lohmann) y sus hijas (Vic Carmen Sonne y Ída Mekkín Hlynsdóttir). Pero nada será ya como esperaba.
Siendo el protagonista un pastor luterano, la mayor parte de las críticas y comentarios que he leído en castellano inciden en la pérdida de fe del protagonista ante el choque con la dura geografía física islandesa y el carácter de sus locales. Sin embargo no es ese el aspecto que más me llama la atención a mí. De acuerdo con alguna reseña que he leído en inglés, parece que Hlynur Pálmason ajusta cuentas con el pasado colonial de la isla. El protagonista, danés, monolingüe, incluso se niega a aprender el idioma islandés, contempla a través de su cámara y su placas fotográficas a los locales con condescendencia, desprecia las características singulares de la isla, que acabarán quebrando su determinación y abocándolo a un final poco halagüeño. Y en esa crítica al colonialismo específico encontramos una crítica global a todos los colonialismos y al desprecio por quien encontramos primitivo, poco civilizado. Hacia quien habla otros idiomas que, por desconocidos, despreciamos. El siglo XIX fue el siglo de los nacionalismos, lacra que arrastramos todavía hoy. Pero frente a un nacionalismo reivindicador que surge de un grupo étnico en desventaja, siempre encontramos un nacionalismo dominante, con un falso sentido de superioridad. Siguen encontrándose estas actitudes hoy en día.
La factura de la película es primorosa. Rodada en un austero formato académico, para evitar que la magnificencia del paisaje islandés se apodere de la experiencia humana, no deja de ser una película de gran belleza visual. Que se cuece a fuego muy lento, pero de forma imparable e implacable. En varios momentos, las imágenes que nos ofrece Pálmason y su excelente directora de fotografía Maria von Hausswolff nos hacen especialmente conscientes del paso del tiempo y de cómo este va generando transformaciones. En el paisaje, en las cosas, en las personas. Y se sustenta especialmente en un reparto fenomenal, de intérpretes que no serán conocidos en nuestro entorno, pero que dotan de carácter y alma a la película.
No sabía que esperar de esta película, aunque confiaba en que fuese una agradable sorpresa. Y me he encontrado con un largometraje, son más de 140 minutos de duración, que compite en calidad y profundidad con las mejores películas del verano y del año. Quizá no lo disfruten los aficionados al cine palomitero, con mucha acción y esas cosas, pero es fenomenal.
Como cualquier aficionado al cine, para poder elegir con acierto aquellas películas que vemos en las salas, sentir que no hemos perdido ni el dinero ni, lo que es más importante, el tiempo, consultamos lo que dicen los «listos» de la cosa y que se adelantan a nosotros a la hora de ver los estrenos. Los críticos. Pero normalmente me fijo si recomiendan o no una película, cuando los considero fiables, que hay mucho charlatán, y no tanto en los porqués. Prefiero no introducir demasiados prejuicios sobre lo que voy a ver. A veces, como en la película que nos ocupa hoy, me basta con saber quién la dirige, Sarah Polley, y, como decía mi madre, quien «sale». En este caso un reparto femenino muy interesante con gente como Rooney Mara, Claire Foy, Jessie Buckley (cada vez me gusta más esta actriz), y Frances McDormand, entre otras, ya que la película es coral. Pero leí a posteriori lo que decían las gentes de Lo que yo te diga… y eso me ha hecho pensar.
Los menonitas son una secta cristiana protestante, algunos diferenciarán secta de denominación religiosa, pero para mí los límites son difusos, que viven en comunidades cerradas, que rechazan la modernidad y se aferran a la literalidad de los textos sagrados, que son interpretados por unos pocos. Pero son diversos los tipos de comunidades con una base religiosa que se generaron primero en Europa y después en el resto del mundo. En agosto tuve la ocasión de visitar el Fuggerei de Augsburg, en Baviera, Alemania, que suele verse con ojos positivos por su carácter de primera iniciativa de viviendas sociales en el mundo. Reservada originalmente a personas de fe católica y pobres.
Me sorprendió que la película no estuviera entre Las favoritas, es decir aquellas que puntúan con un 7 sobre 10 o más, aunque esté recomendada. Le dan un seis. Y entiendo la argumentación que dan. Y hasta cierto punto la comparto. La dinámica de la película es la de una adaptación de una obra de teatro, aunque no es así, ya que está basada en una novela del mismo título de la canadiense Mirian Toews. Pero básicamente son los diálogos en un granero de un grupo de mujeres, pertenecientes a tres o cuatro familias menonitas distintas, representando a todas las mujeres de una colonia situada en algún lugar del hemisferio sur. Esto último lo sabemos por una escena de la película en la que se habla de la Cruz del Sur como elemento de orientación al viajar. Y lo que dicen las gente de Lo que yo te diga es que, de lo que hablan, el problema que sufren estas mujeres, es tan evidentemente, aplastantemente, perverso… que ni siquiera debería haber sucedido en primer lugar. Y que por lo tanto, en realidad, la película no aporta nada a la reflexión moral del ser humano. Ya sabemos que violar sistemáticamente a niñas y mujeres, incluso a propias hijas o hermanas, usando anestésicos veterinarios para evitar resistencias, es malo. Es enormemente perverso. Es evidente. Y especialmente perverso cuando se usa la fe, la superioridad patriarcal de la religión para justificarlo, o al menos para justificar no perseguir al culpable. Es todo tan evidente, que quienes vean la película ya lo saben y no necesitan ser convencidos, mientras que aquellos que deberían ver la película para sensibilizarse… no la van a ver, y seguirán ciegos a la aberración.
Porque aunque la película, la novela en la que se basa es una ficción, se basa en un caso real y bien documentado, que sucedió hace no muchos años en Bolivia. Y todos sabemos que no es el único caso de abusos sexuales sistemáticos, patriarcales, justificados por la religión. Los fundamentalistas musulmanes oprimen, maltratan y violan mujeres en distintas regiones del mundo. Y no se trata solo de situaciones en pequeños grupos sectarios, más o menos apartados de la sociedad. Son bien conocidos los escándalos sexuales por los comportamientos de clérigos de la Iglesia Católica, organización reticente durante décadas a reconocerlos, a colaborar con la justicia o a condenar a los perpetradores. Entre otras situaciones.
Sin embargo, yo he apreciado más la película que las gente de Lo que yo te diga. Porque me parece una película de una gran belleza, aun con la terrible realidad que debaten este grupo de mujeres, adolescentes, jóvenes, adultas y ancianas. Todas ellas víctimas. Con una fotografía de colores desaturados, iluminación en claroscuros, atemporal, y unas interpretaciones absolutamente sobresalientes, no puedes evitar ser absorbido por el diálogo. Y por la belleza de unas mujeres que no se basa en sus atributos físicos, sino en la dignidad de sus gestos, de sus expresiones, de sus heridas, de sus golpes, o de sus cicatrices. Todas ellas están muy bien. Siempre he tenido cierta debilidad por Rooney Mara, especialmente desde su duelo interpretativo con Cate Blanchett. Pero si tengo que destacar a una es el trabajo de Jessie Buckley, a la que llevo viendo últimamente en papeles muy diversos, pero siempre muy bien, independientemente de lo que opine de la película en la que trabaja.
Sí. Como dicen algunos, el mensaje de esta película es demasiado evidente. Es obvio. No aporta nada al pensamiento moral de las buenas gentes, que no hayan incorporado ya hace tiempo. Pero qué belleza de película, y qué belleza de mujeres. Incluso si al final no parecen liberarse de una de las grandes raíces, de uno de los grandes problemas de su situación. Esa fe a la que se aferran. Y quizá esa equidistancia de la directora con la religión, como si no fuese el problema de base que fomenta las actitudes patriarcales. Desengañémonos. El día que colectivamente analicemos con datos y sistemática el fenómeno religioso comprobaremos que siempre ha hecho más mal que bien a la humanidad. O eso es lo que pienso. Como me contaba William Hardy McNeill cuando, formándome como epidemiólogo, leí su Plagas y pueblos, y sin dudar calificaba a la religión, junto a los ejércitos y otras instituciones tradicionales, macroparasitismos, al mismo tiempo que hablaba de virus y bacterias como microparasitismos.
Tras un brevísimo paso en la pantalla grande con el fin de que la película optase a premios, nos llega a Netflix la última película, filmada en Irlanda, del chileno Sebastián Lelio. Un director que se ha ganado un justo prestigio en su país de origen y que parece dispuesto a dar el salto a la cinematografía internacional, como otros directores latinoamericanos. Y para esta película hablada en inglés se ha buscado un buen reparto, que la hacía muy interesante a priori.
Las ruinas del monasterio paleocristiano de Conmacnoise se encuentran en las Midlands irlandesas, la misma región en la que se desarrolla esta historia, en la que la religión católica tiene un papel tan tristemente importante.
La acción se sitúa en los años 60 del siglo XIX, en algún lugar de la isla de Irlanda, en aquel momento colonizada por el Reino Unido, y no muchos años después de la tremenda hambruna que asoló la isla a finales de los años 40 del mismo siglo, y que condicionó para siempre la relación de los irlandeses con los ingleses. Una enfermera inglesa (Florence Pugh) es llamada al lugar para dar fe de lo que está pasando con una niña de once años de edad (Kíla Lord Cassidy), que aparentemente lleva cuatro meses sin comer y sin que nada le suceda por ello. Un fiebre de exaltación religiosa de los católicos habitantes del lugar puede levantarse. Pero la enfermera, formada con Nightingale en el frente de Crimea, es racional y busca la verdad. Por lo cual tomará medidas, tras las cuales, la niña comenzará a deteriorarse de su ayuno. Con la ayuda de un periodista (Tom Burke), intentará desentrañar lo que pasa y salvar a la niña.
La película es un canto potente contra la sinrazón, contra la superstición y las creencias irracionales que surgen y derivan de la incultura y la pobreza. De los patriarcados religiosos, que prefieren sacrificar a las personas a dar su brazo a torcer, a reconocer que no son poseedores de verdades absolutas, a reconocer que están equivocados. En el frío y húmedo ambiente de la bella isla, pero con paisajes que se nos aparecen desolados en ocasiones, la principal fuente de desolación procede de los propios habitantes. La película está rodada austeridad, con economía de medios, pero sin perder expresividad y su capacidad en ningún momento.
A su favor cuenta con una protagonista en estado de gracia interpretativa. Pugh ha demostrado en varias ocasiones que es una excelente actriz, en alguna ocasión robando el protagonismo a sus protagonistas. Y aquí demuestra también que tiene oficio para dar y vender, siendo capaz de sostener por sí misma una película de por sí bien armada. Pero es que el resto del reparto, de sólidos intérpretes irlandeses y británicos, con oficio para dar y vender a sí mismo, apoyan con solidez el trabajo de la protagonista. No sólo los mencionados, también la madre de la niña, y su madre en la vida real, Elaine Cassidy, o gente bien conocida como Toby Jones, el médico, y Ciarán Hinds, el cura, estos últimos los principales representantes de la sinrazón.
Una película bien hecha que además se viene a más en la memoria una vez que han pasado unos días desde su visualización. Plenamente recomendable. Aunque quizá no sea cómoda para el público más palomitero, lo cual se aprecia en su modesta apreciación por parte del público votante en distintas plataformas en la red de redes. Pero en cuestión de grandeza cinematográfica, la democracia no siempre funciona, ni el público tiene siempre la razón. Allá ustedes.
Paul Verhoeven es un director que odias o amas. O mejor dicho. Es un director que hace películas que, o las odias mucho o te gustan mucho. El problema es que, cuando repaso la filmografía del holandés, me resulta un director muy arriesgado. Porque por mi parte hay más de odiar que de gustar. Recuerdo perfectamente la primer película que vi de Verhoeven. Flesh+Blood, titulada en España Los señores del acero, por cierto… se rodó en exteriores españoles principalmente, era un exceso de violencia y sexo sin mucho sentido argumental sobre el cual mi jurado interno está todavía deliberando. O por lo menos, así me quedé a mis ventipocos, cuando la vi. Nunca he osado verla de nuevo, por si acaso.
No he estado en Pescia, aunque sí he pasado por su estación, en la línea ferroviaria entre Florencia y Lucca, ciudades toscanas que sí conozco. Esta última me servirá para representar el ambiente de la ciudad italiana.
El caso es que si recuerdo aquella película de hace unos 35 años es porque Verhoeven vuelve a la Europa, Toscana en concreto, de una época imprecisa entre el medioevo y el renacimiento para adaptar a su modo y manera una historia real que sucedió ya a principios del siglo XVII en tiempos de la contrarreforma. Y es la historia de una monja teatina, sor Benedetta (Virginie Efira), una joven abadesa de un convento en Pescia, que fue despojada de su cargo cuando cayó en una serie de éxtasis místicos, oyendo voces y siendo cuidada por una monja del convento, sor Bartolomea (Daphne Patakia), que posteriormente confeso haber mantenido relaciones lésbicas con la abadesa. En la película de Verhoeven hay más lío, involucrando a una abadesa mayor previa, sor Felicita (Charlotte Rampling) y su hija, también monja del convento, sor Cristina (Louise Chevillotte), así como un nuncio papal (Lambert Wilson) y una epidemia de peste de las que corrieron por Europa desde la gran peste negra de 1384 hasta el siglo XVIII, aunque en la historia real el episodio no pudo coincidir con ninguna. Cosas que mira quien como yo es epidemiólogo de formación, aunque me dedique a otros temas, y le entra curiosidad por estas cuestiones. Epidemiólogo de verdad,… no de los muchos aficionados que han surgido con la pandemia del nuevo coronavirus.
Vimos la película en un evento especial de preestreno, no está todavía en cartelera de forma continua, que no atrajo a mucho personal, la verdad sea dicha, en versión original, francés, aunque hubiera quedado más propia con actores italianos y en el idioma toscano, o sea el italiano oficial actual. En el lado de lo positivo, tenemos unas excelentes interpretaciones, por parte de todo el reparto, aunque Efira, por guapa que sea, y lo es mucho, a estas altura de la película no pasa por una mujer de 30 años. Y menos si hay que mostrarse en pantalla en traje de Eva. Pero bueno, con tal de haberse ahorrado el cartelito de «dixhuit ans plus tard», hubiera quedado perfecta. Al fin y al cabo, Verhoeven no hace una película que busque reflejar la realidad de lo sucedido, sino que se monta su propia película, lo más escandalosa y anticlerical que ha podido salirle, porque evidentemente la iglesia católica no es «santa» de su devoción. No se lo reprocho.
Verhoeven demuestra que va sobrado de oficio a la hora de rodar y de narrar, por lo que desde el punto de vista de la puesta en escena y de la historia que dura algo más de dos horas, no hay nada que objetar, y unas cuantas cosas que alabar. Es cierto que se presentan ciertas inverosimilitudes en la historia y en la producción. Vamos a ver… si la pobre Bartolomea es sometida a tortura por la inquisición con el instrumento que se muestran en pantalla, que producía horribles desgarros y la muerte de la torturada con más o menos retraso, y con los gritos que se oyen por todo el convento, que dos secuencias más tarde aparezca en pantalla, nuevamente desnuda, caminando por su propio pie y sin un mísero cardenal sobre su blanca piel… es absolutamente inverosímil. O tendrían que haber dejado claro que estaba montando un teatro con el torturador, cosa que no tal, puesto que el principio de la tortura sí que aparece en pantalla. Este hecho, anecdótico quizá, se da con alguna que otra cuestión durante el largometraje, y hacen que se tambalee hasta prácticamente desplomarse mi suspensión temporal de la incredulidad, lo que hace que se caiga al menos una estrella en mi valoración subjetiva final. A ver, Paul…, si te propones escandalizar con ese y otros detalles al respetable, por lo menos hazlo bien y con todas las consecuencias. Y además te podrás ahorrar la peor escena de la película, al final de la misma, en la cabañita de pastores derruida en medio de la bella campiña toscana.
Mi valoración final… pues una película con mucho esfuerzo y trabajo, con muchos elementos positivos, pero que determinados descuidos, o esas cosas que tiene este director que no sabes si es que anda pasado de alguna sustancia o si simplemente le gusta reírse en algunas películas del respetable, si no en su conjunto, sí en algún momento de la misma, hacen que baje mi impresión favorable final hasta un «meh»… cuando podría haber sido un «cool».
En los últimos años están llegando películas interesantes desde Polonia y otros países del este de Europa como, por ejemplo, Hungría. Muchas de ellas son críticas con distintas condiciones sociales y políticas, lo cual supone una paradoja con la deriva hacia las derechas populistas, por no decir fascistas, que están tomando algunos de estos países, especialmente los dos que he mencionado. Ultranacionalismo, xenofobia, gran poder para el estamento religiosos… lo tradicional. En esta película de Jan Komasa es el estamento religioso el que es puesto en cuestión, así como el sentimiento religioso tradicional que lo sostiene en la población. El título de la película se traduce en las versiones internacionales al latín, Corpus Christi.
Nos damos vuelta por una bonita ciudad polaca, Poznan, donde no faltan las iglesias, donde se suele mezclar religión y nacionalismo.
Un joven de un reformatorio Daniel (Bartosz Bielenia), es puesto en libertad condicional y enviado a trabajar a una serrería en una zona rural de Polonia, avalado por el sacerdote del centro de reforma. Pero tras una serie de eventos, se hará pasar por sacerdote y sustituirá al titular de la parroquia de la población donde se encuentra la serrería. Esta se encuentra marcada por un trágico accidente en el que un conductor, presuntamente bebido, atropelló y mató a un grupo de jóvenes. Los rencores viven en las familias de los fallecidos. Pero Daniel, junto con la compañía de la joven Eliza (Eliza Rycembel), revolverá las conciencias y despertará la reacción de los vecinos ante esta situación, mantenida de alguna forma por el viejo sacerdote enfermo.
La película está presentada correctamente en su dirección y su producción, aunque su principal valor es la interpretación de su reparto. Más que una crítica a la religión, lo que hay es una crítica a la religión tradicional y los valores conservadores e intransigentes que arrastra. De fondo, también está la condición de los jóvenes en centros de reforma, obligados a vivir en una disciplina impuesta por el estamento religioso, pero que les deja claro que por su condición ya no deben esperar tener las oportunidades en la sociedad que cualquier otro joven. A Daniel se le negará la entrada al seminario, por vocación que tenga, o no, por su condición de exdelincuente juvenil. La película presenta una serie de lugares comunes habituales en estas críticas a la religión, como su frecuente connivencia con los poderes económicos y políticos, y su búsqueda del control de las conciencias y el comportamiento de la población.
La película es correcta y, como digo, tiene buenas interpretaciones. Pero tampoco me parece que aporte nada realmente nuevo que no se haya expuesto ya en otras ocasiones. Le falta algo de brillantez o de profundidad, y el propio personaje protagonista puede resultar confuso en su definición personal. Pero se puede ver bien. Sin duda. Globalmente se salda en positivo.
Es improbable que esta película, dirigida por Okuyama Hiroshi, se hubiera estrenado en España si no fuese por un hecho. Forma parte del palmarés del 66º festival de cine de San Sebastián, recibiendo el premio destinado a los nuevos directores. Y tan nuevo. Okuyama comenzó su carrera realizando cortometrajes hace diez años cuando tenía trece años. En la actualidad tiene 23 años, alguno menos cuando dirigió esta película de inspiración autobiográfica, su primer largometraje, que de alguna forma fue su trabajo práctico durante su último año de carrera.
En ella, que como digo está basada en vivencias personales, se centra en las vivencias de un Hoshino Yura (Satō Yura) que, tras la muerte de su abuelo, se traslada temporalmente desde un barrio de Tokio a vivir en el pueblo donde reside su abuela. Una fría región donde la única escuela primaria es una escuela privada católica, donde es matriculado. Las costumbres, los ritos, los puntos de vista de la religión católica lo desconcertarán al principio. Aunque luego pondrá su fe en ellas para conseguir cosas. Pero cuando las cosas se tuercen para el niño, Ōkuma Kazuma (Ōkuma Riki), que de forma espontánea y generosa se convierte en su amigo, también peligrará la confianza que en el tal Jesús ha depositado.
Recorreremos algunos templos budistas y santuarios sintoístas japoneses para ilustrar esta entrada. Todos ellos en Kioto, salvo la imagen de cabecera que es Nara.
Con cuatro perras y una cierta capacidad para pensar, Okuyama nos ofrece una historia mínima que pone en cuestión los ritos, las enseñanzas y las esperanzas que despiertan las religiones y otros sistemas de creencias, que de la misma forma que con facilidad pueden encandilar a una mente poco crítica o inmadura como la de un niño, también son fácilmente desdeñables cuando se las mira con espíritu crítico, cuando simplemente dejan de tener sentido… y «no funcionan». No ofrecen realmente respuestas a las necesidades del ser humano.
La película es un drama. Un drama que se centra en las vivencias del niño. Hay muchas cosas que no conocemos de los porqués de este traslado temporal. Conocemos poco o nada de a qué se dedican sus padres, preocupados por el bienestar de su hijo, pero pasivos en líneas generales ante los acontecimientos. Tenemos el personaje de su abuela… que lo mismo le habla de las típicas estampitas de santos o cristos de los católicos, que venera en un altar a su esposo recientemente fallecido, al modo de las religiones tradicionales japonesas. Pero siendo un drama, nos sorprende con la periódica aparición de un pequeño Jesús, minúsculo, como un muñequito animado, mudo, que aparece cuando el niño desea algo. Situaciones que desprenden cierta comicidad, a modo de parodia, que no sé cómo sentará a los relativamente intransigentes católicos que por el mundo pululan.
Porque hay una diferencia cultural notable entre los países de tradición católica y muchos de los países asiáticos. Mientras que las religiones de origen semítico, monoteístas, que predominan en occidente suelen ser tradicionalmente excluyentes, rechazan otras creencias, en ocasiones de forma agresiva e incluso violenta, las religiones o sistemas de creencias orientales suelen ser sincréticos. Budismo y sintoísmo son las religiones más populares en Japón. Pero no se oponen. A veces, vease Sensō-ji en Tokio, en el espacio de un templo budista encontramos también un santuario sintoísta. O bodhisattvas budistas como el/la muy apreciado/a Kannon, de género indefinido pero con caracteres que lo/a acercan a la figura de María en las religiones cristianas, son admitidas sin problemas en el panteón de los kami sintoístas. Por lo tanto, para muchos orientales, los modos del catolicismo y otras denominaciones cristianas resultan tan extraños o más que lo que para quienes tienen poca visión de conjunto en occidente pueden resultar las religiones orientales. Y todo ello con el agravante de las expectativas insatisfechas que siente un niño.
La película, como hemos dicho, está realizada con muy poquitos medios, rodada en formato 4:3, con texturas similares a las producciones en 16 mm, aunque probablemente esté rodada digitalmente porque es más económico. Es parca en diálogos, y es importante la lectura del lenguaje corporal en todos los que intervienen. Los dos niños, especialmente el protagonista, cumplen con nota llevando el peso de la cinta.
Globalmente, una cinta sencilla que muestra la potencialidad de un realizador con ideas, con algo que contar y con una forma personal de hacerlo. A nosotros nos mereció la pena. La disfrutamos. Pero desde luego, quienes piensen que la película ideal tiene héroes vestidos de colorines, mucha pirotecnia y toneladas de palomitas de maíz y litros de cocacola,… probablemente deberán abstenerse. Por cierto, el título en castellano, Jesús, suaviza notablemente el significado del título original en japonés, Odio a Jesús. Cosas del márquetin. Supongo.
No es fácil comentar un libro con tantos temas como esta última novela de la ya octogenaria, pero extremadamente lúcida, Joyce Carol Oates. No hace muchos años que conocí a esta prolífica autora norteamericana, pero desde entonces he intentado ponerme, en la medida de lo posible, al día. Desde que en 2015 leí A Fair Maiden, he leído cuatro novelas y un interesantísimo libro de relatos de esta autora.
Aunque es un pequeña parte de una obra de sus casi 60 novelas, y un par de decenas de libros de relatos y otras obras, considero suficiente para hacerme una idea de cual es la línea de esta escritora. Progresista en sus ideas, situada en la izquierda del espectro político norteamericano, de por sí bastante escorado a la derecha comparado con el tradicional europeo, se puede considerar una escritora feminista, pero al mismo tiempo muy crítica y no complaciente. Señalando, poniendo el dedo en la llaga de los problemas derivados del sexismo, no deja de hablar en sus relatos de en qué medida las mujeres contribuyen también a mantener la ideología patriarcal tradicional.
Algunas de las partes del libro transcurre en Nueva York, y a esta ciudad nortemericana nos dirigimos fotográficamente, intentando poner algún tipo de escenario a la historia de «mártires» americano que comentamos hoy.
El libro que traigo hoy corre el riesgo de ser tratado superficialmente por su tema más llamativo, más noticiable, más controvertido. Pero lo cierto es que es un gran fresco sobre los problemas actuales de la sociedad norteamericana, especialmente los derivados de la progresiva radicalización de las ideologías y de las posturas políticas. Unos problemas que poco a poco van permeando también las sociedades de otros países, especialmente del llamado mundo occidental, por lo que es un fenómeno que debería preocuparnos a todos. Si una de las bases de la convivencia en las democracias es la tolerancia y el respeto hacia quienes no piensan como nosotros, siempre que no busquen destruir el propio sistema de convivencia, siempre que promuevan el odio, en la actualidad contemplamos cómo justamente es el odio hacia quien piensa distinto el argumento de muchos partidos político. Estamos en la época de la posverdad, eufemismo para los que usan con descaro la mentira, y de los populismos descarados.
La trama de la novela parte de un hecho brutal. Un fanático religioso, cristiano, asesina a sangre fría con su arma a un médico que dirige una clínica de planificación familiar y a su conductor y escolta. En la clínica se practican, entre otras actividades, interrupciones voluntarias del embarazo. A partir de ahí, hay un desarrollo sobre los tiempos anteriores a los asesinatos, centrado sobre los dos hombres. El del asesino, directamente sobre él. El del médico asesinado, a través de su familia. Y hay otro desarrollo sobre lo tiempos posteriores, enfocado en las familias de ambos hombres, especialmente en las dos hijas adolescentes, de la misma edad, y que van a llevar dos vidas muy diferentes, con valores personales contrapuestos, pero muy marcadas por el acontecimiento horrible que sucedió cuando tenían 13 años.
Aunque el estilo de escritura de Oates no es complejo, la densidad de los temas, los matices, la intensidad de los sentimientos desplegados, el análisis de consecuencias que va desgranando, es difícil. Exige cierta parsimonia en el desarrollo de la lectura para digerir adecuadamente lo que se nos expone. Y sobretodo, para no caer en un maniqueísmo fácil. Estos son buenos, estos son malos. Y recordemos que según quien lo lea, en estos tiempos de polarización ideológica, los buenos y los malos serán distintos. Tan peligroso sería que quien se sienta afín a los postulados de la autora, se posicionase de forma acrítica a favor o en contra de determinadas posiciones, como quien no sienta dicha afinidad muestre un rechazo exagerado. Oates intenta siempre en sus obras evitar la ausencia de sentido crítico por su parte y por parte del lector. Eso sí, teniendo en cuenta que la escritora es claramente progresista y defiende un claro sistema de valores.
La historia que se nos narra podría conducirnos a un sentimiento pesimista de la sociedad actual. Pero la autora intenta abrir resquicios a la esperanza. Tanto cuando surgen ocasiones para que quienes se siente solos o desamparados, encuentre relaciones que les abren nuevos horizontes o posibilidades. Como cuando sugiere la posible, aunque difícil, reconciliación de posturas actualmente muy radicalizadas. En cualquier caso, una lectura altamente recomendable.